Está Antonio rompiéndose la cabeza al intentar desifrar las no muy coherentes palabras de un cierto italiano que le mira con furia inexplicada. Son apenas las cinco de la mañana y ha tenido que levantarse a contestar la puerta, porque el timbre le taladraba la cabeza y no conseguía volverse a dormir con ese espantoso ruidito de fondo.

—Perdona, pero ¿Qué mierda me estás diciendo? —preguntó sin siquiera tener los ojos bien abiertos y en realidad sin intentar mantenerlos abiertos.

—Dios mío... ¿Por qué me molestó en contarte todo si no me vas a escuchar? —refunfuñó—. El problema es que ese maldito pedazo de fisicoculturista rubio le ha pedido una cita a Feliciano.

—Aww... Ellos dos son muy tiernos.

—¿Tú tienes cerebro? ¡Esto es lo peor que puede pasar, Dios, Feliciano se hace ilusiones muy rápido con la gente! ¿Qué tiene de tierno esto?

Antonio se encogío de hombros; a él le parecía tierno, Después de todo ellos dos llevaban coqueteandose hace un buen rato, que el alemán aquel haya decidido dar un paso adelante y pedir una cita le parecía tierno, después de todo se veía tan serio y frío todo el tiempo que no era algo que se pudiera esperar, de Feliciano tal vez, pero parecía tan perdido en su mente cuando veía a aquel otro chico, que si ya era torpe entonces cerca de él lo era más. Lovino simplemente no compartía opinión, para nada, de hecho, todo esto le parecía horroroso, terrible, un crímen en contra de la idealizada integridad de su hermanito, un intento de corromper a aquel angelito de casto corazón.

—Me parece que tenemos conceptos distintos de esta situación.

—Sí.

Lovino se quedó con la vista fija en él, como esperando algo, cualquier cosa.

—Si el silencio matara... Bueno, ya que me has despertado ¿No quieres pasar a desayunar? —pregunta mientras se hace a un lado, dejándole el camino libre.

—Bueno.

Sin nada más que decir ambos caminan a la cocina: Antonio a preparar un desayuno para dos y Lovino a sentarse en la mesa con cara de querer matar a alguien.

—¿Por qué a las cinco de la mañana?

—¿Qué?

—Viniste a las cinco de la mañana ¿Por qué?

Lovino no respondió, ni quería hacerlo. La verdad es que se había despertado de golpe a las cuatro, enojado y con la necesidad de gritarle a alguien por todo lo que estaba pasando; su hermano no era lo único que le carcomía la cabeza estos últimos días. Estaba tan cansado de ser un adulto responsable con un trabajo de paga mediocre, soltero en terminos de casamiento, con migrañas constantes y tener que hacerse cargo de su hermano de primer año de arquitectura, ah, y de ese alemán que se iba a su casa cada sábado para quien sabe que aparte de estar con el menso de su hermano, aparte ¿Qué se veían de atractivos entre ellos? Digo, si fueran dos idiotas tendría sentido, pero Ludwig parecía tener más cerebro que Feliciano, que cuando dormía decía "pasta".

—¿Dónde más iba a ir? ¿Esperar hasta la noche para venir? No gracias, prefiero hacerte madrugar y evitar que llegues tarde al trabajo antes que no dejar que duermas como debes, que sepas que me dí cuenta de que no lo haces, estúpido.

—¿Te preocupas por mi? Aww...

Lovino no negaría una obviedad como esa, así que dejó que su silencio se interpretarse como sea. Luego de un silencio largo el desayuno ya estaba sobre la mesa y fue deborado en menos de quince minutos, a la vez que más quejas a cierto germánico invadian nuevamente el ambiente. Ya eran las seis.

Antonio se levantó a lavar los platos.

—Entonces, aprovechando ¿Me llevas hasta mi trabajo? Ya que viniste en auto...

—No, aún tengo que volver y llevar a mi hermano hasta su Universidad.

No insistió, no dijo nada. en realidad el italiano esperaba algún reproche o parecido y de hecho lo seguía esperando, que dijese algo, pero no pasó nada, solo el sonido del agua chocando con los platos.

—Mañana es tu día libre, salgamos —dijo por fin Lovino, cansado de soportar el denso silencio.

—¿Qué? Espera... ¿Acaso tú?

—Sí, sí, es eso y no lo digas en vos alta, que no tiene gracia.

—Ay Dios... Creí que solo yo era el que invitaba a citas.

Lovino se encogío de hombros antes de levantarse a despedirse. Puede que toda su queja de su hermano y el alemán aquél haya sido causa de celos que tenía al ver que tan juntitos se pasaban el tiempo y que él, a pesar de estar de novio con Antonio, no tuviera tantas de esas muestras de afecto por el hecho de ser ambos personas ocupadas por el trabajo; en realidad todo esto se debía a que estaba celoso de no poder tener tanto de ese cariño romántico que su excusa fue desahogarse de la posible relación que tendría Feliciano para terminar en pedir una cita, un buen y enrredado plan que funcionó.