Disclaimer: Los personajes de InuYasha pertenecen a la gran Rumiko Takahashi.
-One-shot que participa en el #Fictober2021 del grupo «El rincón de las Diosas creativas» con la temática: «sueño».
-Dedicado a mi Rosy querida. Lo que alguna vez me pediste con esa imagen de InuYasha encadenado. Aquí está, con amor para ti.
- Fic inspirado en la imagen de portada del artista Clear Willow.
¡ADVERTENCIA!
Contenido lemon.
Lenguaje violento y ofensivo.
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El demonio en la mazmorra
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Sus ojos se abrieron de golpe dejando ver el intenso tinte escarlata en ellos. Unos instintos demoníacos despertaron en su ser al instante en que pestañeó. Intentó moverse, pero solo pudo enderezar su cabeza y continuar en la misma posición en la que se halló: hincado en el suelo, con las rodillas separadas y su espalda inclinada levemente hacia atrás.
Un collar de hierro rodeaba su cuello y desde este —por delante—, se extendía una cadena en el centro de su desnudo torso hasta su pecho. Ahí se unía con otras cadenas más que rodeaban sus costillas hasta la espalda. Sus brazos y su cintura también fueron envueltas en cadenas y sus manos se hallaban estiradas hacia atrás, apresadas con muñequeras de hierro, completamente inmovilizadas por unas firmes correas de cuero que envolvían sus muslos —también desnudos—, pues en cuanto a ropas, solo tenía puesto su fundoshi que cubría nada más que su hombría y exponía sus firmes glúteos. Finalmente, todas las cadenas se unían a otra más larga que se enganchaba a la pared, manteniéndolo «atado» como a una bestia salvaje.
Aunque sí lo era.
Observó a su alrededor; parecía estar en una mazmorra. El amplio y rectangular espacio se conformaba por altas paredes de piedra, de las cuales, a sus costados, se alzaban anchos pilares que se unían en el techo formando tres arcos de pared a pared; como un túnel. Él se encontraba justo al final de dicha mazmorra. En la entrada, antes del arco principal, observó una puerta hecha de barrotes de hierro y notó que en cada columna de arcos había una antorcha clavada, pero solo las dos que se hallaban junto a la puerta estaban encendidas. Era un sitio frío y lúgubre.
No sabía dónde estaba, ni por qué se hallaba en esas condiciones. No sabía si era de día o de noche. No recordaba nada a excepción de su nombre: InuYasha.
Sintió las mejillas pegoteadas y un sabor metalizado de sangre en su boca, como si recientemente se hubiera alimentado de algo —o de alguien—; pasó saliva para tragar y eliminar ese sabor.
Comenzó a forcejear para librarse y salir de allí. Fue consciente de que tenía garras y grandes colmillos puntiagudos, además de que percibió en su interior una fuerza descomunal. Pensó entonces, que unas miserables cadenas no iban a retenerlo por mucho tiempo. No obstante, para su sorpresa, por más que intentó romper sus ataduras de hierro, por más que intentó extender sus brazos y liberarlos, no pudo. No pudo romper ni un solo eslabón, ni una sola argolla, ni siquiera las correas de sus muslos.
¡Nada!
—Grrr… ¡Maldición! —exclamó ya con la ira gobernando su temperamento. InuYasha soltó un rugido desde su garganta y las palabras salieron —impensadas— de su boca con total fluidez. Se sintió furioso y volvió a exclamar—: ¡¿Quién fue el bastardo que me encerró aquí?! ¡Me las vas a pagar, maldito! —Forcejeó nuevamente, pero fue inútil— ¡Sal de dónde estés, miserable!
De pronto, el aroma dulce que llegó hasta sus fosas nasales avivó sus instintos. Y oyó con sus sensibles orejas —de perro— los delicados pasos que se acercaban a la mazmorra, hasta que se detuvieron en la puerta de barrotes. Desde su distancia, vio la silueta de una mujer que fue sutilmente iluminada por la tenue luz de las dos antorchas.
—¡Keh!... ja, ja,ja —rio desquiciado—. Maldita escoria... Te dignaste a aparecer —pronunció con su voz bestial. La mujer abrió la puerta y no contestó a su provocación.
La olió perfectamente bien; ella era la dueña de ese aroma tan particular que de entrada llamó su atención. Le pareció una fragancia magnífica para sus sentidos. No obstante, su furia no amainaba; esa mujer lo tenía atrapado ahí, aunque no se explicaba cómo, pero tampoco era de su interés preguntar. Porque simplemente la asesinaría, no tendría compasión con ella, la haría pedazos —o mejor aún—; se la comería.
Desde la oscuridad de la mazmorra, la observó tomar una de las antorchas.
—Ja, ja, ja —rio con un eco maquiavélico que golpeó las paredes del lugar—. Eso es… ¡Muestra tu cara, infeliz! ¡Ya verás lo que haré contigo!
Encendiendo a su paso las antorchas de cada costado, la mujer de largo cabello azabache y flequillo juguetón, avanzó cadenciosamente por el túnel de arcos en línea recta hacia su posición, impulsada por un curvilíneo cuerpo envuelto elegantemente en el yukata rojo que las flameantes llamas revelaron en su andar.
Se detuvo frente a él.
—Luces muy apetitosa —soltó sin usar formalidades y esbozó una sonrisa perversa.
Enseguida pensó: «Una mordida no estaría mal»
La mujer negó lentamente con la cabeza. Luego sacó de entre sus ropas un pañuelo y se hincó frente a él. Lo miró con sus grandes ojos castaños y le dijo:
—No hagas lo que estás pensando, demonio. O morirás asfixiado y calcinado por mis cadenas.
Un gruñido de ira nació desde su interior y la naturaleza demoníaca que gobernaba en su ser, lo obligó a manifestarse grosero y descortés.
—¡Te mataré antes de que puedas hacer eso, perra! —la amenazó.
Con lentitud ella le acercó un pañuelo e intentó limpiar lo que él sintió pegoteado en sus mejillas, pero sin pensarlo lanzó un agresivo mordisco hacia la mano de la mujer y esta, alcanzó a quitarla antes de ser mordida. El pañuelo quedó entre sus dientes y con un gesto de desagrado lo escupió hacia un lado.
—¡No hagas eso! —ordenó ella con firmeza y fue por el pañuelo otra vez.
Hizo otro intento de limpiarlo. Pero nuevamente gruñó como un perro rabioso e intentó morderla otra vez.
—¡Basta! —exclamó ella con su ceño fruncido, quitando el brazo con rapidez—. ¡Debes comportarte! —lo regañó—. Deja que te limpie… No lameré sangre que no sea la tuya.
—¡Keh! —pronunció despectivo a la vez que incrédulo—. ¿Crees que vas a comerme?
—No exactamente —respondió ella acortando la distancia entre sus rostros sin un ápice de miedo en sus ojos y con poca delicadeza comenzó a limpiarlo.
Al tenerla tan cerca, la esencia de la mujer le resultó muy atrayente; lo embelesó, lo sedujo casi hasta el aturdimiento, su ira incluso, pareció calmarse y comenzó a crecer en él una exquisita sensación afrodisíaca además de un instinto de posesión que emergió cuando ella se acercó nuevamente a limpiar la otra mejilla. No obstante, se negó a sucumbir ante ello.
—No necesitas limpiarme. Pronto me empaparé con tu sangre también —dijo dando un intencionado mordisco hacia el rostro de la mujer, nuevamente esta alcanzó a esquivarlo haciendo la cabeza hacia atrás y la mordida se quedó en el aire.
¡Estuvo a punto! Aquel fue un movimiento peligroso que casi la mató.
Ella se enfureció y con un poder al parecer psíquico, hizo que las cadenas se le ajustaran con fuerza al cuerpo, como serpientes asesinas y junto con eso, las mismas, soltaron una descarga eléctrica que le produjo un desmesurado dolor físico; soltó un rugido gutural y luego de un breve instante, las cadenas volvieron a la normalidad.
Intentó recuperar el aliento.
—¡Maldita!... —le dijo jadeando cansado— ¡¿Por qué demonios hiciste eso?!
—¡No soy tu comida! —respondió la azabache con su ceño fruncido.
—Con que eres una presa difícil —sonrió con maldad y se quedó mirándola con esos ojos que ahora destellaban fuego—. Pero eso me hace desearte más —confesó riendo descontrolado y paseó la punta de su lengua por el filo de sus asesinos dientes. Enseguida preguntó—: ¿Quién eres?
La mujer dejó el pañuelo a un lado, aferró su mano a la cadena que se extendía por su torso y lo jaló hacia ella.
—Soy tu ama —dijo con firmeza en su voz, luego lo soltó con brusquedad.
—¡¿Mi ama?!... —exclamó él con el rostro contraído— ¡Keh! Eso quisieras... —se burló y con total desagrado por lo que le oyó decir exclamó—: ¡Deja de jugar conmigo, desquiciada! Quítame esto y tal vez, perdone tu miserable vida.
—No haré eso. Yo te capturé. —respondió autoritaria.
La mujer lo recorrió entero con los ojos rebosantes de deseo. Pasó sus manos por sus endurecidos muslos descubiertos y luego ascendió por sus costados tocándole toda la piel expuesta que había a su paso.
Él se acaloró.
La oyó tragar saliva con dificultad y se excitó al verla entreabrir sus labios y al oírla emitir débiles gemidos, los mismos que le produjeron fuertes punzadas de placer en toda su masculinidad.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó con su voz bestial, tragando con dificultad. No pudo mostrarse esquivo esta vez. Pues aquella sensación sedosa le pareció tan excitante que deseó sentirla un poco más.
La mujer continuó el recorrido ascendente por su cuerpo, pasó por sus firmes pectorales encadenados. Él la vio deleitarse con ese tacto, la vio disfrutar de acariciar su piel sutilmente tostada. Cuando llegó a su cuello, ascendió con sus manos por su nuca y masajeó con la yema de los diez dedos su cuero cabelludo. Las manos de la mujer se perdían y aparecían entre sus cabellos plateados. produciéndole, un exquisito cosquilleo que le recorrió todo el espinazo. La miró directamente a esos grandes ojos castaños… Quería más... Más de ella, más de esas sensaciones que le provocó.
Pero ella se puso de pie para rodearlo y él sintió que esos curiosos y perversos ojos lo miraban desde la altura. Lo observaban, lo examinaban cual objeto raro e inusual fuese..
—Hago lo que me place —respondió ella acercándose por su espalda—. Tú... —susurró en su oído, lo agarró firmemente de los cabellos y le dio un tirón hacia atrás—. Eres mío, InuYasha.
—¿Cómo es que sabes mi nombre? —preguntó mirándola hacia arriba, ocultando su asombro— ¿Qué sabes de mí?
—Sé todo de ti, InuYasha.
—Grrr… —gruñó enfadado—. Entonces dime, ¿por qué estoy aquí?
—Estás aquí para mí.
Luego de aquella revelación que le pareció ridícula. Ella regresó de pie frente a él, con la mano jaló nuevamente un mechón de cabello para estirar su cuello hacia atrás; las cadenas sonaron con el movimiento y luego ella apoyó una rodilla en el suelo para quedar a mejor altura; entonces sintió que su garganta —justo en la parte en que no le cubría el collar— fue abordado por algo cálido y húmedo;
¡Lo estaba lamiendo! Y murmuraba gustosa que él le sabía delicioso. Eso lo agitó en demasía y ella le dio un afrodisíaco mordisco en la barbilla para finalizar.
Él reaccionó riendo con ironía e insinuó sin discreción:
—Ya veo… Así que, quieres que te folle.
Ella torció una sonrisa en respuesta. Se apartó un instante, posó su mirada en esos ojos teñidos completamente de rojo y él notó en esos castaños iris, la carga de deseo y pasión que estos contenían. Las titilantes iridiscencias chocolatadas de esa mujer, abatían cualquier indicio de inocente y dulce fulgor. Y eso le fascinó.
»—Tendrás que quitarme estas malditas cadenas, pequeña perra, o no haré nada de lo que… —Fue todo lo que pudo decir, el resto de las palabras se quedaron atoradas en su garganta cuando sintió el apretón de una delgada mano en su miembro.
—Kagome —corrigió autoritariamente—. Mi nombre es Kagome.
InuYasha hizo su cabeza hacia atrás y gimió excitado al sentir la aplastante y parsimoniosa fricción que ella ejercía con la mano sobre la tela de su fundoshi. Ella lo palpó con esmero y deleite. Y con ese solo tacto enardeció la necesidad que se concentraba en su endurecida virilidad.
De pronto se vio exigiendo:
—Este pedazo de tela me está asfixiando, ¡ya quítamelo! —Su hombría empujaba con dureza contra la tela como constantes súplicas de libertad, al igual que él contra las cadenas.
—Te quitaré eso cuando yo lo decida —respondió ella con voz de mando y continuó su incursión por el cuerpo del yōkai. Con sus dedos, trazó líneas en su torso, atendiendo minuciosamente cada relieve de sus músculos.
Respiró agitado. Cada roce de yemas sobre su piel lo estremeció de un modo insospechado, aquellos finos dedos parecían traspasar su fibra muscular y su corazón se alteró. De pronto ella, «Kagome», lo besó en el pecho, lo succionó hasta que se quejó de dolor y entonces, lo acarició con todo el ancho de su lengua dejando un rastro de tibia saliva que se enfrió en el trayecto hacia la clavícula y finalizó en su quijada.
Condenada mujer... ¡Lo estaba volviendo loco!
«¡Grrr, maldita sea!...», maldijo para sus adentros. Pero un gemido ronco salió desde su garganta gatillado por la tortura y la frustración.
—Si tan solo pudiera romper un maldito eslabón… —ejerció fuerza en un fallido intento de zafarse—. No te imaginas todo lo que haría contigo —añadió ronco.
—No puedes escapar, InuYasha —advirtió la mujer con una voz sensual que parecía controlar todo—. Pero me fascina que lo intentes, tu desesperación es excitante.
Se quedó viéndola cuando ella levantó su rodilla del suelo y se puso de pie, desató el obi de su yukata y se lo abrió con auténtica sensualidad, lo dejó caer al suelo y expuso ante él toda su desnudez.
La observó tan exquisita. Esos senos que a la escasa luz lucían apetitosos y palpables, le sublevaron todos sus instintos demoníacos, en especial su erección que empujó con más fuerza. Se mordió su labio inferior, sus largos y agudos colmillos se mostraron más amenazantes que nunca como si ansiaran hincar las puntas en esa joven y tersa piel.
¡No! No iba a doblegarse por ese encanto. Intentó negociar para que lo soltara.
—Si me quitas estas malditas cadenas podrás tomarme a tu antojo —sugirió—. ¡Pero no será de este modo! —gritó furioso y mató su intento de negociación con aquella última enfurecida frase.
—Primero… —le respondió ella cuando de pie abrió las piernas y las acomodó una a cada costado de sus muslos, luego se sentó a horcajadas sin dejarlo penetrar—. Compláceme y luego te liberaré.
Presionó su humedecida intimidad contra su bulto y sobre el fundoshi se frotó con movimientos oscilantes, emitiendo jadeantes respiraciones con su boca semi abierta, ella le mostraba lo mucho que gozaba con esa caliente fricción.
InuYasha sintió que el calor húmedo de ella traspasó la estorbosa tela.
Y enloqueció...
Gozó por cada fricción que ella ejerció con lujuria, y maldijo a la vez, pues sintió que las caricias de esa mujer se volvían una desquiciada tortura, tan sensual y exquisita; ella lo bajó hasta el mismísimo infierno, porque ¡sí! ¡Lo condenó! la muy maldita lo hizo arder con cada lamida, lo hizo arder con cada succión, lo hizo perder la razón con ese condenado roce de sexos, aunque estos, aún no se encontraban a piel descubierta, pero ¡Por todos los infiernos! ¡¿Cuánto más iba a hacerlo esperar?! Necesitaba estar dentro de ella, ¡ya!
—¿Qué estás esperando para clavarlo en ti? —preguntó vulgar y exigente. Luego insinuó con su voz ronca y una perversa sonrisa—: Sé que lo prefieres adentro.
—Sé paciente, demonio… —le susurró en el oído con voz tersa.
Bufó y se movió irritado, las cadenas sonaron al retener sus bruscos movimientos. ¡Ella lo desquiciaba deliberadamente!
Los suaves senos quedaron frente a su boca y sintió la necesidad de morderlos para reprimir su excitación, pero se contuvo, porque así, la mataría de una sola vez y la diversión se acabaría en un instante.
No.
No podía devorarla. No antes de hacerla suya, así que solo los probó y jugó con ellos, paseó su lengua y los rozó con sus puntiagudos colmillos, ella se mostró complacida.
—¡Agh! ¡Ya déjalo salir! —exclamó insistente.
La aludida negó con la cabeza. Y él frunció el ceño aún más. Luego ella con impulsiva sensualidad y sin quitarle los ojos de encima, se lamió dos dedos y los llevó hasta su propia intimidad. Y ahí, él fue testigo principal de cómo ella se frotó delicadamente sintiendo su suave textura, se masajeó su cálida y mojada feminidad y contrajo su rostro por la satisfacción que ello le provocó. Un gemido ardoroso arrancó de esa sensual y atractiva boca.
¡Infiernos! Verla autocomplacerse le pareció ardiente y morboso; le gustó, lo excitó. Lo supo, porque la sensación le punzó en la punta de su erección. Y la boca se le aguó cuando tuvo esos dedos cerca de su boca ofreciéndole un poco de ella.
—Pruébame —ordenó, pero él, solo la miró con recelo.
«Maldita tramposa», pensó. Pues su instinto le decía que si probaba aquello, iba a perder el juicio y su poco autocontrol.
¡Moría por probarla! Todo su ser demoníaco le exigía que abriera la boca y degustara ese sabor. Pero solo por su enorme orgullo no lo hizo.
La atrevida mujer achicó los ojos, tomó con su otra mano la cadena unida al collar y jaló hacia ella con brusquedad.
»—Abre tu boca —insistió dominante.
—No soy tu maldito juguete —aclaró negándose a sucumbir ante ella.
Y consciente de que estaba a punto de perder en esa guerra de poder, pensó en una alternativa:
«Podría arrancarle los dedos o morder su cuello. O incluso podría devorar esos apetecibles pechos y dejarla desangrarse».
—Si haces eso, acabarás con la diversión y jamás saldrás de este lugar, InuYasha.
—¡Grrr...! ¡Deja de leer mis pensamientos!
Que ella quisiera dominarlo lo cabreaba sobremanera. Le resultaba indignante y patético que esa mujer lo doblegara cuando se suponía que el demonio perverso era él, entonces, ¡él! debía tener el control ¡Sí, maldita sea! Él quería hacer y deshacer con ella, deseaba con ansias follarla a su antojo. Y recién ahí, pensar si matarla o no. Sin embargo, reconocía que esa dominación que ella ejercía sobre él lo perturbaba hasta su máxima excitación. Reconocía también que la mujer era bastante atractiva, poseía una belleza cautivadora y era muy sensual, además sabía llevar muy bien el juego, pues erotizaba cada momento como una diabla y algo que llamaba mucho su atención era que ella no le temía.
—Abre tu boca, InuYasha —insistió la mujer.
No estaba de acuerdo en que lo sometiera a su antojo. Pero no podía seguir rechazando lo que su cuerpo le pedía. El deseo y la curiosidad por probarla ganaban cabida en su interior. Y su propio instinto salvaje lo traicionó.
Contrariado, hizo lo que ella le ordenó y sin apartar su molesta mirada rojiza, de un brusco mordisco —pero no dañino—, atrapó los dedos de la mujer previamente untados en tan íntima sustancia.
Saboreó con detención y… ¡Condenados infiernos! No se arrepintió. Era tan deliciosa como un elixir prohibido. Y como si hubiese bebido una pócima de hechizos; su orgullo bestial se extinguió y solo quedó con él la vanidosa lujuria que se apoderó de su ser.
No dijo nada, pero sus enrojecidos ojos poseían el código que guardaba celosamente con la sensación que experimentó en su lengua, y la lasciva mirada castaña de esa mujer lo descifró.
Le había fascinado.
Cuando ella le quitó los dedos de la boca, él se movió desesperado queriendo más y entonces ella sonrió triunfal; lo tenía en sus manos.
—Ahora sí, InuYasha —dijo con voz envolvente y enseguida le rasgó el fundoshi.
—¡Aah!… —soltó aliviado al sentir estirada y libre su hombría.
Ella le rodeó el miembro con su fina mano, lo acomodó bajo ella en el centro de su deseo y presionó contra él solo un poco, dejando entrar en la hendidura solo la hinchada cabeza de su virilidad. El solo contacto suave con su húmedad y la pequeña y exquisita incursión que ella le permitió… ¡Demonios! Se sintió azotado por una ola de fuego abrazador. Pero ella lo provocaba aún más con sus juegos; se detuvo intencionalmente ahí sin bajar más. Y él sintió que sufría los estragos de una terrible desesperación. Porque ella sabía cuánto la estaba deseando y sabía que si estuviera ella en sus manos la habría tomado para embestirla de una sola vez. Pero era consciente de que la condenada y caprichosa mujer, no le iba a dar ese gusto.
Y en efecto, ella se aferró a su cuello, mirándolo con el éxtasis implantado en sus castañas pupilas y ahora sí bajó con su pelvis. Lenta y tortuosamente se fue acoplando a él. La observó abrir su boca en el proceso, contrajo su rostro y cerró sus ojos concentrada, disfrutandolo enardecida.
¡Delirante!
La sensación deliciosa y a la vez, electrizante, los hizo gemir al unísono.
Excitado hasta decir basta, enloquecido y desenfrenado; la miró con el rojo vivo en sus ojos. La deseó más allá de querer devorarla y junto con ello, sintió la impotencia más grande de su vida, porque no podía poseerla con libertad. Quería corresponder a esos condenados e impiadosos movimientos que ella hacía sobre su hinchada hombría.
¡Infiernos! Era tan excitante y placentero que lo enfermaba. Lo desesperaba al punto de la locura. ¿Qué clase de mujer era aquella que lo dominaba así? Porque en efecto, lo controlaba, ella se autocomplacía con él ¡Lo usaba! Pero también él lo disfrutaba. Forcejeó sus cadenas por reflejo, sus brazos le pedían atrapar ese cuerpo. Necesitaba tocarla, apretarla con sus manos y envolverla para hundirse en ella, sin calculado control, sin atajos, ni estúpidas cadenas; solo a su deseado ritmo.
El juicio no tenía cabida en su conciencia. Sintió su sangre hervir. Su estado era febril y la excitación lo gobernaba. Su ser y sus instintos se hallaban desesperados, porque no poder disfrutar de ese exuberante cuerpo, no poder recorrer con sus propias manos las pronunciadas curvas de esas caderas, no poder lamer más allá de sus senos ¡Maldición! ¡LO MATABA! Lo condenaba al más maldito de los castigos y la maldecía por eso, porque hacía que la deseara más. Y si de demonios se trataba, ella estaba siendo mucho más cruel que él ¡Maldita caprichosa!
Las cadenas que lo ataban, sonaban con el movimiento empleado por ambos. Aunque, intentaba —vehemente— sumarse al acto, pero casi no podía más que recibir esas abismales caricias que se concentraban en su miembro y proyectaban infinidad de sensaciones placenteras hacia todo su cuerpo.
Ella se sujetó de su cuello y con su otra mano se afirmó de la cadena enganchada a su collar, arremetió con profundidad y gimió. La estrecha hendidura se ceñía a su hombría con exquisita perfección. En el choque que ella ejercía contra su cuerpo —justo en aquella zona lúbrica—, se emitía la melodía acuosa, compuesta por la mismísima lujuria en estado de satisfacción, mientras que los liberadores gemidos de ambos percutían incontrolados entre las paredes de aquella mazmorra —los de «Kagome» se hallaban solo unos cuantos decibelios más arriba que los roncos y bestiales jadeos que él dejaba escapar de su garganta.
Las condenadas cadenas no solo lo detenían a él, si no que también oprimían el exacerbado deseo que surgía desde su interior. Aunque, no negaba que esa libidinosa mujer se movía a un ritmo perfecto, pues lo hizo temblar de un agónico placer, lo sometió a sus más bajos deseos y en el apogeo de ese acople tan exacto de sus sexos, aunado a la sinfonía de sus gemidos se vio casi alcanzando el éxtasis en todo su esplendor.
Pero…
—InuYasha…
—Sí… no te detengas…
—InuYasha… InuYasha
—Condenada mujer…
—¡InuYasha, despierta! —exclamó la joven en el tercer llamado y lo zamarreó para que abriera los ojos.
—¿Eh?... —pronunció adormilado. Enseguida se sentó de golpe, abrió sus ojos de par en par y echó rápidamente un vistazo a su alrededor; todo estaba normal. Se hallaba sobre su cama, en su departamento, junto a su novia que lo miraba preocupada—. Kagome… Qué… ¿Qué pasó?
—Siento haberte despertado de ese modo, pero creo que estabas teniendo una pesadilla —respondió la mujer de largo cabello azabache.
—¿Una... pesadilla?
—No lo sé, pero llevas rato jadeando, InuYasha. Incluso hablaste dormido —comentó. Observó que el negro flequillo de su novio estaba pegado a la frente. Pasó sus dedos con suavidad y le dijo—: Estás sudando, ¿te sientes bien?
En efecto, InuYasha se halló respirando agitado. Se tomó el pecho y luego secó su frente con el brazo. Pestañeó extrañado sin saber qué decir, pues aún no caía en cuenta de lo sucedido, su sueño se había quedado unos instantes en su subconsciente. Pero pronto lo recordó todo. Tragó saliva con dificultad al rememorar tan lujurioso sueño que acababa de tener.
Nervioso, preguntó:
—¿Q-qué dije? —Apretó sus ojos con el dedo medio y el pulgar, pues así con la mano cubría un poco su rostro.
—Dijiste: «Sí… No te detengas» y luego «Condenada mujer».
«¡Me lleva!», pensó e inmediatamente su rostro se tornó más rojo que el del mismísimo diablo.
Tomó toda el agua del vaso que tenía en la pequeña mesa de luz, junto a la cama.
»—¿Qué estabas soñando, InuYasha? —preguntó notando el rubor en el rostro de su novio.
—No tiene importancia, no te preocupes —eludió apenado dejando el vaso vacío nuevamente en la mesa. Y enseguida añadió—: Mejor volvamos a dormir.
Se recostó y se acomodó de lado, dándole la espalda a Kagome, quien continuó sentada en la cama mirándolo pensativa, analizando qué podía haber estado soñando su novio que lo perturbó así. Pensó en aquella frase: «Sí… No te detengas»… no sonaba como una pesadilla... «Condenada mujer»… así él la llamaba cuando se molestaba con ella por algo. Luego recordó que él se sonrojó cuando supo lo que pronunció mientras dormía.
—Kagome —le habló su novio distrayéndola de sus conjeturas.
—¿Ah? ¿Qué pasa?
—Que sigues sentada.
—¡Ah! Sí.
—Ven aquí —la invitó él acomodando su espalda en la cama, extendió su brazo para atraer a su novia y ella accedió; apoyó su cabeza en el torso desnudo de su hombre y él la abrazó.
Kagome suspiró y quiso volver a dormir, pero antes de disponerse a cerrar los ojos, notó el bulto que se alzaba bajo el cobertor de la cama, como una «montañita». Pensó unos instantes y luego, achicó los ojos; definitivamente, era esa clase de sueño y no una pesadilla como creyó.
Con suavidad y en silencio; casi como si fuera una «misión encubierta», ella deslizó su mano bajo las sábanas, luego la metió bajo los boxers y se encontró con la aún firme erección que su novio tenía; la envolvió con su mano. InuYasha abrió los ojos al sentir el tacto en su entrepiernas y comprendió que ella ya sabía de qué sueño se trataba.
—Estabas muy alterado mientras dormías —dijo soltando lo que sostenía y luego deslizó suavemente su mano por el abdomen de su novio en una caricia. Continuó con solo dos dedos que pasaron por el pecho y llegó hasta la barbilla. Enseguida ella elevó la vista y se miraron a los ojos—. Sabes que puedes contarme lo que sea —agregó.
InuYasha suspiró, y llevó su mano atrás de su cabeza, para darle un poco de altura a esta y acomodarla mejor sobre la almohada.
—Éramos nosotros, pero en circunstancias diferentes… —comenzó a relatar ruborizado.
Kagome se acomodó de costado junto a él en la cama, apoyó el codo en esta y descansó su cabeza en la palma de su mano. Entonces, oyó con mucha atención todo lo que su novio le relató. La personalidad de la mujer del yukata rojo que él describió, le pareció muy interesante, físicamente se trataba de ella misma, pero en la realidad —en lo íntimo—, ella nunca se había animado a actuar de ese modo tan… desinhibido. Y el hecho de que esa versión de ella misma haya provocado semejante alteración en su novio; la hizo pensar. Se podría decir que hasta sintió un poco de envidia hacia la mujer de ese sueño. Sí, era absolutamente ridículo, porque se trataba de ella misma, pero InuYasha se sonrojaba cuando le contaba lo que la Kagome de sus sueños hacía, es decir, evidentemente le gustó y eso hizo ruido en su interior. Sin embargo, por otro lado, no podía negar que lo del demonio con orejas de perro, bravo, desnudo y con las cadenas en su cuerpo… uff, le pareció bastante excitante.
A ratos, Kagome sonreía imaginando las cosas que InuYasha le contaba respecto a él siendo un demonio y de cómo ella lo tenía en la mazmorra. Y abrió sus ojos de par en par cuando supo que InuYasha la llamó «perra» en el sueño y que la Kagome deshinibida no lo regañó por eso, ¡Por dios! La Kagome real lo hubiera abofeteado.
—Y bueno, eso fue todo —concluyó su novio.
—Perturbador… —comentó ella alzando ambas ceja.
—Sí. Pero ya intentemos dormir, aún nos queda un día laboral.
Kagome se sentó.
—No quiero dormir —respondió decidida, pero sin voltear a mirarlo.
Estaba totalmente ruborizada. Pero quería intentar algo diferente, quería intentar complacer a su hombre siendo como esa mujer, sabía que ambos lo pasaban bien en la cama, que InuYasha siempre se mostraba complacido con ella y a la vez ella con él. Pero todo este asunto del sueño y de ella siendo otro tipo de mujer en la intimidad…
Tenía que probar.
Se quitó la parte de arriba de su pijama con tiritas dejando caer libremente sus senos, luego se quitó el short de tela sedosa y se montó sobre su novio completamente desnuda.
Estupefacto, InuYasha le preguntó:
—¿Q-qué haces, Kagome?
—Quiero mostrarte que esa Kagome no solo está en tus sueños.
—¿Qué? —rio sorprendido y cariñosamente continuó—: Tontaa… no tienes que...
—Sshh… —lo silenció poniéndole dos dedos en los labios.
Se hundió de a poco en la hombría de su novio, dando un gemido en el proceso, arrancándole uno involuntario a él. Respiró profundo y comenzó a mover cadenciosamente su pelvis en un delirante vaivén. Lo miró, mientras InuYasha no podía creer lo obstinada que podía llegar a ser su novia cuando algo se le cruzaba por la cabeza. Pero la mirada de Kagome era de absoluta determinación y la hacía ver muy, muy excitante. Mientras que los movimientos circulares y ardorosos de su novia comenzaban a quemarlo, tragó duro y sonrió divertido, a la vez que bastante nervioso al verla con esa actitud.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó agitada pero sin detenerse.
InuYasha sonrió más ampliamente, pero queriendo concentrarse en las sensaciones que ella le estaba provocando y no respondió.
»—Pregunté, qué es tan gracioso —insistió.
—Que estás celosa de ti misma —respondió divertido y con el ego alzado.
Kagome solo rio y continuó moviéndose, luego le atrapó los brazos en la cama a su novio y en el oído le susurró:
—Cállate y muévete para mí.
Animado comenzó a moverse y ella gimió complacida.
—Eres igual de exigente que la Kagome de mi sueño —dijo sonriendo.
—Bueno… Tú también te comportas como una bestia a veces —acusó divertida y antes de que él fuera a protestar, selló su boca con un apasionado beso. Lo enmudeció con su lengua y solo le permitió murmurar quejas de placer. Le mordió suavemente el labio inferior y le arrancó un excitado gemido mientras ondeaba sus caderas sobre él. Enderezó su cuerpo sin perder el ritmo en su pelvis y con sus propias manos se tocó sus senos, los masajeó y gimió dejándose llevar por las fantasías que quería cumplir junto a su amado. Porque muchas veces quiso dar más de ella en la cama, pero los nervios la hacían detenerse y actuar de un modo más sutil, aunque no dejaba de ser apasionada.
InuYasha estaba con la boca abierta mientras la veía tocarse. Quiso decirle que ella le encantaba, quiso decirle lo hermosa que le parecía, pero se había puesto tan excitado y nervioso que no logró pronuncia las palabras. Así que solo entró en ritmo y se dejó llevar.
La dejó actuar, la observó deshinibida, coqueta y muy segura de lo que hacía; él ardió. Igual que en su sueño se desesperó. Sin salir del interior de su novia, se sentó de golpe y atrapó con urgencia la cintura desnuda entre sus brazos, poniendo sus anchas manos en la delgada espalda. Ella no abandonó el ritmo de sus movimientos y con la mirada cargada de éxtasis lo miró fijamente a sus oscuras pupilas. Él no despegó su vista de esos hermosos y grandes ojos castaños que tanto amaba. Y entre esas miradas vidriosas que reflejaban cada sensación, se transmitieron mensajes de deseo y amor que solo ellos dos podían entender.
—Te amo —soltaron al unísono resumiendo lo anterior y enseguida rieron divertidos, ambos sentados, unidos por sus cuerpos, siendo uno solo. Se conocían tan bien que muchas veces sus mentes se conectaban de un modo único, era algo místico, como si se conocieran de vidas pasadas.
Luego de un par de movimientos más en que InuYasha sintió que perdía la razón, la volteó repentinamente y la tumbó de espaldas en la cama.
—¡Oye! —protestó Kagome.
—Lo siento, pero me controlaste durante todo mi sueño y me torturaste sin piedad, ahora no hay cadenas que me aten para hacer lo que quiero contigo —refutó con una sonrisa perversa.
Ella rio divertida imaginando aquella situación en ese sueño y luego olvidándose del asunto, se dejó hacer por él. Dejó que su novio la tomara con locura, con desenfrenada pasión, en realidad, como siempre él lo hacía. En cada caricia que InuYasha ejercía sobre ella, no quedaban rastros de objeción, ni un solo ápice de duda referente a cuánto él la deseaba y la amaba. Porque tanto en los sueños como en la realidad, tanto en esta vida como en las otras por venir, ella y nadie más que ella, era su único y deseado amor.
Pero el «bichito de la seducción» le había picado a Kagome y se propuso a sí misma que desde ahora en adelante, se permitiría explorar más en la ferviente intimidad con su pareja. Porque si ambos se amaban y confiaban; no había tapujos que detuvieran sus más impuros deseos y ese sueño lujurioso de InuYasha, despertó en ella querer experimentar —de vez en cuando—, esa exquisita y divertida sensación de «ser la ama y dominar a su bestia».
Fin.
N/A: Hola mis amados lectores.
Octubre mes de fanfics.
Me emociona mucho que en medio de tantas historias bellas, se den el tiempo de leer las mías. Los amo con el alma y me siento muy agradecida.
La verdad no soy fan de los OS Lemon. Pero este lo hice con mucho cariño, porque es un regalo para mi Rosy. No fue fácil para mi y confieso que lo publico con mucho nerviosismo. Espero haber logrado bien el objetivo.
¡Ah! Por cierto —yo y mis datos culturales, aunque creo que quedó más que claro lo que es, pero igual—: Un fundoshi era la ropa interior japonesa que se usó en el periodo Edo hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Es una pieza grande de tela que se anuda al cuerpo para formar una especie de tanga que deja las nalgas al descubierto (Incerto emoji coqueto).
Gracias por leer y muchas gracias Gaby.JA por todo tu apoyo. Love you :3
Con amor,
~Phanyzu~
