De manera muy, muy literal, esto es auto indulgente y más un regalo de mí para mí que de mí para Nikki. Igual, si entraron aquí, disfruten de estas siete mil y tanto palabras de porno sin medio gramo de plot. Y un montón de disculpas por los errores.

Nikki, esto es para ti.

Disclaimer: Jujutsu Kaisen le pertenece a Gege Akutami.


Hot Sauce

—Estás mirando mucho.

—Bueno, me gusta la vista.

Satoru se pasó una mano por el rostro, tranquilo. Frente a él, Suguru estiró ambos brazos detrás del cuello de Toji, acercándole el rostro hacia abajo para poder comerle la boca, ahogándose en el momento en que sus dedos le apretaron la garganta. Toji tenía manos grandes, más grande que las suyas propias. Se hundían en la piel de Suguru con facilidad, una en la cintura y la otra en la base del cuello, dejándole un reguero de marcas que mañana lucirían del color oscuro de una ciruela. Suguru no era tan propenso a marcarse, no tanto como él, pero Toji era brusco; más que Satoru, más de lo que ellos mismos solían serlo, incluso en sus días más locos. No es como si ninguno de los dos pudiera tomarlo, es solo—le divertía muchísimo, imaginar cuánto le costaría a Suguru cubrir las marcas de su cuello en la mañana siguiente.

Toji clavó los dientes en el labio inferior de Suguru, arrancándole un jadeo lastimoso desde el fondo del pecho, y Satoru arrastró los dedos por encima de su polla dura, todavía atrapada en la prisión de su ropa interior. Lima limón, una cosa horrible y fluorescente que le compró en forma de regalo a Suguru en su cumpleaños anterior solo para poder quedárselos en el momento en que los rechazara, porque por supuesto que los rechazaría. Eran cómodos, y a decir verdad le quedaban mejor a él de lo que nunca les quedarían a Suguru, demasiado acostumbrado a los colores oscuros y deprimentes.

—Suguru no se va a correr solo con eso, sabes —avisó en voz alta, diciendo lo que finalmente venía pensando desde hacía buen rato.

Los ojos verdes de Toji se fijaron en los suyos, solo un poco menos vidriosos que los de Suguru, el tono exacto de verde que tiene el césped cuando les ha caído un poco de lluvia. Satoru le sostuvo la mirada, el ruido obsceno de piel contra piel haciendo eco contra las paredes amplias, martilleando dentro su cabeza como si pensara rompérsela. Exhaló lentamente, el aire escapando de sus pulmones en un silbido tembloroso, como si estuviera mareado solo por estar sentado semi desnudo en la penumbra de su habitación—lo cual era verdad. Toji apenas si lo había tocado. Suguru mismo, apenas si lo había tocado, besándolo a lo mucho un máximo de tres o cuatro veces antes de saltar a la boca de Toji, dejándole que le sacara la liga del cabello y lo jaloneara como quisiera, arrancándole la ropa casi con los dientes.

Los dos, apenas si lo habían tocado, y de cualquier manera ahí estaba, la verga dura detrás de los calzoncillos y la piel de gallina, solo por una mirada. Le dieron ganas de reírse.

—No lo sabré hasta que lo intente, ¿no?

—Puede ser —el escrutinio de Toji era como una caricia en sí mismo, casi obligándolo a ceder ante la necesidad de tocarse por encima de la tela, resistiendo a duras penas—, pero, uh, créeme lo que te digo, solo estás perdiendo el tiempo.

La sonrisa lobuna en los labios de Toji era exquisita.

—¿Y cómo estás tan seguro?

De repente, Suguru se rio, trazando con la punta de la lengua la cicatriz en la comisura de la boca de Toji. Sus dedos se cerraron sobre la maraña de cabello negro, eternamente desordenado y mal recortado, como si lo hubiera hecho en el baño de su casa en lugar de ir a una peluquería—lo cual probablemente era cierto. Conociendo a Toji como lo conocía, Satoru estaba bastante seguro de que su suposición era cierta; lo que sea con tal de ahorrarse un par de yenes.

—No me voy a correr solo con tu verga —aseguró, jadeando, y Satoru no pudo contener la sonrisa que le estiró los labios de oreja a oreja—, lo sabes. Si al menos tuvieras la decencia de tocarme…

Los dedos de Toji se clavaron más hundieron en la carne de su cadera, sosteniéndolo firmemente antes de embestirlo con rudeza. La boca de Suguru se torció en una mueca, deformándose alrededor del gemido hosco y áspero que escapó de su garganta, y Satoru se lamió los labios, curiosidad y envidia estallando debajo de su piel a partes iguales. La pregunta, la urgencia repentina de decir «¿se siente igual que antes?» quedó colgando de la punta de su lengua, ácida, como el regusto dejado por el chocolate luego de comer demasiado. La cara de Suguru, veteada de rojo hasta el borde de los ojos, con los labios hinchados y bien besados, eran un indicio de algo, y si bien Satoru no era ni de cerca un experto en leer a las expresiones de las personas (mentira), definitivamente era un experto en leer a Suguru.

Podía adivinarlo, la respuesta. Con solo verlo, Satoru tenía atisbo de cómo debía sentirse, estirado y lleno hasta el borde con la verga de Toji, grande y pesada en su agujero. Quizás se estaba proyectando, también, una mezcla de su propia excitación ardiente como lava y sus propios recuerdos, pero la experiencia de ser follado por Fushiguro Toji era una cosa única, inolvidable, del tipo que podía pasar recordándola durante meses y aun así sentirse como nueva cuando volvían hacerlo. Si no, ¿acaso estarían ahí?

—No —gruñó Toji, mordiéndole la oreja a Suguru y sin detenerse, entrando y saliendo de él con insistencia—. O te corres con mi polla o no te corres.

Suguru lloriqueó, mitad frustrado mitad excitado, buscando la boca del otro para poder besarlo una vez más como si quisiera robarle el aire. Satoru se lamió el pulgar de la mano derecha, tocando la cabeza de su polla ligeramente, solo un poquito, por encima del bóxer, tratando de quitarse el filo de excitación que le mordía los nervios hasta el punto de resultar casi insoportable. Afuera, del otro lado de la ventana, la luna plateada brillaba tan alto que parecía como si vivieran a las fueras de la ciudad, en el campo, en lugar del mismísimo centro de Tokio. La luz amarilla, tenue que se derramaba del pasillo por la puerta abierta era insuficiente para alumbrar la habitación semi oscura, iluminada solamente con ambas lámparas a cada lado de la cama, donde Toji tenía la espalda de su esposo pegada al pecho, manteniéndolo quieto, de rodillas sobre las sábanas color cobalto que ambos compraron dos meses atrás, follándoselo como si fuera su cosa favorita en el mundo.

Quizás lo era.

Los ojos de Satoru se desviaron a la polla de Suguru, dura e hinchada, olvidada contra su vientre. La mano de Toji estaba tan cerca y a la vez tan lejos, las puntas de sus dedos lo suficientemente cerca para rozar la cabeza gorda, apenas, de recoger la gota brillante de pre semen colgando ahí y esparcirla por el resto de la punta, usando el pulgar para burlaste de Suguru hasta tenerlo retorciéndose entre sus brazos, hasta-

Al menos, eso es lo que él haría.

—Sabes —murmuró otra vez, arrastrando la "a" hasta lo imposible—, también puedo chupársela.

Entonces fue el turno de Suguru para mirarlo, sus ojos castaños vidriosos y empañados, rojos en los bordes. Los dedos de Toji se hundieron levemente en su garganta, haciéndolo jadear, un ruidito que era la mitad de un gemido y un sollozo al tiempo que empujaba contra él duramente, sin descanso. A esa distancia Satoru solo podía atrapar un atisbo del sudor brillante en el cuello de Suguru, y aún si lo sabía, lo sabía de memoria, las ganas de pasar la lengua ahí y averiguar cómo se sentiría la sal en su boca se hizo insoportable.

Satoru se levantó antes de que Toji pudiera responderle, subiéndose al borde de la cama con pies inestables y quitándole la mano del camino de una bofetada, apoderándose del rostro de Suguru y acunándolo con ambas manos para poder besarlo. Suguru jadeó, dejando ir su agarre acérrimo en el cabello de Toji para enterrar los dedos en su espalda, sosteniéndolo como si se le fuera la vida misma, abriendo la boca fácilmente cuando Satoru golpeó la línea de sus labios con la lengua. Toji se rio entre dientes, las vibraciones de su pecho recorriendo todo el camino a través del cuerpo de Suguru para llegar hasta él, estremeciéndole la espalda. Satoru clavó los dientes en el labio inferior de Suguru, bebiéndose el gemido que subió por su garganta, tomando un puñado de su cabello en la mano izquierda para poder ladear mejor su rostro y lamerle la mejilla.

—Me encantas —murmuró, repartiendo una línea larga y húmeda de besos en los pómulos ardientes de Suguru—. Me encantas, me encantas.

Suguru esbozó el intento de una media sonrisa, los dientes blancos apareciendo por entre medio de sus labios rojos.

—Solo te gusta ver cómo me follan.

Eso también era verdad.

Satoru volvió a besarlo, aplastándose contra él, sintiendo cada uno de los embistes de Toji en su cuerpo, casi como si fuera a él a quien estuvieran follando, sintiéndose repentinamente tan lleno como Suguru debía sentirse. Restregó su erección contra el falo duro y descuidado de Suguru, un escalofrío subiéndole por la espalda cuando el otro gimió en sus labios, desmoronándose, como arcilla en sus dedos, el contacto de su piel ardiente por encima de la tela enviando un ramalazo de placer crudo por todo su cuerpo. Toji también gruñó, estirando la mano para rodearle la cintura y dejarla en su espalda baja, empujándolo contra Suguru, comenzando un vaivén descoordinado donde cada uno robaba un poquito más del otro, donde cada embiste suyo regresaba como un eco en su polla hasta el punto en que Satoru estuvo seguro que quien se correría acabaría siendo él y no Suguru.

—Voy a chuparte la verga, ¿sí? —farfulló, hablando apenas contra los labios de Suguru, deteniéndose a limpiar un hilillo de saliva que le había corrido por la barbilla—. Sugu.

Suguru asintió dos veces, el flequillo cayéndole torpemente sobre la frente.

—Sí.

Toji quitó la mano de donde la tenía, explayada en la base de su espalda, para entonces dejarla caer en la parte trasera de su cuello, guiando su rostro para por fin, por fin, darle un beso por encima del hombro de Suguru. No era el primero de la noche, por supuesto, pero Satoru casi había olvidado el sabor de su boca contra la suya propia, la brusquedad de sus labios, cómo la respiración le temblaba cuando Satoru pasaba la lengua por su cicatriz. Toji clavó los dedos en el nacimiento de su cabello, anclándolo en su sitio y atrapando su lengua entre los labios, chupándola hasta que Satoru comenzó a retorcerse, sujetándose a los hombros temblorosos de Suguru para no caerse.

—Haz que se corra por mí, ¿sí? —dijo contra sus labios, como una orden o una petición, Satoru podía tomarla como siquiera.

Cabeceó una sola vez, dejándole un último beso en la mejilla roja y sudorosa a Suguru antes dejarse caer de espaldas sobre la cama, las piernas colgándole por el borde, los labios picándole de anticipación. Escupió en su mano izquierda, envolviendo los dedos alrededor del falo duro y jalándolo un par de veces, tragándose el gemido roto que brotó de la boca de Suguru como si fuera agua. Satoru repitió el movimiento, un par de veces, bombeándolo al mismo ritmo de los embistes de Toji, mordiéndose la parte interna de la mejilla; la verga de Suguru era perfecta, gruesa y dura y solo un poco venosa, no tan larga como la suya, sino lo suficiente para ser eso precisamente, perfecta. Satoru pasó el pulgar por la cabeza hinchada, recogiendo la humedad traslúcida y nacarada y esparciéndola por el resto de la longitud, finalmente inclinándose hacia adelante para poder lamerlo.

—Mierda —lo oyó gemir—. ¡Satoru!

Eran las cuatro de la tarde cuando Suguru le puso la pantalla del teléfono en el rostro, interrumpiéndolo mientras apretujaba las pocas cosas de importancia que tenía en su escritorio para salir huyendo cuanto antes de la oficina.

Nanako y Mimiko estaban ambas de pie en el marco de la puerta, cuchicheando entre ellas como hacían siempre que les prohibían entrar a la oficina de profesores a pesar de que dos de sus tutores eran literalmente profesores. Ambas estaban ansiosas porque Satoru se apresurara y terminara de una buena vez, incluso pidiéndole a Suguru que le recordara que se hacía tarde y ellas tenían cosas importantísimas que hacer esa noche; irían a comprar ropa y pijamas nuevas para la salida al cine barra pijamada con sus amigas, a la cual Satoru tenía prohibido asomarse, ni siquiera de chiste, a la hora de dejarlas o recogerlas. Solo podía ser Suguru, únicamente Suguru, aún si los cuatro iban en el mismo carro y Satoru se sentaba en el asiento copiloto.

—Satoru —había dicho el Suguru de entonces, algunas horas más temprano, dejando caer ambas manos sobre el escritorio con cuidado.

—¿Huh?

Satoru miró a la pantalla, sonriendo de oreja a oreja al escuchar a Mimiko rabiar por distraerse con otra cosa. Suguru le estaba mostrando una foto, el cielo color celeste e impecable, sin una sola nube, por encima de los edificios del centro de Shibuya, como si se hubieran detenido en pleno cruce de cebra para tomarla. Era simple, incluso un poco rústica, y por medio minuto Satoru de verdad que no entendió qué se suponía que haría con eso, si acaso era alguna clase de código extraño de parte de Suguru en el que debía descifrar quién sabe, sus ganas de salir y aprovechar ahora que estarían solos esa noche, hasta que se fijó en el resto del cuadro. La foto no era una foto, era un estado de LINE.

Arriba, el nombre decía Fushiguro Toji.

—Mira quién está en la ciudad —comentó Suguru, sonriendo como quien no quiere la cosa.

Satoru parpadeó una sola vez, alzando los ojos para encontrarse con los de Suguru y sonreírle también.

Incluso para ellos, Fushiguro Toji era como un fantasma; un fantasma que se aparecía cuando quería y se perdía tan rápido como llegaba, cayendo sin avisar y solo de vez en cuando, cuando cualquier trabajo de mierda que se haya ido a perseguir acaba en nada, o por el contrario, terminara excelente. Dependiendo de cada uno, Toji podía aparecer de dos maneras: como un ser humano normal, recogiendo a Megumi para llevárselo a algún sitio y fastidiarlo hasta que se le agotara el dinero, para entonces soltarlo otra vez con él y Suguru y volver a desaparecer; o como ahora, prácticamente arrastrándose por las sombras y dejándole saber que estaba de vuelta solo a unos pocos, a ellos, al menor de sus primos y quizás también al tipo que le conseguía trabajos rápidos, no fáciles ni legales pero rápidos, y con buena paga, las únicas dos cosas que podían importarle a alguien como Fushiguro Toji.

Ambos sabían lo que eso significaba.

Suguru se puso de pie con un solo movimiento fluido, guardando el teléfono y caminando en dirección a la puerta, llevándose con él a las gemelas mientras Satoru terminaba de tirar sus cachivaches dentro del maletín. Cuando finalmente llegó al estacionamiento de la escuela, los tres primeros ya estaban en el auto, acompañados de Megumi, cuya mochila parecía a punto de reventar con la muda de ropa que llevaría consigo para pasar dos días y una noche en casa de Yuuji, cosa que decidió sin avisar ni pedir permiso. Satoru prácticamente saltó al asiento del copiloto, respondiendo al comentario ácido y sarcástico de Nanako sobre su lentitud con una sonrisa abierta más una réplica mordaz, echándole una mirada de reojo a Suguru aunque no hiciera falta; estaba seguro que Suguru ya le había escrito a Toji, quizás incluso antes de mostrarle la foto, seguro como solo alguien que lo conoce de hace tanto tiempo podía estar seguro de las decisiones de Satoru incluso antes de conocerlas.

El resto simplemente terminó por tomar forma, Suguru dejando a las gemelas en el centro comercial con sus amigas y luego estacionándose frente a la casa de Yuuji, donde Megumi se bajó y se despidió con un simple y escueto «nos vemos el domingo». Satoru no se molestó en decirle que su papá estaba en la ciudad, y sabía que Suguru tampoco lo había hecho; realmente no hacía falta. Toji no estaba ahí para verlo, ni para pasar tiempo con él ni con nadie que no fuera a darle algo de dinero por su tiempo.

Quizás, si fueran personas diferentes, se romperían la cabeza con las complicaciones y consecuencias de follar al padre del muchacho al que tenían bajo su techo más tiempo del que no, pero la verdad es que a ninguno de los dos—de los tres les molestaba. Satoru no era una figura paterna para Megumi, tampoco Suguru; la relación con él era diferente que con las gemelas, para quienes Suguru era todo, y Satoru el parche mal pegado con el que venía y tenían que sobrellevar, aunque fuera a regañadientes. Megumi probablemente los veía como hermanos mayores, y eso si tenían suerte; a lo mucho quizás los adultos con que los acogieron en su casa a él y a Tsumiki cuando su madre murió y Toji decidió que la vida sería mucho más sencilla corriendo de sitio en sitio buscando dinero debajo de las piedras.

—Satoru —suspiró el Suguru de ahora por encima de su cabeza, arrastrando las letras de su nombre como si apenas pudiera terminar de formarlas—. Satoru.

Satoru deslizó la lengua por la cabeza de la verga de Suguru, dejando caer la mano libre en su vientre, sintiendo claramente el contorno del falo de Toji cada vez que empujaba. Oh, Suguru debía sentirse tan lleno; sobrecogido, tambaleándose en ese punto donde todo se sentía demasiado y también demasiado poco, como líquido. Ojalá pudiera verlo. Ojalá pudiera estar frente a frente, pensó, soltando la polla de Suguru y tragándosela entera, la piel caliente y sedosa prácticamente derritiéndose en su lengua.

—Mierda —volvió a gemir, su voz una octava más llorona que antes—, Satoru.

—¿Diciendo el nombre de otro hombre mientras te follo? —gruñó Toji de repente, las palabras saliendo atropelladas de entre sus dientes—. Creí que el irrespetuoso era Satoru, no tú.

Satoru subió la cabeza lentamente, chupando el falo entre sus labios y oyendo la risita estrangulada de Suguru, tirando del elástico de su bóxer solo lo suficiente para sacarse la verga y finalmente jalársela.

—Quizás si me hubieras hecho correrme entonces diría tu nombre.

La cabeza le daba vueltas. Se sentía mareado, como si el aire que inhalara fuera delgado, insuficiente; Satoru arrastró los labios por la cabeza de la polla, lamiendo el pre semen que fluía constantemente de la punta, deleitándose en el gemido ahogado y entrecortado de Suguru cuando lo hizo. Toji volvió a embestirlo, su verga abultando levemente el vientre de Suguru, sintiéndolo en sus dedos; Satoru gimió, cerrando los labios alrededor de la polla dura e insoportablemente hinchada de Suguru, masturbándose al mismo ritmo en que Toji lo jodía. Era como si estuviera follándole la boca a él, cada vez que empujaba, marcando el ritmo con el que Satoru hacía ambos, jalarse la verga y chupar la de Suguru. En más de un sentido, era como si estuviera follándolos a los dos al mismo tiempo.

Satoru dejó la mandíbula laxa, sintiendo el temblor de Suguru en los dedos contra su vientre y permitiendo que le jodiera la boca, el falo tieso entrando y saliendo de entre sus labios con facilidad. Impulsó la cadera hacia arriba, empujando contra su mano, sus dedos bañados en pre semen jugando con la cabeza hinchada de su polla, un gemido sofocado subiéndole todo el camino por la garganta cuando el gruñido violento y roto de Toji le puso la piel de gallina. Suguru también gimió, meneándose en intervalos cortos y torpes, oscilando entre su boca y la verga que lo llenaba.

—Toji. Oh, Dios, Toji —balbuceó. El ruido claro y sonoro de un beso contra piel húmeda le hizo gemir otra vez.

—Me estás tomando tan bien, bebé, tan perfecto. Debería ser un crimen que Satoru te tenga todo para él.

Satoru cerró los dedos en la base de su polla, sintiendo la verga de Suguru latir e hincharse pesadamente en su lengua antes de correrse con un grito sofocado, un solo «¡ah!» que pareció asentarse en sus huesos, atravesándole como una puñalada. Respiró superficialmente, tragando la corrida de Suguru con labios apretados, los dedos en su vientre vibrando junto con el espasmo que le recorría el cuerpo de una sacudida. Toji también jadeó, un gemido bajo y hosco que pareció nacerle del centro del pecho, su respiración pesada casi tan ruidosa como la de Suguru.

—Mírate, te estás corriendo tanto —murmuró—. Perfecto.

Los pensamientos de Satoru se sentían dispersos, como si el calor estuviera quemándole cada trozo de coherencia que le quedaba en el cuerpo. Envolvió los dedos alrededor de la polla de Suguru, jadeando una bocanada de aire al tiempo que la bombeada duramente, viéndola sacudirse penosamente en su mano, Suguru retorciéndose en los brazos de Toji. Se incorporó torpemente, las rodillas temblándole como si sus huesos estuvieran hechos de aire y polvo, aplastándose contra el cuerpo sudoroso de Suguru, repartiendo un reguero de besos húmedos desde la base de su garganta hasta alcanzar sus labios.

—¿Oíste eso, Sugu? Eres perfecto. Tan perfecto.

Toji se rio roncamente, apartándole el pelo de la frente a Suguru y girándole el rostro torpemente para un beso, no demasiado brusco ni demasiado gentil, sino perfecto. Satoru lloriqueó, restregándose contra el cuerpo sobrestimulado de Suguru, gimiendo bajito cuando una de las manos de Toji se soltó del otro y cayó en su cintura.

—Eres un maldito desgraciado con suerte, teniéndolo todo para ti.

Suguru ladró una risa entrecortada, deslizando una de sus manos en la cadera desocupada de Satoru.

—Creo que quedé ciego —dijo en un gañido, su voz rasposa y destrozada—. Satoru, ¿te corriste?

Satoru sacudió la cabeza dos veces, negando, empujando su verga contra el muslo de Suguru.

—¿Quieres que te ayude? —Toji dejó caer un beso en la parte alta del pómulo de Suguru, echándole un vistazo rápido y pesado con sus ojos verdes oscuros. Satoru se estremeció.

—¿No acabas de decir que quedaste ciego? Yo lo haré correrse.

Satoru lloriqueó otra vez, restregándose aún más duro contra Suguru.

—Lo dices como si me fuera a romper solo con jalársela.

—¿No follaste lo suficiente? —inquirió Satoru, su voz sofocada contra el cuello de Suguru, dejándole un beso suave al terminar—. ¿Acaso no vas cogerte a tu primo cuando termines con nosotros?

Toji se echó a reír, alto y profundo, apretando a Suguru contra su pecho una última vez antes de dejarlo ir. Suguru suspiró, dejándose caer pesadamente contra el pecho de Satoru y removiéndose de la polla de Toji, silbando entre dientes cuando la sensación de vacío remplazó la de llenura. Tomó una respiración profunda, apartándose completamente de su lado y saliendo de la cama, cayendo junto a la cabecera, allá donde la mirada de Satoru no podía seguirlo. Un segundo después, las manos de Toji subieron por sus costados, hundiéndose duramente en su piel y atrayéndolo a su pecho, ocupando el lugar de Suguru entre sus brazos.

—Todavía animado, ¿eh? —comentó, sintiendo el falo duro de Toji contra su propia verga y empujándose hacia ella.

Toji siseó, tomando un puñado de su cabello y tirando con fuerza, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás con brusquedad, arrancándole un gruñido de gusto.

—Eres tan molesto. ¿No te callas nunca? —sus dientes se clavaron en la base de su garganta, haciéndolo temblar—. Suguru, ¿no cierra la maldita boca nunca?

—Ya sabes que no —respondió Suguru desde algún sitio a espaldas de Toji—. Métele la verga a la boca, solo así se callará.

Satoru se mordió el labio inferior, recorriendo los kilómetros de piel debajo de sus dedos, los músculos duros y firmes de su espalda; Toji tenía cicatrices por todos lados además de la boca, de diferentes tamaños, como si fuera un mapa de su vida trazado en su cuerpo para recordarlo siempre. Satoru quería pasar la lengua por cada una de ellas, iniciando con la de la comisura de sus labios, delineándola con la punta. Toji jadeó, apretándolo contra su cuerpo y atrapando su lengua entre los labios, chupándola antes de besarlo, enredando ambos brazos alrededor de su cintura y tirándolo sobre su espalda contra el colchón, haciéndolo chillar de sorpresa. Satoru se dejó guiar, permitiendo que le terminara de bajar el bóxer a empujones y metiera una de sus manos ásperas entre ellos, cerrándola alrededor de su polla y jalando con tanta rudeza que lo hizo gritar.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre Naoya y tú? —murmuró Toji entre dientes, tratando de mantener el tono ligero y conversacional a pesar de la obvia desesperación cociéndose debajo de la superficie—. Él sí toma cualquiera cosa que le doy. Lo que sea.

Satoru sacudió la cabeza, sintiendo los dientes de Toji enterrándose en su mandíbula al mismo tiempo que sus dedos se apretaban sobre la punta de su verga, el pulgar arrastrándose una y otra y otra vez sobre la esponja de nervios debajo de la cabeza, enviando oleada tras oleada de placer a través de su cuerpo. Se retorció, hundiendo más duramente sus dedos en la espalda del otro, atrapando el conocido e inolvidable chasquido de un encendedor, seguido del olor a humo de cigarrillo, abriéndose camino en medio de su mente nebulosa.

Suguru.

—Si fuéramos personas decentes —comentó, como quien no quiere la cosa, su tono tranquilo y relajado y ahora menos entrecortado y exhausto que hace un rato, como si finalmente hubiera recuperado el aliento que Toji y él le habían quitado— eso que acabas de decir sería asqueroso, ¿sabes?

—Hum —Toji pasó la lengua por encima de sus labios, mordiéndolo, abriéndole la boca antes de escupirle—. Suerte para mí que ambos son tan espantosos que yo.

—Igual que tú, menos que Naoya.

Satoru se mordió el interior de la boca, oyéndolos hablar pero sin entender una sola palabra de lo que decían. Arqueó la espalda, chocándose contra el pecho firme y amplio de Toji, restregándose ansiosamente contra su piel ardiente. ¿Cómo podía él estar tan tranquilo?, ¿acaso no acababa de follarse a Suguru? No debería estar tan compuesto, tan entero, como si joderlos a ambos no fuera más que un paseo por el parque. Ya, que todos ahí sabían de sobra aquello no era otra cosa que una transacción, por encima de cualquier cosa, pero el asunto era, a estas alturas, que realmente no le importaba. No le importaba una mierda.

Gimió en voz alta, con la boca abierta, ahogándose con su propia respiración en el momento en que Toji dejó caer la mano libre sobre su garganta, casualmente, como si fuera una coincidencia. Su piel se sentía apretada, pequeña en el pequeño y sobrexcitado espacio de su cuerpo, oscilando entre demasiado y demasiado poco. Tiró a ciegas, lanzando una de sus manos sobre su cabello y tomándolo en un puño, atrayéndolo hacia su boca; Toji fue, por supuesto, levantando una de sus piernas para envolverla alrededor de su cintura y cerrando los dedos en su cuello.

El ruido que escapó de sus labios bien pudo haberse escuchado hasta Hokkaido.

—¿Te vas a correr? Rápido.

Satoru ni siquiera recordaba completamente el momento cuando Toji llegó. Se sentía como si hubieran pasado horas, días desde eso, como si todo lo que conociera fuera esto, su dedos ásperos y rudos en la verga y sus labios encima de los suyos, robándole el aliento, su cuerpo pesado y firme aplastándolo contra la cama, manteniéndolo en su sitio. Sus manos se arrastraron otra vez por las planicies de su cuerpo, presionando sobre su espalda baja e instándolo a empujarse, sintiendo el falo tieso de Toji estrellarse contra su vientre, haciéndolo jadear. Presionó otra vez, y otra, y otra, hasta que entonces ya no era él sino el mismo Toji quien estaba embistiendo, moliéndose contra él, la promesa de su polla dura y gruesa como un recordatorio, firme y constante en su piel ardiente.

Les dio la vuelta, quedando a horcajadas sobre el regazo de Toji, encerrándolo en el espacio entre sus rodillas y apartándole la mano de su polla. A su lado, la cama se hundió, distrayéndolo momentáneamente de las manos de Toji sujetándolo de la cadera, clavándose duramente en su carne hasta casi ser doloroso y marcando el ritmo con el que se restregaba contra él, la piel caliente y sedosa de su verga increíble sobre la suya, enviando electricidad por todo su cuerpo.

—Estás bastante emocionado, Satoru —de repente, Suguru estaba abrazándolo por la espalda, pegándolo contra su pecho y dejando caer un beso tranquilo en la comisura de su boca, el sabor fuerte a cigarro colgándole de los labios—. ¿Estás cerca?

Sus manos se deslizaron a través de su cuerpo, deteniéndose un momento junto a las de Toji para darles un apretón y luego continuar, arrastrándose todo el camino hasta su polla. Satoru jadeó, dejando caer la cabeza hacia atrás contra su hombro, perdiendo el aliento cuando Suguru comenzó a jalarlo, lentamente, usando la misma mano para masturbarlo a él y a Toji al mismo tiempo. Se mordió los labios, oyendo a Toji suspirar también, empujando contra el puño de Suguru en un vaivén irregular, montando la marea de placer que se estrellaba sobre él como un maremoto, barriendo sus sentidos hasta que todo lo que podía pensar era más, más, más. Toji gruñó, sosteniéndolo tan duro que estuvo seguro que dentro de un par de horas tendría un ramillete de hematomas con la forma de sus dedos floreciendo en la carne de su cadera, y entonces Suguru forzó su boca abierta con la mano libre, empujando sus dedos dentro y-

—Oh. Oh.

Clavó las uñas en el pecho de Toji, el gemido contenido de su nombre quedado atrapado detrás de su garganta, eyaculando en el puño de Suguru, corriéndose con tanta fuerza que fue como si perdiera el conocimiento por un minuto, su cuerpo quedando desgastado como si le hubieran caído a palos.

—Buen chico —dijo Suguru, echándole la cabeza hacia atrás para besarlo.

Satoru fue, respirando superficialmente, abriendo la boca y aceptando la intrusión de su lengua, el sabor intenso y abrumador a cigarrillo en sus labios zumbando dentro de su cerebro, al tiempo que Toji seguía moviéndose, meneándose contra él hasta el punto de ser insoportable, hasta que acabó retorciéndose por la insensibilidad. Suguru lo dejó ir, y Satoru cayó hacia adelante, desplomándose sobre el cuerpo de Toji como un peso muerto, ignorando los pozos de semen sobre su vientre y sintiéndolo respirar pesadamente junto el caracol de su oreja.

—¿Ya te cansaste? —quiso saber, pasándole los dedos por el cabello. Su voz usualmente nasal y ligeramente chillona, tres octavas más profunda, cayendo sobre sus oídos como una caricia—. Ni siquiera te he follado. Parece que Naoya aguanta mucho más que tú.

Satoru se rio, mordiéndole la mejilla, sintiendo las manos de Suguru amasar la carne de sus nalgas con rudeza, la punta de uno de sus dedos rozando apenas la entre de su agujero.

—¿Puedes dejar de mencionar a tu primo? Te coges muchísima gente, por qué no hablas mejor de ellos.

—Nunca recuerdo sus nombres.

Toji volvió a besarlo, más lento, arrastrando sus labios con calma sobre los suyos y robándole el aliento. Satoru podía sentirlo, todavía, su polla dolorosamente dura presionada contra su vientre, un recordatorio vivo y constante de que, ciertamente, Toji no se había corrido, ni siquiera luego de sacarle un orgasmo a él y a Suguru, uno detrás del otro. Satoru se movió, lentamente, restregándose lo suficiente para molestarlo pero no para darle lo que necesitaba.

—Todavía puedes follarme, si quieres —ofreció, besándole desde la barbilla hasta la cicatriz en su boca, bebiéndose el gruñido bajo y rasposo que le subió por la garganta. Toji tenía marcas de dientes en la base del cuello, ahí donde Suguru le había mordido antes, cuando recién llegó al departamento.

Satoru pasó la lengua sobre ellas, dando un salto cuando uno de los dedos de Suguru rozó momentáneamente la entrada de su agujero.

—Pensé que eso estaba fuera de discusión —dijo Suguru, con calma, el puente de su nariz acariciando la curva de su espalda baja—. Viniste aquí a follar, ¿no? Termina lo que hiciste.

—Lo dices como si ya no te hubiera follado hasta licuarte el cerebro.

—Bueno, tienes razón.

Toji soltó una risita entrecortada, mordiéndose el labio inferior, dándole la vuelta a ambos y dejando a Satoru otra vez sobre su espalda. Satoru jadeó, envolviendo ambos brazos alrededor de su cuello, tirando de él hacia abajo para poder besarlo otra vez. Toji concedió, por supuesto, tirando de sus piernas para hacerse un espacio entre ellas y enredándolas en su cintura, gruñendo en su boca cuando Suguru se pegó a su espalda y tiró de su cabello hacia atrás. Satoru lo dejó ir, lamiendo una larga línea húmeda en su garganta temblorosa al tiempo que Suguru hundía los dientes en sus labios. Toji se sacudió, lanzando una de sus manos hacia el cabello de Suguru y manteniéndolo ahí, pegado a sus labios, la otra plana sobre el vientre de Satoru.

—Fóllame —murmuró junto a su oreja, la excitación ardiente y abrasadora levantándose otra vez debajo de su piel como una picazón.

Toji se apartó de la boca de Suguru, solo apenas, todavía tan cerca como para respirar su propio aire, echándole un vistazo.

—Realmente estás desesperado, ¿eh?

Los dedos de Suguru se cerraron en un puño, apretando el cabello de Toji con violencia.

—Cógetelo. Te lo está pidiendo, Toji. No dejes que el dinero se desperdicie.

Satoru arrastró las manos, llevándolas desde sus hombros hasta su pecho, inclinándose hacia arriba para lamerle el pezón con ganas.

—¿Realmente me vas hacer rogar? —farfulló, hundiendo los dientes en el músculo firme de su pectoral, amando cómo le llenaba la boca—. Vamos, Toji, fóllame. Ya te cogiste a Suguru, ¿vas a dejarme con las ganas?

Toji le dio otro beso a Suguru, sacudiendo la cabeza y apartándose de su agarre. Dejó caer ambas manos en sus rodillas, abriéndolas más ampliamente, restregando lentamente su verga tiesa contra su creciente erección. Satoru suspiró, contento, echando los brazos por encima de su cabeza y dando un respingo cuando un par de dedos húmedos tocaron su agujero, tanteándolo, sacándole un gemido suave cuando se deslizaron lentamente hacia dentro, hasta la mitad.

—Eres tan alto —se quejó Toji, la voz profunda arrastrando ese tono nasal y ligeramente chillón que le encantaba—. Eres pura pierna.

Suguru dejó caer el mentón sobre su hombro, rodeándolo con ambos brazos y besándole el rostro, iniciando desde el lóbulo de la oreja hasta la base del cuello.

—Solo lo hace aún más fastidioso —estuvo de acuerdo.

Satoru se mordió los labios, sonriendo, ajustándose a la ola de placer nuevo tomando fuerza en su cuerpo, los dedos gruesos de Toji alejándose solo para volver a llenarlo una vez más. Toji se meció contra él, lento, el tronco dolorosamente grueso y pesado de su verga arrastrándose por encima de la suya y construyendo su placer poco a poco, pedazo por pedazo, como si se hundiera en arena movediza. Suguru se inclinó sobre el hombro de Toji, echando un vistazo a sus pollas juntas y tomándolas en la mano, comenzando a jalarlos con calma, sin apurarse, ni siquiera cuando ambos, Satoru y Toji, gimieron al unísono.

—Voy a follarte mientras te coges a Satoru —declaró, dejando dos besos suaves sobre el caracol de su oreja.

Toji ladeó la cabeza en su dirección, atrapando sus labios por un segundo antes de esbozar una sonrisa ladina, llena de malicia.

—Seguro, bebé, lo que digas.

Satoru echó la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda, los dedos de Toji entrando y saliendo de su agujero con pereza, como si joderlo fuera un favor, burlándose de su punto dulce en lugar de tocarlo directamente. La piel se le puso de gallina, el puño cerrado y apretado de Suguru perfecto en su verga, manteniéndolo firme contra la de Toji, alargando su excitación hasta lo imposible. Se retorció, estirando la mano izquierda y buscando a Toji a ciegas, atrayéndolo a su boca y besándolo, sus labios ásperos robándole la respiración. Pasó la lengua por la cicatriz, sintiendo la diferencia de textura en su piel, jadeando pesadamente; Toji siseó entre dientes, empujando contra la mano de Suguru, aumentando la velocidad de sus dedos y jodiéndolo con rudeza, sus dígitos gruesos y ásperos entrando y saliendo del apretado pasaje con facilidad.

—Toji, Toji —balbuceó, sacudiendo la cabeza—. Mierda, ya cógeme de una buena vez.

Sus dientes se hundieron en su garganta.

—Ni siquiera sabes rogar por lo que quieres.

—Toji.

—Hazlo bien.

Satoru escuchó la risa encantaba, ronca de Suguru, haciendo eco por encima de su gruñido frustrado.

—Toji. Por favor.

Toji se echó hacia adelante, dejando caer la cabeza en el hueco de su cuello, estrellando la punta de sus dedos contra su próstata hasta que Satoru estuvo gritando, seguro de que se correría. Empujó contra el puño de Suguru, que había dejado de moverse y solo se mantenía apretado sobre la base, desesperado por un poco de fricción que lo lanzara por el borde, aun si apenas hacia un rato que se había corrido. Toji gimió roncamente, aliento cálido y húmedo chocando en su piel sensible, el peso de su cuerpo firme aplastándolo y manteniéndolo quieto cuando retiró sus dedos, dejándolo vacío y ansioso.

—Toji —lloriqueó, forcejeando porque hiciera algo, tomando un puñado de su cabello y tirando.

Toji negó, gruñendo como un animal, jadeando superficialmente. Satoru ni siquiera estaba fingiendo; realmente estaba desesperado. Quería que lo jodiera, la expectativa de tener ese falo grueso llenándolo llegando a su punto de quiebre después de pasar demasiado tiempo contenida.

—Toji —repitió.

Suguru volvió a reírse, entonces, apartándole la mano de un manotazo y tirando de Toji hacia atrás, otra vez contra su pecho.

—Toji, fóllatelo —jadeó. Sus dedos, húmedos de pre semen, guiaron la verga hacia la abertura fruncida y palpitante de su agujero—. Vamos.

Toji y él, ambos gimieron al unísono, la cabeza hinchada de su polla pasando apenas la entrada de su culo. Suguru empujó hacia arriba, instándolo a llenarlo debidamente, y la mente nublada de Satoru tardó en comprender que estaba embistiendo contra Toji, follándolo mientras Toji lo follaba a él. De verdad. El pensamiento lo noqueó, haciéndolo gemir profundamente, la verga de Toji estirándolo lentamente y llenándolo hasta el borde. Toji tiró la cabeza hacia atrás, dejándola caer sobre el hombro de Suguru, clavando los dedos en su cadera y empujando, el placer estallando en sus terminaciones como fuegos artificiales. Satoru sostuvo las sábanas hasta convertir las manos en puños, moliéndose contra la polla que lo atravesaba, encontrándose a mitad de camino entre sus embistes, borracho de placer.

—Oh, Dios, Toji. Toji, Toji.

Toji se lamió el labio superior, como si buscara las palabras para decir algo y fallando, quedándose en el medio. Suguru jadeó contra su oreja, apretándolo duramente contra su pecho e impulsándose hacia arriba, y entonces oh, Satoru pudo sentirlo, los embistes de Suguru viajando todo el camino hasta él cada vez que jodía a Toji, haciéndolo sentir lleno hasta lo imposible, otra vez como si estuviera follándolos a ambos al mismo tiempo. Soltó la sábana, lamiéndose la palma de la mano y enredándola en su verga, bombeándose a intervalos erráticos, oscilando entre los empujes de Toji y los de Suguru, marcando un ritmo desacompasado que no hacía más que volverlo loco.

—Estás tan caliente —gruñó entre jadeos—. Tan apretado.

Satoru cabeceó, dándole la razón a ciegas, gimiendo otra vez cuando Suguru dio una embestida particularmente aguda.

—Mierda, joder. Oh, Dios, Toji.

Suguru también gimió, sacudiendo la cabeza, jalando del cabello de Toji para poder atraerlo a un beso torpe.

—¿Te vas a coger a tu primo más tarde?, ¿hm? ¿Luego de salgas de aquí?

—Sabes que sí —Toji cabeceó una sola vez, la voz ronca, una de sus manos abandonando la cadera de Satoru y cayendo sobre el antebrazo de Suguru, tomándole de la mano—. Lo follaré hasta que llore.

Satoru lloriqueó, la verga de Toji conectando con su punto dulce y ensañándose ahí, atacándolo hasta que terminó retorciéndose, pre semen bañando sus dedos, el sonido obsceno y húmedo de sus pieles golpeando una con la otra lo único que podía oír por encima de sus propios gemidos.

—¿Vas a pensar en nosotros mientras lo haces? —presionó Suguru, enredando sus dedos con los de Toji, apretándolos con fuerza.

—No podría pensar en nadie más.

Satoru se mordió el interior de la boca, tratando y fallando de contener el chillido que le subía por la garganta, la mano de Toji hundiéndose en su carne con tanta fuerza como para ser doloroso cuando el orgasmo le atravesó como una cuchillada. Se corrió, eyaculando sobre su estómago y parte del de Toji, los espasmos recorriéndolo con un eco del otro y apretándose convulsivamente alrededor del falo que lo llenaba. Toji continuó follándolo, alargando más y más su orgasmo hasta lo imposible, hasta que ni siquiera podía distinguir el techo de la oscuridad detrás de sus párpados cerrados y entonces era Suguru quien estaba gimiendo, arremetiendo sin descanso y por fin, por fin Satoru sintió la verga de Toji latiendo, hinchándose y estirándolo hasta lo imposible, casi hasta el punto de ser doloroso, dejando caer la boca contra la mejilla de Suguru y corriéndose de una vez por todas, bañándolo con su semen.

Satoru se retorció, mordiéndose el labio inferior y deslizando la mano hasta su vientre, donde podía sentirse lleno, lleno hasta lo imposible, trazando perezosamente el bulto ahí hasta que su visión volvió a la normalidad, hasta que ambos, Toji y Suguru, dieron un suspiro hondo y satisfecho antes de apartarse finalmente, Toji atrayéndolo del cabello una vez más para poder besarlo.

—Eres absolutamente perfecto, bebé. Lástima que Satoru te tenga solo para él.

Satoru se echó a reír, estirando los brazos por encima de la cabeza, sus articulaciones gritando.

—Sabes, yo también hice un montón —espetó, alzando la mano hacia Suguru y tirando de él hacia abajo—. Si fuera por ti todavía estarías intentando que se viniera solo con tu polla.

Suguru fue, cayendo a su lado, inclinándose para besarlo también.

—Deja de hablar mierda, ¿quieres?

Satoru tarareó, buscando su mano y dejándola casualmente sobre su vientre, ahí donde todavía podía sentir a Toji. Suguru lamió sus labios, con cuidado, riéndose en voz baja cuando lo oyó gemir bajito en el momento en que Toji finalmente decidió abandonar su agujero, centímetro a centímetro hasta salirse por completo, dejándolo repentinamente vacío.

—Debí poner mi verga en tu boca cuando tuve la oportunidad —fue lo que dijo antes de saltar fuera de la cama.

Satoru suspiró, dejando una de sus piernas colgar por el borde de la cama, sintiendo la corrida de Toji escapando lentamente de su agujero gastado y los dedos de Suguru atrapándola, empujándola gentilmente hacia adentro otra vez, sin dejar de besar su rostro.

—Cursi.

Estaba exhausto. Sus ojos siguieron los movimientos de Toji, la luz reflejándose en su cuerpo duro y perfecto mientras daba vueltas por la habitación, recogiendo las piezas de su ropa desperdigada por el suelo y llevándosela con él al baño, donde casi inmediatamente pudo oír la ducha corriendo. Satoru se estiró sobre la cama, girando sobre su costado y quedando prácticamente encima de Suguru, que simplemente enredó los brazos alrededor de su cintura y lo sostuvo como podía, igual o más hecho polvo que él.

Ahora que la calentura comenzaba a bajársele, se daba cuenta de que tenía hambre; Toji apareció justo en medio de la cena, interrumpiendo el flujo de la tarde-noche con su sola presencia, distrayendo a Suguru de lo que sea que estuviera cocinando para ir abrirle, saltando sobre él en el segundo en que atravesó el umbral. De haber sabido que llegaría tan rápido, hubiera insistido en comprar algo en el camino.

También se sentía asqueroso, el sudor, saliva y semen pegándosele al cuerpo como una segunda piel.

—Creo que me voy a morir de hambre —comentó, su voz rasposa y claramente maltratada sonando extraña hasta para él.

No tenía idea cómo mierda daría clases al día siguiente.

—Me encantaría decir que esa es la cosa más rara que te he oído decir luego de follar —Suguru sacudió la cabeza, el contorno de su nariz haciéndole cosquillas en el pómulo—. Una lástima.

—Pero no la peor.

—Ya.

—Todavía tenemos daifuku, ¿verdad?

Suguru resopló.

—¿Recuerdas cuando le dijiste a Nanako que su falda blanca lucía mejor ahora que la lavaste con tu chaqueta roja y quedó rosada? Bueno, la última vez que Megumi trajo a Yuuji y Nobara se los dio todo a ellos para que comieran.

—Ah.

—Y por cierto, le debes dinero a Nanako para que vaya a comprarse otra.

—Ustedes realmente hablan como un matrimonio viejo —dijo Toji de repente, sorprendiéndolo. Satoru dio un salto, girándose sobre su espalda, encontrándose con la figura de Toji, fresco y completamente vestido, al pie de la cama, mirándolos a ambos con algo que era mitad burla y mitad diversión. Ni siquiera se dio cuenta el momento en que la ducha dejó de funcionar—. De verdad es cursi.

Se sentó, desligándose de los brazos de Suguru, mirándolo bien. Apenas si podía distinguir nada entre su ropa negra y la oscuridad.

—¿Te vas? —preguntó, solo por decir algo. Ambos sabían la respuesta.

Toji puso los brazos en jarras, tranquilo, viendo a Suguru sentarse a su lado también.

—Claro, tengo cosas que atender. Negocios y esa mierda.

—Follar a tu primo no es un negocio —comentó Suguru, casual.

Toji les dedicó a ambos una mirada inescrutable, sus ojos verdes ilegibles.

—¿Mi dinero? —preguntó.

Satoru se dejó caer contra la cama.

—Pásate por el primero cajero automático que veas; te haré una transferencia.

Algo parecido a un suspiro, y entonces, nada. La luz del pasillo delineó el atisbo de sonrisa apenas perceptible en sus labios.

—Un placer trabajar con ustedes.

Y eso fue todo. Toji se dio la vuelta, saliendo de la habitación sin volver a mirar en dirección a ambos y sin despedirse, ni siquiera dejándoles un miserable «gracias por hacerse cargo de Megumi» o algo. Suguru sacudió la cabeza, dos veces, girándose para atrás y esbozando una sonrisa tranquila, conocedora.

Ambos escucharon el clic de la puerta principal cerrándose.


Es obvio, pero el título salió de la canción del mismo nombre, Hot Sauce, de NCT Dream. Es lo único que escuché mientras escribía esto jsjsj.

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