1
El granjero se planta frente al cráter con su escopeta en una mano y un cigarrillo en la otra, preguntándose qué demonios acaban de ver sus ojos. ¿Ha sido un meteorito? ¿O un satélite? La Capsule Corp lanzó algunos al espacio la semana pasada. Lo vio en el noticiero. Quizá sea eso lo que acaba de caer del cielo: la bola de fuego que apareció de la nada y se estrelló, con un gran estruendo, contra el campo donde pastaba su rebaño. Eso es. Debe de ser un satélite. Aunque no sabía que tuvieran forma de esfera.
El cráter huele a quemado y suelta tanto humo que es difícil ver lo que hay dentro. El supuesto satélite es un cacharro metálico de color blanco y el calor que desprende espesa el aire a su alrededor. El granjero decide no acercarse por ahora. Se acaba el cigarrillo y saca otro, que se fuma nerviosamente mientras ve el humo disiparse.
No llega a terminárselo. De hecho, casi se le cae de entre los labios cuando algo, ¡la esfera!, se pone a chirriar ahí debajo, porque se está moviendo, no, se está abriendo, con un sonido como el de un autobús al detenerse, y lo que es aún peor, hay alguien que está saliendo de la maldita cosa. Es entonces cuando le queda claro: ¡esto no es un satélite, sino algún tipo de nave espacial!
— Ay, mi madre — se dice a sí mismo mientras carga la escopeta — ¡Ay, mi madre, pero esto qué es! ¡Me he encontrado con un marciano!
Sin embargo, la persona que sale de la bola blanca no tiene pinta alguna de alienígena: más bien es clavado a un ser humano, sólo que vestido de una manera peculiar, por no decir otra cosa. Es un tipo muy alto vestido con una armadura que por alguna razón no le cubre los calzoncillos. Hasta aquí llegan las esperanzas de que se trate de un astronauta... ¡ninguno iría disfrazado de aquella manera! Lo mejor será tener la escopeta bien a mano, por si acaso, y ojalá no tener que usarla.
— Yo me largo — murmura para sí mismo—, yo no he visto nada, no sé nada, no he estado aquí...
Es un poco tarde para irse. El tipo del cráter ha dejado de trastear con el visor que le cubre el ojo izquierdo y ahora le mira a él. ¡Dios mío, a él! ¡Tan intensamente! Hay una sonrisa burlona en los labios, cargada de crueldad. El granjero traga saliva, de pronto sudando en frío. Hay algo en el desconocido que le salta todas las alarmas. Lo que siente es miedo. Y sus mecanismos de defensa se ponen a toda máquina:
— ¡Eh...! ¡Eh, tú! ¡El de la nave! ¡Dime quién eres, qué quieres! — el granjero habla atropelladamente, apuntando al otro hombre con la escopeta— ¡Y más te vale quedarte quietecito, o te pego un tiro! ¿Me oyes?
La sonrisita del extraño se hace más y más ancha. Ahora es una risa. Se está riendo de él, ¡y sin cortarse un pelo, el muy sinvergüenza! El dedo índice del granjero se apoya peligrosamente en el gatillo.
— ¡Te he preguntado si me oyes, imbécil!
¡Nada! Ni una respuesta. ¿Pero qué le pasa a este tipo? ¿Está sordo, es tonto, o es que morir le da igual?
— ¿Acaso no hablas mi idioma? — dice el granjero, aunque, ¿quién en la maldita Tierra no habla el idioma común?— ¡¿No serás un marciano de verdad?!
El otro vuelve a reírse.
— Los marcianos — dice de pronto, en una perfecta lengua común— se parecen a los insectos. Aunque mirándote bien... tú también pareces uno.
Entonces el tipo se pone a levitar, como si nada, y se acerca flotando al granjero, quien está ahí pasmado, con el dedo todavía en el gatillo y el cigarrillo colgando de los labios, pero incapaz de reaccionar... al menos hasta que el alien (¡los humanos no vuelan!) se posa frente a él, muy cerca, y vuelve a tocarse el visor.
— Cinco — ríe—, ridículo. He visto bebés más fuertes que tú. — Y se acerca un paso de más.
En ese momento sucede. El granjero pierde los nervios y aprieta el gatillo, dispara, y un fuerte bang resuena por todo el campo, asustando a las pocas avestruces que quedan en el rebaño. Al granjero todo esto le pone los pelos de punta: el sonido, la situación, el haberle disparado a alguien... pero nada comparado con el escalofrío que siente cuando el alienígena, que cada vez parece más divertido, abre su mano derecha, y el perdigón de la escopeta aparece, negro y aplastado, en ella.
— ¿Balas? ¿Qué estáis, en la prehistoria? — vuelve a reír— No mereces la pena. Toma, te la devuelvo.
Dice esto con una carcajada. Y aquí es donde se acaban los recuerdos del granjero, pues cuando el alien hace restallar su pulgar contra la bala, ésta sale como disparada por un arma contra el pecho del pobre hombre... quien rápidamente ve cómo el mundo se vuelve rojo, luego negro, y luego de eso, bueno, no hay nada.
2
El incidente con el terrícola le ha dado algo que pensar a Raditz, el hombre de la nave espacial: ¿le habrá sucedido algo a su hermano pequeño? Ya han pasado muchos años desde que le enviaron a este estercolero. A estas alturas ya será todo un adulto. La misión debería estar más que completada.
Y sin embargo... míralos. Esos campos tan bien labrados, esos pueblos llenos de paz, las casetas, las posadas, los lagos... ¡y ni una sola llama alzándose! ¡Ni una mísera ruina! ¡Nada! No es que el paisaje esté en buen estado, es que está intacto. «Además, si Kakarot hubiese hecho su trabajo, aquel gusano se habría echado a temblar nada más reconocer a un saiyajin. A mi hermano le ha pasado algo. Y voy a descubrir el qué».
Hay algo en el oeste. Una lectura inusual. «¿Un nivel de poder de más de 300? No es mucho, pero en este lugar... sólo puede ser Kakarot». Raditz deja atrás el continente y se adentra en el océano, dividiendo el agua en dos mientras vuela tan rápido que la mayoría de la gente ni siquiera sería capaz de verle. No tarda demasiado en llegar a su destino, un enorme desierto lleno de formaciones rocosas largas y estrechas como torres; un lugar árido, seco, y tan cálido que te seca la garganta de inmediato. En una de esas extrañas torres hay un hombre. Su nivel de poder es de 322. Pero no se trata de Kakarot.
Es un namekiano. Eso explica su nivel de poder: es incluso muy bajo para su especie. Lo llamativo es que el hombre verde no sólo le ha detectado, sino que parece haberse dado cuenta de la diferencia entre ambos. Aunque no lleve scouter.
— ¡Ese poder...! — exclama, de pronto sudoroso— ¡No puede ser! ¡¿Quién demonios eres?! ¡Responde!
— Hay que ver — Raditz se cruza de brazos mientras flota en el aire— cómo gritan las ratas de este planeta.
La intención de Raditz es reírse en la cara del namekiano, pero éste no le da tiempo. Hay un grito, un destello, y una lectura de más de 400. Es un ataque de energía. Y le ha dado de lleno. Claro que eso da igual.
Se levanta una polvareda. Es densa pero se disuelve enseguida, y entonces el namekiano, con los ojos como platos, entiende el tremendo error que acaba de cometer. Raditz no tiene ni un rasguño. Ni siquiera se ha movido del sitio. Su ataque no le ha hecho nada. Absolutamente nada.
— De modo que puedes aumentar tu poder — dice Raditz con voz tranquila—, quizá te hubiera servido de algo si no fueras tan débil — y abre una de sus manos, decidido a fulminar al otro alienígena, pero entonces...
"Nivel de poder: 334"
¿Dónde? Al sureste. El scouter ha captado una señal interesante. No es una cifra muy alta, pero, ¿y si se trata de Kakarot? De pronto a Raditz deja de interesarle el namekiano: cierra la mano, echa la vista al cielo, y en un abrir y cerrar de ojos, ha desaparecido por completo.
3
El humo se disipa alrededor de Piccolo, quien ahora que está solo, se permite respirar hondo. Una gota de sudor le cae por la sien y se desliza hacia alguna parte. Está fría. Todo su cuerpo se siente frío ahora.
A lo largo de su corta segunda vida, Piccolo ha sobrevivido a muchas situaciones peligrosas. Ha recibido golpes, ha sufrido heridas, incluso ha sido derrotado. Pero esta es la primera vez, ¡la primera!, en la que no sólo se ha sentido inferior a su oponente, sino también indefenso ante él.
¿Quién era ese guerrero? ¿De dónde podría haber salido? ¿Y cómo era posible que ignorase la existencia de alguien tan fuerte?
Piccolo pasa un rato con la mirada fija en la dirección donde le vio desaparecer. Está confuso e indeciso. Ambas sensaciones son extrañas para él, y notarlas le pone furioso. Aprieta los puños, traga saliva. «Esto no va a quedar así», rabia para sí mismo, ¡y echa a volar tan rápido como se lo permite su ki!
No sabe cómo va a hacerlo (ya lo descubrirá), pero ese idiota se las va a pagar. ¡Ningún humano va a burlarse del rey de los demonios! Desde luego que no. Le va a encontrar y lo va a matar. Pero antes se asegurará de que se arrepienta, ¡hasta los huesos!, de haberse atrevido a plantarle cara...
Y enfrascado en pensamientos como éstos, Piccolo sobrevuela decenas, cientos de kilómetros, rápido como una bala, en busca de aquel hombre. Su viaje le lleva muy lejos, a un mar de aguas cálidas, en el que a lo lejos, muy tenue, siente el ki de Son Goku.
4
Hoy hay mucho movimiento en Kame House. ¡La isla está hasta arriba! Mutenroshi se pone a mirar a los demás, dando sorbos a su piña colada, ahí tirado en una hamaca junto a la playa. El día está soleado, no hay ninguna nube, y ahora que Goku ha llegado, en la fiesta ya no falta nadie.
Les ha hecho esperar, como siempre. Ya ni siquiera se molestan en decirle nada: Son Goku es así, va por libre, y siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Así que ha aparecido media hora tarde en la fiesta que él mismo organizó, y como era de esperar, la única en reñirle ha sido Bulma.
— ¡Siempre haces lo mismo! ¡Si vas a llegar tarde al menos avisa! ¡Tienes teléfono en casa! ¿Qué te cuesta usarlo? ¡Tirado! ¡Desastre! Espera — dice de pronto— ¿y ese crío? ¡No me digas que...!
— ¡Es mi hijo! — responde Goku, dándole una palmada en la espalda que casi le desarma— ¡Se llama Son Gohan! ¡Anda, salúdales!
— ¡¿Tu qué?! — dicen algunas voces a la vez, en lo que el niño, que hasta ahora se ocultaba tras las piernas de Goku, se acerca tímidamente a Bulma. Gohan hace una pequeña reverencia.
— Buenos días— dice. Y vuelve a las piernas de su padre.
— Es un poco tímido — ríe Goku—, ¡pero cuando quiere, es fuerte como un dinosaurio de las montañas!
Bulma parpadea despacio, mirando a su amigo de la infancia con incredulidad, mientras los demás — era tan extraño que Goku les convocase que han venido todos, incluso Tien— se van reuniendo alrededor de ellos, curiosos, y sobre todo sorprendidos.
— ¡Anda, si es igualito a ti! — dice Krillin, con una brocheta de carne en la mano— Sólo que más guapo, claro.
— ¡Eso no es muy difícil! — sonríe Yamcha, agachándose cerca de Gohan:— No te preocupes, chiquitín. Cuando crezcas, ¡te enseñaré a pelear como el mejor!
— ¿Qué vas a enseñarle tú? — Mutenroshi le mira por encima de sus gafas de sol— Si ni siquiera has acabado tu propio entrenamiento. Deja lo de enseñar para los que saben.
Es más o menos ahora cuando Bulma sale de su estupor.
— Tienes un hijo — dice, procesándolo todavía—, y no me habías dicho nada.
Goku se encoge de hombros.
— He estado entrenando un poco.
— ¡¿Durante años?! ¡Podrías haberme visitado! ¡Goku! ¡Te recuerdo que sabes volar! ¿Y a vosotros qué, os da igual?
A Krillin le entra la risa.
— Goku es así — dice, terminándose la brocheta.
— Uno se acostumbra — añade Yamcha.
— ¡Pues a mí no me da la gana acostumbrarme! ¡Ay! — se queja, cuando Goku vuelve a darle una palmada en el hombro, mientras ríe:
— ¡Ja, ja, ja! ¡Venga, Bulma, si no es para tanto...! ¿Eso que huelo es carne? ¡Me muero de hambre, y seguro que Gohan también! — pero a medio camino de la barbacoa, Goku se detiene en seco—. Espera, ¿qué...?
Dice esto último muy alto, muy fuerte, y en un tono distinto. Todos reconocen ya ese tono. Es el que utiliza Son Goku en las raras ocasiones en las que se pone serio.
— ¿Qué es eso que se acerca?
Las conversaciones se paran de golpe. Alguien apaga el estéreo, y los otros guerreros tratan de entender a lo que se refiere. Buscan un sonido, una presencia, una energía. Pero ninguno de ellos es capaz de sentirlos a tanta distancia como Goku.
— Ese ki... — dice por lo bajo— nunca había sentido nada igual.
— Goku tiene razón — murmura Tien— es... descomunal.
— Por Kami — Krillin traga saliva—, ¡se acerca tan rápido que...!
— En cualquier momento... — dice Mutenroshi.
— Chicos — dice Yamcha en tono nervioso— ¿no deberíamos estar preparándonos?
— No hay tiempo.
— Rápido...
— ¿Es un enemigo? — pregunta Bulma.
— No entiendo nada — dice Oolong—, ¿estamos en problemas?
— Gohan — dice Goku, muy serio—, quédate cerca de mí.
— ¿Qué pasa, papá?
— Es un... — y entonces aparece.
Hay un zumbido, breve. Luego algo parecido a un estallido cuando alguien —¿un hombre?— se para en seco en el aire. La velocidad a la que venía era tal que parece que haya aparecido de la nada. Al detenerse levanta un poderoso viento que les agita el cabello, las ropas, que forma remolinos en la arena y cierra las ventanas abiertas de la Kame House. La barbacoa cae y desperdiga la carne por el suelo... y el hombre se queda flotando en el aire, sobre sus cabezas, con los brazos cruzados y los ojos entornados en una mirada cruel. Unos ojos que miran a Goku directamente.
— De modo que estabas aquí — dice el hombre, descendiendo poco a poco sin cambiar su pose— Kakarot.
Es la primera vez que oye esa palabra, y sin embargo, Goku se pone tenso. Algo le recorre la espina dorsal. Una intuición, el recuerdo de un recuerdo. De alguna manera lo sabe: esa palabra es un nombre, y le pertenece a él. «Me habla como si me conociera», piensa, «¡pero yo a este tipo no le he visto en mi vida!»
— ¿Me puedes explicar qué demonios has estado haciendo? — le suelta el desconocido, aterrizando sobre la arena, y caminando despacio hacia él— ¿Y esto...? ¡Estás rodeado de terrícolas! ¡Kakarot, me debes una explicación!
— Gohan — susurra Goku— entra en la casa. — Y entonces, en voz alta:— ¡No tengo ni idea de quién eres!
El otro se detiene. Vuelve a cruzar los brazos, alza una ceja, la baja.
— Kakarot — dice, pronunciando las palabras lentamente— ¿acaso no recuerdas nada...?
— Sigues repitiendo esa palabra — responde Goku, mientras Gohan corretea hacia la casa y cierra la puerta tras él— como si significara algo. ¡Pero mi nombre es Goku! ¡Son Goku! ¡Y si lo que buscas son problemas...! — añade, poniéndose en guardia: a su alrededor, sus amigos guerreros lo hacen también— ¡lucharé!
