–¿Alguien te espera de regreso?

La pregunta había surgido sólo para recopilar información, pero le sorprendió que ella le respondiera con sinceridad

–Un cartero. Necesitaba algo que… me diera un motivo para continuar. ¿Y tú?

Loki sonrió, bebiendo la primera copa.

–¿Una princesa? – preguntó ella, a lo que él solo esquivó la mirada. Eso le produjo curiosidad a la renegada–. O quizás, ¿un príncipe?

Loki la miró, clavándole sus ojos verdes. La joven sonreía con cierta malicia.

–Quizás, un poco de ambas cosas.


En las montañas

ennegrecidas por la tormenta

deambulo solo.

Silvie estiró los brazos, intentando espantar el sueño. La aventura estaba dejando su mella sobre su cansado cuerpo. Buscó con la mirada el origen del cántico.

A través de los glaciares

Viajo.

En el huerto de manzanas

se encuentra la hermosa doncella.


Era Loki quien cantaba, rodeado de los demás pasajeros, ebrio y olvidando todo decoro.

Y canta:

"¿Cuándo volverás a casa?"

Cuando canta, dice,

"vuelve a casa"

Ella arqueó una ceja, mirándolo con una mezcla de aburrimiento y fastidio. Tiene ganas de lanzar un resoplido, como cuando se lidia con un niño pequeño y desobediente. ¡Quién sabe, tal vez así era la cosa! Mira en derredor, incapaz de sentir el movimiento del lujoso tren que recorre las desérticas llanuras de Lamentis, el mundo al borde del colapso. Alrededor de Loki, los ricachones celebraban, ebrios de poder y aburrimiento.

Silvie se levantó de su sitio y e pocos pasos estuvo a su lado, tomándolo del brazo y conteniendo las ganas de cortarle el cuello. El príncipe apenas si le hizo caso: estaba acostumbrado a que lo traten con desdén y menosprecio, incluso repulsión. Pero que alguien fuera capaz de mirarlo de manera tan directa, como si pudiera atravesar con una simple mirada todas las capas de mentiras que hábilmente vestía como una segunda piel, no era lo usual, y no terminaba de decidirse si las sensaciones que le provocaban eran algo bueno o malo.

Bebió de su copa, sintiendo el calor del alcohol en sus mejillas, el vientre, el pubis. Cerró los ojos, tratando de enfocarse, de recordar el motivo por el cual se estaba bebiendo el mundo. Silvie le había preguntado algo un rato atrás, ¿verdad? ¿Sobre la naturaleza del amor?

La primera imagen llegó sin esfuerzo. El amor podía ser el abrazo de su madre, Frigga, cuando le contaba sobre algún libro raro que había encontrado en la biblioteca, o el beso y la sonrisa que ella le regalaba cuando le enseñaba sus avances en las artes mágicas.

–Preguntaste sobre qué es el amor…– comentó, intentando hacer que ella dejara de mirarlo de aquella manera. Silvie ignoró la copa que le ofreció. Lo soltó y luego apoyó la cabeza sobre una mano, para mirarlo con algo de curiosidad.

–Quizás el amor es odio–, repuso ella, y lo mandó al diablo cuando Loki se burló de ella.

Loki volvió a beber de su copa y, al alzar los ojos, fue como ver otra vez al padre de todos, sentado en lo alto de su trono, con su único ojo clavado en él. Confesándole que nunca sería su heredero, ya que no había sido más que un botín, una vida que había rescatado para aliviar su consciencia.

–No, no es eso–, le respondió a Silvie. Hasta él sabía que no se trataba de eso.

–Oh– Silvie se acercó más, interesada–, quizás, el amor no es más que una travesura.

Loki frunció el ceño. Recordó aquella vez en la cual se transformó en serpiente, la vez en que Thor fanfarroneaba ante unas bobas. Teniendo en cuenta el gusto por los ofidios del gran tonto, aprovechó cuando éste alargó la mano para atraparlo y, rápidamente, se volvió a transformar para clavarle su daga. Su hermano había sido demasiado estúpido como para no morirse.

–El amor…– dijo, lamiéndose el oporto de los labios–, es como una daga.

–¿Qué?

Loki estiró la mano e hizo a aparecer su daga. Tan bella y lustrosa, como mortífera.

–El amor es como una daga: es hermoso, fuerte, y lastima profundamente– balanceó la daga entre sus dedos, ofreciéndole la empuñadura a su acompañante. Ella aceptó el desafío e intentó tomarla.

–Pero, cuando piensas que ya lo tienes… se desvanece.

La daga se deshizo en el aire, y Silvie lo miró, extrañada.

–Es la peor metáfora que he escuchado.

El descarriado príncipe asgardiano bebió el último sorbo de su copa y la alzó–. Debe ser este vino, ¡ahora entiendo por qué a él le gustaba tanto! ¡Otra!

Estrelló la copa contra el suelo, y los otros pasajeros celebraron su gesto. Estaba seguro de que Silvie lo mataría al menor descuido y, la verdad, eso no le sorprendía. Mas bien, lo prefería. El odio era algo que conocía, con el cual había comulgado desde pequeño, así como el rencor y la furia silenciosa. Lo prefería antes que tener que explicar una estúpida metáfora que su mente, intoxicada con vino barato, inventaba.

Era preferible que ella tomara sus palabras como meros delirios, a que se percatara de que temía amar a otros, a abrir su corazón y quedar expuesto.

–Estás haciendo el ridículo, ¿olvidas que estamos hasta el fondo? –, silbó la joven.

–¡Sonríe! ¡Es el fin del mundo! – replicó Loki, tomando otra copa de la barra–. A nadie le importa nada.

Ella, al fin, resopló. Sus cabellos eran dorados, como las manzanas que los dioses de Asgard comían para mantener su juventud. Como lo habían sido los cabellos de Sif antes de que él reemplazara su champú por una poción maldita que se los ennegreció para siempre. Y que hubiera dormido con Thor no tuvo nada que ver con eso, no, no.

Al carajo con el amor. Él era un dios, no tenía por qué estar dándole explicaciones a nadie. El hogar que recordaba no existía, su madre había muerto y su hermano lo odiaba.

El amor era como una daga dorada, tal como los cabellos de la hermosa Helena que condenaron aquella ciudad llamada Troya.

Una hermosa trampa dorada.