.
Prólogo
.
Un rayo de luz iluminó la habitación seguido de un golpe. La puerta se abrió exactos cincos segundos mas tarde. Si estaba sorprendida, Katniss no lo mostró, ella nunca enseñaba gran cosa en situaciones así. Lo siguiente que sucedió fue un prolongado silencio interrumpido a penas por la lluvia intermitente.
—Vengo en paz —murmuró Peeta, tratando de parecer bromista cuando el letargo de su voz lo delataba. Sonrió y soportó expectante el repaso de la mirada de Katniss sobre su cuerpo: se había peleado con un par de tipejos en el bar, aunque no había sacado la peor parte del encuentro, tenía el cuello de la camisa ensangrentado y los puños sucios con los restos de algo asqueroso. Los pantalones flojos por el encuentro de esa noche.
No supo explicar la emoción de entonces, pero Peeta la asoció brevemente a la culpa y bajó la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó Katniss.
Peeta alzó la mirada entonces con un sonrisa engreída, y la mano alborotándosela el cabello. En otras ocasiones el gesto le había ayudado. Pero la expresión de Katniss no flaqueó ni un instante.
—Si, yo solo —insistió, enseñando más los dientes. Nada. Nada resultaba con esa mujer—. Yo, yo solo...
—Es tarde, Peeta —se quejó Katniss, apoyándose contra la puerta, bloqueándola . Se veía pequeña, y no se debía sólo al metro noventa y uno de él, delgada, pero no débil. De eso, Peeta podía dar crédito. Y directa—: ¿A qué has venido?
—¿Puedo pasar la noche en tu casa?
—No —respondió Katniss, frunciendo el ceño.
Peeta la observó cruzarse de brazos y tuvo que sostener su mirada, fija, sobre sus ojos.
—Gané el contrato del que te hablé anoche —empezó, sin pensárselo demasiado—. Entonces me lo quitaron para darle el crédito a mi hermano. Celebramos por mi hermano, brindamos por mi hermano, tuve que golpear la espalda de mi hermano y fotografiarme a su lado. A estas horas seguro están imprimiendo la portadas de la revista financiera. Me fui a un bar de madrugada, me peleé con dos mamarrachos, y me follé a Delly en el baño. Por favor —dijo entonces, cayendo de rodillas y aferrándose al abdomen pequeño—. Por favor, déjame pasar la noche en tu casa.
No hubo respuesta, sólo un gesto. La mano pequeña y cálida de Katniss rastrilló el pelo sobre la frente durante tanto tiempo que la mente de Peeta se adormeció. Lejos creyó escuchar la voz de Mío en un susurro suave.
—No pasa nada, vuelve a dormir, mañana tienes que levantarte temprano. Me haré cargo —dijo Katniss—. Vamos Peets, ya es tarde. Vamos.
Y se dejó arrastrar, guiado por la voz suave. Intentó restar peso al cuerpo, pero igualmente terminó medio arrastrando los pies, medio tropezando, aferrado a los hombros diminutos que se esforzaban por mantenerle erguido. Se le informó sobre la ducha, también se le preguntó por la ropa y la necesidad de una comida. Respondió afirmativamente a las dos primeras, y en negativo a la última, aunque sí que se moría de hambre.
El agua fluyó desde el pelo hasta los pies, sentado como estaba en una ducha de azulejos blancos que ya había usado antes.
—¿Está bien la temperatura del agua? —preguntó Katniss, con esa voz suave y mansa que a Peeta le gustaba—. ¿Te estoy quemando?
—Está bien —dijo Peeta, aunque le hubiera gustado un poquito más fría.
—Mmm, voy a lavarte el pelo ahora, ¿sí? Vas a oler a fresas y menta. Mejor que a vómito y alcohol, ¿verdad?
Peeta sonrió a esto y dejó que el agua caliente arrastrara viejas memorias de noches igualmente frías pero en absoluta soledad. Miró a Katniss, inclinada en el borde, con la ducha a escasos metros de su cara. Su ceño fruncido había sido reemplazado por una expresión de concentración.
—Qué bonita eres —comentó Peeta, sin poder evitarlo.
Katniss desvió la mirada de los hombros a su ojos y agradeció sin emoción. Era la misma reacción gastada que había ofrecido a toda su coquetería. No se trataba de inmunidad, es que simplemente esas palabras no alcanzaban su corazón. Y Peeta frunció el ceño preguntándose por primera vez, quién pudo ser el miserable que había hecho tanto daño a su autoestima.
—Lo...lo digo en serio —repitió Peeta.
Katniss asintió con un gesto aséptico.
—Tú también eres bonito —dijo, pellizcando una de las mejillas de Peeta—. Bonito y problemático. Un verdadero dolor de cabeza.
Cuando la ducha terminó, hizo fuerzas para evitarle a Katniss el bochorno de secarle el cuerpo. Ayudó lo mejor que pudo y pronto se encontró en la cama de dos plazas con sábanas color rosa y la frazada de lana a los pies. Olía a Katniss: las almohadas, las paredes, el aire que respiraba. Y la nostalgia y el sentimiento de que todo estaba mal lo abrumó, y estalló en un llanto miserable.
—Nunca será suficiente esta mierda —gimió, sintiéndose abrazado por el calor de Katniss. Suspiró y apartó la cabeza de su pecho—. Perdón. Perdón por todo.
Katniss suspiró.
—Es tarde Peets, ya ve a dormir, ¿sí?
Peeta negó con la cabeza.
—Ven a dormir conmigo.
—Cuando te duermas, yo iré a dormir también.
Peeta gimió.
—Voy a tener pesadillas esta noche.
—Nada de eso —sonrió Katniss por primera vez. La lluvia golpeó fuerte y un rayo de luz se filtró por las cortinas blancas—. Te vas a dormir hasta mediodía, entonces vamos a comer algo rico, con Mío y Finn, y si estás de humor veremos esa película nueva de terror, ¿te acuerdas que te hablé de ella? —Peeta asintió—. Será tan mala como dicen las críticas así que veremos una serie luego, la misma de siempre. Todo va a estar bien Peets, y si no, pues, ya veremos qué hacer... ahora, a dormir.
Peeta asintió. Hundió la cabeza en la almohada y el borrón se llevó su consciencia hasta el infierno. Con pesadillas o sin ellas, Katniss no se acostó en esa cama. Había una línea sensible y delgada que no quería cruzar a pesar de todas las situaciones embarazosas en las que habían estado envueltos en esos intensos tres meses que habían pasado desde que se habían conocido. Al principio Peeta pensó lo mismo que todos aquellos que conocían a Katniss por primera vez: gentil, juguetona, un poco ácida, y "aburrida" en cuanto a la diversión. Con el tiempo había llegado a apreciar ese aburrimiento y se había fusionado al estilo de vida que compartía con Mío, Finnick y Cato, al punto que las pocas noches que había sido arrastrado al pub terminaba preguntándose por lo que estarían haciendo los cuatro ancianos.
Las noches en esa cama se habían sucedido sin pereza, a veces Peeta tenía la sensación que jamás tendría fin. La falsa calma, el tierno sosiego, todo se volvía tan mundano y al mismo tiempo parecía que el infierno recibía su cuota de agua cuanto más se alejaba se los suyos, y más tiempo pasaba con los de ella. Pero el límite estaba ahí. No era tan estúpido como para obviar su vida y la de ella.
Finalmente, los viejos hábitos son difíciles de matar.
