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Ser despertado por el sonido de su teléfono es molesto, ver que la llamada viene de un número oculto lo hace querer lanzar el aparato contra la pared, y el rechazar la llamada y que inmediatamente después reciba otra lo deja despierto y dispuesto a contestar (mas no a levantarse) pero con un grito y amenazas que mueren en su garganta sin ser pronunciadas luego de que acepta la llamada.
Y todo es porque quien lo saluda al otro lado de la línea es Nemu.
Después de tantos meses, después de reencontrarla solo para verla alejarse una vez más, después de aceptar que están en bandos opuestos, a Samatoki le cuesta creer que no está soñando.
La conversación misma es demasiado casual, casi banal, como si el motivo de la distancia entre ellos no fuera gran cosa y la vida de ambos no hubiese cambiado. Aun así, el que ya no vivan juntos y el que Nemu siga en Chuuoku prueba que ya todo lo hizo y que quizás nunca nada volverá a ser como antes y eso se refuerza una vez las palabras de ambos llegan a un punto muerto, el silencio se extiende y el ruido al otro lado de la línea le da la impresión de que Nemu se está removiendo, inquieta, titubeando sobre si decir algo más o terminar la llamada.
Ella se decide por lo primero, sin embargo, y lo hace con un tono dulce, alegre, que trae a su mente recuerdos de su sonrisa.
—Feliz cumpleaños.
Es bueno que Nemu no esté ahí, que no lo vea con los ojos aguados en los segundos que le toma cubrirlos con un brazo aunque no haya nadie que pueda ser testigo de eso. Pese a ello, Samatoki no se refrena a la hora de sonreír y saber que eso es obvio en su voz cuando le agradece no lo avergüenza.
Cuando llega más tarde de lo usual a la que viene a ser su oficina, todos sus hombres están presentes, inquietos y prácticamente saltan debido a la sorpresa y corren de un lado a otro para recibirlo.
Es ridículo, ruidoso y en un mal día, Samatoki les gritaría y les exigiría una explicación y que pagaran algo para compensar las molestias que le habían causado y el que no hubieran estado haciendo algo más productivo.
Hoy, sin embargo, la media hora que pasó hablando con Nemu fue suficiente para darle la paciencia de esperar unos segundos a que todos se pongan en su lugar, creando un pasadizo humano desde la entrada hasta la puerta al fondo.
—¡Kashira, feliz cumpleaños! —dicen todos, no exactamente a coro, pues unos lo dicen antes, otros después, unos más rápido, otros más lento e intentando pronunciar cada sílaba con cuidado y un par alza las voz mucho más de lo necesario.
—Al menos prepárense para estas cosas —les contesta, chasqueando su lengua con impaciencia. Si tuviesen que contrarrestar un ataque en grupo, si todos tuviesen un micrófono en mano, terminarían de rodillas en cuestión de nada. Tienen suerte de que sea Samatoki y no un enemigo el que tienen en frente y de que Samatoki está de suficiente buen humor para apreciar el intento—. Pero gracias. ¿Tienen algo para mí?
Todos se muestran aliviados antes su reacción y uno de los que más tiempo lleva en el grupo, uno de los más confiables, toma la palabra y confirma lo que se puede esperar.
Es predecible, pues la fecha le da la excusa a más de uno para intentar quedar bien con él y, por eso, en su oficina le esperan regalos de sus hombres, de vecinos que le deben una, de personas que están bajo la protección de su grupo y hasta de otros grupos deseosos de mantener una buena relación con él y el Katen-gumi. No hay nada tan valioso como la llamada que recibió esa mañana, pero no es irritante.
El viejo lo llama al medio día y no le permite negarse a ir a verlo en un restaurante tradicional y jodidamente costoso.
Katen Taiko no escatima cuando se trata de celebraciones y Samatoki sospecha que en parte es porque le da la excusa (innecesaria) de darse un gusto.
Al menos tiene buen gusto y la comida tradicional y el sake que la acompaña es exquisito, pero el ambiente formal y el haber tenido que cambiar su camisa Aloha y sus jeans por un traje formal lo hace fruncir el ceño, cosa que el viejo parece encontrar hilarante.
—Deja de hacer esa cara y acostúmbrate —le dice, perfectamente contento—. O sigue el ejemplo de Iruma. No creo que a estas alturas no sepas anudar una corbata.
Que señale lo que falta en su traje le arranca un suspiro irritado. No es como si gritarle a Taiko sirva de algo más que de una fuente de entretenimiento para el viejo, quien además no tiene ningún derecho a criticarlo cuando, tal como siempre, está usando una hakama.
—No jodas con eso. Vine, ¿no? —replica Samatoki entre sorbos de sake.
—La imagen lo es todo —pronuncia innecesariamente con un tono mucho más serio que antes— y más con los años.
—Ni que fuera tan viejo.
—Aprende de mi experiencia mientras puedes —interviene Taiko y si bien le dirige una mirada seria que se siente como una advertencia, un segundo después suelta una carcajada y acaba con cualquier tensión—. Bueno, por hoy bebe y come. Venimos a festejar, ¿no?
Aunque Samatoki pone los ojos en blanco cuando Taiko señala su propia copa ya vacía para indicarle que le sirva, Samatoki la llena aun comentando en voz alta que debería ser al revés y si bien Taiko lo reprende por el comentario, le devuelve el favor y brindan nuevamente por el cumpleaños de Samatoki.
Recibir una invitación de Rio para terminar el día siempre le trae sentimientos encontrados, pues si el lugar indicado es la base de Rio, lo que le espera no es bueno.
Al menos esta vez cree que su estómago no sonará y lo pondrá en una peor situación, todo gracias al festín previo, pero no está tan seguro de que lo mismo se aplicará al otro invitado, quien lo recoge en la puerta del restaurante, pasa un par de segundos mirándolo de arriba abajo y luego aparta la mirada y lo apresura a subir al auto.
Típico de un conejo tímido, quien se emputa y grita incluso mientras conduce con cuidado luego de que Samatoki comenta eso en voz alta.
El camino hasta la base de Rio es peligroso, sin embargo, pues el largo recorrido a pie no solo está lleno de trampas que siempre cambian de lugar, sino que merma la energía de cualquiera y puede abrirle el apetito. Y hoy, encima de todo, no tener sus botas hace del camino algo más difícil y lo lleva a comprender un poco por qué Jyuto siempre se ve peor que nunca y se queja del estado de sus pies cada vez que van.
—Más te vale haber comido algo antes de venir —lo amenaza una vez ya están cerca a la base.
—Debería decir lo mismo. —Jyuto lo fulmina con la mirada—. La última vez fue tu culpa y tuvimos que... ugh...
El solo recuerdo de las lagartijas asadas de esa cena parece ser demasiado para Jyuto y aunque lleva su chaqueta en brazo y hasta hace unos segundos el esfuerzo físico tenía su rostro ligeramente colorado, de inmediato palidece.
Pese a eso, Jyuto no huye y al llegar, logra hasta sonreír al saludar a Rio.
—Lo siento, Rio —es lo primero que Samatoki comenta, viendo de reojo los cuchillos que Rio usualmente usa para preparar a sus presas y que están a la vista, cerca del lugar en el que Rio había estado inclinado preparando algo—, justo el viejo me llevo a comer.
—Pude conseguir esa información temprano —replica Rio con una sonrisa tan tranquila que es imposible reclamarle por esos hábitos de espionaje que Rio insiste en llamar recopilar información—, así que tengo algo diferente. Es una lástima no poder ofrecerte un festín, pero no podía dejar pasar el día sin nada —afirma antes de pronunciar una simple felicitación que por sí sola sería suficiente, en opinión de Samatoki.
¿Si no es un festín, qué le espera? La incertidumbre es suficiente para que Samatoki responda con un deje de titubeo.
—Oh. Gracias.
Pese a eso, Jyuto parece suspirar con alivio como si se creyera a salvo, lo cual atrae la atención Rio.
—Pero puedo preparar algo más sustancial si tienes hambre.
—Estoy perfectamente bien, Rio, gracias. —La tensión vuelve a Jyuto y su sonrisa es tan forzada como sus palabras—. Hoy almorcé tarde, así que...
—Avísame si cambias de idea.
Por una vez, Rio no insiste, quizás porque hoy Samatoki es el protagonista de la que resulta ser no solo una reunión por su cumpleaños, sino la introducción de las bebidas alcohólicas con las que Rio ha estado experimentando para prepararse para el invierno, según él.
Dicho alcohol casero resulta ser bastante bueno e incluso Jyuto lo aprecia una vez acepta la primera copa con renuencia, mencionando tener que conducir, mas esa preocupación queda de lado una vez descubre que los ingredientes no involucran nada con patas.
Quizás la única desventaja es que es más fuerte de lo esperado y que viene acompañado por tentempiés fritos en los que sí se pueden ver patas y antenas, pero ¿importa?
Bajo la influencia del alcohol, es fácil no inquietarse ante esos ingredientes, reírse en voz alta ante las reacciones de Jyuto y no sentirse abochornado cuando Rio decide que es hora de cantarle por su cumpleaños aun cuando no hay ningún pastel ni velas, sino una fogata alrededor de la cual permanecen sentados hasta altas horas de la noche.
Si bien Rio los invita a pasar la noche en su base, Jyuto es el primero en negarse hablando de tener que madrugar a trabajar y Samatoki se encoge de hombros, agradece la invitación y dice que irá con Jyuto, pues él es su método de transporte.
No que Jyuto esté en condiciones de conducir, aun si dejaron de beber hace un buen rato y el frío de la noche espabila a cualquiera, y es por eso que horas atrás, Samatoki se encargó de enviar un mensaje para conseguir a alguien más.
—Te preocupa tu trabajo o el desayuno mañana —le susurra después de que abandonan la base.
—Cállate.
El que Jyuto no lo niegue habla por sí solo y Samatoki ríe con burla, de buen humor. Ha sido un buen día, mejor de lo que había creído posible, de hecho.
Y no ha terminado.
Pensar en lo que esta por venir lo lleva a canturrear en el camino e ignorar las miradas de confusión que Jyuto le dedica.
Dejar el bosque y llegar a la avenida más cercana siempre le da la sensación de estar de regreso a la civilización y esta vez eso es más fuerte que nunca, ya que junto al auto de Jyuto hay una moto y dos hombres que quizás han pasado más de una hora esperando.
—Samatoki... —Jyuto se detiene al verlos, pero no llega a terminar lo que iba a decir, pues Samatoki se acerca a él para meter una mano en uno de los bolsillos del pantalón de Jyuto y apoderarse de sus llaves antes de que Jyuto pueda negarse.
El las lanza a uno de los hombres, quien las recibe al tiempo que inclina su cuerpo para saludarlos tal como el otro. Samatoki les responde y les da indicaciones breves que ambos corren a cumplir.
Con un conductor designado y un guardaespaldas innecesario, que se encarga de abrir la puerta de atrás para ellos antes de prepararse para seguirlos en su moto, no hay mucho de que preocuparse, mas Jyuto se mantiene tenso y maldice en voz baja aun si él también obedece y se sienta junto a Samatoki.
¿Decirle que llamó al mejor conductor del Katen-gumi lo tranquilizaría? Seguramente no.
—Sé que no te gusta, pero acéptalo por esta vez.
—No me estás dando otra opción.
—Obviamente.
Jyuto odia que alguien más conduzca por él, pero sin duda entiende el motivo y por eso no protesta realmente en todo el camino, mas sí lo hace una vez llegan al edificio en el que Samatoki vive y Samatoki se apodera de las llaves nuevamente incluso antes de que ambos hombres se despidan de ellos con una reverencia más y unas palabras dichas en voz muy alta que seguramente despertaron a alguien.
—¿Te das cuenta de que no vivo aquí? —cuestiona Jyuto, cruzándose de brazos y saliendo del auto solo para quedarse de pie junto a dicho vehículo.
—Sí, sí. Ven de una vez.
Samatoki no espera ni mira hacia atrás antes de entrar al edificio, seguro de que Jyuto hará caso a pesar de todo y así es y Jyuto ni siquiera opone resistencia al llegar al apartamento de Samatoki y verse halado al interior de éste.
Bien podría ser más honesto, aunque eso lo haría menos divertido.
Lo bueno es que sus acciones sí son sinceras y verse acorralado no lo lleva a intentar huir. Jyuto, de hecho responde con entusiasmo el beso que Samatoki inicia e incluso parece relamerse cuando se separan.
—Todavía faltas tú por darme algo —dice Samatoki en voz baja en ese instante—. Es mi cumpleaños y quiero un conejo.
—¿Eso es todo lo que quieres? —Jyuto alza su mano izquierda para aflojar su corbata y soltar la cadena en su camisa hábilmente—. Bien puedes.
No que Jyuto fuese de los que sea deja hacer y lo demuestra como siempre, dejando claro que su nombre le queda como un guante y folla como un conejo y aparentemente ni la hora ni el alcohol cambian eso.
Quizás ese es el motivo por el que esto se ha vuelto algo usual, por lo que es adictivo, y es difícil pensar en dejarlo cuando Jyuto se mueve siguiendo su ritmo, gime su nombre y lo aprieta como si quisiera no dejarlo ir, lo cual es perfecto, pues no es como si Samatoki piense dejarlo escapar.
Incluso una vez ambos están satisfechos y se crea un silencio que rara vez comparten, Samatoki suspira con gusto y tarda en enderezarse en busca de un cigarrillo, cosa que hace más por hábito que por necesidad.
El movimiento atrae la atención de Jyuto, quién está boca abajo, luciendo tan exhausto que es una sorpresa que todavía esté despierto, mas que gira su cabeza hacia él con lentitud.
—¿Qué? ¿Me vas a decir que salga si quiero fumar? —cuestiona Samatoki más con burla que con irritación. Jyuto le pone peros a pequeñeces sin sentido, lo cual a veces es molesto y otras, hilarante.
—Es tu cama, no la mía —replica Jyuto, entrecerrando un poco sus ojos como si estuviese intentando verlo bien a pesar de no tener sus gafas puestas. Pasados unos segundos, sin embargo, los cierra—. Y supongo que por hoy está bien hacer una excepción.
Si Jyuto pudiese ver el reloj más cercano, descubriría que hoy ya es un nuevo día, mas Samatoki ríe por lo bajo en vez de señalarlo mientras prende el cigarrillo y la da una primera calada que termina en un hilo de humo que exhala sobre su cabeza.
Es extraño notar que no hay nada más que quiera y la pila de regalos que sigue en su oficina no tiene nada que ver con ello y aunque no lo dice en voz alta, quizás es obvio cuando termina con su mano izquierda en la cabeza de Jyuto, con sus dedos encerrado en sus cabellos por ninguna razón especial, disfrutando incluso de esta quietud.
—Sí tengo algo para ti —musita Jyuto de repente, moviendo su rostro para presionado contra la almohada como si quisiera acallar su voz, pese a que en realidad la alza cuando continúa hablando—. Está en mi auto y como cierta persona me robó las llaves...
Samatoki no contiene una corta carcajada y tras acallarse y darle una nueva calada a su cigarrillo, dice:
—Podemos intercambiar. Lo que sea por las llaves.
Su broma no es contestada con ninguna insistencia de que lo hagan ya mismo y Jyuto, de hecho, se gira hacia él sin hacer ningún amague de levantarse y con tal lentitud que Samatoki no tiene que apartar su mano.
—Dame uno.
¿Un cigarrillo? Si bien Samatoki no tiene ninguna razón para negarse, solo ver a Jyuto lo hace cambiar de idea y lo lleva a alejarse un momento solo para apagar el suyo en lugar de para alcanzar la cajetilla.
Quizás es el que no haya tratado de recuperar una pizca de su apariencia usual, el que su cabello esté desordenado, sus anteojos ausentes, su cuello esté visible y lleno de marcas que cuentan a gritos que ha hecho, pero Samatoki ahora sí ansía más y está dispuesto a darle algo diferente.
—Más tarde. —Samatoki nunca ha negado ser codicioso y tener a Jyuto en su cama o lo que hicieron antes de repente deja de ser suficiente y tiene la excusa perfecta para conseguir más—. Es mi cumpleaños, ¿no?
Da igual que en realidad el día haya terminado o que Jyuto alce una ceja como si en realidad sí supiese que es más de media noche, pues Jyuto lo acepta y cede a su capricho como siempre.
Es perfecto para terminar bien un buen día que también comenzó mejor de lo que había esperado y si mañana Jyuto amanece a su lado, bien puede que también sea así.
