Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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La alarma en su teléfono inundó la habitación con ese molesto sonido desternillante capaz de despertar a quien fuera, una delgada mano pálida emergió de entre los edredones azules y tomó el aparato para detener el ruido; una blonda muchacha se desperezó y una vez que hubo abierto los ojos completamente, saltó de la cama.

Ya podía recordar el motivo por el que había programado la alarma tan temprano en una mañana de domingo.

Corrió al cuarto de baño para ponerse lo más presentable posible que los dientes y cara limpios le permitieran, al menos y por si acaso, de lejos debía lucir genial. Regresó a la habitación y después de hacer sus ejercicios de respiración, se acercó a la ventana.

Ahí estaba.

Tras las cortinas, la vista completa del patio de su vecino daba de lleno a través de su ventana, y con ella, la visión de un apuesto muchacho pelirrojo que sacaba la podadora de césped.

El condenado iba ataviado en shorts deportivos en color negro que le llegaban por encima de las rodillas y que dejaban a la vista un par de piernas torneadas, claro resultado de su apasionada dedicación al deporte, la camiseta de mangas cortas— con el logo del que ya sabía era su equipo de baloncesto favorito— le pareció innecesaria y rezó a cualquier deidad poderosa para que se deshiciera de ella lo antes posible.

Como cada domingo, se preparaba para podar el césped y fiel a la rutina, ella se había levantado temprano para contemplar tan exquisita visión. Elsa Wroldsen no era de esas chicas que tonteaban por muchachos, pero aquel pelirrojo danés tenía algo que la había cautivado desde que lo conoció, hacia casi un par de años cuando se mudó a la casa de al lado junto a sus padres.

Con deleite lo vio encender la maquina y comenzar con su labor, su parte favorita llegó poco después: el cálido sol de verano refulgió temprano y desencadenó que el cobrizo se detuviera para sacarse la camiseta. Elsa se aferró a la cortina con una mano, observando como la prenda revelaba lentamente aquel torso definido que tantas veces había visto y que seguía deslumbrándola como si fuera la primera vez.

Sus orbes de zafiro recorrieron con avidez el corto valle de bello pelirrojo que se perdía dentro de los shorts, el muchacho volvió a su labor y Elsa se vio obligada a alcanzar torpemente el comic que había estado leyendo la noche anterior para abanicarse con él, sintiendo un calor repentino al observar a su vecino rociar un poco de agua sobre su cabeza y torso después de otra pausa.

Las gotas resbalaban por su cuerpo como en esos videos musicales estúpidos que le encantaban a su hermana menor.

—Es la pubertad, Elsa, solo la jodida pubertad —trató de convencerse, apurando el comic.

Pero se obligó a pasar por alto que tenía diecisiete años y que la pubertad ya había terminado.

El joven estaba terminando su tarea, dándole una magnifica vista de los músculos de su espalda flexionarse y la albina se debatió entre los dos mismos sentimientos: el deleite de semejante cuadro y la decepción porque que llegaba a su fin.

—Maldita sea —masculló, regresando el comic a su lugar.

Pensaba en las cosas que tendría que apurar para verlo hacer su rutina de ejercicio en casa que desempañaba cada domingo en el garaje cuando Anna, su escandalosa hermana, entró cual huracán a su habitación.

—¡Ajá! ¡Sabía que estabas despierta!

Elsa pegó un salto donde estaba y, en un pobre intento de tratar de callarla, resbaló y fue a dar a el piso, llevándose con ella la cortina a la que se había aferrado en su desespero por mantener el equilibrio.

—¿Otra vez espiando al vecino? —vociferó, riendo, ajena a si había alguien afuera o no—. Estoy segura que nadie imagina que la fría reina del hielo de la preparatoria gusta de acosar a nadie. Necesitas ayuda, Els.

—Lárgate ya, lárgate ya —masculló bajo la tela.

Las fuertes pisadas de su hermana alejándose y el sonido de la puerta al cerrarse le confirmaron que se encontraba sola nuevamente. Se quitó la cortina de encima y con sumo cuidado se afianzó del alfeizar de la ventana, levantó la cabeza lentamente y abrió los ojos como platos al encontrarse directamente con un par de orbes esmeraldas que le devolvían la mirada.

Elsa se agachó lo más rápido que pudo, el corazón le latía a una velocidad sorprendente, las mejillas le ardían de la vergüenza. Él había escuchado a su hermana, claro que sí.

—Carajo, carajo, carajo —masculló.

¿Qué hacía? No podía simplemente escabullirse y hacer como que nada pasaba, ella no era así. Elsa Wroldsen no se dejaba intimidar por nada y mucho menos por un chico de ojos bonitos.

Carraspeó, arregló su cabello, deshaciendo la trenza con la que dormía mientras obligaba a su corazón a tranquilizarse, y una vez que estuvo lista, levantó su peso con ayuda de las rodillas, poniéndose frente a la ventana.

Él, Hans Westergaard, seguía ahí.

Una sonrisa cínica… esa torcida sonrisa cínica se instaló en su boca y levantó la mano, sacudiéndola en un saludo; Elsa compuso su mejor sonrisa afilada y le devolvió el gesto.

—Buenos días —dijo, el atractivo acento danés puso de buenas a sus oídos.

Elsa esperó un par de segundos para responder.

—Buenos días.

Hans ensanchó su sonrisa y la rubia sintió a sus piernas temblar.

Maldito fuera.


Holap, la última— literalmente— actualización del año en esta sección. Espero que hayan disfrutado el update.

Los mejores deseos para ustedes en este año que toca a nuestra puerta, un besote por parte de su tía Harry para aquellos que siguen leyendo desde las sombras y en especial a la tía más cool de FF, A Frozen Fan. Gracias por todo, eres la reina del lugar.

Bye!