Oraciones de madrugada

Le echaron la culpa del incidente de los matorrales, de la fuga de agua y de la pérdida del templo de Kaida en el país del viento. Kakuzu estaba cansado de tener que solapar las barbaridades de su estúpido compañero, un detalle que le perseguía hasta por las noches cuando intentaba conciliar el sueño. Los fuertes gemidos de placer de Hidan apuñalándose a sí mismo por la madrugada en medio de los recovecos de la cueva hacían ecos por el desliz de cada somera roca. Hacia bien en amenazarlo por la mañana pero de nada servía y al atardecer del día siguiente se le olvidaban los modales de nuevo.

— ¡Déjame dormir de una maldita vez, engendro endemoniado! —gritó para callarlo

Hidan no le respondió pero los gemidos siguieron y siguieron. Kakuzu se puso de pie y se acomodó la capucha. Era extraño que se sintiera tan adormecido luego de una posición como esa durante tan poco tiempo. Llevaban tres noches en ese sitio escondidos de la peste de una pandemia sureña que azotó la reserva donde se quedaron atrapados. Él no estaba de acuerdo porque de nada sirve ser inmortal si tiene uno que cuidarse de las epidemias, además como él mismo había dicho a su compañero: el tiempo es oro y estaban perdiendo demasiado.

— ¿Qué pasa, no me escuchas? ¡Quiero que te duermas y me dejes dormir!

Hidan estaba de espaldas en el suelo frotándose un cuchillo en el abdomen, un hombre desconocido lo empujaba hacia adelante. De repente el hombre puso una bolsa de plástico en su rostro y Hidan comenzó a asfixiarse. Ya fuera porque le perecía un enemigo a simple vista o porque se había olvidado de la condición de inmortalidad de su compañero, Kakuzu actuó como hubiera actuado en una batalla, pescó por el cuello a su objetivo y le destrozó el cráneo con el apretón de una mano sólida como el acero.

— ¡En el nombre de Jashin! ¿Qué hiciste, Kakuzu?

Kakuzu regresó su mano retráctil a las fibras de su brazo y se limpió la sangre con un trapo

—no me digas que lo tenías bajo control, Hidan. Está claro que no puedo confiar en ti para que vigiles el escondite

Hidan se arrodilló y cubrió su desnudes con la capa negra que caracterizaba la organización a la que ambos pertenecían

—No se trata de un enemigo, Kakuzu. Se trata de…

Su rostro enrojeció como el indicio de una fiebre

—Seguramente te has contagiado ya de ese estúpido virus—observó Kakuzu —Ni siquiera pienses que voy a cargar contigo hasta el cuartel

—No se trataba de un enemigo, estúpido. Estaba… aliviando la tensión

Kakuzu se puso a analizar la evidencia y juzgo conveniente no preguntar nada más.

—Cada día me pareces más repulsivo —le dijo y se alejó caminando —hazme un favor y déjame dormir esta noche, mañana nos largamos de este lugar.

—Ay, por favor, Kakuzu, es algo natural. Todos lo hacen. Jashin recomienda hacerlo al menos tres veces por semana.

—no me sorprende que nunca te hayas casado a pesar de ese ridículo peinado

—que se supone que eso significa ¿eh? ¿Qué te parezco atractivo?

—las mujeres encuentran atractivos a los hombres, los otros hombres…

—no me vengas ahora con eso, Kakuzu. Tú no eres precisamente un hombre ¿o sí?

—al menos no pierdo mi dinero en vano

—espera, espera ¿crees que le pagué por esto? —Hidan se rió —Algunas personas encuentran el acto sexual de lo más común ¿sabías?

—tú no eres una persona, eres un fenómeno. Si quieres hacer eso ve y busca a algún otro fenómeno

—ese es el problema contigo, amigo mío. Muy en el fondo eres del tipo cariñoso pero te niegas a demostrarlo. Eres tan viejo y has pasado tanto tiempo sin usarlo que seguramente tienes las bolas petrificadas

Kakuzu enfureció, estiró las fibras de la mano y atravesó el pecho blando de su compañero, agarró su corazón y lo sacó por su espalda. La sangre empezó a manar de su boca sonriente.

—Te dije que un día me ibas a exasperar

El corazón de Hidan palpitó en su mano.

—No tienes que ser tan grosero. Si te esfuerzas tanto en ocultármelo es porque tengo algo de razón —dijo él

Kakuzu fijó la vista en la cintura de su compañero

—Lo que tienes es una erección

—No puedes arrancarme el corazón y esperar que me quede tranquilo —le sonrió él

—En verdad eres repugnante —dijo Kakuzu sacando la mano de su pecho.

Hidan recogió su corazón y se lo acomodó en el lugar adecuado mientras hablaba

—Somos compañeros hace mucho tiempo Kakuzu, a mí no puedes engañarme. También te has escapado por ahí para tener una aventura.

—No tengo esas necesidades mundanas, yo ya superé toda fragilidad humana

—No te hagas el rudo conmigo— Hidan lo alcanzó de nuevo —nadie lo hace porque sea una necesidad, es algo que a todos nos gusta, como Deidara por ejemplo ¿para qué crees que usa esas bocas que tiene en las manos? Pienso que sé lo que trama cuando se va solo por ahí

—Voy a reducirte a las cenizas esa que tú tienes en la cara

—Ahora solo lo estás haciendo más obvio—dijo Hidan

— ¿Intentas decirme que todas esas veces que me despertaron tus extraños gritos había alguien más contigo?

Hidan se cruzó de brazos y la capa que llevaba sobrepuesta cayó al suelo dejándole el torso descubierto. Kakuzu miró su pene con desagrado.

— cúbrete esa cosa antes de que te la arranque

— ¿Qué es lo que de verdad te molesta? ¿Qué estuviera haciéndolo, o que no lo hiciera contigo?

Kakuzu se detuvo

—me molesta que permitas la entrada de desconocidos a nuestro refugio. Es por algo que le llamamos escondite, cerebro de palomitas. No se supone que nadie pueda encontrarnos.

— ¡Compañero, no seas así! —Bufó Hidan —yo también tengo derecho a divertirme. Todo el día tengo que estar pegado a ti y ni siquiera respetas mis oraciones. ¿Cómo voy a tener la oportunidad de conocer otra gente si no tenemos vacaciones?

—las vacaciones son una pérdida injustificada de dinero

— ¡Por Jashin, Kakuzu, no hablamos de las vacaciones, hablamos de mi estatus social! ¿Cómo quieres que tenga algo de acción durante el día si todo lo que hacemos es cazar demonios con rabo?

—si tanto te molesta, espera a tu tiempo libre para hacerlo

— ¿ves? Eso es lo que digo. Ni siquiera tenemos tiempo libre

—ahora vístete y duérmete

—no he terminado mi ritual nocturno

Kakuzu se giró y le apretó el miembro que llevaba al aire, por un momento consideró arrancárselo pero luego se detuvo.

—terminaremos con esto y me dejarás dormir el resto de la noche —amenazó.

Hidan sonrió y arqueó la espalda. Su compañero comenzó a frotarlo y menearlo con agresividad.

— ¡Mierda, sí! ¡Esto es de lo que hablaba, esa es una buena felación!

—cierra la boca o te lo arranco

Hidan se quedó callado por un segundo pero luego se le olvidó la amenaza de nuevo

— ¡Oh, Jashin, mi señor! —gimió

Kakuzu le encajó un cuchillo en la garganta para callarlo. El dolor provocó más éxtasis en su compañero que estiró la lengua al aire para dejar escurrir saliva. Kakuzu aceleró su tacto y rápidamente le encontró el gusto, Hidan no se comportaba con la misma molestia de siempre sino que exhalaba con una dulzura exquisita, una apariencia fuera de lo común. El inmortal acercó la mano a sus pantalones pero Kakuzu castigó su atrevimiento rasgándole la piel del cráneo, dejo una caricia sutil y tiró de su cabello. Hidan soltó un gruñido efervescente que en lugar de molestarlo le complació, Kakuzu sonrió sin querer. Buscando repetir el efecto separó las nalgas de su compañero rasguñándolo en el proceso y así, de pie contra la roca y sin ningún aviso lo penetró. Hidan tenía los ojos desorbitados de placer pero todavía se aferraba a él con una caricia en el cuello, el roce le provocó un escalofrió a Kakuzu así que apartó su mano de un manotazo y como este insistía en devolver el agarre tuvo que aplastarle los dedos con una roca golpeándole la mano contra la pared una y otra vez hasta que le destrozó las uñas.

—Quédate… quieto… de una vez —rugió

Hidan no le obedeció, chorreó más saliva por la boca y su semen salió disparado en la capa de su compañero. Asqueado, Kakuzu se quitó la capa y la arrojó al suelo donde no pudiera alcanzarle una nueva mancha porque no quería tener que gastar dinero en la lavandería. La posición se volvió incomoda porque tenía que verle el rostro a ese enfermo psicópata así que liberó su garganta del puñal y lo empujó boca abajo hacia el piso

—Kakuzu… —mimó Hidan y su compañero le respondió con una embestida antipática por el trasero. Hidan resopló conteniendo el temblor de las piernas.

Estuvieron de rodillas fornicando durante la siguiente hora hasta que los dos quedaron satisfechos. Kakuzu se corrió entre las paredes de la intimidad de Hidan y recargó todo su cuerpo sobre él ya sin ningún cuidado en las caricias de por medio que hace tiempo que ya no se molestaba en disimular. Hidan respiraba despacito con la lengua rendida al suelo y el aliento soplando la tierra lejos de su rostro; su cabello era un desastre y tenía todo el trasero pegajoso desde la cuenca de la espalda hasta el muslo debajo de las piernas.

—Kakuzu…

Kakuzu se limitó a vestirse y alejarse de vuelta a su sitio de la cueva, el lugar que había designado para descansar y por primera vez desde que Hidan era su compañero pudo dormir la noche completa.