Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen.
Advertencias: SLASH. LONGFIC. Los acontecimientos se desarrollarán un poquito lento, no desesperéis.
Sinopsis: Eren Jaeger, quince años, legítimo rey de Paradise, se aventurará fuera de palacio. Su trayecto lo guiará hacia Levi Ackerman, un noble propietario de una inusual tienda de té, donde, al caer la noche, se cuentan relatos acerca de los misterios de Paradise. ¿Cómo murieron Gisha y Carla Jaeger hace siete años? ¿Cómo fue Eren el único que sobrevivió? ¿Quién está al mando del reino?
Eren, con la ayuda de Levi Ackerman, participará en una rebelión contra su monarquía. Y hará todo lo necesario para salvar a la gente del hambre y la pobreza. ¿Quién es su enemigo? En palacio intentan matarle, fuera de palacio también. ¿En quién puede confiar? ¿Sus consejeros, su instructora, sus guardias, sus amigos, su posible enamoramiento? ¿Quién será el próximo en traicionarle?
Para ganar, hay que luchar. Si no luchas, no puedes ganar. Y si luchas, que sea entregándolo todo, incluso tu humanidad y voluntad. Vuélvete eso que odias.
¡Salve al Rey!
PARTE I
EL HOMBRE QUE NO CONOCÍA LA LUZ
1
UN MUCHACHO QUE ERA UN REY
En todo relato, siempre hay un comienzo. No es lo mismo que un principio. La forma de empezar será cuidadosamente escogida por el narrador. La historia del Rey Cuervo podría empezar con su nacimiento, con una infancia trancada por aquella tragedia que marcó su vida, quizá con sus obligaciones y deberes reales cotidianos, o con esas noches furtivas afuera del palacio.
De todas formas, no importa, porque el cuentista ha decidido que empezará por una coincidencia que dirigió su vida hacia Levi Ackerman, sujeto que influenciará todo en lo relativo al rey hasta que sus días acaben, para bien o mal.
A Eren Jaeger, legitimo rey de Paradise con tan solo quince años, le gustaba escabullirse de vez en cuando de sus ocupaciones para recorrer las calles de su reino. A sus guardias ni gracia que les hacía, por lo que aquella tarde se vio huyendo de uno de ellos, intentando camuflarse entre la gente con sus ropas de segunda mano y perderlo. De esta forma, se vio entrando al primer local que encontró.
La campanilla de la tienda sonó cuando empujó la puerta, un olor a jazmín inundó sus fosas nasales, se entibió instantáneamente por la calidez de un fuego. Pero, una sola mirada del individuo tras la barra hizo que se paralizara. Olvidó totalmente la razón que hizo que se escondiera ahí.
El hombre, que parecía de unos veintitantos años, estaba secando las tazas de porcelana. No era muy alto, pero tenía una mirada fulminante. Cabello negro y lacio enmarcaba unos afilados ojos azules, como hielo duro. No, un reflejo de luz mostró que eran azules, como dagas heladas. Llevaba una pulcra camisa blanca que tenía volados en las mangas, una chalina marrón y un pañuelo. Debía ser el propietario de la tienda.
−Oi, mocoso ¿no tienes modales?
Se reprendió mentalmente por haberse quedado mirando como un estúpido. Madame Dina, su instructora de protocolo, estaría horrorizada. Aunque, quizá no tanto, siempre tenía problemas con las distracciones. Y el hombre tras la barra sí que era particular, había algo peligroso en sus maneras, casi felino.
−Me disculpo, señor. Buena fortuna para usted y su casa. –Dijo Eren apresuradamente, inclinándose en una reverencia apropiada.
Un vistazo alrededor reveló que se trataba de un negocio acomodado. Delicadas mesas y sillas de madera pulida, candelabros exquisitos, una barra de mármol con estanterías repletas de tazas y platos detrás. Se impresionó porque un rincón de la tienda había sido convertido en biblioteca, con estantes de libros, una enorme variedad de ellos.
−Tengo dinero. –Admitió con vergüenza, percatándose de que era raro que estuviera ahí parado. –Quisiera un té y algún bocadillo.
El pelinegro se vio indeciso tan solo un minuto.
−Eh, chaval, está bien. Toma asiento. –Dijo finalmente, señalando las mesas desocupadas.
Eren se apresuró hacia una de las que estaban próximas a los libros. Notó asombrado que casi todos eran novelas y poesía, por los títulos en sus lomos, muchos de ellos los tenía en su propia biblioteca, aunque rara vez tenía chande de leerlos. Tuvo que contenerse para no estirar la mano y agarrar uno.
El vendedor no se movió de su lugar, más bien continuó secando las tazas con expresión aburrida. Eren bajó la vista hacia la carta que estaba sobre la mesa y se dedicó unos minutos a revisarla, antes de que le preguntara:
−¿Qué vas a pedir?
−Eh. Un té de frutos rojos y un trozo de pastel de manzanas. –Le echó otro vistazo al menú. Tenía bastante variedad de té y platillos, increíble. –Uh, mejor que sea pie de limón.
Sólo recibió un meneo de cabeza para demostrar que lo había escuchado. Una vez que hubo secado y guardado la taza que faltaba, se volvió hacia las puertas que lo más probable es que dieran a la cocina. Le echó una mirada por encima del hombro.
−Ya vuelvo.
−Disculpe, señor. –Dijo rápido, haciendo que se detuviera. −¿Podría echar un vistazo a sus libros?
−Son para los clientes. Pueden leerlos, siempre que no los ensucien. –Le respondió con seriedad. Algo de su expresión le asustó, sobre todo cuando añadió: −Si lo hicieran, tendrían que pagarlo con dolor.
Eren tragó, soltando una risa nerviosa mientras que se rascaba la cabeza. Sí, Dina lo mataría si lo viera, se estaba portando como un pueblerino.
−N-no lo haré, señor.
Con ansia, tomó uno que le había interesado. Crónicas del Rey Cuervo, decía en su lomo, que mostraba plumas negras cayendo. Su portada era roja, con el título en letras doradas, no parecía gastada. Se fue directamente hacia el primer relato, como si no pudiera evitarlo, sus manos pasando las hojas en un menos de un pensamiento.
El hombre que no conocía la luz.
«Esto pasó hace mucho tiempo, antes de que las montañas y riscos se formaran, antes de que existieran nubes y mares, cuando todo era una planicie y las poblaciones vivían en colonias errantes. Nuestro protagonista era un hombre, un hombre que era un rey, un rey que no sabía que era un rey, un rey que no sabía cómo ser un rey, un rey que no conocía su reino, un rey que nunca había visto la luz. Pero, nada de eso impedía que fuera un rey. Este relato trata de cómo nuestro hombre conoció la luz y se volvió el rey cuervo, uno que jamás sería olvidado.
El rey vivía en la oscuridad, en una parte donde los rayos del sol no tocaban la superficie. Vivía solo. No tenía padres, tampoco hermanos, ni conocidos, sólo fue puesto ahí. Él mismo tenía que descubrir cómo ser una persona. Lo único que conocía eran los miles de cuervos que habitaban por esa zona, escuchaba sus aleteos y sus graznidos. ¿Será esto todo lo que hay? El rey solía preguntarse. No sabía lo que era la luz, no sabía lo que era la oscuridad, no sabía lo que era ver, no sabía lo que era estar ciego, no sabía lo que eran los colores, no sabía lo que era la negrura, no sabía lo que eran las formas, no sabía lo que era soñar, no sabía lo que era estar despierto. Era una vida muy triste para nuestro rey, pero eso tampoco lo sabía»
Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que el hombre volvió sino hasta que dejó un plato con una taza humeante y otro con una rebanada de pie de limón sobre la mesa. Durante un segundo, el más joven se quedó observando sus manos. Eran blancas y delicadas, muy finas, como si nunca hubieran trabajado, sus uñas perfectamente cuidadas. Sólo podía compararlas con las propias, aunque las suyas fueran mantenidas por sus criados.
El hombre ocupó una de las sillas, cruzando una pierna sobre otra.
−Es un buen libro. –Comentó, mirando el libro abierto de una forma atenta.
−Tiene un comienzo interesante. –Respondió Eren, cerrando y apartando el libro para darle un sorbo a la taza de té. Tenía un sabor maravilloso. –Un poco lúgubre.
−Mm, no lo creo. A medida que sigues leyendo, te percatas de que la ignorancia es mejor que la comprensión. La ignorancia no duele, mientras que la sabiduría mata –Dijo el otro. –Ahora, cuéntame ¿de quién estás huyendo? ¿Eres un ladrón?
El más joven, todavía intentando entender lo primero que dijo, casi escupió su té al percatarse de lo último. Demonios, no pensaba que lo hubiera atrapado ¿era tan obvio? Se removió inquieto, sopesando qué debería responder. Cuando dejo la taza sobre la mesa, su mano estaba temblorosa, pero su voz firme cuando dijo:
−No soy un ladrón. –Esperaba que su voz pareciera lo bastante convincente. Tenía que representar a un noble arrogante para que no detectara su engaño, por lo que añadió en un tono desdeñoso: –Sólo me escondía de unas personas que me fastidian.
Era más verdad que otra cosa: Jean era uno de los guardias que peor le caían, siempre tenía esa mirada prepotente que deseaba arrancarle, hubiera sido una catástrofe que justo él lo viera fuera del recinto. El hombre mayor se vio reflexivo, dándole una larga mirada evaluativa. Eren no pudo resistir la urgencia de llevarse un trozo de pie a la boca por los nervios, lo que consiguió una mirada desagradable.
−¿Cuál es tu nombre?
¿Eh? Ah, demonios. Su nombre. Un nombre. No conseguía pensar en uno decente. Hasta que se encontró diciendo:
−Eren Krueger. –Bien, sabía que Eren constituía un nombre muy típico del reino, así que no debería ser un problema. No quería tentar más a la suerte, pero de todas formas inquirió curioso: −¿Y el suyo?
−Levi. –Respondió el pelinegro, levantándose. –Sólo Levi.
Se había inventado un apellido para nada. Levi caminó hacia el mostrador, en donde sacó un trapo y empezó a limpiar bajo la atenta mirada de Eren. Cuando el muchacho puso sus ojos de nuevo en la mesa, fue que dijo:
−No deberías andar por ahí con ese sello en tu capa. Se nota a leguas que es del palacio. Por acá hay muchos ladrones.
Realmente, ese hombre llamado Levi no paraba de sorprenderlo. El sello de la capa azul que llevaba puesta era de oro, pero era un broche tan diminuto, no esperaba que fuera relevante. Más le hubieran preocupado sus botas, demasiado impecables. Levi tuvo que haberse fijado en todos aquellos detalles.
−Eh, gracias por el consejo. –Murmuró. –Lo tendré en cuenta. No sabía que estaban tan mal las cosas.
Levi resopló como si hubiera dicho algo gracioso.
−¿Estás bromeando? Las cosas nunca han estado peor. –Respondió tajante, sin dar más información. Debía ser que todos conocían lo que estaban pasando. Eren tenía apenas una vaga idea. −¿Trabajas en palacio?
−Uh, sí. Como intérprete.
Podía hablar cinco idiomas, los aprendió obligatoriamente, pero de todas formas había varios intérpretes para sus consejeros. Era un trabajo liviano, siempre que no hubiera visitantes extranjeros o delegaciones. Los interpretes solían viajar cuando se requería, Eren recordaba anhelar esa libertad que tenían.
−No tienes idea de lo que pasa fuera ¿eh?
Sus mejillas ardieron por la vergüenza. Como rey, sabía mucho. Los caminos estaban más peligrosos, abundaban los delincuentes, por lo que el comercio se había paralizado, acentuando la escasez para la clase baja –los burgueses tenían para costear los insumos al precio que sea−. Por tanto, sabía que existía hambre y que los delitos iban en proa. También estaba al tanto de que su gobierno había implementado medidas para saciar las necesidades de los más pobres. Annie solía tranquilizarlo cuando preguntaba al respecto, diciendo que todos los días se entregaban alimentos en los mercados.
−No mucho. –Admitió, porque realmente no había visto todo eso. Sólo conocía lo que escuchaba de los demás.
−Te dije. La ignorancia es una bendición.
−Pero, yo quiero saber.
−Quédate en tus comodidades, mocoso.
−Tengo que saberlo. –Exclamó con ferocidad, apretando los puños.
Era su pueblo. Lo hubiera querido o no, era su rey. Tenía que encontrar la forma de arreglar todo. Pero, sabía que todavía era muy joven y los consejeros hacían lo mejor que podían. Sentía que estaba impotente, de manos atadas.
Levi no respondió, sino que continuó aseando la encimera. Eren acabó su pie de limón y se bebió lo que faltaba de té en silencio, todavía meditando. Decidió consultar nuevamente a sus consejeros respecto al peligro de los caminos.
−¿Cuánto le debo?
−Seis peniques.
Eren dejó las monedas sobre la mesa. Puso el libro donde lo encontró, desanimado porque no podría seguir leyendo. Ya había pasado mucho rato fuera. Cuando estaba incorporándose para retirarse, escuchó de nuevo su voz.
−Puedes volver otro día. –Le dijo, como sabiendo lo que pensaba. Habló con un tono más suave que antes y repitió sus palabras: –Es un buen libro.
Eren le regaló una sonrisa brillante y genuina. El más joven no se percató de que Levi parpadeó aturdido hacia él, deslumbrado por esa muestra de agradecimiento tan verdadera. La campanilla volvió a sonar al marcharse, dejando la tienda fría y silenciosa.
Notas finales de la autora: Lalalala, aparecí. Y no con una actualización (yo creo que igual nadie está esperando), sino con una nueva historia. Ya tengo cuatros capítulos escritos y de veras que me emociona mucho este fanfic, simplemente no pude contenerme de subirlo. También está en Wattpad, ahí estoy como (arroba)DaniShipper.
¿Y qué tal? ¿Qué piensan? ¿Qué les pareció? Si les gustó, no duden en darle fav o comentar.
Los amoooooo infinito, lectores bellos. Especialmente a los fantasmines.
-Cece
