Amor Malherido.

Capítulo 1.

La Coruña, España.

El estadio quedó sumido en el silencio tras el aterrador grito inicial, dado al unísono por todos los espectadores. Ninguno de los presentes habría podido predecir la tragedia que acababa de teñir de rojo el césped del recinto Abanca-Riazor de La Coruña, en un trágico recordatorio de que la vida puede cambiar para mal en un instante.

La previa del partido fue de lo más interesante. Genzo Wakabayashi y Karl Heinz Schneider habían apostado algo más que el orgullo y la dignidad: si Alemania ganaba el encuentro, Wakabayashi aceptaría fichar para el Bayern Múnich, algo que Schneider llevaba tiempo queriendo conseguir, pero si Japón pasaba a la siguiente ronda, el Káiser de Alemania tendría que bailar el Pen-Pineapple-Apple-Pen completamente desnudo. Ambos hombres tenían mucho qué perder y también mucho qué ganar, así que ninguno estaba dispuesto a darse por vencido. Además, antes de que diera comienzo el juego, Genzo había hablado con Tatsuo Mikami, su antiguo entrenador personal, y le había asegurado que estaba dispuesto a pagar el favor que le hicieron los alemanes al entrenarlo, venciéndolos en el terreno de juego. Con estos antecedentes, las expectativas por lo que fuera a ocurrir en este partido estaban al máximo, nadie quería perderse el choque entre tan excepcionales jugadores.

Corría el minuto 75 del partido de cuartos de final de la contienda por la medalla de oro en el fútbol varonil de los Juegos Olímpicos, que tenían como sede oficial la ciudad de Madrid. En dicho partido, Japón y Alemania se jugaban el pase a semifinales y los nipones estaban dando la sorpresa al ir ganándole el juego por dos goles a la poderosa Alemania de los Schneider, al menos hasta ese momento. Los teutones, por supuesto, no pensaban rendirse sin pelear e intentaron una y otra vez el perforar la portería protegida por el dios protector de Japón, Genzo Wakabayashi, pero todos los esfuerzos de los alemanes fueron infructuosos, ni siquiera el Káiser de Alemania, Karl Heinz Schneider, había conseguido derrotar al portero nipón que estaba haciendo un magnífico trabajo protegiendo su meta. Pero en ese minuto 75 la fatalidad se cerniría sobre el estadio y cambiaría el curso del partido: en una jugada de riesgo creada por el mediocampista Schweil Teigerbran, Franz Schester desvió el tiro con la finalidad de agarrar descolocado a Wakabayashi, pero éste alcanzó a desviar el balón, que golpeó en el poste de la portería. Al ver que el esférico continuaba en movimiento, tanto Schneider como Wakabayashi se lanzaron por él, uno tratando de empujarlo hacia la portería, el otro queriendo evitar que entrara. Víctimas del impulso y de la fatalidad, ambos jugadores tuvieron una confrontación muy violenta, en la cual Schneider rasgó la espalda de Wakabayashi con sus tacos, ocasionándole una herida severa.

– ¡Wakabayashi! gritaron los jugadores de Japón al unísono, en un lamento que hizo eco entre los directivos de la Selección que seguían el partido desde las tribunas.

– ¡Ge-Gen! –soltó Hermann Kaltz a su vez, tan atónito como sus propios compañeros.

Schneider quedó tumbado sobre el lesionado guardameta; la herida de Genzo fue tan violenta que su sangre salpicó el rostro y el uniforme del alemán. Karl parecía haber quedado en shock, su cerebro no lograba descifrar lo que acababa de ocurrir. El tiempo se detuvo y una espesa capa de silencio cayó sobre sus oídos, lo que bloqueó cualquier sonido ajeno a él, tal como solía ocurrirles a las personas que estaban bajo el efecto de una profunda impresión.

"Es un sueño, ¿verdad? ¡Tiene que ser un sueño!", fue lo que pensó la atribulada mente de Schneider. "Yo de verdad no le hice esto a Wakabayashi…".

Durante una fracción de segundo, Karl llegó a creer que en cualquier momento se despertaría en su habitación de hotel, bajo ese calor asfixiante de La Coruña, y que lo que acababa de presenciar sólo había sucedido en su mente. Pero la realidad no tardó en dejarse ir sobre él para pulverizar esa esperanza en un instante.

– ¡GENZO! –En ese instante, el grito de dolor y angustia de una mujer cortó el silencio del estadio, con lo que consiguió que el sonido y el tiempo volvieran a funcionar.

La persona que gritó fue la doctora Lily Del Valle, una médica de origen mexicano con especialidad en urgencias que seguía el partido desde los palcos y que, para más señas, estaba locamente enamorada de Genzo Wakabayashi (y él de ella, hay que decirlo). Cuando éste fue herido por Schneider, ella se quedó tan paralizada como los demás, pero su instinto de galeno la hizo reaccionar y su amor por el hombre herido fue lo que la orilló a soltar ese alarido de dolor que provenía desde lo más profundo de su corazón. Lily se puso en pie y rápidamente avanzó entre la gente que ocupaba las tribunas, sin olvidar disculparse porque estaba abriéndose paso a empellones y pisando uno que otro pie en el camino, sin importarle que dejaba detrás de sí al grupo de amigos que habían ido a ver ese encuentro con ella, como si mágicamente hubiesen dejado de existir. Entre esos amigos estaban Junguang Xiao, estrella del fútbol de China, quien también había participado en esos Juegos aunque su equipo no pasó de la fase de grupos, así como Stefan Levin, jugador sueco del Bayern Múnich y compañero de Xiao, que acudió a España a ver los encuentros de fútbol ya que su selección no se clasificó. Junto con Xiao y Levin estaban las novias de ambos, Nela McGregor y Débora Cortés, así como Bárbara Schmidt, novia del alemán Hermann Kaltz.

– ¡Lily, espera! –gritó Nela; su acento británico se hizo más notorio a causa de la premura–. ¡No te servirá de algo ir hacia allá, no podrás ayudarlo!

– Déjala, Nela. –La detuvo Xiao–. No vas a convencerla de que no vaya a ver qué ocurre, acaba de ver con sus propios ojos cómo el hombre al que ama ha sufrido un accidente terrible. Además, quizás ella pueda ayudar, después de todo es doctora y es voluntaria en estos Juegos.

– ¿Deberíamos ir tras ella? –preguntó Débora; ella y Stefan estaban sentados junto a Xiao–. Yo, al igual que Lily, también soy médico.

– Eres ginecóloga, tú no servirás de mucho a menos que Wakabayashi esté abortando por la espalda –le respondió Xiao, sin titubear–. Esperaremos aquí a ver qué ocurre, al igual que el resto de los presentes en este estadio, pues nosotros sólo estorbaríamos.

Débora iba a responderle de manera grosera al chino, pero Stefan la contuvo. Si bien Xiao había soltado un comentario grosero, tenía razón en el punto de que ellos no podían ayudar a Genzo.

– Tengo un mal presentimiento –manifestó Bárbara, que hasta ese momento había estado callada. Ella tenía la vista clavada en el campo, contemplando cómo los jugadores de Japón habían echado a correr hacia Wakabayashi.

– ¿Qué dices, Babs? –preguntó Débora.

– Que tengo un mal presentimiento –repitió Bárbara, sin mirarla–. Estamos atrapados en un bucle de letalidades ridículas y terribles, esto no ha hecho más que comenzar.

La joven tenía razones de sobra para hablar de esta manera, pero prefería no pensar en ello. Ninguno de sus acompañantes supo qué responder así que se quedaron callados, contemplando el desarrollo de los acontecimientos como los espectadores de una película de horror que amenaza con tener un mal final.

Mientras esto ocurría en los palcos, en el campo el árbitro había pitado ya la falta y le había mostrado la tarjeta amarilla a Schneider, quien había conseguido ponerse en pie a pesar de su turbación. El réferi consideró que en la jugada no había habido mala intención por parte del alemán, pues quedaba claro que él iba en busca del balón y que el encontronazo con Wakabayashi fue el producto de un desafortunado accidente. Karl, sin embargo, no reaccionó a la señalización del árbitro, fue tan impactante lo sucedido en el campo que su cerebro bloqueó momentáneamente lo vivido.

"Wakabayashi… yo lo he…lo he… él está…", éstas eran las únicas palabras que Schneider podía procesar. "No, ¡no puede ser verdad!".

En la banca de la Selección de Alemania, el entrenador Rudy Frank y su asistente, la señorita Elieth Shanks, contemplaron la escena con el horror anidando en el estómago; la boca del señor Schneider se había contraído en un rictus, en la de Elieth se había quedado atorado un grito. Cabe señalar que Elieth, además de ser asistente principal del entrenador, era también la novia de Karl Heinz Schneider y gran amiga de Genzo Wakabayashi, de manera que el accidente le afectaba por partida doble. Cuando el árbitro le mostró al Káiser la tarjeta amarilla, Elieth reaccionó al fin y, no pudiendo entrar al campo para ayudarlo, tomó una toalla caliente y se acercó al límite de la cancha, llamando a viva voz a uno de los jugadores para llamar su atención.

– ¡Kaltz! –gritó la joven rubia–. ¡Kaltz, ven, por favor!

– ¿Eh? –Hermann Kaltz volteó sorprendido hacia donde ella se encontraba y, al entender su petición, se dirigió veloz hacia la asistente–. ¿Qué sucede, Elieth?

– Dale esto a Schneider para que se limpie el rostro –respondió ella y le tendió la toalla–. Creo que se ensució con, eh, algo.

Ella no quiso mencionar que seguramente la sangre de Genzo había salpicado al alemán, pero no hizo falta que lo hiciera: Kaltz lo entendió de inmediato.

– Lo haré, gracias –balbuceó Hermann, mientras agarraba el paño y echaba a andar hacia su capitán.

– ¡Kaltz! –volvió a gritar Elieth; sus ojos grises reflejaban su angustia.

– ¿Qué pasa? –El alemán se detuvo a medio paso y se giró para verla.

– Hazlo reaccionar –pidió ella, en voz baja–. Por favor.

Había una evidente súplica en su rostro y Kaltz hizo un gesto de asentimiento con la cabeza para tranquilizarla, tras lo cual se dirigió hacia el sitio en donde Schneider continuaba estático; a su vez, Elieth echó a correr hacia la portería japonesa con la finalidad de conocer el estado de salud del portero. Genzo Wakabayashi siempre había sido uno de sus mejores amigos, uno de los más queridos desde que ambos eran unos niños y deseaba saber cuál era su estado de salud, sin importarle que ella perteneciera al equipo rival.

"¡Karl sólo lo golpeó con los tacos, es imposible que haya podido lastimarlo tanto!", pensaba Elieth. "¡Son tacos de fútbol, no cuchillas de patinaje ni shurikens, es ridículo!".

Los jugadores japoneses y el árbitro se habían acercado ya a la zona en donde Genzo había caído. El primero en llegar hasta él fue Jun Misugi quien, por ser estudiante de medicina, pensó que la herida de su compañero era muy severa y determinó lo que había que hacer. Desafortunadamente, sus decisiones no fueron las correctas y eso contribuyó a que la situación, grave por sí sola, empeorara todavía más.

– ¡Rápido, traigan una camilla! –gritó el réferi al cuerpo médico del equipo japonés.

– ¡Árbitro, necesitamos una ambulancia en vez de una camilla! –solicitó Jun–. ¡Que traigan una ambulancia al campo para que lo lleven rápidamente a un hospital o no vivirá para contarla!

Tras haber dado esta indicación, Misugi se quitó la camiseta para cubrir la espalda lastimada de Wakabayashi, aunque omitió un principio básico en los primeros auxilios, quizás por desconocimiento o quizás por el estrés. Debido a esto, no pasó mucho tiempo antes de que la playera se empapara e hizo pensar que la herida era más grave de lo que aparentaba ser.

– ¡Él está sangrando mucho! –gritó Misugi–. ¡Rápido, traigan la ambulancia antes de que sea tarde!

Es bien sabido que en eventos de esa magnitud siempre hay una ambulancia dentro del estadio, por si acaso llegara a presentarse una situación de gravedad que requiriera atención médica urgente. Sin embargo, el equipo médico que estaba de guardia ese día, el doctor Leo Shanks y el paramédico Leonardo Del Valle, creía que a lo mucho sus servicios serían necesitados para curar lesiones menores o quizás algún caso severo de deshidratación o un golpe de calor. Leo era hermano de Elieth y por eso tenía mucha curiosidad en saber cómo acabaría el partido, quería saber si su cuñado sería capaz de darle la victoria a su equipo. A su vez, Leonardo era el hermano mayor de Lily y, al igual que ella, formaba parte del personal médico que atendía las emergencias en esos Juegos Olímpicos. Los dos hombres y el conductor de la ambulancia, llamado Manuel, habían estado escuchando el partido a través del radio, por lo que quedaron en shock cuando se enteraron de que había ocurrido un terrible accidente tras la última jugada.

– ¡Nos están llamando del campo! –exclamó Leonardo, quien traía el comunicador en la mano–. ¡Al parecer Wakabayashi está herido de gravedad!

– ¿Qué dices? –Leo se paró de un salto–. ¿Genzo está herido? ¿Tan grave fue el choque?

– Dicen que está sangrando mucho. –Leonardo se apresuró a preparar la camilla–. La indicación es trasladarlo al hospital cuanto antes.

– Démonos prisa –ordenó Leo, al tiempo en que se calzaba un par de guantes de látex y su compañero hizo lo mismo.

Mientras se mantenía esta conversación en la ambulancia, Lily llegaba hasta el borde de las tribunas y sin dudarlo saltó al campo, en donde estuvo a punto de torcerse el tobillo pero, aunque sintió una punzada de dolor, la ignoró e intentó entrar a la cancha. Como era de esperarse, un par de guardias le cortaron el paso.

– No puede pasar, señorita –le dijo uno de ellos.

– ¡Soy médico, puedo ayudar! –replicó la joven y les mostró una credencial–. Formo parte del personal sanitario que trabaja como voluntario durante los Juegos. ¡Es parte de mi trabajo atender al herido!

El guardia corroboró entonces que ella se trataba de la doctora Lily Del Valle y que, efectivamente, era voluntaria médica calificada para atender emergencias en esas Olimpiadas. Lo que ellos no sabían, y Lily no se los informó, es que ella no estaba de guardia ese día, aunque sabía que su hermano y su amigo debían estar en la ambulancia del estadio.

– Adelante, doctora. –Los hombres no pusieron más objeciones y se hicieron a un lado para dejarla entrar al terreno de juego.

Lily apenas musitó un "gracias" antes de dirigirse a toda velocidad hacia el sitio en donde los futbolistas japoneses se congregaban alrededor de su malherido guardameta. Ella trataba de mantenerse tranquila y profesional, pero sus sentimientos amenazaban con traicionarla; después de todo, Genzo Wakabayashi era el hombre del que ella estaba enamorada y necesitaba saber cómo estaba, necesitaba llegar hasta él para verificar su estado de salud y darle atención médica si lo ameritaba.

"¡Esto no puede estar pasando, es ridículo!", pensó Lily. "¡No ha pasado ni un año desde que Genzo se lastimó de gravedad por última vez! ¡Vaya que tiene una propensión muy grande a los accidentes este hombre!".

Al mismo tiempo, Misugi intentaba ayudar a Wakabayashi lo mejor que podía, aunque sabía que las circunstancias sobrepasaban con mucho sus capacidades y rogaba para que la ambulancia no tardara mucho en aparecer.

– Resiste, Wakabayashi, no te muevas –pidió Misugi–. La ayuda ya viene en camino.

– Mi-Misugi… –musitó Genzo, con mucha dificultad–. El balón…

– Está bien, no hubo gol –se apresuró a responder el aspirante a doctor–. Japón no concedió el tanto gracias a la magnífica actuación de su SGGK.

– Ya veo... –murmuró Genzo; una desagradable sensación comenzó a apoderarse de su cuerpo.

– Misugi, ¿servirá esto? –Hyuga se acercó a ellos y se quitó la camiseta para dársela a su compañero, pues había notado que la de Jun ya estaba empapada en sangre.

– Sí, gracias –asintió Misugi, que tomó la playera y la colocó encima de la suya–. Espero que eso ayude a evitar que la sangre siga fluyendo.

Sin embargo, se necesitan más que buenas intenciones para socorrer a un herido; Jun Misugi, como ya se dijo previamente, omitió la regla más básica a la hora de atender a un herido que se desangra, que es la de comprimir la lesión para evitar que siga brotando la sangre a través de ella, no basta con cubrirla con prendas como hizo él. Por fortuna para Wakabayashi, en ese momento la ambulancia entró al campo, con Leonardo y Leo corriendo delante de ella; al mismo tiempo, Lily llegó hasta el área de meta y despidió a Misugi y a Hyuga con una enérgica orden, dada en inglés.

"¡Espero que al menos uno de los dos hable inglés!".

– ¡Manténganse apartados! –expresó ella–. Nosotros nos haremos cargo.

– Ésa es nuestra frase, tonta, no estorbes –protestó Leonardo y se dejó caer junto a la muchacha–. ¿Cuál es la situación del herido?

– Recibió un golpe en la espalda –explicó Misugi en un impecable inglés, mientras se movía hacia atrás para permitir que un verdadero profesional de la salud se hiciera cargo de la situación; Hyuga, que no comprendió gran cosa, se retiró–. El calzado del oponente le desgarró la piel y el músculo, está sangrando mucho y creo que es necesario llevarlo al hospital.

– Genzo, soy yo –susurró Lily, al oído de Wakabayashi–. Ya estamos aquí y vamos a ayudarte.

– Doctora –musitó Genzo y le lanzó una mirada vidriosa–, logré detener a Schneider…

– Ni aunque te estés muriendo dejas de preocuparte por el fútbol. –Ella exhaló un suspiro de frustración, aunque al mismo tiempo le dieron ganas de reír por lo bizarro de la situación.

– No perdamos tiempo, debemos llevarlo cuanto antes al hospital –determinó Leo, al tiempo en que ejercía compresión sobre la herida–. Tiene dos camisas encima y ambas están empapadas en sangre, no va a resistir aquí.

– Seguro que te sabes su grupo sanguíneo, Lily –comentó Leonardo–. Sirve para algo y dime cuál es.

– O positivo –contestó ella, sustituyendo a Leo en la labor de comprimir la herida para que los otros dos pasaran al portero a la camilla.

– Bien, ¡pues andando! –ordenó el doctor Shanks–. ¡No hay tiempo que perder!

Los dos hombres sacaron rápidamente a Genzo del estadio y se dispusieron a subirlo a la ambulancia; Lily corría junto a la camilla para susurrarle frases de ánimo al guardameta y continuar haciendo compresión en la lesión. Una vez que se encontraron frente al vehículo, entre los tres se dispusieron a preparar a Wakabayashi para subirlo, en medio del silencio azorado de las personas que los rodeaban. Tatsuo Mikami, quien fuese el entrenador personal de Genzo y su tutor hacía muchos años, llegó corriendo en ese momento, con el rostro contraído por la inquietud.

– ¿Cómo está? –preguntó, sin fijarse de primera intención quiénes estaban atendiendo a Genzo; cuando los vio a detalle, se sorprendió mucho al enterarse de quiénes eran los médicos, pues a ellos los conocía bien, aunque al paramédico no–. ¡Ah! ¡Doctor Shanks, doctora Del Valle!

– Vamos a llevarlo al hospital, señor Mikami, sigue perdiendo mucha sangre –respondió Lily, de manera automática–. Es todo lo que podemos decir por el momento.

– Vamos a intentar estabilizarlo en la ambulancia, por supuesto, pero necesita atención más especializada. –Leo hizo una mueca y se adelantó para quedar frente a Mikami, pues era él quien estaba a cargo de la situación y no Lily.

– ¿Puedo ir con él? –inquirió Mikami.

– Por supuesto –asintió Leo–. Usted es más padre de Genzo que el mismo señor Wakabayashi. ¿Sabe si es alérgico a algún medicamento?

– A ninguno, que yo sepa –fue la trémula respuesta de Mikami, que a pesar de todo sintió una ligera emoción por las palabras del doctor Shanks.

Leonardo y Leo acomodaron a Genzo en la ambulancia, tras lo cual el primero ayudó a Mikami a subirse a ella y le pidió que se sentase en el minúsculo asiento gris que estaba adosado a una de sus paredes; cuando estuvieron listos, Lily hizo el ademán de ir con ellos.

– ¿Qué crees que haces? –le cuestionó Leo–. No puedes venir con nosotros.

– ¿Por qué no? –protestó Lily–. También soy voluntaria.

– Sí, pero no estás de guardia hoy –replicó Leo–. Toma un taxi y alcánzanos en el hospital.

– ¡No puedes pedirme eso! –gritó ella, desesperada–. ¡Es a mi novio al que llevas ahí!

– Él tiene razón, tonta, no puedes venir con nosotros –agregó Leonardo, mientras monitoreaba la salud del portero.

– Por favor, déjenme acompañarlos. –Lily miró con suplica a Leo e ignoró a su hermano.

Mikami contemplaba la escena en silencio, asombrado; él sabía que la doctora Del Valle era la novia de Genzo y al ver su urgencia por estar a su lado quedaba en claro lo mucho que ella lo amaba. A Mikami siempre le había parecido que la joven era muy reservada con respecto a sus sentimientos por Wakabayashi y llegó a dudar de que fuese sincera, pero en ese momento se daba cuenta de lo equivocado que había estado con respecto a eso. Bastaba ver la angustia en los ojos chocolate de la joven para que cualquiera pudiera darse cuenta de lo mucho que se preocupaba por Genzo.

– ¿Qué harías tú si fuese Gwen, tu novia, la que estuviera en esa camilla? –preguntó Lily entonces, recalcando las palabras "tu novia"–. ¿Qué harías si Gwen tuviera que ser operada de urgencia y tú estuvieses presente? ¿Te harías a un lado sin protestar o entrarías al quirófano con ella?

– Me metería al quirófano con ella –fue la respuesta de Leo, tras lo cual bufó–. Maldita sea, sube ya y no perdamos tiempo.

– Gracias. –Lily se trepó al vehículo sin ayuda y se dispuso a cerrar las puertas.

Justo antes de que éstas se cerraran, llegó Elieth a toda velocidad y patinó para detenerse frente a la ambulancia; ella le hizo una señal a Leo y éste le solicitó a Manuel que le diera el tiempo necesario para hablar con su hermana.

– ¿Cómo está? –preguntó Elieth–. ¿Es grave la situación?

– Más o menos. –Leo hizo una mueca–. Y empeorará si no nos vamos ya.

– Iré al hospital en cuanto pueda –declaró Elieth–. ¡Por favor, sálvenlo!

– No necesitas ni decirlo –replicó el joven galeno.

El chófer encendió la torreta y la sirena, Lily cerró las compuertas y el vehículo salió con cuidado del estadio para después tomar las calles de la ciudad y partir a toda velocidad con rumbo al Hospital Central de Riazor.

(N/A: No estoy muy segura de que este hospital exista en la vida real, pero en el manga fue ahí a donde enviaron a Genzo).

Mikami podía intuir que el estado del portero era mucho más crítico de lo que pensó en un inicio. Él había estado viendo el partido en compañía de Minato Gamo y Munemasa Katagiri desde un palco especial cuando ocurrió el accidente. Aún desde su puesto, Mikami pudo darse cuenta de que la lesión de Wakabayashi era seria y, preocupado por la salud de su antiguo protegido, bajó hasta el campo para enterarse de su estado y no dudó en pedir que lo dejaran ir con él en la ambulancia en cuanto vio que el personal médico estaba subiéndolo al vehículo. El entrenador no había visto la herida así que no tenía idea de qué tan profunda era, pero sabía que era grave a juzgar por la cantidad de sangre que brotaba de ella: las camisetas de Misugi y Hyuga estaban teñidas de rojo y Genzo estaba comenzando a caer en la inconsciencia, se le veía obnubilado y murmuraba palabras incoherentes e ininteligibles. Leo Shanks revisó sus signos vitales y se dio cuenta de que la presión arterial estaba bajando mientras que su frecuencia cardiaca estaba elevándose.

– Esto no es bueno –masculló el doctor, entre dientes–. Está cayendo en choque por hipovolemia.

– Hay que ponerle dos vías intravenosas y pasarle soluciones a chorro –replicó Lily cuando Leo le mostró las lecturas–. Y debemos contener este sangrado a como dé lugar.

– Es lo que estoy haciendo. –Leonardo respondió con mucha ecuanimidad a su hermana–. Ya le metí una bolsa de solución Hartmann de un litro a la canalización del brazo derecho y voy a colocar una segunda vía en el otro brazo.

El antiguo entrenador personal de Wakabayashi no entendía lo que decían los profesionales de la salud, pero no necesitaba hacerlo para darse cuenta de que los médicos le metían líquidos por las venas a Genzo para tratar de reponer el volumen de sangre que se le escapaba por la herida abierta. Mikami tenía ganas de hacer muchas preguntas, pero sabía que tenía que dejar que los jóvenes hicieran su trabajo así que se limitó a decir en japonés palabras de aliento al oído de su discípulo, dado que no podía hacer otra cosa.

– ¿Ya le avisaste al banco de sangre que vamos a necesitar sangre O positivo? –preguntó Lily.

– Oye, te dejamos venir pero nosotros estamos a cargo –la interrumpió Leonardo–. Si quieres ayudar está bien, pero si insistes en mandar te bajo en la siguiente esquina.

– Tú no puedes hacer eso –rebatió Lily–. Aunque seas mi hermano mayor, mi rango es superior al tuyo.

– Pero no al mío –la contradijo Leo–. Yo también soy médico y tengo más poder que tú por ser el que está a cargo de la ambulancia así que, o nos dejas trabajar o tendrás que llegar al hospital en taxi. Tú decides.

Lily miró con odio reconcentrado a su hermano y a su amigo pero, tras soltar un suspiro de frustración, terminó claudicando y se hizo hacia atrás para que Leo y Leonardo pudieran continuar revisando a su paciente. Genzo seguía vagando entre la consciencia y la oscuridad; en ocasiones creía seguir en el partido y en otras pensaba que apenas estaba por jugarlo, aunque en alguna ocasión miró a Mikami a los ojos y éste pudo ver en ellos que el joven sabía que estaba en una situación delicada.

– Aguanta, muchacho –murmuró él–. Tú puedes hacerlo.

En pocas veces Mikami se había sentido más angustiado; a esas alturas, él ya había reconocido abiertamente que consideraba a Genzo Wakabayashi como el hijo que nunca tuvo y estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio con tal de salvarlo. "Al menos", se dijo, mientras miraba alternativamente a Lily y a Leo, "hay aquí dos personas que lo están haciendo".

Mientras tanto Lily, que no se pudo estar quieta ni por medio minuto, se dispuso a cortar la ropa que aún traía puesta Genzo para darles a sus compañeros más libertad de acción; Mikami decidió que ése era un momento oportuno para externar sus dudas sobre el estado de Wakabayashi con la doctora y ésta no dudó en ser sincera con él.

– Lo que más preocupa ahora es la pérdida de sangre –explicó ella, en alemán–. Confieso que no tenemos idea de por qué está sangrando tanto dado que en la espalda no existe una arteria o vena lo suficientemente gruesa para que Genzo pierda tanta sangre a través de ella, pero ya nos ocuparemos de eso después, quizás la lesión muscular ha sido lo suficientemente severa como para ocasionar ese problema. Como no tenemos bolsas de sangre en la ambulancia, le ponemos líquidos en grandes cantidades para tratar de mantenerlo estable, pero en algún momento vamos a necesitar transfundirlo.

– Entiendo –aceptó Mikami y miró a la joven–. ¿Qué tan altas son las probabilidades de que él…?

– Saldrá de ésta, estoy segura –respondió Lily, sin titubear–. Genzo es un hombre fuerte.

El hombre no podía estar más de acuerdo con esto. Como los tres rescatadores médicos estaban hablando mayoritariamente en español, un idioma que el entrenador no comprendía por completo, el que Lily le explicara la situación en alemán lo tranquilizaba, no era lo mismo sacar suposiciones que estar seguro de algo aunque, aun si no hubiera podido entender lo que los otros hacían, de cualquier manera habría confiado ciegamente en ellos.

– ¡Resiste, Genzo! –exclamó el entrenador, mientras apretaba el hombro de Wakabayashi–. ¡Todo estará bien, ya estamos por llegar al hospital!

– Hay que poner más compresas para frenar el sangrado –ordenó Leo, al ver el estado de las camisas empapadas–. Ayúdame, Lily, necesito un par de manos extra.

– De acuerdo. –Lily agarró un paquete de paños estériles y le ayudó a Leo a ponerlos sobre la herida para después aplicar compresión sobre ella–. ¿Por qué carajos no deja de sangrar? Esto no tiene sentido, no hay ningún vaso de calibre grueso que pueda ocasionar una hemorragia así.

– Es todo un misterio –replicó Leonardo, al tiempo que colocaba otra bolsa de líquido en la segunda canalización que acababa de instalar en el brazo del portero–. Por muy profunda que esté la herida, ya debería de haber dejado de sangrar.

– Quizás se deba a que Misugi no hizo compresión, como sabe hacerlo cualquiera que se precie de ser un buen profesional de la salud –terció Leo, con cierto sarcasmo–. Se limitó a echar las camisetas encima de la espalda de Genzo, como si éstas fueran mágicas y tuvieran la capacidad de detener la hemorragia por sí solas.

– ¿No se supone que él es médico o algo así? –Leonardo frunció el ceño–. ¿Cómo es que no aplicó el procedimiento de primeros auxilios más básico? Sería mejor que sólo se dedicara al fútbol si va a fallar en algo tan primordial, dice el dicho que "el que mucho abarca, poco aprieta".

– Que yo sepa, no es médico sino estudiante –señaló Lily–. Ya está por terminar la carrera, pero todavía no está certificado.

– Tal vez lo afectó el estrés de ver tan malherido a uno de sus compañeros, a mitad de un partido tan importante –sugirió Leo, aunque no se veía convencido–. Cualquiera pierde la cabeza en una situación así y se es más propenso a cometer errores.

– Está bien, le concedo eso –aceptó Leonardo, tras considerar lo que su compañero acababa de decirle.

Lily se preguntó si Mikami habría entendido esto último y, de ser así, qué pensaría de ello, pero lo dejó pasar porque no era importante, al menos no en ese momento.

– Tengo una idea –dijo Lily repentinamente; pensar en Misugi le hizo recordar sus prácticas y se le ocurrió una posible solución para ayudar a contener el sangrado–. Pásame un frasco de epinefrina, Leonardo, por favor.

– ¿Qué vas a hacer? –Leonardo enarcó las cejas ante la petición de su hermana–. Tengo entendido que la epinefrina es un fármaco que usamos cuando se detiene el corazón y el de Wakabayashi sigue latiendo.

– Tú dámelo y no hagas preguntas –exigió ella.

– ¿Le hago caso? –cuestionó Leonardo al otro médico, el que en esos momentos era el responsable del paciente.

– Dáselo. –Leo se encogió de hombros–. Total, será ella la que tome la responsabilidad si se le muere el novio.

La médica ignoró esto último y llenó una jeringa con el líquido del frasco que Leonardo le pasó para después aplicarlo en los bordes de la herida, levantando con cuidado las prendas manchadas pero sin quitarlas. Leo la miró hacer y después tomó otra jeringa para imitarla, al entender qué era lo que ella pretendía.

– Aprendí este truco en una de mis guardias, me lo enseñó un urgenciólogo cuyos métodos no son muy ortodoxos que digamos –explicó Lily–. La epinefrina cierra las arterias y la hemorragia se detiene o por lo menos se controla.

– ¿Y eso es un procedimiento válido? –cuestionó Leonardo.

– Válido o no, es algo que funciona, yo también lo aprendí de ese doctor con técnicas tan poco habituales –replicó Leo–. Y este caso no es la excepción, el sangrado está disminuyendo, aunque no tanto como nos gustaría.

– También puede ser que esté parando la hemorragia porque ya no tiene más sangre –sugirió Leonardo, lo que ocasionó que su hermana le diera un codazo en las costillas.

– ¡No es el mejor lugar para hacer bromas de ese tipo! –protestó Lily, enojada.

– No es una broma –replicó Leonardo, serio–. Sabes que es una posibilidad muy real.

– Sus signos vitales están estabilizándose y ya estamos cerca del hospital –intervino Leo, conciliador–. Lo vamos a lograr así que no pierdas la cabeza, Lily. Sin embargo, será demasiado tarde esperar a transfundirlo allá, quizás sea prudente suturarlo aquí.

– No puedes estar hablando en serio, una ambulancia no es el mejor lugar para realizar ese procedimiento –lo encaró Lily.

– Tú dime si te quieres esperar. –Leo la miró muy serio.

– ¿Qué sucede? –Mikami notó el cambio en la expresión de los médicos–. ¿Genzo está empeorando?

– Quizás sea necesario cerrar su herida ahora mismo –explicó Leo, en alemán–. Está sangrando demasiado y no podemos seguir esperando más, pero no haremos una sutura como tal, sólo cerraremos los bordes para ayudar a controlar el sangrado.

– Hagan lo que sea necesario –pidió Mikami, sin titubear.

– Bien. –Leo se giró para mirar a Lily–. ¿Vas a dejar por las buenas que sea yo quien lo suture o tendré que pedirle a tu hermano que te amarre, doctora?

– No pensaba pedirte que me permitieras hacerlo –confesó Lily, alzando una de sus manos para mostrar que le temblaba levemente–. Mi pulso no es tan bueno en estos momentos como yo quisiera, así que no estoy en condiciones de suturar a Gen. Estoy consciente de que he estado intentando quitarte el control desde que esto comenzó, pero no soy tan terca ni tan idiota, sé hasta dónde llegan mis límites.

– Buena chica. –Leo le palmeó el hombro, para confortarla–. Un buen doctor no es aquél que sabe hacerlo todo sino el que está consciente de cuándo debe delegar el trabajo. ¿Puedes ayudarme a pasarme el material para que Leonardo se haga cargo de mantener estables los signos vitales?

– Por supuesto –asintió la joven.

– Vas a estar bien, hijo –murmuró Mikami al oído de Genzo–. Estás en buenas manos.

Al hombre le pareció que ese muchacho al que quería como a un hijo le sonreía levemente, pero pensó que quizás se lo estaba imaginando porque Genzo parecía estar más allá del bien y del mal. Sin embargo, sabía que seguirle hablando al herido podría ayudarle a no perder por completo la conciencia, en alguna parte lo había escuchado, así que dejó que los otros tres se hicieran cargo de su cuerpo mientras él se enfocaba en su mente.

– Lo hiciste perfectamente contra Alemania, estuviste imbatible –continuó Mikami–. Estoy muy orgulloso de ti, hijo mío. Aplicaste muy bien los conocimientos aprendidos y les has pagado con creces a los alemanes el favor que te hicieron al entrenarte. Eres el mejor portero del mundo, Genzo, que de eso no te quede duda.

Mikami se dio cuenta de que los ojos de la doctora se humedecieron, pero ella siguió asistiendo al doctor Shanks sin decir ni una palabra. Era claro que Lily también debía estar pasando por un infierno.

Lentamente, los signos vitales de Genzo empezaron a estabilizarse, a juzgar por lo que Mikami entendió de lo que dijeron los médicos y por lo que se veía en el pequeño aparato que se estaba empotrado en la pared de la ambulancia y que pitaba constantemente. Sin embargo, el entrenador sentía que lo peor no había pasado todavía y era difícil saber qué sucedería a continuación. Sin poder evitarlo, él se preguntó qué estaría sucediendo en el estadio Abanca-Riazor ahora que ya no estaba la pared invencible que Genzo había construido alrededor de su portería. Mikami sabía bien que el entrenador de la Olímpica de Japón, Kira Kozo, no contaba con otro portero más que Yuzo Morisaki debido a que Ken Wakashimazu había jugado de delantero durante el primer tiempo, lo cual debilitaba mucho la posibilidad de que Japón se alzara fácilmente con la victoria. No era secreto para nadie que Karl Heinz Schneider no tendría ningún problema para batir a Morisaki, aunque Mikami confiaba en que con un poco de suerte la defensa podría detener los ataques más peligrosos de Schneider y que Morisaki podría encargarse del resto.

"Bien, no sé a quién tratas de engañar, pero sabes que no va a ser así…", susurró una molesta voz interior.

Hablando con la verdad, Mikami estaba consciente de que Morisaki no estaría a la altura, sobre todo porque Karl Heinz Schneider era un rival formidable que no sería fácilmente detenido por los defensas nipones, pero resolvió que no pensaría más en eso y que se enfocaría exclusivamente en la salud de Genzo. En ese momento, esto era lo que más importaba.

– Falta poco para llegar al hospital –anunció el chófer–. En un par de minutos estaremos ahí.

– Justo el tiempo que necesito para terminar de afrontar la piel –comentó Leo–. Dejaré que la doctora de urgencias se encargue del resto.

El sonido de la sirena se confundía con el del pitido del aparato que marcaba los signos vitales y el de las voces de los rescatistas que se esforzaban al máximo para ayudar a su preciado paciente, lo cual hacía muy difícil que se escuchara cualquier otra cosa, pero de cualquier manera Mikami estaba seguro de que Wakabayashi sí podía oír sus palabras, por lo que continuó hablándole y pidiéndole que mostrara esa fuerza que tanto lo caracterizaba.

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Casi al mismo tiempo en que Genzo Wakabayashi era sacado a toda prisa del estadio en ambulancia, una familia alemana compuesta por el padre, la madre y un hijo de aproximadamente la edad del portero, salieron del inmueble y detuvieron con señas el primer taxi que pasó frente a ellos. Lo cual, si se piensa bien, es un increíble golpe de suerte en una ciudad que fungía como sede accesoria de los Juegos Olímpicos, dado que la cantidad de personas que debían querer un taxi debía ser muy alta.

– ¡Rápido, siga a esa ambulancia! –ordenó el padre, en cuanto se subió al asiento de copiloto.

– ¿Eh? ¿Qué siga a esa ambulancia? –repitió el taxista, sorprendido.

– ¡Sí, es de vital importancia! –asintió el otro.

Draxler era el apellido de dicha familia alemana, cuya relación con esta historia se limita a que ellos acogieron a Genzo en su casa durante un año cuando él jugaba para el equipo juvenil de Hamburgo. Gracias a esta cuestión, ellos le tenían mucho aprecio al guardameta, pues habían llegado a verlo como un miembro más de su familia; este hecho, y el que el rival de Japón fuese Alemania, motivó a los Draxler a ir hasta La Coruña para ver el partido y fueron testigos del terrible accidente del que Wakabayashi fue víctima. Cuando se hizo patente que él sería trasladado al hospital, el señor Draxler decidió ir hacia allá también.

– Vamos al hospital –anunció el hombre a su esposa e hijo–. Genzo ha sido llevado para allá; si está sangrando tanto como parece, va a necesitar que le trasfundan mucha sangre y nosotros tenemos su mismo grupo, así que debemos ir a donar.

La señora Draxler y el hijo, llamado Gustav, estuvieron de acuerdo, así que ahora los tres iban a bordo de un taxi que trataba de perseguir a la ambulancia hasta su hospital base, aunque el tráfico estaba complicándoles el asunto.

– ¡Maldición! –exclamó el taxista, cuando tuvo que pararse ante un semáforo en rojo. La ambulancia, como era de esperarse, continuó sin detenerse ante la luz y pronto se perdió de vista–. Nosotros no podemos saltarnos los semáforos, pero el único hospital grande en el área es el Hospital Central de Riazor, así que supongo que esa ambulancia se dirige hacia allá.

– Sí, está bien –suspiró el señor Draxler, consciente de que ellos no tenían el permiso especial del que gozaba una ambulancia con la sirena y la torreta encendidas–. En ese caso, le pido que nos lleve para allá tan pronto como sea posible.

– Tan pronto como el tráfico lo permita –corrigió el conductor.

Tras lo que pareció una larga espera, el semáforo por fin se puso en verde y el taxi reanudó su camino, al tiempo en que el alboroto de lo que estaba sucediendo en el estadio tronaba a través de la radio del vehículo y les informaba a sus ocupantes el progreso del recién reanudado partido.

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En el estadio Riazor el partido se había reiniciado con Yuzo Morisaki como suplente en la portería, quien entregó dos camisetas limpias a Hyuga y a Misugi para reponer las que se habían ocupado para cubrir la espalda de Wakabayashi. Tal y como Mikami había pensado ya, debido a que Ken Wakashimazu jugó como delantero en la primera mitad y fue sustituido en el medio tiempo, estaba imposibilitado para entrar como sustituto de Genzo y por lo mismo le correspondería a Morisaki esta labor. Como era de esperarse, hubo un notorio bajón de moral en la banca japonesa, pues de contar con uno de los mejores porteros del mundo ahora tendrían que confiar en un guardameta que era el segundo suplente y que no tenía tanta experiencia a nivel internacional. El propio Yuzo se sentía desanimado e incapaz de hacerle frente a la enorme responsabilidad que tenía delante suyo: ¡Iba a tener que detener los disparos potentes del Káiser de Alemania! Pero no quedaba de otra, sólo él podía tomar el lugar vacante que acababa de dejar Genzo y debía dar lo mejor de sí para ayudar a Japón a llevarse la victoria.

"Tal vez no tenga el nivel de Wakabayashi y nunca lo tendré", se dijo el suplente. "Pero si algo bueno poseo, es que nunca me voy a dar por vencido sin pelear primero".

Casi de manera inconsciente, Morisaki miró hacia las tribunas, en donde Kumi Sugimoto seguía con sumo interés las acciones del encuentro; ella, a todas luces, estaba tan ansiosa como él. A pesar de que no estaban tan cerca como hubieran querido, ambos intercambiaron miradas durante un breve instante que fue más que suficiente para que el joven Yuzo se sintiera reconfortado.

"¡Valor, Yuzo! ¡Sé que tú puedes hacerlo!", pensó Kumi, tras lo cual elevó una plegaria al cielo para que Morisaki tuviera la fuerza y el valor de luchar por Japón.

Una vez que el portero suplente entregó los uniformes nuevos se dispuso a acomodarse delante de la portería. Frente a ésta, sobre la blanca línea de gol se había quedado la gorra ensangrentada de Genzo, la cual nadie se preocupó por recoger debido a las circunstancias. Morisaki la tomó con mucho respeto y un poco de angustia, al tiempo en que clavaba su mirada en las manchas de sangre, aún frescas.

"Wakabayashi defendió la portería de Japón hasta el final", pensó Yuzo. "¡Definitivamente voy a resistir!"

Morisaki dejó la gorra en el límite del campo porque no supo qué otra cosa hacer con ella, le pareció impropio decirle al entrenador Kira que la guardara pero tampoco quiso deshacerse de la prenda como si se tratara de algo sin valor. Era conocido por todos que Genzo Wakabayashi jamás jugaba un partido sin su gorra y ahora que ésta se había quedado arrumbada en el campo, manchada con su sudor y su sangre, se había convertido en un símbolo trágico de lo acontecido. Cuando Elieth vio que Morisaki dejó la gorra en el suelo, se desvió de su camino hacia la banca alemana y se acercó a paso veloz hasta la portería nipona para recoger el objeto y regresar rápidamente hacia su puesto; ella esperaba que algún japonés le reclamara por recoger la gorra, pero nadie pareció haberse dado cuenta de lo que hizo. El entrenador Rudy Frank enarcó ambas cejas cuando vio la famosa gorra en las manos de Elieth, por lo que ella se apresuró a dar una rápida explicación.

– Seguro que Wakabayashi querrá recuperarla –balbuceó.

– No necesitas darme explicaciones –replicó el entrenador, tras pensarlo un momento–. Sé que él es amigo tuyo.

Elieth se lo agradeció con un gesto y entonces ambos volvieron a fijar la atención en Karl, cuya salud mental parecía pender de un hilo. Los jugadores alemanes rodeaban a su capitán, tanto para confortarlo como para ayudarlo a salir de su estado de shock. Schneider no había tenido la intención de lastimar a Genzo, no sólo era su mayor rival a vencer sino también su amigo y jamás pretendió que resultara lesionado. ¡El partido no debía terminar de esa manera! ¡Se suponía que Karl conseguiría derrotar a Wakabayashi en su propio juego para convencerlo de fichar por el Bayern Múnich! Pero ahora, por su culpa, Genzo iba rumbo al hospital, con el riesgo de morir desangrado en el camino. ¿Cómo podría superar esto? ¿Cómo podría volver a jugar tras lo acontecido?

– ¡Schneider! –la voz de Kaltz le llegaba desde muy lejos, como si estuviera hablándole desde el otro extremo de un telescopio–. ¡No lo hiciste a propósito! El árbitro no te dio la tarjeta roja, te dio una amarilla por una tacleada peligrosa, esto prueba que no lo hiciste deliberadamente. ¡Sé que estás preocupado por Gen, yo también lo estoy, pero tienes que controlarte, Schneider!

Karl no reaccionaba a las palabras de su amigo; una enorme oscuridad amenazaba con tragárselo, una oscuridad en la que sólo había caos y culpa. Su instinto le decía que luchara con todas sus fuerzas para no caer en ella, pero la desesperación lo arrastraba lentamente hacia el fondo del pozo. Él buscó desesperadamente asirse a algo, lo que fuera, para evitar caer en el abismo y entonces la fugaz visión de la sonrisa de la chica rubia de ojos grises que siempre lo apoyaba apareció en su mente de manera repentina. Fue una visión que duró poco tiempo, pero fue más que suficiente para que Schneider consiguiera resistir.

– Schneider. –Esta vez, la voz de Kaltz se escuchó más cercana, como si ya estuviese de regreso en la Tierra–. Antes que cualquier cosa, tienes que limpiarte la sangre de la cara.

No era una petición, era una orden; por algo Schweil Teigerbran consideraba que Hermann Kaltz era un "capitán en las sombras", porque mantenía el control cuando el auténtico capitán se tambaleaba. Si bien esto no sucedía muy a menudo, resultaba una bendición que en esos momentos en los que Schneider pendía de la cuerda floja, Kaltz tuviera el suficiente aplomo para ayudarlo a reaccionar. Sin responder, el Káiser tomó la toalla que Elieth le dio a Kaltz y escondió el rostro en ella, pretextando que estaba limpiándoselo. Un leve olor a perfume llegó hasta su nariz y él comenzó a sentirse más relajado.

– Schneider, el partido aún no termina. –Kaltz continuó con su cantaleta–. ¡No podremos salvarlo si no despiertas, necesitamos seguir peleando si queremos derrotar a Japón!

Por fin algo hizo "click" en el cerebro del Káiser y éste sintió que estaba a punto de superar el shock, pero todavía necesitaba una pequeña ayuda para terminar de salir del pozo.

– Cuento contigo, Kaltz –musitó Schneider, con la cabeza aún oculta por la toalla–. Golpéame en la mejilla con toda tus fuerzas.

Hermann Kaltz ni siquiera lo pensó: con fuerza y determinación, abofeteó a su amigo y capitán ante la atónita mirada de sus compañeros, quienes no podían creer que alguien se hubiese atrevido a golpear al Káiser de Alemania. El juez de línea los miró, confundido, sin saber si debía dar aviso de ese incidente al árbitro principal. Sin embargo, por algo Karl le hizo esta inusual petición a alguien como Kaltz, sabía que éste no pondría peros ni preguntaría las razones y se limitaría a cumplir la orden sin tardanza.

– ¿Puedes continuar, Schneider? –le preguntó Kaltz, dispuesto a golpearlo nuevamente de ser necesario.

– Sí, Kaltz –respondió Schneider. El fuego y la determinación habían regresado a sus ojos azules–. Es momento de volver al partido.

– ¡Fuerza, Karl! –gritó Elieth, sin despegar su mirada del alemán.

Schneider se acercó al borde del campo para arrojarle a Elieth la toalla sucia y hacerle un gesto con la cabeza para darle las gracias. De alguna manera, él había descubierto que fue ella quien se la envió y, si bien deseaba decirle muchas cosas, ambos sabían que no eran necesarias las palabras, en ese simple gesto Karl le había expresado más cosas de las que hubiera podido decir con la lengua.

"Gracias…".

Cuando el partido se reinició, Schneider había recuperado por completo el control. Ésa era su oportunidad y había que aprovecharla; ahora que Wakabayashi ya no estaba defendiendo la portería, Karl debía anotar los dos goles que separaban a su equipo de Japón. Yuzo Morisaki nunca había sido un problema para él y no tendría por qué serlo en esta ocasión. Por su padre, por sus compañeros, por Elieth, por Alemania, por su propio orgullo, ¡Karl Heinz Schneider debía empatar el partido!

Nadie se pudo haber imaginado que el Káiser de Alemania sólo necesitaría cinco minutos para emparejar el marcador; antes del accidente, los alemanes se habían visto imposibilitados para perforar la portería japonesa y los espectadores a nivel mundial creyeron ilusamente que Japón estaba ya al nivel de una poderosa selección como lo es la alemana. Sin embargo, en cuanto Wakabayashi abandonó la portería, se dejó muy en claro que era falso que Japón estuviera a la altura de Alemania, lo que en realidad ocurrió fue que Genzo Wakabayashi se encargó por sí solo de evitar que los teutones les ganaran por goleada. Ahora que el SGGK no estaba dirigiendo la defensa, los japoneses fueron incapaces de contener el ataque de los rivales y Schneider coronó sus esfuerzos con dos goles bien merecidos, anotados con sólo cinco minutos de diferencia. Morisaki, quien había jurado y perjurado que defendería la portería de Japón tan bien como lo había hecho Wakabayashi, vio cómo sus vanas promesas se hacían añicos junto con su creencia de que estaba a la altura de los grandes, lamentando en su interior el no tener el mismo valor y la misma fortaleza que sí poseían Wakabayashi y Wakashimazu.

"¡Valor, Yuzo!", Kumi Sugimoto repitió su petición desde las gradas. "¡Yo sigo creyendo en ti!".

Pero conforme fue pasando el tiempo y Japón fue dejando en evidencia que sin su "dios protector" no estaba a la altura de Alemania, los espectadores de las gradas y los de la televisión llegaron a la conclusión de que a los nipones se les podía escapar el triunfo de las manos y que en ese partido no había nada decidido todavía.


Notas:

– Todos los personajes de Captain Tsubasa son creación y pertenecen a Yoichi Takahashi ©, aunque el nombre del hijo de los Draxler es aporte de Lily de Wakabayashi.

– Todos los OCs pertenecen a Lily de Wakabayashi y a Elieth Schneider.

– Este fanfic es mi interpretación personal del partido entre Japón y Alemania del manga Captain Tsubasa Rising Sun, más específicamente de algunos hechos ocurridos entre los capítulos 88 al 119; aunque me apegué en su mayoría al manga, modifiqué algunos hechos y agregué otros para corregir las estupideces médicas que cometió Takahashi (sí, estupideces, no las puedo llamar de otra manera). Por increíble que parezca, las cosas sobrenaturales que aparecerán no me las inventé yo. Así también, esta historia está relacionada a mi fanfic "Amor Extraordinario", que es su precuela y que narra la manera en cómo Genzo y Lily se conocieron en este universo.