¡Hola a todos! Sé que el reto ha pasado hace mucho, pero yo recién he entrado al fandom y decidí unirme haciendo un fic para celebrar el Adrinette.

Será un fic lleno de humor, porque estoy un poco cansada de escribir horror y drama, y quiero divertirme con estos dos. Los capítulos serán cortos (no más de tres mil palabras) e intentaré hacer la historia lo más dinámica posible. Las risas no sé si estarán aseguradas, pero sí espero haceros pasar un buen rato y que, al menos, disfrutéis con esta locura.

Os advierto de que es un AU. Hasta podéis clasificarlo como crack-fic por algunas de las parejas que aparecerán. No puedo aseguraros que haya BL más allá de la mente y manos de Marinette, pero todo puede pasar.


MLB no me pertenece. Hago esto por puro entretenimiento. ¡Disfruten de la lectura!


Capítulo primero - AU

Adrien coge aire ante la mirada expectante de sus amigos. Alya y Nino se toman de la mano, augurando una mala noticia por la solemnidad en la actitud del rubio, y Adrien no se hace esperar para disipar las dudas de la pareja.

—Creo que le gusto a Marinette —declara, como si de un anuncio mortal se tratara, con la cabeza caída y las manos entrelazadas bajo la barbilla.

Nino se relaja al escucharlo y Alya vuelve a su bebida. Adrien alza la mirada, anonadado por la poca importancia que demuestran, y abre la boca para exigirles una respuesta adecuada, pero Nino se adelanta con una ceja encarnada y una mano contra su frente.

—¿Ahora te percatas? —dice con sorna y Adrien se siente insultado.

El susodicho frunce el ceño y se echa para atrás. Le cuesta unos minutos comprender las risas de quiénes lo acompañan, aunque cuando lo hace, un furioso sonrojo pinta su rostro y utiliza su camiseta negra para esconderse como puede. Incluso cree ver humo salir de su cabeza.

—¿Cómo...?

El tartamudeo hace sonreír a Alya, aunque Nino se encarga de callarla con un codazo para salvar al modelo. Si es que era posible. La futura periodista pone los ojos en blanco y deja de reír para no incomodar más al joven Agreste. Sin embargo, no pierde la oportunidad de aportar a la conversación y, siendo la buena amiga que es, echarle un cable a Marinette.

—Todos sabíamos sobre ello —responde la morena y Adrien suelta un chillido todavía más rojo. Sus ojos verdes buscan consuelo en su colega y éste se encoge de hombros sin saber bien qué hacer. No iba a engañarlo. Alya insiste recordarle su estupidez, pero con un toque esperanzador—: El único que no se enteraba eras tú, pero... ¡aleluya! ¡Por fin la luz te ha mostrado el camino!

El rubio cierra los ojos y bufa al percatarse de cuán severa ha sido su ceguera sentimental. No sólo sus mejores amigos sabían sobre el enamoramiento de la dulce Marinette, sino que la clase entera estaba al corriente de sus sentimientos.

De repente, como una inspiración, las palabras de Kagami al finalizar su desastrosa última cita cobran sentido. ¡Hasta ella, sin compartir tiempo con Marinette, pudo leer la situación a la perfección!

Adrien suelta la camiseta y gime desesperado por todos los recuerdos que abruman su mente. ¡Marinette ha sido tan obvia todo este tiempo! ¡Y él un ciego! Oculta su rostro entre sus manos y estas viajan hasta su cabellera dorada, donde tira de sus pelos con un gesto torcido.

—Tío, ese no es el tema —dice Nino, y Adrien agradece que intente quitarle hierro al asunto. El moreno carraspea al sentir los ojos inquisidores de su novia e intenta continuar con su discurso—. Quiero decir, me alegro que te hayas dado cuenta de que le gustas a Marinette y todo eso, pero, ¿a ti te gusta ella?

Eso mismo lleva cuestionándose él desde hace dos meses. Adrien solloza y golpea su frente contra la mesa metálica donde están almorzando ante la atónita mirada de sus amigos, quienes aguardan por su contestación sin prisa aparente.

Todo comenzó en las vacaciones de Navidad. Adrien pasaría la Noche Buena solo, como había imaginado al saber que su padre asistiría a un viaje de negocios, y un repentino ataque de rabia lo lanzó a las calles de París sin abrigo y una estúpida bufanda azul celeste que empezó a odiar en cuanto el retrato de Gabriel Agreste surgió entre sus pensamientos. ¿Qué tipo de padre dejaba a su hijo solo en Navidad para ir a cenar con un selecto grupo de extranjeros? Adrien no encontró respuesta, tampoco puso mucho esfuerzo, y decidió dejar pasar las horas sentado en un banco cerca del instituto tan familiar para él, y uno de sus pequeños logros, por qué no decirlo.

La lluvia lo pilló desprevenido. No sólo era la ropa puesta, sino la falta de un paraguas y las inexistentes ganas de retornar a la mansión que lo empujaron a quedarse allí. Los curiosos no dejarían pasar la ocasión si lo reconocían, aunque su reputación era lo de menos en aquellos instantes.

Fue entonces, como si de un hada se tratara, una mano amiga lo arropó en un abrigo ajeno y Adrien se irguió rápidamente por la sorpresa. Los ojos azules de su buena amiga brillaron bajo el oscuro paraguas que, si mal no recordaba, años atrás él mismo entregó para protegerla de una lluvia, como aquella, totalmente inesperada.

Marinette sonrió y tiró suavemente de él. Adrien se levantó sin rechistar y, aun esperando reclamos y preguntas de su parte, Marinette pareció comprender la situación a la perfección. El modelo entrelazó sus dedos con los de ella y caminó a su lado, en silencio. Las mejillas y su nariz sonrojada iban acorde con la decoración del momento. Adrien era la viva imagen de Rodolfo, el reno.

Los padres de ella lo recibieron como uno más. Se preocuparon al verlo empapado y le pidieron, o más bien obligaron, a entrar en la vivienda sobre la pastelería y ducharse para evitar un resfriado. Él intentó negarse, diciendo que sólo necesitaba de una toalla, pero los adultos insistieron hasta convencerlo y alentaron a Marinette a guiarlo por la casa. Ella no se negó y volvió a sonreírle como sólo ella sabía hacerlo. Fue como ver un arcoíris tras una tormenta de esas que te atemorizan y no te dejan dejan dormir. Y esos ojos azules, tan limpios como un cielo en verano, le recordaron a la esperanza que hacia tanto no sentía suya. Adrien se aferró a la unión de sus manos y Marinette sonrió todavía más, mientras Adrien se cuestionaba si él sería capaz de hacerla sonreír de esa manera.

Ella aguardó en el salón por él y, si la noche no podía mejorar, el matrimonio Dupain-Cheng le ofreció pasar la noche con ellos y disfrutar de la festividad. Nadie mencionó a su padre, al parecer la madre se encargó de notificar a Nathalie, y Marinette lo arrastró hacia la mesa antes de poder rechistar.

Mentiría si dijera que no había disfrutado como un energúmeno. La comida tenía ese sabor casero que tanto añoraba en su casa, las conversaciones y las risas llenaron de gozo su estómago, y Adrien pensó que no sólo se hartaría con la comida, sino de afecto. El autocontrol que tanto admiraba su padre fue una herramienta efectiva para no llorar al tiempo que devoraba los platos tradicionales y, más tarde, los dulces que jamás hubiera probado en la mansión por seguir esa dieta detestable.

Por ello, cuando llegó la hora de dormir, después de una sesión intensiva de villancicos y bailes bajo el árbol de Navidad sin faltar los gorros y otros ítems navideños de disfraz, Adrien se adentró en el rosado dormitorio de Marinette. Sus pies no pesaban, sus ojos no ardían y su cabeza no daba vueltas. Todo lo negativo se quedó en la puerta de la pastelería y, como por arte de magia, esa familia lo transformó en una persona diferente. Por fin, en un lugar ajeno al propio, Adrien era él mismo. Nada de perfección, tampoco cabían las excentricidades de su padre, ¡y mucho menos la presión de cumplir con las expectativas! Adrien estaba que no se lo creía.

El muchacho se negó en rotundo a dormir en la cama y dejar a su amiga en el suelo. Ella le explicó que no le importaba, lo había hecho en otras ocasiones y el fino colchón hinchable no era incómodo, pero Adrien optó por compartir la cama o el suelo. Ella asintió resignada y ambos se metieron bajo las sábanas, uno mirando al otro y, la oscuridad siendo un obstáculo, Marinette no pudo ver las lágrimas que mancharon su almohada compartida al entrelazar sus dedos por tercera vez con Adrien y agradecerle haber aceptado pasar esa noche tan especial con ella y su familia. Adrien se hizo el dormido y Marinette le deseó un dulce sueño mientras él sollozaba en silencio. No obstante, aunque estuviera lagrimeando como un bebé, Adrien lo hizo de alegría.

Los carraspeos de Nino lo devuelven al presente y el rubio separa su frente de la mesa. Alya hace un ademán con la cabeza y le pide una respuesta a la pregunta.

¿Le gusta Marinette?

—¡Yo, ehm, bueno...! —Adrien aprieta los labios y siente sus orejas arder—. ¿Un poco?

Las consecuencias son inmediatas. Alya alza los brazos y suelta un ruido parecido a una alarido de un animal desconocido.

—¡Al fin! —exclama con los ojos puestos en el techo.

Todos los otros alumnos los miran aturdidos por los golpes y gritos.

—Cariño, no grites —pide Nino y Adrien agradece la cordura de su compañero. Sus orejas siguen rojas y no necesita ponerse más rojo—. No queremos llamar la atención de Chloé y destruir este momento.

La idea de Chloé enterándose de su crush hace temblar el suelo a sus pies. ¡Por todos los cielos! Esa chiquilla no puede conocer ninguna de sus confesiones. Las pesadillas se hacen reales y Adrien comienza a oír a su amiga llamarlo desde la lejanía con ese apodo que tanto detesta.

—Entonces —murmura el de ojos verdes en voz baja y sus dos acompañantes deben acercarse a él para entender lo que está diciendo—, ¿le gusto de verdad a Marinette?

—Oh, tío, de verdad…

Alya bufa exasperada y Nino coge aire. Perder los papeles no es una opción.

—Sí, Adrien. Le gustas mucho a Marinette. —El aludido suelta una linda carcajada al notar el hincapié en el "mucho".

Los miedos de ser descubierto por Chloé retornan, pero con la negativa de su enamorada como protagonista. ¡Debe encontrar la manera adecuada para demostrarle su interés! Adrien se concentra y rememora algunos de los títulos más conocidos que ha leído desde que empezó a coleccionar manga. Marinette no ha mencionado los shoujos que él conoce y, sin querer alabarse demasiado, Adrien se considera un entendido del tema. Su cultivado intelecto otaku le recuerda cuáles son los mejores procedimientos para conseguir el corazón de Marinette. Las opciones son muchas, pero Adrien decide decantarse por el maestro: Usui Takumi.

Las razones son obvias: comparten físico, una personalidad atrayente, popularidad y una chica con la que quieren mantener una relación amorosa. Es verdad que Marinette no es tan violenta como Misaki, aunque es la representante de la clase y esa valentía para defender a sus amigos. Adrien agradece que Marinette no trabaje en una café maid como la protagonista y su memoria, tan divertida como siempre, devuelve los recuerdos de su amiga vestida de maid ofreciéndole unos apetitosos macarons.

Los gestos divertidos de Alya le ayudan a borrar las imágenes, de manera temporal, y volver a centrar sus sentidos en cómo pedirle a Marinette compartir una relación más allá de simples buenos amigos. Adrien elimina esas dos palabras de su diccionario mental y agradece no haberlas utilizado desde su visita navideña en casa de los Dupain-Cheng. Lo último que desea es tener a Marinette diciéndole que no pueden salir como pareja porque "él es solo un amigo".

Un escalofrío recorre su cuerpo y Adrien se aclara la garganta. La pareja frente a él vuelve a ponerle atención.

—No quiero decírselo de manera repentina —admite y sus dos confidentes asienten. Es la segunda relación amorosa en su vida, si es que sus citas con Kagami pueden calificarse como una, y quiere hacerlo a lo grande. Él espera fuegos artificiales al sentir sus labios sobre los suyos, ahogarse en el dulce perfume del amor y emborracharse de sus caricias cada vez que compartan un abrazo o se cojan de la mano—. Debo pensar en algo especial. ¡De esa manera no podrá negarse a salir conmigo!

Alya no quiere rebajar la emoción, así que interviene otorgándole una calma que no sirve para nada. Adrien ya está soñando con el helicóptero que utilizará para encontrar una isla desierta perfecta en la que vivir junto a Marinette y el nombre del hámster que adoptarán antes de tener tres hijos perfectos.

—Adrien, incluso con una bolsa en la cabeza, Marinette te diría que sí —insiste la chica de gafas y él no duda de sus palabras.

Marinette está enamorada de él, todos lo saben, y él de ella. Si todo está tan claro, si todo tiene tanto sentido…

—¿Para que esperar? —termina en voz alta y se levanta de la banca con una energía pegadiza. Sus ojos se fijan en ellos y alza los puños con positivismo—. ¡No pasará de hoy!

—¡Esa es la actitud, tío!

Los dos morenos se levantan y se acercan para abrazarlo y darle unas palmaditas en la espalda. Él asiente, un leve rubor en sus mejillas, y coge su bandolera decidido a buscar a su princesa.

—¿Dónde está Marinette?

Alya y Nino recogen sus pertenencias para marchar junto a él y presenciar un espectáculo digno como el que está a punto de acontecer.

—En el aula —contesta ella y añade—: Se ha quedado terminando unos bocetos.

El camino se hace eterno. Posiblemente por los nervios, pero Adrien no se achica y vuelve a recordarse el futuro magnífico al lado de Marinette. "El hámster, los hijos, la isla. El hámster, los hijos, la isla. El hámster, los hijos, la isla…" y así durante los diez minutos de trayecto. El apoyo de sus amigos pasa desapercibido, ya que sus ilusiones son demasiado sonoras como para prestar caso a lo que le rodea.

La puerta del salón está abierta y el trío entra para encontrarse con una desesperada Marinette revolviéndose las coletas. La chiquilla entierra la cabeza entre las páginas de su libreta y gruñe por algo que los otros desconocen.

—¿Marinette? —apela Alya desde la entrada y la aludida se separa un poco de las hojas y se encuentra con su grupo—. ¿Estás bien?

Ella gime avergonzada y cierra estrepitosamente la libreta con una risa nerviosa. Sus manos gesticulan notoriamente y las onomatopeyas no paran de salir de entre sus labios.

—¡Chicos! —grita escondiendo sus dibujos en el cajón y poniéndose el pelo detrás de la oreja. Sus esfuerzos por pasar desapercibida caen en saco roto y, al ver cómo se acercan a su asiento, Marinette decide ser honesta y volver a sacar la libreta de su escondite—. No, las ideas no salen y siento que no podré acabarlo nunca.

Adrien aprovecha la disyuntiva para poner a prueba sus dotes de seducción.

—¿Podemos ayudarte?

Nino asiente satisfecho. A su amigo no se le escapa ni una.

Marinette, a diferencia del pinchadiscos, se alarma por el ofrecimiento.

—Oh, ehm —su típico tartamudeo lo convierte en un enamorado embobado y si fuera posible derretirse, Adrien ya estaría a los pies de Marinette. Ésta respira y coloca una mano sobre su pecho tratando de tranquilizarse y dar una respuesta coherente—, sí, aunque no creo que queráis porque es algo, bueno, no sé cómo decirlo.

¿Un proyecto secreto? Marinette es una chica tremendamente creativa y, sin duda alguna, estará creando un conjunto extraordinario capaz de impactar a cualquiera. Su padre, su diseñador favorito por excelencia, se mostró encantado con sus habilidades en los pasados concursos en los que participó, así que Adrien cuenta con un punto a favor al presentarla como su novia oficial.

—Marinette, tranquila —coloca sus manos sobre los hombros femeninos y ella se tensa. Ambos se miran fijamente y Adrien cree poder nadar en esos orbes azulados. No queriendo caer en la tentación de soltárselo como si nada y asfixiarla a besos, el modelo carraspea y susurra con seguridad—, podemos solucionarlo todos juntos.

Ella jadea y se muerde el labio. ¿Realmente puede contar con él?

—Adrien, yo...

No puede sentirse ofendido. Él sueña con ser esa persona en la que pueda confiar ciegamente y, por el momento, Marinette no guarda esa seguridad a su lado. No importa, ya tendrán tiempo para convertirse en el pilar del otro.

—¡Chica, deja que Adrien te ayude! —Alya aparece al rescate. Marinette ladea la cabeza y mira a su amiga, quien la incita a compartir sus inseguridades con el chico que la tiene entre sus manos—. ¿No ves que hará cualquier cosa que le pidas?

Marinette no se lo cree, así que vuelve a Adrien y sonríe nerviosa. Él hace lo mismo y asiente a las palabras de Alya, algo así como asegurándole que él puede echarle una mano en todo lo que necesite, y Marinette, más emocionada que nunca, le toma el recado.

—¿Harás cualquier cosa? —repite, y Adrien asiente.

No tiene una rosa en la bandolera, las decisiones han sido precipitadas y no ha podido prepararse mejor, pero sí tiene recursos verbales. El modelo rebusca entre sus carpetas mentales por la frase idónea que abra una conversación sentimental y le dé pie a confesarse como un verdadero romántico. La lista de citas de Usui Takumi, su maestro ficticio, es larga y Adrien debe ser actuar rápidamente.

Marinette se remueve nerviosa y balbucea cosas incomprensibles. Adrien usa ese intervalo para recitar la oración que la dejará estupefacta y, a la vez, encandilada: "Tus sonrisas repentinas siempre me sorprendían. Son interesantes, pero lo suficientemente peligrosas como para hacer que mi corazón se acelere".

Anhelando no ser descubierta su no autoría, Adrien abre los labios, sube las manos por su cuello y…

—Por favor, Adrien, ¡bésate con Nathaniel!