Capítulo 1
Ojos envidiosos, labios tan rojos como la sangre y un alma más negra que el carbón. La más horrible representación de la belleza se erguía frente a mí, admirando su reflejo.
―Aquí está bien ―Señalo la Reina a las mucamas que me sostenían-, la luz es perfecta, puedo admirar mi belleza apropiadamente ―sonrió con arrogancia.
―Sin duda su Majestad es muy hermosa ―dijo una de las empleadas.
―Lo sé, lo sé ―Suspiro.
Lady Grimhilde se había casado recientemente con el Rey y terminaba de poner en orden su nueva habitación. Algunas de las empleadas limpiando la miraban con cautela, mientras otras la adulaban sin parar. Alagando su vestido, sus joyas, su porte, y por su puesto, su belleza.
La Reina, como era costumbre, estaba hipnotizada observando su propio reflejo, sin prestarles mucha atención. Su concentración solo se vio interrumpida con la llegada de una inesperada visita. Una niña llamó a la puerta y entro, haciendo una pequeña reverencia hacia la Reina.
―Disculpe la molestia su Majestad ―hablo la niña y sonrió―, quería saber si la habitación era de su agrado.
La Reina levantó una ceja al mirarla. Podía notar que no estaba muy feliz de verla aquí, pero mostró su mejor y más falsa sonrisa
―No es ninguna molestia, es un gusto verla, Princesa. Y por supuesto, la habitación es más que perfecta.
―Es un alivio escucharlo.
La Princesa observó la habitación junto a las nuevas decoraciones y muebles. Aunque la Reina lo ocultaba perfectamente, la conocía, y sabía que estaba disgustada. No le gustaba aquel tipo de intrusión en su habitación, y más importante, la Princesa era muy bonita. Aparentaba tener apenas unos 12 años, pero para la Reina era suficiente para verla con recelo.
―¡Oh! ¡Qué hermoso! ―exclamo la Princesa.
Observaba en mi dirección con brillantes ojos. Se acercó hacia mí y me observo más de cerca. Debía confesar que la intensa mirada de la niña me incomodaba. Por un momento podría jurar que podía ver más allá del espejo, directo a mí.
―¿Te gusta? ―pregunto la Reina con una mueca.
―¡Por supuesto! Nunca había visto un marco tan elaborado para un espejo, tiene muchos detalles.
La Princesa continuó observando el marco y luego a su reflejo, directo hacia mí. Empezaba a desear que se fuera de una vez. Para mi suerte, alguien toco a la puerta y entro.
―¡Princesa! Aquí esta ―llamo una mujer, haciendo una rápida reverencia hacia la Reina―. Su Majestad quiere verla, ¡Apresúrese!
―¡Ahí voy!
La pequeña Princesa corrió hacia la puerta con una gran sonrisa y siguió a la mujer hacia el pasillo. Me atreví a pedir otro deseo en ese momento. Que la Princesa no volviera a esta habitación.
Ya estando a solas en su habitación, la Reina se arreglaba el cabello con una enorme sonrisa de satisfacción. Por supuesto, había logrado casarse con nada menos que un Rey. Aun con su desbordante felicidad, nada apagaba las llamas ardiendo en sus ojos envidiosos. No conocía al rey, pero estaba seguro de que había tomado una mala decisión al elegir a esta mujer.
La Reina terminó de elegir las joyas que se pondría y se observó con maravilla en el espejo.
―Estas joyas que me ha regalado el Rey no están nada mal ―hablo la reina tocando las gemas en su cuello―. Aunque al lado de mi increíble belleza, parecen meras baratijas.
La Reina se rio a carcajadas ante su propio comentario. Siguió admirándose en el espejo, acariciando la piel de su rostro con la punta de sus dedos.
―Dime mi querido espejo, ¿acaso no soy la mujer más hermosa del reino?
―La más hermosa del reino, sin dudar ―respondí sin pensarlo dos veces.
La reina volvió a reír y hablo de cuanta razón tenía. Sabía que no podía mentir y la reina encontraba un gran disfrute en escucharme afirmar que no había mujer que pudiera competir con su belleza. Si algún día una mujer más hermosa que la reina decide pisar estas tierras, temo por esa pobre desdichada.
