El frío azotaba la ciudad, así que Michael decidió coger una bufanda para completar su atuendo. Era finales de Noviembre y parecía que este año el frío había llegado antes de tiempo. Llevaba cinco años viviendo en San Francisco con su hijo, y todavía no se acostumbraba al clima de la ciudad.

Antes de salir de casa, se miró en el espejo. Estaba a punto de cumplir cincuenta años y las marcas de la edad empezaban a marcarse en su rostro. Las canas salpicaban su cabello, acentuándose en sus sienes, y las arrugas en el contorno de los ojos parecían sumarse cada día un poco más. Aún así, la edad está en la actitud ¿verdad? Y él todavía tenía el espíritu joven.

Cuando llegó al restaurante, vio a Paul esperándolo en la barra, y se dirigió hacia allí. Su amigo lo recibió con un abrazo.

-¡Michael! Qué guapo te has puesto. Seguro que la dejas impresionado.

-Bueno, ese es el plan ¿verdad? Aunque sigo sin estar demasiado seguro de esto. No me gustan las citas a ciegas.

-Mike, amigo, confía en mí. Mi mujer tiene buen gusto, y ésta mujer te va a gustar -le dijo su amigo, dándole un golpecito en la espalda.

-¿Pero no tienes una foto? -Mike rio.

-No, pero la he visto. Rubia, ojos azules, más o menos de tu edad…tu tipo por lo que me has contado ¿no?

-Paul, a mi edad ya no tengo ningún tipo -los dos soltaron una carcajada-. Pero si, ése es mi tipo.

-Perfecto. Entonces estoy seguro que Sarah te gustará.

Hablaron un rato más, hasta que Paul vio entrar a su mujer y a su amiga por la puerta.

-Mira, ahí están.

Michael estaba pagando las bebidas, y se dio la vuelta cuando las dos mujeres ya estaban junto a ellos. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer frente a él. Creyó estar viendo un fantasma de su pasado. Y por su mirada, podría decir que ella estaba pensando lo mismo.

Llevaba nueve años sin verla, y desde luego, no esperaba verla viva. Había sido un año duro, que había terminado con su sorprendente muerte, que había dejado destruido a su amigo. Si lo pensaba, nada volvió a ser igual para nadie. Todo fue cuesta abajo desde ahí.

Pero ahora estaba aquí, frente a él, y le sonreía tímidamente. Podría decir que ella estaba igualmente sorprendida, aunque ninguno lo iba a demostrar delante de sus amigos. Llevaba un vestido negro, sin mangas y por encima de la rodilla, que abrazaba cada curva de su cuerpo.

-Mike, ésta es Sarah. Sarah, éste es Mike.

Se saludaron con dos besos en la mejilla, y luego los cuatro se estaban sentado en la mesa que el camarero les había indicado. Mike y Paul de un lado, y Mary y Sarah justo enfrente de ellos.

Mike se enteró que Sarah llevaba nueve años viviendo en la ciudad, y trabajaba en una de las bibliotecas municipales de la ciudad. Iba con Mary a clases de yoga, y ella fue la que la convenció de salir a cenar y conocer al compañero soltero de su marido.

Él le contó que vivía allí con su hijo Tommy desde hacía cinco años, y trabajaba en un pequeño bufete de abogados.

Sus amigos notaron que desde el principio había habido química, hablaban mirándose a los ojos, sonriéndose cómo si estuvieran sólo ellos dos, así que al terminar la cena, decidieron dejarlos solos para que siguieran conociéndose. Sólo cuando los vieron salir del restaurante, los dos respiraron tranquilos. Se miraron intensamente a los ojos.

-Erin…

-Aaron…

Los dos hablaron al mismo tiempo, haciendo que su sonrisa se volviera más ancha.

-Supongo que te estás preguntando qué hago aquí cuando se supone que debería estar muerta…-Aaron asintió-. Es…una larga historia.

-No te preocupes, hay tiempo. No tengo prisa -él sonrió mientras bebía de su copa de vino.

-Está bien. Esa noche en Nueva York, en la ambulancia se dieron cuenta que seguía viva, entonces en el FBI decidieron que debía entrar en WitSec por si Curtis tenía un cómplice o decidía terminar el trabajo. Me enviaron aquí, hasta que unos seis meses después me dijeron que podía comunicarme con mi familia. Mis hijos lo saben, y han venido alguna vez a verme.

-¿Rossi lo sabe? -preguntó Hotch. Ella bajó la mirada un instante, luego volvió a mirarlo, con decisión en la mirada.

-Sí. Pedí que lo avisaran antes de salir del hospital, para contarle la verdad. No quiso hablar conmigo, creo que pensó que lo estaba traicionando o algo así.

-Ahora entiendo por qué pareció superarlo tan pronto. Hubo un cambio significativo en su actitud después del funeral.

-Fue informado dos días después.

Aaron asintió. Recordaba cómo Rossi estaba destrozado durante la investigación final del caso del Replicador, y cómo intentaba ocultarlo. Hotch pensó que le costaría mucho que volviera a ser el mismo. Sin embargo, después del funeral, notó que estaba como casi siempre, y que casi intentaba fingir su dolor para no levantar sospechas. No le dio mucha más importancia por la carga de trabajo que él mismo tenía en ese momento.

-¿Y nunca has pensado en volver?

-¿La verdad? No. Aquí estoy bien. Tengo un trabajo que me gusta, que no implica ningún riesgo más allá de que me caiga un libro en la cabeza -ambos sonrieron ante su comentario-. Mis hijos saben que estoy aquí y pueden venir a verme cuando quieran.

Aaron la miró sonriendo. Por primera vez desde que conocía a Erin, la notaba relajada, sin la tensión propia que conllevaba su trabajo y que tan bien conocía él mismo. Simplemente vio a una mujer, una mujer atractiva con la que estaba cenando y a la que estaba conociendo de nuevo.

-¿Y cuál es tu historia? ¿Cómo está Jack?

-Jack está muy bien. Este es el último curso de instituto, y está pensado en qué Universidad le gustaría estudiar.

-¿Y ya sabe qué quiere hacer?

-Derecho. Y después entrar en el FBI -respondió Hotch con una pizca de dolor.

-Y eso a ti no te entusiasma…

-No lo sé. Me gustaría más que se dedicara a otra cosa. Hemos perdido mucho por el FBI. Pero lo apoyaré en lo que decida.

-Eso es lo principal. Jack necesita verse apoyado por su padre, saber que haga lo que haga, estará ahí. Y eso a ti te honra. Otro en tu lugar, después de todo lo vivido, intentaría quitarle esa idea de la cabeza -Erin colocó su mano sobre la de él mientras hablaba.

-Lo he intentado. Pero es un poco cabezota.

-A quién habrá salido…

Ambos rieron, sabiendo que se refería a Hotch, cuando el camarero se acercó a ellos.

-Disculpe, señor, pero estamos a punto de cerrar.

-Claro. Por supuesto.

Ninguno de los dos se había dado cuenta de lo tarde que era, así que se levantaron para irse. La cena la habían pagado sus amigos. Aaron ayudó a Erin a ponerse el abrigo, luego abandonaron el restaurante.

-Podemos pasear un poco, si te apetece -preguntó Erin, sin querer separarse todavía.

-Claro. Me encantaría.

Y le ofreció el brazo para que ella se agarrara, ella lo hizo encantada. Caminaron en silencio unos minutos, luego él volvió a hablar.

-Me preguntaste por qué estaba aquí. Hace unos años, tuvimos un caso con un tipo que drogaba a sus víctimas y las manejaba a su antojo, obligándolas a asesinar. Lo cogimos, se escapó y se obsesionó conmigo. Lo vi en un partido de fútbol de Jack, y esa fue la gota que colmó el vaso. Y aquí estamos. El equipo lo atrapó, es más, está muerto, pero Jack y yo decidimos quedarnos aquí. Habíamos perdido demasiado.

-Lo siento.

-Y yo. Pero hemos ganado en calidad de vida. Y bueno, tengo contacto muy de vez en cuando con Emily, que es la jefa de Unidad, y me pone al día de cómo va el equipo.

-¿Y todos estás bien?

-Lo están. Ya sabes, sobreviviendo a todo -Hotch sonrió con melancolía.

Siguieron caminando mientras se ponían al día. Antes de darse cuenta, llegaron al apartamento de Erin.

-Me lo he pasado muy bien esta noche, Aaron -dijo Erin con timidez.

-Yo también. Y…si quieres, podríamos volver a quedar.

-Me encantaría – Erin sonrió, y el corazón de Aaron dio un vuelco.

Intercambiaron los números de teléfono y se despidieron, y mientras Aaron se alejaba, pensó que por fin la vida lo iba a recompensar.


Cuando Aaron llegó al día siguiente al trabajo, Paul lo estaba esperando en su despacho con un café recién hecho. Frunció el ceño al verlo, sabía que no se iba a librar del interrogatorio.

-Bueno ¿qué? ¿Vas a contarme cómo fue el final de tu cita con Sarah? Porque a Mary y a mi nos dio la impresión de que ya os conocíais de antes -preguntó Paul con impaciencia.

-Eso es imposible. Pero…no ha ido mal. Es una mujer muy interesante. Hemos intercambiado los teléfonos y quedaremos otro día -respondió quitándose el abrigo y sentándose en su mesa.

Esperaba que esa respuesta fuera suficiente para Paul, y lo dejara estar. Su amigo tenía fama de intenso, y de cotilla patológico también.

-¡Bien! Ese es mi chico. Vas a triunfar, amigo mío -Paul se levantó y se fue, dejando a Aaron riendo en su despacho.


Cuando se levantó, Erin tenía dos mensajes, una llamada y un mensaje de voz de Mary. Su amiga quería saber cómo había terminado la cita. Contestó con un mensaje mientras desayunaba. Tuvo que borrar dos veces el nombre de Aaron y poner el de Mike. Estaba segura que eso les traería más de un dolor de cabeza.

Inmediatamente después, Mary la estaba llamando de nuevo. Le explicó el resto de su cita (por supuesto, omitiendo que se conocían), repitiendo una vez más el pasado creado para ella, y que su amiga ya conocía.

Mary se emocionó con la posibilidad de que por fin su amiga hubiera encontrado el amor, porque desde que la conocía, no la había visto con nadie, excepto alguna que otra cita que nunca iba más allá.

Erin dejó que su amiga hablara y soñara despierta, aunque en el fondo, esperaba lo mismo. Había sentido buenas vibraciones con Aaron, y esperaba no equivocarse.


Había sido un día largo, y se había dado cuenta, que a veces odiaba a la gente. ¿Tan difícil era ser un poco amable al pedir un libro? ¿O hacer caso si te piden silencio? Al fin y al cabo, estás en una biblioteca…

Por eso, en ocasiones echaba de menos su trabajo en el FBI. Trataba con gente, por supuesto, no es cómo si estuviera encerrada en su despacho sin ver a nadie, pero todos le tenían respeto. Aunque ahora también se daba cuenta que alguna vez ella también podría haber sido un poco desagradable.

Después de cambiarse de ropa y cenar algo rápido, decidió relajarse leyendo un libro. Se sentó en el sofá, se tapó con una manta, se recogió el pelo en un moño desordenado (ahora lo llevaba más largo, por debajo de los hombros), y se sumergió de lleno en el mundo de Jane Austen. Pero su mente no dejaba de pensar en Aaron. ¿Qué estaría haciendo? ¿Habría tenido un buen día? ¿O por el contrario había sido tan largo y tedioso como el de ella?

Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos, y siguió leyendo. Habían quedado en volver a verse, pero no habían concretado el día. ¿Y si Aaron cambiaba de opinión y no la llamaba más? Nunca antes había tenido tantas dudas, y no tenían edad para andar perdiendo el tiempo. Dejó el libro y cogió el móvil, con decisión.

"No pasará nada si le pregunto cómo le ha ido el día ¿verdad?" se dijo a si misma mientras escribía. Luego dejó el móvil encima de la mesa. El corazón le latía a mil por hora mientras esperaba su respuesta. Se mordía tan fuerte el labio que sintió de repente el sabor de la sangre en la boca.

El sonido del móvil la sobresaltó, y lo cogió rápidamente. Sonrió ante la respuesta de Aaron. Se acomodó nuevamente en el sofá, y cuando se dieron cuenta, habían pasado cuarenta minutos intercambiado mensajes. A Erin le hubiera encantado seguir, pero era demasiado tarde ya y al día siguiente tenían trabajo los dos.

Se despidieron con la promesa de seguir hablando, y ambos se fueron a la cama con una nueva ilusión.


Después de levantarse un poco antes de lo habitual, darse una larga ducha y tomarse un par de cafés, Aaron pensó que era una hora decente para enviarle un mensaje de buenos días a Erin. Él también había estado pensando en ella el día anterior, y se sorprendió cuando recibió un mensaje de ella por la noche. Hablaron durante un rato largo, quedando en volver a hablar pronto. Y darle los buenos días era una buena forma de empezar.

Estaba leyendo su respuesta, con una sonrisa en la cara, cuando Jack bajó a desayunar.

-¿Y esa sonrisa, papá? No me digas que la cita del otro día ha ido bien -preguntó el chico mientras mordía una tostada.

-La verdad es que sí. Y respecto a eso, necesito contarte algo, Jack.

-Hacía mucho que no escuchaba ese nombre…-dijo el chico en voz baja.

-Lo sé. Escucha, la mujer del otro día, era….Erin Strauss, la que fue mi jefa en el FBI. Ella también está aquí, y también está en WitSec.

-Wow, vaya. ¿Y vais a volver a veros?

-Sí. ¿Es un problema? -preguntó Hotch frunciendo el ceño.

-¿Un problema? Claro que no, papá. Además es genial que sea alguien que ya conocemos. Y así no estarás solo cuando me vaya a la universidad.

-Cierto -Aaron le sonrió a su hijo, que devoraba su desayuno.

Para Hotch era un alivio que Jack se lo tomara tan bien, aunque su hijo ya tenía una edad y estaba a punto de volar del nido, y él necesitaba empezar a pensar un poco más en él. Pero si lo suyo con Erin iba en serio, quería que al menos su hijo y la mujer con la que pasara sus últimos años, se llevaran bien.


Acababa de sacar un café de la máquina, cuando su teléfono empezó a sonar. Lo sacó rápidamente, sin fijarse en quién llamaba, haciendo malabares entre el teléfono y el vaso de café ardiendo.

-¿Diga? -preguntó casi sin aliento.

-¿Erin? Soy Aaron, no sé si te pillo en un buen momento…

-Si, no te preocupes. Dame un segundo que dejo el café…-dejó el vaso sobre la mesa y le indicó a su compañera que volvía enseguida. Se encerró en el baño a hablar-. Ya estoy.

-Bien. Esto…he leído en el periódico que mañana vuelven a subir un poco las temperaturas, y he pensado que si no estás muy ocupada y si te apetece, podemos pasar el día en Fisherman's Warf.

Erin se mordió el labio. Se sentía una adolescente a la que el chico que le gustaba acababa de invitar al baile.

-Por supuesto. Me encanta la idea -contestó con una sonrisa. Esperaba que Aaron no se diera cuenta de eso.

-Perfecto. ¿Te recojo a las diez? ¿Te viene bien?

-Me viene perfecto. Hasta mañana, Aaron.

-Hasta mañana Erin.

Colgó el teléfono, y se tomó un momento para volver a respirar con normalidad. Iba a ser su primera cita oficial, ya que la cena con Paul y Mary no contaba, y ya estaba nerviosa.

Se había dado cuenta, la noche anterior, que realmente Aaron le gustaba, que no era sólo la alegría de encontrarse con alguien de su pasado, sino que algo se había encendido en su interior al estar con él, algo que creía totalmente muerto. Y si su instinto no le fallaba, a Aaron le estaba pasando lo mismo.


Eran las diez en punto cuando Aaron le escribió un mensaje para decirle que la estaba esperando. La había acompañado a casa, pero no sabía el número de su apartamento. Le contestó rápidamente, cogió sus cosas y salió.

Cuando entró en el coche, Aaron la recibió con una sonrisa y un café. Le devolvió la sonrisa mientras le daba un sorbo al café.

-Espero no haberme equivocado.

-Está perfecto. Gracias.

Comenzaron una conversación con facilidad, mientras conducían a su destino. Una vez ahí, pasearon entre los puestos y la gente. La suave temperatura de finales de Noviembre, les dejó almorzar al aire libre. Después, cogieron un crucero turístico por la bahía y disfrutaron de las vistas de la ciudad.

Erin confesó que a pesar de llevar nueve años viviendo allí, nunca había hecho eso. Aaron había ido un par de veces: la primera vez con Jack, y la segunda él solo, después de hablar con Prentiss y confesarle que no volverían a Quantico. Las vistas eran espectaculares, y eso lo había relajado y dado fuerzas para seguir con su nueva vida.

Una ráfaga de aire frío hizo que Erin se estremeciera, así que Aaron, sin pararse a pensar (hace años no lo habría hecho), se acercó a ella y la rodeó con su brazo, para darle calor. Ella se apoyó en su pecho y sonrió.

-Gracias -murmuró.

Después del crucero, tomaron un chocolate caliente, mientras seguían conociéndose un poco más. Quedaron en que el siguiente fin de semana, irían al cine, estaban pasando un ciclo de películas clásicas y ambos eran unos enamorados del cine antiguo.

Antes de irse, Erin se paró a descansar en uno de los bancos del paseo marítimo. Miraba fijamente el mar, pero tenía las mejillas y la nariz coloradas del viento frío, que también movía su cabello. Aaron no recordaba haberla visto nunca tan guapa como en ese instante, y supo que tenía que besarla en ese momento.

Le cogió la mano y se la apretó ligeramente, para llamar su atención. Ella giró la cabeza hacia él, sonriendo. Sintió que se derretía con su sonrisa, y supo con certeza que era lo primero que quería ver todas las mañanas al despertar. Se inclinó hacia ella, y la besó. Cuando sus labios se tocaron, el resto del mundo dejó de existir. Sólo estaban ellos dos y los fuegos artificiales que estallaron en su interior.

Se separaron, y juntaron sus frentes, mientras seguían con los ojos cerrados y las manos unidas. Aaron sabía, y esperaba que Erin sintiera lo mismo, que este era el comienzo de su nueva vida.

Fin