Vergüenza 1

Primera vergüenza: Porque no soy fuerte como tú.

Masachika se había separado de él hace unos cinco minutos, pero no podía arriesgarse a voltear a ver en qué dirección había partido.

A su espalda podía escuchar las hojas del suelo crujir con violencia y la gutural y rasposa voz del demonio berreando, y en el entretanto, también sus bruscas caídas o los tropezones producto de los obstáculos que Sanemi saltaba y esquivaba raudo y ágil.

Sus pantorrillas empezaban a dolerle. Su pecho comenzaba a apretar, la garganta seca le impedía tragar y el sudor de la frente le caía sobre los ojos impedía su visión e irritaba sus ojos.

Era otoño. El aire frío de la noche le entumía las mejillas y estaba harto de darse de bruces contra troncos podridos. Podía darse la vuelta y atacarlo, pero usar la más básica de las formas era una técnica suicida para él.

El apremio comenzó a llenarlo.

No había perfeccionado su técnica como Masachika. El Aliento del Viento era una técnica violenta e implacable, encontrándose entre las más efectivas, sin embargo, era bastante arriesgada y tenía una naturaleza de doble filo: Al usarla, el cazador muy probablemente también se lastimaría. Se sabía que la técnica solo estaba dominaba por completo cuando ésta no dañaba a su portador, solo entonces se volvía el más sádico estilo de pelea conocido por la organización.

Pero Sanemi estaba lejos de lograrlo todavía y en lo que se diera la vuelta para atacar, el demonio le daría una buena patada o su propio aliento lo lastimaría, levantando hojas, piedras y púas del suelo o de los árboles.

Si podía llegar a un lugar con suelo firme y aire despejado…

"¡Necesito llegar al sendero!", se dio ánimo en silencio. "Una vez en el sendero, el hijo de puta está acabado".

Entre jadeos alargó una sonrisa macabra. El cruel deseo lo lleno de valor. Sus pantorrillas dejaron de doler y se había acostumbrado al dolor en el pecho. Se limpió el sudor con su manga del uniforme y aceleró el paso. Sabía por la posición de las estrellas que estaba cerca del sendero.

Los troncos de los árboles comenzaron a hacerse más angostos y la vegetación más pequeña y débil. En poco tiempo divisó el camino de tierra, que a la luz de la luna parecía dorado.

Sanemi sonrió todavía más con los ojos bien abiertos.

La señal divina de que el demonio tenía los días contados.

Con un salto dio con la tierra firme del camino y dobló abruptamente a la izquierda, esperando que el demonio también pusiera los pies sobre el sendero.

El demonio salió del bosque y fue iluminado por la luna. Un gigante, de piel cerúlea y de brillantes ojos rojos, con los colmillos cubiertos de baba que continuaba desde la comisura de su boca hasta el cuello.

Sanemi escupió a un lado con asco sin dejar de mirarlo.

Luego alzó la voz sin temor:

—¡Deja de seguirme, pedazo de mierda! ¡Tengo demonios importantes que cazar! ¡No puedo perder el tiempo con pusilánimes como tú!

La nariz ancha y palpitante, el ceño fruncido y las venas exaltadas en el ceño y en cada parte de su cuerpo del demonio advertían que sentía más odio que hambre por su presa.

Una sombra salió de entre la arboleda y se colocó justo detrás del demonio. Sanemi al instante escuchó el distintivo sonido espada nichirín al desenvainarse.

—Primera forma.

"¡Es Masachika!", pensó.

Sanemi sonrió maquiavélicamente y, como su compañero, sacó su espada, pero en lugar de blandirla contra su rival, la acercó a uno de sus antebrazos.

Sintió un pinchazo y la sangre saltó de la herida y se deslizó hasta el suelo.

El demonio gruñó al instante, ahora más excitado. Más hambriento.

Sanemi lanzó unos cortos besitos, burlándose.

—¡Vamos, vamos! ¿Tienes hambre? ¡Hay más de dónde salió esto!

Alzó su brazo esperando que embriagara al demonio.

La baba se deslizó del cuello hasta a el pecho del demonio. De repente, su respiración se hizo dificultosa y sus ojos rojos brillantes se hicieron opacos.

El demonio dio un torpe y pesado paso y un dulce aroma llenó sus fosas nasales.

Era un olor hermoso. Le causaba paz y tranquilidad, tanto que ya ni siquiera estaba pendiente de la sabrosa sangre que estaba frente a él. Quería saber de dónde provenía, pero de pronto no pudo moverse más.

El corte ni le dolió, fue fino, limpio y mientras era testigo de cómo su propia cabeza caía al suelo, lo último que escuchó de una suave y dulce voz fue: "Descansa".

Sanemi siguió con la mirada a la nube de ceniza que dejó el demonio con su muerte y sonrió sabiendo que la misión había terminado, empero, no estaba satisfecho.

"No sufrió…", pensó con desgana. "Pero bueno, está muerto".

Se volteó hacia la figura con una sonrisa.

—¡Lo hiciste, Masachika-!

La sombra relució con la luz de la luna y presentó a la esbelta figura que había asesinado al demonio.

Se hizo para atrás del susto.

La sombra no era Masachika. Era de apariencia dócil, de bordes más suaves. Y a diferencia de Masachika, ella era indudablemente bonita.

El cabello oscuro, brillante y largo que surcaba su espalda hasta su cadera, su piel de apariencia suave, pálida, muy pálida y sus enormes ojos rosas.

Unos tristes y soñadores ojitos rosas...

Era bonita.

Sanemi entrecerró los ojos. Demasiado bonita…

Había escuchado que los demonios podían tener una belleza sobrenatural, etérea y atrayente hacia cualquier ojo humano, de esta manera en la que atraían a sus víctimas para engañarlas.

La estudió de arriba abajo, sin disimulo, como si tratara de ver algo que se saliera de lo normal: una cola, unos cuernos, que le sobraran brazos, ojos de gato, pero a simple vista, nada.

—¿Qué ocurre? ¿Tengo algo en mi cara?

La chica de inmediato acercó las manos a su rostro y se frotó las mejillas y el mentón, pensando que algo de tierra o de sangre había caído sobre ella.

—¿O es que es mi haori? —preguntó ella con tristeza.

—Ah…

La voz de Sanemi salió rasposa de lo seca que estaba y vio a la chica abrir los ojos, de inmediato se dio la vuelta en una postura defensiva.

Él no se había percatado cuando ella había desenvainado su espada, pero cuando estaba a punto de hacerse la pregunta, oyó un sonido de las hojas moviéndose tras ellos. Una figura que se acercaba al sendero.

Sanemi sacó su espada y le cubrió la retaguardia a la chica, esperando a que lo que fuera que hiciera alboroto en la lejanía se dejara ver finalmente.

Saltó la oscura figura, por fortuna, humana, y el agotado Masachika se hizo presente empuñando su espada con el ceño fruncido.

—¿¡Lo tienes, Sanemi!? ¡¿Lo atrapaste?!—exclamó el chico sin aliento—. ¡Te juro que justo lo tenía, pero-! ¡Ah!

Masachika ahogó una exclamación, mientras abría los ojos con asombro.

—¡SUPERIORA KOCHO!

Masachika se puso derecho y en el intertanto se le cayó la espada, que se apresuró a recoger para volver a su figura de respeto.

—¡Qué gusto tenerla por aquí cerca! ¡Muchas gracias por su ayuda!

Hizo una exagerada reverencia.

La chica pestañeó un par de veces y sonrió aliviada y con alegría.

—¡Buenas noches, Masachika!—Kocho hizo una breve reverencia con una gracia natural—. Igualmente.

Masachika alzó la vista con ojos brillantes, casi chilla de la emoción.

—¿¡Se acuerda de mi nombre!?

—¡Claro que sí! Recuerdo que ayudaste a Uzui en una ocasión. ¡Fuiste de mucha ayuda junto con los otros!

—¡S-su desempeño también fue magnífico en esa ocasión, superiora!

Masachika tenía una sonrisa que no cabía en su rostro. Ser reconocido por Kanae Kocho era un premio en sí mismo, solo entonces cuando se perdía en la figura de la chica, notó que la figura de Sanemi tras la muchacha.

—Ah. ¡Oh! ¡Hola, Sanemi! ¿En qué momento llegaste?

—¿Estás bromeando?

Una vena se hinchó en el cuello de Sanemi y una fiera mirada de decepción surcó su rostro. Masachika se ruborizó ante su desliz y se rascó la cabeza.

Kanae pasó la mirada de Sanemi a Masachika y de Masachika a Sanemi.

—¿Se conocen?

—¡Claro!—habló Masachika en la medida que se iba acercando—. Estoy supervisando a Sanemi en lo que domina el aliento del viento.

Kanae cambió su expresión a una más compungida, luego se giró con preocupación hacia Sanemi.

—¿Estás bien? Ese aliento es un poco desorganizado y- ¡Ah! ¡Dios mío! ¡Estás sangrando!

Kanae levantó el brazo de Sanemi sin pedirle permiso. Examinó la herida, notando que era un corte inusualmente limpio. Las garras de los demonios rara vez se recortaban y ellos carecían de la "amabilidad" de hacer sus ataques sencillos de curar. Si se sabía algo de los demonios, era que entre más rustico y complicado el corte, mejor.

Kanae, en lugar de dudar, sonrió agradecida.

—¿Hay otra herida que te haya hecho el demonio? ¿A parte de esta?

—No me la ha hecho el demonio—respondió Sanemi—. Yo me corté.

—¡Ah! ¿Fue por tu aliento?

—No.

Kanae pestañeó sin perder su cortesía y amabilidad.

—¿Y qué ha sido?

—Te dije que yo me lo hice. Con esta espada.

La sonrisa de Kanae se deshizo y se le quedó mirando con sus hermosos ojos rosas largo rato, esperando a que saltara una carcajada o que fuera una broma, pero al ver que las facciones del niño no se movieron ni un ápice y que en su voz no se distinguió ningún timbre bromista o sarcástico, se preocupó profundamente.

—Me la curaré en segui-

—¡¿Y por qué has hecho eso?! —la chica se agarró de su pecho, alterada—. ¡¿Por qué te lastimas a ti mismo?!

—¡Oye, relájate!—Sanemi levantó sus manos en un gesto apaciguador.— Existe una razón.

—¡No hay razones para hacerse daño a uno mismo! —aseveró la chica—. ¡Nunca lo hay!

—¡Pues yo la tengo! —replicó Sanemi con actitud desafiante—. Mi sangre es… Ah… ¿Cómo se llamaba mi sangre, Masachika?

—Verá, Superiora Kocho…—Masachika se atrevió a intervenir con diplomacia—. Sanemi es un Marechi. Su sangre tiene un efecto especial en los demonios: los atrae más, pero les causa algunas anomalías en ellos. Por ejemplo, algunos los tranquilizan, otros los alegran, en caso de Sanemi, éste los embriaga, se ponen más lentos y más torpes. ¡Lo cual es de bastante ayuda!

—Entiendo—asintió, luego le dirigió una mirada preocupada a Sanemi—. ¿Y es siempre necesario que lo hagas? ¿No puedes vencer a un demonio sin cortarte? ¿Lo has hecho alguna vez?

Sanemi sintió que las orejas le ardían y agradeció que la noche ocultase su verdadero color, luego se cruzó de brazos en una postura defensiva.

Una vena se hinchó en su cien y desvió la mirada arrugando la nariz.

¿Era necesario utilizar el tono maternal tan condescendiente con él?

—¡Claro que puedo! ¡Esta fue una ocasión especial porque el demonio era muy veloz! —frunció el ceño por el rumbo en el que se estaba tomando el interrogatorio—. Para que lo sepas, llevo tiempo sin usarla.

Aquella afirmación podría ser verdadera si Sanemi se molestara en acordarse de los días en los que usaba su sangre y en los que no, pero, testarudo y orgulloso, se convenció a sí mismo de que seguro lo que decía era cierto.

Ella relajó un poco su ceño, aunque todavía quedaban vestigios de preocupación.

—Entiendo. De todas formas, ten cuidado, por favor…

—¡Cuídate tú! —replicó casi al instante, pensando que estaba diciendo algo ofensivo.

—¡Lo haré, gracias!—ella sonrió, radiante y amable, tomándose de la mejor manera su comentario.

Se ruborizó más y su orgullo salió en su ayuda, pero careciendo de sutilezas para protegerlo, solo pudo desviar la mirada apretando los dientes y frunciendo el ceño. Apretó más sus brazos y arrugó su nariz.

—¿Tú estás bien, Masachika? ¿No estás heri-? ¡Oh! ¡Cierto, que estás herido!

La chica se devolvió para mirarlo y volvió a hacer el ademán de tomar su mano, pero Sanemi alejó su brazo de ella.

—¡Estoy bien!—gruñó.

—¡No lo estás! ¡Estás herido!

—Es solo un maldito corte, no es el fin del mundo ni tan grave.

—¡Grave es!—Kanae dio un paso y Sanemi se asombró de la velocidad y ni siquiera se percató de cuando trató de tomarlo otra vez—. ¡Hay muchos peligros! ¡Hay mala cicatrización, malos tratamientos, infecciones, pus, gangrena, tétanos! ¡Dame tu brazo! ¿Limpias esa espada?

Sanemi se quedó en silencio un poco avergonzado. Todavía no desarrollaba los hábitos necesarios o correctos para mantener una espada y todo lo que ella había dicho sonaba grave y asqueroso, y más importante, doloroso.

Pero el orgullo le habló del fondo de su cerebro, desesperado por salvar causas perdidas.

Quiso quitar la mano, pero ella lo tomó con fuerza. Demasiada fuerza.

Más bien, era firmeza, pues Sanemi no sentía dolor, pero tampoco podía mover el brazo del poder de Kanae. Si trataba de luchar contra el agarre, Masachika podría verlo y burlarse de él por sus vanos intentos, por lo que prefirió mentir por segunda vez.

—Tch. Has lo que quieras…—respondió él con hastío, desviando la mirada.

Alzó su brazo hasta la altura de su hombro y se dejó tratar por la chica.

Kanae sonrió con dulzura, pero Sanemi se perdió de la bella vista, tratando de regularizar su respiración, su presión sanguínea y los latidos de su corazón. Avergonzado de que una mujer de aspecto tan frágil lo dominara de tal manera.

Poco sabía que después Kanae solo tendría que abrir la boca para que él se diera por dominado.