Canela y Menta
¡Hola! Este OS corresponde a la actividad de "El amor es de colores" organizado por la página de FB "El enigma del Kelpie" referente al Mes del Orgullo
Colaboración especial del fanart de Val. art 98
Era junio y el clima finalmente se había apiadado de los pobres alumnos de Hogwarts, regalándoles unas semanas de brisa fresca y suaves aromas florales, hierba alta que rozaba los dedos de los pies y faldas cortas y corbatas sueltas que anticipaban el final del primer año después de la guerra.
Hogwarts estaba en su gloria de pastos verdes, aves cantarinas y un lago negro templado con un juguetón calamar gigante dispuesto a empujar las pelotas de vuelta a la orilla. Había risas y sonidos de pasos corriendo por cada pasillo. Risas eufóricas, risas estridentes, risas discretas, todas ellas bañando al castillo de la vida y felicidad que no se le había permitido durante dos años.
Los estudiantes habían abandonado hacía mucho la biblioteca y las áreas de estudio, seducidos por la calidez de la naturaleza al exterior, sobre todo, después de un invierno muy crudo con un castillo que parecía tener un nuevo instinto de empujar la nieve por los pasillos, hinchar las maderas y pudrir los tapices, logrando muchas veces crear su propio hielo mágico que congeló pasillos enteros, bloqueando las puertas y atrapando a los estudiantes durante horas en unas aulas pobremente ventiladas y gélidas.
Nadie sabía lo que le pasaba al castillo, por qué de pronto el techo del Gran Comedor explotó en fragmentos de hielo que atascaron túnicas y rebanaron mochilas enteras o bloqueó las escaleras dejando a unos aterrorizados primer año suspendidos en el aire durante cinco horas. Sin embargo, el castillo parecía comportarse si había un profesor presente, incluso un fantasma o una gárgola parlanchina, pero era en los huecos de retratos o en los baños donde todo se salía de control, salpicando agua cuando usaban el váter o atorando los engranajes de los retratos para que las parejitas no pudiesen escapar.
Fue una de esas mañanas desafortunadas cuando Flitwick salió por un momento levitando a Seamus después de que lograra finalmente convertir el agua en ron explosivo, que la puerta del aula de encantamientos se cerró.
Neville, valiente Neville, se había puesto de pie y lanzando el mejor Incendio que se había visto en la historia de los incendios, perforó un agujero en la puerta y los estudiantes comenzaron a salir a trompicones. Nadie se quería quedar, todos sabían que el castillo había comenzado a reconstruirse por sí solo desde mayo y ahora tenía un instinto agresivo contra los jóvenes; bien podría crear una nueva sala de los menesteres mientras abrías el armario de pociones, como hervir el agua en el baño de los prefectos mientras algún incauto se quedaba dormido, nunca se sabía.
Así que todos lucharon por salir al mismo tiempo, empujándose, jalando túnicas, enterrando afiladas uñas, incluso alguien mordió a Dean en la pierna mientras se empujaban fuera.
Excepto, claro, Hermione Granger.
Ella los miró a todos con el rostro impávido, guardó sus útiles, colgó su mochila y esperó.
Una pensaría, después de una guerra y chicos de más de dieciocho años, que ya habrían aprendido algo a estas alturas. Cualquier cosa como… comportamiento básico humano… pero no. Todos lucían aterrorizados por quedarse en un aula amplia y gracias a Merlín, muy cálida, para arrojarse por un hueco que iba haciéndose pequeño entre más empujaban la puerta.
«El castillo está molesto», había dicho Luna en una ocasión cuando encontraron a Nott luchando contra unas túnicas sucias. Hermione la miró con desdén y rodó los ojos, pero quizá Luna tenía razón. Quizá el castillo, después de todo, estaba enojado por cómo se habían estado comportando todos desde su regreso.
«El castillo no es un objeto vivo, Luna» dijo Hermione poniendo los ojos en blanco, toda lógica y razón andante. Luna la miró con sus redondos ojos saltones y sonrió.
Así que observó, analizó a cada persona que había estado en una situación precaria en el castillo y lo entendió todo: el castillo no tenía un instinto asesino, pero sí estaba harto de las viejas rencillas de casas o de pureza de sangre.
Por eso enterró a Nott en túnicas sucias, cuando se quejó de los elfos domésticos incompetentes, o los niños de primero que estaban molestando a otro sólo por ser un Slytherin… en ningún caso, el castillo los había soltado hasta que dejaron de discutir y se llevaron mejor.
En un enfrentamiento que hubo entre Ravenclaws y Slytherins, un bloque de piedra se desprendió del techo cuando una Ravenclaw quiso «corregir amablemente» a un Slytherin sobre su «terrible, equivocada e irresponsable manera de pensar». Enelda Scemo, una cuarto año, frunció sus delgados labios cuando un primero de Slytherin se rio de una broma de un Hufflepuff sobre la sangre pura. Es decir, Michel Shafiq se había reído de las tonterías de la pureza de sangre y entonces Enelda, una sangre pura tradicionalista, pero bien posicionada porque era Ravenclaw, acorraló al pequeño en un pasillo del séptimo piso, junto a sus dos amigas que parecían una versión femenina de Crabbe y Goyle, le había gritado al niño sobre la pureza de sangre, la importancia de las tradiciones y lo que según ella, que era muy sabia y versada en todos los temas a su amplia edad, él no tenía las opiniones correctas sobre nada. ¡Un Slytherin burlándose de la sangre pura! ¿A caso quería ser Gryffindor? ¡Ningún Slytherin diría algo que no fuera para su propio bien y ella, como buena Ravenclaw que todo lo sabía, sabía que estaba mintiendo!
No paró su perorata sobre el bien moral y la importancia de respetar a todos los sangre pura que se sentirían ofendidos si lo escucharan reírse ¡con un Hufflepuff! El pequeño Michel lloró hasta que repitió lo que ella consideraba correcto para alguien que era de Slytherin. Entonces, el bloque de piedra se desprendió y le aplastó un pie a la chica.
Nada grave, había dicho entre lloriqueos mientras Madame Pomfrey la curaba, al final, pero todo había sido culpa del pequeño Slytherin y su «terrible y ofensiva manera de pensar lejos de todos los de su "clase"».
Así que Hermione suspiró mientras veía pequeños enfrentamientos aquí y allá y cada vez, se convencía un poco más de que Luna tenía razón; el castillo estaba enojado con la intolerancia entre todos, amargos rencores, ideas fanáticas oxidadas de toda clase los rodeaban, duelos furtivos y miradas cargadas de intención.
Y alguien tenía que hacer algo y por supuesto que esa persona sería Hermione Granger.
Por eso no luchó, no se arrojó desesperada contra un agujero que se iba empequeñeciendo a cada golpe entre los estudiantes.
Se quedó quieta, mantuvo la calma, tomó su mochila y se divirtió calculando quién se quedaría adentro esta vez.
Entonces hubo un chillido y Pansy Parkinson salió desde el centro y fue arrojada al suelo. Ella se levantó con un brillo asesino en los ojos y arremetió. Pero nadie la quería, pocos la respetaban y fue empujada al fondo de nuevo sin esfuerzo.
Parkinson se puso de pie nuevamente y se empujó con un nuevo chillido absurdo.
Todo uñas y dientes para salir de ahí. Pero nuevamente fue arrojada hacia atrás.
—¡Quítate, tonta! —había gritado alguien mientras Pansy rebotaba contra el piso—. ¡No me toques, perra Slytherin!
—¡Nunca te tocaría, Eagle! —gritó Pansy mientras enseñaba los dientes—. ¡Idiota! ¿Quién se apellida como su propia casa? ¡Maldito pomposo!
Eagle, un Ravenclaw de octavo, sonrió burlonamente mientras se escabullía por el agujero y desaparecía.
Parkinson gritó y pateó un pupitre cercano.
Hermione la observó en silencio, otra cosa que había hecho mucho este año, por cierto.
Y es que la chica de cabello sedoso y corto parecía una modelo comparada con todas las otras chicas de octavo: alta, esbelta y elegante, siempre vistiendo de verde y mirando hacia abajo a cualquiera. Su rostro de bulldog desapareció con la juventud y Hermione se encontró gratamente impresionada por su belleza, recordándole un poco a una actriz de los años cincuentas; una femme fatale.
Este año parecía más tranquila, más madura, quizá… más triste. Había fuego en sus ojos, pero parecían esmeraldas frías e inexpresivas la mayor parte del tiempo. Excepto cuando estaba con sus amigos. ¡Oh, ella la había observado convertir su pequeña nariz en una arruga mientras reía de algo que había dicho Zabini! O el sonido entrecortado que le recordó a un marranito cuando Malfoy susurró algo y tuvo un ataque de risa.
La propia Hermione no pudo evitar reír mientras veía al grupo sentarse con las cabezas juntas y susurrar. Honestamente le recordaban un poco a Harry, Ron y ella de una manera retorcidamente costosa y llena de verde; y eso le hizo extrañar terriblemente más a sus amigos.
Hermione se sintió sola y como una persona solitaria, guardó silencio. Voluntario o no, parecía que lo único que podía hacer en los últimos meses era observar en silencio, estudiar en silencio, comer en silencio y llorar en silencio.
Eligió el silencio sobre todo, porque cada broma o risa que intentaba nacer en su pecho, le recordaban a una Padma que reía con todos los dientes; cada cotilleo innecesario le evocaba a una Lavender que no volverían a tontear; cualquier luz fuerte dirigida a su rostro le recordaban a un Colin que nunca volvería a tomar fotos; cada llanto tenía que ser silencioso y ordenado o ella no podría salir de los recuerdos en la Mansión, escuchándose gritar, su alma fragmentada, sus huesos rotos... Y cada sonrisa secreta, le recordaría que estaba sola, sola para afrontarlo todo por su cuenta, porque Harry y Ron ya habían seguido adelante con su entrenamiento, sus padres seguían viviendo en Australia, dejándola sola en un mundo de recuerdos a los que nunca pensó enfrentarse.
Sola.
Y por eso tuvo mucho tiempo para observar en silencio a los Slytherin. Observó a Zabini arquear las cejas, a Malfoy susurrar algo y luego su rostro afilado se rompería en una sonrisa que iluminaba sus ojos fríos y a Parkinson que veía a sus dos amigos con adoración… ¿Qué mérito había en robar los momentos de felicidad de los otros? Pocos o muchos, ella necesitaba esas chispas secretas que no podía encender por sí misma. Observadora secreta de las personas menos impensables, se sentía curiosa y viva... Hasta que la descubrieron, entonces los tres se sentaron en silencio, sus rostros se enfriaron y ella se volvió a sentir sola.
Pero su fijación por los Slytherin no era algo que hubiese nacido de la noche a la mañana. No, todo empezó con Harry contándole que Parkinson apareció en su casa una noche y le pidió disculpas. Disculpas sinceras por todo: desde años de burlas, hasta su terrible juicio para entregarlo a Voldemort. Y Harry siendo Harry, la perdonó con todo el corazón… Y Hermione también lo hizo, porque ¿quién no estaría tan aterrado para hacer algo como lo que hizo? Ella olvidó a sus padres, Malfoy se volvió mortífago, Parkinson quiso entregar a Harry… En realidad, ninguno era tan distinto como pensaban.
—¡Maldita sea! —gritó alguien y Hermione brincó, parpadeando y mirando a su alrededor. Malfoy estaba pateando un muro de piedra donde antes hubo una puerta y Pansy arañaba un zapato que quedó del lado del aula—. ¡Estamos atrapados! —gritó Malfoy de nuevo y Hermione se estremeció por el tono desesperado.
Parkinson dejó de arañar las piedras y miró a su amigo con preocupación; Malfoy estaba dando vueltas de un lado a otro mientras arrojaba su túnica a un lado y empujaba su corbata. Tenía el rostro enrojecido y el cabello apelmazado mientras caminaba en círculos. Parkinson intentó detenerlo, pero Malfoy parecía un huracán que gritaba y se asfixiaba.
Entonces Hermione reaccionó: estaba teniendo un ataque de pánico.
—Malfoy… —intentó Hermione con suavidad. Parkinson estaba también transpirando mientras gritaba el nombre de su amigo—. Malfoy… —intentó de nuevo con mayor suavidad—. Tranquilízate.
—¡No me voy a tranquilizar! —gritó Malfoy mientras pateaba una mochila extraviada—. ¡Estamos atrapados! ¡Vamos a morir aquí! ¡Nadie nos buscará! ¡Nos dejaron aquí a propósito, Pansy! —gritó mientras empujaba la pared con el hombro—. ¡Todos escaparon, menos nosotros! ¡El maldito castillo por fin nos atrapó! —Pateó la pared de nuevo—. ¿Quién nos va a buscar?, ¿eh? ¡NADIE! ¡DEJARON AL MORTÍFAGO Y A LA QUE VENDIÓ A POTTER ENCERRADOS! —Con un puño, golpeó la pared hasta que los nudillos le sangraron—. ¿No te das cuenta? ¡Quieren que muramos aquí! ¡A NADIE LE IMPORTAMOS!
Parkinson gimió y se hizo un ovillo mientras arañaba la piedra con desesperación.
—No, no, no, no —susurraba la chica con lágrimas en los ojos—. No vamos a morir, no, no, no… Es mentira, alguien nos va a sacar, no nos van a dejar. No… no… no…
Hermione estaba estupefacta mirando a dos Slytherin, amos de la frialdad, descomponerse de esa manera. Algo en su corazón se retorció al pensar en lo que habrían vivido para sufrir un ataque de pánico por quedar en un aula sin puerta. Hogwarts no los mataría… ¿verdad?
Así que lo intentó de nuevo.
—Malfoy, ven aquí —Tenía que empezar con el más asustado de los dos. Su voz estaba ronca después de dos o tres días sin emitir una palabra, así que lo intentó de nuevo, con suavidad—. No pasa nada, no vamos a morir aquí. El castillo sólo encierra a las personas para que se lleven bien, es retorcido, lo sé, pero normalmente cuando las personas se relajan y hablan entre ellas, los deja ir. Vamos a tener que llevarnos bien para salir de aquí, pero no vamos a morir.
Vamos.
Dos pares de ojos giraron hacia ella.
—¿Granger? ¿Qué maldita sea haces aquí? —escupió Malfoy mirándola incrédulo. Entonces sus ojos se abrieron y exhaló medio aliviado, medio horrorizado—. Debe ser un error. ¿Cómo pudiste quedar atrapada aquí, con nosotros?
Hermione parpadeó y miró a uno y luego el otro. Incluso Parkinson lagrimeaba en silencio.
—Supongo que estaba esperando a que todos salieran para hacer lo propio —Se encogió de hombros—. No me apetecía pelear.
Parkinson parpadeó mientras Malfoy se dejaba caer en un pupitre, sus ataques de pánico bien olvidados.
—¿En serio no vamos a morir? —susurró con una voz diminuta Parkinson.
Hermione los miró y negó lentamente con la cabeza.
—No… —Bueno, era una probabilidad, pero una pequeña si lo resolvían con astucia. Malfoy no parecía convencido, así que ella lo intentó de nuevo—. No, no vamos a morir.
Parkinson se puso de pie en silencio y se enjuagó las lágrimas, mirándola con sus ojos verdes esmeraldas.
—¿Qué tenemos que hacer?
Bueno, esa era una muy buena pregunta. Quién sabe.
—¿Quizá hablar entre nosotros? ¿Intentar llevarnos bien?
Malfoy arqueó una ceja y la miró en silencio.
—¿Estás sugiriendo que una charla amena acompañada de té es la respuesta a una pared sólida? ¿Hablar sobre el clima?
Hermione se encogió de hombros.
—Es una posibilidad. Aunque el clima lo dejaría en segundo plano, no creo que al castillo le guste mucho eso.
—Oh por el amor de Salazar, ¿qué sigue? ¿Hacer un círculo y hablar de nuestras emociones como malditos Hufflepuff? —siseó Parkinson mientras daba vueltas por la sala—. Es una tontería.
—Hablas como si el castillo tuviera una conciencia, Granger —murmuró Malfoy mirándola a los ojos—. Estás chiflada.
—La guerra arruinó ese enorme cerebro —agregó Parkinson.
—El castillo ha estado arrojando personas por todos lados, encerrándolas, congelándolas, empujando a unos con otros —contestó Hermione y expuso la teoría que había estado cocinando por meses—, creo… No, afirmo, que el castillo tiene conciencia y está harto de ver rencillas sin sentido por todos lados —Parkinson y Malfoy la observaron en silencio, así que siguió explicando—. Entonces cuando dos o más personas quedan en uno de estos altercados, el castillo comienza a encerrarlos, dejarlos suspendidos o lo que sea, por todos lados, hasta que liman asperezas. Así que, si queremos salir de aquí, tenemos que llevarnos bien.
Bueno, dicho así, sí parecía una loca.
Parkinson y Malfoy intercambiaron una mirada; una conversación silenciosa en la que no era bienvenida, así que miró hacia otro lado. Quizá estaba equivocada… ¿Podrían llegar con un encantamiento de levitación al rosetón de colores? No parecía demasiado congelado o… inseguro.
—Los Slytherin no intercambian información por que sí. Buen intento —siseó Parkinson—. Y menos a alguien como… tú.
Hermione bufó y se dejó caer en una silla. Quizá levitar al rosetón congelado no sería mala idea.
¿Era su imaginación o la temperatura había descendido unos cuántos grados?
Agitó su varita, pero no pasó nada.
Habían pasado casi tres horas en un horrible silencio.
En serio, ¿porqué pensó que ellos podrían ser divertidos? Eran por lo menos, hoscos y desagradables y se comunicaban con puros siseos y muecas, como unas malditas serpientes. Casi deseó haber golpeado a todos con un hechizo punzante para haber escapado primero.
Y el gélido aire se había colado por alguna parte de ese cuarto de piedra que, según su perspectiva, había comenzado a volverse más pequeño… Eran cuarenta en ese salón, pero ahora no había ni diez pupitres, ¿en qué momento desaparecieron?
Temblando de frío, intentó convocar su famoso fuego enfrascado, pero no tuvo éxito. Los dedos le dolían y los dientes le castañeaban, pero apenas parpadeó sin perder de vista su proyecto. Estaba segura que si se daba la vuelta, se esfumaría.
—¿Moriremos de aburrimiento, congelados o emparedados? —preguntó Parkinson de repente, arrastrando las palabras—. No quiero asustarte Draco porque sé que eres claustrofóbico, pero el aula se hizo más pequeña.
Hermione los ignoró mientras arrastraba otra silla y la apilaba en precario equilibrio una sobre otra. Quizá podría escalar por ellas y luego escapar. A la mierda los Slytherins inútiles.
—Aburrido no estoy —dijo Malfoy quien seguía cada movimiento de Hermione—, estoy esperando ver con qué maravilla muggle nos sorprende Granger. Tal vez se descalabre antes de que muramos congelados.
Parkinson soltó una risita tonta.
Ambos chicos estaban sentados uno junto al otro sobre el único tapiz que no había desaparecido mientras la observaban arrastrar silla tras silla.
—Cinco galeones a que chillará horrible —dijo Parkinson.
—Que sean treinta a que no vuela.
—Cuarenta a que usa bragas de abuela.
—Cincuenta a que su cabello la salvará.
—Sesenta a que nos culparán de su asesinato.
—Cien galeones si es post mortem.
—¿Cómo te pagaré si ya estamos muertos? —chilló Parkinson con su carcajada boba.
—Volveré en fantasma para arruinar a los Gryffindors.
Hermione perdió el equilibrio y dio un giro innecesario. Como temía, las sillas desaparecieron cuando se dio la vuelta y el aula quedó prácticamente vacía.
Y eso fue todo. Todo era culpa de los tontos Slytherins, bien tenía razón la Ravenclaw de cuarto año.
—¡Son unos idiotas! —gritó fuera de sí—. Al menos yo estaba intentando hacer algo en vez de sentarme ahí y lucir bonita y decir tonterías sobre alguien que no ha hecho más que intentar ayudarlos a escapar —pateó la pared al más puro estilo Malfoy y luego se echó a llorar—. Voy a morir aquí —castañeó entre lágrimas y temblores—, voy a morir sola.
Se abrazó las rodillas y lloró sin importarle a los dos chicos que estaban misteriosamente callados. Sintió un ataque de histeria apoderarse de ella, pero en vez de empujarlo en su silencio y sonreír, lloró, arropando su dolor y todo lo que se había callado los últimos meses.
—Estoy sola, voy a morir sola y nadie lo sabrá. A nadie le importo —lloró con el corazón desesperado—. Ni siquiera sabrán que quedé atrapada con unos putos Slytherin que no hacen más que quejarse y ser inútiles. Voy a morir sola… Yo… yo me siento tan sola…
Siguió llorando hasta que no le quedaron más lágrimas y sus gritos se volvieron suaves suspiros resignados. Se abrazó más fuerte, pero no había consuelo en ello, no había seguridad, amistad, amor en un abrazo a sí misma. Sólo había silencio y soledad.
Tembló una vez más mientras sus ojos se cerraban, quizá moriría congelada antes que emparedada.
Sola, tan sola rodeada de tantas personas…
—Tengo claustrofobia porque V-v-voldemort me encerró en los calabozos después de que escaparon de la Mansión —dijo de pronto Malfoy—, no puedo dormir con la luz apagada y sufro un ataque de pánico tras otro y este maldito castillo no ha hecho otra cosa que aterrorizarme todo el año… —Hubo un silencio—. Y me siento tan jodidamente solo que me aterroriza que una puerta se cierre, porque puedo quedarme adentro y… y… a nadie le va a importar.
Hermione levantó la cabeza y miró a la pareja que estaban sentados uno al lado del otro y la miraban fijamente, parecían una especie de gemelos malignos, tan parecidos y tan distintos. Malfoy se encogió de hombros cuando sus miradas se conectaron.
—Y en mis pesadillas, están tus gritos en la Mansión, porque soy un cobarde y nunca pude ayudarte. Resulta que cada cosa que he creído de mi vida, está equivocada. Y… Y no creo que pueda nunca pedir disculpas que puedas aceptar.
La castaña se limpió las lágrimas, estupefacta.
—Yo no te odio —dijo a regañadientes Parkinson cuando Malfoy le dio un codazo—, pero ciertamente nadie nunca fui amable conmigo, así que no lo soy con nadie, no es tan personal. Además, eres presumida e insufrible, por eso no puedo soportarte...
Hermione soltó una risita y negó con la cabeza.
—Yo he perdonado todo hace mucho tiempo. Lo siento, también.
Malfoy y Parkinson la miraron confundidos.
—Siento todo lo que les pasó, si la mitad es cierta, no creo que sean unos cobardes, pero no todo mundo lo puede entender, sólo quienes pasaron por eso. Yo oblivié a mis padres —terminó Hermione con un encogimiento de hombros—. Ustedes hicieron cosas por su familia, yo por la mía, no somos tan distintos.
Parkinson se movió hacia un lado y acarició el centro del tapete.
—¿Qui…Quieres sentarte con nosotros?
Malfoy movió sus largas piernas a un lado y la miraron, expectantes.
—Si vamos a morir, podemos facilitar el trabajo dejando los cadáveres juntos —agregó Malfoy con una media sonrisa.
Hermione se había acomodado apenas entre ellos cuando hubo un estruendo y la pared explotó.
McGonagall estaba del otro lado y miró preocupada el espacio vacío. Su rostro se alivió cuando los encontró acurrucados en una esquina.
—¡Señorita Parkinson, Granger! ¡Señor Malfoy! —exclamó con alivio—. ¡Vengan, vengan! Hemos intentando romper esta pared durante muchas horas.
Hermione fue la primera en salir. Fuera, estaban todos los octavo año, desde Zabini y Nott, hasta el tal Eagle, sudorosos y con las varitas en alto, luciendo como si hubiesen tenido otra guerra contra los mortífagos, se veían terribles pero satisfechos cuando las tres cabezas se asomaron por el hueco de la pared.
—Desde que quedaron encerrados, todos los octavos han estado intentando romper el muro —explicó McGonagall con un gesto—. No hemos parado de lanzar hechizos hasta que por fin la pared cedió. Fue un gran trabajo conjunto de todas las casas y estoy muy orgullosa de ustedes. La unión hace la diferencia —Los felicitó la directora con una sonrisa.
—Granger —la llamó Parkinson cuando todos comenzaron a dispersarse, aferró su mochila un momento antes de sonreírle, sus ojos esmeralda brillaron—, ¿vienes a cenar, aunque no sea algo de vida y muerte?
Y de pronto, el castillo dejó de intentar asesinar a sus alumnos y un deshielo dio paso a la primavera y antes que se dieran cuenta, las vacaciones se podían acariciar, el fin de un ciclo escolar lleno de soledad y tristezas que fue borrado por hierba fresca y pájaros octavos ya habían acabado los ÉXTASIS y todos estaban en el lago negro disfrutando del casi fin del año escolar.
Todos, excepto Hermione.
Ella estaba en los pasillos de las mazmorras esperando a Pansy y los demás.
Si algo no pudo haber calculado en silencio Hermione durante las primeras semanas de melancolía, sería que para junio, ella tendría nuevos amigos, los más improbables, los más puntiagudos y elegantes esnobistas de la tierra, pero amigos, al fin y al cabo. Un día se sorprendió saliendo de su torre de Gryffindor para encontrar tres cabezas altivas esperándola.
Nadie entendió su amistad, o a nadie le importó, pero no fue de extrañar que la chica más importante de Gryffindor se hiciese amiga de los rechazados de Slytherin.
Nadie hizo gestos o muecas cuando la escucharon reír de nuevo: una risa estruendosa proveniente de un cotilleo que mostró todos sus dientes mientras alguien tomaba una foto y a Hermione no le importó.
Los demás supieron, con cierto alivio, que ella estaría bien.
La primera vez que Pansy la hizo reír, ella misma desconoció su risa, se sentía como algo que había hecho hacía siglos, algo que ni siquiera ya sabía si tenía la capacidad de emitir. Pero pronto descubrió que podía reír a carcajadas y llorar hasta caerse de su asiento. Descubrió que todavía podía sonreír sin que se viera forzado y gritar porque sí. Que de pronto, podía recuperar esos años que le arrebataron, que podía disfrutar sin sentirse culpable, pero también podía hacer gestos, encogerse y llorar y que al final del día, todo estaría bien.
Se descubrió corriendo por los pasillos como niña persiguiendo a Malfoy y riéndose de Zabini… se sintió como alguien normal y completa después de tantos meses de sólo caminar y dormir.
Había descubierto una catarsis en las personas más improbables, Malfoy era como la menta menta; fresco, picante y abría su corazón en una exhalación. Pansy en cambio, era como la canela; cálida, suave, picante pero asfixiante si no se tomaba con cuidado. Y juntos, Hermione descubrió, eran intoxicantes.
La pared de piedra se abrió y Pansy emergió con su hermoso jersey verde, llevaba el cabello un poco más largo que al inicio del año, pero se veía absolutamente preciosa y algo en el estómago de Hermione se revolvió.
—Te ves bien de borgoña, te dije que necesitabas enseñar esas piernas y más acompañada con esos aretes—saludó Pansy con una sonrisa—. ¿Vamos?
Hermione sonrió complacida porque no necesitaba las palabras. Hacía unas semanas, Pansy le había regalado unos aretes plateados que cambiaban de color según sus deseos más profundos. Hasta el momento, no había pasado de un ligero rosa a un suave verde y según la lista que venía incluida, no había nada que reflejase esos colores. ¿Quizá era verde por ensalada y rosa por los chicles que sus padres les prohibían comer?
—¿Y Malfoy? —preguntó Hermione mientras caminaba con Pansy, sus manos rozándose en el vaivén—. Pensé que bajaríamos todos juntos.
Pansy se detuvo y miró detenidamente a la castaña, su boca se torció y sus ojos brillaron con fuego. Después de regalarle los aretes, la chica se había mostrado malhumorada cuando preguntaba por Malfoy, lo cual era bastante extraño, ya que antes eran inseparables.
Quizá fue después de que Malfoy tocó sus aretes y sonrió con suficiencia cuando se pusieron verdes… no lo recordaba bien, estaba muy nerviosa por la cercanía del chico.
—¿Te gusta? —preguntó Pansy de pronto—. ¿Te gusta Malfoy? —preguntó de nuevo mientras sus ojos la perforaban.
Hermione tragó y se abrazó a sí misma.
—Es mi amigo…
—Sí y también Zabini, pero no preguntaste por él, ¿no?
—Zabini estaba en el lago con Neville —explicó Hermione—, los vi desde las ventanas…
Pansy entrecerró los ojos y suspiró.
—¿Te gusta Malfoy?
Hermione se mojó los labios y por primera vez, se preguntó eso. ¿Le gustaba Malfoy?
Pero se distrajo por la cercanía de Pansy, por su aroma a canela. Donde Malfoy olía a menta y romero, Pansy olía a manzana y canela y ambos olores eran igual de embriagantes para ella. Ciertamente no podía confiar en su olfato si ambos le gustaban siendo tan distintos, ¿cierto? Quizá sólo estaba… mezclando olores.
Pansy la observaba, se había acercado con sigilo y su nariz rozó la suya con suavidad. Su mano estaba en su cadera, apenas unos toques ligeros en la falda de su vestido borgoña.
—¿Te gusta Malfoy?
—Creo que… no lo sé —tragó con fuerza. Su aliento cálido la acarició mientras la veía inclinar su cabeza un poco hacia la derecha—. Me gusta cómo huele, pero también cómo lo haces tú —fue lo primero que se le ocurrió.
—¿Cuál te gusta más?
—No lo sé…
—Esta bien, ¿sabes? —susurró Pansy rozando sus labios con los suyos—. Que a mí sólo me guste la canela no quiere decir que a ti no pueden gustarte ambos… puedes tener ambos al mismo tiempo o… puede gustarte más la menta a veces y a veces la canela.
Sus dedos ligeros acariciaron sus aretes. Hermione cerró los ojos.
—¿Puedo tener la canela hoy?
—Puedes.
—Quizá mañana prefiera las bondades del romero y la menta.
—También puedes.
Hubo pasos en el pasillo y ambas se separaron, rompiendo el momento.
Se miraron con ojos brillantes y echaron a correr hacia el lago negro, olvidándose por un momento que tenían casi veinte años y un mundo nuevo al que enfrentarse dentro de muy poco.
Hermione se dejó caer entre Draco y Pansy quienes se secaban al sol después de una pelea en el lago negro. Draco había terminado parcialmente empapado mientras ellas apenas habían sufrido del frizz habitual de la humedad, idea de Hermione de colocarse un hechizo impermeable.
Pansy le pasó una manzana y Hermione la mordió para pasársela a Draco.
—Bonitos aretes, hoy son rosados y azules —dijo Draco acariciando su cuello mientras decía eso. Luego le dio una mordida a la manzana y se rio—. ¿Quién sabe qué signifique?
Quién habría pensado, hace unos meses, que compartirían su comida como si siempre hubiesen sido amigos.
Hermione cerró los ojos y aspiró con fuerza, buscando un olor predominante, no lo encontró.
A veces olía a canela y a veces a menta, y ambos olores eran exquisitos para ella en igual medida.
Estiró las piernas y los brazos y se relajó, feliz de estar entre dos personas que la aceptaban extrañamente con sus ataques de soledad y sus toneladas de libros. La amistad más improbable era la más deliciosa, sin duda alguna.
Pansy se estaba riendo de algo que dijo Draco del otro lado y Hermione se rio en consecuencia mientras escondía el rostro en el hombro del chico y su pierna rozaba los jeans de Pansy.
Sintió un dedo como pluma acariciar su meñique y ella se congeló mientras su dedo se entrelazaba con el de Pansy; cálido, suave y picante. Ella se quedó quieta mientras sus meñiques jugaban. Entonces estiró su otra mano tentativamente y tomó el meñique de Draco, quien envolvió el suyo de inmediato; más grande, más fuerte, refrescante.
Hermione cerró los ojos y sonrió.
Quizá tenía razón Pansy; a veces podía gustarle la calidez de la canela o lo refrescante de la menta, incluso podían gustarle al mismo tiempo creando combinaciones improbables y todo eso, estaba bien.
Como el castillo, ella sólo quería ver a las personas como personas, independiente si les gustara la canela, la menta, juntas o incluso ninguna.
Y es que a Hermione Granger le gustaba la canela y la menta, quizá al mismo tiempo, quizá por etapas, pero disfrutaba ambas por igual.
Especial gracias a Val. art 98 por este hermoso fanart (puedes apreciarlo como portada del fic o ¡mejor ve a su IG para verlo en todo su esplendor!).
Por favor, síguela en su IG como Val . art 98 , dibuja precioso y todo su arte es una joya que vale la pena apoyar y admirar.
¡Hola! Espero que te haya gusto, mucho amor para ti que leíste este pequeño intento de una nueva pareja.
Y recuerda, el amor es de colores.
Un beso,
Paola
