XX/XX/2018
Aún recuerdo esas palabras en destrozada cursiva y que por siempre guardo pegadas al corazón, esas que con fuego y sangre me hacen, para mi desgracia, recordar. Esa vivencia no se borra con nada, ni oraciones atienden, ciertamente tampoco lo hace esa mirada contemplativa, cuyo reflejo aún me recuerda el punto de esa travesía que llevó a estas manos a condenarse a sí mismas.
Tratamos sin éxito de escapar ese final. Al acabar, todo quedó en sonido blanco y en imágenes que se niegan a desaparecer, en lo que él pudo pensar, en lo que yo pude hacer mas no hice, en lo que tantos aquellos que observaron acabaron por hacer o decir.
Para dos amantes el rojo y el naranja no son buena combinación, todo acaba fundido en blanco marmóreo, los colores se disipan y las melodías tornan en sinsentidos e invitados inesperados que reverberan en la tumba de quien no puede morir aún si decide hacerlo. Actualmente, ninguno de los dos es capaz de reconocerse tras ese mentiroso cristal.
Somos solo siluetas que hacen ruido, trozos del pasado que no junta un pegamento, solo el alma masoquista que se dispone a recordar todos y cada uno de ellos y compartirlos con quién pueda compadecerse, o clamar su muerte a gritos o, de alguna manera, ambas cosas. Por ello mismo reproduzco hoy tras esa puerta invisible todo cuanto una vez pasó y todo cuanto una vez sentí.
Porque eso somos, fuimos y siempre seremos: niños perdidos en un camino de brasas, en un vasto océano, en un futuro consumido por el tiempo.
