De Iby
Para Zio
"Loco"
No miento cuando digo que me volvió loco tu forma de ser
De llamadas nocturnas e invitaciones locas
La distancia es una mierda.
Y no, él no se refería a la distancia que existía entre su cama y el enchufe para cargar su celular, tampoco de la distancia que existía entre su departamento y el mini mercado con nombre estadunidense que no recordaba. No, Iwaizumi Hajime se refería a la distancia que existía entre California, Estados Unidos y San Juan, Argentina.
Eran las jodida cuatro de la mañana cuando su celular comenzó a sonar a todo volumen por su habitación, pero vamos, Hajime duerme como si estuviera hibernando, por lo que no despertó hasta que una almohada se estampó en su cara con fuerza y logró escuchar un grito malhumorado.
—Damn, Hajime! It's fucking four in the morning! — gritó Dave, su compañero de piso, cerrando la puerta de su habitación de un portazo
El nipón espabiló por completo con aquel portazo, se sentó en la orilla de su cama y tomó su celular, que no paraba de sonar mientras vibraba; en la pantalla mostraba en letras blancas "Shittykawa" y una foto de cuando eran niños a la par que el coro de Don´t Stop Me Now de Queen se mezclaba con el sonido de las vibraciones.
Si, era un sentimental de mierda y no tenía escrúpulos para ocultarlo.
Contestó sin pensárselo mucho, poniendo el aparato sobre su oreja y apartándolo casi al instante debido a lo fuerte que se encontraba el volumen de la llamada;—¡Iwa-chan! ¡Qué bueno que contestas! — le recibió una sarcástica voz —¡Te llamé como diez veces, Iwaizumi, ya era hora de que lo hicieras! — aquel fue el típico tono caprichoso que utilizaba el castaño
Hajime suspiró, pasándose una mano por la cara para que luego esta llegue a pasarse por sus desordenados cabellos, soltando un segundo suspiro cuando su mano descendió hasta su muslo derecho.
—Oikawa, imbécil, son las cuatro de la mañana. — masculló con la voz ronca —¿Sucedió algo? — inquirió
Tal vez aún estaba un poco dormido, pero, ¿era su imaginación o escuchó un suspiro soñador al otro lado de la línea? Decidió ignorar la sensación de ilusión que se formó en su pecho debido a ese pensamiento.
—Yo… — silencio —Bueno, yo… — carraspeó —"Joder. Dios, ¿Por qué tuviste que ponérmela tan difícil?" — murmuró en español
—Habla en japones, Kusokawa, no te entiendo. — comenzaba a fastidiarse
—Si, si — volvió al idioma natal de ambos —Yo llamaba para comentarte algo, ¿te desperté? —
—Mas bien despertaste a Dave. —
—Mmm, ya. —
Hajime se acomodó sobre su cama, sentándose por completo en ella y apoyando la espalda sobre una almohada que posicionó contra la pared. Se frotó la cara unas cuantas veces para no volver a dormirse y volvió a hablar.
—¿A qué viene ese tono tan cortante? ¿Vas a hablar o no? —
—¡Apenas te despiertas y ya me andas insultando! — se quejó
—Eso podría resolverse fácil; no me llames a las cuatro de la mañana y listo. — soltó un bostezo
—Iwa-chan, — esta vez sonaba más tranquilo —Puedes ir a dormir si quieres, ayer tuviste practica hasta tarde, ¿verdad? Puedo llamarte más tarde si quieres y… —
—No. — eso sonó muy desesperado para su gusto —Ya me he despertado y ya estamos aquí. Cuéntame. —
—No quiero incomodar a tus compañeros de piso... — se oía indeciso, ¿acaso le estaba ocultando algo?
—Llamaste para algo, ¿o no? Solo dilo, Dave ya volvió a dormir y Tommy nunca se despertó; creo que ni siquiera llegó anoche. —
—"Okey, aquí voy… si algo sale mal, será tu culpa Martín" —
No tenía fuerzas suficientes para pedirle que hable en japonés —¿Qué? —
—Iwa-chan, ¿quieres venir a pasar las vacaciones de invierno aquí? — silencio —¡Digo! Mis vacaciones de invierno, para ti seria verano. —
—¿Quieres que vaya en verano a San Juan? — preguntó —¿Para eso me llamaste a las cuatro de la mañana? —
—invierno, Iwa-chan, aquí seria invierno. — recalcó —Y… no sé, se me ocurrió. Ha pasado un montón desde que no nos vemos la cara, de manera literal. La última vez fue hace dos años, si no me equivoco, cuando fui a California por un trimestre. —
—Lo sé, lo recuerdo — los mejores (aunque también peores si se lo ponía a analizar bien) tres meses de su vida —Pero, ¿a qué viene todo esto? No digo que no me agrade la idea, solo que es muy repentina, ¿pasó algo? —
—Ay, Iwa-chan, siempre tan atento conmigo. —
—Cállate, solo quiero asegurarme de que no esté hablando con algún criminal en fuga y me viera envuelto por tu culpa. —
—¡Pero…! ¡Soy incapaz de hacerle daño a nadie! —
—Ajá —
—¡Dime una, solo una persona, Iwaizumi, a la cual le quiera hacer daño! — dijo con tono juguetón y de reproche falso
—Ushi-
—¡Ni se te ocurra decir ese nombre! —
—…jima Wakatoshi. —
Colgó e Iwaizumi largó una carcajada ante el gesto infantil.
Aprovechó el arrebato para ir al baño y levantarse debidamente; se dio una ducha super rápida para espabilarse, la cual duró como cinco minutos, hizo sus necesidades y salió con una toalla rodeando su cintura. Miró el reloj y vio que faltaban solo dos minutos para que el simplón de su mejor amigo volviera a llamarle.
Oikawa Tooru no era una persona predecible, no lo era en lo absoluto. Sin embargo, Hajime lo conocía como la palma de su mano, y obviamente no era la primera vez que le cortaba una llamada o dejaba de responderle los mensajes por un arrebato infantil. Y siempre se tardaba diez minutos en volver a hablarle, algunas veces más y algunas veces un poco menos —pero siempre lo hacía.
Su celular volvió a vibrar y esta vez contestó a la primera, Oikawa le hizo un pequeño drama por mencionar a Ushijima y luego pasó a contarle algunas cosas sobre Argentina y él mismo. Le hablaba mucho de sus compañeros de equipo, de cómo se llevaban de maravilla y sobre cómo le sorprendía cada día más la cultura latinoamericana y lo cálidos que podían llegar a ser los latinos con extranjeros.
Y por un momento, Iwaizumi Hajime sonrió con ganas cuando Oikawa le habló sobre un partido de practica que habían tenido a primera hora de la mañana, –¿Quién se levantaba a las 4:30 de la mañana para tener un partido de vóley a las 5? En Argentina estaban locos– y sobre como el equipo contrario quedó impresionado con sus servicios.
—… Y ya sabes Iwa-chan, soy genial y toda la cosa, pero jamás creí que en el occidente me tengan tan en cuenta. Me doy cuenta de que aquí no son nada estúpidos; aprecian mi esfuerzo y mi amor al deporte. ¡Creo que incluso los impulsan más! —
Sin embargo, no volvió a mencionar la propuesta de ir a pasar el receso de invierno con el e Iwaizumi tampoco iba a mencionarlo. No quería sonar como alguna de esas locas fans que ahora sabía que estaban regadas por el mundo que buscaban ver a Oikawa.
No, no era como esas chicas. Ni lo seria.
Él era secretamente el mayor fan del castaño, pero no se lo diría en cara ni siquiera el día en que escuche trompetas en el cielo. Lo admiraba demasiado y el cariño que sentía por Tooru era inmenso. Por lo que no le fue difícil darse cuenta de que ese cariño ya no podía catalogarse como amistoso e incluso fraternal como creyó en un principio.
Y esa era otra razón por la cual odiaba la maldita distancia que los separaba.
Hajime nunca sería capaz de intentar algo con Tooru.
No, eso ni muerto.
Sabía que él lo veía como su mejor amigo, su compañero, su amigo de infancia. Sabía que el vínculo que lo unía con Oikawa no era de ese tipo, ni lo seria. Porque a Tooru le gustaban las chicas, le encantaban de hecho y la prueba de ello era el simple hecho de que había tenido un centenar de novias durante la escuela media, la secundaria y también en la preparatoria; una más bonita que la otra.
Y no es que Hajime haya pasado la mitad de su adolescencia guardándose sus sentimientos bajo llave, no es como si se hubiera muerto de celos en más de una ocasión cuando su mejor amigo le hablaba de su nuevo enamoramiento y tampoco es como si hubiera sufrido en silencio cuando presenciaba una muestra de afecto por parte de la conquista de turno. —Por supuesto que no.
Por eso odiaba la distancia; porque jamás sería capaz de intentar algo con su mejor amigo, así que le bastaba mantenerse a su lado.
Soltó un suspiro que le supo amargo. Oikawa se había despedido hace apenas unos segundos y había colgado la llamada en ese instante, y la sensación de vacío (pero a la vez de satisfacción) que le venía cuando eso sucedía había comenzado. Quería echarse a llorar por alguna razón y también quería saltar o correr, ni siquiera el entendía por qué se emocionaba tanto por algo como eso.
—Hey, Haji, have you stopped talking to your dumb boyfriend? — la puerta de su habitación se abrió y por ella apareció Dave, ya con un mejor humor —Or did they end? —
"Oye, Haji, ¿ya dejaste de hablar con tu tonto novio? ¿O acaso terminaron?"
Lo sabía, sabía que Dave le había dicho eso. Así como también sabía que no se refería a "terminar" de buena forma.
Su cerebro lo entendió, pero no tenía suficiente fuerza como para pensar una respuesta en ingles que lo contente o para siquiera hablar. No quería moverse, estaba tan cansado. Había dormido pocas horas durante la semana y su sueño de sábado se vio interrumpido por su mejor amigo. Miró el reloj y soltó un quejido; eran las 6:30.
—Dave don't bother Hajime so early please — interrumpió otra voz, más quejumbrosa y débil abogando por la paz
—Come on, Tommy! He didn't even deny it. — comentó con un tono juguetón y Hajime resopló porque tenía razón; no lo había negado —Also, what are these hours of arriving at the house, young man? — preguntó dónde había estado indirectamente con una sonrisa sugerente —¿Sammy? — si no mal recordaba era el nombre de la novia de su otro compañero
—For the love of God, shut your mouths both of you — masculló Hajime mientras se levantaba de la cama
—Oops! It seems that someone does not receive their good morning kiss from Tooru — se mofó Dave
—Dave, stop — advirtió Tommy al ver el rostro que puso Iwaizumi —It's 6 am —
Iwaizumi se levantó de la cama y con un gruñido apartó a sus compañeros de la puerta, avanzó hasta la cocina y se preparó el desayuno mientras en su mente bailaba la posibilidad de tomarse unas semanas para volver a ver a aquel chico que, —aunque no quiera admitirlo—, tanto amaba
De recuerdos bochornosos y amor adolescente
Recuerda perfectamente el día en que se dio cuenta de sus sentimientos, no podría olvidarlo después de todo, por más que quisiera hacerlo.
En aquel entonces tenía dieciséis años y la vida parecía sonreírle de una manera espectacular; su segundo año de preparatoria estaba comenzando, estaba en pleno apogeo de la juventud, tenía dos amigos más en quienes confiar y tenía una nueva oportunidad para ir a las naciones junto con su equipo. Y estaba seguro de que lo iban a lograr.
Sin embargo, sucedió un hecho que lo marcó para siempre y le hizo dar cuenta de sus sentimientos por el castaño. Y no fue de una manera tranquilizadora, calmada y pacífica, no. Fue más bien como cuando te golpeas con la pared por andar viendo tu celular; un golpe certero, vergonzoso y estúpido. —Porque esa pared siempre estuvo ahí, en tu camino, frente a ti, pero tu andabas tan distraído con otra cosa que jamás lo descubriste y te tocó hacerlo de la manera más brusca y chocante posible.
—¡Iwaizumi-kun, me gustas demasiado! —
Qué.
¿Qué?
¿¡QUÉ!?
—Disculpa, ¿qué? — fue todo lo que atinó a decir
Estaba en blanco.
Jamás creyó que este tipo de situaciones le pasarían a él, siempre creyó que nadie nunca le prestaba atención, que no tenía ninguna admiradora, que ninguna chica se fijaría en el más que como "El tipo que siempre anda con Oikawa-san"
—Hm, yo… — la joven desvió la mirada, tenía un sonrojo en las mejillas y jugueteaba con sus manos en un gesto nervioso —Me gustas, Iwaizumi-kun. No como amigos sino más bien… — no, que no se atreva a decirlo —Como pareja. —
Y sus ojos se abrieron de manera desmenuzada, su cabeza comenzó a dar vueltas y su cerebro decidido tomarse vacaciones momentáneas.
¿Que el qué a ella? ¿Que ella qué de él?
Dios, no procesaba tan rápido, necesitaba salir de ahí antes de quedar como un imbécil. Seguro que ya estaba viéndose como uno con esa expresión sorprendida; sus labios curveados en una "o" sus brazos a los costados de su cuerpo como su sirvieran y sus ojos tan abiertos como les era permitido.
¿Qué le digo? ¿Qué le digo?
—Yo… eh… —
¡Vamos, Hajime, dile algo!
—Gracias, esto… ¿Cuál es tu nombre? — vio los ojos de la chica llenarse de lagrimas
¡No, eso no! ¡Hajime imbécil, ya la hiciste llorar!
—Haruno Mai… — pronunció en un susurro
Era una chica muy bonita. Tenía los ojos castaño claro, grandes y bonitos, el cabello negro ondulado hasta los hombros, la tez blanca de porcelana y unas cuantas pecas pintaban su rostro como miles de pequeñas estrellas. Se veía encantadora, aunque también demasiado flaca, ¿estaría comiendo bien? Pareciera como si el viento fuera a lastimarla.
Y, sin embargo, su mente no podía dejar de pensar en una persona.
¿Cómo sería si el estuviera ahí, con las mejillas sonrojadas y la mirada baja, confesándole su amor? Su corazón martilló en el pecho con tanta fuerza de solo imaginarlo y sintió como si su estómago se contrajera de repente. Le encantaría ver esa mirada achocolatada mirándolo justo como esa chica lo estaba haciendo, con adoración, con cariño, con amor y no uno amistoso como debería de ser. Aunque, conociéndolo, no se lo diría tan de frente, lo besaría o le tiraría una indirecta que seguro el entendería y esa idea solo hizo que su estómago cosquillee y que sus mejillas se sonrojen.
Se imaginaba que los labios de Oikawa seria suaves y carnosos, experimentados y deliciosos ante el tacto. Totalmente apetecibles. Se imaginaba como sus bocas hallarían la manera de amoldarse y como sus manos lo tomarían de la cintura para ir dejando suaves caricias sobre su cadera. Se imaginaba como le llamaría por ese tonto apodo infantil cuando la situación se les vaya de las manos y- madre mía, ¿Por qué estaba pensando en eso cuando una linda chica le había declarado su amor?
—Lo siento, Haruno-san, estoy interesado en alguien más. —
Las palabras salieron por su boca antes de siquiera darse cuenta de que las estaba diciendo.
¿Interesado en alguien más? ¿En quién? Y entonces la verdad cayó sobre sus ojos con demasiada fuerza. De Oikawa Tooru, él estaba enamorado de Oikawa. ¡Santa mierda, estaba enamorado de su mejor amigo! No. No. No. No.
Esto no podía estar pasándole, no él.
—Lo entiendo, Iwaizumi-kun. Ni siquiera me conocías, era de esperarse algo como esto. — ella le regaló una reverencia media y la vio temblar, sin embargo, no fue capaz de decirle nada porque estaba completamente entumecido, ¿en serio le gustaba su amigo de infancia? —Espero que ella note lo buen chico que eres y corresponda tus sentimientos. Si me disculpas, me retiro. —
Y fue ahí que una segunda realidad cayó sobre él; Oikawa era un chico, un chico al igual que él. A Iwaizumi le gustaba otro chico. ¿era gay? ¿siempre lo fue? ¿sentía atracción de ese tipo con Tooru? ¿le gustaría hacer cosas sucias con él? ¡Él ni siquiera entendía por completo como funcionaban las relaciones "normales", mucho menos cómo funcionaba una entre dos hombres!
Mierda, necesitaba un miso ramen con urgencia.
De corazones rotos y como arreglarlos
Iwaizumi Hajime se hallaba en esos momentos de su vida en los cuales no sabe qué hacer.
Y es que él nunca había sufrido por amor, como tal. Vale, que le gustaba su mejor amigo y que este era terriblemente hetero, que no tenía ni una sola oportunidad con él y que lo veía todos los días coquetear con sus admiradoras. Y por más estúpido o falso que suene, aquellas cosas ya no le dolían tanto como en un principio, —ya lo tenía asimilado.
Tampoco nunca había perdido a un familiar cercano como tal; sus padres eran divorciados y pasaba los fines de semana con su madre y el resto de los días con su padre. Ninguna de las dos familias se entrometía lo suficiente y en cierta forma, ni siquiera tenía gran apego a sus padres; por muy inhumano que suene.
Por lo que esta situación superaba sus límites de entendimiento con creces.
Tooru se había escapado de su casa a las cuatro de la mañana y había corrido las tres calles que los separaban —cabe resaltar, cuesta arriba, descalzo y en pijama. Eso sin mencionar que la madrugada estaba mucho más fría de lo que aparentó en la noche.
Su cabello castaño estaba alborotado, los risos aplastados apuntaban a todos lados, bajo sus ojos había unas ojeras lamentables que seguro serian difíciles de ocultar... Sus ojos; rojos, vacíos, idos, como si Tooru Oikawa no estuviera presente en esos momentos frente a su ventana (venga a saber Dios como se las arregló para escalar el árbol que de pubertos usaban para escapar) estaba sudado, transpiraba y parecía no querer hablar de nada.
—¿Tooru…? ¿Qué demonios…? — abrió la ventana, y Oikawa entró por ella trastabillando —Tooru, mírame, joder — comenzaba a preocuparse, Oikawa no hablaba, no lo miraba, solo estaba ahí —¡Tooru! —
Levantó la cabeza ante ese llamado, sus ojos desorbitados se enfocaron en los suyos, lo vio tragar grueso, morderse el labio inferior y percibió el temblor de sus piernas. Esto solo podía significar una cosa y no le agradaba lo que su sexto sentido le estaba indicando.
—Iwa-chan… — murmuró con la voz rota —¡Ah! — gritó ahogadamente
Y se lanzó a abrazarlo con fuerza, Hajime solo atino a rodearlo con los brazos mientras el chico lloraba contra su pecho como un niño pequeño, acurrucándose en el como si fuera el seno materno que le provocaba sentido de protección y calidez. Con la diferencia que Tooru nunca vio a Iwaizumi como una madre o un padre ni lo haría, pero aquella protección que sentía con él era real, probablemente lo más real que tenía en su vida.
Con cada sollozo el corazón del mayor se rompía más y más, con cada grito ahogado, con cada tirón de la camiseta de tirantes que usaba para dormir, con cada lagrima y grito de dolor ahogado en su pecho, sentía como sus fuerzas flaqueaban más y más, mermando la fuerza que francamente ni él sabía de donde sacaba para no caer al suelo y llorar con él.
Lo entendía, Iwaizumi no era tonto y lo entendía.
La abuela de Tooru había partido, finalmente.
Conocía a la mujer, claro que la conocía. Era una mujer mayor, sumamente cariñosa y divertida que padecía de varias complicaciones de salud, razón por la cual vivía con su hijo, léase también, el padre de Tooru. Había criado a Oikawa con mucho cariño, debido a que los padres de este trabajaban en el hospital en diferentes guardias como los doctores renombrados que eran y su hermana en aquella época estaba en el extranjero estudiando, la mujer le había enseñado las cosas más básicas y amaba a su nieto más que a su propia vida.
Eran muy apegados, demasiado.
Hajime la recordaba, la mujer también le tenía un gran aprecio a él; era el primer amigo que su nieto hizo, aquel que siempre lo cuidaba y acompañaba. En más de una ocasión le toco recibir un regaño con Tooru por parte de la abuela, sin embargo, fueron más las ocasiones en las que compartieron una merienda hecha por ella luego de un largo día de juegos en el parque.
Era como la abuela que no llegó a conocer.
Su salud comenzó a deteriorarse con el tiempo mucho más que antes, y la mujer había partido de este mundo hace apenas unos minutos, dejando desconsolado a su nieto de dieciocho años, el cual ahora lloraba en los brazos de Hajime cual criatura que acaba de llegar al mundo.
—Mi abuela, Hajime, mi abuela… — era todo lo que repetía entre sollozos
Oikawa e Iwaizumi tenían el pacto de llamarse por sus nombres de pila solo en situaciones peculiares, solo cuando era necesario, cuando estaban preocupados o agobiados, cuando estaban felices y llenos de vibrante dicha. Era un pacto no dicho, pero que ambos lo conocían, como esas cosas que uno intuye cuando la conexión con el otro es demasiado fuerte.
Y el pobre corazón de Hajime ya no sabía qué hacer con tanta tristeza que sentía.
Se dedicaba a dejarle suaves masajes en la espalda, mientras miraba la ventana o cualquier punto de la habitación en un intento de no terminar llorando como su mejor amigo, el cual se sostenía a su pijama como si la vida le dependiera de ello, empapándolo de lágrimas y mocos y dejando como marca personal aquellos gritos de dolor que se ahogaban en la tela y se perdían en el pecho del chico, enviando vibraciones a todas partes de su cuerpo y rompiendo cada vez más su corazón.
Fueron los treinta minutos más largos de sus vidas. Cuando por fin Oikawa se calmó (o en todo caso se secó) continúo abrazando a Iwaizumi con fuerza, escondiendo su cara esta vez en el hueco de su cuello, haciéndole cosquillas con su respiración (esta vez más pausada) al chico.
E Iwaizumi sigue sin saber de dónde sacó la fuerza necesaria para separarlo y tomarlo por los hombros, mirándole directo a los ojos sin llorar en el proceso.
—Todo va a estar bien, Tooru —
Vio que su mueca se descompuso —¿Estarás aquí para mí? —
Volvió a abrazarlo, esta vez siendo él el que enterraba su cara en el cuello del otro —Siempre. — murmuró contra su piel
Aquella noche se volvieron uno solo, sin necesidad de un acto sexual o uno de amor. Se volvieron misma carne, mismo hueso, se fundieron el uno con el otro, se metieron bajo la piel del otro en un carrusel de sentimientos tristes y reconfortantes como nunca antes en la vida.
Teniendo como único testigo a la luna, que los miraba desde lo alto del cielo, por el hueco que dejaba una ventana abierta de par en par.
De recuerdos de la infancia y momentos irreales
Oikawa siempre había sido un niño solitario, aunque no lo parezca.
De niño tenía una apariencia mucho más delicada a la que tenía actualmente y lloraba con más frecuencia lo cual lo hacía inevitablemente ser el foco de burlas de los demás niños, quienes cruelmente se burlaban de su manera de ser tan pura y simplona, tan dulce y delicada, con la inocencia de un niño que antes de aquellas burlas era más feliz que nadie.
Hasta que conoció a Iwaizumi Hajime y su mundo dio un giro de trescientos sesenta grados.
Ninguno lo recuerda con exactitud, sin embargo, es Hajime quien tiene más recuerdos de la infancia, esto debido a que en aquella época todo le era más simple, todo le divertía, no tenía que pasar los fines de semana con su madre ni el resto de la semana con su padre, por separado, tampoco tenía que escuchar discusiones que no entendía ni hablar con adultos trajeados que le preguntaban quien lo trataba mejor; si su madre o su padre.
El chico había aprendido bastante joven a atesorar los momentos más felices de su vida.
Se suponía que era un día normal, pero en algún punto mientras paseaba por su calle con la bicicleta se topó con un niño que jugaba en la acera de su casa. No sabía a qué estaba jugando, pero no se veía muy divertido; el chico tenía una expresión de soslayo que hizo que su corazón se encogiera. No recuerda exactamente en qué momento fue que paró de pedalear y se acercó a entablar conversación con él, tampoco recuerda de que hablaron o si se llevaron bien desde el primer saludo.
Su siguiente recuerdo es de ambos montando su bicicleta que, por obras del destino tenía dos asientos, y de ambos cayendo al duro pavimento.
Hajime recuerda con exactitud ese momento en que las risas se volvieron un silencio sepulcral por lo que pareció una eternidad (en realidad fueron cinco segundos) antes de que, en el suelo y con las rodillas sangrando Tooru comenzara a llorar como si su vida dependiera de ello. Iwaizumi siempre había sido un niño travieso, acostumbraba escalar árboles, perseguir escarabajos, ensuciarse con la tierra y mojarse con la lluvia. Así que una raspadura o dos no le hacían derramar lágrimas, estaba acostumbrado a dicho dolor, pero al parecer, su nuevo amigo no.
—Hey, no llores… — dijo mientras se paraba e iba junto a él —¿Acaso te duele mucho? — preguntó
Oikawa hipaba, ocultando su rostro con las manos mientras lloraba desconsoladamente tirado en el asfalto como si fuera un muerto. Iwaizumi comenzaba a perder la paciencia, él nunca había llorado tanto y nunca había conocido a alguien que si lo hiciera. ¡Tenía ocho años, por Dios! Era todo un niño grande, llorar era para débiles y para las niñas, quienes, si le preguntaban, no eran para nada débiles. Pregúntenle a su padre, que siempre lucia arañazos por la espalda o moretones en los brazos y que siempre se excusaba con que se los había hecho su madre cuando se enojaba con él por no lavar los platos.
—Hey… — dijo esta vez con un tono más duro —No llores, no duele tanto, ¿o sí? ¡Mírame! Tengo las mismas heridas y estoy fresco como una lechuga. —
—Es que… — poco a poco fue bajando sus manos del rostro —Iwa-chan es fuerte, por supuesto que no le duele. —
—¿Qué con ese apodo? — le dijo entonces
—… Es bonito… — alzó sus hombros restándole importancia, luego hipó nuevamente
—Bien, hagamos algo. — propuso, esta vez con un tono más calmado —Te dejaré llamarme así, si dejas de llorar. ¿Qué te parece? —
—¡¿En serio?! — los ojos rojizos por el llanto brillaron —¿¡Serias mi amigo, Iwa-chan!? — preguntó mientras se secaba las lágrimas con rapidez
—Por supuesto. ¿Tú quieres ser el mío? — pregunto mientras le tendía la mano
—¡Claro! — le tomó de la mano y se levantó del suelo —Pero… aun me duele mucho, Iwa-chan… — las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos nuevamente
—¡No llores! — se alarmó el otro —Si lloras te diré Shittykawa. — amenazó
—¡Un apodo! — aplaudió ilusionado
—¡No es uno bueno, tonto! —
—¡No me digas tonto, tonto! — le gritó
—¡Y a mí no me digas tonto por decirte tonto, tonto! — le gritó de vuelta
—¡Iwa-chan que grosero eres! — chilló
—Llorón. — le acusó
—Insensible. — le acusó igualmente el otro
—Al menos no lloro por caerme. —
—Al menos no provoco que otros niños se caigan de una bici. —
—¡Eso fue tu culpa, Kusokawa! —
—¡Iwa-chan, que cruel! — lloriqueó falsamente —¡Tu estabas conduciendo, es tu culpa por ser un conductor irresponsable! —
—¡Y tú eres un pésimo copiloto! —
—¡Mentira! ¡Te daba apoyo moral! —
—¡Cantar canciones en un pésimo ingles no es apoyo moral, es romperme los tímpanos! — le espetó
—¡No te metas con ABA maldito Iwa-chan! — le apuntó con un dedo
—¿Y eso que diantres es? Suena estúpido. —
—¡Retira lo dicho! — bramó con pose dramática
Hajime realmente no recuerda el resto de la discusión, en verdad que no.
Sin embargo, aquella primera discusión terminó cuando la madre de Oikawa llegó del hospital y vio a su hijo menor discutir acaloradamente con otro niño en la acera de su casa (en algún punto, luego de que varios autos les tocaron el claxon decidieron tomar la bicicleta y continuar su pelea en la acera) mientras se jalaban de los pelos como si fueran niñas.
Aunque más que una pelea, a ella le pareció el comienzo de una gran amistad, pues lo último que escucho antes de separarlos fue…
—¡Iwa-chan mi perfecto cabello no! ¡Suelta! ¡Suelta! —
—¡Tu suelta primero, Kusokawa! —
—¡Jamás! ¡Suelta tú! —
Por alguna razón, ese niño que pronto conocería, ya le había traído una especie de alegría a su Tooru, quien pasó de no hablar con nadie a estarse jalando del cuello cabelludo con las rodillas ensangrentadas mientras chilla por su cabello con un niño que hacía igualmente lo mismo.
Definitivamente, Tooru no tenía miedo de ser él mismo con ese niño, a pesar de que se conocían de hace apenas unas horas y a su madre, ese pensamiento no pudo más que agradarle.
De viajes locos y reencuentros en el extranjero
En verdad que aún no entendía muchas cosas sobre sí mismo, en serio que no.
Podría tener casi veintisiete años, pero Hajime Iwaizumi seguía sin entender cómo es que Oikawa Tooru tenía tanto efecto en él. Y eso le traía sin cuidado, no es como si fuera capaz de hacer cosas locas; como viajar 8127 km desde California hasta San Juan para pasar unas escasas dos semanas en compañía del chico. —Por supuesto que no.
Las escaleras mecánicas le parecían la mejor opción, así que las tomó mientras sostenía una única maleta mediana que había llevado consigo en el avión. Vestía algo básico como para estárselo pensando por varias horas como un imbécil ante las burlas de Dave y alguno que otro consejo de Tommy. Unos pantalones negros rectos y cómodos, una camiseta de tirantes blanca y una chaqueta de cuero también negra con la cual se había cubierto del frio aire acondicionado del avión.
Lo divisó enseguida, tenía un enorme cartel blanco con letras negras y llenas de glitter que rezaban "Welcome to Argentina, Iwa-chan" debajo de esa frase estaban dibujados muy terriblemente un alienígena y lo que supuso era un mini godzilla, agarrados de las (¿patas? ¿manos?) llenos de brillantina.
Y tan rápido como la vergüenza lo atacó, su corazón dio un vuelco y su interior tembló con fuerza ante lo tierno del gesto.
Parecía que por alguna razón su cuerpo comenzó a caminar más rápido hasta llegar al castaño a quien una vez tuvo en frente se lanzó a abrazarlo como si no estuvieran en medio de un aeropuerto internacional con millones de personas que podrían juzgar una muestra tan abierta de afecto.
Pero su mente le recordó que no estaba en Japón y que, según Oikawa, los latinoamericanos eran muy cariñosos entre sí y las muestras de afecto publicas era pan de cada día una vez que uno salía a la calle. —Así que se permitió rodear el torso de Tooru y descansar la quijada en su hombro, sintiendo los latinos desenfrenados de ambos corazones.
No entendía muy bien como funcionaban sus sentimientos, solo sabía que de repente todo olía a Tooru, su cuerpo entero se tensó y tranquilizó ante el descubrimiento y el corazón le tamborileó el pecho con más fuerza. Casi podría asegurar que, si se separaban ahora sus piernas no iban a apoyarlo como el imbécil enamorado que era, como el desastre enamorado que había sido cautivado por Oikawa Tooru.
Realmente no se habían visto en años, lo había extrañado tanto, cada partícula de su cuerpo lo había extrañado con demasía, una más que la otra. Lo había extrañado tanto durante tanto tiempo que incluso parecía irreal estarlo abrazando ahora mismo, pero era real, muy real. Su tacto, su calidez, la manera con la que le acariciaba la espalda con las puntas de los dedos y como sollozaba como el idiota sentimental que era le comprobaban que aquel que ama esta verdaderamente junto a él y- Ew, eso sonaba asquerosamente romántico.
Ni que estuviera disfrutando tanto de un simple abrazo.
Hizo un gesto de desagrado con la mandíbula y su ceño se frunció considerablemente debido al rumbo que estaban tomando sus pensamientos y su pobre corazón enamorado que cada vez latía más rápido pues el maldito abrazo no terminaba nunca y demasiado tacto luego de tanto tiempo podría provocar otro tipo de reacciones que no podría controlar si es que se daban a lugar —E Iwaizumi moriría de vergüenza si eso llegara a suceder.
Estúpido Oikawa, esa mierda era su culpa y aun así tenía que sufrirla él.
Se separaron luego de diez largos minutos, aun podía sentir las mejillas rojas debido al frio (obvio que no era debido a sus pensamientos y al hecho de que su interés romántico desde los dieciséis le hubiera abrazado por tanto tiempo luego de no verse por casi dos años) por lo que rápidamente se ocupó de tomar la asta de su maleta para ocultar su rostro y que Tooru no piense cosas raras.
—¡Iwa-chan, estoy tan feliz en serio! — le dijo con emoción el castaño mientras con sus dedos empujaba los lentes por el puente de su nariz —Hay tantas cosas que quiero que hagamos. ¡Y para más, podremos pasar mi cumpleaños juntos! —
Cierto. Ese día era el sábado diez de julio, sus vacaciones terminarían el sábado veinticuatro de julio, lo cual le dejaba con dos semanas (y medio día si contaban hoy) de vacaciones en Argentina. Obviamente habían planeado ese encuentro para aprovechar el receso de invierno y el cumpleaños de Tooru, era como si los astros se hubieran alineado para que todo fuera perfecto.
—Sí, será divertido. — dijo sin mas
Levantó la cabeza y divisó a Oikawa sonreírle con sinceridad y aprecio, tanto así que parecía que estuviera brillando pura y exclusivamente para él. Su corazón emprendió marcha nuevamente mientras su mente le gritara que dejara de verse como un idiota enamorado —aunque ciertamente lo era.
Entonces el más alto se sacó la bufanda que llevaba, esta se veía de croché, color gris espeso y con bordados de rostros de alíes verdes y de grandes ojos negros como estampado. Era una bufanda horrorosa, si se lo preguntaban, pero como era de esperarse, Tooru lucia condenadamente adorable en ella, con un gorro a juego y unos pantalones negros abrigados también a juego con una cazadora negra y realmente ancha con el mismo estampado que la bufanda.
Se veía como un friki con esa vestimenta a juego y sus lentes sobresaliendo de la gorra sin olvidar la maraña de cabellos castaños que se esparcían levemente por su frente de manera discreta.
Un hermoso y adorable friki.
—Iwa-chan viniste muy desabrigado. — le regañó como si fuera su madre con burla —Te vas a enfermar, tonto. —
—No me digas tonto, tonto. Y en Japón hace más frio. — gruñó rodando los ojos
—¡No me digas tonto por decirte tonto, tonto! — berreó Tooru —Y Argentina es un país comúnmente templado, no hace mucho calor, pero cuando hace… créeme que extraño el verano en Miyagi, ese del que tanto nos quejábamos siempre. El clima aquí es como tú, pero ahora hace frio así que es mejor que te abrigues. —
Oikawa volvió a dejar unos milímetros de distancia entre ellos para colocarle la bufanda a Iwaizumi alrededor de su cuello.
No le miraba a la cara y Hajime lo prefería así realmente; pues podía admirar su rostro de cerca, su piel blanca cremosa y con algunos lunares castaños super pequeños y discretos regados por el puente de su nariz, como sus labios no estaban para nada resecos y que de hecho se veían un poco húmedos, seguramente estaba usando ese bálsamo de vainilla del que tantas veces le habló, sus ojos castaños moviéndose por todo su torso mientras sus dedos acariciaban por accidente su nuca y el nacimiento (o fin) de su cabello mientras anudaba la bufanda.
Quería mirarlo más de cerca, aprovechar todos los momentos que compartirían juntos durante esos días para saciar las ganas de verlo que venía soportando desde hace dos años.
Él en verdad lo había extrañado tanto…
Parecía como si el tiempo se hubiera vuelto a paralizar y solo estuvieran ellos dos. Se miraron a los ojos por lo que parecieron horas, pero fueron minutos, al igual que fueron nada más diez segundos de acomodar una simple bufanda, sintiéndose como mucho más para ambos.
¡Despierta maldito Hajime! ¡Te estás viendo como idiota!
—¿Cómo que se parece a mí? — susurró, sus rostros cerca, sus narices rozándose
—¿El clima? — le contesto también en un susurro, sus miradas seguían sin despegarse —Ah, pues — el castaño retrocedió unos pasos y en contacto visual se perdió —¡El clima es inestable! Hoy puede llover y mañana podría hacer un calor del infierno. El clima latinoamericano es bipolar, como tú, Iwa-chan, que a veces me quieres y otras veces me pegas. — le sonrió juguetonamente
—¡Tu, maldito…! —
—¡No puedes matarme Iwa-chan, hay muchos testigos aquí! — gritó retrocediendo más pasos
—¡Me importan muy poco los testigos! —
—¡Si me matas ¿Dónde pasaras la noche?! — alegó burlonamente, aunque esa sonrisa burlona parecía más bien una desesperada
—¡Existen los hoteles! — comenzó a caminar hasta él
—¡No sabes español! —
—La tecnología se inventó para algo. —
—¡Ayuda! ¡Este chico me quiere matar! — comenzó a correr hacia la salida del aeropuerto
—¡Te la tienes merecida, Basurakawa! — lo siguió luego de tomar la maleta
Podrían tener veintisiete y veintiséis años respectivamente, pero jamás dejarían de comportarse como un par de críos, después de todo, es de Oikawa Tooru y de Iwaizumi Hajime de quien hablamos.
Tal parecía que el muy idiota si tenía razón en algo, y era en que en Argentina hacia frio.
Sus mejillas estaban sonrojadas y sus manos congeladas, la chaqueta de cuero no le daba el calor suficiente y los pantalones sueltos no eran para nada abrigados. Lo único que le daba un poco de calor era la bufanda de Tooru le había puesto, la cual llevaba impregnada su esencia, por lo que no sabía que era peor; si estar oliendo constantemente aquella colonia con un leve aroma a fresas que lograba embriagarlo de alguna forma y recordarle a su corazón lo enamorado que estaba o estarse congelando con el viento que los atacaba.
El camino hasta el vehículo de Oikawa se le hizo eterno, y bueno, el muy imbécil había estacionado a unas veinte cuadras del aeropuerto y les llevó solamente diez minutos salir del mismo, les tomó otros diez caminar por las calles indicadas y unos cinco minutos más en los que el castaño sacaba unos billetes y se los daba a un hombre con vestimentas un tanto precarias mientras le hablaba con ese fluido español que le quedaba tan bien a su voz.
—Gracias, señor —
—De nada, pibe. Cuidá a este "yanqui", que no lo caguen a piñas o algo —
Oikawa largó una carcajada —¿Qué lo ha delatado? —
—Su ceño fruncido, se nota que no entiende un huevo lo que decimos. — le sonrió con amabilidad —Chau, pibe, cuídense —
—Igualmente, gracias. —
Ambos subieron al vehículo luego de poner las maletas en los asientos traseros. El auto de Oikawa era un Kia Picanto celeste, los asientos eran de cuero negro y especialmente acogedores para la temperatura de su cuerpo. Se lo veía en buen estado -teniendo en cuenta que Iwaizumi sabia como conducía Tooru, y no era precisamente de una forma delicada- sin embargo, le extrañó el modelo.
—¿Y el Saab? — preguntó una vez se abrochó el cinturón
Oikawa suspiró —Lo vendí; fue estúpido comprarlo en primer lugar. No es el tipo de auto que aguante este tipo de calles ni este clima, la gasolina era cara y no podía mantenerlo. —
Con su primer sueldo ganado en el país latino, Tooru se había comprado un Saab 900 Turbo 16 S; un automóvil producido por la empresa sueca Saab, comercializado desde 1978 hasta 1994 en su versión clásica, y desde 1994 a 1998 en su segunda generación. Se lo había comprado uno usado de la segunda generación a un mecánico que no buscaba más que deshacerse de él, lo tenía en buen estado así que Oikawa, como cualquier extranjero iluso se lo compró sin pensárselo dos veces.
Iwaizumi se enteró de todo el proceso mientras estaba en California, por aquella época Wakatoshi también estaba por Estados Unidos y Hajime gustaba enviarle fotos a Tooru de ellos juntos solo para molestarlo.
Tal y como había dicho Oikawa, había sido un desperdicio comprarlo, pues costaba mantenerlo y la gasolina le costaba el doble, sin embargo, fue el primer vehículo que se compró por cuenta propia y le había agarrado cariño, por lo que lo mantuvo a duras penas por tres años antes de venderlo a un coleccionista a la mitad del precio del que lo había comprado, pues el mismo no quería pagar más por él debido a su condición medianamente buena.
—Entiendo, ¿y este te sirve más? — preguntó mientras se acomodaba en el asiento trasero luego de escuchar la explicación larga de Oikawa sobre los problemas que le trajo aquel vehículo —Siempre has sido una mierda para hacer trámites solos, debiste haberme preguntado primero. —
El chico junto a él hizo un mohín —Ya sé que tú sabes más de coches que de vóley, Iwa-chan. —
—Así como tú sabes más de productos capilares que de vóley, Mierdakawa. — le devolvió la broma
Muy en el fondo, Iwaizumi sabía que Oikawa había comprado ese coche sin preguntar porque quería hacer algo solo, tomar una buena decisión sin consultársela primero.
Siempre habían hecho aquello, desde niños. Siempre que pensaban tomar una decisión se lo comunicaban al otro en busca de consejo u opinión, lo hacían casi de manera inconsciente gracias a los años en los que se mantuvieron juntos y las decisiones de su adolescencia parecían siempre estar acompañadas de un consejo del otro. Pero con la distancia esa regla no escrita cambió y el primero en hacerlo fue Tooru comprando ese auto. Así que Hajime sabía muy bien el porqué de su actuar, para demostrarle que era capaz de vivir sin él, -claro que esto salió de manera estrepitosa- pero la intención seguía ahí.
Y dolía.
Aunque no tuviera porque doler, le dolía.
Era como una manera indirecta de decirle "No te necesito más, Iwa-chan" como si ya no le necesitara ni quisiera necesitarle.
Iwaizumi también sabía que estaba exagerando un poco, conocía a Oikawa de toda la vida y sabía que odiaba depender de las personas o sentirse dependiente de ellas. Siempre creyó que la única "dependencia" -en realidad no se podría llamar a eso una dependencia- que no le importaba era su amistad; estar siempre hombro a hombro y cuando el otro se atrasaba sostenerlo de la mano hasta que vuelvan a caminar juntos, así eran ellos.
Pero la incomodidad estaba instalada en su pecho, esta vez con más fuerza. ¿acaso Oikawa ya no lo quería a su lado? ¿ya no quería que caminaran a la par? ¿había decidido deshacerse de su amistad y estaba ahí para escucharlo en vivo y en directo? ¿tantas cosas habían cambiado en ese tiempo que se mantuvieron separados? —Bueno, no eran tantas cosas, pero si una con gran importancia.
Sus pensamientos se lo estaban comiendo vivo, hacía mucho que eso no le pasaba. Tenía que sacarse esa sensación de estarse sofocando o se desmayaría dentro del auto en movimiento.
Carraspeó. Interrumpió a Oikawa que en todo ese rato le estaba parloteando sobre algo mientras miraba al frente de manera relajada, lo examinó; no se veía como si quisiera terminar su amistad o abandonarlo a medio camino. Solo eran ideas suyas, suspiró.
—¿Iwa-chan? ¿Sucede algo? — Le preguntó —¡Si querías que me callara solo tenías que decírmelo amablemente! — exclamó en tono infantil
—Oikawa… — eran solo ideas suyas, pero tenía que sacarse la duda —¿Por qué estoy aquí? —
Se tensó —¿Cómo que "porque estoy aquí"? ¡Para pasar mi cumpleaños conmigo, Iwa-chan! — dijo con tono apresurado, nervioso
—Sabes perfectamente a que me refiero, Oikawa. —
—¡B-bueno! Ya te dije que es para… —
—Shittykawa, dime la verdad. — le interrumpió —¿Para qué me pediste que viniera? —
Y Tooru no dijo nada.
Lo único que rompía el silencio era una canción que estaba sintonizando la radio del carro, una en español que Iwaizumi no entendía lo que decía pero que había escuchado tararear a Oikawa segundos antes de que le preguntase directamente.
Toda tu mesita de luz
Lleva el color de tu esencia
Las mañanas exigen clemencia
La catástrofe que hizo tu ausencia
Se estaba comenzando a impacientar, pero tampoco le presionó otra vez.
Oikawa miraba la carretera mientras apretaba el volante con fuerza, tanta que sus nudillos estaban blancos, sus ojos no estaban enfocados en un solo punto de la carretera, se movían por todas partes, como si buscara algo, sin embargo, parecía que no quería mirarlo por nada del mundo y eso solo hizo que los pensamientos negativos incrementen.
Era un maldito exagerado, lo sabía. Era estúpido pensar en esas cosas cuando tenía a Oikawa tan cerca suyo después de tanto, lo sabía. Era un inseguro de mierda que arruinaba los momentos, lo sabía.
Cuando se libere mi alma
De tus ojos de encanto
Cuando el frío no enfríe tanto
Los domingos y jueves de espanto
Dieron en un semáforo rojo, e Iwaizumi dejó de mirarle para concentrarse en la ventana y en la música que no entendía sonando en la radio. Sin embargo, la tonada le gustaba, no era ACDC (su banda favorita), tampoco parecía ser rock como tal (su género favorito), pero le gustaba. Era extrañamente relajante y pegadiza.
Sintió la mirada chocolate de Tooru posarse en él, pero no dijo nada, simplemente escondió más su cara en la bufanda cuyo olor no hacía más que adormecerlo un poco, como si fuera una droga de la cual no tenía suficiente y sospechaba que, de hecho, nunca la tendría como tal.
Cerró los ojos ante ese pensamiento, evitando cualquier otro por bien propio, intentando concentrarse en la música de fondo y algún claxon que se oía a los lejos, en realidad la música estaba a un volumen moderado, pero con las ventanas cerradas era fácil dejarse llevar por ella.
—Si te dijera la razón por la cual estas aquí… por la cual te llamé esa noche… — dijo en un susurro audible —¿Serias capaz de mantener las cosas tal y como estaban antes de hacerlo? —
Abrió los ojos de golpe, viéndose reflejado en los orbes castaños, los cuales le miraban con atención y un poco de ¿miedo? O tal vez ¿resignación? No lo sabía, por primera vez no entendía el mensaje que los ojos de Oikawa buscaban darle, ¿Cuándo leer a Tooru se volvió tan difícil?
—Lo haré. —
Sonrió un poco, cohibido, para luego regresar la vista a la carretera y arrancar el vehículo nuevamente.
—Te lo diré en algún momento, entonces, Iwa-chan. —
Si a Hajime Iwaizumi le preguntasen como fue su primera noche en Argentina, este les respondería un sincero "no me acuerdo ni una puta cosa". Lo cual, se debía a la tremenda borrachera (o en palabras de Oikawa "farra") que se armó entre estos dos y algunos amigos argentinos del menor en un bar cerca del departamento del nipón.
Sin embargo, si a Hajime Iwaizumi le preguntasen como fue su primera mañana en Argentina, este les respondería un sincero "hermosa, simplemente hermosa". Lo cual se debía a que despertó a las diez de la mañana, en una cama que no era suya, envuelto en mantas calentitas y siendo abrazado por el torso por Tooru, quien seguía durmiendo en una muy extraña posición, logrando que todas sus inseguridades de la tarde anterior se disiparan con fuerza.
Su cabeza estaba sobre el fornido pecho de Iwaizumi, su ancha espalda estaba doblada para poder abrazarlo por la cintura y su cadera también parecía estar en dirección contraria a sus hombros, pues sus largas piernas estaban en ángulos extraños; la derecha descansaba sobre los muslos del mayor y la segunda estaba a punto de caer por el enorme colchón que ocupaban, siendo su pie el que no llegaba a ser cubierto del todo por las mantas.
E Iwaizumi, como la persona normal que era, dormía recto y boca arriba o recto y boca para abajo, con las piernas levemente separadas. La posición ocupada actualmente era la primera.
Ciertamente no recordaba mucho de la noche anterior, su ultimo recuerdo era saludar a los compañeros de Oikawa en un excelente inglés y que ellos comenzaran a susurrarse en español algo que sonaba a "Este es el famoso Wawa-chan que tan tonto trae a Toto" o algo como "Sí, seguro que los muy boludos seguro que ni se han declarado" o algo por el estilo, la verdad era que no entendía español y no tenía ni la menor idea de que habían dicho ese par.
Se removió un poco, buscando una posición más cómoda, a la par, Tooru también se removió y se acicaló por su abdomen murmurando un par de cosas para luego volver a dormir. Y Hajime nunca se sintió tan feliz en su vida como en aquel momento; en una fría mañana en Argentina, despertando con el calor de las mantas y del cuerpo de Oikawa como desayuno, viendo como el bello rostro de la persona que amaba se veía aún más bello estando dormido, cosa que no admitiría nunca en voz alta.
Sus pieles hacían contacto directo debido a que ambos tenían puestas camisas de tirantes, -pues ni bien llegaron al departamento se despojaron de los abrigos y se tiraron a la cama- era un contacto suave y tranquilo, piel caliente contra piel caliente. Un contacto que lo hacía estremecerse y adormecerse a la par; le ponía la piel de gallina, pero también le daba cierta calma, como hubiera llegado a casa luego de un largo viaje.
Le gustaba, dios, le encantaba.
Era un sentimiento arrasador, vibrante y alucinante, como si estuviera completamente preso de sus impulsos, los cuales le decían que apriete más a Oikawa contra de si y que vuelva a dormir un par de horas más. Que solo se deje llevar y disfrute de la sensación antes de que Tooru despierte.
Era una sensación tan embriagante, tan buena, tan perfecta como solo lo era el amor que llevaba cultivándose dentro suyo por años y años.
Dios, él en serio lo había extrañado tanto.
Puede que aun esté un poco borracho, pero jamás olvidaría este momento, esta imagen junto con las sensaciones actuales se quedaría en su mente para siempre, sería su placer personal recordarla cuando volviera a Estados Unidos y vuelva al departamento después de un día de mierda.
Por lo que, no queriendo pensar en las distancias y en los malos días que pasaría cuando se volviera a separar de Tooru, pasó su brazo derecho por su espalda y lo apegó más a su pecho, inundando sus fosas nasales del olor a su acondicionador, porque estaba seguro que, a pesar de que seguro habrían sudado como la mierda durante su estado borracho, el acondicionador de Oikawa seria inmune a esto.
Y no se equivocó, porque ese recuerdo olería a chocolate con aliento a wiski.
De cómo me volvió loco tu forma de ser
Aquel era uno de esos días de los cuales no puedes simplemente ignorar, o al menos no mientras seas amigo de Oikawa Tooru.
Era el día diecinueve de julio, una fecha que, si bien no era aún el cumpleaños de Oikawa, seguía siendo importante, por la única razón de que en veinticuatro horas -en realidad solo una, si contamos la hora actual- seria el día en que Tooru había llegado al mundo.
Hajime recuerda perfectamente todos los cumpleaños que ha pasado con Tooru, tanto los juntos físicamente como los separados por la distancia. Tenían una especie de gusto especial por celebrar los cumpleaños, y todo comenzó hace casi diez años atrás; cuando Tooru cumplió nueve años fue la primera vez que lo pasaron juntos, en una fiesta infantil organizada por la madre del castaño. Y a pesar de que esta había invitado a todos los niños del barrio, solo Hajime se había presentado.
Para cualquiera ese recuerdo seria amargo y hasta le haría llorar de solo recordarlo, pero para Oikawa era todo lo contrario.
Hajime lo recuerda perfectamente, recuerda cómo llegó diez minutos después de la hora indicada y ya estaba de nervios porque no le gustaba llegar tarde para nada. Recuerda el rostro esperanzado que puso Tooru cuando lo vio llegar y recuerda como lo abrazó hasta tirarlo al suelo luego de que le haya felicitado.
Fue el primer cumpleaños que pasaron juntos, y en una hoja arrancada de la libreta escolar de Tooru, mientras comían pastel luego de haber jugado un montón durante todas las horas que duraba el evento, fue que escribieron los principios de su amistad. Algo así como unos diez mandamientos, solo que eran quince y la mayoría habían sido escritos por Oikawa y eran demasiado fantasiosos, como el punto nueve que rezaba "Si algún día Iwa-chan me traiciona con otro amigo o yo lo hago, no nos volveremos a hablar hasta el día de nuestra muerte" o como el número once: "Si Shittykawa sigue poniendo mandamientos tontos dejaré de ser su amigo para siempre"
Eran tan solo niños cuando eso. Apenas se estaban conociendo, apenas comenzaban su amistad, apenas aprendían las costumbres del otro. Pero con todo y eso, Hajime seguía guardando su propia copia de sus quince principios, aquella que había hecho ni bien llegó a su casa luego de la fiesta para no olvidarlos y por ello perder la amistad de Oikawa.
Si tan solo pudiera decirle a su "yo" de nueve años las cosas que pasarían de ahí en adelante, estaba seguro que recibiría una patada en la espinilla de sí mismo.
—¡Iwa-chan! — sintió que Tooru lo zarandeaba —¡Ponme atención te estoy hablando de algo importante! —
Ambos se encontraban caminando por las calles de Buenos Aires a las 11:08 de la noche, y si, Buenos Aires, no San Juan.
El domingo siguiente de su llegada a Argentina, luego de turistear un poco por San Juan, Oikawa prácticamente lo arrastró hasta el aeropuerto nuevamente para trasladarse primeramente a la provincia de Córdoba, donde se quedaron tres días ya que estaba de paso a su destino real, para luego instalarse en la capital del país. En Buenos Aires se quedaban en una casa alquilada, aquella que solía alquilar el equipo argentino de Oikawa cuando jugaban ahí, porque era mucho más barata que un hotel y también más cómoda. En Córdoba, precisamente en Capilla del Monte se dedicaron a acampar en el Cerro Uritorco como los frikis que eran. Léase también, porque Oikawa insistió hasta el hartazgo en que ahí habían OVNIS.
Desde que pusieron pie en Buenos Aires, Tooru lo arrastró por toda la ciudad; desde monumentos pequeños hasta parques sin ninguna importancia. En Capilla del Monte no había sido tanto el turismo, sino más bien se habían quedado en el cerro durante esos tres días y lo recorrieron todo lo que pudieron junto con las tiendas de recuerdos y los lugares recreativos que ofrecía el mismo.
Sin embargo, eso solo lo hizo muy feliz.
El pasar tanto tiempo con Oikawa luego de no haber pasado casi nada durante dos años lo había hecho tan feliz que ahora dudaba de la fecha en que su vuelvo a California partía, fecha que cada vez se hallaba más cerca. Pero no quería pensar en ese último detalle, al menos no por el momento.
—Te estoy escuchando. — le dijo
—¡Mientes con todos los dientes! —
—¡Ya te dije que sí, Kusokawa! —
—¡Entonces repíteme lo que te estaba diciendo! —
—¡No digo estupideces! —
—¡Iwa-chan, que cruel! —
No había mucha gente a esa hora, además de que hacia un frio de los mil demonios. Nunca había pasado un cumpleaños de Oikawa tan congelado ¡En Japón sus cumpleaños caían en verano, por favor! Actualmente tenía unos pantalones abrigados, una manga larga negra debajo de un gran abrigo de cuero que esta vez sí era abrigado, una bufanda azul marino y botas para el clima.
Caminaban tranquilamente por la acera de una de las calles, realmente ninguno sabia en donde se encontraba y a pesar de temer a la delincuencia tampoco les importaba demasiado. Estaban haciendo hora por alguna razón en vez de ir a la casa y esperar las doce en un lugar caliente.
—Te decía, Iwa-chan — le dijo luego de que se riñeran un poco más —Que Tobio-chan me ha llamado bastante en estos días. —
—¿Y eso? — preguntó auténticamente sorprendido
—¡Está enamorado! — le dijo con alegría verdadera —No me esperaba que me llamase justamente a mí a por consejos, pero bueno, teniendo en cuenta que su otra referencia es el lerdo de Ushijima no me sorprende. — frunció el ceño infantilmente —Pero obviamente fui su primera opción, mírame, soy el gurú del amor después de todo. —
—Ah, claro y a mí me va la necrofilia. —
Oikawa paró de caminar —Iwa-chan, tienes un problema, lo sabes, ¿no? — le dijo mientras le tomaba de los hombros con ambas manos —Pero no te preocupes, el gran Oikawa-san no juzga ni tampoco se alejará de ti por eso. Puedo conseguirte ayuda si es que lo nece- ¡Ay, Iwa-chan eso duele! — se sobó las manos luego del manotazo que le dio Iwaizumi en ellas —¡Encima tus manos están frías! —
—Es lo que te ganas por joder — y por hacer que mi corazón se acelere tanto con solo estar cerca de ti, quiso agregar mientras se separaban y volvían a caminar
—Pero volviendo al tema. Tobio enamorado, ¿puedes creerlo? —
—No sé qué te sorprende, Shittykawa. No es un robot, tiene sentimientos como tú y yo. —
Claramente Hajime solo lo decía para no quedar como un cotilla, porque por supuesto que le daba curiosidad saber de quién podía estar enamorado su antiguo Kohai. Tenía una vaga idea de quién podía ser, pero no quería hacerse ideas equivocadas ni terminar quedando como un tonto.
No todos son gays de closet, Hajime.
Ah, mierda.
Y es que llevaba haciéndose la misma pregunta desde los dieciséis y aun no podía respondérsela con claridad, ¿eras gay o solo le gustaba Oikawa? Realmente esa pregunta ya había perdido importancia para él, a pesar de que no debería ser así.
¿Por qué demonios tenía que pensar en eso mientras hablaba con Oikawa de Tobio? Realmente odiaba a su mente y como se olvidaba de sus asuntos pendientes en California, pero se le hacía recordarlos cuando estaba en Argentina. Tal vez el territorio latino tenía una especie de embrujo sobre él —o bien podría ser que la presencia de Tooru solo incrementaba sus sentimientos y Hajime no tenía las agallas para enfrentarlo.
—¡Lo sé, lo sé! Solo es que me ha sorprendido, le llevó mucho tiempo enamorarse por primera vez y el pobre ni siquiera sabe qué hacer. — conocía ese tono de voz; Oikawa estaba enternecido, pero no lo diría en voz alta. En cambio, diría… —Es insufrible. — arrugó su ceño falsamente
—Ajá — se limitó a decir —Supongo que con tus consejos habrá espantado a la pobre alma. —
—¡Oye! Yo soy muy bueno para coquetear, que la persona no se dé cuenta ya no es mi culpa. —
Aquella frase parecía albergar mucho más de lo que aparentaba, dicha tan despreocupadamente, pero con un tono de verdad oculto en ellas.
No se atrevió a mirar a Oikawa, sobre todo porque en su pecho se sintió una pequeña esperanza mientras una vocecita le dijera que tal vez podría referirse a él. Su corazón latió con fuerza y de momento sintió un poco de vergüenza de tener ese tipo de emociones, pero no podía evitarlo… ¿y si tal vez, si se refería a él?
Si claro, eso equivaldría a que dejara de detestar a Ushijima.
Debería dejar de hacerse ilusiones. Años enamorado de Oikawa y seguía siendo igual de iluso que cuando tenía dieciséis y apenas estaba descubriendo el rumbo que tenían sus sentimientos. Era ridículo pensar que se fijaría en él.
Tonto Hajime, tonto.
—¿Al final que sucedió? ¿Se declaró? — preguntó para cambiar de tema
Oikawa sonrió con cierto cariño antes de responder.
Iwaizumi siempre supo que a su amigo le gustaba en cierta forma la manera en la que Tobio tenía tanta admiración por él, -en parte por su narcisismo- y a pesar de que lo reñía y lo consideraba un rival dentro de la cancha, fue de esta lo tomaba como un Kohai más, de hecho, se arriesgaba a decir que era de sus favoritos.
—Le dije que debía hacerlo. — comentó luego de un minuto de silencio —Y ciertamente lo hizo, pero… —
—¿Pero? —
—¡Le pidió matrimonio, Iwa-chan! — exclamó dramáticamente, aún sin borrar la sonrisa, pero con expresión exasperada —¡Matrimonio! ¡Yo solamente le dije que le dijera que le gusta! ¡Pero no! ¡Tobio siempre hace lo que quiere! —
Hajime no pudo contener las carcajadas, la ternura lo invadió a la par que la risa, sin embargo, esto último llegó un milisegundo antes y se armó con su reacción oficial. Imaginarse a Kageyama pidiendo matrimonio en vez de pedir ser pareja era algo que en su vida llegó a imaginar que pasaría, aunque si se lo preguntaban, en su cabeza tenía sentido que eso sucediera.
Al rato se le sumó Oikawa y ambos se encontraban riéndose de su antiguo Kohai a mitad de la calle por algo que había sucedido hace ya un mes.
—¿Y qué le contestó? — preguntó Iwaizumi luego de que ambos pudieran menguar la risa —¿Le dijo que no o cómo? —
Oikawa rodó los ojos con cierto hartazgo, pero sabía perfectamente que no lo sentía como tal —Es que Tobio se enamoró de otro chico igual de intenso que él. Le dijo que sí. ¿¡Puedes creerlo, Iwa-chan!? ¡Tobio-chan se casa antes que yo! — lloriqueó falsamente intentando ocultar su sonrisa
Iwaizumi sonrió también al percatarse de que Tobio no había sido tan denso como para espantar a la persona. Aunque no le sorprendió tanto la revelación de que fuera un chico con quien se casaría; Kageyama no se veía como alguien que pensara mucho en la diferencia entre los géneros en cuestión de romance, era un chico simple de mente simple. Ese fue el dato que necesitaba para hacerse victorioso con su predicción sobre la persona en que su Kohai se fijaría.
Se sentía tan feliz por él, de que haya encontrado el amor y apoyo de alguien. Él, entre todas las personas, sabía que lo necesitaba más que nadie.
—Así que Hinata y Tobio se casan. —
—¡Sí! ¡Chibi-chan se emocionó tanto cuando Tobio vino llegando a Brasil con…! — paró abruptamente —¡¿Cómo sabes que se trata de Chibi-chan?! —
—Porque es obvio. —
Siguieron caminando en silencio por unos momentos hasta que Oikawa decidió hablar de nuevo.
—Y… ¿no te molesta? —
— ¿Qué cosa? —
— Ya sabes, hum, que sean… dos chicos —
— ¿Por qué debería de molestarme? Tobio es feliz y eso es lo que importa. —
—Si, bueno, tienes razón, pero ya sabes… son dos chicos… según algunas religiones es incluso pecado. —
No podía evitar preguntarse, ¿por qué nunca habían tenido esta conversación antes?
Nunca habían mencionado el tema de las diversas sexualidades, es decir, Hajime siempre supo que Oikawa apoyaba y defendía a la comunidad LGTB+ por sus Tuits en Twitter o por sus historias en Instagram, pero nunca le había consultado sobre el tema a él y él como la perra cobarde que era nunca lo mencionó tampoco por miedo a ser descubierto.
Dios, que patético era.
—No sé. Nunca me molestaron las diferentes orientaciones sexuales. Cada quien tiene derecho a amar a quien quiera, aunque esa frase está mal, ya sabes… — lo miró a los ojos mientras decía: —Uno no elige a quien amar. —
Oikawa se sonrojó ante esas palabras y la vista se le hizo jodidamente hermosa; sus mejillas arreboladas pintando su rostro con suavidad, sus ojos chocolate brillando con algo que (nuevamente) no podía interpretar y su boca semi abierta en una expresión de asombro. Su corazón bombeó con fuerza mientras sentía todo el calor expandirse a través de su pecho por a la imagen se le agregó la gran bufanda celeste de croché en la que escondía su rostro ahora mismo.
Dios, quería besarlo.
Madre santa, quería besarlo tanto.
Él realmente moría por ser lo suficientemente valiente y tomarlo de los hombros para poder descubrir el sabor de sus labios, sabor con el que tanto había soñado y que tanto anhelaba desde hace tiempo.
Ni siquiera él se dio cuenta de lo que dijo hasta que lo dijo, solamente esperaba que Tooru no hubiese entendido por completo la frase.
—Tienes razón, Iwa-chan. — comentó aun manteniendo la mirada —Pero no me gustaría que lastimen a Tobio-chan. Ya sabes cómo es, es demasiado… —
—Inocente. — completó por él —Es demasiado simple como para un mundo como este. —
—Sí. —
—Pero… Tobio ya no es un niño y ambos lo sabemos muy bien. Ha logrado grandes cosas por su cuenta, acompañado de sus seres queridos, incluso de nosotros en algunas ocasiones. No creo que debamos preocuparnos tanto por él. — intentó consolar
—Sí. — volvió a decir —Pero, ¿Quién se preocupa por él? Ush, es tan odioso e insufrible, nadie en su sano juicio se preocuparía por Tobio-chan. —
Hajime soltó una breve carcajada —Sí, tienes razón. Pero si hay alguien que puede preocuparse por ti, hay alguien que puede preocuparse por él. —
—¡Iwa-chan! —
Siguieron caminando mientras Oikawa le contaba los detalles que conocía sobre la boda y sobre cómo se lo estaban tomando con calma debido a que ambos eran jugadores profesionales reconocidos y hasta Kageyama sabía que podría armarse un desastre si es que se apresuraban demasiado. También le comentó que Miya Atsumu (apodado Rubio Tonto-chan) metía mucho (según él demasiado) su nariz en los asuntos porque se hacía llamar amigo de Shouyo y "Senpai Setter" de Tobio, y de la mala espina que le daba esa sonrisa zorruna que había visto a través de las videollamadas con Hinata cuando este volvió a Japón.
—No, no, Iwa-chan, tú no lo entiendes. Es bastante molestoso e irritable, incluso con Tobio-chan, lo molesta, lo riñe y dice que es mejor que él y yo juntos, ¿¡puedes creerlo!? ¡Mejor que Tobio! Digo, ¡mejor que yo! — carraspeó —Y para colmo, siempre alardea de que Tobio tiene buenos saques porque él se los enseñó. ¡Si Tobio-chan tiene buenos saque es porque obviamente los aprendió de mí! —
Hajime sonrió al reconocer los infantiles celos de Oikawa por el colocador de los Chacales.
Entre charla y charla llegaron a una plaza donde parecía haber una especie de café 24 horas donde servían chocolate caliente mientras una banda novata se dedicaba a cantar canciones en español que Iwaizumi obviamente no conocía. Se dirigieron hasta ahí entre charla y charla para calentar un poco sus cuerpos con el líquido caliente.
El mayor solo pudo sentir como sus extremidades entumecidas por el frio comenzaban a cobrar vida nuevamente al beber el primer sorbo del chocolate que parecía hasta ser casero. Estaba hirviendo, siempre le había gustado cuando las bebidas estaban calientes así que se dedicó a disfrutarlo el doble, pero Oikawa no pensaba así.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Quema! ¡Quema! ¡Quema! — dijo mientras apresuradamente retiraba la taza de plástico de sus labios —¡Iwa-chan! — lloriqueó alargando la última "a" —¡Me quemé la lengua! — volvió a alargar la última vocal
Hajime se carcajeó con ganas —Te pasa por tonto. —
—¡No me llames tonto, tonto! —
—Y tú no me llames tonto por decirte tonto, tonto — no lo dijo con voz de pleito, simplemente soltó la frase con una sonrisa sincera
Hacia frio, mucho frio, tanto que podía ver el vaho de su aliento si es que lo provocaba. Sin embargo, Hajime no podía sentirse más cálido en aquel momento.
La presencia de Oikawa, como lo nombraba, como lo reñía y como le contaba chismes que ni al caso con él solo para hacer conversación le recordaba a sus días de preparatoria, cuando todo parecía ser más simple y sus sentimientos aun no eran descubiertos. Y a pesar de que jamás se habría declarado a Oikawa, sabía que inminentemente, cuando decida cerrar esa etapa tendría que hacerlo.
No porque quisiera salir con él, sino para recibir un rechazo apropiado y buscarse otra persona. Para cerrar el ciclo de manera sana.
Pero hasta que ese día llegue…
Prefería quedarse así junto a él, ambos riendo de alguna tontería, mirándose a los ojos y bebiendo chocolate caliente en alguna plaza de Buenos Aires escuchando música tranquila y en español de fondo, esperando las doce de la noche para decirle "Feliz Cumpleaños" mientras lo abrazaba o chocaban los puños.
Porque así eran ellos, porque eso eran ellos de manera autentica, de una manera que nunca serian con nadie más.
—Y esta canción… está dedicada para aquellos amantes, cuyos sentimientos han estado ocultos por años… para aquellos a los que simplemente… les vuelve loco la forma de ser de aquella persona especial… —
Una melodía tranquila comenzó a sonar y Oikawa sonrió con ganas, levantándose de su asiento y estirando su mano hacia Iwaizumi quien lo miró con una ceja alzada.
—Ni se te ocurra invitarme a bailar. — sentenció
—¡Vamos Iwa-chan! En… — miró el reloj de su celular — diez minutos dan las doce. —
—¿Y? —
—Quiero esto como regalo de cumpleaños. — hizo uno de sus adorables pucheros
—No. Otro día. — se dio vuelta para no mirarlo
—¡Iwa-chan, que cruel! —
Hajime suspiró, pues sabía que nunca podría decirle que no a Oikawa. Se dio vuelta y dejó la taza en la mesa, levantándose mientras Tooru sonreía de manera deslumbrante, logrando que su corazón bombeara con fuerza.
Se posicionaron en la rotonda de la plaza, lo suficientemente alejados de la banda y del café improvisado, pero también lo suficientemente cerca como para oír claramente la música.
Te vi bailar, brillando con tu ausencia
Sin sentir piedad chocando con las mesas
Te burlaste de todos, te reíste de mí
Y tus amigos escaparon de vos
No entendía para nada la letra de la música y tampoco sabía cómo bailar. Por el ritmo de la música supuso que era una balada romántica y bueno, si había tenido un solo amor platónico en toda su vida, menos iba a saber bailar canciones románticas.
Oikawa soltó una risita e Iwaizumi se sintió como un imbécil.
—Mira, Iwa-chan no es tan difícil como aparenta ser. — le tomó de las manos y las dejó sobre sus hombros, imitando el acto con sus propias manos y los hombros ajenos. Luego, tomando control completo de la situación, meció sus cuerpos a la derecha y luego a la izquierda con delicadeza —¿Ves? Nada difícil, solo bailar. —
Nada difícil, dice.
Que no es nada difícil, dice.
¿Cómo puede ser "nada difícil" cuando lo dice con esa expresión tan adorable y besable? ¿Cómo podía ser "nada difícil" cuando están tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo? ¿¡Cómo, mierda, como puede ser "nada difícil" cuando está a punto de desmayarse debido al latido tan rápido de su corazón!?
Y a mí me volvió loco tu forma de ser, a ver
(Y a mí me volvió loco tu forma de ser)
Tu egoísmo y tu soledad
Son estrellas en la noche de la mediocridad
Dios, en serio que admiraba la capacidad de su cuerpo para no tener un infarto ahí mismo.
Estaban tan cerca, pero tan lejos.
Los separaban unos miserables cincuenta centímetros, tal vez sesenta, su corazón latía desembocado y sus sentidos se habían triplicado, en verdad que a veces le sorprendía el efecto que tenía Tooru en él.
Lo quería, joder, lo amaba demasiado.
No podía evitar preguntarse, ¿alguna vez dejaría de amarlo? Y a pesar de que quería decirse a sí mismo que podría, una gran parte suya le decía que ya no había vuelta atrás, que nunca la hubo, que nunca tuvo opción desde aquella tarde cuando lo descubrió.
Que estaría irremediablemente enamorado toda su vida.
Me volvió loco tu forma de ser
A mí me volvió loco tu forma de ser
Tu egoísmo y tu soledad
Son joyas en el barro de la mediocridad, a ver
Y de repente, sesenta o cincuenta centímetros se volvieron treinta en un santiamén.
Oikawa había pasado sus manos y brazos por su ancha espalda y lo había acercado más a él, de tal manera que sus torsos no se estén tocando, pero estén lo suficientemente cerca como para hacerlo. Seguían moviéndose tal como Tooru quería, de un costado a otro como si fueran una antigua pareja de casados cuya llama del amor se encontraba más viva que nunca al cumplir las bodas de oro.
Y por mucho que quiso sacarse esa imagen mental en un momento como ese, simplemente no pudo.
La idea de, no solo casarse con Oikawa, sino de cumplir cincuenta años de matrimonio con él era tentadoramente atractiva y hasta tierna. Sin pensárselo demasiado pasó sus manos por el pecho del chico y lo tomó de las caderas para que sus pechos por fin se encuentren.
Y la idea para excusarse se le ocurrió casi al instante al sentir como el chico se tensaba ante su acción.
—Hace frio así que si te mueves te dejo tirado en este parque con esta temperatura. —
Tooru solo soltó una risita cantarina antes de rodear su cuello con los brazos, de tal forma que parecía un abrazo extraño donde ambos se movían de un lado al otro.
Viniste a mí, tomaste de mi copa
Me sonreíste así, nadando en tu demencia
No sabía qué hacer, yo te traté de besar
Me pegaste un sopapo y te pusiste a llorar
No necesitaban palabras para comunicarse en aquel momento, sus cuerpos lo decían todo.
Hajime quería creer que los abrigos encima lograban camuflar el desenfrenado latir de su corazón, Hajime quería creer que el calor que sentía expandirse por todo su pecho y que antes no sentía se debía a que estaba en constante movimiento y Hajime quería creer, por todos los cielos, que no estaba malinterpretando el cómo Oikawa se abrazaba a él y apoyaba la cabeza en uno de sus hombros.
Mierda, sentía que estaba en las nubes y por un segundo se pudo olvidar que estaban en un lugar público.
—¿Iwa-chan? — su voz fue un murmuro que envió corrientes de energía a todo su cuerpo
—¿Mmm?
—¿Sabes lo que dice la canción? —
—No. —
Me tiene loco tu forma de ser
A mí me volvió loco tu forma de ser
Tu egoísmo y tu soledad
Son estrellas en la noche de la mediocridad
Oikawa se abrazó aún más a él, logrando que sus cuerpos estén más juntos mientras murmuraba una versión improvisada en japones de la canción intentando imitar la tonada.
Nunca se había sentido así en la vida.
Nunca había sentido tantas cosas por una sola persona, nunca había sentido tanta calidez en su interior con solo abrazarla y nunca se había sentido tan seguro con otra persona que no sea Oikawa Tooru.
¿Por qué? Se había hecho esa pregunta tantas veces que ya había perdido la cuenta.
¿Por qué se enamoró de Tooru de entre tantas personas que existían en el mundo? ¿Por qué su corazón se empeñaba en aferrarse a él? ¿Por qué se sentía tan cálido con solo verlo sonreír? ¿Por qué quería protegerlo más que a nada en el mundo? ¿Por qué su interior le rogaba que le dijera lo que sentía en un momento como este? ¿Por qué? ¿Por qué?
—Hajime… — susurró —Si te digo la razón por la que te dije que vinieras ahora mismo, ¿serias capaz de mantener tu promesa? —
Las mariposas en su estómago se volvieron un nudo de inseguridades, su corazón latía cada vez más rápido y más doloroso, sus pensamientos se dispararon hacia los desenlaces más inseguros y miserables más rápido de lo que pensó que podría pasar.
Y aun así…
—Sí. Dime, Tooru. —
Me volvió loco tu forma de ser
A mí me volvió loco tu forma de ser
Tu egoísmo y tu soledad
Son joyas en el barro de la mediocridad
Se aferró a él con fuerza —Ya no puedo, Iwa-chan. —
Las alarmas se dispararon en toda su cabeza.
Mierda, sabía que esto algún día pasaría, sabía que Oikawa le diría algo como esto alguna vez, sabía que algún día Tooru decidiría que ya no quería que caminaran a la par nunca más. Tuvo que haber disfrutado más de aquellos momentos que pasaron juntos, tuvo que haberse esforzado más en no dejar esto pasara, si tan solo hubiera sido más calmado y lo hubiera insultado menos, si tan solo hubiera sido la mejor versión de sí mismo…
Esto es su culpa, solamente su culpa.
Su interior se sacudió con fuerza mientras su mente se preparaba para escuchar las palabras que terminarían con su amistad y los harían separarse. Mierda, tan solo quería quedarse así un poco más.
—Lo siento, Oikawa… —
—¡Déjame terminar! — soltó un sollozo e Iwaizumi se quedó congelado —Mierda, Hajime en serio que ya no puedo seguir fingiendo que no te amo. Ya no puedo, ya no quiero hacerlo. Te amo. Te amo. Te amo. No te amo como amigos, si es lo que te estas preguntando. Te amo de la manera en que quiero despertar cada día del resto de mi vida a tu lado. Te amo de la manera en la que me gustaría abrazarte en cualquier momento solo porque sí. Te amo de la forma en la que me gustaría besarte hasta que me duelan los labios y me harte de hacerlo, aunque sé que eso nunca pasará. Te amo de la forma en la que no lo hacen los amigos de infancia y te amo tanto que siento que me ahogo cada vez más al pasar otro día sin decírtelo. —
E Iwaizumi dejó de respirar.
La dicha comenzaba a abrirse paso en su interior, opacando por completo todas sus inseguridades y todo temor que pudo sentir segundos antes. Y es que no se atrevió a dudar de las palabras de Oikawa, no se atrevió a dudar en que lo amaba de la misma forma en que lo hacia él y no se atrevió, a no creer que lo amaba tan intensamente como él.
Era un sentimiento extraño, como volver a casa luego de un largo viaje y acostarse en tu propia cama a descansar. Era un sentimiento extraño y cautivador, como tener a Oikawa Tooru en tus brazos diciéndote a viva a voz que está enamorado de ti, cuando tú lo has estado enamorado de él desde los dieciséis años.
Era la felicidad, una que nunca había experimentado.
Sus inseguridades querían comenzar a brotar, se morían por hacerlo, sin embargo, un ejército de serotonina se hizo cargo de que no llegaran ni a pisar cerca de la mente de Hajime. Incluso le era imposible no sonreír ante aquella declaración que lo dejó flotando alto en las nubes, con el corazón martillándole en el pecho como nunca antes.
Mierda, le gustaba a Oikawa Tooru.
Su jodido primer amor era correspondido y no putamente unilateral como siempre creyó.
Maldita sea, ¡le gustaba a Oikawa!
—Imbécil, no tenías por qué ser tan dramático — fue la primera frase que su mente pudo formular y se sorprendía de no estar tartamudeando como el idiota enamorado que era
Tooru sollozó y escondió su cara en su cuello. Su respiración le hacía cosquillas y sus lágrimas seguramente estaban desparramadas por su abrigo de cuero, pero aquel último detalle no tenía tanta importancia como el hecho de que, efectivamente, así se sentía estar en casa.
— Puedes rechazarme en un momento, Iwa-chan… — murmuró con voz queda —Solo déjame esta así un poco más… — soltó un suspiro abrazando su cuello un poco mas
—¿Quién dijo que pensaba rechazarte, Lazzykawa? — se apresuró a agregar y lo sintió tensarse —Y es que te haces llamar gurú del amor, pero no te diste cuenta de que me tienes loco desde los dieciséis. —
Listo, lo dijo.
Oficialmente acababa de declararse a su primer y único amor (no) platónico.
A pesar de que fue Tooru quien se declaró primero, se moría de vergüenza y tenía cierta inseguridad sobre lo que irá a pasar ahora.
Pero eso ya no importaba maldita sea, se había declarado a pesar de jurarse no hacerlo ni en broma jamás. Había roto su regla personal número uno y la pena se adhirió a su cuerpo enfrascándose en una batalla ceñida con el ejército de serotoninas antes mencionado.
Pero el ejército de serotoninas les había ganado a sus miles de inseguridades, ¿por qué no a la vergüenza? Tal vez porque la pena era mucho más grande, más fuerte y mucho más numerosa. Tal vez el ejército de serotoninas perdería la batalla al haber dado una espléndida batalla y lo siguiente que Hajime haría seria correr hasta que no hubiera un mañana de tanta pena.
Dios, era un imbécil.
Tenía demasiada vergüenza en estos momentos, por lo que apretó a Oikawa contra su cuerpo aún más, imposibilitando que se mueva para encararlo porque sabía lo sonrojado que estaba y antes muerto que perder la dignidad, eso era todo lo que su atolondrado ser podía pensar en aquel momento.
Las mariposas revoloteando en su estómago, su corazón latiendo despiadadamente en su pecho, las piernas temblando ya sea de frio o de otra cosa, y su cuerpo sucumbiendo ante las reacciones que solo podían ser provocadas por Oikawa Tooru. Tal vez enamorarse de él fue la mejor decisión que su corazón pudo haber tomado, o tal vez la peor, pero lo único que le importaba ahora, era el hecho de que era jodidamente feliz.
—Iwa-chan tú… — tenía la voz entrecortada —Tú… ¿durante todo este tiempo…? —
—Sí.
Silencio.
No necesitaban decir nada más, todo ya había sido dicho y ambos ya habían comprendido que lo único que querían era estar juntos. Años de estar callándose sus sentimientos, años sin decirse cuanto se amaban por miedo al rechazo, años aguantando el dolor de sus corazones al no tener la libertad de expresarse como querían, años que habían terminado.
No importaba cuanto tiempo tarden en gritarlo al mundo o en vivir juntos. No importaba que ambos estén cumpliendo sus propias ambiciones físicamente alejados el uno del otro. No importaba que conocieran mas y mas personas. No importaba cuan tristes y devastados puedan estar en algún momento de sus carreras.
No importaba, porque siempre volverían al otro.
Y fue así; en Buenos Aires, Argentina, en un viaje que les costó bastante dinero en comparación a sus estilos de vida actuales, en alguna plaza a las 23:59 de la noche, en vela debido a un cumpleaños, fue que se dieron su primer beso.
Uno muy dulce y un poco inexperto, pero que sin dudas desató una corriente eléctrica que los recorrió por todo el cuerpo haciéndoles temblar las piernas. Un roce primeramente dulce y tranquilo, con sus labios saboreándose por primera vez con una lentitud y tranquilidad inimaginable.
Se sentía tan bien.
Hajime estaba en la luna, estaba tan anonadado que estaba seguro que seguía vivo gracias a su instinto de supervivencia, sus labios eran suaves y carnosos, mucho mas de lo que había imaginado e Iwaizumi podría caer muerto ahí mismo y no se quejaría, moriría feliz.
¿Por qué se había reprimido por tanto tiempo? De saber que se sentiría tan bien lo hubiera besado cuando tenia diecisiete y ya había digerido mejor sus sentimientos.
Se separaron por momentos para tomar aire y volvieron a besarse, esta vez con mas hambre y voracidad, juntando sus bocas mientras sus manos se encargaban de regar caricias por encima de sus abrigos. Se besaron con hambre, con pasión, con amor, con todo eso que habían guardado dentro de su corazón bajo llave durante tanto tiempo.
No entendía como había pasado tanto tiempo privado de los labios de Tooru, sus besos tenían una especie de embriagante en su opinión, el sabor a chocolate caliente se colaba por sus bocas y se mezclaba con la dulzura del bálsamo de vainilla. Era el maldito cielo e iba a negarlo, mucho menos cuando el castaño le mordió el labio inferior sacándole un gruñido ronco.
Y cuando volvieron a separarse, juntaron sus frentes y se miraron a los ojos por largo rato.
Al fin, aquello que brillaba en los ojos castaños tenía sentido para él, al fin podía entender aquella mirada que siempre le dedicaba a él y nadie mas que él. Era una mirada de amor, una mirada que detonaba que cada célula y cada pedazo de su ser lo ame aun mas de lo que ya lo amaba —si es que eso era posible ya.
Si en verdad le hubiera dicho a su "yo" de la infancia, todo lo que pasaría aquel día que bajaba por su calle en bicicleta, seguramente este evitaría pasarse por esa casa y jugar a otra cosa. Probablemente se hubieran vuelto a encontrar en la primaria, aunque también intentaría evitarlo, y, sin embargo, ambos se hubieran encontrado en el club de voleibol.
Así que, a parte de recibir una patada en la espinilla, Hajime (el pequeño y también el actual) recibiría una enseñanza del universo: no se podía escapar del amor, ni mucho menos de Oikawa, además tenia que olvidarlo porque la presencia de Tooru en su vida significaba ambas.
Tal vez, si hubiese intentado mantenerse lejos de él, su amistad habría comenzado diferente, porque estaba seguro de que de igual forma serian los mismos Oikawa e Iwaizumi, aquellos que peleaban y reían por todo y todos, aquellos amigos con apodos extraños y gustos que actualmente eran extraños. Porque estaba seguro que estaban destinados. No importaba que dijeran los demás y —Ew, eso es demasiado cursi hasta para él. Sin embargo, no por eso dejaba de ser verdad.
Porque el infantilismo, el orgullo, el egoísmo y la antigua soledad de Oikawa eran estrellas en la noche de su mediocridad, porque su forma de ser lo había vuelto loco.
Porque lo amaba, con sus luces y sombras, con su manera de ser tan juguetona, con su amor casi insano por el vóley, por su sed de ser el mejor cueste lo que cueste, con su rodilla dañada, con sus ambiciones pasados y actuales y con sus sueños frustrados y logrados. Cada centímetro de su ser era amado por Hajime, sin distinción de marcas o cicatrices, porque todos esos defectos hacían de Oikawa Tooru, la persona de la cual se enamoró sin darse cuenta en su adolescencia.
Y lo que comenzó en una tarde inocente por pura casualidad, terminó hace algunos minutos ya, pues lo que había comenzado aquella noche de invierno en Argentina, no terminaría nunca más.
Porque Hajime estaba simplemente loco de amor, y Tooru también lo estaba.
FIN
