Su primer beso le había decepcionado enormemente, es decir, sabía que no sería precisamente como en los cuentos de hadas que su hermana y ella solían escuchar en su infancia, siempre imagino que la expresión de sentir mariposas en el estómago no era más que una exageración para romantizar aún más la idea del romance, pero había descubierto que parte de ella esperaba algo más de lo que había sentido.

Sus labios habían besado los de Kristoff un par de veces más tan sólo para comprobar si la sensación seguía siendo la misma: nada. Ni siquiera era capaz de describirse a sí misma lo que aquel contacto le hacía sentir, podría si acaso llamarlo algo cercano a la incomodidad, decepción combinada con alivio.

Su primer beso había llegado algo tarde a comparación de lo descrito en películas y novelas adolescentes e incluso lo mencionado en su canción favorita de Taylor Swift, ya había llegado el punto en que su madre miraba con sospecha su amistad con Honeymaren; asumiendo que había algo más ocurriendo entre ellas y por supuesto que no le agradaba la idea puesto que en más de una ocasión le había confrontado al respecto.

Simplemente el amor no era algo que estuviese pronto a ocurrirle ni algo que ella buscaba, simplemente asumía que esa persona especial aparecería cuando fuese el momento indicado y tan pronto como ella había cumplido los 21 años de edad había conocido a Kristoff Bjorgman un domingo frente a la iglesia.

Él le agradaba; de eso estaba segura y prueba de ello era que podía pasar horas conversando con él, sus bromas la hacían reír genuinamente, además era cómodo estar con él, puesto a que no había necesidad de conservar la apariencia de chica buena todo el tiempo. Pocos meses después de conocerle por su cabeza cruzó una idea que jamás dijo en voz alta: no tendría ningún problema con casarse con él ya que le agradaba y pensaba que sería sencillo convivir con él en una misma casa.

Ciertamente, Elsa Anderson no tenía una idea muy clara de lo que era el amor, pero asumía que su relación con Kristoff era algo que se le acercaba al romance ya que nunca antes había tenido una relación similar con nadie del sexo opuesto, así que seguramente eso era amor, pero a ella le era difícil aceptarlo, así que el día en que Kristoff la invitó a un picnic y más tarde le confesó que estaba enamorado de ella, para después preguntarle si podía besarla, ella asintió con la cabeza.

Quizá aceptó más por el hecho de que a sus 22, casi 23 años sentía curiosidad de saber lo que se sentía ser besada por alguien, no porque estuviese perdidamente enamorada.

Sin embargo, a pesar de haberles confesado a sus padres que no estaba segura respecto a que sentía por aquel hombre, su padre no dudó en dar su bendición para que Kristoff pidiese su mano en matrimonio ni tampoco detuvo a su madre de llorar de la felicidad ni de llevarla con una modista rápidamente para buscar su vestido de novia.

Así pues, un día cualquiera de agosto a sus 24 años Elsa Anderson había dicho "acepto" frente al altar.

Su noche de bodas tampoco había sido precisamente encantadora, pero le atribuía eso a lo incomodo que había sido tener que estar completamente desnuda frente a alguien que más que un amante era un amigo para ella, sin mencionar la inexperiencia que ella poseía junto a la vergüenza que la invadió aquella noche.

Pero le quería, claro que lo hacía y él también correspondía ese cariño.

El día que a sus 25 años ella había sufrido la pérdida del que habría sido su primogénito y se enteró después de varios estudios de su condición que le impediría llevar a término un embarazo; Kristoff había estado allí para apoyarla, además de que no había tardado demasiado en conseguir un empleo en el extranjero, para poder alejarla de todo aquello que le recordaba el aborto espontaneo; siendo su propia madre uno de esos problemas de los cuales ella necesitaba un descanso.

El trabajo de su esposo le exigía viajar constantemente, en un inicio él insistió en llevarla con él para asegurarse de que no estuviese sola y se encontrase con bien, sin embargo Elsa había preferido establecerse en Dinamarca dónde se suponía que Kristoff sería requerido la mayor parte del tiempo.

Algo lejos de su natal Noruega, no había tardado tanto como había previsto en encariñarse con la ciudad y encontrar amigos; así como Naveen, Rapunzel o Merida. Tenía una vida muy normal siendo ama de casa mientras su perfecto esposo era todo un hombre trabajador que se ausentaba constantemente.

Eran una buena pareja ante los ojos de los demás, incluso el jefe de su esposo; Alistair Krei le había confesado que pensaba exactamente lo mismo, sin embargo ella lo ponía en duda puesto a que eso no lo había detenido a besarla en una ocasión en que había acompañado a su esposo a una cena de negocios.

Si Elsa tenía algo que confesar era que aquel beso no le había desagradado en lo absoluto en definitiva había "algo más" que jamás había sentido con su marido, quizá era el peligro a ser descubierta o la emoción que le provocaba el estar haciendo algo prohibido por primera vez en su vida.

Alistair Krei era un hombre inteligente con quien le encantaba conversar respecto a temas interesantes, adoraba como él siempre la sorprendía con datos curiosos respecto a obras de arte, películas, inventos o monumentos históricos. Ella le había asegurado que de no haber tenido suerte al emprender su propio negocio, él habría sido un excelente guía de turistas.

¿Se había enamorado de él? No lo sabía y honestamente, prefería no saberlo o asumir que no había sido así, porque se negaba a aceptar que había sufrido de un corazón roto.

Había sido sólo una aventura, un romance fugaz en el cual ninguno buscaba un compromiso, es decir, ella era la esposa de Kristoff Bjorgman y era imposible formalizar una relación, aun así, le había dolido en su orgullo y en su corazón el hecho de que Alistar le había confesado con frialdad que no sentía nada hacia ella más que simple deseo.

Ese deseo aparentemente desapareció una vez que él había obtenido lo que él deseaba; que ella se entregara a él. Tal vez ahora Elsa se repetía una y otra vez que no había significado nada tan sólo para protegerse a sí misma, quizá se negaba a aceptar una realidad en dónde por primera vez había sentido amor romántico y todo resultó ser una mentira.

Aun así no estaba segura de sí se arrepentía de ello, engañar a su esposo había sido algo incorrecto y si su familia se enterase de ello la despreciarían sin duda ya que Kristoff era un buen hombre que no merecía a una infiel como esposa, pero su cuerpo había disfrutado del tacto de Alistair Krei, de las tardes charlando en medio de coqueteos y en parte más que el hecho de que él tan sólo la hubiese utilizado para acostarse con ella una vez, lamentaba el hecho de que no hubiese podido repetirlo un par de veces más antes de ser desechada por el empresario.

La forma en que su esposo la tocaba era muy distinta a como aquel hombre había recorrido su cuerpo, la había besado en rincones que de tan sólo pedirle a Kristoff que lo hiciera, éste se escandalizaría. Así que estaba resignada a que jamás experimentaría algo similar de nuevo, ignoraría esa experiencia, fingiría que nunca ocurrió y se comprometería a seguir siendo el prototipo de esposa perfecta.

Ese había sido su plan que había resultado exitoso por un tiempo, hasta que una tarde de abril había acudido a la florería puesto a que había considerado que necesitaba una maceta con flores en el interior de su casa para volverla un poco más alegre y acorde a la estación. Había encontrado las más bellas violetas acompañadas de un pequeño saco de tierra para macetas y el número de un apuesto pelirrojo.

La florería Westergard estaba a un par de cuadras de su vivienda, había pasado frente al establecimiento varias veces, sin embargo nunca había intentado algo más que ver desde fuera los bellos arreglos florales que colocaban frente a las ventanas. Y pese a que su único interés de aquella tarde era comprar unas flores, ahora poco le importaba el cómo el color púrpura de las flores resaltaba en la sala de su hogar.

Con falsa inocencia había vuelto al lugar una semana después con la excusa de comprar más flores. Se sintió complacida al ver al pelirrojo florista nuevamente en el lugar, pero decidió apartar su vista de él con el propósito de no delatar el hecho de que estaba un poco interesada en él.

Enfocó su vista en un arreglo de rosas que se encontraba sobre una mesa, analizándolo como si realmente le importase.

— ¿Tan pronto de vuelta? — Cuestionó el pelirrojo colocándose a su lado — Vaya que deben de gustarle las flores.

—También cabe la posibilidad que las flores que compré ya se hayan marchitado y haya tenido de volver a comprar más — Mencionó la rubia, algo que provocó que el pelirrojo soltase una carcajada.

—Con el mayor respeto posible, sólo una estúpida volvería a comprar flores en un lugar que le ha proporcionado tan decepcionantes violetas — Dijo el florista.

—Veo que recuerda lo que compré — Hizo la observación.

—No muchas personas vienen aquí a comprar flores que puedan mantener — Comentó —. La mayoría acude a florerías a comprar ramos y arreglos que lucirán bellos por poco tiempo antes de secarse por completo.

—Aun así usted vende macetas, semillas y tierra — Habló Elsa.

—Bueno, seguramente ya sabe, está de moda pretender que las personas se preocupan por el ambiente — Se burló el pelirrojo — ¿No está al tanto de las redes sociales? Cada segundo un adolescente con aires de héroe quiere que cierren este tipo de negocios que tan sólo arranca flores del suelo para adornarlas con listones y venderlas a precios exageradamente altos. Últimamente muchos de esos intentos de salvadores promueven el comprar flores vivas y regalar macetas, yo tan sólo me adapto para no morir de hambre, gracias por notarlo.

—Es un hipócrita entonces — Concluyó la mujer.

—Prefiero considerarme como un hombre con un buen instinto de supervivencia y habilidad para adaptarme — Opinó el pelirrojo —. Entonces ¿En qué puedo ayudarla…señorita?

—Elsa — Dijo ella.

— ¿Sólo Elsa? — Preguntó.

— ¿Necesita conocer mi apellido para venderme unas flores, Hans Westergard? — Cuestionó juguetona — ¿O acaso intenta robar mis datos de forma sutil?

—Usted sabe mi nombre, pienso que sería justo que yo conociera el suyo.

—Su nombre está en su gafete — Señaló la rubia —, sin mencionar que se tomó el tiempo de anotarlo en un papel junto a lo que creo yo es su número telefónico.

—Pudo haber marcado para corroborarlo — Dijo el pelirrojo.

— ¿Piensa que estoy interesada en darle mi número de teléfono?

—Dudo mucho que haya vuelto únicamente por flores. Ni siquiera creo que usted sea el tipo de persona que compra esa clase de arreglos florales — Se refirió al que ella había estado viendo hasta hace un minuto.

—No me conoce, por lo tanto no tiene manera de saber cuáles son mis gustos en cuanto a flores — Habló la rubia.

—Entonces ¿Adquirirá el arreglo? — Preguntó el pelirrojo intentando derrumbar la mentira de la mujer.

—En realidad esta vez no encuentro algún arreglo floral que sea de mi agrado — Respondió la mujer —. Quizá la próxima vez tenga un poco más de suerte.

— ¿La próxima vez? — Cuestionó Hans con sumo interés.

—Hasta luego señor Westergard — Dijo ella con una sonrisa en su rostro antes de retirarse del establecimiento.