Aku
Jail Scaglietti se estaba terminando de preparar para meterse al gran baño de aguas termales que su mansión poseía mientras sus hijas mayores, Due y Quattro, lo estaban esperando ya en el interior. Cuando ya estuvo listo, entró en el agua tibia y dejó escapar un gran suspiró de decepción.
– ¿Qué pasa, padre? –le preguntó Due.
– Hijas mías, estoy totalmente decepcionado con vuestra hermana Cinque… Ya saben que vosotras sois perfectas y que ella es mi proyecto fallido... –suspiró– Por alguna razón ella posee demasiados escrúpulos y prejuicios hacia mí... ¿En qué me pude haber equivocado...? Yo sólo quería que fuese como vuestra difunta madre. –volvió a suspirar– Pero hay algo más… El día que vosotras se atrasaron en sus respectivos trabajos, cenamos a solas ella y yo… ¿Saben qué fue lo que me confesó? –negaron las dos a la vez– Me confesó lo que tanto temía que alguna vez sucediera... Se enamoró… –las dos hermanas abrieron los ojos como platos–Se enamoró de alguien que no soy yo… –dijo abatido– Y lo peor es que se trata nada más y nada menos que de la hija mayor del Mayor Nakajima: la que responde al nombre de Ginga.
– Esa desgraciada seguro que lavó el cerebro de nuestra hermana, padre… –replicó Due cerrando una de sus manos en forma de puño.
– Pero aún hay algo peor… –continuó explicando a sus hijas– Me declaró que se habían vuelto muy buenas amigas, en muy poco tiempo, en su trabajo, en La Agencia de Administración del Espacio-Tiempo y que pensaba confesarle su amor por ella mañana mismo. Es decir, un día antes de su cumpleaños número 21... Realmente debí haberme esperado algo así de su parte, pero no estuve lo suficientemente preparado para recibir tamaña noticia tan pronto… –habló decaído.
Due y Quattro sabían que, en el fondo, su padre amaba un poco más a Cinque que a ellas mismas por el gran parecido que tenía la peliplateada con su madre, pero este hecho ni siquiera les molestaba lo más mínimo porque ellas querían ver feliz a su padre. Era su misión: hacerlo feliz. Tras el fallecimiento repentino de su esposa, pasó aún más tristeza que el resto de la familia... En su esquizofrénica forma de enseñar a sus hijas, Jail les impartía clases de fingimiento ante todos los demás, pero Cinque, por alguna razón, nunca terminó de aprender lo que su padre le enseñaba y al final tuvo una educación más normal y sana...
– Pero padre… –habló Quattro mientras con su mano acariciaba a su padre– Si todavía no tienes un plan para apartar a Cinque de la senda del bien, nosotras podemos asistirte en ese y en otros sentidos. Nosotras podemos hacerte feliz. –expresó al mismo momento en que empezaba a masturbar a su padre.
– Aaah, muchas gracias hijas mías, pero pese a todo, creo que se me ocurrió un plan hermosamente sencillo y perfecto. –Jail le agarró el mentón a Quattro y le plantó un beso bastante fogoso y luego otro a Due antes de contarles su maquiavélico plan...
– Padre, eso suena muy degenerado... ¿Cuándo empezamos a ejecutarlo? –preguntó Due de forma retórica.
Due y Quattro estuvieron toda la noche satisfaciendo, de manera sexual y salvaje, a su padre mientras éste intentaba explicarles detalladamente, entre jadeos, gritos y gemidos, el maquiavélico plan para que su hija Cinque acabase en sus brazos y obedeciendo todas sus órdenes. Necesitaba que ella, más que ninguna de sus hijas, lo complaciera como lo hacía su difunta esposa. Sabía que ella, más que nadie, le daría el placer que anhelaba por su parecido físico. Aunque Due y Quattro lo estimularan, sabía que con tan sólo tocar a Cinque sería capaz de tener un fuerte orgasmo. De tan solo imaginarlo, volvió a sentir una nueva erección y tuvo que aplacar su insaciable sed de sexo con sus dos hijas pensando que era a su peliplateada hija a la que estaba poseyendo lujuriosamente.
A la tarde siguiente…
Después de que sus hijas hubiesen hecho lo que se les explicó la noche anterior entre interminables sesiones de sexo lujurioso con su padre, se encontraban en el sótano de la mansión con una enorme pantalla encendida para ver, en primera plana, cómo, el maquiavélico de su padre, se llevaba a cabo con éxito. Ginga, quien fue secuestrada y amordazada en el sótano de la mansión, fue obligada a mirar la pantalla donde se podía ver a Jail Scaglietti y su hija Cinque en el dormitorio principal del primero.
– Padre, ¿todo esto lo has llevado a cabo tú?
– Sí, Cinque. Hija mía, todo esto lo perpetré yo.
– ¿Dónde está Ginga? – Preguntó aterrada por lo que pudiera sucederle– ¿Cómo pudiste hacerlo?
– Fuiste creada solo por una razón, Cinque. Tus hermanas fueron proyectos exitosos, ¿por qué tú no quieres aceptar tu destino?
– Si hago lo que me pides… ¿liberarán a Ginga? –habló abatida.
– ¡Claro que sí! Sabes que no puedo negarte eso. Sólo tienes que cumplir tu misión para la que fuiste creada cuando tu madre falleció.
– Está bien. –aceptó– Haré todo lo que me pidas si la dejas en libertad y no la vuelves a molestar nunca más, padre.
– Trato hecho.
– ¿Qué quieres que haga?
– Quítate la ropa. –le pidió.
Cinque cerró los ojos fuertemente y comenzó a quitarse la ropa lentamente mientras era observada con detenimiento por su padre. Cuando la veinteañera quedó sólo en ropa interior, Jail se le acercó para tocarle una teta y ésta se estremeció y tembló, no precisamente de placer, sino que tuvo una sensación terrible de asco, pero aun así se mantuvo firme en su posición porque sabía que, si rechazaba a su padre, la vida de Ginga correría grave peligro. Eso era algo que jamás haría. Ginga lo era todo para ella, la protegería, aunque eso significase hacer estas cosas tan desagradables.
Desde que la ex esposa de Jail falleció de forma prematura a causa de una extraña enfermedad degenerativa, Jail empezó a tener relaciones sexuales con todas sus hijas excepto con Cinque, que además de ser la más jovencita, para descontento de su padre, nunca aprendió con seriedad la muy esquizofrénica forma de educación que le quería inculcar. Esto último protegió a Cinque de evitar el incesto a una edad prematura, pero Jail decidió jugar su carta bajo la manga cuando Cinque le reveló que se le confesaría a Ginga. Fue en ese momento en el que ordenó a sus hijas que secuestraran a la pelimorada, que la amordazaran encerrándola en el sótano de la mansión Scaglietti y que la hicieran ver por medio de una pantalla de televisión cómo Jail le arrebataba la virginidad a Cinque. Aquello que pensaba la oji esmeralda que sería suya, estaba a punto de ser robada por un enfermizo hombre, quien era el padre del amor de su vida. Un hombre que se suponía debía proteger y querer a sus hijos, los manipulaba para que lo complacieran sexualmente.
– ¿¡Por qué nos hacen algo así!? ¿¡No se dan cuenta de que esto es una locura!? –gritaba la pelimorada desesperada desde su asiento mientras veía como Jail empujaba a Cinque sobre la cama y se posicionaba sobre ella.
– Sin importar qué tan irracionales sean las órdenes de nuestro padre nosotras las acataremos porque sólo vivimos para estar a su servicio. Es nuestra misión: hacerlo feliz de cualquier manera. –le anunció Une.
– No puede ser… –la pelimorada comenzó a lagrimear apartando la vista de la pantalla.
Las tres hijas se reían ligeramente de la desgracia de las que, por poco, podrían haber sido una linda pareja, pero esa sonrisa del trío de risueñas mujeres, desapareció de sus rostros, pasando a una expresión de sorpresa y preocupación al ver cómo Otto, el único hijo varón de Jail, ingresaba por la fuerza a la habitación de su padre junto a Chrono, Yuuno y Eriol.
– ¿¡Pero qué…!? ¡Tenemos que ir a ayudar nuestro padre! –gritó Une.
Due iba a abrir la puerta cuando ésta recibió un portazo en la nariz y un golpe en la panza, por parte de Vivio, haciendo que se doblara sobre sí misma cayendo al piso de cerámica… El resto de la acción sucedió como un rayo, puesto que además de Vivio, Einhart, Subaru, Teana y Kyaro ingresaron rápidamente al gran sótano. Se produjo un complicado combate con golpes y ataques, pero consiguieron inhibir a todas las hijas de Jail, aunque no sin un considerable esfuerzo. Por fortuna, Ginga salió ilesa de entre tanto combate y fue liberada de sus ataduras por su hermana Subaru.
En la habitación de Jail…
– No… ¡No…! ¿¡Tú también me traicionas, hijo mío!? –gritó el oji miel interrumpiendo su siniestro accionar sobre su hija.
Se disponía a accionar a sus androides, pero no pudo hacerlo porque las ataduras mágicas de Yuuno lo inmovilizaron al pie de la cama.
– Scaglietti Jail, queda arrestado por intento de violación. –informó el almirante Chrono.
– ¿¡Por qué, Otto…!? –imploró patéticamente el malvado mientras se retorcía por las ataduras cada vez más fuertes de Yuuno.
– No lo lamento, padre. Ojalá lo hubiese hecho antes. –remató– Con las demás no había ningún problema porque consintieron tener sexo contigo… pero a Cinque la obligabas con coerción a hacerlo… Cuando me enteré de lo que querías hacer no pude soportarlo y lo revelé todo a las autoridades en el momento justo para atraparte infraganti.
– ¡Otto, mal parido…!
Pero Jail no pudo decir más porque Yuuno creó una cinta para la boca al criminal. Cuando Chrono y Yuuno se llevaron a rastras al criminal Otto cubrió a Cinque con una manta.
– Lamento haber llegado tan justo a tiempo, hermana, pero no tenía otro modo de probar la culpabilidad de nuestro padre… –se empezaba a disculpar y a explicar Otto.
– …que atraparlo infraganti… –completó por su hermano– Lo comprendo, Otto. Gracias. Por suerte en verdad no me alcanzó a hacer casi nada…
Ginga entró en ese momento casi corriendo, acompañada por Subaru y Teana, quienes se quedaron en el umbral de la habitación al ver que todo parecía haber terminado bien. Cinque notó el moretón en el párpado de Ginga y ésta le explicó que cuando la secuestraron las otras tres no fueron precisamente delicadas para lograrlo. Esto, más que el asco que le provocaron los manoseos de su padre, le dio bastante bronca a Cinque, pero Ginga al escuchar que Cinque despotricaba contra cuatro de sus parientes más cercanos le dijo que al final no tenía caso enojarse tanto por eso y la besó en los labios. Ambas sentían lo mismo la una por la otra, no podían negarlo por más tiempo. Cinque le explicó que haría cualquier cosa por ella. Jamás permitiría que le hicieran daño a esa bella mujer que le robó el corazón, aunque eso significase sacrificarse ella. Nunca permitiría que hiriesen al amor de su vida.
Un mes después…
Después de aquel fatídico día, hablaron larga y tendidamente. Ambas se confesaron mutuamente su amor. Un amor que querían fuese eterno. No hubo boda, pero sí casamiento entre Cinque y Ginga. Aquella noche, tras aquel mediodía en que hicieron formalmente oficial su relación, festejaron con todos sus buenos amigos y parientes con una fiesta en la residencia Nakajima. Cinque sabía que no tenía por qué cargar sobre los hombros pensando demasiado en que su padre y sus tres hermanas estaban tras las rejas a pesar de que había sido criada por ellos… Pero la maldad puede, y de hecho, muchas veces, ser sutil y no se manifiesta de manera radical la mayoría de las veces… Todo esto se lo explicó Ginga aquella medianoche en que por primera vez hicieron el amor, porque lo de ellas no era sexo, no, ellas siempre harían el amor para demostrarse todo el amor que sentían… Cinque, tras notarse tan amada, sabía que Ginga tenía razón: ella estuvo a punto de ser víctima de unos personajes sinestros, así que, muy lejos de notarse culpable, debía estar ahora más feliz y activa en sus cosas que nunca, pues nada ni nadie le arrebataría su amor por Ginga.
– Gracias, gracias, gracias… Amigos míos, Otto… y Ginga… Gracias a todos por salvarme… ¿Cómo no los voy a retribuir con lo mejor que tengo…? Mi eterna gratitud, amistad y amor… Ginga… –la llamó tomándola de la mano– Gracias por todo. Te amo…
FIN
