«Ginny me abrió su alma, y era precisamente su alma lo que yo quería».

Harry Potter y la cámara secreta

La historia no empezó así:

Había un boggart en el cuarto de Ron.

Estaba escondido bajo la cama, atento al crujido de las escaleras y a la respiración de cada uno de los habitantes de la casa, como el monstruo de las historias de terror que acecha a sus presas desde las sombras, esperando el momento adecuado para salir a la luz y devorarlas.

Llevaba ahí muchos meses, le había dicho su madre, y eran incapaces de hacerlo desaparecer.

—Le pediré a Harry o a Fleur que le echen un vistazo la próxima vez que vengan a comer —mencionó distraída mientras ponía a fregar los platos del almuerzo con un seco golpe de varita.

—Puedo echarle un vistazo yo —dijo Ginny sin pensarlo, todavía con la boca llena de pudín de chocolate.

Solo estaban ellas en la cocina. Su padre echaba cada vez más horas en el Ministerio, y ninguno de sus hermanos vivía ya en casa. Su madre la miró con fijeza, y Ginny intentó que su expresión no traicionara sus sentimientos.

—No es necesario, cielo, no es como si alguien fuera a usar ese cuarto en estos momentos. Mientras mantengamos la puerta cerrada no habrá problema.

Ginny pretendió no escuchar el deje de amargura en la voz de su madre.

—No es problema, mamá, sabes que se me dan bien los hechizos de Defensa —se terminó el pudín y se levantó para darle un breve beso en la mejilla—. Ya te comentaré qué tal.

Eso había dicho, pero horas después seguía sentada en su cama con los codos apoyados sobre las rodillas y la varita laxa entre las manos. Llevaba la camiseta de Ron de los Chudley Cannons que le quedaba exageradamente grande y dos calcetines disparejos que había encontrado por la habitación de Percy, y se sentía más pequeña que nunca.

Un boggart, en general, no era considerado una criatura mágica especialmente peligrosa. La gran mayoría de magos adultos podían contrarrestar un boggart sin demasiado problema, aunque hacerlos desaparecer era casi imposible y tendían a resurgir cuando olían el miedo. Por eso, en periodos de guerra, los boggarts nacían en rincones oscuros de las casas mágicas tras alimentarse del terror que recorría las calles.

Percy le había contado que, tras la Batalla de Hogwarts, el número de boggarts reportado al Ministerio de Magia había aumentado drásticamente, y también lo había hecho su peligrosidad. A fin de cuentas, para muchos magos y brujas, su mayor miedo era Lord Voldemort.

Ginny rió por lo bajo al imaginarse la cara serpentil del mago oscuro manifestándose de repente en el salón de tu casa, mientras intentabas tomar el té. La varita entre sus manos tembló ligeramente, sin embargo, traicionando su aire relajado e indiferente.

—Estás haciendo el ridículo —se dijo en voz alta. Últimamente hablaba mucho consigo misma—. ¿Eres Gryffindor o no? Pues levántate y actúa como tal.

Sus palabras no la convencieron demasiado, y todavía tardó otra media hora en lograr ordenarle a sus piernas ponerse en movimiento.

Estaba anocheciendo cuando los escalones de madera crujieron bajo su peso; el olor a pescado frito que su madre debía estar preparando para la cena le inundó los sentidos mientras subía al piso de arriba y se paraba ante la puerta de la habitación de Ron.

Nada más detenerse ante ella, escuchó un movimiento al otro lado. Era el sonido de algo pesado arrastrándose por el suelo, o el sonido de una cosa pequeña con muchas patas correteando, o el sonido de una persona zapateando impaciente, o…

Ginny apretó con fuerza la varita y cogió una amplia bocanada de aire.

Alohomora.

La puerta se abrió con un crack ominoso, y Ginny permaneció en tensión mientras daba un par de pasos hacia dentro. La luz del atardecer entraba por la ventana e iluminaba la estancia en tonos anaranjados, pero Ginny no percibía el calor del sol sobre la piel. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, como si la temperatura hubiera bajado unos cuantos grados de golpe y porrazo.

La cama tembló un instante cuando dio otro paso dentro de la habitación. Ginny la apuntó con la varita sin inmutarse, esperando que el boggart se atreviera a mostrarse. Un siseo salió de debajo de la cama, empezando en tonos bajos y aumentando la intensidad hasta que ahogó la canción que su madre tarareaba desde la cocina.

—¿Vas a salir o no? Estoy esperando y me gustaría bajar pronto a cenar —le increpó Ginny a la cama, tratando de mantenerse firme pero con la mandíbula tan tensa que se le marcaba la vena de la sien, que palpitaba enloquecida.

El siseo se cortó de golpe, pero Ginny tuvo que contener un respingo cuando dos ojos rojos se abrieron bajo el hueco de la cama y la contemplaron con fijeza.

«Al menos no es el cadáver de Fred», pensó con cierto alivio. Sabía que ese era el boggart de su madre y que por eso se negaba a entrar en la habitación a lidiar con el problema. Ginny la entendía. Si su boggart hubiera sido ese, tampoco sería capaz de enfrentarse a ello.

Los ojos rojos no se movieron, brillando en la oscuridad bajo el colchón. Ginny decidió probar suerte.

Riddikulus —murmuró apuntando a los terribles ojos, pero estos no se inmutaron. Ginny soltó un gruñido, y los ojos se convirtieron en pequeñas rendijas, como si se estuvieran riendo de ella.

—Sabes que eso no va a funcionar —dijo el monstruo bajo la cama con una elegante voz de barítono.

A pesar de que lo había estado esperando, a Ginny se le heló la sangre en las venas.

Lenta, muy lentamente, con la lentitud propia de las pesadillas y de los peores recuerdos, el monstruo salió de debajo de la cama. Primero las manos, blancas y alargadas, perfectas para un pianista. Luego la cabeza, adornada con una abundante mata de pelo oscuro y brillante. Y después el resto del cuerpo, delgado y esbelto, lo bastante alto como para alcanzar el dintel de la puerta si intentaba pasar bajo ella.

El monstruo la miró con unos ojos negros, no rojos, y sonrió.

—Bienvenida de vuelta, Ginevra —dijo Tom Sorvolo Ryddle.

I

La historia empezó así:

Ginny nunca había tenido amigos, solo hermanos y padres, de vez en cuando alguna tía lejana que te dejaba la cara llena de babas tras besuquearte. Pero no amigos; los amigos eran como una historia secreta que se susurra después de medianoche y te deja el estómago lleno de mariposas e impaciencia. Eran un anhelo al fondo de la garganta y un deseo de cambio, de encontrar algo mejor.

Los amigos eran la promesa que se hacía a cada niño que partía a Hogwarts, junto con la magia. Debes dejar a tus padres atrás, pero a cambio obtendrás amigos y la capacidad de convertir a tus hermanos en una babosa si se vuelven demasiado molestos.

El problema para Ginny fue descubrir que los amigos eran una mentira, una fábula creada por adultos para dorar la amarga píldora que es la realidad.

Durante las primeras semanas lejos de casa, Ginny se acurrucaba en su cama todas las noches y se contaba a sí misma las historias para dormir que solía narrarle su madre, aquellas donde la amistad era algo real y tangible que ayudaba al protagonista a avanzar en su camino. Ella siempre había soñado en participar en una de esas historias pero, ¿cómo vas a participar en una historia de aventura cuando eres el único personaje y tu único talento es llorar?

Siempre despertaba con la cara roja y las lágrimas ya secas en las mejillas.

Y entonces, cuando el futuro parecía inexistente y el presente era un nubarrón gris y terrible, ocurrió el milagro.

Ginny hizo un amigo.

Se llamaba Tom, y era un chico de otro tiempo atrapado en un diario mágico.

No era como el resto de sus compañeros, que tendían a ignorarla y a susurrar burlas a sus espaldas por ser demasiado tímida y callada. Tampoco era como sus hermanos, que le daban una palmadita en la cabeza y preferían no prestarle mucha atención. Tom la entendía, porque había leído todos sus sentimientos, y por ello, Ginny lo amaba con todo su corazón.

«Y la estúpida de Mandy volvió a llamarme zanahoria. Encima lo hizo delante de Harry, ¡de Harry! ¿Crees que se dio cuenta, Tom? ¿Crees que también pensará que mi pelo me hace parecer una zanahoria?». Ginny escribía en el diario con las pestañas todavía húmedas con lágrimas. Había estado llorando en el baño después de que Mandy le gritara en medio del pasillo. Ginny odiaba llorar, pero por algún motivo no era capaz de dejar de hacerlo, cualquier insulto o burla en su dirección la hacía desear volverse una bola y desaparecer.

«Por lo que me has contado de él, Ginevra, dudo que se haya enterado de lo que ha pasado. No parece un chico muy espabilado. Y de todas formas, esa tendría que ser tu última preocupación, ¿qué has pensado para vengarte de Mandy?». La elegante letra de su amigo apareció en las páginas como una herida abriéndose paso en la piel, y Ginny se sintió reconfortada de inmediato. Tom siempre estaba allí para ella, nunca tenía asuntos más importantes que tratar; no tenía que ayudar a salvar el mundo, o estudiar, o entrenar para el próximo partido de quidditch.

Tom era suyo, y estaba ahí para ella.

«No me llames Ginevra, suena a nombre de abuela», respondió Ginny rápidamente, con el corazón ya más aliviado. «Y no hables mal de Harry, ¡es muy buena persona! ¡Es un héroe!». Se apresuró a seguir escribiendo antes de que Tom pudiera añadir algún comentario desagradable; aunque nunca lo decía directamente, Ginny sabía que no le gustaba leerla hablando bien de Harry. Ginny lo entendía, no debía ser fácil que tu única amiga se dedicara a babear por un chico desconocido día sí y día también. «Y no, no he pensado nada para Mandy. Solo me ha llamado zanahoria, no es para tanto. No es igual que lo que hizo Smith».

Smith le había hechizado los zapatos para mantenerla pegada al suelo durante horas. Ginny había estado demasiado avergonzada para gritar pidiendo ayuda y había permanecido en una esquina del patio hasta que empezó a llover y se deshizo el hechizo.

Una semana después, Smith acabó en la enfermería después de que le explotara misteriosamente un caldero y le quemara todo el pelo y parte de una oreja.

Pero Ginny no creía que Mandy se mereciera algo tan terrible.

«Ginevra es un gran nombre», escribió Tom. «Ginny es el nombre de una niña que se esconde a llorar en el baño y deja que la insulten por los pasillos sin consecuencias. Ginevra es el nombre de una joven que sabe lo que vale y no permite que le falten el respeto, aunque tenga que recurrir a la violencia para ello».

Ginny frunció los labios, sintiéndose algo dolida.

«Sigue sonando a nombre de abuela, no me gusta. Todo el mundo me llama Ginny».

«A mí no me gusta Tom, y no me ves quejarme de ello. Lo importante de un nombre no es que te guste o no, Ginevra, lo importante es lo que significa».

«¿No te gusta Tom?», se extrañó Ginny, pues así es como el muchacho se había presentado. «¿Prefieres que te llame de otra manera?».

«Sí», respondió Tom, para su sorpresa. «Pero por ahora Tom está bien».

«¿Qué significa eso? ¿Tienes otro nombre además de Tom?»

«Lo tengo, al igual que tú tienes otro nombre además de Ginny, un nombre que significa algo más grande que tú misma: aquello que aspiras a ser. Por eso Ginevra es un gran nombre, posee la gravedad que merecen tus sueños».

A veces Tom era demasiado dramático, pero Ginny se lo perdonaba igual que Tom perdonaba su inseguridad y su amor no correspondido. Eso hacían los amigos, después de todo.

«¿Cuál es tu otro nombre, entonces?»

Hubo un instante de silencio en el que las páginas del diario permanecieron en blanco, y Ginny temió haberlo ofendido.

«Algún día te lo diré», respondió Tom. «Te lo prometo».

No tenía ningún sentido, pero a Ginny le dio la sensación de que el diario esbozaba una sonrisa que enseñaba todos los dientes.

II

El monstruo era delgado, pero parecía ocupar toda la habitación. La luz del atardecer que entraba por la ventana iluminaba una figura en blanco y negro, como sacada de otra época. Solo los toques verdes de la túnica de Slytherin representaban algo de color en aquel contraste de claros y oscuros.

Cuando sonrió mostró unos dientes rectos y perfectos, pero la sonrisa resultó más amenazante que un cuchillo en la tráquea.

—Te he echado de menos —dijo con suavidad, avanzando un único paso. La habitación de Ron era pequeña, y ya estaban demasiado cerca para la tranquilidad de Ginny, que alzó la varita (no estaba temblando, no estaba temblando, no estaba temblando) y dijo a través de su garganta seca:

Riddikulus.

No sucedió nada. El monstruo siguió a menos de un metro, mirándola fijamente, y Ginny sintió el terror sacudiéndole las entrañas (no es real, no es real, no es real).

El monstruo ladeó ligeramente el rostro, y su sonrisa se alargó, subiéndole por la mejilla hasta convertirse en una mueca cruel.

—Veo que sigues tan inútil como siempre —comentó con absoluta tranquilidad, y avanzó otro pequeño paso hacia ella.

Riddikulus. ¡Riddikulus!

Los ojos del monstruo brillaron con malicia, y Ginny se vio obligada a retroceder hasta el dintel de la puerta (demasiado cerca, demasiado cerca, demasiado cerca).

—Ginevra "Ginny" Weasley, la chica que nunca logra hacer nada —el monstruo sacudió la cabeza con fingido pesar—. No importa lo mucho que te esfuerces, siempre tienes que ser la damisela en apuros en lugar del caballero de brillante armadura, ¿no es así?

Ginny apretó la mandíbula hasta hacerse daño.

—No sé lo que habrás escuchado, pero he cambiado bastante desde la última vez que hablamos — ¿qué estás haciendo? No hables con él, ¡no es real! ¡No es real!—. ¡Riddikulus!

El monstruo avanzó otro paso, y a pesar de tener todo el pasillo a sus espaldas, Ginny se sintió acorralada.

—Oh, he escuchado todo tipo de cosas, Ginevra —susurró su nombre como un secreto, y Ginny sintió un escalofrío. Se sentía congelada, como una presa delante del depredador—. Cosas que tú misma me has contado, ¿o acaso has olvidado que soy tu mayor confidente y que, hagas lo que hagas, siempre tendré una parte de tu corazón que me cuenta todos tus secretos? Lo sé todo; sé sobre tus pesadillas repletas de ojos rojos y cadáveres, sé sobre tus sueños donde haces pagar con sangre a todos aquellos que han osado hacerte daño, sé sobre tu rencor hacia Percy, sobre tu envidia a Fleur, sobre tus miradas anhelantes hacia Luna.

¡Riddikulus! ¡Riddikulus!

—Y sé sobre Harry, por supuesto. Harry Potter, el niño que vivió. Harry Potter, el Elegido. Harry Potter, el héroe del mundo mágico. Harry Potter, el horrocrux de Lord Voldemort —la voz de barítono ondulaba, volviéndose más aguda por momentos, gorgoteando como un caldero hirviendo—. ¿Qué se siente al saber que las dos únicas personas de las que te has enamorado eran parte del mismo monstruo? ¿Qué se siente al saber que, pase lo que pase, nunca puedes escapar de mí?

El gorgoteo paró, y la voz tomó el cariz agudo y frío que Ginny recordaba de la Batalla de Hogwarts. Los ojos, antes oscuros, la miraban ahora con un brillo rojizo, y cuando el monstruo estiró una mano hacia ella, la piel era de un blanco antinatural.

—¿Quieres saber mi verdadero nombre, Ginevra? —dijo la voz de Lord Voldemort.

Antes de que pudiera rozarla, Ginny retrocedió un paso hasta el pasillo y gritó:

¡Fermaportus!

La puerta del cuarto de Ron se cerró de golpe, pero Ginny pudo ver como el monstruo (todavía con pelo oscuro y el uniforme de Slytherin, pero ya con la nariz aplastada y los ojos hechos rendijas) se lanzaba hacia ella en un último intento de alcanzarla.

No lo consiguió, la puerta se cerró con firmeza, y al otro lado se escucharon gruñidos y arañazos en la madera durante un minuto.

Después, nada.

—¿Ginny? —Llamó su madre desde abajo—. ¿Qué ha sido ese portazo? ¿Estás bien?

Muy lentamente, Ginny se dejó caer de rodillas al suelo y se echó a llorar.