ADVERTENCIA. Esta historia, contiene contenido adulto, temas y situaciones altamente sexuales. Adecuado para mayores de 18. Leer bajo tu propio criterio. Esta historia es de Tillie Cole. Los personajes utilizados en esta adaptación sin fines de lucro pertenecen a M. Kishimoto.

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PRÓLOGO

EASINGTON, DURHAM, INGLATERRA.

HACE CATORCE AÑOS...

—Sakura, puedes venir, cariño. Tengo algo que decirte.

Mi abuela estaba en la habitación de nuestra pequeña casa, sentada en su viejo sillón marrón con la cabeza entre las manos.

Me adelanté y miré alrededor de la habitación. Mi papá no había regresado del pub. Siempre estaba en el pub desde que la horrible señora que a veces salía en la televisión cerró las minas el año que yo nací y mi papá se deprimió. La abuela me lo dijo.

Mi abuela levantó la cabeza y sonrió melancólicamente. Mi abuela tenía la sonrisa más amable que jamás había visto; podía iluminar la habitación con sólo una sonrisa.

Amaba a mi abuela, mucho.

Mientras me acercaba, me di cuenta que estaba sosteniendo una vieja foto de mamá. Mamá murió cuando yo nací, y la abuela y papá sólo se enfadaban cuando preguntaba por ella, así que evitaba preguntar nada. A pesar de eso, silenciosamente me aseguro de besar su foto junto a mi cama todas las noches. La abuela me dijo que mami me vería hacerlo desde el cielo.

—Ven aquí, mi pequeña Saku-pops. Siéntate en mi regazo —dijo, con un movimiento para que me acercara hacia ella, colocando el marco sobre la alfombra roja.

Dejé caer mi mochila de color rosa en el suelo, me acerqué y me senté en su regazo. Olía a menta. Ella siempre olía a menta. Sabía que era para ocultar el olor de los cigarrillos que fumaba clandestinamente en el callejón. Me hacía reír cuando se escondía fuera cada mañana sin quitarse los rulos de color rosa en el cabello gris con destellos rosas y su bata púrpura.

Puse una de mis manos en su mejilla. Se veía perturbada.

—Abuela, ¿qué pasa?

Tomó mi pequeña mano entre las suyas y me sobresalté de lo fría que las tenía. Las froté entre mis manos y le di un beso en su mejilla para que se sintiera mejor. Ella decía que mis dulces besos podían hacer que cualquier problema en el mundo fuera un poquito más fácil.

La habitación estaba muy tranquila. El único sonido provenía del crepitar de la chimenea y el fuerte tic-tac del reloj del abuelo.

La abuela ponía siempre música, y bailábamos en frente del fuego. No había música tocando hoy, sin embargo, y la casa se sentía aburrida y triste.

Me quedé mirando el reloj y vi que el minutero estaba en las doce y puntero en las cuatro. Me esforcé por recordar lo que mi maestra, la Sra. Umino, nos había dicho en clase. Mis ojos se cerraron con fuerza mientras trataba de pensar. Se abrieron mientras me quedaba boquiabierta. Eran las cuatro. ¡Sí! Las cuatro en punto.

Papá volvería pronto.

Traté de escabullirme del regazo de la abuela para correr hacía la puerta a esperar a que mi papá entrara. Siempre me abrazaba y me hacía girar antes de decirme que era la chica más guapa del mundo, al igual que mi mamá.

Era mi parte favorita del día.

Salí de las rodillas de mi abuela, pero ella me agarró del brazo.

—Abuela, ¿qué haces? Papá va a venir pronto. Necesita su abrazo diario.

La abuela aspiró profundamente y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos.

—Abuela, ¿por qué lloras? Por favor, no estés triste. ¿Necesitas un dulce beso? ¿Eso te hará sentir mejor?

La abuela me aplastó contra su pecho, y mis gafas estuvieron a punto de caer de la nariz. Con la tela de su delantal rayado contra mi mejilla. Moví ligeramente la cara para detener la picazón. Ella me echó hacia atrás y cayó de rodillas. Sus ojos tristes estaban a la misma altura que los mío ahora.

—Saku, necesito decirte algo, algo que te hará muy, muy triste. ¿Me entiendes?

—Sí, abuela. Tengo seis años. Soy una niña grande. Entiendo muchas cosas. La señora Umino dice que soy la niña más inteligente de toda mi clase, tal vez de la escuela.

La abuela me sonrió. No llegó a los ojos, sin embargo. No era una sonrisa completa. Papá decía que sólo las sonrisas completa muestran que eres realmente feliz. No debes perder una sonrisa completa en una cosa que no te hace muy feliz.

—Tú eres inteligente, cariño, aunque no sé a quién te pareces. Llegarás lejos. Estás destinado a dejar esta vida triste y hacer algo por ti misma. Es lo que tu madre y tu p... papá hubiera querido. —Inhaló y sacó el pañuelo de color rosa de su bolsillo. Estaba completamente bordado de rosa rojas. Habíamos elegido la tela en el mercado hacía dos semanas. Hicimos una para ella y otro para mí, un conjunto a juego, al igual que la abuela decía que éramos nosotras.

Secó su nariz roja con el pañuelo mientras miraba por la ventana, antes de que sus ojos cambiaran, ella me miró de nuevo.

—Ahora, Sakura, tienes que tomar una gran bocanada de aire, de acuerdo, como te he enseñado.

Asentí y respiré durante cinco segundos a través de la nariz, sosteniendo mi estómago, y soplé lentamente durante cinco a través de mi boca.

—Buena chica —elogió, frotándose la mejilla con el pulgar.

—Abuela, ¿dónde está papá? Está retrasado. Nunca llega tarde. —Siempre estaba en casa para verme después de la escuela. Siempre olía a cerveza desagradable, sin embargo, pero él siempre había olido así. No sería papá si no lo hiciera.

—Saku, algo le pasó a papá hoy —me dijo con una voz temblorosa.

—¿Está mal? ¿Le hacemos un poco de té para cuando llegue a casa? El té hace que todos se sientan mejor, ¿no es así, abuela? Siempre me dices eso —le dije, empezando a sentir un extraño, sospechoso remolino en mi estómago por la forma peculiar en que ella me estaba mirando.

Negó con la cabeza mientras su labio temblaba.

—No, cariño. El té no será necesario hoy. Dios decidió llevarse a tu padre al cielo esta mañana para estar con los ángeles.

Levanté hacia atrás mi cabeza para mirar hacia el techo. Sabía que Dios vivía hacia arriba por encima de nosotros en el cielo. Nunca pude verlo, sin embargo, no importa cuánto lo intentara.

—¿Por qué Dios se llevó a papá lejos de nosotras? ¿Somos malas personas? ¿Era demasiada traviesa? ¿Es por eso que Dios no quiere que tenga una mamá o papá?

Mi abuela me abrazó, con la nariz metida en mi cabello largo y rosa.

—No Saku-pops, nunca, nunca pienses eso. Dios sentía la tristeza de tu padre por haber perdido a tu mamá tan pronto. Y decidió que ya era hora de volvieran a estar juntos de nuevo. Él sabía que eras valiente y lo suficientemente fuerte como para vivir sin los dos.

Pensé en ello mientras chupaba el pulgar. Siempre me chupaba el dedo cuando tenía miedo o me sentía nerviosa.

La abuela me alisó el cabello de la cara.

—Quiero que sepas que nadie en todo este planeta te amaba tanto como tu mamá y papá. Cuando mami murió, papá no sabía qué hacer. Él te amaba tanto, pero también la echaba de menos. Cuando la señora de la televisión...

—¿Margaret Thatcher? —la interrumpí. Habíamos aprendido acerca de ella en la escuela. No le gustaba a mucha gente en mi ciudad. La llamaban con nombres desagradables. Hizo a un montón de gente muy triste.

La abuela sonrió.

—Sí, Margaret Thatcher. Cuando la señora Thatcher cerró las minas, tu papá ya no tenía trabajo y eso le hizo muy infeliz. Papá intentó durante mucho tiempo ganar dinero para comprarnos una casa mejor, pero sólo había trabajado en las minas toda su vida y no sabía hacer otra cosa. —Cerró sus ojos fuertemente—. Hoy murió papá, cariño. Se ha ido al cielo y no va a volver de nuevo con nosotras.

Mis labios comenzaron a temblar y sentí las lágrimas picar en mis ojos.

—Pero no quiero que se vaya. ¿Podemos pedirle a Dios que lo traiga de vuelta? ¿Qué vamos a hacer sin él? —Un fuerte sentimiento se expendió por mi pecho y sentí como si no pudiera respirar. Cogí la mano de mi abuela, y mi voz se volvió ronca—. No hay nadie más que nosotras ahora, ¿verdad, abuela? Eres todo lo que me queda. ¿Y si él decide llevarte a ti también? No quiero estar sola. Tengo miedo, abuela. —Un fuerte grito arrancó de mi garganta—. No quiero estar sola.

—Sakura —abuela susurró mientras me acurrucaba cerca y caíamos al suelo juntas, llorando frente a la chimenea.

Mi papá se había ido.

Mi papá estaba en el cielo.

Él nunca, nunca volverá.