PRÓLOGO - ANTES DE HOGWARTS - JULIO 1971
-¡Cariño! ¡Corre, baja a la cocina! ¡Por fin ha llegado! - gritó Euphemia mientras abría la ventana para que la pardusca lechuza, cansada por el viaje, entrase a la cocina a depositar la correspondencia. En lo que la lechuza depositaba la carta, aprovecho para abrir el grifo del agua para permitir al ave refrescarse después de cumplir con su encargo.
En ese momento se abrió de par en par la puerta de la cocina, y un niño de no más de 11 años apareció montando un revuelo y escándalo, buscando ansiosamente el sobre que traía la lechuza. Como pudo llegó a esta ella, y un tanto brusco desató el sobre de pergamino que portaba, no sin llevarse algún picotazo de reprimenda por parte de la lechuza.
-James, con cuidado - mientras Euphemia vigilaba que su hijo no le arrancara ninguna pluma a la lechuza en su afán de conseguir su correspondencia - ¿lo ves? No tenías de que preocuparte, ya te dijimos tu padre y yo que recibirías tu carta a mediados de verano.
-¿Y papá? - preguntó el chico mientras finalmente lograba romper el matasellos de su carta.
-Tiene que estar a punto de llegar, ha tenido que salir un…- en ese instante se oyó un sonido seco y un hombre, de unos 50 años, con gafas redondas, apareció al lado del fregadero, volviendo a asustar a la lechuza en su reposo, por lo que después de una severa mirada a la concurrida cocina decidió volverse a ir por el mismo sitio por el que había venido - aquí lo tienes.
-¡Papá! ¡Está aquí! ¡LA CARTA! - grito el chico emocionado mostrando su sobre.
-Muy bien James, ¿la abrimos? - mientras se sentaba a la mesa de la cocina sonriendo y tomaba la mano de su mujer.
Peter estaba sentado en el sofá del salón, pasando distraídamente las páginas del libro que llevaba todo el verano intentando leer, y del que aún no había sido capaz de avanzar. Intentaba disimularlo, pero en realidad estaba nervioso y por eso mismo no era capaz de concentrarse en la lectura. Sabia que las cartas se recibían esa semana, pero ya estaban a domingo y aún no había llegado la suya, ¿y si no la recibía? ¿Y si se tenía que quedar en casa para siempre viendo como sus padres eran participes de ese mundo que tanto le fascinaba? ¿Y si tenía que compartir colegio, clase y vida con muggles?
Sus padres le habían explicado que los muggles eran exactamente igual que ellos, salvo por la magia, ellos no podían hacerla, pero en todo lo demás eran iguales. Sus padres trabajaban en la Oficina de Enlace con el Mundo Muggle del Ministerio de Magia , por lo que quizás, estaban más acostumbrados a tratar con ellos que otros magos. Sobre todo trataban con squibs, eran hijos de magos, con ninguna o prácticamente ninguna habilidad mágica. Y aunque sus padres no lo decían abiertamente, todos creían que él también era un squib.
Peter se hundió poco más en el sofá a la vez que se hundía con sus pensamientos cuando un ruido le distrajo nuevamente de su décimo intento de terminar la página que tenía marcada de Los Cuentos de Beedle el Bardo. Se acercó a la ventana y allí la vio, una lechuza gris enorme con un sobre de pergamino atado a su pata. No pudo evitar gritar, lo que provocó que su madre entrara corriendo al salón.
- Peter, cielo, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? - preguntó una señora de poco más de 30 años, con el pelo marrón recogido en un moño, mientras se dirigía corriendo al lugar donde estaba su hijo. Se paró delante de él para examinar que estuviera en buen estado y en ese momento fijo la mirada a la ventana que contemplaba su hijo con ansiedad - ¡Peter! ¡Peter corre ven! - gritó mientras abría la ventana
En ese momento, un hombre, corpulento, de unos 30 años también entró al salón en el momento exacto en el que la lechuza gris dejaba caer el sobre sobre el sofa en el que hace unos minutos su hijo estaba sentado leyendo.
- Irma, ¡LA CARTA!
Como el 12 de Grimmauld Place estaba completamente oculto al ojo vulgar de cualquier muggle, ninguno de los transeúntes que pasaban por allí, aquella inusual calurosa tarde de verano londinense, se percataron de los gritos que salían del salón de la primera planta.
Walburga Black no paraba de gritar y señalar el enorme tapiz que tenía su espalda.
- ¡Eres la deshonra de la familia!
- ¡No pienso abrirla! - gritaba un joven sentado en una de los grandes sillones que ocupaban el salón
- ¡Vas a abrir esas carta inmediatamente! ¡Vas a ir a ese colegio! Y con suerte entrará algo en esa cabezota tuya y no dejarás a esta familia y su glorioso apellido…¡Por las barbas de Merlín Orión! ¿No piensas pronunciaste respecto a tu hijo? - dijo la mujer exasperada alternando la mirada entre el joven y el hombre que se encontraba de pie apoyado en la chimenea.
- Ya te he dicho que no pienso ir, me da igual lo que digáis, pienso coger mi escoba y largarme volando de aquí antes de lo que se tarda en decir hipogrifo.
- Verás Walburga - habló finalmente Orión - quizás no estés usando el enfoque correcto querida.
- ¿Cómo?
- Tu hijo si va a acudir al colegio, tu hijo no va a deshonrar a esta familia y mucho menos el apellido de la familia, y evidentemente va a abrir esa maldita carta ahora mismo.
- ¿Y cómo pretendes que haga eso? - contesto el chico desde la butaca, pero ya no estaba tan seguro de sí mismo como hace unos segundo mientras la discusión era con su madre.
- Verás Sirius, creo que hemos sido unos padres demasiado benévolos contigo, creo que ya tienes edad suficiente para entender que no siempre uno consigue lo que quiere - paro un momento para ver si su hijo seguía el hilo de su discurso - Puedes gritar, encerrarte en esa pocilga que llamas dormitorio, amenazar con márchate y no volver, saltar por la venta o confesar a toda esta maldita plaza repleta de muggles que aquí hay una casa.
- Puede hacer todo a la vez - susurro el chico
- Oh, por supuesto que puedes, y no dudo que serías capaz de hacerlo, es más, creo que realmente me decepcionaría que no intentaras ninguno de tus estúpidos numeritos….pero ese no es el caso. La cuestión aquí hijo mío, es que tú te vas a ir al colegio, si te niegas, si no obedeces, sabes que no tendré ningún problema en usar mi varita, y tú ya sabes lo se siente, las mil cuchillos clavándose en tu cuerpo al mismo tiempo, el no saber si esa agonía va a acabar o durará eternamente….sin embargo, tú hermano…
En ese instante un niño, de no más d años entró en el salón totalmente ajeno a la discusión y las amenazas que se estaban realizando.
- ¿Qué hacéis todos aquí? - preguntó el chico mirando la escena
- Nada Regulus, simplemente charlamos - sonrió Orión desde la chimenea
- ¿Y de qué habláis?
- De lo bien que se lo va a pasar tu hermano Sirius en el colegio.
- ¿Te vas? - preguntó Regulus mirando a su hermano mayor, mientras se le empezaban a llenar los ojos de lágrimas
- No llores - dijo Walburga mientras se acercaba a su hijo - los niños no lloran, los hombres tampoco lloran y los Black no desperdician su tiempo en esas banalidades
- Entonces, hijo, no has contestado a tu hermano…¿te vas?
Sirius en ese momento supo perfectamente lo que tenía que responder. Su familia siempre había funcionado así, si las cosas no funcionaban por las buenas, lo hacían por las malas. El sabía que era diferente a ellos, a el le daban igual las clases, las sangres, las familias, el solo quería ser un chico normal, quería tener unos padres normales. Ojalá pudiese desaparecer para siempre.
- Si, me voy
- ¡Muy bien! ¿Lo ves Walburga, te dije que no había problema? ¡Kreecher! Tráeme una copa de vino de sauco
- Regulus se acercó a su hermano, que seguía sentado en el sillón, cabizbajo.
- No te preocupes Sirius, seguro que el colegio no es tan malo
- Gracias Reg
- Puedo - dijo titubeando - puedo…¿puedo verla Sirius? ¿De verdad es LA CARTA?
- Si Reg…por mí, como si la quemas en la chimenea
Hacía poco que habían llegado a esa casa, no era una casa muy grande, pero si que estaba bastante alejada de cualquier pueblo, y los vecinos más cercanos se encontraban a varios kilómetros de distancia.
En el interior aún quedaban cajas por vaciar y colocar. Su padre las había aparecido todas la noche anterior, pero como tenía que ir al Ministerio esa misma mañana a notificar su nueva residencia, no había podido ayudar a su madre y les tocaba hacerlo de la forma muggle, abriendo caja por caja y colocando y ordenando todas sus posesiones.
- Remus, cariño - se asomó una mujer con tejanos y una camiseta blanca - ¿puedes subir esas cajas a la habitación de arriba?
- Si mamá, ahora mismo voy
- Ten cuidado, pesan mucho, y después de tu última recaída aún no estas recuperado del todo.
- No te preocupes, puedo con ellas
- Lo sé mi amor, pero mejor ten cuidado. Cuando las tengas todas subidas, creo que podemos hacer un descanso y tomarnos una buena taza de chocolate, ¿te parece?
- Sí, genial - dijo el chico mirando las cajas que tenía que subir que bien iban a merecer una buena taza de chocolate.
Remus estaba cansado, pero eso no se lo iba a decir a su madre, no quería preocuparla más de lo que estaba. A pesar de tener solamente 11 años, ya sabía muchas más cosas de las que se esperaban de un niño de su edad, pero su vida, a esas alturas, equivalía a cuatro vidas.
Agarró la primera caja y la subió al piso de arriba. La verdad que la habitación no tenía mala pinta, era de las mejores en las que había estado desde hacia mucho tiempo, esperaba y deseaba que aguantara mucho tiempo. No quería seguir siendo una carga. Sabía que todas esas mudanzas eran por su bien, por su salud, que sus padres harían cualquier cosa por él, pero aún así no podía evitar sentirse como un monstruo. De pronto oyó un grito en el piso de abajo que le sacó de abruptamente de sus pensamientos y salió corriendo para ver que pasaba.
- ¡Mamá! ¿Estás bien?
- ¡Remus! Si, ayúdame por favor, después de tantos años sigo sin acostumbrarme a las lechuzas, ¡me dan pánico!
- Mamá, es solo un pájaro
- Uno muy grande - Remus no pudo más que reírse y lanzarse a perseguir a la lechuza que volaba en el pasillo de la planta baja un tanto desorientada.
- Aquí está…tiene una carta.
- Es lo que suelen traer las lechuzas ¿no?
- Si mamá
- ¿Es para tu padre? ¿Del Ministerio?
- No
- ¿Entonces?
- Es…es…es para mi
- ¿Para ti? ¿Seguro?
- Si…es LA CARTA - y los dos se quedaron mudos mirando el sello rojo del pergamino que acababa de dejar la lechuza.
