Donald nunca había sido exclusivamente bueno guardando secretos. De un modo u otro, siempre había que leer entre líneas lo que decía — siempre y cuando entendieran lo que decía — o no tomarlo de forma literal para saber lo que insinuaban sus palabras.

Por ello había accedido a la idea de Panchito de hacer de Los Tres Caballeros una banda universitaria y utilizar un concierto en Acapulco como una mera fachada cuando en realidad lo más parecido a una playa había sido la Isla de Pascua a atender sus deberes de guerreros.

Ahora que se encontraba en el Sunchaser junto a ellos, Scrooge y los niños asegurados en los asientos, y el gallo llorando la destrucción de su guitarra en manos de su tío, comprendía cuánto habían cambiado realmente sus amigos desde que se separaron hace once años.

—No te preocupes, Panchito; puede arreglarse —sugirió José sonriendo con nerviosismo, comenzando a palmear gentil el hombro de su compañero—, no puede ser tan difícil.

—José tiene razón —secundo Donald viendo los restos del instrumento, intentando analizar los daños—, no hay nada que no hayamos podido arreglar antes.

La respuesta fue inmediata. Los latinoamericanos enfocaron su mirada en él; y de no ser porque sus sobrinos estaban más interesados en discutir sobre los acontecimientos recientes mientras que su tío estaba con Launchpad, sus miradas también podrían haberse dirigido a él.

—Es decir, pudimos derrotar a aquella planta carnívora. Y logramos evitar una muchedumbre en Acapulco, ¿no es así? —añadió rápidamente, frotando su nuca y recapitulando el concierto relatado por los dos Caballeros en el pueblo brasileño.

El loro resopló, ayudando a sus amigos a recoger los pedazos de madera y cuerdas vigilando que no se pinchará con alguna astilla.

—Por cierto, gracias por convencer al señor McPato para poder quedarnos unos días en la mansión, amigo —se atrevió a decir Panchito alzando el ala de su sombrero lo suficiente para revelar sus ojos que, a pesar de mostrar tristeza por la torpeza del tío del pato, seguía destilando aquel brillo irreconocible.

É certo. Me alegra ver que su relación ha mejorado para incluir a los patinhos en sus aventuras... —el avión se sacudió por un momento alterando a los latinos, entretanto Donald acomodó los trozos recogidos en el regazo del gallo.

—Te acostumbras luego de algunos vuelos, es mejor que un atlas mágico que podría llevarte a otro lugar sin darte oportunidad de prepararte —comentó sonriendo ladinamente, sentándose nuevamente en la caja de madera. Había moderado el volumen de su voz lo suficiente para que únicamente sus amigos escucharan.

Sí, habían continuado teniendo salidas casuales después de convertirse en el presidente activo del Nuevo Instituto Quackmore y viajando por el mundo salvándolo en innumerables ocasiones, e incluso habían compuesto en conjunto la canción cuyo debut al público había sido en el pueblo; hasta que se había visto regresando a Duckburg después del anuncio de Della sobre que sería tío.

Había cedido la presidencia a las trillizas — es decir, eran muy maduras y capaces para su edad, Daisy tomando el puesto cuando terminaba el verano — y el grupo finalmente se disolvió cuando Xandra dejó de ver por misiones que requirieran su asistencia y ella fue a buscar la forma de liberarse del hechizo del libro, pero ellos jamás dejaron de comunicarse — ni siquiera con las niñas — hasta el segundo cumpleaños de sus sobrinos, visitándolo cada que podían para ayudarle a cuidarlos mientras él descansaba y buscaba trabajo, hasta que tuvieron que regresar a México y Brasil respectivamente.

El dinero mandado desde Latinoamérica y el Instituto había sido lo que le permitió sustentarse a sí mismo y a los niños.

—Aún no creo que el Tío Donald tenga amigos —comentó Dewey, observando a su tío ayudar a los latinos a estabilizarse sobre las cajas después del brusco movimiento de Launchpad.

—Aún no creo que el Tío Donald tuvo una vida —secundó Louie, alzando la mirada de su celular.

José y Panchito le dirigían una mirada que no logró descifrar, el pato riendo nerviosamente. No había visto a su tío tan feliz desde que tenía memoria; era una agria sensación, pero tampoco podía irrumpir en la felicidad de alguien que ha visto por su bienestar desde su eclosión.

Volvió a mirar la pantalla apagada de su celular.

—No sean tan duros con él, chicos, saben que el Tío Donald fue un atrevido aventurero cuando fue ayudante del Tío Scrooge, debió haber conocido a mucha gente durante sus aventuras —comentó Webby poniendo ambas manos en su regazo, observando de reojo a los caballeros comentar algo entre ellos, siendo Donald el único que no río sino hasta segundos después—. Piénsenlo, si conocieron a dioses y diosas en Ithaquack, probablemente conocieron a un legendario guerrero, o a un superhéroe, ¡o a un agente secreto!

Ante cada palabra, la expresión de la patita se iluminó, chillando ante las posibilidades de sus tíos aventureros favoritos — los únicos tíos aventureros que tenía — cooperando con agencias ajenas a S.H.U.S.H y a su abuela, resolviendo misterios y reescribiendo la historia como solamente ellos podían hacerlo.

—¿Saben? Cuando no atendí esa fiesta de cumpleaños para venir aquí, fue con la idea de relajarme y así mis actuaciones no fueran tan... tensas — fue interrumpido cuando su celular del trabajo sonó nuevamente, entrecerrando los ojos al reconocer el número de su clienta para rechazar sin pensarlo dos veces y guardar nuevamente el dispositivo en uno de sus bolsillos antes de tomar nuevamente los trozos de su guitarra y, más tranquilo, colocarlos a su lado sobre la caja ante la mirada atenta de sus compañeros—. Esas salidas solían relajarme, nunca me había sentido tan satisfecho desde que los conocí a ustedes, a las chamacas, a todos, y esperaba que estas pequeñas vacaciones ayudaran un buen. Supongo que la aventura viene a ti cuando menos las esperas, tal vez es lo que a tu Tío Rico le fascina sobre ellas.

La mirada de Panchito brillaba con aire inocente a pesar de la sonrisa melancólica que esbozó en su pico, comenzando a jugar con la solapa de su chaqueta.

Un cómodo silencio se solventó entre ellos durante unos segundos, las otras dos aves imitando la sonrisa del mexicano sin percibir la mirada perpleja de Louie que, siempre perspicaz en las aventuras, había percibido la forma en que habían callado repentinamente después de estar charlando interminablemente desde que arribaron en el Sunchaser.

Deben estar recordando cuando eran universitarios, pensó Louie antes de encogerse de hombros y volver a revisar las redes sociales, aunque mirando de reojo a los amigos de su tío, la memorabilia nunca acaba cuando se trata del Tío Donald.

Sin embargo, había algo que el trillizo vestido de verde aún no comprendía: si habían acordado evitar nuevamente los secretos familiares, ¿por qué nunca había oído de José y Panchito si solamente habían formado parte de una banda universitaria?

—Supongo —finalmente habló el marinero, tanteando con sus tobillos contra la superficie de madera lo suficientemente gentil para no lastimarse en un momento de torpeza, soltando el aire que no sabía que había contenido—. Oigan, necesito disculparme... no debía haberme hecho pasar por multimillonario; cabezas huecas o no, siempre habíamos estado ahí siendo increíbles, aunque estaba idiotizado por Daisy.

Inconscientemente forzó una sonrisa, desatento ante las miradas extrañadas que se formaron en los rostros de los caballeros.

—Los tres mentimos, Donal', no hay nada que perdonar. Los tres somos los mismos torpes de hace once años; aceptémoslo, si no hubiéramos conocido a una hermosa diosa, seguiríamos en la cabaña haciendo tontas travesuras o tal vez intentando sobrevivir en un universo controlado por un lunático que habla con su bastón —alzando su paraguas para enfatizar y haciendo expresiones bobas, José resopló nuevamente cuando escuchó la risilla del gallo.

—Deberíamos ser más discretos. Scrooge y los niños realmente no saben acerca de Xandra o de Los Tres Caballeros. Acordamos evitar los secretos familiares, pero esto es más arriesgado que lo que le pasó a su madre —comentó Donald sobre su sonrisa divertida, observando subrepticio a Dewey y Webby tomándose una foto con el burro, a Scrooge tomando asiento junto a su sobrino mayor mientras hablaban, y a Louie sonriendo con aire ausente mirando su celular.

—¡Lo tengo! —el loro accedió, acomodando nuevamente su paraguas en el recodo del brazo sin dejar de sonreír, acomodándose nuevamente—. Por certo, hablando de Xandra, ¿han sabido algo de ela?

El volumen de la voz del ave verde había reducido considerablemente, consistente con la discreción solicitada por el pato y así no atraer miradas interrogativas.

Las sonrisas en los rostros de Donald y Panchito se esfumaron también. Una mueca se mostró en el rostro siempre radiante del mexicano, y el ceño fruncido del americano denotaba tristeza. Fue un verdadero espectáculo apreciar como el brillo en sus ojos se apagó muy lentamente.

—No desde el día que fue a buscar un contrahechizo contra el libro, compadre —Panchito murmuró atrayendo una rodilla contra su pecho, aferrándola contra él a pesar de la pequeña molestia que esto le ocasiona en el muslo opuesto—. En más de una ocasión pensé en regresar al Instituto Quackmore para solicitarle a las niñas el espejo mágico, pero ni siquiera ellas lograron mantener una conversación. Siempre creí que se trataría de una nueva aventura como dicha diosa mientras cumplía con su objetivo, justo como nosotros, pero es difícil no pensar en ella, extrañarla.

Había comenzado a acariciar su pulgar mientras hablaba, su falta de ánimos siendo fuera de personaje para sus amigos. Era inusual que el gallo se mostrará de dicha forma, mucho menos que hablara así, pero no era más que un indicativo de la sinceridad de sus palabras, y la nostalgia que a pesar de los años seguía presente.

Y a juzgar por la forma en la que José jugaba con su sombrilla al ponerlo en su regazo, mientras Donald hacía lo mismo con uno de los botones de su camisa, dicho sentimiento era mutuo.

—¿De qué crees que hablen allá? —cuestionó Dewey, mirando igual de perplejo que Webby como las expresiones de los adultos se apagaban y como comenzaban a jugar con su propia ropa mientras el loro lo hacía con su sombrilla. Los hermanos ya estaban acostumbrados a dicho gesto por parte de su tío, pero presenciarlo así repentinamente cuando no había hecho más que sonreír, bromear y cantar con sus amigos desde el primer segundo que se vieron había sido inesperado.

Incluso el trillizo más joven había apartado la mirada de su teléfono, mirando con una ceja arqueada a las tres aves.

—No creo que logremos comprenderlo si lo explican. Deben recordar una mala experiencia, inclusive yo pasaba por ello con la abuela antes de que ustedes llegarán a la mansión. Démosles su espacio, el Tío Donald podría molestarse pensando que los estamos espiando; si vuelven a reaccionar así en algún momento, podríamos preguntarles —opinó la patita volviendo a enfocar su atención en el celular de carcasa azul, intentando ignorar el mal sabor en su boca y el cosquilleo en su estómago. A diferencia de los trillizos, ella no estaba acostumbrada a ver en ese estado al marinero.

No obstante, Louie no era capaz de ignorar el mal presentimiento que se instalaba en lo más profundo de su consciencia. A diferencia de sus hermanos, él había heredado la personalidad hogareña de su tío, aquel incansable deseo de tener una familia completa, segura y libre de secretos, estar ciento por ciento consciente de que todo estaba bien tanto con sus tíos como con sus hermanos.

Ahora que Della Duck había dejado de ser un tabú, el joven pato esperaba que las cosas estuvieran más tranquilas.

Esperaba no estar equivocado.

Você sabe? Hace poco me comunique con las niñas —intentando cambiar el tema y además reanimar el ambiente, el brasileño habló con voz suave, una pequeña sonrisa revelándose en su pico mientras alzaba nuevamente el ala de su sombrero poniendo el paraguas a su lado—. Han crecido mucho: June está estudiando en un instituto de alta tecnología, April comenzó a salir con un chico, y May fue aceptada en la escuela de aviación.

—¿Escuela de aviación? Bien, mientras no quiera viajar al espacio y siga siendo la misma chica centrada que conocí, no puedo oponerme —aclarando su garganta, Donald halo levemente la manga de su camisa sonriendo nostálgicamente. No iba a mentirse a sí mismo, había olvidado cómo identificarlas nuevamente, pero le alegraba ver cómo las vidas de las sobrinas de Daisy continuaban, y las identidades que habían tomado a lo largo de los años.

El avión se sacudió nuevamente, pero a diferencia de la primera vez este fue aun más violento sorprendiendo incluso a la familia Duck y haciendo que los Caballeros, al no estar asegurados en los asientos, cayeran de bruces contra el suelo al mismo tiempo que un trueno resonó con un eco distante.

—¿Qué fue eso? —realmente intrigado, se cuestionó Donald a sí mismo tomando su sombrero del suelo antes de levantarse sintiendo sus rodillas tenuemente entumecidas ante el impacto y el tiempo que estuvo sentado—. A menos que haya una tormenta, Launchpad no vuela tan brusco; el pronóstico aseguraba que sería un día soleado...

Respondiendo a su pregunta, el intercomunicador del avión encendió repentinamente con un ruido sordo. José se levantó con Panchito a cuestas, el mexicano sacudiendo su traje.

—Me temo que se ha presentado una nube de tormenta violeta, señor McDee, lo que altera la estabilidad del vuelo —un trueno resonó nuevamente, más sonoro que el anterior que ocasionó que todos se estremecieran—, o del avión...

Había incertidumbre en las palabras del piloto, demostrando que a pesar de sus destacables habilidades en el manejo del Sunchaser realmente no pretendía manejarlo brutalmente.

Webby y los trillizos exhalaron extrañados.

—¿Las nubes de tormenta tienen color además de los monocromáticos? —preguntó Huey en voz alta, sacando su guía de los Junior Woodchucks de su gorra hojeándolo rápidamente junto a Webby, mientras Dewey y Louie comenzaban una carrera improvisada en búsqueda de dicha información.

Un pequeño nudo comenzó a formarse en la fosa del estómago de las tres aves. No querían estar seguros sobre el presentimiento que comenzaban a formularse, querían estar completamente erróneos, comunicándose dicho mensaje con la mirada. Reconocían que habían vislumbrado una nube de tormenta violeta, pero había sido hace más de una década que lo habían considerado un evento de una sola ocasión.

—No, no lo tienen —entrecerrando los ojos, Scrooge no vaciló a retirarse el cinturón y levantarse precavido ante cualquier sacudida de Launchpad. Panchito tragó saliva, sintiendo con creces el nudo en su garganta; Donald sentía sus manos comenzando a sudar secándolas con su camisa, y José se aferró al mango de su sombrilla.

Habían pasado once años, pero Von Sheldgoose había escapado con el báculo roto antes de que tuvieran oportunidad de rendirle batalla.

—Um, ¿tío Scrooge? Creo que es mejor que aterricemos en este momento. Podría ser peligroso volar en estas condiciones —aseguró Donald, el nerviosismo percibido en su voz. Muy en el fondo reconocía que no solo podría ser peligroso para los niños, y sabía que José y Panchito pensaban lo mismo por la forma en que jugueteaban con sus respectivos guantes.

De todos modos, podrían usar su nerviosismo bajo la máscara de que no estaban tan adentrados en la aventura a diferencia de su amigo estadounidense.

Era imposible que estuviera de vuelta. Habían visto cómo lo rompió en dos, y lo que esto generó en Felldrake. ¿Dónde había estado todo ese tiempo? ¿Qué había poseído cuando fue derrotado?

Discretamente Panchito desbloqueó uno de sus celulares, aquel que reconocía más personal, dirigiéndose a los mensajes.

Le escribió rápidamente a la primer trilliza que vio, rezando a La Virgen de Guadalupe que fuera quién tuviera el espejo y le comunicará a Xandra de la situación, o que comunicará con la misma velocidad a la hermana que lo poseía.

—El Tío Donald tiene razón, es estadísticamente probable que ocurra algún accidente si seguimos —aseguró Huey, cerrando su libro con la preocupación visible en sus ojos. Vaciló antes de volver a guardarlo bajo su gorra.

—¡Se fue la señal! —exclamó Louie repentinamente mientras mostraba la pantalla de su celular, demostrando que efectivamente había perdido forma de comunicarse, sobresaltando a sus hermanos al verlo tan callado durante aquel tramo del trayecto—. Deberíamos bajar y ver por algún refugio más seguro. Podremos seguir tan pronto la tormenta termine.

—Estoy de acuerdo, hay que posponer el viaje —el lado racional de Webby se presentó, la joven pata alzando la voz para llegar a oídos del viejo escocés.

Inclusive los niños estaban ansiosos ante el mal clima, inquietando más a los adultos que abandonaron sus posiciones para asomarse discretamente por el parabrisas del avión. Donald les dedicó pequeños ademanes para tranquilizarlos, a pesar de la zozobra que igualmente recorría sus facciones.

Tanto Donald como José y Panchito intentaban ignorar sus pulsaciones agitadas en orden de no revelar su angustia, lo cual era imposible cuando sus cuerpos comenzaron a transpirar y temblar en respuesta a sus emociones chocantes.

Especialmente querían saber por qué había esperado todo ese tiempo para regresar, ahora que las cosas parecían más tranquilas en sus vidas.

El pato estaba más nervioso ante la presencia de su familia.

¡Ay caramba! Ni siquiera en el rancho tenemos tormentas tan chingonas —suspiró Panchito intentando tranquilizar sus pensamientos, agradecido ante el hecho de que su voz no tembló mientras forzaba una sonrisa.

Un trueno apareció nuevamente, y un relámpago violeta reveló la figura de una persona encapuchada montando una criatura alada.

El avistamiento de un báculo resquebrajado ocasionó que los caballeros palidecieran, reaccionando ante el microsegundo que dejaron de sentir sus latidos acelerados.

—Aw, phooey —suspiró Donald tragando saliva, jugueteando con la fábrica de su camisa en un vano intento de canalizar sus nervios.

José y Panchito estaban a espaldas del pato, percibiendo igualmente su angustia. Ambos latinos se miraron entre sí; comprendían el riesgo que su familia corría, habían visto en carne propia de lo que era capaz la persona frente a ellos.

—Launchpad, aterriza en este momento —el avión se sacudió nuevamente obligando a Scrooge a apoyarse sobre sus rodillas junto a Donald, su sobrino sujetando el sombrero de copa cuando éste cayó de su cabeza ante el movimiento.

—Sí, señor —el piloto asintió decididamente antes de comenzar a pulsar botones y mover interruptores, intentando controlar el Sunchaser sobre el precario clima.

¡Sé que están ahí! —una voz rasposa siseo golpeando nuevamente. Los tres amigos ya no tenían cabida para dudas, lamentablemente, y estaban seguros de sentir sus corazones al borde del colapso.

La serie de ataques contra el avión obligó a los patitos a aferrarse a sus asientos, incluso a Dewey y Webby.

Ellos apreciaban la adrenalina de una aventura aproximándose, pero no podían negar que presentándose en aquellas circunstancias cuando no eran intencionalmente era demasiado arriesgado.

—¡Sea lo que sea esto, no me permite aterrizar señor McDee! —Launchpad intentó seguir manejando el avión en vano; de alguna forma se habían quedado congelados en el aire.

Los caballeros se tensaron aún más. No sabían mucho de magia negra — a excepción de José, hecho que Donald y Panchito aún desconocían —, pero estaban casi seguros de que eso era lo que los detenía. Podían sentirla.

—¡¿Qué es lo que quiere de nosotros?! —exclamó Huey alterado y jugando con el borde de su camisa. Panchito se encogió en su posición por inercia, ciertamente prefería tener a Scrooge pisándole las plumas de la cola por tocar a altos decibeles en su garaje — manteniendo así la mentira de la banda — sobre Felldrake.

—Ciertamente no lo sé. No recuerdo enfrentarme a este tipo —y por muy difícil que fuera, Donald prefería lo mismo, aunque eso significará alterar la buena relación que ahora tenían. A pesar de tener múltiples enemigos, su tío tenía la capacidad de recordarlos perfectamente; y si decía no haber enfrentado a Felldrake en algún momento, es porque no había enfrentado a Felldrake en ningún momento.

—¡Debe haber alguna forma menos arriesgada de hacerlos salir! —la voz del Barón resonó sobre la tormenta, sorprendiendo a los patitos, a Launchpad e incluso a Scrooge; a pesar de sólo distinguir a una persona, dos voces se escucharon.

A decir verdad, esa era una voz que a Donald, José y Panchito no les sorprendía oír a pesar de los ápices de senilidad comenzando a asomarse. Si Felldrake estaba cerca, les era obvio que igualmente su descendiente estaría, habiéndolo visto a hablar con el bastón en más de una ocasión.

¡No seas tonto! Están desarmados, y sin la ayuda de la diosa ni de los amuletos son indefensos. Acabas de arruinar el ataque sorpresa, inútil —posterior a eso, un respingo se escuchó de la voz no rasposa.

—¡¿Son dos?! —Donald sintió unas pequeñas manos en su cabeza, bajándola forzosamente mientras Dewey se asomaba sorprendido intentando ver a quiénes osaban a meterse con su familia.

—¡Muchacho, siéntate! —acotó Scrooge frunciendo el ceño. Sabía que no tenía forma se enfrentarse al clima, y haber sido un viaje esencialmente turístico no lo había hecho llevar algún amuleto que le permitiera combatir magia negra, aunque él odiará la magia. Más listo que los listos, sí señor.

En su defensa, podría decir que no esperaba que el encuentro con Los Tres Caballeros terminase en una aventura, o que ellos vencieran a una planta mientras cantaban su ridícula canción, y mucho menos que fuera la voz de su sobrino la que les cediera la victoria.

Entretanto, José miraba subrepticiamente el bolsillo interno de su chaqueta, reconociendo el suave tintineo de una pequeña joya verde contra la luz violácea.

Agradecía no haberlo dejado en Brasil.

—Psst —siseo obteniendo las miradas ladinas del pato y del gallo, viéndolos abrir los ojos con sorpresa cuando reveló el amuleto de considerable tamaño—. Você traz o seu?

A pesar de susurrar, había pronunciado su acento para evitar atraer la percepción y curiosidad de la familia Duck. Pero antes de que alguno tuviera la oportunidad de responder, el avión sacudió nuevamente y el marinero sujetó al pato vestido de azul antes de que en un mal movimiento se golpeara con el suelo metálico del avión.

—¿Estás bien? —Inmediatamente acomodó al patito en sus brazos, revisando rastro de algún golpe que podría haberse dado accidentalmente.

Ignorando los quejidos de molestia exhalados por Dewey, el cual intentaba retirar las manos de su tío.

Lo percibía más alterado de lo habitual, aún para los estándares de Donald Duck.

—Tío Donald, estoy bien —finalmente logró tomar al marinero de ambas muñecas para alejarlas de su rostro.

Si Donald soltó un suspiro más fuerte y trémulo de lo que lo hacía durante una aventura normal, Dewey no dijo nada y entre los bruscos movimientos del avión regresó a los asientos.

Donald miró por sobre el hombro a su familia antes de revelar una pequeña cadena dorada que envolvía su cuello, oculto bajo la tela de su camisa.

—Nunca me lo quito —susurró sonriendo de lado ante la mirada atónita de los latinos—, bueno, a excepción de que acompañe a los niños en una aventura, sería arriesgado perderlo.

Se dedicaron una sonrisa. No obstante, el avión se elevó en el aire abruptamente, arrastrando a Scrooge y a los tres adultos al vientre del avión, cayendo boca abajo con un ruido sordo.

Estamos bem! —exclamó José antes de que los patitos pudieran asomarse, regresando violentamente a la parte superior cuando el Sunchaser giró 180°, haciéndolos caer sobre sus espaldas sacándoles el aire.

Una risa se escuchó nuevamente, jugando con el avión como si se tratará de un niño manejando un juguete.

No fue sino hasta que el movimiento se perdió abruptamente y que Launchpad recuperó nuevamente el control que Scrooge se levantó con ayuda de sus sobrinos-nietos que escucharon a alguien respingar.

—Gracias, muchachos —el senil pato sonrió, ayudando a su sobrino a levantarse mientras frotaba su espalda, adolorido por el rudo aterrizaje y tanto el brasileño como el mexicano se sujetaron de la barandilla, jadeando ásperamente con las piernas temblorosas.

Louie percibió la cadena dorada que se asomaba por la solapa del traje de su tío, dejándolo más confuso de lo que ya estaba.

—Esto es bueno —el piloto sonrió felizmente cuando el Sunchaser finalmente recuperó movilidad.

Un haz de luz dorada invadía el avión, mismo haz ante el cual Panchito parpadeó antes de esbozar una sonrisa, lanzando un grito que alteró a la familia pero que sobresaltó a los Caballeros.

—¡La ayuda está en camino, cuates! —el gallo señaló con orgullo el parabrisas, donde el campo protector se vislumbraba; escuchando las risas alegres de sus compañeros.

—¿De qué hablas, muchacho? ¡¿Quién estaría tan loco para venir en estas condiciones?! —Scrooge alzaba su bastón, su mirada fulminante dedicada al ave roja.

Un trueno menos sonoro se escuchó, pero el Sunchaser no volvió a sacudirse.

¡Vengo por lo que es mío, Caballeros! —en ese instante, tan inesperadamente como todo lo presenciado con anterioridad, un relámpago dorado apareció junto a los asientos cuán pequeño sol, sobresaltando a Scrooge y a sus sobrinos y sobrina, incluso a Launchpad haciéndolo sacudir levemente el avión.

Que quienquiera que estuviera afuera haya mencionado a los amigos de su tío ya había inquietado a los trillizos.

El relámpago se disipó tan pronto como apareció, revelando la figura de una mujer alta, de tez bronceada y cabello oscuro. Su toga blanca contrastaba, y en su mano sujetaba un gran libro con gemas incrustadas, el cual mantenía abierto; manteniendo un gran bolso caqui en la otra mano.

Su ceño fruncido manteniéndose cuando acomodó el marcador y cerró el atlas.

—¡Xandra! —la mirada de los adultos se iluminó, inconscientes del momento en que Dewey se desabrochó y se levantó rápidamente.

—Vine tan pronto April se comunicó conmigo. La barrera lo distraerá durante un buen rato —su ceño se disminuyó considerablemente en preocupación cuando le tendió la bolsa a los caballeros con un sonido metálico, suspirando con pesadez—. Definitivamente es Felldrake, controlando el cuerpo del tipo que lo acompañaba.

—¿Nuestro viejo vecino? —cuestionó José tendiendo la bolsa a Donald y Panchito, escuchando la respuesta afirmativa de la diosa mientras ambos revisaron el contenido de la bolsa, sus miradas iluminándose aún más.

Antes de que Donald tuviera la oportunidad de preguntar cómo April pudo saber del ataque, el gallo le mostró uno de sus celulares, sonriente a pesar de la pantalla rota y revelando el mensaje en el cual, a pesar de las erratas, pedía por ayuda. La pata había respondido con un pulgar arriba y el aviso de que buscaría a Xandra inmediatamente.

Minutos después había confirmado por la diosa, mensaje que Panchito confirmó no haber visto hasta ahora, era el último enviado.

La sonrisa fue imitada por el pato antes de sentir la presencia de José, quien exclamó la buena idea que había sido contactar a una de las niñas.

—Am, ¿debería preguntar?

Panchito alzó la vista durante unos segundos antes de tocar nervioso el hombro de su amigo americano. Donald se vio sorprendido cuando vio a Dewey intentando golpear la pierna de Xandra, la mujer apenas inmutándose ante las arremetidas. Webby se acercaba con la mirada brillante ante su presencia, y Louie intentó acercarse dubitativo antes de que Scrooge rodeara su cintura con la curvatura del bastón y lo alejará.

Alejó su mano del mango de la espada antes que siquiera sus dedos pudieran rozarla, levantándose rápidamente para acercarse a ambos patos. Las voces de Scrooge y Huey, preguntando fugazmente sobre qué estaba pasando y cómo conocía a la mujer escuchándose distantes.

Tomó a Dewey y Webby gentilmente, cargándolos en su cadera intentando evitar que uno de los golpes al aire de su sobrino dieran contra él accidentalmente.

—Dew, Dew, tranquilo, es amiga mía —intentó explicar mientras sujetaba a ambos niños en cada brazo. A sus espaldas, José y Panchito aprovecharon la distracción y se dirigieron al área cóncava del avión con la bolsa en mano despreocupados ante el sonido del choque de las armadura—. Lo siento, Xandra, es un niño muy activo.

—¡¿Eres Xandra, la Diosa de la Aventura?! ¡He leído mucho sobre ti en mis libros! —Webby sonrió de oreja a oreja mientras chillaba agudamente—. Tío Donald, ¿usted conoce a Xandra?

Por un momento la mirada de la mujer se había iluminado al escuchar la forma en la cual la pequeña niña se dirigió a él. Era quizá más joven que April, May y June, pero a pesar de los años aún era capaz de recordar la felicidad y orgullo que envolvía al caballero cuando había revelado en una videollamada que iba a ser tío, y lo difícil que había sido desvanecerla hasta que Daisy terminó definitivamente con él.

Lamentablemente, eso tendría que esperar.

—No hay tiempo que perder, Donald. Las explicaciones tendrán que esperar. ¿Tienes tu amuleto? —el pato aseguró nuevamente a los patitos en su asiento, intentando mantenerse neutral ante las miradas de su familia exigiendo explicaciones que actualmente no podría dar.

—Tengo mi amuleto —confirmó viendo por el rabillo del ojo a sus amigos terminando de ajustar las armaduras en el vientre del avión, bajando rápidamente la escalinata.

Xandra no tuvo que ser explicada dos veces para saber que debía respetar el espacio personal del marinero, aunque la mirada suplicante del patito vestido con una sudadera verde tampoco le dio mucha opción.

—¿Para qué necesitan a Los Tres Caballeros? ¿Qué amuleto? ¿Ellos estarán bien? —balbuceaba con nerviosismo jugueteando con los cordones de su prenda. A él no le gustaba demostrar abiertamente sus emociones, lo aceptaba, pero la idea de que su tío conociera a un tal Felldrake que ponía la vida de su familia en peligro tampoco le era muy grata y ponía sus emociones a la deriva.

La diosa sonrió gentilmente acariciando la cabeza del patito, sintiendo igualmente el escrutinio del pato más viejo queriendo saber la respuesta a las mismas interrogantes.

—Tranquilo, amiguito, tu tío estará bien. Créeme, he visto de lo que es capaz; fue capaz de vencer a Felldrake una vez, logrará hacerlo de nuevo —bien, ella no era así, pero si era familiar de su amigo podría hacer una excepción. Además de que no podría alterarlo más de lo que ya estaba y arriesgarse a alterar la imagen que seguramente los niños tendrían de ella.

Suspiro enganchando nuevamente el libro a su espalda, comenzando a escuchar nuevamente el sonido de metales chocando ligeramente.

—Bien, estamos listos —Donald suspiró con pesadez acomodando el casco, la fría textura de la armadura haciendo cosquillas en su plumaje como si de un cálido abrazo se tratara mientras el repiqueteo del amuleto contra su pecho se escuchaba sobre las olas de magia contra el avión mientras Launchpad intentaba manejarlo torpemente e intentando no distraerse ante el escenario que se llevaba a cabo a sus espaldas.

José y Panchito subieron a cuestas. Tenían armaduras igual de brillantes y sus amuletos centelleaban tenuemente.

—¡Tío Donald, no vayas! ¡Puede ser peligroso! —Louie rogó, abrazando una de las piernas del pato. ¿Qué si se veía nuevamente como un niño de cuatro años, rogándole a su tío que no lo abandonara en el jardín de niños o en la casa flotante cuando salía a su nuevo empleo de la semana, arriesgando así su reputación del trillizo malvado y despreocupado? ¡No le importaba!

Pero a pesar del golpeteo de la sandalia de Xandra contra el suelo, podía sentir con la misma potencia las miradas preocupadas de sus amigos a sus espaldas. No podía verlo por el lado positivo, probablemente Felldrake podría haber aprovechado todo ese tiempo para volverse más fuerte mientras él había renunciado a la aventura en el momento que abandonó la mansión hace diez años.

Pero no podía soltar esa negatividad en su niño, mucho menos en el más joven y sensible de todos. ¿Dónde había visto eso antes?

—Louie, tranquilo, tranquilo, estaré bien —susurró en un tono calmante, arrodillándose para abrazar con aferro al patito intentando ignorar las quejas y berrinches de Von Sheldgoose y Felldrake, los que por cierto sonaban un poco apagados por la barrera que había asegurado Xandra—. Tengo que hacer esto, no puedo dejar ir a Felldrake y arriesgarme a que te lastime a ti, o a tus hermanos, ni al Tío Scrooge, ¿comprendes?

Tomó con ternura las mejillas del joven pato, secando con su pulgar las lágrimas que habían comenzado a formarse allí. Louie asintió forzosamente, igual de temeroso.

Esto no era igual que enfrentarse a un sapo que se alimentaba de tu suerte. Ambos lo sabían, y Donald lamentaba que aquel jovencito que veía como su hijo — un secreto que llevaría a la tumba — ya fuera lo suficientemente consciente de eso.

—Regresaré a la mansión antes de que te des cuenta. Podríamos hacer una noche de juegos, aunque los competitivos de tus tíos arruinen la diversión —sonrió amargamente, besando la frente del trillizo e ignorando el nudo de su garganta cuando él no le replicó al respecto.

Incluso Scrooge había dejado de exigir explicaciones, secretamente temeroso ante las palabras de su sobrino. Aunque no lo dijera abiertamente, él tampoco estaba de acuerdo con la idea. Claro, conocía a Donald, sabía que su rudeza y terquedad podrían salvarlo como siempre lo habían hecho durante sus viejas aventuras, incluso con Magica; pero que esta fuera una aventura que enfrentaba solo era lo que le disgustaba.

Ya había perdido a su sobrina, a la gemela mayor. Pensar en perder a su sobrino, el único recuerdo que tenía de su hermana, el segundo mayor de sus sobrinos, el gemelo más pequeño, y el mayor de los sobrinos con los que vivía en el señorío a pesar de considerarlo un parásito que vivía en su piscina y utilizaba su baño no era fácil.

Quería a Donald de la misma forma en la que quería a Huey, Dewey, Louie y Webby, aunque su orgullo no le permitiese demostrarlo abiertamente, por ello vaciló cuando le tendió al temeroso patito, el resto de los hermanos abrazándolos en un gesto reconfortante aunque lucían igual de angustiados por el bienestar del pato.

—Cuídalos, ¿sí? Confío en ti —el guerrero sonrió a pesar de sus ojos lacrimosos, resaltando aún más el color azul en ellos. Miró nuevamente a Xandra, quién sonreía tristemente—. Estoy listo.

La mujer abrió nuevamente el atlas en el mapa cuando Donald se acercó, suspirando pesadamente al momento de chasquear los dedos.

Antes de darse cuenta, habían regresado a la mansión, teniendo la diosa la suficiente consideración para hacerlos aparecer en un punto donde a Launchpad le sería imposible estrellarse — lo cual no duro mucho cuando el piloto se estrelló contra un árbol — ante las miradas atónitas de los niños y el escocés.

Tanto Donald como José, Panchito y Xandra habían desaparecido en un haz de luz tan pronto como todos aparecieron en la mansión, envolviendo a la familia en un golpe de incertidumbre al no saber qué depararía el destino contra Los Tres Caballeros.

"Somos los tres charros, Los Tres Caballeros, y nadie es igual a nosotros".

Louie bajó rápidamente al vientre del avión, tomando entre sus manos el sombrero de su tío y apegándolo a su pecho.

"Felices amigos, siempre vamos juntos."

Finalmente, el pato se permitió llorar a cantaros ante el fino olor a sal de mar que el sombrero desprendía, sintiendo finamente las palmadas de Dewey mientras intentaba no llorar mientras Huey intentaba cubrir con su gorro su rostro lacrimoso.

Webby toco dulcemente el hombro de Louie y Huey, sintiendo las lágrimas comenzando a formarse en sus ojos.

"Donde va el primero van siempre los otros."

Entretanto, Launchpad intentaba asegurarle a su jefe que todo estaría bien. Scrooge, por el otro lado, intentaba no ceder ante el nudo en su garganta.

Lo siguiente que supo Beakley fue que debía preparar todas las comidas favoritas de Donald para el momento en el cual regresará de su viaje, del cual no tuvo grandes explicaciones.