Un fuerte barritar retumbó por todo el pantano.
Dos jóvenes avanzaban tirando de sus caballos que apenas podían dar un paso por aquel terreno embarrado y al chapoteo de sus pasos se unía el leve rumor de la lluvia.

—¿Por qué vuelve a hacer eso ahora...? —Preguntó Zelda mientras se giraba para intentar atisbar la enorme figura del elefante metálico

Vah Ruta se había detenido días atrás y esa era la razón de su viaje a la región de los Zora. La bestia finalmente consiguió moverse una vez que la examinaron. Ahora, aquel grito sonaba como un lamento y desde el embalse oriental, el elefante expulsaba agua que cubría de lluvias aquella zona.

Una vez que el Cataclismo fue derrotado, las distintas bestias se movieron por sí solas para abandonar las posiciones de ataque desde las que apuntaban hacia el castillo. Aquellas máquinas poco a poco habían mostrado signos de ser algo más que pura tecnología y en su interior se adivinaba un alma que comenzaba a maniobrar por sí sola. Esa era la única explicación que Zelda había conseguido sacar en claro. No era lógica ni científica pero desde que Ganon lo arrasó todo, nada se había supeditado al camino que habían trazado.

Vah Ruta volvía a moverse y quizás lloraba por la pérdida de su piloto. O tal vez, las bestias se habían fusionado con las almas de aquellos intrépidos guerreros que eran quienes las guiaban. Muchos pensaban que los Elegidos seguían protegiéndoles y puede que fuera cierto, por ello se encomendaban a las bestias como divinidades que velarían por ellos.

—¿Crees que el Rey Zora habrá quedado conforme después de nuestra conversación? —Zelda exhaló un suspiro de alivio en cuanto la bestia dejó de expulsar agua y se quitó la capucha.

—Nunca dejará de estar preocupado —Link hizo una mueca y se encogió de hombros. Le parecía normal que tras lo sucedido nadie pudiera ni quisiera relajarse por si la paz no duraba para siempre—. Pero ahora sabemos qué errores cometimos y podemos arreglarlos.

Zelda asintió mientras volvía a suspirar y luego le dejó una cariñosa caricia en su antebrazo. Seguidamente, ambos continuaron con su viaje. Su destino era Kakariko, donde Impa les esperaba para trazar un plan con el que reconstruir el Reino.

—Hay mucho que hacer. Tenemos que intentar recuperar el control sobre los Guardianes porque eliminarlos sería una pérdida de recursos. Y no sabemos si la Luna Carmesí podría volver a aparecer —Zelda palmeó el cuello de su caballo blanco una vez que pudieron salir del pantano. Entonces, volvió a montar sobre él y esperó a que su acompañante hiciera lo mismo.

—Entonces supongo que luego iremos a Hatelia, ¿verdad? —El Héroe se acomodó sobre su montura y miró hacia el castillo, al igual que Zelda. Ver aquella figura imponente a lo lejos era un recordatorio de que Hyrule seguía en pie, dañado pero con la esperanza de resurgir. Si el símbolo de la corona seguía presente era, sobre todo, por el esfuerzo de la princesa pero también por el trabajo del Héroe para derrotar de una vez al Cataclismo.
El camino que eligieron subía por la colina de Sahasra. Link trataba de ocultarlo y no lo reconocía abiertamente pero pasar por el otro pantano, el de Necluda, le daba escalofríos. Allí sus fuerzas le abandonaron hacía cien años cuando todo falló y se vieron desbordados. Ese lugar era un recuerdo permanente de lo cerca que había estado de la muerte y lo que aquello conllevaba. Por ello, había insistido en que aquel desvío a Kakariko pasaba por un camino más escarpado pero también sería más directo. Solo necesitaba tiempo para asimilarlo y así ser capaz de perdonarse por aquel error, aquella estúpida osadía que lo había complicado todo.

Desmontaron en cuanto alcanzaron el pueblo y el Héroe animó a Zelda con un leve gesto de mano y una sonrisa para que se adelantase a ver a Impa. Sería la primera vez que se encontrasen desde que ella se encerró en el castillo y supuso que la líder Sheikah se emocionaría al volver a verla. Entretanto, él se ocupó de los animales y los llevó de las riendas a la zona de uno de los huertos donde podrían descansar.

Puede que muchos dijeran que Hatelia era un bastión seguro protegida por aquella muralla que nunca cayó, pero Link siempre pensaba que Kakariko era un remanso de paz entre las montañas. Habían llegado con los rayos del sol del atardecer colándose entre aquellas formaciones rocosas que parecían proteger a la aldea y se respiraba una serenidad que en esos momentos se encontraba en pocas partes del reino.

Poco a poco, los Sheikah comenzaban a abandonar las calles para retirarse a descansar y solo quedarían unos cuantos guardias y uno de sus habitantes que acostumbraba a entrenar con la espada por la noche. El Héroe acudió junto a ese guerrero con la intención de convertirse en su compañero de entrenamiento pero enseguida, la princesa llamó su atención desde la escalinata de la casa de Impa. Link se excusó con un gesto de agradecimiento y acudió con rapidez junto a ella. Sin embargo, parecía que iban a dejar la reunión para el día siguiente. La líder Sheikah quería que estuvieran más descansados y el Héroe agradecía su consideración a pesar de que la princesa parecía algo inquieta.

Al menos aquella noche no tendrían que acampar al raso y los Sheikah ya se habían encargado de hacerles sentir bienvenidos en la posada de la aldea. Zelda pensó en advertir a Prunia y concluyó que al día siguiente pediría que un mensajero Sheikah se adelantase para que la avisase de su llegada a Hatelia y de lo que hablarían en la reunión. El sol no había terminado de caer cuando lo dejaron todo dispuesto por lo que Link volvió a salir para seguir entrenando. Tenía la esperanza de que aquello lo relajaría para poder dormir pero desde la batalla contra Ganon, no podía calmarse a pesar de que en teoría todo había acabado. La tensión y el peso de lo sucedido seguían ahí y él cargaba la Espada Maestra con la esperanza de no tener que usarla. Intentaba una y otra vez escuchar la voz de la hoja sagrada pero esta parecía haberse dormido en su interior y el Héroe anhelaba devolverla a su pedestal de nuevo. Eso significaría que ya no había ninguna amenaza.

Sin embargo, observó a Zelda abandonar la posada y aquello lo hizo salir de sus pensamientos e interrumpir su concentración. El instinto de comportarse como su caballero guardián lo impulsó a acompañarla pero se detuvo a medio camino, titubeante. Quizás la princesa necesitaba estar sola y recordaba que en el pasado ella a veces rechazaba su compañía. Ella suspiró como si apreciase aquel gesto a su espalda y le dedicó una suave sonrisa.

—No podía dormir y he pensado en visitar la fuente del Hada. Si quieres, puedes venir conmigo —Explicó mientras esperaba una reacción por parte del chico.

Link asintió lentamente y terminó de ajustarse la vaina de la espada para acudir a su lado. Puede que los poderes de la joven ya no fueran del todo necesarios pero entendía que se aferrase a esa espritualidad. Quizás eso la hacía sentirse más preparada para lo que pudiera suceder, del mismo modo que él no dejaba de entrenar. O tal vez no quisiera renunciar a algo que había conseguido despertar a base de esfuerzo, aunque Link pensaba que aquellos poderes simplemente surgían cuando la situación lo exigía. En cualquier caso, siguió a una respetuosa distancia a la joven cuando subieron la colina que proporcionaba su abrigo al pequeño poblado Sheikah. Un rupinejo se desvaneció entre humo azulado cuando estuvieron cerca de la fuente y enseguida los envolvió el brillo de las luciérnagas, las flores sigilosas y algunas princesas de la calma.

El Héroe se apoyó contra un árbol cercano y dejó que su acompañante tuviera su instante de recogimiento. Desde allí, se observaba gran parte de Lanayru y Link dejó escapar un suspiro, algo abrumado. Conocía el Hyrule de hacía un siglo pero aquel era completamente nuevo para él y se sentía un extraño. El tiempo había avanzado sin él y se hallaba desligado de un lugar en el que había crecido pero al que ya no pertenecía, eso era casi tan doloroso como ver los restos ruinosos del Cataclismo.

Aquel mundo era ahora inhóspito, salvaje. Y aunque el paisaje que se abría a lo lejos desde aquella colina le mostraba esperanza pues la naturaleza seguía con su obstinada resistencia a la oscuridad, la incertidumbre era una amenaza silenciosa. Aún quedaban restos de malicia en los Guardianes, por ejemplo, y no sabía hasta qué punto podrían eliminarla por completo. No era sensato reconstruir sin antes asegurar la paz, pero el Héroe empezaba a tener miedo. Temía que volvieran a fallar de nuevo a pesar de calcularlo todo porque la caótica fuerza destructora no podría frenarse. Trataba de prepararse para la idea de estar toda su vida combatiendo porque jamás conseguirían que la paz se asentase. Pero por ahora no quería imaginarlo porque estaba cansado de luchar y en especial, cansado por el esfuerzo de reconectar consigo mismo, su pasado, sus recuerdos y dejar atrás sus errores.

El bisbiseo de las plegarias de Zelda se detuvo. En ellas había pedido protección a las Diosas y descanso para las almas de los Elegidos y de su familia. Link se incorporó con la intención de recoger un hada, podría serles útil para el viaje pero la Hyliana alzó su mano para pedirle que se detuviera.

—He estado pensando en algo y me gustaría que me hicieras un favor —Ella inspiró hondo como si quisiera poner en orden sus ideas y Link la observó con interés. Si quería que la enseñase a manejar un arma, no lo dudaría puesto que él se quedaría más tranquilo si ella podía defenderse mejor—. Vamos a tener que viajar mucho y quiero estar cómoda. Y... ¿Sabes? Ya no tengo que contentar a nadie, puedo hacer lo que crea mejor para mí misma. Así que... ¿Te importaría cortarme el pelo? —Le pidió en un tímido susurro y se acercó a un tronco caído junto al lugar donde Link se había detenido para tomar asiento en el mismo. Link asintió y la rodeó para colocarse a su espalda. En cierto modo, le resultaba adorable que le pidiese aquello.

Puede que fuese un pequeño cambio pero acostumbrada a las rígidas formas de la corte, aquel acto era casi revolucionario y Link apreciaba el nerviosismo de la princesa como una niña que realiza una travesura. Se colocó a su espalda y rebuscó entre sus ropas hasta encontrar una daga Gerudo. Pequeña, curva, brillante y plateada como un rayo de luna, aquello serviría. Zelda se deshizo la trenza de su flequillo y dejó caer aquellos mechones hacia su espalda, todos al alcance del Héroe. Link acomodó la daga en su mano y se inclinó para tomar la punta de su melena y comenzó a cortarla con calma, con la intención de que quedase igualado.

Sin embargo, no se atrevía a cortar aquellas hebras doradas, le parecía casi un sacrilegio lo que estaba haciendo. Ella era todavía la princesa al fin y al cabo y él solo era un plebeyo que ahora la trataba con esa familiaridad. No obstante no podía evitar en la pérdida que suponía cortar un cabello tan hermoso y sobre todo, lo mucho que había soñado con recorrerlo con las manos y ahora que podía hacerlo, era para una tarea así.

—¿Qué sucede? ¿Va todo bien? —Zelda estaba algo inquieta pues también pensaba que le costaría habituarse. Miró de reojo a su espalda y comprobó que el joven se había detenido por lo que se giró para poder mirarle de frente y tomó su rostro entre las manos con ternura.

—Estaba pensando... ¿Recordáis aquel baile días antes de la ceremonia con los Elegidos? Estabais preciosa y llevabais un recogido con tantas trenzas... —Se lamentó él con un suspiro mientras desviaba la mirada, todavía algo azorado con aquella familiaridad. No quería influir en su decisión, pero le apenaba en cierta manera pues era como perder parte de su pasado, un recuerdo al que se aferraba con nostalgia— . Sé que habéis dicho que queréis elegir por vos misma pero es que, si me lo permitís, tenéis un pelo muy hermoso y...

—Link, ¿cuántas veces te he dicho que...? —Suspiró pesadamente ya que entendía que al chico le costaba dejar atrás las formalidades pero ella ya no era princesa. O al menos, no lo sería hasta reconstruir el reino y quería que se tratasen como iguales—. Ya no habrá bailes. Bueno, o quizás los haya pero no tendremos que seguir ese protocolo, está bien. —Lo animó con una cariñosa sonrisa y dejó un beso en su frente—. Aunque si te causa reparo, lo haré yo misma, de verdad. Apenas has cortado nada... -Hizo una ligera mueca al mirar a su espalda y acentuó su sonrisa para tratar de calmarlo con la intención de que viera que nada cambiaría con ese corte de pelo—. No sabía que te había gustado tanto ese baile. Si te pisé para que no tuviéramos que bailar otra pieza...

—Espera... ¿Lo hiciste a propósito? Yo pensé que estabas nerviosa y... —Se mordió el labio y negó para sí con gesto de sorpresa mientras guardaba la daga. Por su parte, Zelda estalló en una sincera carcajada y negó para sí.

—Lo siento mucho. Ese baile me parecía absurdo, yo solo quería nombrar a los Elegidos y que nos pusiéramos a trabajar en el plan...—Se lamentó con cierta amargura. Si se hubieran dado más prisa puede que todo hubiera sido distinto. Aunque ya de poco servía lamentarse.

Zelda divisó entonces sobre la hierba la Espada Maestra del chico y la cogió para ponerla en su regazo.

-Vale, lo entiendo. Mejor busquemos otro peinado, ¿de acuerdo? Ahora que estamos en Kakariko... ¿Sabías que los Sheikah a veces se dejan un mechón largo para hacerse una trenza? Lo dejan crecer conforme entrenan y aprenden técnicas y si pierden una batalla, lo cortan por completo. Así solo los más aguerridos tienen ese distintivo. —Explicó mientras se echó el pelo hacia delante y medía aproximadamente el largo que deseaba. Tomó tres mechones entre sus dedos y comenzó a trenzarlos a la altura del flequillo a modo de diadema, con parsimonia y precisión.

Link observó aquel ritual fascinado y con una creciente curiosidad mientras pensaba si debía ofrecerle su ayuda. Zelda terminó con su peinado y entonces desenvainó el arma sagrada. Tomó su melena con una mano y se colocó la hoja tras la nuca, inspiró hondo y de un limpio movimiento cortó toda aquella cascada de pelo rubio que se precipitó hacia el suelo iluminada por la luz de la luna.

Link parpadeó, atónito y embelesado. Las facciones de la Hyliana resaltaban más de aquella manera y un pequeño rubor se atisbaba en sus mejillas como si ella también tuviera que asimilar el hecho de que se había atrevido.

—¿Qu-Qué tal estoy? Por el amor de Nayru... A mi madre le encantaba que tuviera el pelo largo, si me viera ahora... —Dijo con una risita nerviosa y se sacudió con la mano algunos cabellos que se habían quedado pegados a sus hombros.

El Héroe jamás pensó que vería cómo la Espada Maestra era usada para una tarea así aunque seguía impresionado por el cambio de peinado de la joven y se acercó a ella para recuperar su arma, envainarla y colocársela a la espalda.

—Estás... Maravillosa. Creo que tu madre habría entendido tu decisión, Zelda. —Le ofreció una cálida sonrisa para reconfortarla y se inclinó para besar su mejilla. Luego, le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie y ambos regresaron con paso lento hacia Kakariko.

La noche cubría con su manto de estrellas la aldea Sheikah y ellos avanzaron hacia la posada. Por lo menos, ambos estaban ya mucho más relajados incluso con la perspectiva de una reunión a la mañana siguiente.

—Como tú has dicho, ahora vamos a viajar mucho juntos así que somos compañeros de aventuras —Le recordó el Héroe antes de llevarse la mano de la joven a los labios y besarla de forma tierna—. Y si tenemos tiempo, me encantaría repetir otro baile contigo. Pero por favor, prométeme que esta vez será sin pisotones

La princesa asintió y compuso una radiante y sincera sonrisa que hacía tiempo que nadie le arrancaba. Acarició la mano del joven con delicadeza y suspiró. Se avecinaban cambios que tendrían que ir asimilando, poco a poco, aunque fueran pequeños. El hecho de que por fin hubieran sido capaces de confesar sus sentimientos y actuar conforme a ellos, era un cambio que sabía que les daría fuerzas y les facilitaría mucho las cosas.