Midousuji regresó a casa al atardecer luego de ir a la escuela. Con sus pequeñas e infantiles manos llevaba su De Rosa a su lado, se agotó escalando la subida así que prefirió seguir caminando hasta llegar a su hogar.

Hoy a su prima le tocaba dentista, así que ni ella ni su tía están en casa, se dirigió a la cocina y tomó un vaso de agua, dejó su mochila en su habitación y sacó sus cuadernos, haría sus deberes al rato. Miró su uniforme, sucio por la caída que tuvo en algún punto del camino, preparo la bañera justo como su tía le enseñó, se desnudó y caminó por la casa buscando las toallas. Al pasar por el comedor observó la muñeca de porcelana que le regalaron a su tía, castaña, con un lindo vestido azul, a Akira le dan escalofríos esos ojos azules, parecían reales. No quiere mirarla por mucho tiempo, tiene la sensación de que observa todo lo que hace, se acercó con rapidez a ella y dudando mucho en poner sus manos en ese objeto lo hizo, la volteó dejando la muñeca de cara a la pared y se largó de la habitación con sus toallas en mano.

Akira se aseó y luego de estar bien limpio, se metió en la bañera con el agua bien caliente, le dolían los músculos por la caminata y por el entrenamiento excesivo. Casi se queda dormido en ese lugar por todo el cansancio acumulado en el día, abrió los ojos evitando ese suceso y decidió salir de la tina, se había relajado lo suficiente. Secó su cuerpo, se vistió y salió por el pasillo para luego subir a su habitación, pero a medio camino se arrepintió, quería algo de comer.

Aprovechó de encender las luces de los pasillos, pues se hizo de noche, preparó un sándwich y no tardó nada en comérselo, se sentía solo en esa casa tan grande. El viento comenzó a soplar y golpeó las ventanas, la casa es tan vieja que siempre las tablas hacen ruidos extraños, y al principio no le pareció raro oír el piso de tatami crujiendo, los sonidos parecían pasos que poco a poco se acercaban a la cocina, tan cerca que Midousuji se paralizó por un momento y su corazón retumbó dentro de su pecho. Escuchó los pasos desviándose del camino, alejándose, y soltó el aire retenido en sus pulmones, ¿Qué había sido eso? Ya no quería esperar a su tía para la cena. Caminó como si sus piernas fueran gelatina hasta llegar al inicio del pasillo, comenzó a encender las luces de las habitaciones una por una, tan rápido como sus cortas piernas le permitieron.

Llegó al altar de su madre y observó su fotografía, tuvo la idea de prender un incienso para ella, los cuales estaban en la habitación de al lado. La habitación de la muñeca. No quería ir allí.

Entró en la habitación encendiendo la luz y dirigió sus pasos directamente al mueble dónde están los inciensos, sacó uno de ellos y lo prendió con un encendedor que traía consigo, sonrió un momento al sentir el agradable olor, se devolvió. La puerta se cerró delante de sus ojos.

—I Love You! —exclamó la muñeca, Akira giró la cabeza con la respiración entrecortada, no recordaba que ella pudiera hablar —. I Love You! — repitió.

Él pegó su espalda a la pared. Trato de deslizar la puerta. Nada. Las luces comenzaron a encenderse y apagarse. La muñeca cayó al suelo en un estruendo y las paredes se tiñeron de rojo mientras pequeños cabellos castaños caían entre las tablas del techo. Akira se aferró al incienso roto y corrió hasta llegar a los grandes ventanales mientras oía la risa de la muñeca, burlándose del débil y frágil niño. Sus manos resbalaron por el sudor en ellas, pero logró deslizar el ventanal con todas sus fuerzas y huyó sin mirar atrás.

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—¡Akira! —Lo movió un poco del hombro para que despertase.

El niño abrió los ojos y miró a su alrededor, aún es de noche y él está afuera abrazando sus rodillas, apretando con todas sus fuerzas el incienso ya apagado. Su tía le miró como reprochándole algo.

—Akira, ¿Qué haces aquí afuera? Y encima durmiendo, te vas a resfriar —le regañó la mujer cruzada de brazos.

—Puedo explicarlo. —Midousuji hablo con suavidad y en un tono bajo.

—Después, ahora hay que cenar —le dijo su tía extendiéndole la mano. Midousuji se aferró a ella, y,en la otra mano llevaba el incienso que no quería soltar por nada del mundo.