Zeke y Levi llevaban horas caminando. Quizás no llegaban a una hora, pero Zeke tenía hambre y frío y estaba cansado, por lo que no estaba preparado mentalmente para estas condiciones. Al principio creyó que Levi estaba tratando de marearlo para que no supiera en qué lugar exacto la pequeña delegación de Paradis liderada por la comandante Hangi estaba acampando, en las afueras de Liberio.
Pero cuando pasaron por tercera vez junto a un montículo de rocas que parecía vestigio de las tantas guerras en que Marley se había involucrado, una breve carcajada escapó de sus labios.
Levi se detuvo en seco y lo observó furioso, con una mano descansando en la manija de su espada.
—Qué es lo gracioso, escoria?
Zeke notó el fastidio en su tono de voz, aparte del usual desdén con el que le hablaba desde que volvieron a verse. Seguramente él también estaba agotado de dar vueltas.
—¿Acaso estamos perdidos, Capitán?
—Tch.— Levi no respondió y retomó el paso. —Sigue caminando —ordenó sin dirigirle la mirada.
Zeke negó con la cabeza y lo siguió. Trató de quedar al lado del soldado, hasta entonces lo había seguido a cierta distancia, pero necesitaba que Levi lo tomara en serio.
—Realmente aprecio recorrer la naturaleza, Capitán. Pero como todo eldiano, debo respetar el toque de queda si no quiero levantar sospechas. No puedo estar toda la noche paseando contigo.
Levi se detuvo de repente y se dio media vuelta, logrando que el rubio se sobresaltara y diera un paso atrás con miedo. Cada gesto repentino del moreno le recordaba a su último enfrentamiento, y aún no podía disimular el temor. Para Levi esto no pasó desapercibido.
—Ese no es mi problema, simio.
—¿Por qué no me dices cómo es el sitio donde acampan? —propuso Zeke— Ya he estado aquí antes… lo conozco como la palma de mi mano. Seguramente sabré cómo llegar.
Levi lo observó de hito en hito. Cada vez que abría la boca, sonaba como un arrogante sabelotodo. El tipo de persona que le irritaba más. Hubiera preferido cortarle las piernas y la lengua, y llevarlo de arrastre al campamento, pero su comandante se lo prohibió.
— No necesito tu ayuda, barbudo. Puedo guiarme solo.
Comenzó a caminar más rápido, sin darle tiempo al otro de pensar una respuesta.
Zeke lo siguió a zancadas. Parecía que el Ackerman no se cansaba nunca. Lo observó de pies a cabeza, sin comprender cómo podía avanzar tan rápido con piernas más cortas. Notó entonces que Levi observaba hacia el cielo mientras caminaba, y en ese momento comprendió.
Se pasó la mano por el rostro, tratando de librarse de su frustración antes de hablar.
— Si te estás guiando por las estrellas, Capitán, no me sorprende que estemos perdidos. En Marley no se ven las mismas que en Paradis.
Levi detuvo su caminata con la cabeza baja, y Zeke pensó que estaba considerando sus palabras. Tras unos instantes, Levi lo observó directamente a los ojos, con el ceño fruncido, pero por primera vez sin expresar odio, sino confusión y curiosidad.
Zeke suspiró aliviado de que el otro tomara en cuenta sus palabras. Al reparar en la mirada de este, tomó coraje para acercarse hasta quedar a un paso.
— ¿No lo sabías? — preguntó, aunque era evidente que no. Levi no conocía más que Paradis, creyendo casi toda su vida que era el mundo entero. — Las estrellas que vemos dependen del lugar y la época del año en que las observemos — dijo alzando su vista al cielo.
Levi también observó las estrellas, pero solo por un instante. Su atención regresó al rubio de inmediato, que seguía con su contemplación.
— El mundo es más grande que Marley y Paradis — murmuró Zeke, pensando en los miles de eldianos desperdigados en cada continente.
— Eso ya lo sé, barbudo — le dijo Levi, cruzando los brazos.
Zeke se rió brevemente.
— Cuando esta guerra termine, deberías viajar a otros lugares, Capitán. Las estrellas más brillantes no se ven ni aquí ni en Paradis… ni tampoco las constelaciones más complejas…
— Tch. Te avisaré cuando precise un guía turístico, simio — respondió Levi, con sarcasmo.
— Con gusto te enseñaría el resto del mundo, Levi.
Zeke bajó la vista guardando las manos en los bolsillos.
Cuando sus miradas se cruzaron, Levi frunció el ceño tratando de mostrarse molesto, incluso asqueado por la posibilidad. Pero Zeke desvió la mirada enseguida, y su rostro animado mutó a una expresión seria.
— Aunque no creo que me quede tiempo para eso — murmuró y comenzó a caminar.
Levi lo estudió en silencio, considerando si la maldición de Ymir era lo que pasaba por la cabeza del rubio en ese momento, o el hecho de que él mismo acabaría con su vida tan pronto fuera posible.
