Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Son de Naoko y yo solo los uso para desahogar mis frustraciones.

Jupiter Rhapsody

Principio y Final.

La voz de alerta se extendió rápidamente. Mientras corría en auxilio de su gente, le imploraba a todos los kamis la oportunidad de verlo, aunque sea una última vez.

Su corazón parecía pesar más de lo normal, le dolía tanto que por instantes parecía querer detenerse. ¿Cómo había pasado esto?, ¿Qué podía hacer para evitarlo?

Mientras recorría los escenarios, miraba el paso destructivo del enemigo. Cientos de habitantes caídos en batalla, sangre por todos lados, dolor y sufrimiento. Ella siempre fue la guerrera más fría de entre todas las protectoras del reino, y estaba conmovida, asqueada, aturdida. ¿Dónde y cómo estaban las demás?

Casi al llegar a la entrada de los jardines, pudo ver a uno. El rubio de ojos azules y sonrisa traviesa. Lo conocía, no había duda de que era él, el joven general que cortejaba en secreto con su amiga de fuego. Volvió a sentir un pinchazo en el corazón, debía enfrentarlo si quería seguir avanzando.

-Sigue, yo me encargo-escuchó a sus espaldas. La voz de la regente de Marte le motivó a avanzar.

-No, ve tu y yo me encargo de él-refutó con seriedad.

-No. Adelante está tu batalla, necesito ser yo quién lo enfrente, ¿Me comprendes? - Los ojos amatista se clavaron en ella, suplicantes y decididos. Algo en su interior, le gritaban que no debía permitir que su amiga se liara en una batalla sin sentido con aquel hombre al que amaba, pero también sabía que no podía ser diferente. Ella misma debería buscar a su contra parte y tratar de detenerlo.

-Nos veremos en el infierno—le dijo con una sonrisa a modo de despedida. Marte sonrío de vuelta bastante abatida.

-Creo que ya estamos en él.

Ambas chicas sonrieron con disimulada tristeza, consientes que era la última vez que se veían. Después de un leve abrazo, donde tuvieron que contener las lágrimas, Júpiter siguió su camino mientras Marte, hacía frente a su rubio enemigo.

-Hola mi amor.

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Giró con precaución cuando llegó al viejo observatorio, ahora destruido. Las ruinas humeantes daban muestra del reciente paso del enemigo. Era evidente que él estaba ahí, destruyendo la última salida disponible. Su respiración se paralizó al ver, que nunca más volvería a casa.

Con sigilo avanzó lo más lento que pudo. Tragó saliva al notar en el aire, aquella fragancia a maderas que tanto amaba. Lo tenía tan cerca y tan lejos a la vez.

Sus ojos se abrieron abatidos, cuando entre el humo pudo ver su imponente figura.

-¡Detente! -le gritó con tanta frialdad que ni ella misma se reconoció.

Había tanto dolor y miedo en su voz que fue un milagro que no llorase en ese momento. No era el tiempo para llorar, era tiempo de lucha, tiempo de destrucción y muerte.

Con los brazos extendidos y la mirada clavada en él, invocó su poder -¡Ataque de hojas de roble! -gritó con fuerza.

No quería ver, cerró sus ojos esmeraldas y se dejó llevar por la danza que tan bien conocía. De su aura, una gran cantidad de hojas electrificadas comenzaron a atacar a aquel hombre frente a ella.

Si no hubiera cerrado los ojos, si no hubiera bajado la guardia por tan sólo unos segundos...Si no se hubiera enamorado, no habría pasado aquella tragedia.

El hombre, el general del norte, aprovechó su descuido y se movió con agilidad entre su ataque, esquivando la mayoría. Cuando la tuvo suficientemente cerca, y antes que ella pudiera notarlo, la golpeó.

Júpiter cayó al suelo casi de inmediato, doblada de dolor e impotencia. Se había equivocado, había cerrado los ojos con toda la intención de abrirlos y despertar de aquella pesadilla, pero no fue así.

El general Neflyte, también se equivocó. Creyó que la había vencido y la dejó tirada de rodillas. Comenzó a caminar dándole la espalda como si no se tratase de nada. Evidentemente ese hombre no la conocía, o ya no la reconocía.

-¡Detente te dije! -volvió a gritarle aún desde el suelo –. No hemos terminado.

Neflyte giró con una media sonrisa siniestra en los labios y los ojos inyectados de sangre. No eran los marrones que tantas veces la contemplaron. No. Esos ojos rojos, carentes de otra emoción que no fuera la de masacrar, no eran los ojos de aquel hombre que había luchado contra todo, incluso contra ella misma, para estar a su lado. No eran los ojos picaros y amorosos que la idolatraban de arriba abajo cada vez que ella se descuidaba. Eran ojos de muerte, de venganza, de una destrucción sin sentido que había llegado tan repentinamente que nadie pudo hacer nada para evitarlo.

-Eres terca.

-Aprendí del mejor—dijo ella mientras se recomponía.

-Si te rindes ahora, te perdonaré la vida.

-Esa no es una opción y lo sabes. Si quieres pasar, tendrá que ser sobre mi cadáver.

-Vamos arreglando eso—dijo con tono siniestro y frio.

El general corrió de vuelta hacía ella, con la espada desenfundada, pero Júpiter ahora si estaba lista. Con la destreza y la rapidez que siempre le caracterizaban, lo evadió fácilmente. Pero no sería tan sencillo, Neflyte era experto en su arma y peligrosamente atacaba una y otra vez. Júpiter se movía con gracia y oportunidad, buscando el momento indicado para pasar bajo él y tomarlo por la espalda.

-En otro momento preciosa, jugaría contigo a esto. Pero tengo una misión.

-¿Y cuál es esa?

-Eliminarte y después, eliminar a tu reina.

-Comprenderás que no va con mis planes. Tendré que detenerte.

Júpiter invocó de nuevo. Esta vez de su tiara, una antena emergió gloriosa. La misma, comenzó a cargarse de electricidad a la vez que la guardiana gritaba al rayo por su ayuda. Su cuerpo y el del general comenzaron a ser impactados por una descarga eléctrica que, la escocia por dentro. Neflyte ahogó un grito de dolor mientras apretaba los dientes. Júpiter también se dolía, no era común que tuviera que soportar su propio ataque con tal de eliminar al enemigo.

Después de unos segundos, ambos cayeron lastimados y humeantes.

-¿Eso es todo? -preguntó burlonamente el general, después de unos momentos de silencio.

Los ojos verdes de la senshi del trueno se abrieron asustados. No era todo, pero no quería hacer más. Quería que el cayera ahí y terminar de una vez por todas con esto -. Es una pena que tenga que acabar contigo, me gustas.

Júpiter se sonrojo y se dolió al mismo tiempo. Esas palabras la quemaban por dentro. Sólo la hacían recordar que aquel hombre ya no era más suyo, sino de ella, de aquella maldita reina que lo había embrujado y lo había apartado de su lado.

-Neflyte—dijo en un susurro. Él solo esbozo una sonrisa.

-¿Conoces mi nombre? -preguntó con sorpresa.

-Y tu conoces el mío, ¿No me recuerdas?

El guerrero se puso de pie, y con paso parsimonioso caminó hacia la agotada mujer. Ella se incorporó tan rápido como pudo, quedando de frente cuando él ya estaba muy cerca. Ambos se miraron a los ojos, por un momento, Júpiter pudo ver aquel viejo resplandor que tanto la enloquecía. Pero fue tan corto, apenas perceptible.

-¿Qué ha hecho ella contigo? -preguntó mientras lo tomaba de la barbilla con ambas manos, sumamente temerosa. El pareció ceder un poco ante el roce de sus manos, y se restregó en ella casi por instinto. Pero el momento fue solo eso, un momento fugaz antes que el volviera al ataque.

Neflyte la tomó de las muñecas fuertemente, asegurándose de hacerle daño. Con todo su peso, recorrió a la castaña hasta topar con la pared ya casi derrumbada de lo que antes era una parte del castillo.

-Ella no me ha hecho nada, niña estúpida. Ella me dio el poder para vencerlas, a ti y a tu reina mediocre.

-¿Qué ganas tu con vencernos?

Neflyte sonrío con un dejo de dulzura, algo que no se esperaba la guerrera.

-Cuando el milenio de plata caiga, yo recuperaré a mi mujer, lo que pase después no me importa.

-¿Tu, tu mujer? -preguntó impactada.

-Mi princesa, la soberana de Júpiter al fin será libre de su esclavitud y podré estar con ella – Los ojos de la senshi brillaron conmovidos. No podía creer que tanta destrucción fuera en el mal llamado nombre del amor.

-¡Pero Neflyte! -exclamó exaltada -. ¡Yo soy Júpiter!

El general dudó por unos segundos. Miró a la mujer aprisionada que colgaba de sus manos y tambaleó, dejando caer a la guerrera a sus pies.

-¡No! Tú no eres ella.

-¡Si lo soy!

-Nooo, ella no quiere esta vida, ella quiere ser libre para decidir por su cuenta y estar conmigo.

-¡Y claro que lo quiero! —replicó la castaña -, pero no así. No a costa de la muerte de inocentes. Mi amor, mi querido general-agregó con ternura.

-¡Cállate! Eres una bruja embustera. Eres un peón más de esta farsa que llamas reino de plata. ¡Ningún reino que se diga justo, obligaría a sus súbditos a renunciar a su vida en pos de una princesa que no lo merece.

-¿Me lo dices tú? ¿El que vendió su alma para conseguir poder? -reclamó la mujer con amargura. Había intentado con todas sus fuerzas no llorar, pero tenía que reconocer que, si bien las palabras de su enemigo le causaban un infinito amor, el dolor que le producían era bastante equiparable. -¡Despierta! ¡Por favor despierta!

-Te haré el favor de matarte aquí, así no tendrás que esperar que tu maldita reina venga por ti cuando vea que has fallado-fanfarroneó Neflyte.

-¡Pues hazlo! Porque no podría vivir sabiendo que te dejé pasar. Pero te aseguro—su voz había tomado de nuevo, aquel aire desafiante -. Te aseguro, mi querido general, que te mataré, porque no querrás vivir cuando te des cuenta de todo lo que has hecho en nombre de nuestro fallido amor.

El castaño esbozó una mueca de complacencia. Por todos era bien sabido que nunca rehusaba una batalla, lo que le ganó la fama de valiente y terco entre sus compañeros. El infalible general del norte, que custodiaba el reino Terra con sabiduría, pero también con pericia. Su fama de peligroso estratega se la había ganado a pulso, victoria tras victoria.

Júpiter se armó de valor y se lanzó en un ataque. El general lo esquivó haciéndose a un lado, girando justo a tiempo para hacerla tropezar. Con rápido movimiento, le acertó un rodillazo en el estómago, acabando con el poco aire que tenía.

-Tendrás que hacerlo mejor que eso.

Pero sin esperar más, la chica lo tomó por sorpresa y se tumbó de espaldas mientras de sus manos abiertas, lanzaba rayos de energía. Neflyte tuvo que saltar para esquivarlos.

Cuando el ataque terminó, él volvió a sacar su espada y la blandió frente a ella. La senshi se movió con agilidad y se incorporó tomando distancia apropiada. Cuando Neflyte ya estaba sobre ella, esquivó la espada y lo golpeó de vuelta en las costillas.

-No entiendo porque no me atacas de verdad-exclamó el hombre, recomponiéndose.

-No deseo hacerte daño, quiero que te liberes.

-¿Liberarme? Eres tú la esclava no yo.

-Tu eres un títere del negaverso, ¿Cuál es la diferencia?

Neflyte soltó una sonora carcajada -. Al menos yo tengo una causa, ¿Cuál es tu excusa?

Flash back.

-No llores—le dijer con dulzura. Aquella hermosa mujer de cabellos caobas y brillantes, se arrodilló frente a la niña que la miraba con desconcierto -. Mi pequeña, no llores. Allá afuera, el universo está lleno de gente mala que querrá hacerte daño, pero la única manera de que puedan lastimarte...

-Es si conocen mi debilidad-exclamó la niña entre sollozos, terminando la frase.

La mujer la miró con una falsa sonrisa en los labios.

-Así es, mi pequeña. Tienes un corazón tan grande, que casi es de tu tamaño- la niña sonrío orgullosa -. Y eso es bueno, pero también hay que saber a quién mostrarlo y a quién no.

-No quiero irme mamá-gimoteó mientras se abrazaba de la hermosa dama.

-Tampoco quiero que te vayas, pero sé que entiendes tu misión.

La niña cambió su semblante a uno más serio, que la hizo fruncir sus ojos esmeraldas. Con la manga de su vestido, se enjugó las lágrimas y con todo el acopio del valor que una pequeña de alrededor de cinco años tenía, agregó.

-Salvaré a mi planeta, cuidaré a la princesa.

-Así es, pero guarda para ti, lo del salvar tu planeta. Ese, mi hermosa Mako, es un secreto entre tu y yo. Sólo deberás decir, que cuidaras a la princesa.

-¿Pues qué clase de princesa es esa, que no puede cuidarse sola?

La mujer tomó a la niña en los brazos y la llevó a la cama, donde la sentó en su regazo.

-Es un bebé, los bebes no pueden cuidarse solos.

-¿Y los niños si pueden cuidar bebes? -la mujer soltó una pequeña risa que no pudo contener.

-Las niñas como tú, si pueden-respondió un hombre muy alto, de complexión fuerte y barba de leñador, que se había parado en el umbral de la puerta -. Hay más niñas como tú, fuertes y valientes, aunque ninguna a tu nivel—le sonrió orgulloso -. Ellas, junto contigo, han sido llamadas para ser entrenadas y proteger a la pequeña princesa.

-¡Yo también soy una princesa! -gritó mientras se cruzaba de brazos.

-Claro que sí, eres la princesa y futura soberana de Júpiter, el mayor de los planetas de este reino— Aquel hombre, tomó a la niña en los brazos y caminó con ella hacía una de las ventanas -. Todo lo que ves aquí, será tuyo un día. Deberás protegerlo, para que cada persona que viva bajo tus designios, sea alguien feliz y pleno. Tendrás que ser más valiente, más justa, más humana. Y sólo podrás conseguir eso, entrenando desde ahora.

La niña clavó su mirada en el inmenso bosque, que fungía como los jardines del castillo. Una manta verde con tintes amarillos, que se mecía al compás de la brisa. A lo lejos, más arriba, al menos podía contar cuatro enormes lunas y otras más pequeñas, en diferentes posiciones, que se alzaban como fieras guardianas de aquella nación.

-¿Por qué, si nosotros tenemos tantas lunas, el reino de la Luna de Terra es más fuerte?

-No tengo la respuesta a todo, cariño-contestó el hombre mientras la aprisionaba a su pecho -. Pero confió en que algún día tú las tendrás, y vendrás a contarle a tu viejo padre.

La niña se dejó aplastar por los fuertes brazos del rey, mientras aspiraba profundamente, tratando de hacer suyo el aroma de su padre, el que siempre olía a maderas y un poco de sudor.

-¡Tú no eres viejo! Eres mi papá y te amo-respondió sonriente mientras le depositaba un beso en la mejilla -. Nunca habrá un hombre tan guapo como tú.

-Ya veremos si sigues pensando eso, cuando conozcas a un hombre que se merezca tu amor—dijo la reina con alegría.

-Yo no me voy a enamorar nunca-refutó de nuevo con el ceño fruncido.

-Eso dices ahora, pero espero realmente que algún día, conozcas a una persona especial, ya sea un hombre o una mujer—la niña abrió los ojos sorprendida -. Y cuando eso pase, quiero que vengan aquí, para que me presentes con esa persona.

-Será un hombre-sentenció tajante -. Y será tan guapo y alto como tú.

El rey sonrío con alegría, mientras le revolvía el cabello con una mano.

-Mako, hija. Hay algo más que queremos decirte.

La niña giró hacía su madre. La mirada de aquella mujer, era un triste poema. Sus ojos azules brillaban ahogados en lágrimas, y sus labios temblaban con cada palabra.

La pequeña corrió hacía los brazos de su madre, que volvió a sentarla en su regazo. Con un brazo la acercaba a su pecho y con el otro, le acariciaba sus largos y ondulados cabellos.

-Cuando llegues al reino de la luna-comenzó susurrando -. Deberás ser un ejemplo de perfección y buena educación ante la Neo Reina. No des problemas, no desobedezcas, no muestres emociones—Mako miró con sorpresa a su madre mientras escuchaba aquel consejo -. Haz lo que te digo, pero lo más importante es que, aunque hagas todo lo anterior, nunca jamás dejes de lado tus ideales, tus convicciones o tus sueños. Disimula, actúa, miente, engaña, pero que nadie lo note.

-Engañar y mentir es malo.

-A veces, es la única salida. Sé que aprenderás a distinguir cuando hacerlo y cuando no.

-¿Volveré a casa?

Ambos padres se miraron por segundos a los ojos, transmitiéndose de forma imperceptible para su hija, un sinfín de mensajes silenciosos.

-¡Claro que volverás! -exclamó el Rey -. Volverás a casa, porque aquí es tu destino estar.

-Es que se oyen tan tristes -refunfuñó la pequeña.

-Estamos tristes porque te vas, pero estaremos muy felices de que estes a salvo y aprendiendo mucho en el castillo.

-¿A salvo?

Un sonido en la puerta interrumpió la siguiente alegata de la joven princesa

-Es el momento.

-¿Puedo despedirme de Tomoko? -preguntó abatida.

-Tu hermana debe estar dormida, no será posible.

Mako hizo una mueca de tristeza, mientras su padre se acercaba a ella para un abrazo familiar, que por más que lo pidiera no podía ser eterno. Después ambos adultos salieron, dejándola sola un momento.

No sabía lo que pasaba, desde el momento en que llegaron a su habitación para decirle que tenía que irse, las cosas en el castillo habían cambiado. Presenció como una mujer extraña, de largos cabellos negros y ondulados, tomaba a su hermana y la sacaba de la habitación, mientras un hombre de cabellos igual de largos, pero lisos y blancos la custodiaba a ella, sin decirle nada.

Su madre parecía estar abatida, pero se acercaba a ella con tanta ternura, como siempre lo había hecho, que no le había dado la mayor importancia.

sin embargo, ver los ojos de su padre, que eran iguales a los de ella, llenos de miedo y desconsuelo, si que la alertó.

Pero lo había prometido, le había dicho a sus padres que cumpliría con esa misión tan repentina y salida de la nada. Tomó aquella pluma chistosa que ya había visto en el joyero de su madre y que siempre había querido usar. Agarró también una pequeña maleta, una liga verde que le robó a su hermana y una pequeña medalla que era de su padre, de sus tiempos en el ejército, y salió rumbo al salón principal.

Ahí se despidió de nuevo de todos. Su padre estaba parado frente a su trono, sosteniendo su cetro pegado al suelo, como si fuese un bastón. Aquel gesto, le pareció de lo más particular, porque siempre había escuchado decir, que el cetro no debía tocar el piso bajo ninguna circunstancia. A un costado, su madre visiblemente afectada sostenía en brazos a su hermana, que parecía dormir profundamente. Después de darles un beso a cada uno, giró sobre si misma y con la cabeza alta comenzó a avanzar. Escoltada por la visita imperial, salió del salón por la puerta grande, la misma que se cerró tras ella, evitando que pudiera ver, el filo de las espadas que terminaron con la vida de su padre, su madre y su pequeña hermana.

Fin de flashback.

Júpiter suspiró resignada. Si ese era el momento de morir, se alegraba de estar tan cerca de ver a sus padres. Por otro lado, estaba tan triste al pensar, que ese hombre que le daría un final, había sido el mismo que le prometió las estrellas, aquel que había elegido para volver a casa, para pasar la eternidad a su lado.

-¡No! -gritó con nuevos bríos. No iba a permitir que eso pasara. Ese hombre no la mataria, y si lo hiciese, se aseguraría de llevárselo con ella -¡Tú eres mi causa! - le gritó con pasión.

-¿Qué dices? -preguntó él un tanto confundido.

-Tú me trajiste aquí, tú me hiciste recordar mi verdadera misión. Si voy a morir, te llevaré conmigo, porque tu misión es la paz y lo que estás haciendo no tiene nada que ver con eso.

Con la poca fuerza que le quedaba, Júpiter se lanzó de nueva cuenta contra el general, quién sorprendido por el débil ataque, levantó su espada.

El filo de la imponente arma, resbaló en el cuerpo de la guerrera como si fuese mantequilla. Adentrándose con tanta profundidad, que solo unos instantes después, la punta atravesó su cuerpo.

-¿No que no querías morir? -le susurró el general al oído. Lo único que separaba ambos cuerpos, era la empuñadura de la espada, que estaba labrada en un fino metal reluciente.

-No quiero vivir sin ti, es diferente—La chica posó sus manos sobre el mango de la espada, agarrando a su vez, las manos del general. Clavó ella misma, la espada un poco más adentro, ocasionando que un hilo de sangre saliera por sus labios. Con la fuerza que pudo juntar, lo abrazó -. Perdóname.

Una enorme masa de electricidad comenzó a generarse en el cielo. Neflyte miró con asombro como aquella chica estaba creando una descarga tan fuerte, que seguramente acabaría con ambos. Intentó soltarse, pero no pudo. Sus ojos marrones miraron de frente y tan cerca a los orbes esmeraldas, que no pudieron más que reflejarse en ellos. El aroma de la todavía cálida piel de la chica, le recordaba a rosas, a aquella fragancia que su mujer emanaba por naturaleza. Se refugió en su cabeza, hundiendo su nariz en los suaves cabellos castaños, sintiendo como una explosión en su interior le abría los ojos y le revelaba la verdad. Así fue como salió del trance y del hechizo del que eran presas, demasiado tarde para evitar la tragedia.

Aquella tormenta de centellas cayó sobre ambos. El crujir de la tierra acalló sus gritos de dolor a la vez que llamaba la atención de todos, incluso de los combatientes más lejanos.

-Júpiter-exclamó una abatida guerrera rubia que yacía tirada a las escaleras del castillo.

Después de unos minutos, el silencio volvió a reinar. Las nubes se dispersaron para dar paso al vapor que emanaba de dos cuerpos en el piso. La guerrera estaba tirada con la vista hacía arriba, sus ojos emitían los últimos destellos de una vida dedicada a alguien más. No pudo evitar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, ya no era tiempo para controlarse, era tiempo de morir, podía darse el lujo de llorar.

Cuando estaba por dar su último aliento, el cuerpo tirado boca abajo a un lado de ella comenzó a moverse. Se asustó, por supuesto que sí, pero más se dolió de saber que dejaría a aquel hombre con la carga de sus errores.

El general se levantó muy mal herido, lentamente y sangrando. No pudo más que ponerse de rodillas, arrastrando lo poco que quedaba de él. Cuando llegó hacía ella, le giró el rostro para verla una vez más. Ella, incapaz de moverse, lo miró directamente esperando la estocada final. Pero ésta nunca llegó, en su lugar, sintió por última vez, el tierno calor de unos labios sobre los suyos. No era la misma sensación de siempre, esta dolía, raspaba, ardía. Pero definitivamente, fue el mejor beso que recibió en su vida.

-Makoto, mi amor-exclamó en la más profunda de las tristezas aquel general derrotado -. Lo siento tanto.

-No lo sientas, al fin somos libres—le respondió entrecortadamente.

Neflyte se tiró a su costado, también moribundo. Con sus últimas energías, jaló el cuerpo casi inerte de su amada y se fundió con ella en un último abrazo.

-Te encontraré de nuevo, todas las veces que sea necesario.

CONTINUARÁ...

Como siempre, gracias por leer. Espero que les guste, agradezco mucho los comentarios, me inspiran mucho en verdad.

Edythe.. de antemano, espero que te guste.

saludos.