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Oikawa sonríe y sus mejillas, inevitablemente, se espolvorean de color rosa. Luce como los atardeceres en primavera, y es por eso, quizás, que florecen sus pestañas, como flores que se abren con la luz del sol.
Kageyama no puede desviar su atención de él, aunque así lo quiera. No comprende el porqué, si acaso tiene algo tan especial en su rostro que lo hace incapaz de alejar su mirada. Tal vez Oikawa deje entrever algo en sus expresiones que le ayude a leerlo, a obtener una pista para ganarle en el juego.
No es así, de todas formas.
Nunca ha podido hallar un solo indicio que le ayude a ganar, porque se ha concentrado tanto en observarlo que se ha terminado enamorando de él. Así de tonto como suena, así es él, así es Oikawa.
Lo único que pudo rescatar de tan larga investigación (así prefiere llamarle él), es que Tooru es expresivo, más de lo que cualquiera podría llegar a creer.
Tooru mueve sus cejas, siempre que piensa en decir alguna ocurrencia que sabe, sin dudas, que molestará a Iwaizumi. Gusta de hacer expresiones de cachorrito, cada vez que su mejor amigo se enoja con él, porque sabe que con eso será perdonado. Cuando es él quien se enfada, junta sus cejas con auténtico recelo, mientras aprieta los labios. En ocasiones levanta una ceja en señal de confusión, otras veces entrecierra los ojos cuando sabe que le están mintiendo.
Y cuando lo ve a él...
Tobio no ha podido hallar ninguna fórmula que le ofrezca la victoria contra Tooru, solo ha llegado a la terrible conclusión de que sus esfuerzos, contra sus propias intenciones, le han hecho perder en lugar de ganar.
Porque cuando Tooru lo ve a él, puede ver un brillo en sus ojos, el sonrojo primaveral, las pestañas floreciendo... y todo eso es suyo, es por él. Y entonces, Tobio solo ha sabido perder.
