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XXIII. El abrazo.
El silencio cayó pesado entre ellos. O quizá era la fuerza de sus pulsaciones en las orejas lo que le impedía a Gawain escuchar el resto del mundo a su alrededor.
Vio a Dziban morderse el labio inferior y mirar a todos lados con nerviosismo, como si esperase que algo terrible estaba a punto de suceder, después fijo a sus ojos, a sus zapatos, a sus propias manos que sacó por un momento de la túnica… la segunda vez que sus ojos se encontraron, había lágrimas en los de ella.
-¿Por qué? –articuló Dziban con dificultad.
"¿Por qué?" Pues lo mismo quería saber él. ¿Por qué lloraba? ¿Por qué ese impulso de rodearla y protegerla de lo que fuera que ella esperaba que fuese a romper el mundo en esos momentos?
-¿Por qué? –preguntó Gawain a su vez, con las cejas levantadas con preocupación y atreviéndose a dar un pequeño paso hacía donde ella estaba.
De nuevo el mundo hizo silencio para llenarse solamente del sonido de la sangre bombearse con fuerza la cabeza a Gawain.
Por su parte, Dziban sacó de nuevo las manos de su túnica a mirarlas, seguían delgadas y transparentes como cuando las había ocultado… y temblaban.
Pérdida y desconcentrada, fue tomada por sorpresa por las manos que envolvieron las suyas: eran cálidas y ásperas.
Weasley vivía en el campo, jugaba entre los árboles, lanzaba gnomos, montaba en escoba sin guantes… tenía pecas, cicatrices y ese tacto áspero tan familiar para ella en las manos. Había pasado tanto desde la última vez que se habían tocado y, aun así, no había una mejor palabra para la sensación que la confortó casi al instante.
Gawain apenas y amago el movimiento de atraerla cuando ella misma dejó que la condujera a su pecho.
Era como un sueño.
Y en ese sueño, estaban en la enfermería después del baile, la electricidad podía palparse entre ellos, cada vez que sus manos se tocaban o soltaban, cuando se miraban e incluso cuando no lo hacían y se hacía evidente que se esforzaban por ello.
Las manos cálidas estaban ahora en su cintura y espalda aprisionándola contra un pecho igual de agradable. Los dos mentirían si intentaran negar siquiera la sensación de felicidad que iba apoderándose de ellos.
El abismo era menos intimidante cuando estaban tan cerca y sus latidos se acompasaban y tranquilizaban con el otro.
Cuando Gawain volvió a saber del mundo, había comenzado a caer agua-nieve y retazos de la tormenta llegaban a él, Malfoy aún tenía pegada la nariz a su pecho y cerraba los ojos, a pesar del frío y la tormenta, por fin había dejado de temblar.
-Tiene que ser una trampa ¿no? –murmuró sin despegar la frente y nariz de él.
-¿Qué?
-Tú.
Incapaz de pensar en una respuesta, el pelirrojo cerró un poco su abrazo alrededor de ella.
-Tienes que ser una trampa.
-Pensé que solo era un comadrejita rosada—repuso en tono burlón.
Dziban soltó una risita junto con un montón de lágrimas, Gawain las sintió mojando su camisa y se preguntó cuanto hacía sin escucharla reír, ya fuera con maldad al molestar a alguno o sinceramente.
-Comadrejita-bolita-rosada—le corrigió.
-La mayoría solo me dice Gawi.
Ella por fin se separó de su pecho, limpio sus ojos tan rápido como pudo y sin dejar de mirarlo, volvió a guardar las manos en sus bolsillos para salir lentamente del abrazo.
-No me gusta—admitió aun con la risita en la voz.
-Ni a mí.
-¿Entonces?
-Entonces acompáñame a la fiesta.
Dziban inspiró ruidosamente y sus ojos se abrieron de par en par. Había olvidado que todo había empezado por eso.
-¿Sólo un rato? Anda—Insistió Gawain.
Dziban miró el pasillo detrás de ella, la tormenta a través de las ventanas, fue consciente de golpe de toda la situación, de la mancha que sus lagrimas habían dejado en la camisa del pelirrojo, del armario y la marca que le habían puesto en el brazo, del frío y el miedo… de ese chico que a pesar de todo seguía mirándola como si ella fuera lo mejor del mundo y de cómo en sus brazos, aunque fuera un instante, todo lo demás había dejado de importarle.
-Sí—exhaló por fin preparándose para huir de ese pasillo.
-¿Sí?
-Si.
-¿A dónde paso por ti?
-Aquí.
-A las siete.
Para ese momento, Dziban ya había echado a correr.
-¡Sí! –grito ya saliendo de la vista de él.
Por un momento, por una noche, Dziban Malfoy era dueña de su vida otra vez.
Seguiría con su misión apenas terminara la fiesta, haría todo lo necesario, se prometió. No fallaría y seguramente después, cuando Weasley supiera todo, momentos como el que habían tenido no volverían.
Pero por ahora, Dziban escarbaría al fondo su baúl, buscaría en sus pociones el humectante de ojos, algo para los labios, unos aretes, el perfume… ¡lo que fuera! Cualquier cosa que, por una noche, la que se concedería, pudiese mantener a Gawain Weasley con sus tontos ojillos de chocolate, solo para ella.
-D&G-
¡Hasta aquí! Espero que les haya gustado.
¡Cuídense mucho!
