Capitulo I

Había sido otro día agotador en la academia culinaria Akatsuka, volvías a casa al atardecer, arrastrando los pies y cargando una bolsa contigo. Siempre llevabas a casa lo que cocinabas durante la jornada, ya que de otra manera todo iba a la basura, aún así, era imposible que te lo terminaras todo tu sola, por lo que la mayoría de la comida terminaba siendo desechada de todos modos.

Tus pensamientos divagaban de esa manera hasta que sentiste la brisa primaveral. La corriente fresca y el color oxidado que tomaba la ciudad a esa hora te hacía sentir algo melancólica; ya habían sido varios meses desde que empezaste a vivir sola, y, aunque los primeros tiempos habían sido los más difíciles, aún te disgustaba la idea de pasar el fin de semana sola en aquel piso de apartamento diminuto. Suspiraste. Al menos podrías descansar.

Justo en la esquina por la que doblabas para llegar a los apartamentos, encorvado sobre una pequeña montaña de basura, pudiste divisar a un hombre escuálido que revolvía entre las bolsas. El hombre usaba un traje rosado, bastante desgastado, pero el hecho de que una persona en su situación estuviera vestido de traje, te llamó la atención. A medida que te acercabas podías escuchar que el hombre tarareaba mientras revolvía entre envases vacíos y papeles.

Cuando llegaste a la esquina te detuviste y le llamaste la atención. Disculpe señor -dijiste en el tono más amable que pudiste lograr-. Él inmediatamente se dio vuelta revelando su rostro. Tenía ojos pequeños y rasgados, una naricita respingona y debajo de ésta un finísimo mostacho que se doblaba en un ángulo. Pero sin duda, lo que más resaltaba de su cara, eran tres enormes dientes que sobresalían de su boca. ¿Qué quieres? -ladró-

¿Eh? -fue lo único que pudiste responder- entre la inusual apariencia de aquel sujeto y su repentina reacción, habías quedado un poco sobrecogida

Que qué quieres -volvió a decir- si quieres venderme algo, ya te habrás dado cuenta de que no tengo dinero zansu.

¿Zansu? -preguntaste por lo bajo sin darte cuenta-

Ya veo, eres de alguna secta -dijo- moi no está interesado en ninguna de esas cosas, así que puedes darte la vuelta y seguir tu camino con esa bolsa llena de panfletos.

En ese momento recordaste el porqué estabas hablando con aquel sujeto tan extraño y decidiste actuar antes de que te arrepintieras.

No hay panfletos en esta bolsa - replicaste- Sólo comida que pensaba darte, pero quizás ahora no lo haga. Cuando dijiste eso sus ojos se iluminaron, y la expresión molesta que llevaba en su cara cambió por una de interés.

"Ohhh, moi estaba necesitando comida justamente zansu. Pero ¿qué quiere mademoiselle a cambio? - dijo levantando una ceja -

Nada -dijiste, dejando el bolso entre ambos- solo tu agradecimiento eterno -bromeaste-. Por alguna razón te estabas comenzando a sentir más cómoda con la inusual presencia de aquel hombre.

Por supuesto lo tendrás, mademoiselle – exclamó mientras se abalanzaba sobre la bolsa – Ohh, usted es tan gentil, realmente un ángel caído del cielo zansu -dijo abriendo los contenedores con comida- Antes de que pudieras reaccionar a sus halagos él estaba devorando todos tus platos con la delicadeza de un animal hambriento. – Delicioso zansu. Verdadera comida francesa cómo la que moi solía comer en mi natal Francia. – Dijo al terminar de masacrar todo el alimento que le habías dado –

¿Francia, huh? – dijiste – Era obvio que aquel hombre mentía, ya que la clase de hoy había sido sobre comida griega. Decidiste seguirle el juego.

Es obvio que un caballero como usted debía de venir del "viejo mundo" – dijiste con un tono burlón –

¿De verdad crees eso? – titubeó él, al tiempo que su cara se teñía de un intenso rojo –.

Esa reacción si que no la esperabas, el mismo sujeto que había estado intentando echarte con sus más sarcásticas burlas y luego tirado alabanzas a diestra y siniestra cómo si nada; ¿ahora se sonrojaba como una colegiala al recibir un alago?

Pues claro, solo hay que ver la forma en la que estás vestido – respondiste – Oh no, sólo lo habías hecho peor, aunque solo era una mentira a medias, él se restregó la nuca avergonzado. Odiabas admitirlo, pero probablemente la razón por la que esas palabras habían escapado de tu boca, era que realmente disfrutabas de verle tan avergonzado. Debías escapar de aquella situación tan incomoda lo más rápido posible, así que saludaste con la mano y dijiste

-Bueno, Señor…

-Iyami – respondió él –

-Sí, Señor Iyami, nos vemos

Y echaste a correr hasta tu casa, sin darte cuenta de que habías dejado tu bolso y los contenedores vacíos, justo en frente de Iyami.