Disclaimer: Helen, mía. El resto, de Rowling.
«Esta historia participa en el reto Primera página del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black».
Imagen de portada de Malfoy_Art. Podéis encontrarla también como Potter-Art en Tumblr.
Frase sorteada: «Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación» de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. LeGuin.
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«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación».
Harry levantó la mirada del pergamino que tenía en las manos y la perdió en el paisaje nevado de Godric's Hollow. No debía de hacer mucho tiempo que Draco se había marchado: en la chimenea aún ardían algunos rescoldos candentes y la tinta todavía estaba húmeda. Harry le había avisado de que iría porque necesitaba prendas de ropa y recoger algunos documentos del despacho. Le dolía que Draco hubiese preferido dejarlo a solas, pero lo comprendía. Suspiró, frustrado, y apoyó la frente en el helado vidrio durante medio minuto. Se estremeció por el contraste de temperatura y continuó leyendo mientras trataba de contener sus emociones.
«Tuve una infancia feliz. Feliz y muy mimada. Crecí rodeado por los inmensos campos de colza de Wiltshire, que se cubrían con un manto amarillo cada mes de abril. Una mañana el campo era verde esmeralda, fresco y fragante, y se extendía hasta el crómlech de Stonehenge y a la siguiente empezaba a salpicarse de pequeñas motas ocres que iban multiplicándose exponencialmente. Tres días después, el aire primaveral mecía los campos en un oleaje dorado que transmitía paz».
—Draco —susurró Harry, comprendiendo qué estaba leyendo y relegando al fondo de su conciencia la culpabilidad que sentía al hacerlo.
Había logrado convencer a Draco unas semanas atrás de visitar a una terapeuta matrimonial muggle. Inicialmente Draco se había negado, pero había claudicado tras una discusión más fuerte que las anteriores.
—Está bien —había dicho Draco con voz cansada, tras un minuto de silencio incómodo.
—¿Está bien? —Draco había asentido ante la mirada desconcertada de Harry.
—Iremos a ver a esa terapeuta matrimonial que Hermione ha encontrado. —Harry había sentido un peso en el estómago. No sabía si sería demasiado tarde—. Antes de que uno de los dos diga algo de lo que se arrepienta.
«Mis padres se esforzaron en que fuese así. Si había conversaciones sobre señores tenebrosos o niños que habían vivido para salvar al mundo mágico… yo no las oía. Para mí, mi infancia son esas tardes de primavera corriendo entre las plantas de colza jugando al pilla-pilla con Dobby, el elfo doméstico encargado de vigilarme. Cuando mis amigos fueron algo más mayores y sus padres acudían a la Mansión en visitas de cortesía, las tempranas noches de invierno se convirtieron en divertidos y misteriosos escondites a lo largo y ancho de toda la casa».
No habían necesitado que la terapeuta les explicase la causa del conflicto; sabían bien cuál era, así que se esforzaba en ayudarles a encontrar puntos de negociación. En la tercera sesión que habían tenido, frustrada y harta de sus discusiones, del sarcasmo de Draco y la cabezonería de Harry, la psicóloga había acabado por imponerles aquel ejercicio. Harry, abrumado por los cambios al abandonar la casa de Godric's Hollow en la que vivían, ni siquiera lo había comenzado y se sintió culpable al ver la diligencia de Draco.
—Siempre te pareciste más a Hermione que a mí en ese aspecto. No me extraña que os llevéis tan bien. —Harry rio para sí mismo.
«Madre consentía todos mis caprichos. De ella aprendí las normas de cortesía más básicas, a disponer una mesa adecuadamente para cuantos invitados fuesen necesarios, la capacidad de ser obedecido por los elfos sin levantar la voz y a podar los rosales del jardín. Es algo que entretuvo mi mente de pensamientos oscuros cuando la guerra terminó. En una casa donde la pureza de sangre se ensalzaba y donde se me educó para que asumiese mi natural posición de superioridad por mi apellido y mi magia, Madre podaba las rosas manualmente.
Padre era estricto con sus normas, pero generoso con las recompensas. Si bien aprendí idiomas, matemáticas y economía de la mano de los tutores contratados a tal efecto los años anteriores a asistir a Hogwarts, era padre quien me sentaba en sus rodillas al final del día, cuando cuadraba los balances y las cuentas, explicándome con paciencia los diferentes asientos del libro de contabilidad. Me permitía escribir torpemente algunos de los números en el crujiente pergamino, que tenía un aroma ajado y vetusto que todavía puedo percibir si cierro los ojos, y sostener la varita mientras la movía para borrar las pequeñas manchas de tinta.
Mis padres cometieron muchos errores. Pero me querían con locura y me educaron como ellos pensaban que debían hacerlo, como a ellos mismos les habían educado. No se plantearon que al inculcarme unos valores arcaicos que acabarían trayendo dolor y pérdida a toda la sociedad, incluidos nosotros, estaban sellando todo el sufrimiento, miedo y dolor que sufriría durante mi adolescencia. Ellos querían que yo fuese feliz, pero equivocaron la manera de conseguirlo».
Draco podía ser muy hermético en ocasiones. Ambos habían hablado de sus infancias. Harry le había contado acerca de sus tíos y su primo Dudley, de la alacena y de la reja de la ventana. Draco le había hablado de los deberes de los Malfoy, los absurdos protocolos y del placer de ignorarlos con la indulgencia que le había otorgado ser niño. Sin embargo, nunca le había hablado con tanta franqueza de sus padres. Harry intuía que Draco los quería muchísimo. Le había costado entenderlo, sobre todo tras ver la estirada frialdad de Lucius en las comidas dominicales. Había empezado a sospechar que no era más que otra norma idiota sobre apariencias y formalidad cuando, el día de su boda con Draco, Harry había visto la mirada orgullosa y empañada de emoción de Lucius y había sentido la intensidad del abrazo que Narcissa les había dado, tan inesperado como cálido.
«Oí hablar de Harry por primera vez cuando apenas tenía siete años. Fue Pansy, por supuesto. Pansy, a quien adoraba ya en aquella época, era una niña pizpireta y revoltosa que adoraba arrastrarse por el suelo y odiaba las rígidas convenciones sociales que constreñían nuestro entorno. Otra víctima de una educación bienintencionada que no se esforzó en comprenderla, intentando moldearla para lo que se esperaba de ella. En un susurro emocionado, nos arrastró a Theo y a mí a un rincón de la Mansión antes de contarnos que había oído hablar, durante un paseo por el callejón Diagon, de un niño fantástico. Un niño que nos había salvado a todos al enfrentarse a un mago oscuro. Un niño que, algún día, iría con nosotros a Hogwarts.
Pronto, los tres descubrimos que hablar de aquel niño en nuestras casas equivalía a un tabú. Ni siquiera recuerdo si llegamos a hacer partícipes del secreto a Greg y a Vinnie. El padre de Theo soltó improperios cuando este mostró curiosidad por Harry, el de Pansy gruñó y le prohibió volver a hablar del tema y Padre… el rostro de Padre se ensombreció cuando pregunté durante la cena con la osadía que sólo un niño de siete años puede tener. Madre hizo un gesto que no comprendí y Padre carraspeó, cambiando torpemente de tema. Aquello, por supuesto, espoleó aún más mi curiosidad.
Pregunté a uno de mis tutores, un hombre proveniente de un linaje sangre pura venido a menos que me explicaba las genealogías de todas aquellas familias con las que los Malfoy tenían parentesco o relación económica, pero este contestó cautelosamente que debía pedir permiso a Padre antes de hablarme del Niño-Que-Vivió. Fue la primera vez que oí hablar de Harry por ese apelativo: el Niño-Que-Vivió. Finalmente acudí a quien, en aquel entonces, era mi sombra en mis andanzas por la Mansión o los campos de colza.
—Harry Potter es un niño muy especial, amito Draco —me susurró Dobby con entusiasmo, mirando nervioso a su alrededor para asegurarse de que no había nadie que pudiese escucharnos.
Debía de serlo, si Dobby hablaba de él con tanta devoción. Después se tuvo que planchar las orejas para no descubrirse ante mi padre, pero primero me relató cómo Harry había salvado al mundo mágico de las garras de un terrible señor tenebroso. Harry se convirtió en mi héroe. Un niño como yo, que había derrotado al mago oscuro más poderoso de nuestra época… e iba a ir conmigo a clase. Desde ese momento, las historias sobre el Niño-Que-Vivió se convirtieron en mis favoritas. Rogaba a Dobby porque me las contase una y otra vez. Puedo recordar nítidamente algunas de aquellas historias, que ahora sé que el elfo se inventaba para adornarlas y satisfacer mi inagotable curiosidad infantil de una manera saludable, narradas mientras yo desgranaba entre los dedos las semillas oleaginosas de la colza. En mi desbordada imaginación, aquel niño maravilloso era una imagen idealizada que a día de hoy soy incapaz de recordar, sustituida la fantasía infantil por el recuerdo del niño de once años que se subió torpemente a un escabel junto al mío para comprar su primera túnica del uniforme de Hogwarts».
—Hola. —Harry levantó la cabeza súbitamente al oír la voz de Draco. Este estaba apoyado en la jamba de la puerta del despacho. Miraba el pergamino que Harry estaba leyendo y tenía la varita en una de las manos, pero la sujetaba sin fuerza—. Pensaba que vendrías más tarde.
—Yo… Lo siento, estaba encima del escritorio. Al principio no sabía lo que era y después… bueno, no pude parar de leer —confesó Harry tartamudeando con culpabilidad.
—No importa —dijo Draco con una sonrisa cansada—. Se supone que se trata de leerlo. Además, tú siempre has sido un impaciente incorregible al que le encanta saltarse las normas. Me habría sorprendido que no averiguases con antelación qué he escrito.
—Yo ni siquiera he empezado el mío —admitió Harry, avergonzado.
—Creo que nadie, ni siquiera tú, espera que lo hagas hasta un par de horas antes de nuestra siguiente sesión de terapia —bromeó Draco.
—Recogeré lo que he venido a buscar y me marcharé. Siento que hayas tenido que coincidir conmigo —dijo Harry, dejando el pergamino con la historia de Draco encima del escritorio.
—No seas idiota, Potter —le reprendió Draco, negando con la cabeza—. Había salido a comprar algo para comer. Esperaba que quisieras quedarte a cenar conmigo.
—¿No estás enfadado? —Draco negó de nuevo.
Tras pedirles que escribieran un informe sobre cómo les hacía sentir el tema de su discusión, la terapeuta les había sugerido que quizá les vendría bien separarse durante unos días, darse espacio para pensar y poder redactar el ejercicio. Draco no había estado satisfecho pero Harry, determinado a hacer todo lo posible para salvar su matrimonio, se había mudado durante un día a Grimmauld Place antes de optar por pedir asilo en La Madriguera debido a la inhabitabilidad del viejo caserón.
—Helen no dijo que no pudiésemos vernos. Sólo que nos diésemos un poco de espacio —dijo Draco para convencerle. Harry asintió, conforme. Draco señaló el pergamino con la barbilla—. ¿Por dónde ibas?
—Las historias de Dobby sobre mí.
—No hay mucho más. Aún no he terminado de escribirlo. Puedes leer lo que queda, si quieres. Voy a poner la mesa. —Draco salió del despacho sin decir nada más.
«¿Cómo iba a ser Harry Potter alguien que ni siquiera sabía lo que eran las casas de Hogwarts? Había soñado a menudo con el primer día de colegio, cuando me acercase a él y le extendiese la mano para presentarme. Había calculado las posibilidades de que ambos quedásemos en Slytherin y lo divertido que sería que compartiésemos dormitorio. Había idolatrado tanto a Harry que se me había olvidado que él no sabía quién era yo. ¿Cómo no iba a saberlo, si yo era el centro de todo mi mundo? No concebía en mi mente que eso pudiese ser así.
Por eso, cuando comprendí que aquel niño flaco y reticente que se probó su túnica del colegio a mi lado, el que rechazó mi mano después de mis desafortunados comentarios sobre las primeras personas que se habían dignado a tratarle bien, aunque yo eso no lo sabía en aquel momento, era el Niño-Que-Vivió, su rechazo dolió como nunca había dolido nada a un niño al que nunca se le había negado ningún capricho. La rabia hizo arder con furia durante semanas la afrenta. Arrasó su ilusión como el verano hace con los campos de colza cuando se cosechan las semillas y la tierra queda lista para una nueva siembra.
Alimenté mi odio con gusto, ya que no tenía la amistad que había soñado durante tanto tiempo. Sólo era un mocoso de once años que se había hecho demasiadas cábalas y no había manera de que Harry pudiese estar a la altura de ese niño que yo había creado en mi imaginación. Fue tan sencillo dejarse llevar por la rabia hacia Harry que ni siquiera me paré a pensarlo durante años. Lo que un día era admiración pura, al siguiente era una rivalidad enfermiza que…»
No había más. El resto del pergamino, arrugado por la fuerza con la que Harry lo apretaba, estaba en blanco. Harry miró por la ventana, pensativo.
—¿Cenamos? —Draco volvía a estar en el umbral. Harry asintió y lo siguió en silencio.
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Draco dejó de mover la comida que estaba en su plato y levantó la mirada para contemplar el rostro de Harry mientras cenaba. Este no había abandonado el aire pensativo que tenía desde que lo había descubierto en el despacho leyendo su redacción de terapia.
—Es extraño verte reflexionar tan detenidamente. Va a salirte humo de las orejas en cualquier momento —dijo Draco finalmente, bromeando para intentar romper el hielo. Harry levantó la vista y le recompensó con una sonrisa cansada. Draco se alegró de que no hubiesen perdido la capacidad de tomarse el pelo mutuamente—. ¿Me lo cuentas?
—Pensaba en Dobby —admitió Harry en voz baja al cabo de unos segundos—. No… nunca habíamos hablado de él, creo. Ya sé que no tiene importancia, pero…
—Recuerdo que fue quien os sacó de la Mansión aquel día —asintió Draco, comprendiendo a qué se refería Harry—. Supongo que, como tantos recuerdos de mi infancia, había quedado sepultado entre el rencor y el dolor.
—Se… Él… murió en mis brazos. No pude hacer nada por él salvo darle una sepultura digna.
—Lo siento mucho —dijo Draco, extendiendo la mano por encima de la mesa para coger la de Harry en un gesto de consuelo—. Te quería muchísimo. Ni siquiera te conocía, pero te idolatraba.
—Lo sé. Tanto que casi me mata en varias ocasiones —resopló Harry, a medio camino entre la risa y la emoción.
—No te odiaba. Nunca lo he hecho. Después de lo que has leído iba a hablar de Hogwarts, de la guerra, de cómo nos hicimos amigos después de que todo terminase… — Draco miró a Harry a los ojos, preocupado por cómo pudiera haber interpretado las palabras de su redacción. Su voz se perdió en un hilo y ambos se quedaron en silencio.
En su mente, los recuerdos de aquellos años le vinieron a la cabeza. A diferencia de los recuerdos de su infancia, que había descubierto todavía luminosos y llenos de color, los de la guerra eran sinónimo del paisaje deslavazado de Wiltshire durante el otoño y del gris plomizo del cielo, reflejando el estado de ánimo de Draco en aquel tiempo. Ahora su vida estaba llena de colores cálidos y dorados mezclados con el verde de las hojas de los robles antes de que sus ramas quedasen desnudas en cada invierno. Las extensas praderas de Wiltshire habían llenado los recuerdos felices de su infancia y los bosques que rodeaban Godric's Hollow adornaban los nuevos.
—Recuerdo cuando me llevaste a conocer Stonehenge. —Draco parpadeó al escuchar a Harry hablar, comprendiendo que ambos debían haber estado pensando algo similar.
Wiltshire respiraba tanta magia como Godric's Hollow. Meses después de comenzar a salir juntos, Harry había accedido tras varias propuestas a cenar con sus padres en Malfoy Manor. Tras la cena, más protocolaria de lo que Draco habría deseado, este había comprendido que ya no era el mismo chico que se había criado entre aquellas cuatro paredes y que se sentía tan incómodo como Harry. Sintiéndose un forastero en su propia casa, Draco había guiado a Harry por diferentes estancias, las que había considerado más inofensivas para sus recuerdos, en parte para mostrárselas y en parte para buscar algo que siguiese conectándole a aquel lugar.
Había sido mientras le enseñaba su cuarto cuando Harry había señalado, entrecerrando los ojos para aguzar la vista, el crómlech que relucía con un brillo mortecino a la luz de la luna en el horizonte.
—¿Qué es?
—¿Preguntas en serio? —Harry había asentido, mirándole con media sonrisa—. A veces me pregunto cómo consigues atrapar la snitch tan fácilmente si no ves tres en un nundu, Potter. Es Stonehenge.
—¿El círculo de piedras? Nunca lo había visto. Ni siquiera sabía que estaba tan cerca de tu casa —había repuesto Harry, haciendo un hechizo telescópico para verlo mejor.
Habían acabado volando hasta allí en la escoba de Draco. A la luz de la luna, Harry se había acercado a los grandes monumentos, acariciándolos cautelosamente con la yema de los dedos.
—Hay magia en las piedras —había susurrado Harry, impresionado.
—Claro que hay magia en las piedras, Potter —había suspirado Draco, exasperado, que había vuelto a olvidar lo poco que sabía este sobre algunos aspectos del mundo mágico.
Gran parte de su rencor hacia Harry se había disipado cuando, tras los juicios, una biografía detallada no autorizada de Harry Potter había salido a la luz. Draco negaría el resto de su vida haberla comprado el mismo día de su publicación, pero la había devorado en una sola noche. Al principio no había creído nada de lo que ponía en ella, considerando demasiado ridículo que el Niño-Que-Vivió hubiese vivido su infancia alejado de toda magia, como un muggle. No obstante, el sonado cabreo de Harry, la demanda interpuesta por Hermione a la autora de la biografía y la enconada defensa de los Weasley hacia el que consideraban parte de su familia le habían terminado por convencer, a él y al resto de la sociedad mágica que todavía había sido escéptica, de que lo que se narraba en el libro era cierto.
Aquello le había hecho decidirse a escribir una carta a Harry disculpándose. No había esperado respuesta alguna, más bien había pretendido calmar su propia conciencia al recordar los cientos de comentarios hirientes que le había dedicado durante la adolescencia. Sin embargo, la insufrible pelota de plumas de Ron había aparecido en su ventana y le había tendido una carta con la desmadejada caligrafía de Harry agradeciéndole sus palabras y pidiéndole perdón a su vez. Draco no sabía qué le había llevado a responder de nuevo. Varias cartas después, la lechuza traía su vieja varita de vuelta y llevaba una invitación de Draco para tomar una cerveza juntos y poder charlar en persona. En qué momento aquello se había convertido en una relación era algo difuso en su memoria. Harry siempre había estado debajo de su piel y conocerle mejor había hecho que los últimos retazos de rencor se difuminaran y dejaran paso a la admiración franca y radiante del niño que Draco había sido.
—Fuiste tú quien me lo enseñó por primera vez, ¿sabes? —dijo Harry, dejando los cubiertos encima del plato vacío y limpiándose las comisuras de los labios antes de beber un trago de agua—. Stonehenge. Fue muy romántico. Recuerdo aquella noche con muchísimo cariño.
—Sí… Lo fue.
Draco sonrió, nostálgico, al recordar aquel beso, con las sensaciones a flor de piel por la abundancia de magia a su alrededor, las yemas de los dedos de Harry colándose por debajo de su camisa para acariciarle la piel de la espalda. Los labios de Harry, hambrientos y cálidos, su piel abrasadora en contraste con el frío nocturno, habían acariciado los de Draco en una suerte de petición tácita antes de entreabrirse y profundizar el beso, cada vez más ansioso.
No había sido su primer beso. El primero fue en un sórdido callejón donde habían entrado para desaparecerse tras haber compartido unas cervezas. Harry, siempre tan impetuoso, había peleado para que sus amigos y los de Draco se conociesen. Draco había recelado, pero el experimento había salido mejor de lo planeado. Quizá por la euforia de haber conseguido juntarlos sin que nadie fuese irrespetuoso, saliese enfadado o volasen maldiciones por doquier, los dos habían caminado juntos a la salida del pub muggle donde se habían quedado hasta que todo el mundo se hubo marchado. La decisión, nuevamente, la había tomado Harry, pero Draco había pensado a menudo en ese momento, así que no había tenido nada que objetar cuando Harry le detuvo antes de que se desapareciese, se puso de puntillas y depositó un beso suave y tímido sobre los labios de Draco.
—Quizá deberíamos repetir un día de estos y hacer una excursión hasta allí —propuso Draco tímidamente.
—¿A Stonehenge? —Draco asintió y Harry sonrió más ampliamente—. ¿Qué tal hoy mismo?
—No digas idioteces, Potter. Ya no tenemos veinte años.
—Los treinta son los nuevos veinte, Draco. Hagámoslo. Hace mucho que no hacemos una locura de estas.
—Sabes que para los magos los treinta equivalen realmente a los veinte de los muggles, ¿verdad, Potter? —preguntó ácidamente Draco.
—Eso significa que cuando tengamos cincuenta, seguiremos estando en los nuevos veinte, me gusta la idea —bromeó Harry, mirándole expectante todavía.
Draco suspiró. No se consideraba una persona impulsiva. Era Harry quien lo arrastraba siempre, impidiéndole pensar e incitándole a actuar. En parte, era aquello lo que lo atraía irremediablemente hacia él. Por otro lado, esa misma impulsividad lo aterrorizaba cuando Harry tomaba decisiones vitales, como aquella que los estaba enfrentando, con la naturalidad de quien no necesita pensar en ello para saber que está preparado mientras que Draco necesitaba tomar distancia y meditarlo durante un periodo de tiempo prolongado.
Tras conocer el pasado de Harry, debía de haber imaginado que pronto el deseo de formar una familia propia superaría a la satisfacción de estar rodeado de una miríada de críos Weasley retozando por el jardín de la jardinera. Que Teddy fuese un adolescente y pasase prácticamente todo el año en Hogwarts había acentuado ese deseo de Harry de estar rodeado de su propia familia. Sin embargo, la propuesta de Harry le había tomado tan por sorpresa que apenas había podido reaccionar adecuadamente con algo que no fuese una huida hacia adelante, horrorizado por la perspectiva y sintiéndose ahogado.
—Está bien. Hagámoslo —asintió Draco al cabo de unos segundos, decidiéndose. Harry lo recompensó con una amplia sonrisa, una que no le veía desde hacía semanas, y el pecho de Draco se hinchó de emoción—. Coge tu escoba, podemos ir por red flu hasta la Mansión.
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Harry le saludó con un beso en la sien cuando se sentó a su lado en la sala de espera y Draco se apresuró a entrelazar sus dedos con los de él. Después de salir a volar varias noches atrás, Harry había vuelto a La Madriguera y Draco a Godric's Hollow, teniendo los dos la seguridad de que el vínculo que les unía seguía firme a pesar de los problemas y las discusiones. Draco no había dormido aquella noche, terminando de completar la redacción en una especie de ansia por querer reflejar todo el amor que sentía hacia Harry y también todos los miedos que le provocaba tomar una decisión tan importante como la de formar una familia propia de la cual responsabilizarse. Había dado resultado: se sentía mucho más tranquilo y había conseguido aclarar sus ideas.
—Buenas tardes —les saludó la terapeuta con una sonrisa cuando entraron en la consulta.
—Hola, Helen —dijo Harry. Draco se limitó a asentir con la cabeza y sonreír cortésmente.
—¿Qué tal ha ido la semana?
—Bastante bien —admitió Draco, sentándose en su lado del sofá—. Aunque al principio eché mucho de menos a Harry, estar separados me ha ayudado a respirar y pensar. Además, hemos encontrado formas de pasar juntos algo de tiempo.
—Me alegro, Draco. ¿Harry?
—Creo que yo lo he llevado peor. De todos modos, es cierto que echar de menos a Draco me ha ayudado a darme cuenta de que la dinámica de discusiones en la que habíamos entrado no era sana. No quiero que Draco se ahogue a mi lado sólo porque tengamos expectativas vitales diferentes. —Al decir aquello, Harry miró a Draco con expresión de culpabilidad, pero este negó con la cabeza, quitándole importancia.
—Después hablaremos de eso. Draco, ¿qué quiere decir que te ahogas?
Draco se mordió el labio interior antes de contestarle. Se lo había confesado a Harry entre las piedras de Stonehenge. Cada vez que Harry se sentía preparado para dar un paso adelante en la vida, como había sido casarse o, en este caso, formar una familia, Draco sentía vértigo y una opresión en el pecho, similar a la falta de aire continuada. Después de hablarlo se había sentido mejor y Harry le había rodeado el cuello y lo había besado tan románticamente como en sus recuerdos.
—Draco, ¿te sientes ahogado ahora mismo? —preguntó Helen tras explicárselo. Draco negó con la cabeza. Era cierto que había necesitado respirar, distanciarse de la tesitura que Harry había insistido en ponerle delante una y otra vez. Escribir su historia le había ayudado a desatascar parte de esa opresión del pecho—. Creo que vamos por buen camino, chicos. ¿Habéis hecho el ejercicio que os pedí?
Draco tendió hacia ella el fajo de pergaminos. Al terminar de escribirlo, se había dado cuenta de lo extrañísimo que resultaría para una muggle una redacción escrita a pergamino y había decidido hacerle un hechizo que lo transformase en algo similar al papel. Esperaba, internamente, que todas las referencias a la magia y a Hogwarts pasasen como licencias literarias inventadas. La terapeuta conocía los acontecimientos de sus vidas a grandes rasgos, pero convenientemente narradas sin mencionar la magia. Afortunadamente, la mujer no hizo amago de leerlo y se lo pasó inmediatamente a Harry, que lo hojeó distraídamente.
—Harry, ¿has traído tu parte? —preguntó amablemente Helen, llamando su atención. Harry asintió y se apresuró a sacar un papel doblado descuidadamente del bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Draco tuvo que contener una carcajada al constatar que, como había predicho, Harry parecía haber escrito su redacción minutos antes de acudir a la consulta. La terapeuta le tendió el papel a Draco, que lo aceptó sin desdoblarlo—. Bien, os daré unos minutos para que leáis qué tenéis que deciros el uno al otro.
Nervioso, Draco desdobló el papel y lo alisó con esmero. Apenas había dos frases, garabateadas velozmente. Complacido, Draco sonrió de medio lado y las releyó.
«Amo a Draco. Me gustaría tener mi propia familia, pero no si el precio a pagar por ella es Draco».
—¿No vas a leerlo? —Draco, que estaba estrujando el papel entre los dedos, emocionado, levantó la vista hacia Helen, que observaba a Harry con atención.
—Ya lo he hecho. —Harry acarició distraídamente los bordes del papel, frunciendo el ceño en un gesto que significaba que estaba pensando—. Bueno, al menos en parte y quiero leerlo entero porque Draco ha escrito algo precioso, pero creo que ya entendí dónde está el problema.
—Debí suponer que serías demasiado impaciente para no hacerlo —sonrió Helen, condescendiente.
A su pesar, Draco también sonrió. La impulsividad de Harry solía ir acompañada de cierta impaciencia y la capacidad de entrometerse donde no le llamaban. Draco había aprendido con los años que, si bien aquello podía ser un defecto contra el que Harry peleaba activamente, en ocasiones era una virtud que simplificaba algunas cosas.
—El otro día visitamos Stonehenge —comentó Harry casualmente. Draco alzó las cejas en su dirección, advirtiéndole. Helen residía en Londres y no sabía que ellos vivían en Godric's Hollow, pero Harry miraba el fajo de pergaminos, como si pretendiese ver a través de ellos—. Está apenas a dos horas de aquí en coche.
—¿Fuisteis por algo en especial? —preguntó Helen, curiosa.
—Draco creció muy cerca de allí. Lo cuenta en su historia —dijo Harry, señalando los pergaminos con una sonrisa nostálgica—. Me llevó hace tiempo en una escapada muy romántica. Supongo que estar separados ha ayudado a que nos pongamos melosos.
—¿Lo planificasteis? —Helen miró directamente a Draco con esa pregunta. Draco negó con la cabeza, pero fue Harry quien contestó.
—Surgió así. Fui a casa a recoger algo de ropa, Draco sabía que iba a ir y había salido a comprar comida. Fue cuando leí su redacción. Mencionaba Stonehenge, recordé la vez anterior que habíamos estado y… quise regresar.
—¿Qué tal salió?
—Supongo que bien. Simplemente nos dejamos llevar. —Harry le miró con cierta chispa de esperanza en los ojos. Draco le sonrió y asintió.
—Sé que son cosas diametralmente diferentes, Draco, pero… ¿cómo te sentiste?
—Bien —contestó Draco, sinceramente, mirando a la terapeuta—. Vivir con Harry tiene estas cosas a veces. Actúa antes de pensar.
—No quiero que estar conmigo te ahogue, Draco. Ni que mis expectativas vitales te obliguen a tomar decisiones en contra de tus principios o deseos. Tampoco que sientas ansiedad por no cumplir todos y cada uno de mis sueños. —Harry se había puesto mortalmente serio.
Draco no había dicho nunca eso último, pero apretó los labios para no replicar con acidez porque sabía que era cierto. A pesar de su pasado, o quizá precisamente por él, ambos se habían volcado en la relación, sutilmente al principio, cuando ni siquiera sus amigos sabían que tenía algo más que una amistad entre ellos, y más descaradamente al oficializar el noviazgo. Si Draco expresaba un deseo en voz alta o comentaba que siempre había querido tal o cual cosa, Harry se desvivía por conseguírsela y Draco lo había reciprocado.
—¿Ha ocurrido más veces? —preguntó Helen. Harry le miró, sin comprender—. Esa ansiedad de intentar cubrir las expectativas del otro a toda costa.
—Creo que sí —contestó Draco con un hilo de voz.
Volvió a mirar el papel de la redacción de Harry. Releyó las veinte palabras una y otra vez. Le sorprendía la sencillez con la que Harry era capaz de resumir sus sentimientos. Comprendió entonces cuál era el terror de Harry: perderle. Plasmado sobre aquel papel, podía saborear el pánico de Harry a verle alejarse. Ya había tomado una decisión mientras escribía su propia redacción, pero formularla en voz alta la haría definitiva y Draco no estaba seguro del todo. Quizá nunca lo estaría.
—Eso es muy bonito. —Draco levantó la cabeza al oír aquello, dándose cuenta de que se había perdido parte de la conversación. Helen se había percatado, porque se apresuró a resumírsela—. Harry me estaba contando que en tu ejercicio hablas del amor que le tenías desde que eras pequeño. —Draco asintió, agradeciéndole con una sonrisa el elogio—. ¿Por qué no nos cuentas en qué estás pensando, Draco?
—Ser padre… significa renunciar a muchas cosas. Y es una responsabilidad enorme. Una que ha pesado en mis hombros desde que era pequeño. —Helen le miró con extrañeza, así que Draco se apresuró a aclarárselo—. Mis padres son… muy tradicionales. La presión por continuar con la saga familiar siempre ha estado ahí, hasta que empecé a salir con Harry. Supongo que ni mis padres ni yo nos paramos a pensar en que tener hijos biológicos no era la única manera de tener hijos.
—Estoy de acuerdo en que la paternidad es una gran responsabilidad —coincidió Helen, tomando algunas notas en su cuaderno—. Tampoco es justo tenerlos sólo porque tus padres o tu pareja quieran que los tengas. Debe ser algo que deseéis los dos. Pero en cualquier caso, Draco, creo que serías un magnífico padre.
—¿Qué? ¿Por qué dice eso? —preguntó Draco, desconcertado.
—Para empezar, eres consciente de que es una responsabilidad. Que te lo plantees es una buena señal. No te imaginas cuántas personas tienen hijos sin pararse a pensarlo. Algunas para arreglar los problemas de una relación, otras porque las circunstancias se presentan así… incluso por presión, como tú decías antes —explicó Helen con calma, descruzando las piernas y consultando discretamente el reloj. Draco sonrió, él también estaba controlando el tiempo y sabía que les quedaba poco tiempo de sesión, pero ese día tenía una sensación positiva—. Pero, por loable que sea, no puedes ser tan autoexigente, Draco. Tampoco puedes cerrarte una puerta sólo porque te juzgues a ti mismo por un rasero superior al que utilizas para los demás. Y si bien es cierto que implica renunciar a muchas cosas, también ganas otras muchas por otro lado.
—Entonces… ¿usted opina que deberíamos hacerlo? —preguntó Draco, entrecerrando los ojos con curiosidad para observar la reacción de Helen, pero esta no se inmutó.
—Creo que deberías considerar objetivamente todos los aspectos posibles en lugar de subestimar tus propias capacidades antes de tomar una decisión definitiva.
—Yo también creo que serías un gran padre —dijo Harry, inclinándose hacia Draco—. No quiero que esto suene como si intentase presionarte, ni nada de eso, ¿de acuerdo? Creo que es un poco lo que ponías en tu historia, Draco. Todo aquello de cómo te educaron tus padres, de cómo fue tu infancia y de los errores que cometieron ellos. Pero aquello no fue culpa sólo de tus padres y de la educación que te dieron. En otras circunstancias, las cosas no habrían llegado tan lejos. Ellos hicieron lo que creyeron correcto y te querían muchísimo. Todavía lo hacen, ¿no?
—Supongo que sí —asintió Draco.
—Cuando dices que es una gran responsabilidad, pienso en ti y en mí cuando cuidábamos de Teddy y se quedaba en nuestra casa para que Andromeda tuviese tiempo libre. En ti preocupándote por sus notas y cómo le va en el colegio y en cómo le escribes prácticamente todos los días. En ambos acompañándole y recogiéndole en la estación. En los Weasley, que son tan sobrinos tuyos como míos, y en las tardes de los domingos de verano cuando jugamos al quidditch todos juntos en La Madriguera. Si algún día decides que quieres hacerlo, serás un padre estupendo, Draco. E incluso aunque nunca quieras, estaré a tu lado y respetaré tu decisión —terminó Harry, esbozando una sonrisa anhelante.
—En realidad, yo… ya he tomado una decisión —confesó Draco, abrumado por la fe que impregnaba las palabras de Harry—. Bueno, realmente no. Pero sí sé qué decisión quiero tomar, aunque me gustaría poner algunas condiciones, si es que eso es posible.
—Claro que es posible, Draco —dijo Helen, cerrando el cuaderno y dejándolo a un lado—. ¿Recordáis lo que hablamos el primer día que vinisteis? Lo de que había que transformar todas aquellas cosas que os hacían discutir en comunicación. —Draco y Harry asintieron—. Negociar también es comunicarse. Creo que estáis preparados para llegar a acuerdos, pero es algo que tenéis que hacer sin mí. ¿Os parece si volvemos a vernos la semana que viene a la misma hora?
—¿No hay deberes esta vez? —preguntó Harry cautelosamente. Draco bufó. Harry había arrugado el gesto en la primera consulta cuando la terapeuta les había indicado que deberían trabajar también en casa—. ¿Ningún ejercicio que debamos practicar o escribir?
—Yo no lo llamaría deberes, Harry —dijo Helen, sonriendo y levantándose para dar por concluida la sesión.
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—¿Estás seguro de que Helen es muggle? —preguntó Draco cuando se aferró al antebrazo de Harry para permitirle que los apareciese a ambos en la puerta de Godric's Hollow.
—Claro que lo estoy, Draco —contestó Harry, negando con la cabeza con un ápice de diversión.
—Pues yo estoy convencido de que es un poco bruja. Tengo la sensación de que ella ya sabía lo que yo iba a acabar decidiendo antes incluso de que yo lo considerase.
Harry abrió la puerta con un toque de varita y ambos entraron en el agradable recibidor. Se quitó las botas y el abrigo antes de caminar hacia el salón y dejarse caer en el cómodo sofá que ocupaba casi la mitad de la estancia. Estaba preocupado porque no estaba seguro de que ir a la terapeuta hubiese sido de ayuda. Sí, Draco y él estaban mejor desde que iban, discutían mucho menos y eran capaces de hablar en la consulta del tema que los había hecho distanciarse, pero no quería que eso se hubiese convertido en otra fuente de presión para Draco. Él no quería que Draco cediese para contentarle o porque creyese que era lo correcto, sino porque lo deseara.
—Tenemos que hablar —murmuró Draco, sentándose a su lado. Harry asintió—. Me gustaría exponer mis condiciones para saber qué te parecen.
—Draco… —Harry dudó durante un segundo, sin saber cómo expresarlo—. Sabes que no tienes que hacerlo sólo porque yo quiera, ¿verdad? El objetivo de la terapia era que aprendiésemos…
—Sé cuál era nuestro objetivo. Pero creo que el de Helen iba un poco más allá.
—¿Qué quieres decir?
—Que, además de ayudarnos a que comprendiésemos la postura del otro con este tema, Helen ha tratado de ayudarnos. A ti para que contengas esa faceta avasalladora de tu personalidad con la que consigues lo que quieres y me des tiempo para pensar. A mí para que supere mis propios temores —contestó Draco, sonriendo. Hacía mucho tiempo que Harry no le veía sonreír tan sinceramente.
—Aun así…
—Ya me lo has dicho, Harry. —Draco sacó el papel de la redacción de Harry del bolsillo—. Sé cuáles son tus prioridades y tus deseos. Pero yo ya había tomado mi decisión antes. Cuando escribí mi propia historia, concretamente. Además, tienes razón: no lo hicimos mal con Teddy. Aunque claro… no creo que vaya a ser exactamente lo mismo.
—Yo tampoco —susurró Harry.
—Únicamente estaba asustado, Harry. Todavía lo estoy. No quiero que ningún hijo mío tenga que pagar por mis errores como yo tuve que pagar los de mis padres. —Harry fue a hablar, para repetirle lo mismo que le había dicho en la consulta, pero Draco levantó una mano para detenerlo—. Lo sé. Pero los miedos no son racionales. Si lo fuesen… no serían miedos, ¿no?
—No, no lo serían —dijo Harry, esbozando media sonrisa comprensiva.
—Será Malfoy. No Potter. Ni Potter-Malfoy. Un Malfoy, para que pueda heredar sin atisbo de dudas la Mansión y la fortuna familiar cuando llegue el momento. No es que no me guste tu apellido, sabes que lo llevo con orgullo junto al mío, pero…
—Lo entiendo —interrumpió Harry, que lo comprendía perfectamente—. No me importa cuál sea su apellido y creo que tienes razón. Es más ventajoso para él que lleve el tuyo. Un nombre es un nombre, lo que importa es su bienestar.
—O ella —dijo Draco con una mirada divertida. Harry parpadeó antes de comprenderlo.
—¿Prefieres que sea una niña?
—En realidad me da igual, lo he dicho para no darlo por hecho.
—A mí también. ¿Qué más? —dijo Harry, asintiendo entusiasmado.
—Esto no es una condición, conste. Me parece que estaría más cómodo si no fuese un bebé. Me siento extraño cada vez que tengo a uno de los bebés Weasley en brazos —confesó Draco, sonrojándose y bajando la mirada.
—No sé si podremos elegir, pero supongo que es más fácil que nos permitan adoptar a un niño o niña más mayor. La gente suele preferir bebés, imagino, así que podremos decirlo en algún momento del proceso —reflexionó Harry.
—Por eso digo que no es una condición como tal, no depende de ti. Pero sí reducirás tu jornada de trabajo. Llevan años ofreciéndotelo. Yo también dedicaré menos tiempo a la contabilidad, pero me es más fácil adaptar los horarios. Harry, para mí este punto es innegociable.
—En realidad… ya lo he hecho, Draco, para poder asistir a las sesiones de terapia.
—Genial. —Draco se quedó callado.
—¿Eso es todo? —preguntó Harry. Draco asintió—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
—El último ejercicio que nos mandó Helen. Escribir sobre mi infancia me hizo darme cuenta de que mi miedo era repetir los errores de mis padres. Me ayudó a comprender que no lo haré, seguramente. Cometeré los míos propios, pero…
—Vas a ser un padre estupendo, Draco. El mejor del mundo —susurró Harry con intensidad.
—Al menos quiero intentar serlo.
—Lo conseguirás, estoy seguro —aseguró Harry con rotundidad—. Gracias, Draco. Ya lo sabes, pero para mí esto es muy importante.
—Para mí también lo es. Por eso… por eso he tenido que pasar por todo este proceso de aceptación, supongo. —Draco sonrió y Harry le correspondió, feliz.
Harry le abrazó con fuerza. Draco hundió la cara en su cuello, tratando de disimular sus emociones, y Harry le dio tiempo para que se recuperase mientras le acariciaba la espalda con suavidad. Draco se incorporó unos minutos después, todavía con los ojos brillantes de emoción.
—¿Y ahora? —preguntó Draco con un atisbo de duda en la voz.
—Hermione conoce a la directora del Departamento de Adopciones del Ministerio de Magia. Estoy seguro de que puede conseguirnos una cita cuanto antes.
—¿No es un poco apresurado?
—Podemos esperar si quieres. De todos modos, Draco, no es algo inmediato. Tardarán en revisar nuestra solicitud y tendremos que seguir muchos pasos. El proceso puede durar hasta un par de años, aunque me parece que puede ser menos tiempo. Hermione mencionó también que habría varias evaluaciones sobre nuestra casa, nosotros… —Harry se interrumpió, asustado por si Draco se estaba agobiando—. Y puedes dar marcha atrás en cualquier parte del proceso, Draco. No quiero que te sientas obligado si no…
—Estoy seguro, Harry —dijo Draco, deteniendo el borbotón de palabras—. Es una decisión muy seria, pero estoy completamente seguro, no voy a dar marcha atrás. Y si es cierto que puede tardar tanto, estoy de acuerdo en que lo mejor es que hables ya con Hermione.
—Lo haré. Y podemos decírselo a Teddy en las vacaciones, seguro que querrá saberlo el primero —propuso Harry con una amplia sonrisa.
—Sí. —Draco se quedó un segundo en silencio antes de acunar la cara de Harry entre sus manos—. Va a ser una gran aventura, Potter —susurró antes de besarlo en los labios.
NdA. Gracias a Nicangel03 porque esta historia iba mucho peor. Siempre me escucha con atención y sin juzgar mis ideas, lo que me permite ordenarlas y mejorarlas para presentar cosas mucho más trabajadas.
