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Si por causalidad te arrepientes

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—¿Y ahora qué se supone que ves?

—Se llama "Soy tu dueña"

—¿Y la estás viendo solo?

—Sí. Porque Kiyoomi no está. Kiyoomi se fue. Kiyoomi se escapa de mi vida.

Tooru suelta una carcajada del otro lado de la pantalla.

—Dios, eres casi tan buen elocuente como yo. Casi.

Sí, bueno, puede que Atsumu esté siendo un poco dramático pero la realidad es que esa es la segunda telenovela que ve solo pues Kiyoomi está cada vez más ausente que un padre no queriendo hacerse cargo de sus hijos durante años.

Y no, años no son lo mismo que semanas, pero se siente tan abandonado que ha tenido que recurrir, incluso, a comprarse un maldito dildo porque la sensación de extrañarlo ya abarca en él un deseo terrible de querer recordar cómo se sentía su jodido pene dentro suyo.

Aunque, claro, el sexo es solo una de las cosas que extraña de él.

—¿Sabes? Hace tiempo, creo que ambos dependimos tanto de la aceptación de una persona que no recordábamos lo que se sentía.

—¿Qué cosa?

—Disfrutar de pasar tiempo con alguien.

Hace más de un mes que él y Kiyoomi no lo hacen, pero eso sería algo irrelevante si al menos pasaran la misma cantidad de tiempo juntos como antes lo hacían.

No han discutido.

De hecho, Atsumu no recuerda haber cometido algún error como para hacerlo enfadar como solía hacerlo antes, cuando se la pasaba ignorándolo por días. Y Kiyoomi tampoco se veía enfadado con él ni su tono de voz se oía particularmente disgustado pero sí que había algo que hacía que no lo mirara por más de veinte segundos pues casi enseguida buscaba algo más en lo que prestar atención.

Hace apenas unos meses parecían dos fantasmas desapareciendo al final de los entrenamientos o perdiéndose entre los camerinos para hacer quién-sabe-qué-cosas-ahí. Hace apenas unos meses Miya solía reírse de las desesperadas y frías manos de Kiyoomi luchando con el molesto elástico de sus boxer o con el cuello de su camisa.

Hace apenas unos meses tuvieron toda una persecución en el departamento del azabache luego de que Atsumu olvidara cerrar bien la lavadora, provocando que todo el piso se llenara de espuma y a Kiyoomi casi le diera un infarto, persiguiéndolo por todos lados.

Hace apenas unos meses estaba él corriendo por el Ikea, alejándose con el carrito de compras mientras Kiyoomi solo hacía malabares —a la vez que se enfadaba, según él— intentando alcanzarlo con las compras para colocarlas ahí.

Cocinando la cena.

Sacudiendo los cobertores.

O simplemente devorando sus bocas en el sillón —Atsumu sobre él—, solo porque la película que se encontraban viendo no estaba cumpliendo su tarea de entretenerlos.

Han hecho prácticamente todo juntos.

Sin embargo, parece que esos días tienen una eternidad de haber sucedido. O quizá la ausencia y el abandono se amplifica por el extraño comportamiento que han adoptado ambos.

Porque sí.

No es solo culpa de Kiyoomi el no decir qué le sucede sino también de él por no preguntar. Todo por miedo a recibir una respuesta que no está preparada para oír y digerir o por miedo a que todo eso se acabe tan rápido como un suspiro si llegan a discutir.

Está siendo tibio.

Está solo sentado ahí fingiendo que le presta atención al televisor, a Tooru y a todo lo que le rodea.

Está sentado, ahora, en la banca, días después, experimentando uno de los peores momentos en la vida de un jugador de su calibre, siendo mandado a sentarse pues ha fallado más pases y jugadas en menos de diez minutos que en toda la vida que lleva jugando vóley.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Puedes enfocarte aunque sea un poco? —Ese es Shion, alterado, viendo como, de nuevo, uno de sus amigos parece desmoronarse delante de todo el equipo durante un partido de práctica. Kiyoomi está ausente, de nuevo, y todos saben por qué—. Si no vas a hacer nada para solucionar tu problema, deja de lamentarte entonces.

Miya, con la cabeza gacha, y con una toalla en la cabeza mojando sus cabellos, solo aprieta las manos sobre sus piernas.

¿Qué carajos ha pasado?

Estaban bien apenas hace un tiempo.

Y él no se sentía particularmente enfermo hoy que amaneció.

Es cierto que quizá despertó algo agripado pero ha jugado hasta con fiebre algunos partidos, y ha salido a dar el 200% siempre, regresando con la victoria. Y no le duele nada o tiene algún desgarre que le esté causando dolor como para decir que no está en condiciones.

—¿Quieres hablar? —ante el tono suave y comprensivo de Adriah, como si fuera algún tipo de consuelo para él, los ojos de Miya se vuelven vidriosos con solo oírlo.

Como si hubiese llegado a su límite y solo tuviera ganas de echarse a llorar. Para su buena suerte, lo hace solo después de terminar de recibir una larga platica con el capitán y el entrenador en su oficina.

Se ha contenido lo suficiente y ha sido consciente de sus errores —así como los ha aceptado— delante de ellos, pero apenas ha salido de ahí y se ha topado con Adriah y con Shion, no lo resiste más.

—Nunca he fallado tantos saques en mi vida como hoy —dice, sorbiendo un poco de la nariz, luego de que se ha calmado solo un poco. Ha aceptado en ir al piso de Adriah por mero impulso pero la verdad es que verlo interactuar, aunque fuera solo unos minutos, con su novio, quien tuvo que irse para ir atender unos asuntos, le ha estremecido haciéndole recordar lo domésticos que eran él y Kiyoomi hace apenas un tiempo atrás—. No estoy enfermo. No tengo una contusión. No me duele absolutamente nada como para que haya fallado tanto en la práctica de hoy y… —Atsumu se interrumpe cuando Adriah, sentado a su lado mientras Shion está en el sillón individual de enfrente, coloca una mano sobre su pecho.

—Te duele aquí.

El corazón.

Le duele él mismo.

Y le duele Kiyoomi.

Y le duele ese nosotros inconcluso, a punto de no volverse nada y desaparecer.

Le duele que no le hable ni lo trate como antes y le duele su propia incapacidad de convertir eso en algo más o en destruirlo.

Él, quien es conocido por hablar hasta por los codos, por decir lo que piensa incluso si en ocasiones es eso que la gente no quiere oír, hoy parece estar de rodillas queriendo cocerse la boca, el estómago, y de paso el corazón para dejar de sentir.

Duele no tener la valentía para detener eso.

Pero duele aún más saber que tiene el poder de hacerlo, y no hacerlo.

No es un misterio saber que la ausencia de Kiyoomi se debe porque su contrato con los Black Jackals está llegando a su fin. Y que, al parecer, puede que no tengan ninguna intención de renovarlo porque le ha salido una oferta mejor.

Una oferta que Atsumu apoyaría si al menos compartiera un poco con él el proceso de todo eso, como una pareja normal.

El problema es que no son nada de eso. Están en el limbo porque así lo han decidido.

Es irónico pues cuando veía a Shoyo completamente en el suelo por lo de Kageyama, su tristeza no se debía a su falta de amor por él, sino a la presión social que los envolvía. Shoyo siempre buscó no afectar el futuro de Tobio omitiendo la opinión que él pudiera tener con respecto a su vida.

El caso de Kiyoomi y él, es un poco parecido, solo que ambos parecen ser conscientes de lo que implica ir más allá y de lo complicado que ambos son con respecto a relacionarse con alguien a ese nivel.

Ambos vienen de relaciones sumamente inestables y de experiencias llenas de vacíos que nunca se pudieron llenar, y aunque iniciaron esta aventura juntos , siendo conscientes de que con el paso del tiempo todo iba a intensificarse, siempre han estado cuidando quedarse detrás de la línea imaginaria que cada uno ha dibujado para protegerse a sí mismo.

Pero Kiyoomi le gusta.

Le gusta muchísimo.

Y si ya le duele tanto extrañarlo estando aún al alcance de su mano, no quiere ni imaginar lo que va a ser de él cuando se vaya a otro lado.

—Miya —atendiendo más al llamado de Shion que al sonido de su teléfono, Atsumu apenas desvía la mirada hacia la pantalla solo para sentir una punzada en el pecho al ver de quien se trata—. Contesta. Me ha llamado a mí también dos veces.

—¿Para qué? Está bien que él también sufra un poquito por mí —Shion mira a Adriah, mordiéndose el labio, como si quisiera retener todavía más tiempo algo que saben pero de lo que él es ignorante—. ¿Qué? ¿Por qué se miran así?

—No creo que nos corresponda a nosotros decirte que-...

No puede ser.

No puede ser que, de entre todos, él haya sido el último en enterarse de los planes de Kiyoomi, aunque francamente ya los imaginaba.

Se va.

Y se ha tenido que enterar por Samu y su oportuna llamada a su teléfono —luego de ignorar las de Kiyoomi— mientras estaba en el departamento de Tomas.

Y no solo eso.

Le ha mandado un maldito link.

Un maldito link de una rueda de prensa de la que ni siquiera sabía se había llevado a cabo.

Él y Ushijima.

Él y Ushijima asociados como la dupla japonesa que se va a Polonia.

Él y Ushijima en una sesión de fotos.

Él y Ushijima siendo de lo único que hablan en las redes sociales.

¿Debajo de qué roca había estado todo este tiempo para no ver todo lo que se estaba diciendo de ellos? Si Atsumu hace cuentas mentales —aunque seguro es mal momento considerando que está casi corriendo por las calles repletas de lluvia—, todo lo que va leyendo ahora tiene el mismo tiempo en el que Kiyoomi comenzó a actuar extraño.

No más llamadas al teléfono.

No más mensajes de buenos días.

Incluso de las últimas veces en las que durmieron juntos, siempre terminaba despertando solo pues Kiyoomi hacía de las suyas para irse temprano.

Eso quiere decir…¿que se veía con él durante ese tiempo?

¿Por eso estaba actuando tan raro?

¿No era porque...porque se sentía confundido como él?

No puede ser.

Parte de él le está gritando que es un malentendido.

Pero la otra, esa parte con la que siempre ha vivido, está diciéndole que no se deje.

Que esta será la última vez.

Que no habrá otra oportunidad.

Es decir, ¿Cuánto tiempo pensaba Kiyoomi que iba a pasar antes de que Atsumu comenzara a sacar sus propias conclusiones? Esa no ha sido precisamente su mejor idea para sobrellevar las cosas. De hecho, Kiyoomi sabe que lo que hace es ser un cobarde por no afrontar los problemas como debería pero ¿Cómo mirarlo a la cara todos los días sin sentir que su mundo, ese que le pertenecía hasta hace poco solo a sí mismo, podría entregárselo a él si se lo pidiera?

¿Cómo decirle que es mejor si se quedan así como están cuando, secretamente, está pidiendo a gritos que deje de ser tan indeciso y aclaren todo de una vez?

Esa parte insegura que no conocía nació a raíz de la idealización de alguien que creyó inalcanzable. Asumiendo que vivir una vida sin compromisos era mejor que sí dedicarse a una sola persona por completo.

Que estaba bien ser tibio.

Nunca frío ni caliente.

Solo, a medias.

Y que estaba bien si Atsumu pensaba mal de él si con eso se aseguraba de que a la larga no se ilusionara con ese nosotros del modo en el que Kiyoomi sí lo hizo.

—Lo amas. Entonces, no entiendo por qué no le dices la verdad —Wakatoshi se ha vuelto más expresivo desde que está con ese chico quien era su kohai. Y aunque puede que la misma fórmula aplique para él desde que está con Atsumu, justo ahora se encuentra mudo—. Si lo amas…

—¿Vas a decir que debería quedarme?

—No. Todavía sigo creyendo que Polonia es lo mejor para ti —Kiyoomi entrecierra los ojos, asintiendo débilmente, agradeciendo su sinceridad. Hace mucho que no se ven pero Wakatoshi brilla más que la última vez que se vieron, y eso debe ser porque se comprometió con su novio hace poco según le acaba de contar hace unos momentos—. Pero todavía puedes hacer lo que tu creas que es mejor para ti, no lo que yo diga.

Vaya.

No esperaba escuchar algo así viniendo de él.

Aunque si su cambio de decisión dependiera solamente de lo que Wakatoshi tiene qué decir, de igual forma no estaría completamente convencido de cambiar todos sus planes.

Está por satisfacer a su abuela.

Y está por satisfacer a esa parte insidiosa dentro de él que desde el principio quiso seguir a su amor de infancia solo porque, de alguna manera, competir contra él incluso en eso, correspondía a la parte retorcida que siempre estaba hambrienta por ir delante de él.

Pero no lo ama.

No ama a Wakatoshi.

—¿Por qué? ¿Por qué no quieres intentar nada con él?

—Sí, Kiyoomi. Dime, ¿por qué no quieres intentar nada conmigo?

Al que sí lo hace, a quien sí ama con todas sus fuerzas, sin embargo, es a la persona que acaba de entrar a la cafetería, completamente humedecido por la lluvia, con ojos rojos, y lágrimas combinándose con su rostro enfurecido.

En otra época seguramente lo habría ignorado.

Habría dejado que titilara de frío y diría algo como que está siendo una verdadera molestia al hacer un escándalo de ese modo pero ahora su impulso le hace ponerse de pie como un resorte, sintiendo un golpe en el pecho al ver el estado en el que Atsumu se encuentra.

—Miya…

—Pudiste ser un poco menos obvio, Sakusa Kiyoomi, pero parece que se te da más hacer las cosas a lo grande justo como él —Wakatoshi, quien está más rígido y asombrado que de costumbre por la agresividad en el tono de Atsumu, solo se queda al margen de la conversación, observandolos a ambos, aunque más a Kiyoomi.

¿Cómo…?

¿Cómo les ubicó tan rápido?

—Dale las gracias a tus fans empedernidos porque fue por ellos que pude localizarte. ¿Sabes? Lo único que no saben es que eres un miedoso a los insectos y tienes una colección de tontas muñequitas rusas en el baño. Pero descuida, yo se los diré luego en alguna entrevista que me hagan —dejando de derramar parte de su enojo en él, Atsumu voltea a mirar a Wakatoshi—. Y tu, si tienes un novio que te ama, entonces dedícate a él y hazlo feliz. No seas como este sorete indeciso e inestable. No hace falta alguien más como él en el mundo, aunque tu de por sí ya eres medio insoportable, UshiWaka, que te quede claro.

—Okey, suficiente. Tienes que cambiarte esas ropas antes de que… —Atsumu levanta el brazo, evitando que Kiyoomi lo toque.

—Mi maldito resfriado será mi maldito problema, gracias.

¿Cómo se le ocurre mostrarse preocupado cuando quien sabe desde cuándo se ha estado viendo con Ushijima? ¡Le ha estado mintiendo en toda la maldita cara!

¡Ah! Tiene tanto que gritarle justo ahora pero ya va a ser suficiente escándalo el que va a salir en unas horas al darse cuenta que varios clientes los han reconocido y varios se encuentran tomándoles fotos y grabando videos.

Así que como puede, sale del café con los nervios deshechos, y con la visión visiblemente nublada por la lluvia y las lágrimas que, para su jodida mala suerte, no se fija en el bache que pisa, yéndose de bruces y torciéndose el pie como si en verdad fuera la protagonista desgraciada de una serie de Netflix.

¡La puta madre!

¡Ahora sí que le ha dolido hasta el alma!

Afortunadamente Kiyoomi no lo carga como una princesa, salvaguardando un poco su integridad, pero sí que corre a ayudarlo y a levantarlo como puede en cuanto lo ve retorcerse de dolor. Y por mucho que Atsumu le grite o le tironee del cabello, pidiéndole que lo deje en paz, Kiyoomi no se despega de él ni estando en urgencias.

Genial, lo que faltaba.

Debió quedarse en el departamento de Adriah y no solo salir corriendo como un idiota a partirse la madre.

—Voy a llamar al capitán y al entrenador para decirles que-...

—Suelta ese maldito teléfono ahora y siéntate, Sakusa. Vamos a arreglar esto de una vez. Aquí y ahora.

Si vas a golpear algo, golpéalo hasta que se rompa.

Eso le dijo Tooru alguna vez.

Y Miya cree que no hay momento más adecuado que ese para poner esa frase en práctica que ahora mismo.

—¿Me amas? —su voz no tiembla pero solo porque está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no mostrar lo frágil y herido que se encuentra ahora, luego de todo lo que acaba de pasar.

Dos palabras que durante mucho tiempo ha tenido miedo de liberar de su boca, ahora pasan a convertirse en el miedo de recibir una respuesta que no le guste. Pero antes de que Kiyoomi responda, por alguna razón, Atsumu vuelve a abrir la boca, corrigiendo.

—¿Soy un juego para ti?

—No —sin rango de duda, Kiyoomi responde al instante y certero. Con una expresión solemne a la vez de ansiosa, siendo la primera vez para Miya que lo ve así—. Y lo que viste hace rato...No hay nada entre Wakatoshi y yo. Solo somos amigos y él acaba de comprometerse.

—Bien, entonces, ¿Qué soy para ti?

"Lo eres todo", pero en lugar de decirlo, solo se muerde los labios.

¿De qué habría servido todo lo que ha hecho hasta ahora si al final va a terminar cediendo? No puede. Se supone que tomó una decisión. Una decisión que iba a ser solo cuestión de tiempo para decirle a Atsumu, solo que los cálculos al parecer le fallaron aunque igual pretender ocultarle las cosas era algo absurdo pues tarde o temprano se iba a enterar.

¿Por qué lo hizo entonces?

¿Prefería que se enterara por terceros a tener que romper su corazón de forma directa para que así pudiera vivir sin la culpa de saber que lo hizo sentir infeliz?

—Estábamos...Estábamos bien hace unas semanas así que… —a medida que Atsumu habla, esta vez con menos dureza e intensidad que al inicio, Kiyoomi se siente miserable. Y, por primera vez, está dispuesto a dejar que su rostro demuestre todo lo que está sintiendo—. ¿Es por lo de la revista? ¿Es por lo que todos dicen de nosotros ahora? Shoyo y Tobio estaban así hace un año y mira cómo es que lo superaron.

—No uses a esos dos como ejemplo. Esos dos son la excepción a la regla. El mundo los ama y ellos se aman —Kiyoomi hace una pausa, lamentándose de tener que usar ese recurso ahora—. La diferencia es que el mundo no nos ama tanto como a ellos y…

—¿Tampoco nos amamos? ¿Es eso lo que ibas a decir? —silencio—. Tu me gustas ¿bien? Lo sabes desde hace tiempo. Y no, no sé cómo sucedió, ni cuándo, pero no te voy a pedir disculpas por enamorarme de ti. Jamás me disculparé por eso. Además, creo que desde que empezamos a tener sexo debiste suponer que pasaría.

—Miya…—el armador sacude la cabeza, histérico, y quizá un poco dramático, pero sus emociones están desequilibradas en este momento, además de que no puede moverse demasiado ahora que su pierna está prácticamente inmovilizada por un maldito vendaje.

—¡¿Por qué demonios no puedes llamarme por mi nombre como la gente normal?! ¡Hemos hecho de todo juntos, Omi! ¡De todo! ¿Te asusta llamarme por mi nombre porque tienes miedo de aceptar que me amas tanto como yo a ti?

—No soy lo que mereces.

Hubiese sido mejor si respondía con algo más, pero no con eso.

No con la frase de Osamu.

No con la confirmación de que aquella noche los oyó.

Conoce a Kiyoomi.

El tiempo le ha hecho que pueda conocerlo mejor de lo que cualquier otro podría hacerlo; y sabe que su afirmación no solo está influenciada por lo que le oyó decir a su gemelo aquella vez. Puede que Kiyoomi lo haya pensado desde antes.

Puede que Kiyoomi lo hubiese preparado todo desde antes.

Lo sabe, porque él también pensó en eso alguna vez.

—Puede que tengas razón. Quizá no eres lo que me merezco, pero eres lo que quiero. Eres lo que siempre querré, Kiyoomi.

Ver a Atsumu repleto de lágrimas era lo que quería evitar.

Era a lo que tanto le daba miedo enfrentar.

Y ahora que lo tiene frente a él, Kiyoomi no sabe qué hacer. Nunca ha lidiado con algo así. Ni con la sensación de que su corazón se encoge ahora que lo mira ni con ninguna de las cosas que solo ha experimentado con él.

Siente que su corazón explota tras oírlo decir que lo quiere que no sabe qué pasará si él le dice lo mismo.

—Kiyoomi, di algo, por favor-...

—Me iré a Polonia.

Es un idiota.

Un idiota.

El más grande idiota del planeta.

Pero enserio cree que estará mejor sin él. Que así como es Atsumu de valioso para él, pronto encontrará a alguien que se lo merezca y no lo dañe. Que repare su corazón de un modo más sano del que él lo hizo.

—Lo sé. Y no me enteré gracias a ti —silencio—. ¿Por eso no me miras a los ojos ahora? —No lo mira porque si lo hace va a cambiar de decisión. Va a creer que todo va a estar bien—. ¿Sabes? Siempre sentía tu mirada todas las mañanas encima de mi antes de despertar. También sé que siempre me dabas un beso en la frente, en la nariz o la boca —Kiyoomi lo mira pasmado, como si recién se viera descubierto por ello.

—¿Estabas despierto?

—Sí. Y sin embargo ahora te vas a ir.

Y ni siquiera se molestó en despedirse.

O, bueno, quizá su versión de la historia contada a Shion y a Adriah, días después de que sucediera y de que el par fuera a visitarlo a su departamento tras su lesión, había sido un poco alterada a su conveniencia.

—Menos mal no le tiraste la tostadora en la cara —Miya quiere reírse a carcajadas por el chiste que Shion acaba de decir, pero apenas y suelta una risita desganada—. Por cierto, Bokuto te envía un abrazo, pero dado que a mí se me va a caer el brazo si lo hago, designo a Adriah para que te lo de —ahora sí, y como si fuera por arte de magia, Atsumu ríe un poco más alto aunque igual no lo suficiente para que su tristeza se desvanezca del todo.

—Entonces…¿no hay manera de arreglar lo de ustedes? —el de cabello rubio cenizo mira a Adriah con suavidad aunque con una expresión triste e irónica. Al menos le han traído helado y papas fritas mientras lo acompañan a ver el capítulo final de su telenovela. Y es que aunque ya no usa demasiado la muleta para moverse de un lado al otro, le sigue costando apoyar el pie sobre el suelo tanto como para prolongar sus vacaciones forzosas a una semana más.

Y desde luego iba a ser un infierno pasar esos días en completa soledad ahora que todo se había jodido con Kiyoomi.

—De su parte, no creo. Aunque, quien sabe, Sakusa se ha visto inusualmente diferente durante los entrenamientos estos días —comenta Shion, despreocupado, y aunque para Miya eso se traduce como que quizá Kiyoomi está ligeramente arrepentido, tampoco se hace muchas ilusiones.

Las ilusiones fueron las que los llevaron a terminar así, en primer lugar, de hecho.

—Bueno, quizá fui un poco dramático pero no me pueden culpar, he visto demasiadas novelas —dice Miya en su defensa, recordando la forma en que casi corrió a Kiyoomi de su departamento aunque, evidentemente decidió omitir contar esa parte a sus amigos—. Aún así, me siento como la mierda —sincera, escondiendo la cabeza entre las piernas, sintiendo como se aproxima la necesidad de llorar mientras sus ojos comienzan a arder—. Con Shoyo al menos no tuve nada por lo cual llorar. No hice recuerdos por los cuales sentirme así. En cambio con Omi hice todo. Hice todo lo que siempre quise hacer con alguien.

—Habla con él —el armador niega tras oír la sugerencia de Shion.

—No puedo hablar con él. Le grité como en una telenovela. ¿Qué se supone que le diga? Ya se lo he dicho todo.

—¿Y estas así porque se va? ¿O porque sabías que se iría a pesar de que te lo advirtió?

—Estoy así porque dije algo horrible sobre él y Ushijima —sorbe con fuerza, tomando bastante aire antes de volver a hablar para no congestionarse de puro llanto—. Pero sí, también estoy así porque se va. Aunque no debería porque me lo advirtió y porque se trata de su futuro pero…¡Pero igual es su culpa por seguir portándose así conmigo! ¡Ah!, ¡¿Quién escribió el maldito guión de mi vida?!

Lo que es más, ¿Quién es el que decide sobre las acciones de su vida así como sus errores y las cosas importantes que tiende a olvidar y que luego tiene que obligarse a solucionar?

Justo ahora, no puede creer que esté de regreso en el departamento de Kiyoomi.

Y solo porque este tiempo separados le ha servido para darse cuenta que gran parte de sus pertenencias de uso diario las ha dejado en su departamento, es que se encuentra ahí, tragándose un poco su orgullo, preguntándole a cerca de los nuevos dígitos del tablero electrónico de su puerta para poder entrar.

"He venido por mis cosas a tu departamento. Necesito la nueva combinación de la puerta para entrar"

"Sigue siendo la misma. Puedes entrar"

Miya quiere preguntar si se ha equivocado mientras relee una y otra vez la respuesta que le ha dado por el chat.

Afortunadamente ha decidido ir por sus cosas en un horario que sabe Kiyoomi no estará en casa pues debe estar en el gimnasio con los demás pero...¿Le está diciendo que no ha cambiado la clave de su puerta en esas dos semanas que no se han visto más que por asuntos del equipo?

0510.

La fecha de su cumpleaños.

Esa que cambió en un momento de locura y de travesura sin preguntarle a Kiyoomi pero por la que de igual forma sabía que no se enfadaría con él. Al menos no tanto.

Atsumu frunce el ceño, sintiendo la garganta cerrarse un poco.

No la ha cambiado.

No la ha cambiado a pesar de que entre ellos todo ha terminado.

Aunque considera que es una jugada bastante astuta de su parte, además de un poco cruel, rápidamente sacude la cabeza

Como sea, ese no es su problema.

Solo tiene que apresurarse y sacar sus malditas cosas de ahí antes de empezar a recordar todos los rincones en los que se besó con Kiyoomi así como solía sonreír mirándolo siempre.

Recorre todo tan rápido y se siente un poco mal al ver a Petunia y a Roberta siendo sacudidas por el viento ahí en la terraza de Kiyoomi. Lucen bien, de hecho, lo que significa que Kiyoomi las ha regado religiosamente todos los días desde que él no está. Como si implícitamente dijera que no va a dejar que se marchiten. Tanto así como si no quisiera que su amor por él lo hiciera, a pesar de que no lo quiera admitir.

Así, el último lugar en el que revisa es en su clóset.

Ahí donde están los suéteres de colores neutros que solía usar de él —a pesar de tener los propios en casa— solo porque le encantaba impregnarse de su aroma y de paso dejar el suyo en su ropa.

Maldita sea.

¿A qué demonios fue a su departamento? ¿A hacer un recorrido por la melancolía y lamentarse?

Por suerte ya ha acabado. Y agradece que su pie ya se encuentre un poco mejor para poder pisar correctamente y cargar las suficientes bolsas con sus pertenencias para no tener que pedir ayuda a nadie y/o regresar a-...

—¿Mn? —una cajita azul con un listón aterciopelado color plata cae cuando por error descuelga uno de los suéteres de Kiyoomi creyendo que es suyo.

Y no lo puede creer.

Y no lo va a creer hasta que lo vea a la cara y le pregunté qué demonios era lo que pensaba sobre ese futuro incierto suyo si de todas maneras lo iba a tirar todo a la basura.

Por eso, en lugar de irse, lo espera.

Lo espera impacientemente y en silencio, con la cajita abierta y el listón desecho, así como toda su voluntad.

Cuando Kiyoomi llega, no hace falta explicarle por qué es que ha permanecido ahí en su departamento esperándolo, pues la cajita, con el brazalete de oro que le compró hace tiempo y que nunca pudo darle, está expuesta como si fuera una verdad desenmascarada.

—¿Y bien? ¿No vas a decir nada? —¿Algo como por qué sigue en su departamento si dijo que solo iría por sus cosas y luego se iría? El Kiyoomi actual no puede decir ni actuar así. No desde que no se han visto en poco más de dos semanas en un ambiente más íntimo y más familiar para ellos dos que no sea en el gimnasio.

Por cómo luce, Atsumu ya está casi por completo recuperado de su caída, pero por cuestiones médicas le han extendido un par de días más antes de volver a los entrenamientos como de costumbre. Sin embargo, lo ve más pálido, delgado y ojeroso que antes.

Y también está ahí, esperándolo como si fuera un criminal, lo cual no está lejano de ser real.

—No pensé que lo encontrarías.

—¿No pensaste? —Kiyoomi cierra los ojos con pesar, suspirando cansado. No quiere discutir pero tampoco quiere que se añada un malentendido más a la lista—. ¿Es para él? —ofendido, el azabache lo mira con intención, respondiendo casi de inmediato y sin vacilar.

—No. Era para ti —Atsumu abre la boca solo para dejar salir un soplido irónico y desganado. Uno que cubre demasiado bien la sensación apesadumbrada y amarga que siente cómo se extiende por su pecho cuando lo escucha decir eso—. Lo compré para ti.

Solo que nunca se lo dijo.

Lo que nunca tuvo el valor de dárselo.

Porque en ese momento, mientras acompañaba a Wakatoshi a comprar el anillo de compromiso de su futuro prometido, también pensó en su felicidad. En su propio futuro, y en cómo deseaba que Atsumu fuera parte de él.

La cara que pondría cuando se lo diera.

El tipo de proposición que diría y el tipo de promesas que haría una vez que se lo dijera.

Pero, en cambio, decidió guardar esa cajita como si aplazar ese deseo, de acuerdo a las manecillas del reloj, significara que las cosas no cambiarían y nada se estropearía.

Su madre le enseñó a no mentir.

Y su hermana le enseñó a hacer las cosas que quisiera en el menor tiempo posible solo porque decía que la vida es un suspiro y todo lo que aplazas para después, puede que al final nunca suceda.

Comprar un vestido y ponérselo el mismo día.

Tener el antojo de algo y simplemente pedirlo y comerlo.

Abandonar todo por un solo día y en cambio tomar el tren y elegir un destino al azar, imaginándote, por un instante, la nueva experiencia que estás por alcanzar.

Kiyoomi había crecido con ese tipo de educación, la de no dejar nunca las cosas a medias o para otro día. Siempre dando su máximo cada día y nunca aplazar momentos o recuerdos.

Miya, en cambio, no necesitaba vivir de recuerdos a menos que fuera necesario.

Y justo ahora siente como todos esos momentos que vivió con Kiyoomi se amontonan en su mente, casi como si se materializaran alrededor de ellos, deshaciendo el tan repetido lema de su antigua escuela y el desprecio que siente a cerca de todo eso.

Él sí los necesita.

Necesita todos esos recuerdos.

Todos los que tiene con él.

Los necesita para asegurar que todo lo que vivió con él en verdad sucedió.

Que de verdad se enamoró.

Incluso si solo fue él.

—Eres...—Decirle increíble refiriéndose a que es ofensivo, ¿de qué serviría? De todos modos va a irse. Y quien se va a quedar con los platos rotos será él. Pero incluso si solo será un desahogo momentáneo el decirle lo mucho que lo odia en ese momento, no lo hace—. Olvídalo. No tiene caso. Pero, ¿sabes una cosa? Si tu plan era no volverme un desastre, fallaste miserablemente. Soy un desastre ahora, de nuevo lo soy, pero puedes irte tranquilo a donde quieras porque te aseguro que no repetiré los mismos errores que en el pasado —poniéndose de pie, a pesar de que está casi recuperado, no puede evitar sentir como su pie se acalambra, obligándolo a hacer una mueca incómoda.

—¿Te duele?

—¿Qué? ¿El tobillo? Kiyoomi, por favor —¿por qué le hace eso? ¿Por qué se preocupa de ese modo? ¿Por qué lo toca si no va a curarlo como se debe? ¿Porqué lo toca si va a irse de todas formas? —. Y para que lo sepas, no me molesta que vayas a irte si eso forma parte de tu futuro. Lo que me molesta y me duele es que eras tú el que decía que estaba mal no intentarlo. Que si no lo intentaba, significaba que no me lo merecía. ¿Era real lo que me decías o solo eran palabras vacías? —Silencio—. Te lo preguntaré una última vez. ¿Me amas?

—Lo hago.

Sin embargo, aunque la respuesta es sorpresiva, y contradice por completo lo que Atsumu esperaba que le dijera, no es suficiente.

Al menos no para que lo perdone en ese momento.

Pero sí para que el escozor que siente en los ojos se desborde un poco, haciendo justamente lo que dijo que no haría delante de él.

Es la primera vez que le ve a Kiyoomi responder tan desesperada y ansiosamente, y también debe ser la primera vez que ve esa expresión en él. Cejas curvadas y contraídas, labios apretados, ojos brillosos aunque no tanto como los de él.

¿Por qué le hace eso?

¿Por qué ahora cuando todo está desmoronado y deshecho?

¿Por qué se demoró tanto en decirle eso?

¿Por qué ahora que sabe no puede seguirlo?

Quiere llorar.

Ambos quieren hacerlo.

Aunque Atsumu está por encima de él, de ese aspecto, en ese momento que no sabe si quiere irse en contra de él para besarlo o para golpearlo.

Pero no hace ninguna de las dos.

—Me amas, pero no lo suficiente como para que lo intentes conmigo ¿no? —Kiyoomi no responde.

Y es suficiente.

Suficiente hasta el límite que ha elegido poner con respecto a él.

Atsumu lo ama.

Ama a Kiyoomi.

Pero se ama más a sí mismo.

—Bien, solo quería que me aclararas eso —asumiendo una fuerza de voluntad que no posee pero que se esfuerza por aparentar, Atsumu se irgue de nuevo y toma casi doce meses de recuerdos vividos con él en tres bolsas negras de plástico, no sin antes empujar la cajita abierta hacia el lado de la mesa donde está parado Kiyoomi.

— Es tuyo.

—Bueno, prácticamente lo encontré por accidente así que no es un obsequio como tal. Puedes quedártelo.

—Atsumu...

—Adiós, Kiyoomi. Vete a Polonia, a África o al Polo Norte. No lo quiero saber más.

.

I

.

No tenía caso despedirse de él si en cuestión de días volverían a encontrarse.

Esa era la decisión que había tomado, después de todo.

Y, sin embargo, Wakatoshi no desperdició hasta el último segundo, antes de abordar su avión, en preguntarle acerca de si estaba seguro de lo que hacía.

—Nada de lo que estoy haciendo me da la certeza de lo que pasará en el futuro.

—¿Entonces por qué lo haces, Kiyoomi?

No supo ni pudo responder.

Quizá porque ha sido así desde siempre.

Argumentar cosas de ese modo como si estuviese un paso delante de los demás pero no estar preparado para la contra puntada de una pregunta extra que te haga dudar.

Kiyoomi siempre ha sido ese tipo de persona que oye consejos, los repite, pero no los emplea para sí mismo. Justo ahora, a pesar de que la decisión está más que tomada y que sabe sería muy difícil cambiar de parecer considerando que hay muchos tratos ya cerrados, que lo dejan sin opción, justo ahora está pensando en cómo resolver las cosas o en cómo, tan siquiera, no pasar los próximos años viviendo miserablemente.

El problema no es que se vaya.

El problema ni siquiera es Atsumu.

El problema es él.

Lo complicado que una persona puede ser, y lo complicada que puede volver las cosas para otros es algo que se le da de maravilla pero pareciera que, en este caso, les está dando a otros la posibilidad de decidir sobre él solo porque se los ha permitido.

Su abuela está desencantada con sus decisiones, incluso si lo de irse a otro país es por algo que, según todos, es beneficioso para él pues es obvio que a ella le interesan otras cosas.

Entonces, si no es por ella, ni es por el resto, ¿por quién es qué está haciendo estas cosas?

Durante mucho tiempo se ha estado convenciendo de que irse es lo mejor para Atsumu.

Pero incluso si siempre tuvo claro que tendría que irse, ¿por qué siguió a su lado? ¿por qué siguió cavando más profundo? ¿por qué le compró ese brazalete y porque ha soñado tantas veces en su reacción al dárselo?

Al final, lo que se suponía debía ser un momento inolvidable, terminó siendo un momento amargo para la vida de ambos.

No puede olvidar la cara de decepción que puso Atsumu cuando le dijo que era para él.

Así como no puede olvidar la expresión que hizo cuando le dijo que lo amaba.

Tan agridulce.

Y tan natural que cuando Kiyoomi se dio cuenta de que había soltado esas dos palabras, se dio cuenta de su error.

Pero ya era demasiado tarde como para remediarlo.

Está mejor sin él.

Estará mejor sin él pero…¿Qué hay de sí mismo? ¿Qué irá a hacer a un país al que no quiere ir? ¿Qué irá a hacer allá con el corazón a medias? ¿Qué espera sentir el día en el que le llegue la noticia de que Atsumu sale con alguien más?

¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

Está haciendo justamente lo que dijo que no haría.

Le está haciendo daño. Y de paso también así mismo.

Y aunque se ha convencido de que ese dolor solo es momentáneo, ¿Quién le asegura que no será así?

No le teme al rechazo de los demás pero sí al de él.

No es por lo que dirá la sociedad, aunque Kiyoomi sí que se preocupa por las cosas que se dicen de Atsumu.

Es por él.

Por él es que está tan confundido.

Y tan enamorado.

Y al ser la primera vez que se siente así por alguien, está tomando pésimas decisiones.

Su hermana se lo ha dicho.

Que aunque está bien ser joven, sabiendo que se tiene una vida para equivocarse, tomar malas decisiones sabiendo que están mal, no es experiencia, es conformismo. Es conformarse con tan poco y a la vez con nada. Es desperdiciar una oportunidad única que alguien más no tiene a lo largo de su vida.

Tiene a su familia, amigos, compañeros, un trabajo estable además de que le gusta, pero si no lo tiene a él ¿de qué va a servir?

—Kiyoomi, si tomas una mala decisión, sabiendo que está mal, lo vuelves un problema. Y está bien tener uno o dos en tu vida, pero no lo vuelvas una costumbre.

El equivocarse.

Se suponía que se iría en el mismo vuelo con Ushijima pero al final se inventó cualquier excusa para prolongar su tiempo en Japón. Como si por arte de magia Atsumu tuviera que ser quien apareciera mientras él se queda quieto en un solo lugar, esperando su aparición.

Sin embargo, quien aparece delante suyo ahora es, curiosamente, alguien muy diferente a él.

—No pensé verte aquí, calabaza.

—Ni yo a usted, Kiyoomi-san.

No pregunta qué es lo que hace ahí, porque desde luego Wakatoshi tiene a su propia familia, a su novio —ahora prometido— y a su propio equipo para despedirlo antes de irse, así que solo asume que Shoyo está ahí porque Kageyama también lo está.

En silencio, Kiyoomi espera que le diga algo aunque a su vez espera que no le diga nada.

No cree que Shoyo sea una persona que asuma cualquier cosa y que se deje llevar por los rumores al pensar que Kiyoomi está ahí porque Wakatoshi y él tienen algo. De hecho, Kiyoomi esperó a que la familia de Wakatoshi y todos los demás fueran los primeros en desearle un buen viaje, quedando así al final para solo estrechar su mano pues, en teoría, se verían pronto.

—¿Al armador de los Adlers no le molestará que demores tanto hablando conmigo? —Shoyo extiende una sonrisa pequeña, apoyándose más en la barandilla de metal que divide el espacio contra el cristal enorme que tienen delante y que les permiten ver los despegues y aterrizajes de la pista.

—Hace poco vi a Atsumu-san—Kiyoomi se muerde los labios y aprieta las manos, cuando oye su nombre, y aunque se muere de ganas por preguntar sobre él, al final solo termina haciendo una pregunta simple.

—¿Él está bien?

—Creo que ya sabe la respuesta a esa pregunta, Kiyoomi-san.

Puede casi oírlo en su mente diciendo algo como: "¡Estoy pasando bomba, Omi!", y es inevitable que la sonrisa se propague un poco del mismo modo que se esfuma rápidamente al continuar la conversación con Shoyo.

—¿En serio decidió irse a Polonia?

—Incluso si no escogiera Polonia, llegaría un punto en el que nos tendríamos que separar —y de eso no se equivoca. Porque nada dura para siempre. Nada.

—Tobio se irá a Italia en unos meses. Yo tardaré un poco más para irme a Brasil. Y estaremos separados por un tiempo por una decisión que hemos tomado como equipo, porque eso somos él y yo —Kiyoomi lo mira de refilón, estrechando los ojos un poco.

No sabe la intención con la que Hinata está diciendo eso pero pareciera que quiere demostrarle que el mantenerse alejados no significa nada para ellos. Que estar separados uno del otro solo es un estado momentáneo decidido por ellos y no por terceros. Muy distinto al modo en el que Kiyoomi quiere irse, creyendo que la soledad que va a enfrentar Atsumu una vez que se vaya, lo hará más fuerte cuando, evidentemente, a él también lo está destrozando.

Como si quisiera decirle que hay más opciones y más significados ocultos en una relación que simplemente decisiones que perjudican y entristecen a los dos.

Pero Atsumu y él no son Shoyo y Tobio.

Puede que para ellos aplique esa filosofía, la de ser siempre un equipo incluso para las cosas más tontas, pero para ellos…

Pueden arrepentirse todo lo que quieran si es que no se atreven a buscar una solución o si ni siquiera lo intentan, pero estoy seguro que ese no es su caso(*)

Como si fuera una bofetada con guante blanco, Kiyoomi se queda rígido en su sitio, a la vez que en blanco, recordando que esas habían sido las palabras que él les había dicho a ese par hace un tiempo.

Cuando baja la mirada y mira a Shoyo, esta vez propiamente a los ojos, este se le adelanta, volviendo a hablar.

—Discúlpeme si lo que voy a decir es un poco presuntuoso pero, yo tampoco creo que ese sea el caso de ustedes dos.

"¡Lo hemos hecho todo, Kiyoomi, todo!"

La culpabilidad que siente ahora es abrumadora tras la última conversación que tuvo con él.

Porque todo lo que dijo fue verdad.

Ya han hecho muchas cosas juntos.

Y han roto muchos tabúes y miedos al intentar estar juntos.

Y aunque se han quedado en eso, en el intento, ¿por qué no equivocarse juntos en lugar de solo distanciarse y asumir que esa es la única opción que tienen?

La relación de Hinata y Kageyama no es para nada parecida a la suya, pero es debido a eso que tienen su propio encanto y su propia forma de resolver las cosas, incluso si él se ha desviado un poco al final y ha torcido el hilo que los une.

Después de todo, no son para nada convencionales.

Que, vamos, primero tuvieron sexo y luego comenzaron a tener citas.

Más raros, no pueden ser.

Y, seguramente, están por cometer miles de errores más, discutirán el triple a la veces que lo hacen esos dos tórtolos, pero, honestamente, ya no le importa.

—Estoy seguro que Atsumu-san no espera una disculpa suya, solo espera a que sea sincero con él.

Aún puede ver la decepción en sus ojos, pero también el sonrojo de sus mejillas.

Su abuela puede pegar el grito al cielo cuando se entere de lo que va a hacer, quizá porque fue obligada a vivir su vida de una manera que no quería pero que le impusieron, pero él no será así.

Está harto de esa fachada suya. De esa conducta que tiene que cuidar en público como si en verdad le importase lo que la gente va a pensar de ellos. Está cansado de que las palabras y sus intenciones verdaderas no coincidan y estén en constante conflicto.

Lo que quiere decir, lo que realmente piensa, es una virtud. Pero lo es más saber cómo decirlo y delante de quién.

Atsumu ha conseguido todas sus primeras veces, y ha hecho lo que ninguno pudo hacer antes en él. Siendo diligente, educado y muy estricto, la gente a su alrededor siempre consideró que el comportamiento de Kiyoomi podía parecer frío y calculador. Pero su comportamiento siempre iba más allá.

Y solo él ha logrado que el sentido negativo de no saber expresarse delante de los demás, de dejar de lado la fachada o la apariencia que la sociedad espera de él, deje de existir cuando está a su lado.

—Muchas personas piensan que si han de recurrir a las palabras para comunicar sus sentimientos, no están comunicando nada verdaderamente. Por eso omiten hablar. Pero de vez en cuando es bueno escuchar lo que el otro tiene qué decir.

Kiyoomi cierra los ojos, levantando la esquina de sus labios en una mueca, mirándolo.

—Dios, te has vuelto tan arrogante, calabaza.

Y lo único que le queda por hacer es escuchar la risa de Shoyo, tomando eso como un cumplido.

¿Y qué si pierde el contrato?

¿Y qué si se aloca un poco?

Le gusta el voley porque es bueno jugando, pero hay algo que le gusta más que eso.

Le gusta Atsumu, y, si tiene suerte de ser perdonado, va a dedicar su vida a hacerlo feliz.

.

II

.

Desde hace unos días ha inaugurado una nueva lista de personas indeseables con Sakusa Kiyoomi encabezándola, desde luego.

Indeseable a la vez de ser la persona más erótica, cariñosa a su modo, e inolvidable de toda su vida.

Aún no puede creer que todo haya terminado así.

Aún no puede creer que ese imbécil, sonso, torpe y guapo, le haya comprado un regalo carísimo como si en su momento hubiese pensado en proponerle algo más.

Quería ir en serio con él.

Muchísimo más en serio de lo que Atsumu hubiese imaginado.

—¡¿Entonces por qué demonios no me dijo nada?! —Dios, no puede creer que se esté desahogando con un vaso de jugo de uva en la sala de su departamento (en lugar de estar yendo a un bar a intoxicarse con alcohol) y con una persona que ni siquiera está en el mismo continente que él pero Tooru es lo más cercano a un confidente que ha tenido en mucho tiempo aunque, de pronto, se siente un poco mal de que todo ese año que lleva de platicar con él, todo haya sido a cerca de su relación con Kiyoomi—. Mejor hablemos de otra cosa. Siento que he pasado una eternidad hablando de mí.

—No me molesta.

Bueno, a él sí.

Un poquito.

Además de que no puede creer que esté pensando en irse por unos días del país solo porque no quiere estar presente en el momento en el que todos vayan a despedir a Kiyoomi al aeropuerto.

Dios, ha visto demasiadas novelas latinas como para querer añadir más drama a su vida pero es que enserio necesita reflexionar un poco sobre todo ese año transcurrido.

De Kiyoomi, desde ese día, no sabe mucho. Al menos no viniendo de él pues han sido Adriah y Shion los que se han encargado de comunicarle todo lo que sucede en prácticas. Aunque tiene que admitir que él tampoco se ha resistido a buscar en redes sociales hasta los presuntos horarios y fechas en los que Kiyoomi y ese mastodonte de Ushijima pretenden irse a vivir la vida loca.

A cada tanto piensa en ellos y en cómo cree que le han visto la cara.

Pero a cada tanto también piensa en Kiyoomi y en la forma en la que sus ojos brillaron y sus mejillas se tiñeron de ligero rosado cuando le dijo que lo amaba.

¿Cómo se supone que viva ahora tras escuchar eso?

Debería dejar de pensar en él porque no se merece a ese culo casi latino atrapado en Japón pero, por otro lado, está cometiendo una serie de estupideces que se suponía no debería hacer solo porque está un poquito —muchito— desesperado por saber de él.

—¿Te estás mensajeando con el armador de los Adlers para saber cuándo se va Ushijima? ¿Acaso perdiste la razón?

—Esa la perdí hace tiempo, Shion-kun. Deja de molestarme —y aunque el tono con el que le dice eso, al día siguiente de conversar con Tooru, no es malintencionado, Adriah tiene que suprimir un poco la reacción enfadada de Inunaki pidiéndole silenciosamente que pase por esta vez el tono con el que Atsumu le habla, quien claramente es inconsciente de él.

—¿Por qué no le has pedido el favor a Shoyo? —Atsumu suelta una risita desganada.

—Hablar con Shoyo acerca de mi casi romance con Kiyoomi se sentiría como si hablara con mi ex aunque sé que entre él y yo no hubo nada de lo cual deba sentirme así.

Pero más que nada es la vergüenza.

Es la vergüenza de darse cuenta de que todo por lo que decía, Shoyo se estresaba en vano, hoy le pasa factura a él. Durante mucho tiempo no entendió cómo es que algo como querer a alguien podría afectar la vida de una persona de ese modo.

Siempre creyó que era culpa de Kageyama.

Y que era su culpa el que Shoyo fuera infeliz.

Que Tobio lo hacía a propósito. El ponerlo tan ansioso al punto de que ambos comenzaron a enfermar.

En su caso, ahora, quien se siente sumamente enfermo y cansado de todo es él pues de acuerdo a lo que Adriah y Shion le dicen a cerca de Kiyoomi, él sigue asistiendo cotidianamente a los entrenamientos a pesar de que, se supone, su contrato con el equipo de Polonia ya ha sido firmado.

La despedida con el equipo ya ha sucedido hace unos días, y aunque tuvo que fingir un terrible catarro para no asistir, la verdad es que hubiese preferido hacerlo aunque fuera para verlo una última vez y montar un escándalo a lo Teresa.

Sin embargo, el único día que sí se presenta en el gimnasio, Kiyoomi no está. Aunque eso Atsumu ya lo sabía porque desde que temprano por la mañana ha sido Kageyama —a quien le ha estado pidiendo un poco de información acerca de los vuelos de Ushijima solo por curiosidad— quien le ha dicho a cerca de que hoy partía.

No ver a Kiyoomi presente solo le indica que ha ido a despedirlo.

O quizá se van en el mismo vuelo.

Quién sabe.

—¿Atsumu-san?

Ah.

Ahí está.

A quien tiene que agradecerle de que le haya hecho un desastre porque sin él, lo suyo con Kiyoomi nunca hubiese existido.

—Hola, Shoyo.

Parece que ha sido una eternidad la que no se han visto aunque no solo por parte de Atsumu por ausentarse tanto, sino también porque Shoyo ha estado ocupado, seguramente, al estar pendiente del reclutamiento de Tobio a Italia así como su propia oportunidad para regresar a Brasil.

Vaya par, piensa con un poco de envidia pues, no va a mentir, cuando supo que a Kageyama le habían ofrecido una oportunidad en un equipo extranjero, así como Ushijima, una parte muy retorcida dentro de él se preguntó si eso no haría tambalear su relación con Shoyo.

En su lugar, Shoyo se ve más radiante que nunca aunque ahora está siendo un buen amigo solamente al preguntarle si se encuentra bien.

Un buen amigo que se preocupa por otro.

—¿Cómo sigue su tobillo?

—Mucho mejor. Solo necesitaré una semana más de rehabilitación y podré volver a los entrenamientos —y cuando regrese es posible que Kiyoomi ya no esté.

Pensar en eso, de pronto, lo entristece y le da un bajón a su ánimo que no puede ocultar aunque de todos modos intenta no mostrar.

Dios, ¿Qué es? ¿Una mujer embarazada? No puede estar teniendo tantos cambios de humor de ese modo. Se siente irreconocible.

—¿Qué tal las cosas con Tobio? ¿Están listos para casarse y toda la cosa? —bromea, sabiendo de antemano que una cosa así, viniendo de ellos dos, no es demasiado improbable.

Ahora que lo tiene así, a su lado, quisiera decirle muchas cosas pero, por sobretodo, quisiera preguntarle si hay algún remedio para dejar de sentir el dolor y la tristeza que lo embarga ahora.

Algo así como ser unas viejas comadres hablando de amor.

El pensamiento le causa gracia pero no la suficiente para que su sonrisa perdure más de cinco segundos.

Sabe que su situación con Kiyoomi es muy distinta a la de ellos dos pero el amor que sienten hacia las personas que quieren y anhelan es similar.

¿Cómo hizo Shoyo para lidiar con la separación de Kageyama tantas veces?

¿De dónde sacó la fuerza para aguantar todo eso?

Kageyama y Kiyoomi son completamente opuestos pero al menos piensa que él y Shoyo son un poco parecidos.

—Umm...Hablé con Kiyoomi-san hace poco—Shoyo no da muchas explicaciones, ni dice que han pasado solo un par de horas desde que se encontró con él en el aeropuerto, pero el hecho de que solo lo mencione súbitamente hace que Atsumu se estremezca. Y sabe que es debido a su nombre, y no al viento que le da en toda la cara mientras están en la terraza charlando, lo que lo pone así—. Al parecer demorará un poco más en Japón antes de irse —Atsumu oye atento toda la información, sintiendo que su corazón se regocija a la vez que se aprieta pues esos supuestos días más no significan nada.

Si Kiyoomi quisiera verlo, ya estaría ahí, montando un show con un ramo gigante de rosas y mariachis.

Pero lo conoce.

Y él no es el tipo de persona que haría eso.

—Ya veo —responde Atsumu, entrecerrando los ojos, sintiendo frío en ellos de pronto—. ¿Él…? —aprieta las manos, indeciso si abrir la boca o no. Si lo hace, quedará en evidencia pero...—. ¿Él dijo algo sobre mí? —contrario a cualquier cuestionamiento que podría esperar recibir por parte de Shoyo, solo lo ve sonreír un poquito, haciendo que se descoloque un poco por la reacción.

—Él dijo muchas cosas sobre Atsumu-san.

—"¿Cómo cuáles? ¿Me extraña? ¿Está arrepentido? ¿No se va a ir persiguiendo a ese gorila? ¿Te dijo, finalmente, lo mucho que me ama?" —demasiadas preguntas quedan atoradas en su garganta pues a Shoyo no le corresponde oírlas, sin embargo, le encantaría saber qué demonios fue de lo que hablaron esos dos aunque...—. Sí, bueno, Kiyoomi no siempre dice la verdad, Shoyo. Cuando convives mucho tiempo con él te das cuenta que también puede mentir —en su lugar, dice cosas que no quiere pero que, a su vez, siente que le protegen de alguna forma a hablar de él y sentirse vulnerable.

—Puede ser, pero cuando habla sobre Atsumu-san, yo no veo ninguna mentira.

Cuando Tooru le pidió que dijera una verdad, hace un tiempo atrás, él respondió que salía con alguien. Y pasó toda esa tarde sorprendiendo la mirada de Kiyoomi sobre él como si fuera un imán.

Si desde ahí tenía el camino recorrido a la mitad ¿por qué se detuvo?

¿Por qué mintió?

¿Y por qué Shoyo está sonriendo de esa forma mientras lo mira? ¿Acaso él sabe algo?

No sabe por qué lo hace pero es como si lo que recién ha dicho, en lugar de suponer que lo ha descubierto, lo ha soltado con la intención de que lo sepa.

De que sepa que enserio ha hablado con Kiyoomi sobre él.

¿Pero de qué?

¿Sobre ellos?

¿Cuándo?

Ah, no puede ser.

¿Ya va a llorar de nuevo?

Shoyo no necesita preguntar ni seguir hablando. Solo está ahí con su enorme presencia a pesar de ser, en complexión, más pequeño que él.

Así es Hinata Shoyo.

Con el corazón enorme y esa paz que, de pronto, le envidia.

Quiere ser feliz.

Y quiere esa felicidad a lado de Kiyoomi.

Quiere mejorar.

Quiere hacer las cosas bien pero no puede hacerlo solo.

La soledad de los siguientes días es abrumadora. Luego de haberse acostumbrado tanto a él, todos los rincones de su departamento tiene su olor. Las paredes están cubiertas de rumores que se cuchichean a cerca de dos personas que pasaron toda una temporada juntos en ese lugar, dándose besos y caricias.

Quiere llamarlo.

Quiere preguntarle dónde se encuentra y arriesgarse una vez más.

Pero esta vez va a esperar.

No va a ser él quien salga corriendo a buscarlo.

Si de verdad le importa, si de verdad está arrepentido, si de verdad quiere arreglar las cosas con él, lo verá tarde o temprano en su puerta.

Al menos, eso quiere creer.