Cuando Harry tenía cinco años, solía pensar que aquel cuarto oscuro era todo lo que conocería en la vida.

Que sus únicas amigas serían las arañas y los insectos que caminaban por sus piernas.

Que el polvo sería lo único que respiraría y que tendría que conformarse con ver la luz del sol de vez en cuando.

Cuando Harry cumplió los ocho, comenzó a fantasear con huir.

Con que un día se iría del colegio donde estaba, y no volvería, y encontraría gente que lo querría y lo abrazaría y le darían banquetes de comida.

Con que algún adulto notaría los moretones de sus piernas o sus brazos y lo ayudaría a escapar del lugar donde lo tenían encerrado.

Poco antes de tener diez, entendió que tendría que hacerlo él mismo.

Y soñó con una vida en la que iba de casa en casa y trabajo en trabajo.

Soñó con algún día ir a comer comida rápida por sí mismo, en vez de quedarse encerrado por obligación.

Ya había aceptado que ese sería su destino.

Entonces cumplió los once.

Harry no sabía qué estaba esperando cuando aquel hombre gigante llegó a encontrarlo, pero definitivamente nunca esperó que le trajera todos esos cuentos de fantasía.

Que le dijera que era un mago.

Porque Harry no podía ser un mago. Harry era... Harry.

Solo Harry.

Pero resultó ser que sí.

El día de su cumpleaños onceavo se enteró que los dragones existían, que las lechuzas entregaban cartas, que las varitas funcionaban y que existía un colegio para gente como él. Los llamados bichos raros.

Harry, por primera vez, era realmente feliz.

El día que todo cambió, conoció a un pálido niño en una tienda de túnicas también. Su sola presencia inspiraba magia. Era alguien que se había criado en ese ambiente. El primer niño mágico que vio en toda la vida.

De todas las cosas que había imaginado, Harry nunca había llegado a pensar lo importante que él terminaría siendo.

Para cuándo Harry cumplió los doce, ya había incorporado en su sistema que existía un hombre que quería matarle.

Sin siquiera notarlo, aceptó finalmente que si quería salvarse, si quería salvar su escuela y el mundo que acababa de conocer, tendría que hacerse cargo él mismo.

Pero daba igual, porque al fin había encontrado un lugar al que podía llegar a llamar hogar.

A los trece, Harry ya se había enfrentado a basiliscos, profesores dementes, magia ancestral de los elfos, un seguidor del lunático que quería asesinarlo, y, a este último, ya lo había tenido dos veces cara a cara.

Había entendido lo importante que eran las decisiones que uno tomaba y cómo influían en la vida de uno.

Y comenzó a sentirse más que agradecido porque encontró una verdadera familia.

No, no era de sangre, ni tampoco de toda la vida. Pero cuando Hermione se encargaba de ayudarle a resolver los misterios que lo rodeaban, o cuando Ron pasó a ser una parte tan vital de su vida como lo era respirar, fue que entendió que eso, eso, era una hermandad.

A los catorce años se enteró que no había estado tan solo en el mundo, al final.

Que habían dos hombres que, si otras hubiesen sido las circunstancias, serían una parte habitual de su vida.

Que uno de ellos era su padrino. Que le había ofrecido una nueva vida.

Que los malos recuerdos podrían ahogarte, o que los buenos eran capaces de crear cosas maravillosas.

También aprendió, que las cosas nunca eran lo que parecían, que la traición podía venir de quién menos lo esperabas, y la salvación de la mano que un día se mostró enemiga.

A los quince, Harry por fin entendió lo que era verdaderamente la muerte.

Lo que era el temor, el dolor y la culpa.

Cuando Harry había asumido que se haría cargo de aquel mundo, que lo llevaría en su espalda, jamás imaginó que pesaría tanto.

Entendió que daba igual ser bueno, malo, leal, justo, o injusto. En la guerra, la gente terminaba muerta y herida, y al final del día sería su culpa.

Porque Voldemort lo quería a él.

Así que Harry se preparó para enfrentarlo él solo la próxima vez.

A los dieciséis, no sabía cómo la culpa no lo podía comer vivo.

No sabía cómo podía lograr verse al espejo durante las mañanas, al saber que Sirius ya no estaba ahí solo por él.

No sabía cómo al final de todo, no podía relegar a nadie esa responsabilidad que estaba asfixiándolo vivo. Cómo había creído en algún punto que el ministerio podría llegar a ayudar.

Tampoco sabía, cómo podía alegrarse de que alguien hubiera sufrido. Por mucho que ese alguien fuera Dolores Umbridge.

Y tampoco sabía cómo iban a ganar esa guerra.

A los diecisiete, Harry estaba preparado para seguir con su misión solo. Estaba preparado para saber que si iba a morir, no arrastraría a nadie más con él.

Suponía que nunca había entendido que las familias te acompañan a donde fuera.

A los diecisiete, Harry comprendió que una nueva era había iniciado. Que su mentor había muerto.

Que la gente a su alrededor no paraba de morir.

A pesar de querer aislarse, de querer alejar el señuelo tras sus espaldas, Ron y Hermione quisieron seguirlo a toda costa, y él les estaría agradecido hasta el final de sus días.

A los diecisiete también comprendió, que el bien y el mal no eran absolutos y que existían matices grises entre medio.

Comprendió que por mucho que aquel niño de la tienda haya sido un total idiota, no quería decir que fuera un bastardo malo y asesino. Que después de todo, era una víctima más de la guerra que se estaba gestando.

Harry aprendió a tener empatía. Harry aprendió que por mucho que era más fácil verlo así, Draco Malfoy no era un villano unidimensional que estaba hecho para causarle discordia a él.

Draco Malfoy era un chico, un chico de su edad, de carne y hueso, que sentía, que lloraba, que también tenía miedo.

A los diecisiete, fue el momento en el que Harry dejó de ser un niño, y empezó a dar pasos para convertirse en un hombre. Fue el momento en el que Harry y su familia se embarcaron en un viaje que sería decisivo en todo ese desastre.

Una tarea que, nuevamente, dependía de él y solo él.

Poco antes de cumplir los dieciocho, Harry aceptó que tenía que morir.

Luego de más de un año pasando mil aventuras y batallas, sabía que encaminarse y entrar al Bosque Prohibido para recibir el Avada Kedavra final era solo una más.

La última aventura.

El último viaje.

Harry entonces cerró los ojos y se dejó tranquilizar por las palabras de sus padres, de su padrino, de su ex profesor y otro de sus mentores. Recibió a la muerte como una vieja amiga.

Y ahí fue cuando supo que tenía que volver. Que su responsabilidad era acabar con esa guerra. Que la muerte era pacífica, e indolora, pero no podría perdonarse nunca el haberse ido, cuando tuvo la opción de regresar.

Poco antes de cumplir los dieciocho, Harry derrotó a Voldemort, y se convirtió en el-niño-que-vivió dos veces.

En un héroe de guerra. En un ídolo. En una figura que pasaría a la historia.

Pero para solo él significó que por fin podía tener paz.

O eso había creído.

Cuando los años pasaron, y las cosas volvieron a tomar su cauce, Harry, a los veinticuatro, experimentó la felicidad más grande que había sentido en la vida. Una felicidad que no tenía idea que algún día sentiría.

Sostuvo en sus brazos a su primer hijo.

Le prometió protegerlo, y cuidarlo, y sabía que esa promesa quizás no significaba mucho viniendo de alguien que se había encargado siempre a cuidar de todo el mundo, pero esa vez la mantendría.

Y luego llegó Albus, su segundo hijo, y después Lily, la última. Todos frutos del amor que, al menos Harry pensaba, Ginny y él compartían.

Entonces cumplió los veintiocho y comenzó a preguntarse qué estaba haciendo de su vida.

Se la pasó siempre, siempre, en este molde de lo que el resto deseaba que fuera.

Se casó con Ginny porque eso parecía lo correcto, el orden natural de las cosas, el ticket para pasar a formar parte de la familia Weasley.

Se convirtió en Auror porque eso era lo que siempre había querido ser su padre, y porque eso era para lo que servía, ¿no? Para cuidar de los demás.

Siempre siguiendo el camino que le habían impuesto.

Ni siquiera sabía hablar cuando pasó a ser el-niño-que-vivió, la leyenda que hizo desaparecer a Voldemort.

Aún no comenzaba a ir al colegio cuando se transformó en un adorno sin nombre. "Chico". "Chico, ven a hacer el desayuno". "Chico, limpia la sala de estar".

Todavía no cambiaba la voz cuando asumió la responsabilidad de las acciones heroicas y se transformó sin quererlo en un modelo a seguir para el mundo mágico, incluida su misma esposa.

Ni siquiera después de morir se vio exento de la carga que traía su nombre. "Harry Potter". Parecía hasta alguien ajeno a sus oídos. Esta idea de hombre ideal y perfecto que todos esperaban que fuera.

El niño dorado.

No podía enojarse, porque la gente lo miraba raro.

No podía frustrarse, porque eso desencadenaba que el resto de las personas le siguieran en su frustración.

No podía abrazar a Ginny en público, porque eso desalentaba a su fanaticada.

No podía llevar a sus hijos a dar un paseo normal por la calle, porque siempre existía un loco que lo mataría, u otro qué querría una exclusiva de porqué andaba con la ropa que andaba.

Y no era solo en la calle.

Si no cumplía las expectativas morales que Gin había depositado en él, estaba cambiado.

Si no actuaba siempre heroico, y bueno, y empático, no estaba siendo él.

Si se enojaba con sus hijos, era un monstruo.

Si no se mantenía en el altar que todos le habían impuesto, no era Harry Potter.

Y él ya no quería serlo.

Él quería volver a ser solo Harry.

Antes de los treinta, Harry estaba firmando el divorcio.

Hasta los treinta y dos, sus días se trataban de exploración, y escándalos en los noticieros.

En vivir la adolescencia que nunca había tenido.

A los treinta y cinco, fue la primera vez que se separó por tanto tiempo de uno de sus hijos. Y a los treinta y seis la primera vez que lo hacía a conciencia con el segundo. Aunque de todas formas le dolía un poco el saber que se separarían por meses.

También la primera vez que volvió a ver a Draco Malfoy tan de cerca después de la guerra en el andén King Cross.

Cómo eran las coincidencias de la vida, que su némesis de la adolescencia había tenido un hijo de la misma edad que Albus, y que irían al mismo curso.

Y que más tarde de ese mismo año escolar se enteraría que incluso a la misma casa.

A los treinta y siete, y después de tener un verano entero para procesar que su hijo de al medio y el único heredero de los Malfoy eran mejores amigos, fue que hizo algo que era verdaderamente su decisión y solo su decisión.

Darle la mano perdida de los once a Draco Malfoy.

A los treinta y ocho, el primer niño mágico que conoció ya era parte de su círculo interno de amigos y una persona cercana a él.

Harry no entendía cómo habían pasado tantos años sin hablarse. Cómo lo había reencontrado casi veinte años después de la misma guerra en la que lucharon y sufrieron.

Ambos atrapados en destinos que no pidieron y en el que habían terminado siendo parte por sus propias decisiones.

A los treinta y nueve, Harry fue la única persona que pudo ser el soporte de Draco por la muerte de Astoria.

Nunca preguntó si su matrimonio fue arreglado, si verdaderamente estaba enamorado de ella. Pero estaba claro que la quería. Que la amaba.

Si no como mujer, cómo la madre de su hijo.

Fue un tiempo oscuro, en el que Harry se dedicó a mostrarle a su antiguo enemigo que aún quedaban cosas por vivir y sonreír.

Y lo logró.

¿Cuándo no había logrado lo que se proponía?

Fue ahí cuando se dio cuenta que estaba perdidamente enamorado de él.

De aquel constante en su vida.

Que lo había estado por muchos años.

Poco después de cumplir los cuarenta, Harry descubrió que sus sentimientos eran correspondidos.

Jamás lo había imaginado, no esperaba que sucediera. Había fantaseado con ello innumerables veces y ahí estaba.

Draco lo amaba de vuelta.

Fue un año lleno de juicios, miradas acusatorias, gente entrometida, explicaciones incómodas y titulares inoportunos.

También fue el nacimiento de un sentimiento que a Harry no le cabía en el pecho.

De sentir que recuperaba el tiempo perdido.

De sentir mariposas e hipogrifos en el estómago.

De sentir que pertenecía a alguien. Y que alguien pertenecía a él.

Que ese era el orden de las cosas, que así había sido siempre.

Entonces estaba allí, estaba cumpliendo cuarenta y uno.

Y ahora que tenía a Draco, su cumpleaños ya no significaban cenas con gente importante y celebraciones que había que llenar con su presencia.

Ya no significaba una oda al personaje que el mundo mágico le había creado.

Significaban pasteles quemados, desayunos en la cama, besos a las doce de la noche, cantos escandalosos solo porque le molestaba que lo festejaran en grande.

A los cuarenta y uno, celebrar su cumpleaños significaba cenas en casa que Draco organizaba y terminaba obligándolo a cocinar a él.

Significaba bailar en la sala de estar de su hogar de Godric's Hollow a paso lento y alcoholizado.

Significaba contarse chistes hasta las tres de la mañana mientras recogían los platos y los lavaban, planeando cómo abordar la celebración que le tendrían los Weasley y sus hijos al próximo día, dándole ánimos a Draco quien después de tantos años aún no se acostumbraba a esa parte.

Y entonces era cuando Harry finalmente entendía, que el futuro no era siempre como uno se imaginaba.

Que un hogar no necesariamente era una casa.

Que el destino quizás existía.

Y que, si al final del día, alguien necesitaba que volviera a ser Harry Potter, tenía la seguridad de que ya nunca más sería una carga.

No mientras tuviera a Draco a su lado para compartirla.