ACLARACIÓN: Esta historia es una ADAPTACIÓN. Al final de la obra encontraran los créditos y nombres originales del autor y el libro.
Los personajes son propiedad de Hajime Isayama, autor de Shingeki no Kyojin.
ADVERTENCIA: La historia tiene OOC (out of character, fuera del personaje), también contenido-lenguaje solo para adultos.
ADAPTACION SIN ÁNIMO DE LUCRO, EL UNICO OBJETIVO DE ESTA OBRA ES EL ENTRETENIMIENTO DEL PÚBLICO Y EL APORTE A LA COMUNIDAD EREMIKA.
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ARGUMENTO
Mikasa siempre estuvo enamorada de Eren, incluso antes de casarse con Jean Kirstein. Pero antes de casarse, ella le pide un favor, su anhelo era tener un recuerdo del joven que siempre ha amado desde niña. Eren, como todo caballero que es, intenta negarse, pero Mikasa, que ya ha llegado casi a los límites, no puede retroceder ante su decisión. Lo que ninguno de los dos podía esperar es que las memorias de esa noche marcarían su destino.
Seis años más tarde, regresa a casa convertida en viuda. La insistencia de su padre Hasiel, la anima a ir a Londres para hacerse ver de nuevo en los salones de baile y las veladas en Vauxhall, aunque Mikasa no considera la idea de casarse de nuevo.
Eren no puede creer que la belleza a la que encuentra en casa de su madre sea la hermana de su mejor amigo, aquella muchacha a la que nunca prestaba atención. Cuando Eren le propone tener una discreta relación, Mikasa acepta. ¿Por qué no?, es todo lo que él no necesita, con veintiséis años, ella ya no está en edad de casarse según ella y él es un duque que requiere herederos. Mikasa acepta prometiéndose que vivirá el presente y que cuando todo termine solo se quedará con los mejores recuerdos.
Sin embargo, lo que para Eren no es más que un romance por demás inconveniente a espaldas de su mejor amigo, se va complicando día a día, conforme conoce a la mujer en que Mikasa se ha convertido, y ella que sigue siendo atormentada por su pasado, mantiene la promesa así misma de ser realista en su relación y no soñar con un futuro que no podrá ser.
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Inglaterra, 1813
Le esperaba en el establo. Nunca había hecho algo así y no debía hacerlo, pero aquel era el marqués Jaeger, el hombre del que llevaba enamorada desde que tenía uso de razón, el hombre que se marchaba la tarde siguiente a Londres, el hombre que disfrutaría de su Grand Tour* mientras ella debutaba y se casaba. El hombre que nunca seria suyo.
Podía decirse que estaba allí porque nadie le había hablado de qué ocurriría entre ella y su esposo cuando se casara, y ni su padre Hasiel ni su hermano Armin se lo contarían; podía decirse que si iba a ser vendida a cambio de una cuantiosa dote bien merecía un momento de felicidad; podía decirse que se había vuelto loca y justificar así lo que iba a hacer... Pero si no quería mentirse confesaría que quería saber, y quería saber en brazos de lord Eren Jaeger.
Le vio llegar a lomos de su caballo y esperó en el último compartimento. No había nadie más allí. Le escuchó bajar de la montura y abrir la portezuela y le abordó antes de que la timidez o la cordura la asaltaran.
—Enséñeme qué es la pasión. —No era eso lo que había preparado. No recordaba qué había ensayado ni importaba ya, no cuando aquellos ojos verdes la taladraban. Se reafirmó, aunque su voz, trémula, sonó a ruego—. Enséñeme qué es la pasión.
Eren no esperaba a nadie en las caballerizas, y menos aún a lady Mikasa, la hermana de Armin Arlet, su mejor amigo. Aunque no eran hermanos de sangre, ella había sido criada por el padre de este desde que era una bebé, pues su verdadero padre y hermano de del Sr. Hasiel Arlet había muerto de tuberculosis, y su madre había muerto en el parto. Pero lo que menos esperaba era lo que había escuchado. Si no lo hubiera repetido, habría jurado que el oído le había fallado. Pero no, ella le estaba pidiendo...
¿Cuándo se había convertido la hermana de Armin en una desvergonzada? La miró fijamente, como hacía cuando pretendía intimidar. ¿Acaso aquella dama se había vuelto loca de repente? Era tan tímida, pero solo lo aparentaba al parecer, pues únicamente le había dirigido la palabra cuando la etiqueta social lo exigía. Con semejantes dotes no podía ser una mujer pusilánime, y no obstante aquello era excesivo para cualquier joven de buena cuna.
Desde que había dejado de ser una niña había soñado con que la tomara entre sus brazos y la besara. Pero conforme se fue convirtiendo en mujer supo que eso no ocurriría: no era lo bastante buena para él. La paciencia y los nervios le hicieron espetar con brusquedad.
—Le he hecho una petición, una que me ha supuesto un esfuerzo enorme. Creo que al menos merezco una respuesta.
—¿Realmente le ha supuesto un esfuerzo enorme?
Ahogó una queja con prudencia. No quería enfadarle, mas no se dejaría insultar.
—¿Qué pretende insinuar?
—Al menos yo insinúo. Usted lo ofrece sin más. ¿Acaso no conoce el decoro? ¿O tal vez ya lo ha perdido?
Se le escapó un gritito indignado. Esperaba ser rechazada; sabía que difícilmente él la aceptaría, y aun así aquel hombre bien valía la vergüenza. Pero no creyó que sería vilipendiada abiertamente.
—¿Cómo se atreve?
—¿Cómo se atreve usted, milady?
El título de cortesía sonó a injuria. Se sentó en una bala de heno próxima; cayó en ella en realidad. El castrado debió de intuir su desánimo porque se le acercó. Ella le acarició el hocico mientras intentaba recomponerse. Sintió cómo le calaban la afrenta, la humillación, el desprecio y la vergüenza. Siempre había temido que no le tendría, y, aun así, saberlo de manera fehaciente asoló el valor que había construido durante dos días. Se levantó para marcharse, pero al pasar por su lado un brazo la tomó y unos ojos helados la obligaron a mirarle.
—¿No quiere saber la respuesta?
—Es obvia, así que, por favor, ahórremela.
Su súplica moderó la furia de Eren. Suavizó la mano que la aprisionaba pero no la dejó salir.
—¿Entiende que una palabra mía a su padre podría mancharle para siempre?
—Entiendo que una palabra de usted a mi padre le devastaría.
Si aquella respuesta le contrarió o no, nunca lo supo; era difícil saber qué sentía el marqués Jaeger. Este alzó una ceja con arrogancia exigiéndole explicaciones. Se soltó y sin embargo no se apartó de su cuerpo.
—Mañana se marchan. Mi hermano, el conde Springer y usted. Mientras tanto yo seré presentada en la ciudad, pero no seré la más hermosa de la temporada y, dada mi timidez —se sonrojó cuando aquella ceja volvió a alzarse refiriéndose a lo que acababa de ocurrir—, tampoco seré especialmente popular. Y no obstante me casaré en mi primer año por que no puede ser de otro modo, porque soy la hija del conde Arlet, y ahora que pertenezco a esta familia, una familia respetada y que nada en la abundancia también. Mi padre Hasiel comprará un buen marido con mi dote, un lord que estará interesado en mi fortuna y no en mí. Así son los enlaces en nuestro mundo, lo sé, pero mis padres... —Los verdaderos y los de crianza se habían amado como pocos matrimonios, toda la nobleza lo sabía, y él era amigo de la familia así que conocía de primera mano la historia, que después de diecisiete años lord Hasiel, continuaba llorando la muerte de su hermano, pues el conde Ackerman había muerto casi de depresión que agravó la tuberculosis por la muerte de su esposa. Eso le había significado para ella una niñez solitaria, con un hermano como Armin siempre ausente y un nuevo padre presente pero retirado.
— No tendré un matrimonio como el que ellos tuvieron, no conoceré el amor, pero me gustaría al menos saber algo de la pasión.
Eren se compadeció de ella. Todo lo que decía era cierto. No era hermosa, no con sus ojos tan pequeños, su altura desgarbada y su cuerpo recto. Sería casada por su fortuna y apostaría su caballo a que no sería un matrimonio feliz. Deseaba que como mínimo tuviera más suerte que su propia madre, la duquesa Carla Jaeger.
—No debería habérmelo pedido —la amonestó.
Mikasa supo que era cierto, tanto como supo que no podía arrepentirse de haberlo hecho y de que no iba a retroceder ahora que había comenzado.
—Solo piénselo, se lo ruego. Soy consciente de que lo pongo en una situación delicada, pero no puedo recurrir a nadie más, milord. Esta noche cuando se marche lo estaré esperando aquí, a usted y a su resolución.
Eren conocía su respuesta, no necesitaba meditarla.
—Lady Mikasa, jamás...
Se volvió hacia él, a apenas unos centímetros el uno del otro, y le colocó un dedo sobre los finos labios.
Eren quedó obnubilado por un momento por el calor de sus ojos oscuros, por su olor a rosas, por el suave contacto de la piel de sus dedos, por sus palabras y por su sonrojo.
—Sé que hay modos. Sé que hay formas de que una mujer pueda... gozar... sin dejar de ser doncella. Y sé que usted sabrá mostrármelos sin mancillarme. Y se marchó con paso rápido sin mirar atrás, dejando a un noble contrariado acariciándose la mandíbula al tiempo que taladraba con la mirada la espalda que se alejaba.
Al menos todavía no había cosechado una negativa.
...
Marqués y vizconde jugaban al billar mientras tomaban sendas copas de brandy francés de las bodegas de la casa Arlet. El conde Springer se había disculpado tres horas antes, al terminar la cena, y se había retirado dejándolos solos. La camaradería fruto de una amistad de muchos años era evidente en cada gesto, en cada palabra.
—Arlet, creo que pasaré la noche aquí.
No pensaba ir a los establos con una copa de más, o dos, o las que fueran. Allí le esperaba un problema, y tras pensarlo un poco había decidido no ser cruel con la dama. La cuestión era cómo no serlo y ser a su vez rotundo. Ebrio no sería dueño de sus actos y seguro que erraría, hiriéndola o algo peor.
Una protesta hizo eco en la estancia, perturbando sus pensamientos y molestándole por ende.
—¿Entiendes que no lo has solicitado siquiera? Los invitados suelen pedir quedarse, no lo deciden.
—Paso más tiempo en esta casa que en la mía.
Armin sonrió ante el empecinamiento de su amigo en exigir y no requerir.
—Eso es cierto. Pero creo que tus modos se deben más al hecho de que algún día serás duque —una ceja castaña y altiva se izó; solo entonces el otro continuó hablando—, y los futuros duques no piden.
—¿Me llamas arrogante o me niegas tu hospitalidad?
—Tu arrogancia es el rasgo que más me gusta de ti, y desde luego eres más que bienvenido, así que disculpa a tu amigo por ofenderte.
—Te gusta ofenderme, Arlet, y te falta la agudeza de Springer para hacerlo.
Le fastidió que ignorara su burla. A Armin le encantaba referirse a él como el «cabeza hueca». Al menos le escuchó chasquear la lengua.
—Pediré al señor Growne que disponga tu alcoba, si es que no lo ha hecho ya.
Asintió satisfecho ahora que tenía lo que deseaba, volviendo a concentrarse en la bola blanca.
Cuando Mikasa supo por el ama de llaves que el mejor amigo de su hermano pasaría la noche en la casa vaciló. ¿Significaba aquello que se quedaba por ella o que huía de ella? Lágrimas de frustración y vergüenza anegaron sus ojos. Nunca debió pedírselo, se repitió por enésima vez; pero no podía resistirse, se consoló también por enésima vez. Aquel hombre era su único sueño en una existencia en la que se había sentido adulta desde siempre. ¿Qué importaba si la rechazaba? ¿Había alguna diferencia entre que la echara de su recámara o que nunca entrara en ella? No para Mikasa. El resultado era exactamente el mismo: no tenerle.
Con esa convicción se dirigió a la alcoba del ala de invitados que siempre utilizaba el marqués Jaeger cuando dormía allí.
Eren entró eufórico en el dormitorio. Algo tambaleante y triunfal: había ganado al billar a Armin y había logrado emborracharle, además. Se sentó sobre la cama y estiró con fuerza de uno y otro pie hasta sacarse las botas. Se quitó chaqueta, pañuelo y chaleco, y era el turno de los pantalones cuando una voz femenina le tomó desprevenido.
—Buenas noches, milord.
Se volvió veloz, claramente enfadado.
—¡¿Qué hace aquí?! ¡¿Acaso se ha vuelto completamente loca?!
—No alce la voz. —Le amonestó Mikasa mientras se acercaba—. Si soy sorprendida en vuestras estancias, ambos estaremos metidos en un buen lío.
Eren la miró y creyó adivinar su juego. Se puso en pie.
—¿Es eso lo que pretende? ¿Un escándalo? ¿Por eso ha venido?
Mikasa lo empujó y sonrió divertida al ver cómo perdía el equilibrio y volvía a caer sobre la cama.
—Ya le he dicho lo que quiero, milord. He venido a por vuestra resp...
—Mi respuesta es taxativa: no. —Sonó tan envarado como se sentía. ¿Cómo se atrevía a comportarse así? Se lo preguntó.
El tono arrogante, aleccionador, enojó a Mikasa, quien olvidó o desvió temporalmente su decepción para afrontarle.
—Me atrevo porque no se me ocurre otra solución. ¿Acaso cree que me gusta la idea de venir aquí a ser rechazada? ¿O me pretende tan estúpida para creer que obtendría un sí de vos, del mismísimo marqués Jaeger?
Disgustado, preguntó lo que no debía.
—¿Por qué me lo pide, entonces?
Mikasa no iba a descubrirse. Que rechazara su cuerpo era esperable, que rechazara sus sentimientos sería insoportable.
—Porque es el único caballero al que conozco.
Haber sido elegido por eliminación le ofendió en su orgullo.
—Sabe que podría hacerle gozar, milady. —Recibió a cambio de su bravuconada una mirada escéptica y se sintió retado—. ¿No me cree?
Volvió a arrepentirse de sus palabras. No debería haber bebido tanto esa noche. En realidad, lo que debería haber hecho era tomarse a aquella muchacha más en serio. ¿Y qué narices llevaba puesto? ¿Acaso creía que con semejante camisón le tentaría? ¿Eran esos los camisones que llevaban las mujeres decorosas? No le sorprendía que los caballeros no se les acercaran si así era.
—Sé que no me lo mostrara, en todo caso.
—Alégrese de que la considere una dama.
—Lástima entonces que sea un caballero.
Y encogiéndose de hombros, aceptando con resignación una derrota que conocía de antemano, se acercó a la puerta.
—¿A dónde va? —La dama no se marcharía sin prometerle primero que no buscaría otros brazos antes de casarse. Era lo menos que le debía a Armin. Si su hermana, Annie, le pidiera a su mejor amigo algo así, Eren esperaría que actuara del mismo modo—. No se ira mientras no me prometa que no pedirá a nadie más lo que me ha pedido a mí.
Infravaloró a Mikasa, su inteligencia y su capacidad para reinventarse. Si no hubiera estado de espaldas a él, la astuta mirada que iluminó los enormes ojos le habría puesto en alerta. Así solo pudo ofrecerse como víctima.
—No le prometeré tal cosa, milord. Si no es usted, entonces será otro. Tal vez no sea hermosa, tal vez sea indigna de lord Eren Jaeger, marqués Jaeger pero…
—Yo no he dicho...
—Pero otro hombre sabrá apreciar lo que le ofrezco.
—¡Otro hombre...! —Se obligó a bajar la voz a pesar de su exasperación—. Otro hombre tomará más de lo que le ofrece. Y en vuestra inocencia no sabrá qué le arrebata.
Que la considerara inocente a pesar de todo, le produjo alivio.
—Quizá sí, quizá no. Tal vez si le ofreciera —ahora improvisaba, apuntando al azar— algo de dinero a cambio de que cumpliera su palabra...
—¿Sería capaz de pagar por...? Lady Mikasa, honestamente creo que...
—¿Acaso no pagan o reciben dinero todos los hombres por sus mujeres, ya sea en un burdel o en un altar?
Aquella realidad incontestable le molestó. No tener la última palabra le exacerbó.
—Prométame que no buscara otro hombre. Debe preservarse para vuestro esposo. Esperará a una doncella.
Mikasa se alteró, ahora. Malditos hombres arrogantes. ¿Y cómo podía amar al más presuntuoso de todos ellos?
—Esperará a una dama de buena familia que dé lustre a su apellido y con arcas abundadas para colmar sus bolsillos.
Eren se levantó y la tomó del brazo como hiciera aquella mañana.
—Prométame que se mantendrá pura hasta vuestra noche de bodas.
—Defina pureza, milord. —Y estiró en vano del brazo, tratando de soltarse.
—Prométamelo he dicho.
—¿Qué más le da?
—Es la hermana de mi mejor amigo, no permitiré que otro os mancille.
Ahora sí pudo ver la victoria en su cara, la sonrisa engreída en los labios carnosos, y supo que había sido derrotado de la manera más estúpida.
—Hágalo usted, pues. Muéstreme qué es la pasión sin mancillarme.
La soltó como si quemara.
—No haré tal cosa.
—Entonces le prometo que buscaré otro hombre y...
Eren le tapó la boca con facilidad y la tomó por la cintura pegándole la espalda a su cuerpo, inmovilizándola mientras estudiaba sus opciones. Apartó la mano cuando dio con una respuesta.
—Le contaré a vuestro padre lo que acaba de decirme. La encerrará hasta la temporada, le...
—Mi padre no le creerá. Ni siquiera mi hermano, quien se verá obligado a retarlo a duelo. Jamás lo haría .
¿Recibir un balazo de Armin Arlet? Imposible, decidió él.
—Y aun así, aunque lo hiciera, igualmente tendría que ir a la Corte a ser presentada —concluyó —Durante la temporada se lo pediría a cualquier caballero. He oído que Londres está llena de libertinos.
Si algo funcionaba bien, valía la pena repetirlo. Volvió a pegarla a su cuerpo, silenciándola, y respiró hondo. Varias veces. Pero ninguna solución llegó, así que finalmente hubo de soltarla. Se pasó la mano por la mandíbula. La miró fijamente, intentando amedrentarla, pero vio una fuerza de carácter semejante a la suya.
¿Qué querría que hiciera Arlet si su hermana acudiera a él con la promesa de deshonrarse, con él o con otro? Mataría a Arlet, claro, pero... ¿qué querría que hiciera?
Se supo vencido. Vencido y muerto si su amigo se enteraba.
—Algún día me pagará por esto, lady Mikasa.
Ella no respondió. Tenía lo que deseaba, lo que siempre había deseado aunque fuera de una forma tan indigna. Atesoraría aquel recuerdo para siempre.
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El llamado Grand Tour era un itinerario de viaje por Europa, antecesor del turismo moderno, que tuvo su auge entre mediados del siglo XVII y la década de 1820. Fue especialmente popular entre los jóvenes británicos de clase media-alta, ya que se consideraba que servía como una etapa educativa y de esparcimiento previa a la edad adulta y al matrimonio.
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