Izuku corre con todas sus fuerzas con la esperanza de perder a aquel hombre que la ha estado siguiendo desde que salió de la cafetería.

Días atrás había tenido la sensación de estar siendo acechada, pero atribuyó su malestar al cansancio y ahora se arrepentía.

El pánico crece en su interior cuando se da cuenta que él está cada vez más cerca. Tal vez tiene un quirk que le permite ir más rápido. No es como si Izuku lo supiera y tampoco quisiera averiguarlo.

Las lágrimas se deslizan sobre sus mejillas y de inmediato se desvanecen por el terrible viento nocturno que parece anunciar la llegada de una tormenta. Quiere gritar por ayuda, pero ninguna palabra abandona su garganta.

Los edificios quedan atrás y se siente más pequeña, todo da vueltas a su alrededor y sus piernas tiemblan al punto que correr ahora es casi imposible, pero no se rinde. Se aferra a huir incluso cuando la voz del hombre taladra en sus oídos por la cercanía.

Cuando está a punto de ceder, solo para suplicar por un poco de misericordia, un tirón en su mochila interrumpe sus pensamientos y sabe que está perdida.

Cierra los ojos con fuerza sin ser capaz de luchar.

No se había sentido tan indefensa desde aquel día.

Está asustada y sabe que por más que lo intente, no lograra nada.

Porque es débil.

Izuku escucha el sonido de una navaja deslizarse sobre la piel del hombre y un grito ahogado que provoca que sus entrañas se contraigan; después, el impacto de un cuerpo contra el pavimento termina con su tortura. Izuku se queda paralizada, sin saber si debe retroceder o correr hasta perderse en algún lugar de la ciudad y olvidar todo. Pero está bastante fatigada para eso y no lo piensa dos veces cuando tiene la intención de dejarse caer al piso, sin contar que sería atrapada justo antes de caer. Izuku es estrechada entre unos fuertes brazos que la retienen con firmeza contra su pecho.

Un aroma a café la envuelve y es inevitable sentirse tranquila ante tal familiaridad.

Pero su corazón sigue latiendo con fuerza y su mente hace un montón de preguntas a las que ella no conoce la respuesta. Mira hacia arriba para conocer a aquel que la ha salvado y su respiración se corta con violencia.

Sus ojos verdes se encuentran con unos de un color rubí inquietante, que la observan con la misma intensidad.

Hay algo en él que le impide apartar la vista.

Su rostro, antes deformado por el miedo, se transforma en una mueca genuina de confusión.

Y el hombre parece tan asombrado como ella.

La separa de su cuerpo con cuidado, asegurándose que todo esté en orden y ella se balancea ligeramente cuando sus brazos no están sobre su espalda. Él se aleja unos centímetros, como si temiera dañarla y ella acomoda su mochila con timidez.

No se había percatado que seguía llorando.

—¿Estás herida? —pregunta él.

Izuku niega, pero casi para sí misma; como si intentara convencerse de algo. Su voz no la recuerda, pero cala hondo en ella.

Quiere preguntar algo, pero no se atreve. Mira el piso sin decir nada, hasta que de su boca sale algo parecido a un susurro.

—¿Tú…? ¿T-Tú estas bien?

El hombre asiente, quizá un poco sorprendido por la pregunta. Y al cabo de unos segundos, una sonrisa aparece en su rostro. Izuku podría atreverse a jurar que es la primera vez que sonríe; porque a su alrededor hay un aura de vulnerabilidad envolviéndolo, una que no pasa desapercibida para ella y que por alguna razón, provoca que su corazón lata con rapidez, casi a punto de salir de su pecho.

Y aún así, Izuku sigue llorando.

No puede parar.

Ve el cuerpo inerte de su posible agresor y no puede evitar sollozar.

Cuando aquella voz rasposa la vuelve a llamar, algo se enciende en su interior. No sabe si está agradecida o más aterrada que antes.

Entonces, los temerosos y apresurados latidos de su corazón se detienen abruptamente.