Para Georgina: ¡Gracias por tu ayuda! Consigues darle forma a nuestras locuras de domingo por la tarde :)
DISCLAIMER: No soy dueña de Inuyasha, sólo de las ideas plasmadas en este fic. Al acabar el OS os encontraréis con un final alternativo para aquellos que quieran acabar con otro sabor de boca. ¡Allá vamos!
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Necesidad de aliados:
La lucha contra Naraku cada vez se volvía más complicada. Aunque la manada de Inuyasha reunía fragmentos de la esfera, ese monstruo tenía muchos más, así que se llegó a una inevitable conclusión: esta debía unir fuerzas para derrotar ese gran mal.
La primera parada fue Sesshōmaru, el hermano de Inuyasha. Por suerte él fue racional y sólo quiso imponerse como líder del grupo, cosa que la verdad no importó a casi nadie, el yōkai cuida bien de los suyos. Poco después se unió Kikyō por voluntad propia, ella había llegado a la misma conclusión que el grupo. Ahora todos juntos buscan a Kōga, con la certeza de que aceptará para tener más posibilidades de vengar a sus hermanos asesinados.
El grupo se dirige hacia las montañas del norte, hogar de los lobos, cuando aparece Naraku y la encarnizada lucha empieza. Logran hacer que este se bata en retirada muy malherido, pero antes de marcharse ensarta a Sesshōmaru con una lanza de maldad pura que desaparece al atravesarle.
- ¿Qué diablos ha sido eso? – grita Inuyasha.
- No ha dejado herida – contesta Sesshōmaru mientras se palpa–. Esto me da mala espina.
- Sango, Miroku, venid que os cure – les reúne Kagome –. Luego me iré a tomar un merecido baño a las aguas termales que hemos pasado hace un rato.
Para cuando el grupo logra asentarse y consumir vorazmente la cena ya ha caído la noche, pero Kagome ha vivido lo suficiente para aventurarse sola, siempre atenta a todo lo que la rodea. La luna brilla sobre la superficie del agua dándole un tono azulado precioso y ella se queda sobrecogida por la vista, casi temerosa de romper el reflejo en el agua. Cuando al fin se adentra suspira largamente mientras el calor relaja sus adoloridos músculos, tranquila en la seguridad de su barrera. Tras enjuagarse el jabón de su cuerpo cierra los ojos y a punto está de quedarse dormida cuando un chasquido la sobresalta.
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La manada:
El grupo se reúne alrededor de la hoguera, los niños profundamente dormidos. Hoy ha sido un día muy largo. Todos intentan mantenerse despiertos a la espera de que la miko vuelva de su baño, aunque los ojos empiezan a pesar.
Sesshōmaru se siente incómodo desde que la luna se ha asomado esa noche, y cuanto más tiempo pasa mayor el malestar. Cuando siente a su bestia desperezarse en su interior sin ser llamada por ningún instinto básico como el apareamiento o la lucha, sus sospechas se disparan. Necesita salir de ahí. Se pone en pie, desplegándose de forma fluida, dispuesto a marcharse.
- ¿A dónde vas, Sesshōmaru? – pregunta Inuyasha.
Sesshōmaru simplemente arquea una ceja, sin la más mínima intención de contestar.
- ¡Keh! ¡Haz lo que quieras! – masculla el hanyō.
El yōkai se adentra en el bosque y de pronto se siente rodeado por un intenso aroma a dama de noche. Lo que hasta ahora era una lucha por la dominancia contra su bestia, se transforma en una batalla perdida. Tal y como si se le hubiera dado a un interruptor, los dorados ojos de Sesshōmaru pasan a ser rojo sangre. La bestia lleva las riendas y tiene claro su destino.
Allí está ella, bañada en luz de luna, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha en el rostro. La bestia se acerca sigilosamente, un paso tras otro hasta traspasar la barrera de la miko. El reiki le pica en la piel y eso consigue excitarle aún más. Por más que Sesshōmaru lo intente, no consigue frenar su avance. Esta situación le resulta vergonzosa. ¡Un Lord yōkai no debería acechar a una humana! Pero el olor a dama de noche es penetrante y lo llama con una fuerza imparable, haciendo salivar a la bestia. Está a menos de cinco metros de ella cuando una rama se rompe con un chasquido bajo sus pies, pero, aunque ella se sobresalta abriendo los ojos, nada consigue romper el frenesí al que está sometido.
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En las aguas termales:
- ¿Sesshōmaru? – se extraña la chica –. Me habías asustado. Tus ojos… están rojos. ¿Te encuentras bien?
Un gruñido animal es toda la respuesta que obtiene antes de que él se abalance sobre ella, haciendo desaparecer la distancia de un poderoso salto, inmovilizándola contra el suelo en un único latido.
La bestia inhala profundamente la juntura de su cuello con su hombro, allí donde siente su pulso acelerarse. Empieza a lamer la nuca y el cuello de la muchacha, ignorando por completo tanto el pánico de ella como los intentos de tomar el control de su dueño.
El macho se aparta de ella un instante, Kagome suspira aliviada, pero Sesshōmaru sabe que no tiene el poder sobre sus actos, así que esto sólo puede ir a peor. Antes de que ella pueda terminar de incorporarse la ropa de la bestia ha volado, dejando a la vista un torso perfectamente tallado y unos músculos fuertes, con una cintura estrecha que termina en una inhumana erección. Los ojos de la chica se abren como platos y se queda petrificada.
- Sesshōmaru… – susurra. ¡Oh dios mío, esto no puede estarle pasando a ella! – Sesshōmaru, por favor…
Ni siquiera puede terminar su súplica antes de encontrarse con la cara pegada al suelo y sus caderas en alto, fuertemente afianzadas por las garras del yōkai. Coge aire para volver a intentar persuadirle, pero de su boca sólo sale un grito desgarrador acompañado de lágrimas de dolor. En un movimiento fluido la bestia ha clavado su impresionante miembro hasta la base. La penetra profundamente y sin miramientos, como si de un pistón se tratara, embiste feralmente una y otra vez. No ve nada. No oye nada. Protegidos por la barrera de ella, sólo les rodea la dama de noche. Con un rugido de triunfo descarga su semilla en el vientre de ella, se inclina sobre su pequeño cuerpo y muerde en el punto del cuello donde antes había respirado su intoxicante aroma. La marca con su yōki y, tras beber su sagre, se desploma sobre la chica aplastándola, a la espera de que el nudo de su base desaparezca mientras la sangre ruge en sus oídos, todo adrenalina, sudor, sexo y placer para él.
Ella tiene la garganta desgarrada de gritar, ha llorado tanto que no le quedan lágrimas y sus fuerzas no le dan más que para dejar escapar un pequeño gemido de dolor cuando por fin es libre de él. Se hace un ovillo, abrazándose las piernas con los brazos mientras su sangre virginal se mezcla con el semen sobre la hierba aplastada, esperando a oír cómo el yōkai se aleja. Pero eso no ocurre.
- Miko – escucha su voz. Sesshōmaru ha vuelto a ganar el control.
El yōkai suspira profundamente y Kagome siente algo fresco sobre su ardiente piel. No puede evitar el espasmo que sufre su cuerpo. Sigue aterrada, pero de alguna manera su cerebro registra la extraña suavidad con la que está siendo tratada tras el brutal asalto.
- Debemos asearnos antes de que los demás vengan en tu búsqueda.
Sin pronunciar una palabra más se dirige a las aguas termales y, de forma violenta, repasa cada centímetro de su piel. No soporta el olor a humano sobre su persona.
Cuando ella logra reunir de alguna manera sus pedazos mira hacia donde está el macho. Sus ojos son dorados. Respira hondo. Intenta darse fuerzas para, con pasos temblorosos, volver a meterse en el agua. Apenas la ha tocado cuando él sale disparado con cara de asco. Se da cuenta de que ninguno quería esto, pero ambos lo han experimentado. Eso les une de una extraña manera, pero no lo suficiente como para dejar de sentirse incómoda en su presencia. Una vez se ha deshecho del olor y los fluidos se gira hacia la orilla, encontrándose sola. Eso la extraña, pues de algún modo siente su presencia cerca. Tras secarse y vestirse se dirige de nuevo con la manada, siempre con una sombra velando sus pasos. Ahora mismo sólo quiere acurrucarse junto a Shippō y olvidarse del mundo.
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Ya han pasado unas semanas y por fin Kōga y los demás lobos se han unido a su grupo. Están todos planificando su próximo paso cuando de repente se da cuenta de algo. No ha tenido su periodo. Han pasado semanas y no ha producido ni una sola gota de sangre. Mierda.
El próximo paso para ella está claro: ir a su tiempo y conseguir una cita con el ginecólogo. Pero están tan cerca de acabar con Naraku que no se puede permitir ese lujo. Mira de reojo a Sesshōmaru, pensando en si él se habrá percatado de algo con su increíble olfato, y no sabe cuál de las opciones es la menos mala. De un tiempo a esta parte su comportamiento ha sido desconcertante.
Todo empezó, como cabe esperar, con asco y desdén por parte de él. Temor y temblor por la de ella. Pero la dinámica del grupo se impuso, la rutina se volvió un alivio, una manera de desconectar de la situación, y Kagome la abrazó como si fuera su nueva mejor amiga. No había hablado de ello con nadie. No se atrevía ni siquiera a pensarlo. Aunque la noche no era su amiga, sola bajo su oscuro manto los recuerdos afloraban.
Sesshōmaru nunca dejó su estoicismo, como si nada le afectara. Pero su sangre no le permitía estar al margen. La había marcado. Su bestia la había marcado, pero al final el resultado era el mismo. Sentía todas las emociones de Kagome como propias y, con el tiempo, le costaba cada día más verla como a una "despreciable" humana. Muchos adjetivos salían a la superficie: fuerte, valiente, amable, cariñosa. Y sabía que era alegre. Su bestia había apagado esa parte de ella, pero, por algún motivo, él quería hacerla resurgir. Ella ya no se encogía visiblemente cada vez que él estaba cerca, eso era bueno, ya que su instinto le urgía a velarla, a protegerla a todas horas. Al principio era molesto, inoportuno en la lucha, pero lo estaba empezando a aceptar.
Todo estaba tranquilo, él escaneaba los alrededores para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Sólo era el grupo planeando estrategias, pero ella había entrado en pánico.
- Kagome – susurró, probando el nombre de ella en sus labios. Ella se sobresaltó –. ¿Qué ocurre?
- No lo que tendría que ocurrir – contesta respirando hondo –. Tenemos que hablar.
Sesshōmaru se limita a asentir con la cabeza. No quiere presionarla. Estos humanos han demostrado que existen diamantes en bruto entre los miembros de su raza, pero debe proceder con cautela.
- Claro, cuando digas.
Esa fue toda su respuesta y ella sonrió agradecida. Ninguno necesitaba más.
La charla no había ido como él esperaba. Se supone que los yōkai pueden oler a una hembra encinta, pero Kagome aún está en un momento muy temprano de su embarazo. Embarazada. Cachorros. Sus cachorros. Ahora sí que el Lord del Oeste no iba a titubear.
Su relación mejoró con el paso de los días. Surgió la amistad, que dio paso al cariño, y tal vez se asomaba algo más. Entonces llegó la lucha final. Descarnada. Sangrienta. Brutal.
Decisiva.
Pasó en menos de lo que dura un parpadeo. Uno de los tentáculos de Naraku se disparó hacia Kagome. Y la habría atravesado si Sesshōmaru no se hubiera interpuesto en su trayectoria. Ni siquiera lo pensó, su cuerpo simplemente reaccionó. Salvó la vida de su compañera. Nada más importaba.
Kagome se quedó en shock. Sus vibrantes ojos azules conectaron con los dorados de Sesshōmaru y los vieron apagarse. Entonces reaccionó. Alargó sus brazos hacia el tentáculo y agarró con fuerza. Y proyectó su reiki. Todo él, sin dejarse ni una gota.
El monstruo había sido purificado y la joya, completa, brillaba de un saludable tono rosado.
Ahora sólo quedaba formular el deseo correcto. Y ella sabía lo que iba a pedir:
- Deseo que la joya desaparezca para jamás regresar.
Unos meses después, la primeriza madre dio a luz a un varón yōkai que se anunció al mundo alto y claro. Maru. Con los kanjis de verdad y vigor. Así como fuera su padre una vez.
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Final alternativo:
La charla no había ido como él esperaba. Se supone que los yōkai pueden oler a una hembra encinta, pero Kagome aún está en un momento muy temprano de su embarazo. Embarazada. Cachorros. Sus cachorros. Ahora sí que el Lord del Oeste no iba a titubear.
Su relación mejoró con el paso de los días. Surgió la amistad, que dio paso al cariño, y tal vez se asomaba algo más. Entonces llegó la lucha final. Descarnada. Sangrienta. Brutal.
Decisiva.
Pasó en menos de lo que dura un parpadeo. Uno de los tentáculos de Naraku se disparó hacia Kagome. Y la habría atravesado si Sesshōmaru no lo hubiera desintegrado con su espada. Ni siquiera lo pensó, su cuerpo simplemente reaccionó. Salvó la vida de su compañera. Nada más importaba.
Kagome se quedó en shock. Sus vibrantes ojos azules conectaron con los dorados de Sesshōmaru y se vieron. Realmente se vieron. Con las emociones a flor de piel, la fiereza, la seguridad, la confianza… El amor. Entonces reaccionó. Alargó sus brazos hacia un nuevo tentáculo y agarró con fuerza. Y proyectó su reiki. Todo él, sin dejarse ni una gota.
El monstruo había sido purificado y la joya, completa, brillaba de un saludable tono rosado.
Ahora sólo quedaba formular el deseo correcto. Y ella sabía lo que iba a pedir:
- Deseo que la joya desaparezca para jamás regresar.
Unos meses después, la primeriza madre dio a luz a un varón yōkai que se anunció al mundo alto y claro. Toga. Así como su abuelo, ya que, si no hubiera tenido a estos dos complicados a la vez que maravillosos hijos, esta historia jamás se habría podido dar.
·
FIN
