Disclaimer: Todo a Gege Akutami.
N/A: Wow, me bastó ver y leer JJK para que el SukuFushi me hiciera romper el hiatus que estuve manteniendo por casi más de un año. Su poder es impresionante. Btw, este es mi primer fanfic con ellos y por lo mismo decidí hacerlo todo muy idealizado y no tan oscuro como inicialmente quería hacerlo. El resultado me gustó. En fin, si alguien decide leer esto, ¡muchas gracias!
Como advertencia esto si entra en (+18). Aquí hay sexo no explícito, pero está allí y se nota.
Enjoy!
Aliquem ex animo amare
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En el tercer encuentro, cuando el ángel al fin cede, Sukuna cree que está corrompiendo a Megumi porque quiere y porque puede. Los gemidos demandantes del ángel valen la pena. No hay nada más que pensar. Sukuna toma al ángel de una manera brusca, se siente bien como acepta todo lo monstruoso de él, sin arrepentirse de su decisión, sin pedirle que se detenga. La inocencia de Megumi es arrebatada con un consentimiento desacostumbrado, incluso si hay sangre y dolor de por medio.
Sukuna se abre paso en su interior y el ángel, aunque está inmerso en lágrimas, le pide que continúe. Se aferra a sus corpulentos hombros sin dejar de suplicar, sin dejar de gemir con su voz paradisíaca.
—Suku-Sukun-a…
Sukuna queda prendado.
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En el cuarto encuentro, el demonio está demasiado extasiado porque Megumi decide besarlo primero. Un beso inexperto que deja rastros de saliva y enciende el insaciable deseo de Sukuna.
La corrupción es palpable en la punta de su pequeña lengua, en el extremo de su goteante erección, en sus suaves y calientes paredes internas, en sus aréolas blancas como la nieve. Todas y cada una de ellas, anhelantes de su tacto. El demonio se toma su debido tiempo para saborear cada uno de estos festines impregnados en el delicado cuerpo del ángel.
—Eres exquisito, Fushiguro Megumi.
Cada rincón de Megumi es delicioso y Sukuna no le niega el permiso para volverlo a ver la noche siguiente porque, resulta que la criatura no es solo una cara bonita, sino que su capacidad de persuasión es abrumadora, fascinante.
Ya sabe de sobra que su pequeña bendición es una caja llena de sorpresas.
El demonio se vuelve adicto a un ángel excepcional.
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En el quinto encuentro, Megumi suspira su nombre antes y después de entregarse a su endemoniado abrazo. Sus cuerpos enredados yacen en el suelo, junto a las ropas rasgadas del ángel. La tela blanca se suma al montón de evidencia que tiene que esconder de su guardián Gojo. No es el primer atuendo, ni el último.
El demonio acaricia el oscuro cabello errático que todavía está pegado en la frente sudorosa de su ángel, es el rastro más evidente de su intensa copulación, además de los fluidos adheridos en sus muslos.
Ah, sí tan sólo su gentil Dios o su inmaculado guardián pudieran verlo ahora, tan arruinado, tan alejado de la redención, tan hermoso-
No, de ninguna manera.
La posesividad del Rey Demonio no debe ser tomada a la ligera. Sukuna no va a permitir que alguien más vea a su ángel en este estado. Es un paisaje concedido a él, solamente a él.
Ryomen Sukuna está obsesionado con un ángel.
Megumi conoce al demonio en una tarde solitaria, cuando faltan unos minutos para que los ángeles de rango superior cierren la puerta que divide el cielo del infierno. El ángel está allí por una simple razón: El puente divino es el mejor lugar para apreciar como el cielo cambia sus tonalidades claras para que, luego, se convierta en un espectáculo nocturno de púrpura y negro. Es un evento que nunca falla en capturar toda su atención, tan es así que decide darle la espalda a la puerta dorada sin cerrar.
No es la primera vez que hace eso, pero Megumi no cuenta con la intrusión repentina de Sukuna.
Cuando descubre una presencia extraña sentada a su lado, ya es tarde. La armonía del ambiente se quebranta en un santiamén.
—¿Qué hace una belleza cómo tú aquí?
Aquella voz es aterciopelada y peligrosa. Las enseñanzas brindadas por sus compañeros, por su guardián, le permiten deducir de que criatura se trata. No es una tarea compleja, no cuando la insensatez del ángel le hace creer que estar lo más cerca que puede del infierno es una proeza sin riesgos.
Demonio.
Megumi se levanta de inmediato sin mirar atrás, no obstante, la mano que toma una de las suyas es firme.
—¿Te vas tan pronto, sin decirme tu nombre? —Murmura el desconocido ser, casi ronroneando de gusto por atrapar una nueva presa.
El ángel suspira con profundidad antes de voltearse. La situación requiere un plan adecuado para librarse de su mala suerte y-
Y… no espera encontrarse con un hombre —no, demonio, es un demonio— atractivo, por decir lo menos. Megumi repasa en su mente que así son estas criaturas. Su apariencia "humana" es llamativa a la vista. Una fachada nada más.
—¿Oh? ¿Te gusta mi apariencia? —Exclama el demonio mientras se pasa la mano libre por sus cabellos rosas.
Una sonrisa afilada dibuja su rostro y Megumi la observa con indiscreción.
Así es como las mejillas del ángel se encienden por dos cosas, por ser atrapado en el acto blasfemo de admirar a un demonio y también por olvidar que los demonios pueden escuchar los pensamientos.
Cuando quiere ocultar su vergüenza, con ayuda de su brazo izquierdo, el hombre sostiene dicho brazo para dejar su rostro libre, expuesto ante los cuatro rubíes amenazantes.
Abatido, el ángel decide no oponer resistencia y su voz sale más controlada de lo esperado.
—Fushiguro Megumi.
Los rubíes se expanden en asombro.
—Fushiguro Megumi —repite el demonio.
Luego viene el silencio. Un silencio que Megumi encuentra demasiado incómodo. La roja mirada no deja de recorrer su cuerpo entero de arriba hacia abajo, examinando cada rincón visible, como si quisiera ver a través de las túnicas blancas que cubren su pudor.
El ángel traga saliva. No hace falta una gran imaginación para intuir lo que el demonio desea obtener de él.
—Je, ¿y qué se supone qué estás haciendo aquí, Fushiguro Megumi?
El corazón del ángel se detiene, pero su boca ya está predispuesta a contestar.
—Vine a ver el cielo.
El demonio ladea la cabeza.
—¿Qué tiene de especial el cielo?
Megumi parpadea lentamente, cuestionándose todo lo que está pasando, pero, de nuevo, sabe que es prudente seguir contestando.
—Me gusta ver el cambio del día por la noche.
El demonio parpadea de vuelta, antes de echarse a reír.
El corazón de Megumi se salta un latido y sus mejillas vuelven a ruborizarse.
—¿Qué hay de divertido en eso?
Es allí cuando Megumi nota, por primera vez, la marca que hay dentro de la lengua del demonio, tan visible como el resto de las marcas que adornan su cuerpo semidesnudo. Unas líneas negras, trazadas de un modo que denotan el rango superior del demonio, el cual, por cierto, ya empieza a apagar su aparatosa carcajada.
De manera inconsciente, el ángel contiene la respiración.
—Mucho. ¿No te has visto? Una belleza andante como tú… interesado en banalidades que no se comparan contigo, ja… y yo que creía que tenías toda la intención de molestar mis dominios.
¿Dominios?
Dejando de lado el extraño comentario de su apariencia, Megumi sabe que el demonio está fisgoneando en sus pensamientos. El susodicho está a punto de volver a reírse de su inocencia, justo cuando las facciones angelicales se contraen en realización.
—Eres Ryomen Sukuna.
El tono de afirmación provoca un sonido de aprobación por parte del demonio. El ángel no tiene tiempo para digerir la información. De todos los demonios que pueden decidir molestarlo, se cruza con el más peligroso, el famoso Rey Demonio.
Necesito pedir ayuda y-
—Y tú eres fascinante, Fushiguro Megumi.
¿Eh?
El constante discurso de Sukuna mantiene a Megumi confundido, pero es el último acto que comete el demonio lo que lo deja paralizado.
Las trompetas de los ángeles con rango superior empiezan a sonar en la lejanía y Megumi sabe que debe irse. Sus pulmones liberan el aire que está conteniendo, nada más para darse cuenta de que su mano —aún aprisionada— se ha alzado a la altura de aquellos labios peligrosos.
—Nos veremos de nuevo, Megumi —le promete Sukuna sin dejar de mirarlo a los ojos, sin parpadear, y sin la intención de perderse el espectáculo viviente en las enigmáticas pupilas expandidas del ángel.
Es una despedida que termina con un beso, uno que es depositado —con increíble gentileza— en el dorso de su mano.
El contacto de esos labios ajenos quema, traspasa la piel y los huesos hasta que la sensación parece convertirse en lava infernal, lava que comienza a transitar por sus venas. Megumi no puede evitar estremecerse, su piel afectada sufre un cosquilleo cuando al fin es liberada del agarre. Un centelleo de uñas negras que se alejan junto al demonio que no deja de sonreírle.
De ese modo queda abandonado en el puente con un rubor evidente, imposible de esconder.
La calidez de los labios del demonio se sigue sintiendo mucho después, inclusive cuando los ángeles llegan y reprenden a Megumi.
Para entonces, el cielo ya está adornándose con la primera estrella.
Nadie le había dicho antes que es fascinante, al menos no así. Es cierto que es considerado un gran potencial para convertirse en un ángel prometedor. Nanami a menudo elogia su pureza y firmeza al hacer las cosas y tomar decisiones. Mientras tanto, Gojo tiende a hacerlo de forma burlona y sus únicos amigos tienden a seguir al arcángel. Nada de qué quejarse, él sabe que ellos tampoco dudan de su potencial y cuando están de humor, realmente no tienen ningún problema en comunicárselo.
A diferencia de ellos, el Rey Demonio llega como si nada y lo dice de una forma tan directa, con coquetería. ¿Cómo es qué Megumi cree en eso?
Tal vez quiere saberlo, o tal vez no, pero la curiosidad se impregna en él, empieza a fermentar la semilla del interés.
Una atracción peligrosa comienza a cimentarse.
La promesa se cumple más pronto de lo que cree. Siete días exactos. Ocurre en el mismo lugar, en circunstancias similares y con el mismo desenlace sólo que, esta vez, el beso adorna la mejilla derecha del ángel. Megumi no se opone a nada de eso y bueno, a decir verdad, no sabe que está haciendo, ni siquiera sabe porque vuelve al puente para empezar. Es patético y vergonzoso. Un ligero cumplido es suficiente para hacerlo actuar de una manera tan irracional e infantil. ¿En dónde está su dignidad?
Lo peor es que tampoco le ha contado a Gojo y mucho menos a sus amigos ángeles, Nobara y Yuuji.
Un grave error, pues no es muy común que un ángel cualquiera llame la atención del Gran Rey Demonio.
—Deberías de admitir que te gusto, Megumi.
El ángel chasquea la lengua y niega con la cabeza mientras frota la mejilla afectada. El adorable rojo de su rostro se vuelve una distracción que Sukuna disfruta en exceso.
—No sé de qué hablas —contesta con fingida frialdad, rodando sus atractivos ojos hacia arriba.
—Yo creo que si lo sabes —lo molesta el demonio, acortando la distancia que hay entre ambos.
—Creo que estás exagerando, solo nos hemos visto dos veces, apenas y nos conocemos—ataja Megumi.
—Siempre podemos vernos otra vez, si eso es lo que quieres.
El corazón de Megumi salta sin control en su caja torácica, sobre todo cuando la mano que está sobre su rostro es tomada y entrelazada con una de las manos del demonio, y su calidez es bienvenida por ser demasiado agradable.
En ese breve instante, se olvida por completo de su racionalidad y de su estatus. Se olvida de lo más esencial y sus emociones son incontrolables. La barrera invisible de pureza se empieza a derribar sin que el ángel lo perciba con claridad, le enseña lo que es hablar sin pensar.
—No entiendo, ¿cómo sé qué no estás jugando conmigo?
Sukuna se ríe por un momento, pero luego se queda en silencio.
El ángel se queda expectante, esperando que no haya cometido un error.
—Sé que no confías en mí, tienes varios motivos para no hacerlo —contesta Sukuna con seriedad, pausando un instante, pensativo.
Megumi vuelve a esperar mientras se muerde el labio, dándose cuenta de que le importa. No puede negar que esta repentina relación está surgiendo sin impedimentos y eso no está bien, ni es correcto, pero no puede evitarlo. La extraña conexión con Ryomen Sukuna se siente natural. Le aterra admitirlo, pero es lo que es. Hay un antes y un después de conocer al Rey del Infierno en tan corto periodo de tiempo. Sus pensamientos divagan más de lo usual y cada vez que sale a los jardines cerca de su hogar para sentarse a leer, el anhelo de acelerar el día para ir al puente es una tentación. Una tentación que vence seis veces.
La peligrosa e innombrable tentación se siente tan normal como su inapagable curiosidad. Una emoción que nunca debe existir en un ser de luz. Se supone que así debe de ser. Así tiene que ser.
Sukuna no agrega nada más.
Megumi cree que eso se debe a lo que sus escandalosos pensamientos han formulado en su mente.
En lugar de conversar, se limitan a ver como el cielo es atrapado por los colores nocturnos. Sus manos no se sueltan durante todo ese lapso, pero tampoco es un momento extenso. Otra vez Megumi no se deshace del calor y ahora, una especie de nudo extraño se ha formado en su estómago.
Sukuna no se despide del mismo modo que la vez anterior, ni siquiera anuncia su partida. Basta con decirle al ángel que ya es de noche y cuando Megumi quiere decirle algo, el contacto físico desaparece y el demonio ya no está a su lado.
A partir de ese momento, conoce lo que es sentir ansiedad por la incertidumbre. Otro sentimiento prohibido para alguien de su naturaleza.
Sin embargo, pese a todo, Megumi vuelve a buscarlo. Es un evento que no se puede detener, no cuando las emociones positivas son depuestas por deseos egoístas.
Los días infestados de inquietud, las noches en las que el sueño no es posible, ambos lo empujan a un camino rocoso, lejos de lo idóneo. Megumi cree que se está volviendo loco. No hay paz en los libros, no hay paz en las tareas que Gojo le asigna, no hay paz en sus ratos libres con Yuuji y Nobara y los peores ratos ocurren cuando su mente merodea sola, cuando sus pensamientos giran alrededor de su último encuentro con Ryomen Sukuna.
Sé que no confías en mí, tienes varios motivos para no hacerlo.
El sentimiento que lo invade es terrible, se siente como si le aplastaran el pecho y la privación del aire es tan real. Su mente es frágil, muy frágil, basta con recordar la vívida memoria del demonio, con aquel extraño tono de voz, con ese silencio confuso. Su moralidad le insiste que no tiene razón para sentirse de esa forma. No cuando la pena es causada por el Rey Demonio. Un ser que no es capaz de reciprocar sus sentimientos pero que, de alguna forma, tampoco le parece falso.
Es allí cuando Fushiguro Megumi conoce la culpa. Una emoción más que, se supone, no debe de sentir.
No hay duda de que ese sentimiento es el último empujón que requiere para dejar que la corrupción se adueñe de él.
Megumi es consciente de su transición.
La realización más espantosa de todas, pese a que sus alas todavía no han nacido y la corrupción no se puede ver físicamente en las plumas, no es nada más que el hecho de que al ángel no le importa. Al menos no como debería. No cuando sus sentidos le imploran una solución a un problema que no comprende.
Transcurren otros siete días para disponerse de coraje, armar un plan e ir a una hora inapropiada. Su desesperación, ansiedad y anhelo han envenenado su pureza, la envenenan al grado de hacerlo tomar decisiones como robar la llave de la puerta divina. Una innecesaria imprudencia. Como si la idea de esperar un día más le pareciera insoportable
En definitiva, Megumi no sabe lo que está haciendo.
Y el precio por actuar impulsivamente, tiene sus consecuencias.
Así es como Sukuna lo encuentra inconsciente. El demonio se retuerce entre su primer par de brazos. El olor a sangre impregna el aire y Sukuna puede ver el rojo en su visión. Un rojo enfurecido por ver a su precioso ángel en el suelo. Los rasguños, pese a ser leves, son prominentes en su inmaculada piel.
—Te atreves a tocar lo que es mío —sisea, apretando un poco más la garganta del demonio con rango inferior.
Los innumerables ojos amenazan con saltar de las cuencas y Sukuna no lo piensa dos veces. Después de aplastar la tráquea de aquel ser despreciable, el cuerpo inerte es arrojado sin el más mínimo cuidado. Un contraste impresionante cuando se acerca al ángel para examinarlo de cerca.
Los mismos brazos que toman una vida, son los mismos que tratan de preservar a Fushiguro Megumi.
El chico despierta en una cama reconfortante, la calidez es agradable contra su cuerpo, al igual que la sensación de lo que parecen ser hojas medicinales atendiendo sus heridas. El aroma lo marea, provocando que su cabeza se ladee hacia el lado derecho.
Sus ojos comienzan a abrirse despacio, pasan minutos considerables antes de ajustar su visión y encontrarse, directamente, con la templada mirada de Sukuna.
Ninguno se dice nada, se limitan a mirarse y Megumi se esfuerza por no hablar primero.
El peso de sus acciones cae de golpe, sabe que lo que ha hecho le va a traer problemas de una u otra forma. Y tras pensarlo demasiado, su boca se abre, pero no emite ningún sonido. No sabe cómo empezar. A juzgar por los alrededores y la presencia del Rey del infierno, el ángel supone que lo han salvado.
—¿En qué estabas pensando, Fushiguro Megumi?
La boca del ángel se cierra tan pronto escucha la manera en que Sukuna llama su nombre completo. Como si lo estuviese regañando.
Sus mejillas se calientan en reconocimiento.
—Yo… —intenta justificarse sin encontrar alguna excusa.
Lo único que le queda es decir la tormentosa verdad y no sabe si está listo para ello.
—¿Qué verdad?
Megumi se cohíbe por un instante, pero luego recuerda lo que ha hecho y la razón por la que lo ha hecho y una punzada de molestia recorre su pecho. Esto provoca que, en un acto de coraje, tonifique su voz a un modo más serio.
—¿Podrías dejarme pensar tranquilo?
El silencio, ya tan común entre ellos, se adueña de la habitación, sin ser del todo incómodo, pero la impaciencia de Sukuna rompe la paz momentánea con una corta y asertiva respuesta.
—Bien.
El ángel suspira de alivio, pensando a gran velocidad para ir formulando una respuesta sincera ya que, a pesar de tener la moralidad comprometida, sus principios y tratos hacia otras personas —otros seres— se encuentran estables.
—Quería verte —comienza con una convicción que se difumina en un hilo de voz.
Más silencio.
Las manos de Megumi se aferran a las sábanas blancas.
—Robé la llave de la puerta, crucé un poco el lado del infierno, llamé tu nombre y luego llegó ese demonio…
—¿Por qué?
Megumi siente una gota de sudor recorrer su mentón, sus manos se aferran con más fuerza a las finas telas. Sabe que lo que está a punto de hacer, lo va a llevar a lugares comprometidos e inadecuados para su estado como ángel, aunque, de nuevo, ya ha cruzado varios límites, ¿qué más da cruzar uno más?
—Quería verte porque te extrañaba Sukuna… lo siento…
Por preocuparte es omitido.
Con cada palabra articulada, se va formando un nudo en la garganta del ángel, pero el aire que contiene allí se escapa en un jadeo, cuando Sukuna, en un abrir y cerrar de ojos, se ha colocado encima de él. Es un sencillo movimiento que lo mantiene aprisionado sin aplastar su cuerpo. Entonces, Megumi conoce la verdadera forma del demonio. Es una apariencia similar a la menos controversial, con el mismo número de ojos, solo que está vez, Sukuna tiene cuatro brazos y una máscara que asemeja un segundo rostro, además de que el tamaño aumenta formidablemente. El ángel luce diminuto en comparación.
—Ten cuidado con lo que dices, Fushiguro Megumi.
Y Megumi tiembla al oír la gravedad de aquella voz tan atrayente.
Es allí cuando percibe, por primera vez, lo que es el alivio. Uno que se adueña de la parte baja de su abdomen para deshacerse del desagradable nudo ansioso resguardado por días y días en agonía. Sentimientos que se disuelven con mirar al demonio encima de él. Tan imponente, tan aterrador pero que, pese a todo, sin intención de lastimar a Megumi. El deseo hace que su cuerpo se crispe de satisfacción.
La atracción que empieza siendo sentimental se vuelve algo más físico, más instintivo. Y sin ser sorpresa, al ángel no le desagrada ese hecho. Es tan fácil dejarse llevar.
Fushiguro Megumi quiere conocer más al respecto.
—Es la verdad —alcanza a murmurar, justo antes de acortar la distancia y permitir que un seductor aroma a incienso inunde sus fosas nasales.
Sus sentidos se pierden con cada centímetro perdido y algo nuevo surge de su interior, el alivio se transforma en entusiástico fervor.
Y Megumi quiere más.
El chico invade el espacio del Rey del Infierno, lo hace a consciencia, muy a diferencia de sus otras decisiones. El ángel quiere estar cerca de él y le es fácil admitir que no le molesta su forma original, muy en el fondo, espera que sus ojos puedan transmitir la impaciencia y la ansiedad que está sintiendo en ese instante. Son emociones que se entremezclan con el agradecimiento que siente porque Sukuna, el Rey del Infierno, lo ha salvado. El agradecimiento aflora de su pecho, y la emoción es genuina, brota de los rastros palpables de su angelical naturaleza. Por ello, la verdad nace de sus labios expectantes como una condena irrevocable y llena de rendición.
—Tenías… tenías razón. No sé qué me hiciste, pero no he podido dejar de pensar en ti. Dijiste que yo era fascinante. Me has salvado cuando podrías haberme dejado morir y yo-
El incienso intoxica su boca virgen, un choque desesperado de piel y dientes punzocortantes que toman cada roce de piel suave, cada bocanada de aire. Es así como Sukuna le arrebata su primer beso. El primero de muchos que son sofocantes e inusuales, de esos que amenazan al ángel con engullirlo por completo si se descuida.
Megumi descubre más adelante que no le molesta la idea.
El demonio deja escapar un gruñido de aprobación cuando Megumi le otorga el acceso adecuado hasta convertir el beso en un intercambio más íntimo, un beso que permite enroscar su lengua a la más pequeña y dulce. Las manos pálidas recorren los rostros posesos de un demonio hambriento, los acuna con una euforia inexperta e inapropiada. La confianza al hacerlo es aterradora, pero el ángel siente el aguijón del deseo desconocido. Por ello, deja escapar un gemido que Sukuna devora demasiado pronto.
Megumi apoya sus piernas en la cintura del demonio, intenta rodear aquel cuerpo con estas, pero su diferencia en tamaños le impide sostenerse apropiadamente. En este punto, no le importa que el dolor fresco de sus heridas superficiales le palpiten, no le puede interesar cuando Sukuna se inclina más y más, hasta que no hay ningún espacio entre sus cuerpos, hasta que la falta de oxigenación intensifica su deseo.
—Sukuna… —jadea el ángel, la abrupta articulación provoca un sonido húmedo que proviene del obsceno beso.
Como evidencia, un ligero hilo de saliva conecta su boca con la del demonio.
—Tus heridas —el demonio recuerda, tocando delicadamente las hojas que todavía se enganchan a la piel en proceso de curación.
Megumi no pierde la oportunidad de apreciar aquellas manos que cubren todo el ancho de sus piernas.
—No son tan graves —el chico insiste, quitándose las hojas él mismo y arrojándolas al aire, en un acto de persuasión.
Megumi vuelve a acercar su rostro, completamente enviciado y deseoso de más. Una vez que prueba lo prohibido, no tiene la fuerza moral para detenerse. Sus pupilas dilatadas, acompañadas de aquellos labios atacados por los dientes del demonio, son un agasajo visual. Su cuerpo se acomoda a la perfección en el más grande, la fricción es deliciosa. Una ligera sacudida le hace tocar esa parte de su cuerpo, la que está oculta en sus delgadas capas de ropa tan blancas con ligeros toques de sangre seca y fresca, aquella que se siente mejor contra la del demonio. Es más grande, más imponente y a Megumi le provoca tanto temor como excitación. Otra sensación añadida al interminable repertorio de emociones clandestinas. Las que Sukuna le ha enseñado desde el primer momento que se encontraron mutuamente.
El demonio intenta contrarrestar la arrolladora habilidad del ángel para hacerlo sucumbir con él, es una delgada línea entre lo que desea y lo que debe de hacer. Ni siquiera sabe cómo es que, de los dos, es Sukuna quien tiene un poco más de cordura. Al menos para este punto, cuando sus sentidos están al borde de la perdición sin retorno.
Quizás es la experiencia, o quizás sólo es la incredulidad de ver a una criatura tan hermosa y dispuesta a entregarse a su merced.
Sukuna acaricia el rostro del ángel y éste suspira en anticipación. Los labios del demonio se abren ligeramente para humedecer sus labios con la punta de su lengua. Jamás pensó que Megumi vendría a él, jamás creyó que el ángel estaría dispuesto a entregarse a la corrupción de esta forma. No tan rápido, no de una manera tan hermosa, pero Sukuna trata de convencerse de que todo va acorde al plan y el deleite de ser sorprendido es apreciado.
Su lado más primitivo le exige que deje de ser tan sentimental y gentil. La belleza que tiene está más que lista y él, como el Rey absoluto, puede hacer lo que quiera con su disposición. Sí, suena tan simple, tan fácil, ¿pero es lo que Megumi quiere en realidad?
Patético.
Jamás ha sido considerado con un potencial compañero. Las violaciones no son violaciones para él, ¿y por qué lo tendrían que ser? Él no es un ángel, no es una criatura divina y pura, ni tampoco es un humano. No hay moral posible para detenerlo. Como líder, puede hacer lo que desee. Su posición, su poder, todo lo que tiene, le da la autoridad.
—Sukuna… Sukuna… —Megumi lo llama, silenciando sus desastrosos pensamientos.
Las caderas del ángel se mueven contra su entrepierna, la hinchazón de su miembro es difícil de contener en sus ropas negras y ya no puede soportarlo. Resignado, coloca las palmas de las manos a la altura de los hombros de Megumi, inclinándose para susurrarle al oído:
—Una vez que empiece, no voy a detenerme. ¿Lo entiendes?
Y su adorable Megumi aferra sus piernas a su cintura al mismo tiempo que coloca las manos alrededor de su cuello como respuesta, no sin antes manifestarle lo que quiere con una claridad palpable, abandonada al placer, sí, pero con un aire de determinación irresistible.
—No quiero que lo hagas.
Sukuna se pregunta entonces que es lo que ha hecho para merecer a una criatura tan perfecta, y también se pregunta si dicha criatura, con semejante apariencia inocente, no es en realidad un demonio mucho peor que el Rey del Infierno.
Al final se convence de que no es el caso y que esto es lo que quiere. Es una verdad a medias, pero es aceptable. Una vez que Sukuna termine con el ángel, no hay marcha atrás. Fushiguro Megumi es y será suyo, le guste o no.
Por su parte, Megumi está en un trance dichoso y de repente no comprende cómo es que sus compañeros del cielo reniegan de las emociones carnales. Es otra idea peligrosa, sin embargo, el ángel ya ha cruzado esos límites de honradez. La gratificación de hacer obras para los demás es buena, nunca ha tenido una queja de eso.
Ahora que conoce la gratificación para sí mismo, ya no está tan seguro de preferir la anterior. Si bien la primera solo le otorga emociones positivas, la segunda empieza con dolor. El dolor es malo, eso es lo que le han dicho siempre. El ángel lo cree también hasta cierta extensión, pero nunca nadie le dijo que ese dolor podía convertirse en un placer glorioso.
Sukuna le enseña eso, se lo describe y Megumi no puede hacer otra cosa que jadear y recibir esas lecciones.
—Eso es bendición, así es como se siente, ¿te gusta?
Las uñas del ángel recorren los tatuajes en el pecho del demonio y su cuerpo entero se estremece cuando escucha el sobrenombre que el Rey Demonio le pone.
Megumi conoce la aprehensión del poder. Uno que intensifica la sensación amena de que, pese a las dificultades, al fin sabe lo que es tener a Sukuna dentro de su cuerpo.
—¡Ah! ¡A-allí! —Exclama cuando las embestidas dan inicio hasta tocar un cumulo de nervios que inducen a la espalda de Megumi a arquearse.
El placer es más intenso en ese lugar y el demonio sigue llamándolo con ese alias tan simbólico, como si el ángel efectivamente representara un ascenso celestial al cielo que Sukuna nunca podrá tocar.
—Megumi, mi bendición, te sientes muy bien, tan apretado, tan caliente.
Aunque el ángel está absorto en su propio placer, puede jurar que percibe la devoción en lo que el demonio le está diciendo y, por ello, su cuerpo recompensa a Sukuna con un estrujón opresivo. La delirante sensación llega al grado de hacerle creer al ángel que el demonio jamás podrá salir de su interior.
—Joder, vas a arrancármelo si sigues así...
La voz del demonio es penetrante y su pecho acelerado demuestra que su respiración es tan inestable como la de Megumi, quien siente la presión en su abdomen cada vez más insoportable, se siente como si quisiera liberar algo de su rigidez sobresaliente y no está seguro de ello hasta que Sukuna da otro empujón acertado y entonces, su visión se vuelve blanca.
—Eso es, déjalo salir, bendición. Demuéstrame lo bien que te sientes.
Y Megumi lo hace.
Esa noche aprende lo que es suplicar por el deseo carnal que Ryomen Sukuna puede darle y aunque las consecuencias pueden ser severas, se siente dispuesto a repetir lo que ha hecho. La gratificación carnal no tiene punto de comparación. La audacia que se adueña de sus sentidos se complementa con su cautela.
No quiere que nadie le arrebate esto.
Sukuna está seguro de que Megumi no vendrá hoy. Ya sea por una situación u otra.
De haber conseguido ocultar su travesura, es probable que su moralidad angelical le haya hecho entrar en razón. Y si no es así, de seguro su guardián lo ha recluido lejos de las garras del Rey Demonio.
Es una lástima.
Quiere creer que no le importa y que la diversión, a pesar de ser buena, no es para siempre.
Pero el demonio espera de todas formas, sentado al borde del lecho que ha reservado en el purgatorio.
Es la misma habitación de la noche anterior, la misma en la que conoce el cuerpo gratificante de Fushiguro Megumi, y es el único espacio que tanto ángeles como demonios pueden compartir sin una consecuencia tan grande. Una precaución.
Si los ángeles duran demasiado tiempo en el infierno se corrompen y si los demonios se atreven a cruzar el umbral del cielo, se queman instantáneamente.
Sukuna, por su rango y posición, es capaz de soportar la quemazón, lo suficiente para reclamar a Megumi, pero su consideración innecesaria por el ángel lo lleva a actuar de una forma considerada… otra vez.
—Sukuna.
El demonio responde al llamado con demasiada rapidez, pero Megumi es más rápido y cuando sus brazos se extienden para recibir al ángel, una boca demasiado ansiosa lo toma desprevenido.
Entonces el contacto se rompe y Megumi le informa que no ha sido descubierto. Una media sonrisa ilumina su precioso rostro. Sukuna no puede dejar de mirarlo.
Pero la dicha que el Rey Demonio siente con aquella noticia pasa desapercibida. Justo ahora, su prioridad es volver a sentir la frialdad de aquellos labios sonrosados por la divinidad.
Desde ese momento, los encuentros no cesan. Sukuna lo toma por segunda ocasión y Megumi vuelve a aceptar todo hasta que no puede moverse más.
La habilidad del chico para ocultar su secreto es admirable para un demonio como Sukuna —quien se jacta de tener el miedo necesario para ocultar su enredo con el ángel— no obstante, tener que doblegar su manera de ser porque Megumi se lo pide, ya se está volviendo una costumbre para él.
Las noches que pasa junto a Sukuna le enseñan muchas cosas. Con cada una de ellas, Megumi no puede sentirse arrepentido, ni indeciso.
Allí tiene la oportunidad de aprender lo que es devolver el mismo placer que el demonio puede darle. Requiere de una paciencia que —para su propia incredulidad— es otorgada sin problemas. La inexperiencia se compensa con el entusiasmo y la gratificación es tan grande, tan perfecta. Megumi acaricia las marcas de dientes que adornan su abdomen mientras piensa en todo eso.
Lo mejor es que ni siquiera se trata solo del placer físico porque, si bien es una de las principales razones por las que se sigue viendo con el demonio, Megumi descubre otras cuestiones. Descubre lo que es expresarse sin restricciones. Sukuna es un ente burlón, pero cuando Megumi le habla de sus lecturas, de su obsesión con el cielo, de sus paisajes favoritos y el árbol de manzanas que resulta ser su lugar favorito para pasar el rato, el demonio lo escucha con atención.
Nunca nadie ha hecho algo tan simple por él.
De haber sabido que iba a terminar así, le habría gustado conocer al demonio un poco antes.
Un hecho en el que no puede divagar un poco más, no cuando su tren de pensamiento se ve interrumpido con la única pieza epidérmica que está sobre las sabanas de su propia habitación.
Su cuerpo se incorpora con lentitud para observar mejor y estirar su mano. El tacto suave contra el liviano objeto emplumado, le confirma que esta evidencia de su corrupción, lo va a obligar a tomar una decisión. Una de la que no se siente tan atemorizado.
Eventualmente tenía que pasar. Los secretos de esa magnitud no pueden ocultarse por mucho tiempo y Megumi solo puede esperar que las cosas salgan bien.
Para el sexto encuentro hay una sorpresiva confesión, pero es una muy sincera. Sukuna encuentra irónico que Megumi sea capaz de hablar de esa forma frente a él. Palabras tímidas que salen de la misma boca que suele gritar su nombre entusiasmadamente, la misma que no se cansa de adornar su piel entintada con tatuajes temporales y obscenos, la misma que está aprendiendo a satisfacer al demonio.
Sí, Fushiguro Megumi nunca deja de sorprenderlo.
—Sé que a ti no te afecta y que es más peligroso para mí, pero yo… yo en verdad quiero estar contigo.
Una de las diminutas manos viaja a su segundo rostro y, por la mirada expectante que le otorga, el demonio sabe que Megumi espera una respuesta concisa.
Sukuna sonríe de inmediato y decide transmitir la calidez de sus labios contra el dorso de aquella mano tersa como una confirmación y una aprobación, pero la aceptación es interrumpida por la expresión sombría del propio demonio.
—¿Sabes lo qué eso implica, no?
La manzana del ángel se desliza de arriba hacia abajo por su garganta y Sukuna tiene que suprimir la necesidad de querer morderla. Megumi ha sido claro con él al respecto de no marcarlo en lugares comprometedores.
Su ángel le habla tantas veces de las manzanas que hay en el jardín paradisiaco. Su descripción del aroma y su apariencia suculenta son las dos cosas que más escucha de aquellos labios sugestivos. Oh, la ironía. Sukuna no duda de su buen juicio, pero tiene que desacreditar un poco a su bendición cuando insiste que son las manzanas más apetecibles que pueden existir.
—Lo sé, pero ya tomé mi decisión —puntualiza el ángel.
Sukuna está encantado con ello, por lo mismo, renuncia a la idea de que Megumi es sólo una diversión para él. Aceptarlo es fácil y eso no le incomoda como quisiera.
—Muy bien, no puedo esperar a ver como tu guardián pierde la cabeza.
Megumi suspira y niega con la cabeza, pero el sonrojo en sus mejillas delata que está tan emocionado como él. Un atisbo de malicia que revela su actual estado moral.
—Lo aceptará. De todas formas, no puedo remediar lo que he hecho y aunque quisiera, no lo haría. Solo espera, Sukuna.
Su enamoramiento con el ángel ya no tiene remedio, por eso muerde su lengua para evitar hablar de lo impaciente que es, pues prefiere regocijarse en la expectativa que se le está imponiendo.
—Muéstrame, Fushiguro Megumi.
La primera vez que nota al ángel, Sukuna está obsesionado con la idea de verlo gemir debajo suyo e incluso, considera el rapto como una opción viable. Después de todo, es la estrategia que nunca le falla. Pero, por alguna extraña razón, descubre casi de inmediato que quiere tomarse su debido tiempo con el curioso ángel. Sí, la curiosidad es el primer paso para cambiar su método de seducción. En todos sus siglos como gobernante, es la primera vez que un ángel de bajo rango se pasea tan despreocupadamente frente a sus ojos. Como si la invitación estuviese abierta para él.
Impresionar al Rey Demonio no es fácil, pero este ángel de cabello azabache, ojos brillantes como las esmeraldas y figura más que apetecible, lo consigue como si fuera lo más sencillo del mundo. En su momento, ni siquiera el gran arcángel Gojo Satoru lo hizo así de rápido.
Al principio no sabe porque se siente en la posición de arriesgar su vida así como así, no hasta que, una noche, se propone a vigilar al ángel. Lo hace desde que llega al puente para sentarse en la esquina —la que está más cerca de la puerta— y hasta que las estrellas comienzan a aparecer en el cielo. Algo tan curioso y tonto no debería haberle llamado la atención, pero lo hace.
No tiene caso negarlo, no cuando el pequeño está tan decidido a ser imprudente y acercarse todos los días, a la misma hora, en el mismo punto en el que ocurre su primer encuentro. Sukuna no puede dejar de fascinarse con su osadía.
Cuando el demonio finalmente decide romper la distancia, su atracción crece a pasos agigantados. Y con eso, entran otras situaciones como el cuestionamiento de sus prácticas habituales de cortejo. Fushiguro Megumi no es un ángel ordinario, jamás ha conocido a alguien como él. Pese a sonrojarse como la criatura virgen y pura que es, no es influenciable, y eso le gusta, le gusta demasiado. Su actitud es distante, pero no la suficiente para negarle algún contacto físico. La frialdad de su piel nevada contra la suya se siente maravillosa, es un contraste de temperaturas impresionante. Requiere de toda su fuerza para no empezar a saborear al ángel allí mismo, sin importarle que sus compañeros lo descubran.
La impaciencia se vuelve paciencia en un sencillo parpadeo y la recompensa lo vale, pues es Megumi quien decide buscarlo en su segundo encuentro.
¿Pero qué pasa con Ryomen Sukuna?
Megumi no duda en aceptar su corrupción, pero… ¿qué hay de él?
El demonio evita la pregunta innumerables veces, tanto antes como después de conocer a su pequeña bendición. En especial en las noches que lo acompaña su ángel y éste, pese a estar recuperándose de su hilarante clímax, decide abrazarlo como si en verdad lo considerara su amante. Aunque eso no es nada, lo peor sucede cuando charlan y los comentarios de Megumi se incrustan en su mente.
Creo que tú también eres interesante.
No tienes por qué preocuparte por mí, no me rompo tan fácil.
¿Has gobernado todos estos años tú solo?
Debe ser difícil confiar en alguien de los que te sirven.
La enajenación de emociones no es algo común en los demonios y esto se debe a que, por lo regular, todo lo que evocan en otros seres es más que bienvenido. El odio, la lujuria, la envidia. Todos los pecados posibles que puedan causarles placer jamás deben, ni tienen que ser suprimidos.
No obstante, ninguno de esos sentimientos, con excepción de la lujuria, son brindados por Megumi. No es parte de su naturaleza, y aun así Ryomen Sukuna no se cansa del ángel. La lujuria es su pecado favorito, sí. ¿Pero qué hay de esas nuevas emociones qué surgen de su pecho, cuándo el ángel lo mira como si fuera lo más importante para él? ¿Cómo si estuviera dispuesto a aceptarlo por completo?
Bueno, de hecho, por ese lado, Fushiguro Megumi prefiere que esté en su forma original cuando follan incansablemente, ¡pero sólo se trata de preferencias! ¿Cierto? No hay nada más allí que apreciar, a excepción de lo adictivo que es el cuerpo del ángel…
El Rey Demonio no puede amar a nadie, sin excepción. Se supone que no debe de olvidarlo, sin embargo, sabe que, si observa a Megumi por demasiado tiempo, el juramento se vuelve inestable y es mejor pretender que está durmiendo.
Ryomen Sukuna corrompe a Fushiguro Megumi porque quiere y porque puede, tal y como lo planea. No es muy difícil, pero, así como no es difícil para Megumi aceptarlo, tampoco debe ser difícil para Sukuna aceptar que el ángel lo ha afectado más de lo que cree.
Eventualmente, lo hace. ¿Cómo no hacerlo?
Megumi no se cansa de demostrarle que no es el único que ha roto con tantas reglas. El ángel corrompido es más libre que nunca y Sukuna se deleita al ver como decide arrastrarlo con él, disfruta escucharlo hablar de su obsesión con el cielo y sus libros mitológicos del mismo modo que adora escucharlo gritar y gemir.
Sus prioridades se transforman a partir de ese descubrimiento.
Cada vez son más frecuentes los momentos en los que declara —con mayor libertad— su devoción a Megumi. No pasa mucho tiempo para que, tras aceptar sus nuevas e inexploradas emociones, decida inaugurar un espacio dedicado a exhibir los cuerpos de aquellos sirvientes y demonios menores que osan hablar blasfemias de su ángel. Es una de las declaraciones más evidentes que exhibe el Rey Demonio, quien demuestra su propio concepto de amor.
—¿¡Te has vuelto loco!?
Megumi no responde en voz alta, pero en su mente, considera que la respuesta podría ser un sí.
—Lo que he hecho no tiene redención.
Gojo suspira y se lleva las manos a su frente, sus ojos añiles no dejan de atravesar con reproche a quien considera un hijo.
—Dios Mío, ¿qué clase de ángel guardián he sido?
—Uno muy malo.
El mayor suspira sin contradecirlo. Megumi aprecia su sinceridad.
—No puedes ocultarme de él. ¿Lo sabes, verdad? Sukuna-
Gojo alza su mano y la agita de un lado a otro con una molestia que no va dirigida al ángel.
—No menciones su nombre.
Megumi sonríe con aplomo.
—Sigo sin comprender como es que se atrevió a acercarse a ti, mi preciado e inteligente Megumi.
Es el turno del ángel de sentir una ligera contrariedad.
—No sabía quién era. Cuando le dije que tú eres mi guardián también se sorprendió.
Gojo resopla en descontento.
—Sí, claro. ¿Le creíste eso?
Megumi se limita a asentir con la cabeza, sus orbes esmeraldas centellean con la incuestionable malicia impropia de un ángel.
—Oh no, él va a matarme.
Megumi sonríe de nuevo, sin tanta discreción.
—Nanami no haría eso.
Gojo apoya la espalda contra el tronco del manzano con una mirada indescifrable, luego suspira.
—Eso crees tú, ¿con qué cara voy a decirle qué mi protegido se enredó con el maldito Rey del Infierno? No sólo voy a perder mi rango, ¡te lo aseguro!
Es Megumi quien suspira esta vez, sus ojos esmeralda se posan momentáneamente en las manzanas colgantes, tan rojas y tentadoras como de costumbre.
—¿Estás molesto?
El arcángel se acomoda la gargantilla dorada antes de responderle.
—¡Estoy muy molesto!
Entonces Megumi se acerca con lentitud. Gojo quiere agregar algo más, pero el intento de abrazo que su protegido le da, lo silencia de repente. Apenas y hay contacto entre los ángeles. Es una señal de agradecimiento muy acorde y Gojo pretende que no ve el sonrojo en las mejillas del chico. Por una vez en su vida, decide concederle la paz que tanto le lleva pidiendo desde hace años.
—Sabrás arreglártelas.
—Eso suena bastante cruel —canturrea el arcángel mientras acaricia el cabello negro de Megumi, justo cuando su mirada percibe la ligera mancha obscura que se transparenta a través de la fina tela blanca que cubre el cuerpo del ángel. Otra prueba más que no necesita saber. Un dolor ante la pérdida que decide contener. No hay nada que pueda hacer, no a estas alturas —. Si que has cambiado mucho.
Megumi se aleja nuevamente y Gojo alcanza a divisar la determinación en la mirada del no tan inocente ángel. Es la última que le concede antes de marcharse en dirección al jardín en el que deben de estar Nobara y Yuuji. Es un gracias silencioso al mismo tiempo que es una despedida.
Minutos más tarde, los bramidos de sus dos protegidos restantes al enterarse de lo que ha ocurrido con Megumi, confirma todo. Yuuji llora desconsoladamente y Nobara se apresura a ir con él para exigirle una explicación.
En definitiva, ni el gran Gojo Satoru puede cambiar el rumbo que han tomado las cosas. No tiene el corazón para intentarlo, el riesgo es demasiado alto. Lo que menos quiere es hacer sufrir a Megumi. Y por eso mismo espera que no esté equivocado por permitir una unión tan problemática.
La siguiente vez que Sukuna se encuentra con Megumi, ya no están en las habitaciones del purgatorio porque ya no las necesitan.
Y Megumi luce más hermoso que nunca.
Su cuerpo rebota de arriba hacia abajo sobre el regazo del demonio, sus gemidos inundan todo el espacio vacío y cubierto de cristal volcánico. El sitio que resguarda el trono de Sukuna, el sitio en el que están follando justo ahora.
La mirada del chico está empañada por las constantes lágrimas que nacen de sus orbes esmeraldas. El Rey Demonio es el que se está aferrando ahora al ángel, descubre que su nuevo lugar favorito para descansar el par de brazos que no están ocupados estimulando los puntos clave de Megumi, son sus preciosas alas entintadas, tan entintadas como los tatuajes que adornan la cara, los hombros y el abdomen de Sukuna. Los mismos tatuajes que el ángel caído se encarga de humedecer con su lengua hasta satisfacerse, aunque eso nunca ocurre.
—Debes de estar satisfecho contigo mismo, ¿verdad? —se burla ligeramente Sukuna.
Megumi asiente entre los vaivenes, aceptando esta nueva faceta con una distinguida naturalidad. La corrupción le luce tan bien, casi tan bien como la hilera de máculas violáceas que engalanan su manzana de Adán.
Sukuna no desprecia la sensación triunfante y calurosa que surge de su pecho vacío.
—¿Ya no me consideras tu bendición? —Inquiere de repente el ángel entre sollozos, cuando el ritmo aumenta y el sonido de la piel chocando con la contraria se vuelve constante.
El demonio se pasa la lengua por los labios antes de presentar una amplia sonrisa, sin concederle un solo segundo de descanso a su ángel.
—¡Ah! ¡Sukuna!
Las uñas —ahora también negras— de Megumi rasguñan la espalda del demonio. Es un indicador de que ha encontrado su punto exacto para deshacerlo en puro placer. El mejor momento para que Sukuna manifieste bocas extra en cada palma de su mano y saboreen adecuadamente la semilla corrupta.
Megumi eyacula con fuerza, justo cuando el Rey Demonio le murmura con su boca libre, en total abandono:
—Tú siempre vas a ser mi bendición, Fushiguro Megumi.
Entonces Sukuna siente como es aprisionado por el abrasador calor de su amor, lo obliga a terminar para dejarse llevar por el intenso clímax. Su ángel es una maravilla inacabable. Y la adoración se hace cada vez más grande.
El Rey Demonio no es un romántico, pero por Megumi —quien posee el talento innato para convertirlo en todo lo que no es— es incapaz de contener sus palabras.
—Solo espera, mi amor. Pondré el mundo entero a tus pies, destruiré a todo aquel que se atreva a cuestionar tu belleza, tu ingenio…
El ángel jadea cuando los cuatro brazos de Sukuna se vuelven su agradable prisión y esas palabras, además de consentir una nueva promesa, se vuelven lo último que escucha antes de ser capturado por la inconciencia, pero Megumi se asegura de contestarle a su preciado Rey. La anticipación se percibe en su temblorosa voz.
—Muéstrame, Ryomen Sukuna.
