DISCLAIMER: los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a J. K. Rowling. La trama pertenece a nuestra imaginación, y está escrita sin ningún ánimo de lucro.

Un golpe retumbó en la antigua puerta, anunciando, por sus ecos, las oscuras mazmorras...

La reverberación se alejó, pero en la fría humedad del pasillo, un ronco gemido llegó hasta Hermione Granger.

El gruñido gutural hubiera hecho correr al ingenuo que tuviera la ocurrencia de invadir los dominios del Director de Hogwarts.

Pero Granger no lo pensó así. Snape estaba tras la puerta de su antiguo despacho y por eso, ella no dudó en insistir y satisfacer el reclamo que invadía su mente.

-¡Profesor...! –aunque llamó a media voz, fue exigente y dio dos golpes secos en la madera.

Silencio en el interior del despacho. Pero él estaba ahí. Por debajo de la puerta asomaba el resplandor de la chimenea.

La hechicera, tenía un aire en sus ojos que nadie había visto. Nadie suponía que Hermione Granger podía sentir lo que traslucía su mirada marrón. Su grave y ávida intensidad no era para el día, ni para Harry, ni para Ron. Pertenecía a la oscuridad y solo la entendería Snape.

-Sé que está ahí, profesor –aclaró, con los nudillos en la madera; hizo una pausa, y al no obtener respuesta, añadió-. No me iré hasta que me atienda.

Con el puño, dio otro golpe seco en la entrada, apretando los labios.

Silencio.

Decidida, Hermione empujó la regia puerta y avanzó unos pasos en la penumbra, sin preguntarse el porqué de tan fácil acceso.

Se adentró unos pasos en el despacho en penumbras, de danzantes llamas en la chimenea.

Una figura se encontraba de rodillas cerca del fuego, de espaldas a la entrada.

Una negra capa se hallaba en el suelo, junto a los restos de una levita y una camisa, antaño impolutas, cuyos jirones evidenciaban un cruento despojarse de ellas.

Descalzo, con el torso desnudo y respirando profundamente, Severus Snape observaba el fuego con mirada de sombras, mandíbula en tensión y puños cerrados, provocando que sus brazos marcaran las venas bajo la piel pálida, signo de la fuerza que ejercía.

-Profesor Snape –lo llamó Hermione, deteniéndose lentamente.

Severus, una sombra contra las llamas que se agitaban, se levantó brusco, sin darse la vuelta, y Hermione observó las antiguas cicatrices y las nuevas heridas que cruzaban en X, la espalda del pocionista.

Silencio.

-Escúcheme -insistió ella.

-¡Márchese, Granger! -la voz de Snape, cabizbajo, fue profunda. Gutural. Peligrosa.

-¡Míreme...! –susurró Hermione, obstinada, ignorando la lógica que le exigía irse de ahí.

Ella se le acercó, con calma, hasta quedar a unos pasos de él. Percibió la energía que emanaba del cuerpo del hombre. Un ardor amenazante.

-Quiero que me escuche, profesor.

Snape respiró, agitado:

-Ha cometido un error al venir aquí, Granger... –rumió- Supongo que es consciente de su irresponsabilidad.

Snape se dio la vuelta y enfrentó a la hechicera. Con la cara medio inclinada y en parte oculta por sus cabellos negros, las llamas delinearon su silueta semidesnuda.

Sus ojos despedían una furia contenida, haciendo difícil para cualquiera sostener su mirada. Además... impresionaban esas heridas, las cortadas o tajos en sus brazos y tórax, líneas rojas, húmedas, que cerraban lentamente. Los rastros recientes de sangre. Las heridas aparecieron y él se arrancó la camisa y la capa. Incluso Dumbledore habría dado un paso atrás... Pero Hermione ocultó sus emociones, bajo su gesto de determinación absoluta.

No se intimidó por la violencia que se intuía en la advertencia del Maestro Oscuro. Tampoco por su apariencia flagelada. Al contrario, la mirada de Hermione se iluminó por las llamas, y recorrió fascinada las heridas del profesor, apenas abiertas y cicatrizadas.

Hermione, rayando el desvarío, atendió los cortes, las gotas rojas en la piel de Snape, repasó la forma de sus brazos, no voluminosos, pero de músculos marcados.

Ella rompió la barrera del espacio personal y levantó una mano hacia la sangre que todavía descendía de una herida en un brazo de Snape, recién cerrada con magia.

Pero antes que pudiera rozar la piel del profesor, éste con una mano le atrapó con violencia la muñeca, interrumpiendo bruscamente su camino.

Ante la presión de la mano de Snape, una corriente intensa subió por el brazo de Granger, llegando a su hombro y descendiendo por su columna vertebral... Levantó la mirada, hacia los ojos de él.

Tranquila, a pesar de la tensión que se respiraba, sin soltarse, en sus labios asomó el desdén... Se acercó a Severus y habló en voz baja. Las llamas de la hoguera delinearon en sombra sus facciones a oscuras, rozándose.

-Sin actuaciones teatrales para público ingenuo, profesor... -remarcó la última palabra, con aire incitante, alzando su muñeca cautiva en la mano de Snape, mostrándole cuán poco le importaba la rudeza de él, y cuán ruda podía ser ella-. No me engaña con estas reacciones para asustar a pequeños. Yo llevo observándole años, y no me creo absolutamente nada de lo que pretende mostrar.

Lo miró a los ojos, directa, en sereno desafío.

La luz se filtraba entre los mechones negros de los cabellos de Snape, que estudió la mirada de Hermione. Su risueña jactancia autosuficiente lo exasperaba. Una sonrisa sin alegría ladeó una orilla de la boca del profesor.

-Usted no sería la Insufrible... si no creyera incluso conocerme, más que yo mismo -el sarcasmo fue evidente-. Y, ¿qué pretendo mostrar, si es tan amable de ilustrarme con su sabiduría?

Hermione alzó el rostro, desafiante, y se soltó. Se acercó más a él, hasta que sus cuerpos casi se rozaron al calor de las llamas:

-¡Que usted es un despreciable mortífago asesino...!

Él le dirigió una mirada despiadada, pero respirando tranquilo pese a las heridas en su piel y manchas de sangre, que todavía debían arderle.

-¡Entonces, es usted una inconsciente, Granger, por haber venido sin protección! -su mirada abiertamente descendió por el rostro de la hechicera- ¡Y siendo tan vulnerable, quizá ésta sea su última inconsciencia...!

Hermione ignoró la barrera que él ponía, y asintió en corto, parpadeando lento y sonriendo con sorna, al lado de su muñeca en la mano de Snape:

-¿Cómo la inconsciencia que causa sus heridas?

Snape sacudió la mano con que la retenía y como si fuera a soltar una dentellada, afirmó:

-¡Estas heridas son su culpa! –murmuró- ¡Pero sepa que me da lo mismo!

La castaña alzó las cejas, con gesto poco parecido a una sonrisa:

-Me culpa para distraerme, pero para los demás, el culpable mayor es usted.

-¡Pueden pensar lo que quieran!

Ella se soltó de la mano con un tirón.

-¡Exacto! –coincidió- Es muy sencillo culparle a usted de todo, ¡pero lo fácil no suele ser real! Intuyo que camina bajo la espada de Damocles. Lo intuí desde segundo año. Lo he confirmado en tiempos recientes.

Snape adelantó el rostro, siseando con labios fieros:

-¡No tengo tiempo para juegos... Granger! -susurró el Maestro, acercando su boca a la de la bruja- ¡Menos para juegos infantiles!

Hermione se puso seria y alzó las cejas:

-Pues lo lamento por usted. Los chicos y yo nos dirigimos a una más que probable muerte, y dentro de unos días, nos marcharemos -su voz tomó un matiz un poco ronco-. Vine aquí para reclamarle, para que me cuente la verdad. Me la debe.

Snape dio un breve salto felino, colocándose a un lado de ella. Sus labios de se hundieron en los cabellos de Hermione, alcanzado su sien.

-¿Exigiendo, usted...? –se extrañó él, en ronroneo hosco- ¿Cree acaso que puede entrar, preguntarme, saciar su curiosidad y marcharse sin consecuencias?

Hermione no se apartó. Entreabriendo los labios, recorrió con la vista, el desnudo torso de Snape.

El tórax lleno de cruces de tiempos pasados y de los nuevos, que lo llevaban a arrancarse la camisa.

-¡Yo...! –quiso decor ella.

-Usted... ¿qué? –exigió, sus labios rozando los bucles dorados.

-¡Yo soy culpable, profesor...! –Hermione pareció entristecer, pero repasaba las cicatrices de Snape, y llevó de nuevo una mano a ellas- ¡Soy culpable de querer saber...!

Ahora él le atrapó ambas muñecas y las alzó a la altura de los labios de la Gryffindor, que de nuevo atendió a sus ojos, sin ceder un ápice. Las llamas le colorearon los labios rojos.

-Usted no puede preguntar nada, Granger -le susurró Snape, en mueca-. Al entrar aquí cayó en mi poder... ¿Piensa que está en posición de conseguir... qué? Mejor pregúntese: ¿Qué se me podría ocurrir hacerle?

Aunque ella trató de soltar sus muñecas, el mortífago las apretó con más fuerza, llevándola hacia atrás.

Atrapó el cuerpo femenino entre el suyo y la pared, que exudaba gotas de humedad. Unos frascos de vidrio tintinearon al chocar.

Hermione, agitada por la sensación de asalto, trató de liberarse, pero Snape, con gesto fiero, acercó su boca a la de Hermione y reclamó, sugerente:

-¿Qué verdad quiere escuchar... Insoportable?

Ella jadeó entrecortada, clavando sus ojos miel en las pupilas dilatadas del Director. Percibía la calidez de los labios de él:

-Verá, profesor... –dijo, retenida por él contra la pared, pero aunque hablaban, tenían en la mente su contacto físico-, pudo matarnos desde primer curso, si tal peligro suponía Harry... –siguió, cuando Snape acercó más la boca a sus labios susurrantes.

Presionó su cuerpo contra el de Hermione. Ahora sus piernas se rozaban. El aroma a lavanda de Snape alcanzó a Hermione.

-Cuénteme... –asintió él- Estoy encontrando tan agradables sus reflexiones...

Ella forcejó y el la soltó, pero cuando se alejó de la pared, Snape la tomó descaradamente del talle.

Probablemente él esperaba que la Gryffindor pateara y golpeara, antes de salir corriendo, pero si así fue, se llevó un desconcierto.

Hermione se detuvo, permitiéndole que la tomara por la cintura, lanzándole una mirada significativa.

El lento asentir de ella, de recriminación castigadora, le dijo que le permitía tocarla y que se daba cuenta de lo que causaba en él.

La sensación del cuerpo firme de Hermione, la tela y debajo su cuerpo, espigado y flexible, causó a Snape un escalofrío, que se notó en sus facciones.

Hermione no se soltó. Viéndolo a los ojos y asintiendo al caminar hacia atrás, ahora ella lo conducía:

-... Quirrell, el troll, el basilisco, Lupin transformado, Umbridge, el Departamento de Misterios... ¿Quiere que siga?

Hermione ratificaba, acosándolo con la verdad de sus actos, y revelándole que se percataba de su efecto en Snape, quien se vio cautivo de su propasarse. Ahora él mostró su trastorno de placer.

-... Todas las veces, profesor –confirmó ella-. Todas las veces que pudo dejarnos morir sin mancharse las manos ... ¿Seguimos?

La mirada de Snape se aturdió, vagando por el cuerpo de Hermione.

¿Seguimos?

-Sin mancharse las manos –Hermione tomó las manos de Snape en su cintura-. Estas... manos.

Severus la detuvo, en vértigo, y la castaña se sonrió cuando el jadeó, cerca de su oído:

-¡Interesantes... razonamientos...! –siseó, saboreando su propio dolor- ¡Fantasiosos...!

-¡Y no debe tocarme, señor director! –ella le apartó las manos.

Rió, pero al dar unos pasos atrás, chocó con la larga mesa.

El profesor aprovechó el segundo de descuido para tomarle de nuevo las muñecas, pero las llevó a espaldas de ella. Él aventuró, cerca del cuello de la Gryffindor:

-¡Siempre quiere saber, bruja... Puede que lo lamente...!

Sujetada de las muñecas, ella movió la cabeza, dejando a la vista la sedosa piel.

Los labios de Snape tocaron el blanco cuello de Hermione, arrancando un gemido a la castaña.

-¡Sabe mucho...! -afirmó él, con exagerada admiración, y se burló- ¡Ande, esparza su teoría... nadie le va a creer...!

El reír de Snape le causó un escalofrío y Hermione ladeó la cabeza para impedirle el paso, pero el profesor le apretó la boca contra el cuello y, apoyando los labios en la suave piel, le dio un apretado beso sonoro.

El gemido de ella sonó lastimero.

Reteniéndole los brazos a la espada e ignorando las protestas de la castaña, el profesor le dio besos desordenados por el cuello.

Las caricias hicieron que la piel de Hermione se erizara y un hormigueo fogoso se apoderara de su vientre.

El director volvió a su rostro y ella avanzó el poco espacio que el cuerpo de él le cedía, y as acercó al tórax de Snape, con movimiento sugerente.

-Verdades –susurró ella–. Hablemos de verdades.

-Verdades, entonces –aceptó Severus, alterado por el roce de los pechos de la alumna.

Con las muñecas a la espalda, retenidas por él, Hermione cerró los ojos, recibiendo la ávida boca de Snape, en la suya.

La sensación mutua de sus labios los electrizó, los atrapó la humedad, el contacto de sus lenguas, probando los rincones, con ansiedad.

Se besaron largamente, y Snape apartó la cara:

-¡Quiere saber demasiado! Esto... ¡es lo que debe saber...!

Llevó las manos a hasta las redondas nalgas de Hermione, que aprisionó, y la alzó, recargando la erección entre las dos piernas de ella, que dejó escapar un leve jadeo.

El miembro ensanchado y rígido se frotó contra el hueco de los muslos femeninos.

Cargada por el profesor, ella adelantó las caderas, haciendo más estrecho el contacto.

-Y verá, profesor –jadeó-. Me acabo de dar cuenta que... usted me hizo sufrir mucho desde que llegué.

-Y disfruté, Granger. Disfruté haciéndole sufrir. A usted más que a nadie –ronroneó Severus.

Hermione se liberó del abrazo con un empujón, y se puso de pie, lejos de la mesa.

Fue como el término de un primer asalto, y el inicio del segundo.

Hermione se aflojó la corbata, rondándolo a pasos cortos.

Su gesto no era de miedo, era... felino. Sus ojos rasgándose, el rubor en sus mejillas. Caliente. Ella había venido con esta intención. Convirtiéndose en cazadora.

-No es que me importe a estas alturas lo que puedan pensar si nos oyen –afirmó Hermione, tomándose se tomó el cabello con ambas manos, haciéndolo hacia atrás -, pero no ensuciaré la mente de los más pequeños.

Snape alzó una ceja.

-Vaya, la leona quiere domar a la serpiente, por lo que veo.

Él señaló a la puerta, que echó llave, cerrando la única vía de escape.

-Ya le dije que había sido una imprudencia venir, hechicera.

Hermione, con la varita, aplicó un hechizo silenciador a la entrada.

-No era necesario, Snape –le espetó-. No tengo intención de huir.

-Cuénteme –exigió, yendo a ella con lentos movimientos de brazos-, ¿qué quiere escuchar?

-Quiero escuchar...

Posó las manos en el tórax desnudo de él, pellizcándole las tetillas, y le lamió los labios:

-¡Quiero escuchar cómo te hago venir, Severus!

Ella lo besó sin piedad, a mordiscos, y dejó vagar los labios probando el lóbulo de su oreja, la zona de la carótida, su lengua dejando un rastro húmedo hasta el hueco de unión de las clavículas.

Severus le regresó las caricias, hasta que ella se retorció entre jadeos, pues nunca imaginó un placer tan desgarrador, intensificado por la sensación de saber tan próxima la batalla.

No pudo evitar comparar con Ron y su puerilidad, con Krum y su torpeza de adolescente hormonado. Esto era diferente.

Los besos y lengüetazos de Hermione y Snape eran de un deseo profundo, oscuro, que iba más allá de poseer un cuerpo para satisfacer una necesidad. Era el deseo de poseer un alma, el deseo de encontrar una perfecta comunión más allá de las barreras físicas.

La colocó boca arriba en la mesa, ambos cuerpos temblando, Snape bebiendo en el cuello de Hermione, quitándole la corbata de nudo inexistente.

Hermione, dejándose hacer, recorrió con sus manos las heridas de él, dibujando con un dedo una línea desde su pecho hasta la entrada oculta bajo el cinturón.

Animado por el juego de ella, Snape le desabotonó la blusa, abriendo a la vista la blanca piel... El manto sonrosado de Hermione lo envolvió en perfume, la piel de tonalidades claras contrastó con las líneas de un sostén negro y rosa, cuyo vislumbre lo estimuló con la insinuación de lo oculto.

-Licor –opinó él-. El licor es perfecto para tu piel.

La abrió la blusa por completo, revelando el sostén, y con la varita atrajo una botella de licor dulce, de Drambuie escocés con su color almíbar.

Snape llevó los dedos al centro del sostén, uniéndolos, provocando un chasquido que aceleró la respiración de Hermione...

... y él separó la prenda, descubriendo los pechos de Hermione, de pezones rosas, sobre los que se elevó la botella de Drambuie.

Snape alzó a la castaña. Y la botella se inclinó un poco sobre ella, dejándole caer una gota del licor.

La gota resbaló por la curva de uno de los pechos de Hermione, descendiendo, hasta alcanzar la areola.

Bajó un poco más, tocando el pezón, que se irguió por el frío licor de tonalidad dorada.

Snape bajó la cara y con la lengua, recogió la gota, probando su sabor a miel, azafrán y nuez, en el pezón de Hermione.

La botella dejó caer otro poco de licor en el pecho contrario de ella. Y Hermione entreabrió los labios, mirando a Severus al succionarla.

Hermione apoyó las manos en la mesa, elevando las clavículas hacia Snape, que fue de uno de sus pechos al otro, sorbiéndola y bebiendo el Drambuie.

Besándola en la boca, cargándola, él cayó en una silla, la castaña sobre él, y sin saber cómo, el profesor se vio atado a los descansabrazos, hasta que descubrió a Hermione, jadeando y sonriéndole pícara, agitando la varita.

Él intentó deshacer los lazos, sorprendido por la rapidez con que ella formuló el hechizo.

-No lo conseguirá tan fácilmente. Son nudos marineros –le aclaró la Gryffindor.

-No me esperaba esto de usted, señorita –reprochó, pero atisbó la blusa entreabierta de ella.

Con una caída de ojos seductora, ella se quitó el sostén, que lanzó a la mesa, y le habló en la boca:

-Yo tampoco de usted, Director...

Para el profesor, la mazmorra giró cuando Hermione bajó la mirada por el torso de él, hasta que sus pestañas le cubrieron los ojos y, sin cohibirse, observó, sonriendo, la abultada botonadura del pantalón.

La mirada y la sonrisa de Hermione causaron que la erección endureciera y sobresaliera en la tela del pantalón.

Él jadeaba abiertamente y gruñó cuando la castaña se puso de pie, apoyándose en los hombros de él, y le acercó poco a poco una rodilla, hasta que la tocó la erección.

El placer y la insinuación sacudieron a Snape en descarga eléctrica, e hizo esfuerzos por zafarse, pero no lo consiguió, solo se sacudió contra los amarres, estimulado por el toque de la blanca piel de Hermione en la tela oscura hinchada por la erección.

Se le escapó un gemido.

-Puede que yo muera en unos días, señor –dijo ella, presionándolo un poco más-. Puede que muera usted también. ¿Quiere mis secretos? Léame.

Resollando, él levantó la mirada a Hermione y entró en su mente:

No voy a dejar que una sucia guerra impida que pueda sentir su cuerpo, profesor, le dijo ella. No quiero irme sin haber bebido, de sus labios, sus deseos. Sin haber sentido dentro de mí, el ansia que intuyo. Su calor. Su violencia. Su fuerza.

Snape forcejeó para liberarse de la atadura, no acostumbraba a ceder el control. Pero el nudo era fuerte.

Hermione y él se arrebataban el papel dominante por el vaivén de sus caricias en juegos, juegos de seducción.

La hechicera subió a la silla y se dejó resbalar, rozándose con el fuerte cuerpo del Maestro, rozando con sus pechos, el tórax de él, el vientre, la prominente erección, con la piel desnuda por la blusa entreabierta.

Él enrojeció de golpe cuando ella le colocó, con magia, una mordaza, y sus gemidos se hicieron resuellos cuando Hermione de rodillas y con mirada lujuriosa, le abrió la cremallera con lentitud.

El pantalón apretaba el miembro de Snape, causándole una sensación excitante al tiempo que incomodidad. El paso ágil de los dedos de Hermione, zafándole los botones, tocándole brevemente al erección al manipular, lo alteró más.

Indolente, ella se limitó a abrir la cremallera y con calma exagerada, rozó la erección de Snape con su rostro, haciendo que él se retorciera.

Él se tensó cuando ella le abrió el cinturón.

Snape, resollando y vibrando contra las ataduras, se estremeció al sentir la mano de Hermione entrando en la abertura de su bóxer, hasta que la fresca palma le rodeó la erección, haciéndolo gemir y retorcerse.

-Oh... el licor es apropiado, ¿verdad, Director?

Severus gimió y se tensó cuando la botella, abierta, se ladeó sobre él y le dejó caer un chorro de licor.

Y se estremeció al punto de mover la silla, retorciéndose y gritando bajo la mordaza, cuando Hermione le llevó el miembro al interior de su boca.

Snape bufaba, apagado por la mordaza, enloquecido por la boca de Hermione, que bebía el Drambuie en su erección. Las ataduras le marcaban los brazos al tratar de soltarse.

Ella lo tuvo un rato así, hasta que la mordaza y las ataduras se rompieron con un pase de Hermione, que de pie y sonriendo, dio pasos atrás, hasta la mesa, donde se tumbó sensualmente, dejando que la blusa cayera a los lados, revelando por completo lo que él deseaba ver.

Fiero, con fuerza, Snape le quitó la blusa, le arrancó el broche de la falda, desnudándola excepto las bragas, y observó el cuerpo que tan oportunamente se le brindaba. Ardía y acercó sus labios a la boca de ella, que mordió su labio inferior.

-Ha jugado con fuego, Granger, no espere rosas, ni besos dulces.

Lánguida pero envalentonada, Hermione se contoneó sobre la mesa del despacho, mordiéndose el labio de forma sugerente, y arqueó la espalda mostrando una flexibilidad que dio a Snape, ideas.

Él se situó entre las piernas de la joven bruja y comenzó a acariciar sus muslos.

Ella se retorció, y sin dejar que él continuara el curso ascendente, giró sobre sí misma, sin darle acceso a lo que él deseaba con avidez.

Pero él fue rápido y la hizo girar, separándole las piernas sin contemplaciones.

La ropa interior de encaje saltó, arrancada con fuerza por la pálida mano, dejando marcas en la sedosa piel de ella.

La atrajo hacia él y su erección rozó el pubis de Hermione, palpitando con ansia, al grado que una minúscula gota de humedad dejó su rastro en la piel de la bruja.

El jadeo fue casi un grito, cuando con hambre, el mago oscuro hundió su boca en el delicado cuello, y sus dedos empezaron a jugar con la cálida entrada al prometedor delirio.

Snape tomó la botella y bebió directamente de ella, dejando caer un pequeño chorro en la boca de Hermione.

Aprisionada por el fuerte cuerpo de su maestro de pociones, que, sin apenas control de su cuerpo, besó con hambre sus labios, mezclando el sabor del licor y de la piel de cada uno.

-Es justo que reciba un castigo por su imprudencia, Miss Granger.

Snape, levantando una pierna de Hermione con la suya, guio su erección hacia la húmeda y caliente entrada, jugando y acariciando el clítoris con suavidad, para sin previo aviso y de forma brusca, hundirse al fin en las apretadas paredes vaginales, arrancando un grito cargado de deseo de la Gryffindor.

Embistió lento una, dos, tres veces, y aceleró, hasta legar a un ritmo veloz, sin pausa.

Hermione puso sus manos sobre los hombros de él, para poder sostenerse y profundizar las embestidas.

Las experimentadas manos acariciaron sus senos, y con unos casi dolorosos pellizcos en las sonrosadas y erectas cimas, hizo que una humedad aumentara por las piernas de la hechicera, en éxtasis por la lujuria mezclada con una pizca de dolor.

Ella lo besó con ferocidad e introdujo su lengua en su boca, mientras en éxtasis ascendente, ambos se movían y soltaban gritos al ritmo de los golpes de sus cuerpos.

Snape arremetía a Hermione con tal intensidad, que la pesada mesa se movía. Las llamas de la chimenea los revelaban al agitarse, en su encuentro de choques repetidos, sonoros.

La espalda de ella acusaba la fuerza y brusquedad de Snape, pero lejos de quejarse, arañó sus hombros con las uñas, haciendo que él soltara un gruñido animal y pusiera una de sus manos sobre la garganta de Hermione.

-Hermione... Hermione...

La falta de aire se acompañó de un estímulo placentero:

-¡Profesor...! –gimió.

Snape perdía el control, moviéndose con rigor dentro de Hermione al tomarla por las caderas, pero sonrió, malévolo, y se movió más fuerte, para sacudirla al máximo.

Hermione, presa de las oleadas que subían por su cuerpo, desencajándose, arqueó la espalda, trastornada.

Y soltó un grito cuando su orgasmo estalló bajo la sonrisa de Snape.

Él tampoco podía más y terminó abundantemente dentro de Hermione, a largos gemidos.

Los gemidos del clímax de los dos rebotaron en ecos, graves, por la mazmorra.

Si alguien los oía afuera de la mazmorra, no habría quien no se enterara de lo sucedido.

Snape se colocó bocarriba, unido a Hermione, que se apoyó en él con las manos.

-¡Eres... un canalla...! -jadeó ella, despeinada porque el final, él la había movido para gratificarse más.

-Eso... ya lo sabías... –él recuperaba la respiración.

Recobraron al aire para poder decir. Severus sostenía por la cintura a la castaña a horcajadas sobre él, y todavía unida, Hermione jadeó:

-Hemos sido amantes... desde hace unos meses... pero no me has dicho la verdad...

-¿La verdad? –Severus la movió sobre él, para que su vagina le presionara la base del miembro y no quedara nada sin darle.

Hermione respoló de feliz fatiga.

-Eres un mortífago... Y deberás ser aniquilado... –ella se hizo el cabello hacia atrás con una mano, derrengada- O tengo razón... ¿y podré salvarte?

Él se pasó una mano por la frente sudorosa. Su rostro estaba caliente.

- De entrada, sé que los cortes que me aparecen, los causa el mortífago en mí, que me exige abandonarte. No lo haré... El dolor es placentero. Lo demás te lo revelaré pronto.

Hermione irguió la espalda, sentada en él.

-¿Cómo saber... dónde encontrarnos... en unos meses? Yo no estaré en el colegio...

Snape se animó de nuevo al admirar los pechos de Hermione, y comenzó una nueva erección dentro de la vagina de la castaña, que ella sintió, haciéndola cerrar los ojos.

-No se preocupe, Insufrible... -Snape sonrió de lado- Estoy seguro... que sabré cómo encontrarla...