La noche llora, podría decirse, porque las gotas de lluvia se sienten tan tibias como las lágrimas sobre piel. Las nubes se enumeran en un único cartílago celestial, que lo empapa gota a gota con la gelidez de un invierno tropical; porque se siente cálido de alguna forma, hace frío y hace calor al mismo tiempo, llueve y nieva, caen relámpagos y luego sale el sol. O quizás, es su propia piel la que es incapaz de filtrar la temperatura del ambiente.

Sólo ve el cielo. Es lo que mejor puede digerir.

El cuerpo ya no duele. Hace minutos ardía como el infierno, sentía el fuego furioso de tres pedazos de plomo extenderse por sus venas hasta sus músculos, picotearle los huesos y triturarle poco a poco el raciocinio y la memoria; hace minutos sentía el dolor de tres disparos hacerle añicos la piel y la ropa, justo en su abdomen, que ahora mismo se siente tan tibio y liviano como una tarde primaveral. Si él es la primavera, ¿brotarán flores de sus heridas? ¿Será que en sus huesos hay raíces? ¿Su carne será capaz de hacer la fotosíntesis?

Tal vez es un naranjo, o un manzano. Las manzanas le gustan, se asemejan a hermosas mejillas sonrojadas. Mejillas que alguna vez vio y acarició.

Las puntas de sus dedos hormiguean unos segundos más, antes de perderse la sensibilidad entre el vaho etéreo que escapa de sus labios. El aire se siente viciado de miedo y olor metálico, apenas puede percibirlo ya, pero el tufillo a sangre y terror todavía permanece adherido a su carne; que ya no la siente, no como parte de sí mismo.

Las extremidades que se extienden por el suelo ya no se sienten suyas, el entorno como plata se percibe lejano y las luces ajenas esclarecen muy poco su visión, turbada de lluvia y tibieza. No tiene miedo, no hay dolor o agonía, no yace nada bajo el traje asfixiante que viste tras su piel; todo se desenvuelve como un cósmico ovillo de lana. El aire es dulce al colarse por su nariz, su carne es más ligera y todo de pronto parece más sencillo.

¿Así es la muerte?

Draken respira, o intenta respirar, el poco el oxígeno dulce y salado que le llena los pulmones, pesados como plumas de plomo. Piensa por un segundo en flores brotando de sus heridas, sería una bonita imagen de plasmar en un cuadro; si sobrevive, si acaso lo hace, pintará esa visión en un muro y hará suyo ese recuerdo. Como ha hecho con el dragón en su cuero cabelludo que comparte con Mitsuya; es en parte de ambos, una mitad de cada uno. Aunque no le molesta, no tendría por qué hacerlo.

Y ahora que recuerda también, una vez, uno de los tantos clientes del burdel le habló sobre la muerte. Un reconocido médico que mendigaba un poco de sexo clandestino en aquellas épocas; le dijo entre tantas cosas, que uno de los primeros síntomas de la agonía premortal —así decidió llamarla Draken, poco familiarizado con términos médicos—, es la repentina falta de los sentidos. La vista, el tacto y el olfato son los primeros. El oído y el gusto, los últimos.

Morir no se siente tan mal. Podría ser peor.

—Draken-kun —escucha esa voz tan chillona y masculina en la caótica lejanía estelar, aunque en realidad su portador esté a su lado— ya llamé a una ambulancia. Senju fue en busca de ayuda.

La voz de Takemichi no suena alterada o fuera de su órbita de infantil felicidad, casi no parece que alguien se halle en agonía a su lado. O tal vez, es su propio método de defensa. Draken cree más en la segunda opción; después de todo, Takemitchy siempre ha sido expresivo con cada palmo de sí.

—Todo estará bien —consuela al aire que lo rodea y el vicio del miedo que le abruma el pecho—, definitivamente te salvaremos —sonríe, brilla entre la noche y reluce como una perla entre el agua que lo empapa de su propio llanto.

¿Por qué sonríe de esa forma? ¿Por qué sonríe como Mikey? Le implora a dios por una fracción de segundo, que no se convierta en esa cara de la historia. Takemitchy no es Mikey, y que por favor nunca intente serlo.

Y no lo es, afortunadamente Draken siente el alivio galopar en su alma cuando se percata de ello.

Lágrimas en sus ojos, como ríos de plata brotando de dos manantiales de agua pura entre desiertos de plomo y sangre. Sonríe pero no ríe, sus labios son felices pero no el resto de su cara; sus rasgos faciales se deforman en esquirlas de tristeza y preocupación, en restos de supernovas que implosionaron bajo la piel de Takemitchy; y contra toda corriente de tiempo o espacio, quedaron curtidas a fuego en sus facciones.

Está preocupado, y se le ve triste.

Así que en verdad está muriendo.

Bien, Draken está listo. Si ha llegado su hora, no puede hacer mucho más.

—Ya veo… —habla como puede, porque sus cuerdas vocales se sienten como polvo entre la garganta— estoy… muriendo.

—¡¿De qué estás hablando? No digas eso! —la voz alterada de takemitchy le confirma lo que ya creía—. ¡Todo estará bien mañana, ¿verdad? Porque tú eres Draken!

Su nombre entre los labios del rubio suena como una canción de cuna.

El cielo se desdibuja frente a él, el firmamento toma la forma de un corazón bañado en oro. Y de porno late, late una y otra vez. Late como una canción para dormir y algodón de azúcar en una feria; late y brotan hilos de oro que se enrollan en sus extremidades, late y se traga su dolor sin penas; el cuerpo no duele, la piel ya no duele. La vida no se siente pesada de pronto.

Poco a poco, está llevándose lo que queda de él. Pero Draken se siente casi listo.

—Takemitchy… —habla de nuevo, aún tiene algunas cosas que decir— no te culpes por esto. Nada… nada de esto sucedió porque tú hayas vuelto al pasado… esto fue por mi propia voluntad —no miente, no tiene fuerzas para hacerlo. Y de todas formas jamás ha tenido la necesidad de mentir—. Tú salvaste mi vida, y con gusto di la mía por ti.

En su mente parecía más dulce. Suena demasiado amargo en la realidad; como té frío y sin azúcar después de una cansina jornada laboral.

Ya está comenzando a alucinar. Se sorprende de ser consciente de ello.

Comienza a hablar, su propio oído ya ni siquiera capta las palabras que brotan de él. Sabe que habla del cielo, de sus derrotas, de cómo en la escuela primaria solía meterse con los más grandes, para regocijarse en el disfrute bajo el paladar; de derrotar a chicos más grandes y fuertes que él. Algunas veces les daba palizas dignas de toda una pandilla, en otras ocasiones era él quien recibía la generosa golpiza. Puede sentir con ligereza cada puño que ha pasado por su rostro; ahora saben a recuerdos añejos como el vino.

Habla de la paz que le daba ver el cielo, que ahora tiene la forma del corazón de oro. También le da paz, le llena el pecho de un sentimiento al que ya no tiene fuerzas para darle nombre, pero es perfectamente consciente de lo que se trata. Se siente tan liviano y acuoso… es como un río, dejándose llevar por la corriente y los vientos, moldeando su forma por naturaleza de acuerdo a cada roca y esquirla que yace sobre él. Se siente como la ramita de un árbol; delgada pero firme, adherida a sus raíces.

Se siente bien.

Como un polluelo que abre sus alas por primera vez, robándole el aliento al viento poco antes de arrojarse al vacío, y volverse uno con el aire. Como una pluma, ligera y parsimónica, que traza su propio ciclo de acuerdo al aire que la empuja vicioso. Como un dulce manzano, con cientos de mejillas rojas y azúcar recorriéndole el sistema, pigmentado de vida y de muerte. Sometido a la naturaleza, se hará pasto con y sobre ella, se volverá abono para la tierra y su huella en este mundo la habrá hecho más fértil.

Draken lo reconoce, dejó su marca en la tierra.

No tiene arrepentimientos.

Ha vivido una intensa vida. Tuvo la fortuna de amar y ser amado, de odiar y ser odiado, de hacerse amigos y enemigos en el camino, y luego volverse amigo de sus enemigos y enemigo de algunos amigos; pudo llorar y reír, pudo acariciar y ser acariciado, besar y ser besado. Hizo el amor hasta el amanecer y condujo motocicletas hasta la noche. Aprendió cosas, enseñó cosas. Su pecho se hizo un remolino de emociones cientos de veces, y otras cientas en las que no sintió absolutamente nada.

Amó a Emma, a Mikey y a Baji. Amó a Takemichi, amó a Mitsuya y Hakkai, a Peh-yan y a Pah-chin. Amó a la tokyo manji y amó sus despojos también; incluso amó a brahman.

Amó a sus puños cerrados y la violencia que le recorre hasta hoy, cada pedazo de sus músculos. Amó el odio que se hizo sólido en su corazón y el dolor que le hizo pedazos el alma más de una vez. Amó segundo de su vida, a pesar de no ser perfecta.

Amó sus arrepentimientos también, porque le habría gustado crecer con dos padres normales, ser un niño promedio que va a la escuela y no tiene la necesidad de valerse por sí mismo. Porque tras él, yacen dos pilares que lo sostendrán hasta la muerte. Pero también amó a las chicas del prostíbulo y el hombre que lo maneja, sus muchos padres adoptivos y su familia; su pequeño tesoro personal y preciado.

Le habría gustado también haberle dicho a Emma cuánto la amaba y cuánto deseaba una vida a su lado. Pero de eso no se preocupa demasiado ya; porque Emma yace en el mismo trozo del cielo al que irá ahora, y le extiende los brazos tras el gusto y el amor que le profesó en vida. Draken ya lo sabe, su eternidad transcurrirá al lado de Emma, sin dolor o temor, con el amor brotando como cascadas entre las pieles de ambos; y si acaso el tiempo y la existencia terminan, y la eternidad deja de ser eterna, se irá de este mundo tranquilo.

Porque amó, porque odió y porque sintió. Porque fue feliz e infeliz a veces, porque trabajó en la tienda de motos, porque amó a Inupi. Porque vivió.

Sabe que ha vivido una vida porque cada sentir que le envuelve el cuerpo con calor, le hace llorar.

Le habría gustado también, haber abierto su propia tienda de motocicletas, seguro que lo habría hecho junto a Inupi. Quizás habría invitado a Koko y Takeomi, o tal vez a takemichi y chifuyu; sin dudas no a Mikey, él no sabe mucho de repuestos o reparaciones. Tiene en claro que habría destruido todas las motocicletas intentando repararlas, y perdería toda la clientela. Sí, de Mikey se podría esperar esa clase de sucesos. Del antiguo Mikey, que lideró TouMan con el dolor sobre sus hombros.

Mikey. Su último arrepentimiento y el único que todavía perdura en su mente.

Lo admira. Lo ama, lo amó como a nadie. Ha estado a su lado desde hace mucho, casi se siente como si se hubiesen criado juntos, hombro a hombro contra cada roca que la vida les ha puesto en el camino. Ambos han sufrido mucho a su manera, pero en ese aspecto se diferencian de forma abismal; porque Draken sabe distribuir el peso de sus desgracias en los hombros de acero que sus amigos forjan para él, sabe buscar consuelo en palabras ajenas y tranquilizar un poco el alma. Mikey no.

Mikey es un solitario. Siempre ha cargado solo con su propio dolor, mutilando cada palmo de su alma inquieta y resquebrajada únicamente para sonreír un poco más, una hora más, un minuto más; siempre depositó en su espalda el peso de agonías que no eran suyas, e hizo propio el dolor y el ardor que no le pertenecían. Intentó luchar contra la corriente de una vida cruda y sombría, como un pequeño bote salvavidas qué tan sólo naufraga a la deriva; aferrándose a la débil esperanza de ser rescatado.

Conoce a Mikey mucho más que los otros, y sabe que muy en lo profundo, él espera ser rescatado.

Tanta oscuridad le ha perforado la razón a lo largo de los años, y hay un punto en el que todo el dolor se desborda. La putrefacción llega, el alma se rompe y los recuerdos se desdibujan, todo se vuelve confuso; y la línea entre lo correcto y lo que no, se deshace. Lo moral y lo inmoral se entremezclan y se vuelven conceptos imposibles de separar.

Le preocupa que Mikey toque ese fondo. Aún no lo ha hecho; pero si acaso lo hace, no habrá marcha atrás.

Es su último pedido, su último clamor a la vida.

Se feliz, Mikey.

—Hey, Takemitchy… —murmura a los acordes de sangre y lluvia que le escapan al cuerpo— ¿puedo pedirte algo estúpido?

—Claro.

—Por favor, cuida de Mikey.

Cierra los ojos, la realidad se hace confusa y todo toma el color negro. Es todo y nada a la vez, es el infinito llegando a su fin, y son colores sin pigmentos que trazan líneas de plata frente a él.

Manos tibias se extienden, la lluvia deja de sentirse completamente, no se oye nada, no se ve nada. Es el vacío que lo rodea, y que poco a poco va tomando la forma de un pasado que creyó sepultado. Se siente feliz, y las sonrisas que se dibujan poco a poco a su alrededor ayudan a incrementar ese sentimiento en su pecho.

Ya no hay balas ni heridas, su ropa no existe y su desnudez parece correcta. No hay moral, no hay odio ni pecado.

Y sabe, en el fondo de su corazón, que se encontrará con sus más grandes amigos y su amor del otro lado de las luces.

Ya voy contigo, Emma.


Una vez, alguien importante me escribió «el cielo y el infierno que te muestran la religión son irrelaes. lo que te espera más allá de tu vida es sólo el karma de lo que vos hagas hagas de ella. no hay nubes ni fuego, sólo paz o dolor, y cada uno sabe qué quiere para su eternidad». Es bastante relativo, pero me basé mucho en esta frase pa escribir la transición del Draken al más allá ajsjsjsjsjsj

Escribir weas tristes mientras tengo mil cosas pa hacer is my passion xD y sí, el cap de hoy me trae tan mal que me vi en la obligación de hacerle estoEspero que les haya gustado, o en su defecto tengan ganas de cagarme a trompadas porque les causé más llanto junto al cap de hoy (Wakui mata al parásito de Madarame, no a Draken ctm)Les tqm 3 besitos y feliz llanto