Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de Naoko Takeuchi y yo solo los uso para desahogar mis traumas de la infancia... gracias.

Enfermo.

Cuando Jadeite dijo que Neflyte no había ido a la reunión porque "estaba caliente", Makoto lo miró fulminante mientras Rei se preparaba a sus espaldas para golpearlo en la cabeza con una revista doblada por la mitad.

Y aunque aquello hizo reír tanto a Zoycite que terminó por escupir su bebida de una forma muy poco galante, e incluso Kunzite sonrió en todo su esplendor, el platinado tuvo que interceder por aquel rubio irreverente que hizo una mala elección de palabras y simplemente agregó, "está enfermo".

Y así fue, después de luchar contra sí misma en su departamento por algunas horas, debatiéndose entre ver una película enfundada en su pijama favorita con un enorme tazón de palomitas o, para acallar su conciencia, tomar su bolso y dirigirse a la caverna, guarida, piedra o madriguera donde quiera que aquel odioso y lujurioso sujeto viviera para ver cómo estaba, optó por lo último por razones que no lograba comprender del todo.

Salir era una cuestión de valientes, después de todo había al menos diez centímetros de nieve en el suelo y un frío aterrador. Pero siendo Makoto una huérfana "profesional", se declaraba completamente incapaz de ignorar a aquel hombre en su convalecencia, y más cuando Darien le pidió al resto de los shittenou que no fueran a verlo, a final de cuentas, ninguno de ellos se había enfermado antes y no sabían que tan peligroso o contagioso fuera.

"Llorones" fue la respuesta de su voz interior mientras tocaba el timbre del complejo de departamentos, esperando a que le dieran acceso.

-¿Quién? - dijo una voz del otro lado, mucho más ronca y profunda que la que solía escuchar habitualmente.

-Soy Makoto, vine a ver cómo estás.

Neflyte no dijo más. La puerta sonó y ella entró de inmediato, después de todo el frío le calaba en los huesos y aunque le hubiera gustado un poco más de caballerosidad de su parte, con salir de la intemperie bastaba por el momento.

Aquel era un edificio mucho más elegante que el de ella, incluso estaba muy cerca de la casa de Haruka y Michiru por lo que la castaña se sentía ligeramente abrumada. Sabía que Neflyte tenía mucho dinero y negocios, aunque no sabía de qué tipo, así que mientras subía por ese moderno elevador una fugaz idea cruzó por su mente, ¿Y si había alguien ya cuidándolo? ¡Quizá una de esas mujeres elegantes y sofisticadas que lo comían con la mirada por las calles! O tal vez alguna enfermera particular, o... ¿Naru? ¡Qué tonta! ¡Él podría no necesitar compañía! Y sin embargo, ahí estaba ella, a punto de hacer el ridículo.

Su mente, completamente frenética buscaba una excusa para irse en ese momento, cuando el timbre del elevador anunciando que había llegado al último piso la alertó. Las puertas se abrieron y con horror vio que estaba justo frente a su puerta, la misma que chasqueaba advirtiéndole que se acabó su tiempo.

Y entonces lo vio, aquel alto e imponente sujeto, que siempre andaba de traje y corbata, robando las miradas de cuanta fémina atravesara frente a él... estaba ahí, con su piel apiñonada ligeramente enrojecida de las mejillas y la nariz, sus ojos chocolates vidriosos y el cabello suelto, alborotado como antaño. Estaba en pantalón de pijama y una playera blanca de tirantes, aparentemente se había puesto la camisa de su ropa de cama antes de abrir. "Rayos, se ve tan malditamente bien incluso enfermo" pensó antes de sonreírle a manera de saludo.

Él dibujó una mueca seductora con los labios mientras se recargaba en el umbral, extendiendo uno de sus largos y fuertes brazos para abrir la puerta a tope e inclinándose ligeramente hacia ella. ¡Claro que Neflyte estaba enfermo! Y probablemente un poco resfriado también.

-Hola preciosa, pasa por favor.

Se olvidó por un momento de todo aquello que le atormentaba en el elevador, y respiró más tranquila cuando comprobó, que al menos a simple vista, el general estaba solo. Ella entró hasta la enorme sala de estar, ese departamento era al menos tres veces más grande que el de ella, muy moderno y con todo el aire de cueva de soltero empedernido que se había imaginado.

-¿A qué debo al fin el placer? -preguntó él tras cerrar la puerta. Makoto regresó de sus pensamientos gracias a la voz ronca del hombre.

-Dijeron que estabas enfermo, quise ver.

-¿Vienes a cuidarme? -ese tono arrogante y seductor que la hacía rabiar seguía ahí. Makoto estaba por despreciar su nivel de enfermedad hasta que una serie de estornudos dijo lo contrario. Lo vio apenarse y girarse para sonarse la nariz con más privacidad.

Mientras el general luchaba contra sus propios fluidos, ella dio un vistazo por el lugar. Había una serie de paquetes de comida rápida sobre la mesa, algunos pañuelos tirados alrededor del cesto de basura y muchas botellas de agua medio vacías en varias de las mesas. Una bolsa de papel, que ella intuyó serían sus medicamentos, reposaba intacta en la barra. Caminó hacía ella sin pedir permiso para comprobarlo.

-¿No has tomado nada de esto? -preguntó al ver que todo seguía completo.

-Los shittenou no necesitamos eso.

Makoto torció los ojos hacia el cielo, "tan guapo y tan bruto" pensó.

Neflyte la alcanzó en la cocina, ella debía aplaudirle el esfuerzo que hacía para mantener la pose de hombre seductor que tanto odiaba. Desde que volvió simplemente no lo soportaba, con esos aires de grandeza y esa vanidad que destilaba, sus constantes peleas alteraban a todo el grupo, más cuando Makoto se veía en la necesidad de ponerlo en su lugar con alguna descarga eléctrica. Por eso incluso para ella era de sorprender que haya venido en su auxilio, aunque bueno, si se muere, ¿Con quién iba a pelear?

Se había acercado tanto que la puso incómoda, y fue el primer momento en que registró que estaba en el departamento de aquel sujeto, a solas y sin que nadie lo supiera. Se ruborizó.

-¿Puedo tomar tu abrigo? Veo que estas sonrojada, debe ser de calor o porque me veo muy bien en pijama.

Ella resopló, pero accedió de mediana gana. Después de todo se había metido casi al fondo del lugar sin invitación previa y ahora estaba hurgando en la cocina. Además, había aprendido que si el castaño se ofrecía cortésmente a algo, era mejor aceptar que soportar una serie de miradas ofendidas por todo el tiempo que permaneciera en su compañía.

Se giró entonces y dejó que él deslizara el abrigo que previamente se desabotonó, revelando su suéter enorme y confortable sobre sus jeans ajustados y sus botas de nieve. Volteó a verlo, una mueca juguetona se dibujó en su rostro y ella no pudo fingir que no la había visto.

-¿Qué pasa? - preguntó.

-Debo decir que esperaba un lindo conjunto de enfermera bajo este invernal.

Él sabía que una mirada fulminante salía de ese par de orbes verdes, no hubo necesidad e que volteara a verlos, contaba con ello. Una vez que dejó el abrigo en el closet volvió a su inesperada visita.

Venía decidido a continuar con el juego, pero la mano de la senshi del trueno se estrelló con bastante brusquedad sobre su frente, sacando un pequeño gemido de sus labios, más por la sorpresa que por el dolor en sí, aunque ciertamente también le dolía la cabeza y aquella salvaje caricia se sintió retumbar mucho más de lo debido.

-Tienes fiebre, deberías estar en cama.

-Lo estaba.

-¡Pues vuelve ahí ahora mismo!

-¿Quieres acompañarme?

"¡Pero qué hombre!" gritó a sus adentros mientras lo miraba ferozmente de nuevo. ¿Porque se había molestado a salir en plena tormenta para verlo? Seguro cogió el resfriado de alguna de sus amiguitas o sepa dios donde y ahora ella pagaría los platos rotos. "Nadie te mandó" se recordó a sí misma mientras seguía de cerca al castaño hasta su alcoba. Esto podía ser rápido, cuidarlo una tarde y volver a casa para seguir con su plan de pijamas y palomitas.

Y entonces llegó al infierno, al menos eso pensó cuando vio la habitación de la que nunca querría salir otra vez. Ese hermoso cuarto amplio y sofisticado. Ella había visto las cortinas que cubrían la enorme ventana en una revista, y las había deseado desde entonces. Todos los muebles de un hermoso color oxford que era su sueño, el piso blanco y reluciente y la cama... esa maldita cama que le llamaba pero que debía esquivar a toda costa. No sería una estadística más en ella, ¡Oh, vaya que no! … Bueno, si cambiaba las sábanas...

Neflyte seguramente vio el conflicto interno en su rostro y sonrió. Estaba listo para un comentario mordaz pero un acceso de tos ahogó sus palabras en la garganta. ¡Maldito resfriado humano! ¡Con lo divertido que era ser un esbirro del mal!

-Recuéstate, te tomaré la temperatura, ¿Has comido algo que no sea esa basura que teníasi en la cocina?

-Eso a lo que tú llamas basura yo lo llamo milagro.

-¡Desde luego! No esperaba que supieras hervir agua al menos.

-¿Cómo crees que no? Los fideos llevan agua caliente para prepararse.

Makoto sonrió, al menos la enfermedad no había mermado sus ganas de molestar, no podía estar tan mal.

Neflyte se hundió en su cama y se cubrió con el edredón, se veía tan diferente en ese estado que casi causa algo de compasión en la senshi. Después de todo, se había comportado demasiado bien para sus estándares y esos ojos de cachorro a punto de llorar le daban un aire de vulnerabilidad que lucía un tanto adorable.

El termómetro marcó treinta y ocho grados, Makoto se alarmó. Había traído los medicamentos que estaban en la barra y que habían sido recetados por Darien, obligó al enorme hombre a tomarlos, casi como se le obliga a un niño. Después buscó un paño húmedo y lo colocó en su frente, arropándolo un poco más antes de decirle que descansara, que le prepararía algo de comer.

Estaba por retirarse a la cocina cuando sintió como era retenida por la muñeca con mucha suavidad. Ella giró y pudo ver la mirada vidriosa y exhausta del altivo sujeto, clavarse en sus ojos.

-Muchas gracias.

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Preparó un caldo con pollo y verduras, la vieja receta de su madre para los días de gripe. Fue una suerte que pensara en traer los ingredientes desde su casa, en el refrigerador del general solo había alcohol, yogurth y algo que en sus buenos momentos debió ser queso pero que iba camino a convertirse en una piedra más. "¿Eres otro shittenou?" "Espero que no" pensó y sonrió mientras arrojaba aquello al cesto de la basura.

Fue de vuelta a la habitación para decirle que la comida estaba lista, pero para su sorpresa él dormía. Puso su mano de nueva cuenta sobre su frente y comprobó que aún tenía temperatura, pero al menos parecía respirar mejor. Aprovechó y acomodó sus cabellos revoltosos para que no cubrieran su rostro y ya que estaba ahí, lo observó.

Lo que más detestaba de él y su vanidad es que tenía razones para enaltecerse. Era un hombre muy guapo, con esa piel bronceada, esos ojos marrones y ese largo cabello que, debía admitir, a veces quería peinar con los dedos, y otras veces quería tirar de ellos hasta desprenderlos y hacérselos comer, todo dependía de como se comportara el desgraciado. Pero justo ahora era casi un inocente, así que peinarlo era lo más decente.

Cerró la puerta tras ella y se fue a la cocina, por instinto comenzó a recoger todo lo que estaba fuera de lugar y aprovechó también para limpiarla, no requería de mucho esfuerzo, podría jurar que estaba prácticamente nueva. Luego paseó por la sala, casi no había ningún artículo personal, salvo por una foto con los otros cuatro hombres que ella ya conocía y un balón de futbol americano sobre su base, con una firma. Ella no sabía de eso, pero no había que ser muy listo para saber que era valioso.

-Le rompí un diente a Zoy con eso, por eso lo atesoro.

Ella enarcó una ceja mientras volteaba a verlo. Neflyte no aguantó la risa y la soltó con su correspondiente dosis de tos.

-Mientes.

-Jugué americano en la universidad, cuando vivía en Estados Unidos.

-¿En serio? Nunca me habías contado nada de eso.

-Es que no lo recuerdo. Al menos no muy bien.

Makoto lo miró con nostalgia, ciertamente sabía que no habían podido recuperar todos sus recuerdos de antes de Beryl, pero no había dimensionado la situación hasta esas palabras. Debía ser duro estar en su situación, esperaba nunca tener que averiguarlo.

-¿Qué haces de pie? Vete a acostar, te llevaré la comida a la cama.

-Suena tentador cariño, pero no como en la cama, al menos no comida de verdad.

Y ahí estaba de nuevo, ¿Sospecharían de ella si moría envenenado?

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Tenía cierto encanto ese tono carmesí en su rostro, le parecía lindo y extraño, porque ciertamente nunca lo había visto apenado ni abochornado, de hecho, podría asegurar que ese hombre no conocía la pena ni la vergüenza.

Esto último lo confirmó cuando lo vio comer su tercer plato de sopa. No había tenido oportunidad para cocinar para él, a pesar que una noche estuvo a punto de invitarlo a cenar, pero Jadeite lo había llevado del brazo prometiéndole una noche de desenfreno y alcohol, que después se enteró que terminó con ellos jugando videojuegos hasta amanecer. Así que se alegró al ver que disfrutaba de su comida, casi tanto como de su compañía.

-Eso fue realmente bueno, ¿Dónde aprendiste a cocinar así?

-Mamá me enseñó un poco y después he sido yo con tal de sobrevivir.

Neflyte la miró con seriedad, ella también tenía una historia triste que contar. No había pensado mucho en el hecho de que era la única de sus amigas que no tenía padres y que vivía sola. Eso la hacía diferente y especial, no hacía falta fijarse mucho para saber que era la más madura y autosuficiente, quizá por eso cuidaba tanto de todas y seguramente eso era lo que la había traído ahí esa tarde.

-Pues ha valido la pena todo lo que sale de mi nariz si eso me hizo probar algo tan delicioso. - exclamó con dulzura, la chica no pudo más que encenderse en un rojo más intenso que él que lucía él.

-Ha sido uno de los halagos más raros que he recibido en mi vida. -dijo entre risitas nerviosas, poniéndose de pie para llevar los platos a la tarja.

-Sí, me han dicho que soy algo especial.,

-Parece que te sientes un poco mejor, ¿Ves como si debías tomar los analgésicos?

-No les des todo el crédito, la compañía y la comida han hecho un excelente trabajo también.

-Wow, dos en un minuto y ninguno menciona mi cuerpo, me parece que sigues con fiebre. - Makoto se acercó y puso una mano en las afiladas mejillas del general. Neflyte se rindió ante su toque y la sujetó con su propia mano, impidiendo que se alejara.

Sus dedos acariciaron los de ella y se enlazaron un poco. Ella usó el dedo pulgar para trazar pequeños círculos en su piel, en un tacto tan gentil que hizo sonreír al castaño levemente. Disfrutaba aquella cercanía mucho más que lo que le hubiera esperado. Después de todo, la cálida piel de Makoto le recordaba que ya no estaba en el Negaverso, que lo habían considerado merecedor de una segunda oportunidad y que valía la pena aprovecharla.

-Makoto... -susurró dispuesto a abrirse un poco de su coraza.

Y lo hubiera hecho, pero el chillido de la tetera los sacó de su ensoñamiento. Ella se soltó de su mano y caminó a la estufa para apagar el fuego.

-Te haré un té y volverás a la cama.

-¿Eso fue una orden?

-Claro que lo es.

Lo acompañó de nuevo a la habitación, donde le dio los medicamentos que correspondían una vez más. Neflyte se tumbó en la cama, un tanto adormilado y viéndose como un hombre tranquilo, casi normal. Casi...

-¿No te decides en acompañarme? -insistió con la voz pastosa. Estaba casi dormido y, aun así, insistiendo en su coquetería.

-¿No has tenido suficientes mujeres ya en esta cama? -respondió burlona mientras ponía un trapo fresco en su cabeza.

-No traigo a nadie aquí, si eso es lo que te molesta.

-¿Ah no? ¿Por qué?

-Esta es mi casa, aquí traeré únicamente a mi mujer. - murmuró mientras era arrastrado por el sueño.

-Mientes.

-Hay un registro de visitas en el lobby. Si estás tan loca revísalo, Minako revisó el de Kunzite.

Makoto sonrió, recordaba aquel hecho en verdad. Minako estuvo dos días leyendo una lista que había sacado de dios sabe dónde y no paraba de subrayar fechas y nombres hasta que al fin, Rei se la quemó.

-De acuerdo, te creo. Pero tampoco es que me importe, tú puedes hacer aquí lo que quieras es tu casa.

-Eso es lo que yo creía, pero una castaña ha venido a mandarme en mi propio hogar, ¡Vaya descaro!

Makoto sonrió alegremente, le metió el termómetro de vuelta a la boca y mientras esperaba caminó hacía la ventana, por primera vez en las más de cuatro horas que llevaba en el lugar, se asomó a la calle. La tormenta de nieve había arreciado y se preocupó. Miró su reloj, ya eran casi las diez de la noche y estaba muy lejos de su lugar. Quizá pudiera pasar la noche con Haruka y Michiru, pensó.

-Puedes quedarte si quieres. - Neflyte dijo aquello movido por la expresión en el rostro de la ojiverde.

-Apuesto a que eso te gustaría- respondió con brusquedad.

Neflyte se sentó de nuevo, el paño resbaló por su cabeza hasta caer en su regazo. Makoto fue hacía él para obligarlo a acostarse de nuevo y tomar la medida de la temperatura.

-Sabes que no intento ofenderte.

-No tienes otra alcoba- objetó.

-Esta el sillón o puedes dormir aquí conmigo, prometo comportarme.

Ella le sonrió un poco burlona, él tosió.

-Aún tienes fiebre.

Él hizo una mueca de molestia y fastidio.

-No puedo llevarte y vives muy lejos.

-Llamaré a Haruka, quizá pueda pasar la noche con ellas.

-Presiento que verías menos desfiguros aquí-sonrió-. Además, soy un caballero, y uno que apenas puede ponerse en pie. Si quisiera faltarte el respeto estoy seguro que me mandarías hasta Plutón de un golpe sin problemas.

Lo pensó un momento. Revisó su celular y las noticias del clima. Las calles estaban cerradas y se pedía a la población permanecer en sus hogares. ¡Ese era el plan original! Pero este hombre tenía que dejarse caer en las garras de la frágil humanidad y ella, en ese corazón de protector que tenía.

-Es una cama enorme, podrías dar tres vueltas sin tocarme. Aunque si tú quieres...- Una verde y relampagueante mirada lo atravesó-, es broma vamos. No he dicho nada. -agregó roncamente.

-Deberás prestarme una de tus lindas pijamas. - dijo al fin, con el nervio a flor de piel y la voz más serena que consiguió. Él sonrió.

Unos minutos después sacó de uno de los cajones del clóset un pants que seguro le quedaría. Agradeció la blusa interior que llevaba bajo el suéter, ese le serviría y además era bastante recatada. Si esto hubiera pasado en verano, estaría en serios problemas. Aunque seguro en verano no podría estar atrapada por una tormenta de nieve con ese arrogante costal de virus.

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Después de todo no era tan malo, la gripe y los medicamentos tenían realmente sedado al hombre, apenas se giraba un poco y balbuceaba un tanto más antes de volver a dormir con profundidad. Makoto le había agarrado gusto al curioso resoplido de su nariz y a sus profundas aspiraciones. Se acercó a él, dejando el libro que fingía leer a un lado de ella. Ya no tenía fiebre, eso era bueno.

Accedió a subir a la cama, "¡Maldita sea era increíble!", gimió a sus adentros. Las almohadas se ajustaban perfecto y debía luchar contra el impulso de extenderse a todo su largo para disfrutar las finas sábanas bajo su piel. Sin embargo, tampoco estaba tan loca, seguía sobre el edredón, rehusándose a internarse en la misma capa de colchas con él, por miedo a lo que pudiera pasar.

Cerca de media noche el sueño la venció, aunque una hora después el frío la trajo de vuelta. La ligera cobija que consiguió no era suficiente después de todo.

Miró a su lado y el general dormía aun, incluso le daba la espalda. "Vamos Makoto, es más probable que tú le hagas algo a que él te lo pueda hacer a ti" se dijo y hasta cierto punto tenía razón. Así que se subió hasta la cabecera, y como una niña se metió entre las cobijas, sintiendo de inmediato el calor que su cuerpo tanto le pedía. Se acurrucó en ella misma, lo más lejos que pudo de Neflyte, debía dormir un poco, en la mañana podría irse y esto sería una historia más.

Su mente volaba de nuevo hacia el mundo de los sueños cuando lo sintió moverse tras ella, fue algo más brusco de lo que había hecho hasta ahora, supuso que había cambiado de lado y así fue. Abrió los ojos y lo vio de frente, esos ojos marrones la observaban con un brillo especial mientras una sonrisa era llamada a su rostro.

-¿Cómo te sientes?

-Feliz. - respondió.

Y Makoto no supo cómo ni mucho menos porque, pero se movió hacia él con pequeños saltos hasta quedar con la cabeza bajo su mentón. Neflyte pasó un brazo por debajo de su cuello y el otro por encima de su hombro contrario. La atrapó en un abrazo cálido y confortable, hundiéndola en su pecho que olía a mentol y un poco a maderas, como solía ser con normalidad.

"¿Cómo llegué aquí por mi propia voluntad?" se preguntó mientras se pegaba más a él y enlazaba sus piernas. Había encajado perfecto, como si aquel abrazo tan intimo fuera algo de todos los días. Estaba tan cómoda y el parecía igual. Uno de los mechones del general le hizo cosquillas en la nariz y ella estornudó. Neflyte la alejó un poco y la miró con una ceja alzada.

-No me digas que vas a enfermar.

-Si fuera así, será tu turno de cuidarme.

Él sonrió con dulzura y le regaló un beso en la frente, de inmediato volvió a presionarla contra su cuerpo, como si quisiera evitar que escapara mientras dormía.

-Me alegra que no trajeras un traje de enfermera.

-¿Ah sí? ¿Por qué?

-Porque me hubiera perdido de esto, y hasta el momento esta es mi posición favorita contigo.

-¡Eres terrible! -exclamó contra su pecho, Neflyte sintió el tibio aliento de Makoto calentar su piel. No hacía falta verla, sabía que sonreía.

-Eso no es verdad, soy el mejor. -dijo con arrogancia. Se inclinó un poco hacía el oído de la chica y con esa voz ronca que el resfriado había dejado en él, le susurró-, incluso soy un buen enfermo.

-¡Eres un experto en ser enfermo, no seas modesto con eso!

-Jamás me habían acusado de ser modesto, creo que la enfermedad me está afectando, ¿Crees que muera?

-¿Morir? Me habían dicho que el dramático era Zoycite.

-¡Es que siento como si el cerebro fuera a escurrirme por la nariz!

Makoto se carcajeó inevitablemente. Tuvo que despegarse un poco de él para ver la expresión de su cara. Ciertamente Neflyte estaba algo confundido con aquello, pero igual tenía una sonrisa en el rostro.

-¿Es la primera vez que te enfermas, verdad? -preguntó cuando al fin pudo parar de reír.

-Al menos la primera que recuerdo. Lo bueno de ser un demonio es que tenemos un buen plan de salud.

-Siempre que una de nosotras no te mate.

-¡Ninguna de ustedes me mató! -exclamó ofendido-. No les di el gusto.

-Quizá no entonces, pero estás en mi lista.

Neflyte frunció el ceño con desaprobación y ella volvió a reír. Era la primera vez que discutían sin desenfrenados gritos de dolor y hastío de por medio.

-Si muero, todo lo que me pertenece será tuyo.

-¿Por qué harías eso? -preguntó notoriamente sorprendida. Sus ojos se centraron en los labios del general, un poco partidos por la enfermedad, pero no por eso menos antojables. "Diantres Makoto, no te distraigas"

-Porque pude ver que amas mi cama y no puedo dejarte solo eso, ¿Qué pensaría la gente de ti?

-Que soy una más de tu lista.

-¡Qué no tengo una lista! -gruñó tan alto que la tos de nuevo se apoderó de él. Neflyte se contrajo con ella en brazos, pero logró desviar su rostro para no salpicarla.

-¡Ya! ¡Ya! ¡Calma! -le dijo en un intento de controlar la ansiedad-. Discúlpame señor sin listas ni memorias, mejor dime ¿Que tendré si no mueres? Por qué no lo veo probable la verdad.

Neflyte suspiró profundo, tratando de tomar aire de nuevo. Odiaba la sensación de su nariz tapada y lo mucho que eso lo hacía jadear.

-Pues si vivo, me podrías tener a mí... todo es cuestión que te decidas.

Ahora fue Makoto quien sonrió-. Y se supone que eso debería resultarme interesante.

-Pues ciertamente hoy no, me veo menos sexy de lo normal. No sería capaz de dar todo de mi en este momento.

Y para sorpresa de la senshi, un poco más de rubor apareció en las mejillas del convaleciente hombre. El primer gramo de vergüenza en ese rostro apiñonado y seductor.

-Pues creo que me aventuraré a decir que me pareces más lindo así, vulnerable y tranquilo. Al menos no siento que debo estarme cuidando de ti a cada rato.

-¡Oh! ¿En verdad? -exclamó sorprendido-. Y yo que estaba pensando en como desabrochar tu sujetador.

Makoto volvió a mirarlo fulminante. No se veía con claridad en medio de aquella oscuridad, pero es el tipo de cosas que él podía sentir inexplicablemente. Sonrió con descaro, con ese gesto victorioso que denotaba que no hablaba en serio pero que había logrado su cometido.

-¿Lo arruiné? -preguntó timidamente. Sus labios volvieron a estrellarse contra la frente de la chica, en señal de disculpas.

-No, aún no. Pero deberías dormir ya y no tentar a tu suerte.

-Cierto... - aceptó casi en un susurro-. Así es como me siento en este momento, como el hombre más afortunado.

Neflyte volvió a presionar a la senshi contra él, y se acomodó un poco. Quería dormir abrazado de esa dulce y fuerte mujer, la única que hasta el momento había logrado mantenerlo a raya.

-Descansa Neflyte, espero que te sientas mejor mañana.

-Ojalá que no, si eso te hace quedarte un poco más.

Y realmente fue lo último que alcanzó a decir, antes que el sueño lo llevara de nuevo a sus territorios.

Era realmente cautivante verlo así, tanto que sonrió al pensar que no estaría mal que se enfermera un poco más seguido. Se sentía tan segura en su pecho, debajo de sus cobijas, atrapada con sus piernas. ¿Este era el hombre arrogante que la hacía rabiar casi diario? ¡Sí, si lo era! ¡Rayos! "Maldito y encantador cretino, lo besaría si no fuera tóxico".

Makoto le peinó el cabello rebelde tras su oreja, cumpliendo al fin aquella idea que llevaba tiempo en su mente, aunque ciertamente estuvo a nada de arranarle un par por impertinente. Cerró sus ojos y se durmió con él, acogida entre sus brazos.

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Tres días después, el arrogante general estaba de vuelta en las calles. Llevaba un imponente traje negro y una camisa verde olivo que resaltaba su piel ligeramente morena. Sus cabellos ya estaban domados y su sonrisa surcaba de un lado a otro de su rostro. Su gabardina negra le terminaba de dar ese aire soberbio y atrayente que llamaba la atención de todos a su alrededor, sobre todo de las mujeres.

Caminaba tranquilamente por aquel complejo cerca de Juuban, era un lugar que se veía pintoresco con todo y la nieve que aún quedaba sobre algunos de los techos de las casas y los jardines. En las manos llevaba una bolsa de compras y un ramo de rosas de todos los colores, iba dispuesto a agradecer a la improvisada enfermera que había cuidado de él en sus momentos de vulnerabilidad.

Cuando llegó al departamento de Makoto, la voz del otro lado del comunicador lo alertó. Era fuerte y profunda y en definitiva extraña para él, así que en cuanto la puerta se abrió corrió escaleras arriba, después de todo la senshi vivía en el tercer piso y eso no era problema para su recién recuperada fuerza.

Llegó jadeante a la puerta de la ojiverde y esperó a ser atendido. Su semblante serio y molesto cambió de repente al ver el espectáculo frente a él.

Makoto estaba de pie, con el cabello un tanto revuelto, sus hermosos ojos verdes vidriosos y ese carmesí en su rostro delatando que aquella noche, habían compartido un poco más que la cama.

-Cariño, ¿Cómo te sientes?

-¡Voy a matarte Neflyte! -exclamó con la voz sesgada por su congestión nasal. Neflyte suspiró al confirmar que esa era la misma voz que había escuchado por el aparato en la puerta.

Makoto giró y lo dejó entrar mientras él sostenía con gracia la bolsa con sopa casera, aunque de muy buena calidad según le dijeron, y el ramo de flores. Entró a la casa y cerró la puerta tras él.

-Sí, un día lo harás... pero hoy, el doctor Neflyte cuidará de ti.

FIN.