Título: Un maldito egoista

Descargo de responsabilidad : No poseo nada relacionado al mundo de Harry Potter que vaya más allá de un par de fics medio maltrechos y alguna que otra mercancía.

"Este fic participa en la tercera prueba del Torneo de la Copa de la Casas 2020/21 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Este fic es un pequeñp AU basado en un Sirius que al morir cayendo por el velo es trasnportado a un mundo alterno. Un mundo donde Petunia Evans fue una bruja y asistió con el a Hogwarts.,.. donde su hermano sigue vivo y donde la guerra es tan diferente a la vivida por él...


—¡Despierta, idiota! —escuchó antes de abrir los ojos finalmente.

Estaba confundido.

Se encontraba en una cueva extraña.

—Sirius, ¿entiendes lo que te digo? —escuchó. En realidad, no comprendía siquiera en donde se encontraba. Todo se sentía diferente.

Tan solo unos minutos atrás había muerto.

O eso creía.

La caída ingrávida a través del velo se había sentido cómo el final de todo.

¿Acaso se trataba de una nueva pesadilla?

La desesperación de lunático había sido tan real; cómo si de verdad se tratase de la última despedida.

Y Harry, estaba seguro de que había escuchado los gritos de Harry.

—Merlín, estoy muerto, la poderosa señora de Black se hará un abrigo con mis desprevenidos pellejos — se lamentó la voz logrando captar su atención.

En definitiva, tenía que estar muerto.

No había otra posible explicación para el hecho de tener a Regulus frente a él.

—¿Reg? —preguntó con la voz temblorosa.

Poco importaba que su hermano hubiese sido un mortífago o que su relación se hubiese vuelto tan amarga al pasar de los años, la alegría de ver nuevamente el rostro de su hermanito era superior a todo ello.

—¡Sirius, finalmente! —reprochó el menor. La cara de Reg arrugándose de una forma que parecía mucho más madura que la de cualquiera de sus memorias.

El más allá era un lugar extraño si ni siquiera podrías conservarte eternamente joven.

—Tremendo numerito te has montado —continuó Reg sin prestar atención a su rostro confundido —. Tú solo quieres que tu esposa me coma vivo.

La forma en la que Regulus fruncía sus cejas al molestarse era tan familiar y nostalgico que simplemente supo que todo era verdad: estaba muerto, le había fallado a Harry, y finalmente era libre.

El sentimiento era abrumador.

La sonrisa se expandió por sus labios al tiempo que las lágrimas corrían por su rostro. Era un maldito egoísta. Pese al peligro que Harry debía estar corriendo, el no podía evitar sentirse aliviado.

¡Ya no tendría que esconderse entre las húmedas paredes del cuartel!

Finalmente podría caminar como un hombre libre.

Gritar y saltar de alegría era lo de menos, estaba seguro de que a los muertos poco les impartiría un lunático que abrazaba la muerte con tanto gozo como él. ¡Al fin era libre!

—Bueno, esto te dolerá más a ti que a mi —escuchó decir antes de sentir el tibio calor de un hechizo aturdidor invadirlo por completo.

Nuevamente cayó en la inconsciencia.

…..

Al despertar solo podía escuchar gritos.

Unos horribles y familiares gritos que lo llenaron de la más abrumadora tristeza.

Seguía en el maldito Grimmauld Place.

Toda la dicha que había experimentado, no era más que una de sus ya tan recurrentes pesadillas. Cada vez más elaboradas e hirientes.

Por un momento se había creído libre.

Los agudos chillidos de su madre lo devolvieron a la realidad, su retrato se escuchaba realmente furibundo. Seguramente Mundungus se había cruzado en su camino al reportarse.

—¡Pudieron haber muerto, Regulus! —espetó en un tono inusual —. ¿Acaso pensaron en Diana?

—¡He dicho que lo siento, Pet! —escuchó gemir a su hermano.

Y al parecer, seguía estando en el mismo extraño sueño.

Ahora estaba completamente seguro de que esa no era la voz de su madre, por mas que sus gritos chillones se le pareciesen.

Quizás no todo había sido un sueño.

Ahora que lo pensaba detenidamente, ni siquiera se encontraba en su antigua habitación. Estaba casi seguro de estar en la que fuese la habitación de sus padres.

Decidiendo que era momento de explorar, solo pudo alcanzar a distinguir el murmullo defensivo de su hermano antes de que los chillidos y regañinas se dejasen escuchar nuevamente. Fuese quien fuese, tenía unos pulmones de admirar.

—¡Me importa muy poco si encontraron dos o tres de esos asquerosos artefactos, pude haber perdido a Sirius!

Por un momento todo quedó en silencio, y tan repentinamente como inició se vio interrumpido por los gruesos sollozos de la misma mujer que con sus gritos lo había atraído hasta el primer piso. Se apresuró a doblar el pasillo que lo separaba del salón, sabía que su hermano estaría retorciéndose incomodo ante la perspectiva de tener que consolar a la mujer y no quería prolongar su sufrimiento.

Pese a todo lo había extrañado. Y, mas importante aún, tenía curiosidad por saber quien era la mujer que lloraba con tanto aplomo por él.

Al entrar a la habitación se encontró con la inusual escena de su hermano abrazando a una menuda mujer rubia que poco hacia por ocultar sus lágrimas.

No se sorprendió al darse cuenta de que, efectivamente, no la reconocía. Pero era bastante sorprendente por si mismo el que Regulus se mostrase tan cómodo con ella.

¿Su hermano la conocía?

Ciertamente parecía ser así.

—¿Por qué el drama? —se atrevió a preguntar finalmente.

Odiaba sentirse excluido. Además, necesitaba comprender la situación.

La mujer alzó la mirada y Sirius pudo presenciar en primera fila como sus grandes ojos azules se expandían aún más por la sorpresa.

Realmente no la conocía.

Pero al parecer ella si lo reconocía.

—¡Calabacita, estas bien mi cachito de pan! —sollozó antes de lanzarse contra él.

Oh, cierto.

Regulus había mencionado una esposa. Pero se le había olvidado mencionar que se trataba de Petunia Dursley.

Por tercera vez en el día, Sirius sintió el dulce sabor de la inconsciencia consumiendo su mente.

Sirius.

Sirius.

Canuto, despierta.

La voz de Harry lo llamaba insistente, desesperado. Su ahijado clamaba por él y Sirius no podía hacer nada.

Era un maldito cobarde.

Todo a su alrededor se sentía tan cálido y perfecto. Y él simplemente no se creía lo suficientemente fuerte como para volver a la crueldad de su encierro.

Era un egoísta sin remedio.

Canuto, tienes que despertar.

Y sabía que tenia razón. Su deber principal era proteger a Harry de todo peligro, aun a costa de su vida.

La suavidad de una caricia en su cabello no debería ser suficiente como para anclarlo a su mundo de fantasía, aun cuando los delgados dedos acariciasen expertamente entre sus enredadas hebras.

Amaba cuando la gente jugaba con su cabello.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la ultima vez que alguien lo había tocado así?

Demasiado.

Estaba completamente seguro de ello.

Los suaves murmullos que acompañaban cada movimiento eran tan tentadores como la acción misma. Quizás no fuesen los mas melódicos, pero estaba claro que cada letra era para él.

—Despierta, calabacita. No nos dejes solas.

—Solo necesita descanso, tía Petunia —escuchó susurrar —. Fue solo un susto, pronto estará de pie causando problemas como siempre.

Y si la caricia que sintió en sus labios era más poderosa que las suplicas de su ahijado, solo él y su egoísmo lo sabrían.

—¿Dónde estoy? —preguntó la siguiente vez que abrió los ojos.

Estaba confundido y no iba a negarlo.

Delante de él se encontraba un chico exactamente igual a su ahijado, pero que no podía ser el mismo escuálido y paliducho muchacho que le repetía lo mucho que deseaba vivir con él. Este chico solo debía tener las mismas facciones.

—Estas en casa, tío Sirius —explicó calmado mientras tomaba sus signos con un preciso movimiento de varita.

Justo como Lily solía hacer, pensó nostálgico.

Este chico era todo lo que su ahijado podría haber sido de haber crecido con sus padres. Seguía siendo un poco bajo, pero con un cuerpo llenito y tonificado por la actividad física típica de los chicos de su edad. Se veía saludable y alegre.

—¿Quién eres? ¿qué hace ella aquí? —preguntó señalando la figura encorvada a su lado. Ni en sus más salvajes delirios se habría imaginado a si mismo compartiendo lecho con Petunia Dursley.

Quizás si ambos hubiesen sido asesinados y sus cuerpos hubiesen sido dejados atrás para cubrir las huellas de su perpetrador…

El-definitivamente-no-Harry frunció el ceño delante de él, claramente evaluando su salud mental.

—¿Estoy muerto? —preguntó finalmente. Odiaba el tono esperanzado de su voz, pero a estas alturas no podía evitarlo.

Solo quería confirmar que por fin todo se había acabado.

—No, aunque nos diste un buen susto —contestó no-Harry cauteloso —. Reg dice que dejaste de respirar y que no sintió tu pulso por casi dos minutos. La tía Petunia estaba muy angustiada cuando leyó tu nota, al menos podías haberle avisado con tiempo.

Y si eso ultimo no sonaba como James dándole una regañina, entonces Remus era un maldito unicornio con adicción a los bombones.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —preguntó frunciendo el ceño. Tenía horribles recuerdos de la mujer, la mayoría ligados al trato de su ahijado.

No podía aceptar que lo que dijo Regulus fuese verdad. Sirius Orión Black era un hombre libre, enamorado de su soltería, y alguien incapaz de renunciar a ella por una arpía como Petunia.

—Porque merece saber si algo podría pasarle a su esposo y padre de su hija —espetó su no-ahijado poniéndose de pie —. Y me parece un insulto que insinúes que tu seguridad no le concierne.

Y sin más, salió de la habitación dejando que sus pasos resonasen por los escalones de la vieja casona.

Solo pudo observarlo en completo shock.

Si esta era la muerte, Sirius no estaba tan seguro de sentirse libre.

—¿Entonces no me recuerdas?

Sirius se sentía completamente perdido, tenía que admitirlo. Ciertamente no había anticipado el sentimiento de culpa que lo había invadido cuando la rubia había salido en estampida fuera de la habitación.

¿Acaso tenía la culpa de haber acabado en tremendo disparate?

Por la mirada de reproche que le había lanzado no-Harry al subir sus medicamentos la respuesta parecía ser sí.

¡Ni siquiera sabía como es que podía arreglar la situación!

¿Debía pedir disculpas por no recordar a la aparentemente no-horrible-mujer con la que se había casado?

—Harry dice que enloqueciste, intentó convencer a Lily de que te llevásemos al veterinario —escuchó decir desde la puerta —. Logré persuadirlos de que solo eras idiota y seguramente se te pasarían los efectos después de unas horas con tu dulce Diana.

El alivio que sintió en su cuerpo al voltear hacia la puerta fue instantáneo. Finalmente, una cara que reconocía como alguien seguro.

—¡James!

La sonrisa ladina era la misma de siempre, aquella con la que lo saludaba y despedía al iniciar una travesura y al acabar el día.

El James frente a él era el mismo amigo que había conocido, de eso estaba completamente seguro. Aún si entre sus manos cargase a una pequeña niña rubia cuyo rostro Sirius jamás había visto.

Y pese a todo la sentía extrañamente suya.

Claramente era una pequeña de no más de tres años, aún si su altura intentase decirle lo contrario. Su cara regordeta y dulce le hablaba de una niña traviesa y feliz.

¿Podría ser verdad que se tratase de su hija?

Todo parecía tan irreal.

—Hey, canuto, ¿me extrañaste? —preguntó James finalmente, depositando el cálido bulto en sus brazos con una sonrisa que le decía que lo comprendía.

Sirius mentiría si dijese lo contrario.

—Sabes que sí, James. Sabes que sí.

Y lo más curioso de todo, es que estaba seguro de que James entendía el caos por el que había pasado, como si supiese exactamente el tipo de sentimientos que lo inundaban en este preciso instante.

—Creo que te gustará escuchar esto, canuto. Acompáñame a dar un paseo.

Y nunca se había sentido más feliz de dejar que la cordura se deslizara cada vez más lejos de su razón. Ni por un segundo lamentaría tomar la decisión de seguir a su amigo sin protestas al enorme jardín que, aparentemente, su dulce esposa había creado especialmente para él.

¿Era posible amar el sentirse amado?

No estaba muerto, al menos no del todo.

De alguna forma extraordinaria, se encontraba en un mundo tan diferente y a la vez tan parecido al propio que costaba diferenciar la realidad de lo extraordinario.

¿Acaso se trataba del mundo detrás del velo? Eso ni siquiera su mejor amigo lo sabía.

James y Lily habían pasado por el mismo proceso en su momento, según su ahora-cuñado le había contado. Ellos habían llegado a este mundo en el preciso instante en que los James y Lily de este universo habían muerto, llenando un vacío que nadie más había notado.

¿Lo más extraordinario?

Varios sucesos de su línea temporal parecían repetirse como en su tiempo. Aunque algunos otros hubiesen sido alterados por quienes habían echado un vistazo al futuro.

Cómo la muerte de su hermano.

—Lily quería evitar que sufrieras —confesó James —. Ella dijo que no podía soportar la idea de que perdieras a tu hermano nuevamente, que, si ella podía ahorrarte esa pérdida, lo haría sin pensarlo.

Al final interferir había sido una sabia decisión, especialmente cuando se dieron cuenta de lo valiosa que sería la ayuda de Regulus para la supervivencia de Harry.

—Harry nunca ha pisado una escuela mágica —comentó James mientras lo ayudaba a arropar a su hija. La pequeña parecía decidida a despertar y monopolizar la atención de su padre, algo bastante común según cornamenta.

—¿Hogwarts? —preguntó dudoso.

—Educación en casa —respondió su amigo —. No queríamos arriesgarnos. Al final, fue lo mejor.

Y si la narrativa de su vida post escolar; donde aparentemente se había enamorado de la hermana de Lily dándole el zarpazo final a su madre al casarse con una hija de muggles, le había parecido interesante. Entonces el relato de su búsqueda incansable de los horrocruxes lo dejó fascinado.

Todo parecía tan sencillo y épico a la vez.

—¿Regulus lo sabía?

—En nuestro mundo, murió luchando contra él — confesó James enfatizando la palabra, ambos sabían bien a quien se refería —. En este mundo, mi hijo le debe la vida y nosotros le debemos la oportunidad de estar ahí para Harry.

La pausa no duró mucho, James pronto levanto la mirada y le dirigió las siguientes palabras.

—Y también te lo debemos a ti, canuto. Tú has participado en esta caza de horrocruxes de la misma forma… el día de hoy moriste protegiendo a mi hijo. Gracias.

El silencio colgó entre ellos, cargando en él la importancia de las palabras expresadas. Sirius sabía que James le agradecía no solo por lo hecho en este extraño mundo.

No sabía cómo responder.

Estoy seguro de que tú habrías hecho lo mismo, pensó sabiendo que no se equivocaba.

Ese fue el momento que Diana escogió para levantarse.

La niña se removió entre el bulto de sabanas, exigiendo ser atendida y Sirius supo que, por primera vez, comprendía al cien por ciento el sentimiento de su mejor amigo.

No tenia deseo alguno de volver a su mundo, eso lo tenía claro. Aquí al fin era libre y tenía una familia propia.

Amaba a Diana, estaba seguro de ello. Sobre todo, al ver sus grandes ojos tan azules como los de su madre. Y estaba seguro de que podría aprender a amar a su esposa.

¿Acaso no había amado los gestos de cariño que le había dedicado? Estaba claro que no era la misma Petunia, vieja y amargada, que había conocido.

La mujer que lo había recibido le había mostrado un cariño sincero que él desesperadamente quería sentir.

Estaba completamente dispuesto a proteger la felicidad de su nueva realidad.

Por una vez, quería ser un maldito egoísta que acaparase las cosas buenas que la vida le había aventado a la cara. Aún sin merecerlas.

No estaba dispuesto a arrepentirse por querer algo mejor.

Su nombre era Sirius Orión Black, y sin importar la línea temporal o el universo que le tocase vivir, jamás dejaría de luchar por las personas que amaba.

—Volvamos a casa…