Nota: Posible fuera de personaje, disculpa por ello. Pero a decir verdad, escribir esto fue divertido.
Si bien Sukuna no estaba interesado en nadie más que él mismo y en Megumi Fushiguro, aquella pequeña mujer compañera de su estúpido recipiente, ciertamente despertaba en él un ligero interés.
Cómo quien huele el sutil aroma de una rosa, así resultaba Nobara para él.
No importaba realmente que le faltara un ojo y tampoco se amilanaba por lo feroz que podía llegar a ser.
En ocasiones se asomaba, mirándola en una de las pequeñas hendiduras que el mocoso adquirió tras ingerir sus dedos bajo los ojos, observándola furtivamente.
Cómo quien mira a un animal escurridizo que ha venido al jardín, sea una mariposa o un ave preciosa. Así miraba Sukuna a la rosa salvaje.
Y cuando se dio la oportunidad, Sukuna se acercó a Kugisaki cuál bestia salvaje digno de temor y admiración.
Nobara únicamente lo miró atento, con clavos y martillo en mano en caso de que el Rey de las Maldiciones hiciera un movimiento extraño.
La experiencia con Mahito, ese desgraciado hijo de perra, le enseñó a no subestimar al enemigo y confiarse. Suficiente había tenido con perder un ojo y estar realmente muerta.
Sukuna se acercaba, lentamente y con pasos firmes hacia Kugisaki, sonriendo de lado al verla a la defensiva.
Y estando tan cerca, a solos centímetros de distancia, la rosa salvaje y el Rey de las Maldiciones se observan.
A los ojos.
Es entonces que Sukuna sonríe más, y un poco más.
Sonrisa que confunde a la chica y le crispa los nervios.
Todo para acabar con un —: Sigues siendo una mujer interesante.
Seguido de una mordida en los labios con sabor a sangre de muchachita joven.
(Que sorprendentemente, sabe deliciosa).
