Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.


Siegfried era el amigo de toda la vida de todos, por mucho tiempo lo reconocieron como la mejor opción para Hilda después del desastre francés; él había estado enamorado demasiado tiempo de ella y naturalmente todos llegaron a pensar que sólo sería cuestión de tiempo para que estuvieran juntos. Pero esperaron demasiado, tanto que alguien se adelantó.

Aioros, sin saberlo, fue recibido con cierta hostilidad por casi todos los conocidos de Hilda; Freya sabía lo que sentía su querido amigo, pero también había visto lo feliz que su hermana era y eso había sido suficiente para impulsar a la joven a tratar bien al griego que se había ganado el corazón de Hilda. Después de eso todos se vieron medio obligados a tratar bien a Aioros, quien nunca sospechó que alguna vez Fenrir había sujerido involucrarlo en algún "accidente" que lo dejara fuera de la jugada.

Quien mejor lo trataba era Utgard; el pelinegro apreciaba que Aioros no lo viera como un enfermo terminal, a pesar de que básicamente eso era. Le molestaba un poco que Mime fuera tan indiferente, pero si era realista Mime era un poco frío e indiferente con casi todo aquel que acababa de conocer, y Aioros siempre decía que estaba acostumbrado al trato con alguien de esa naturaleza.

Tal vez fue por eso que Utgard le preguntó si sabía conducir, y la respuesta afirmativa ilusionó al joven. Siempre había querido aprender a conducir, pero Mime no sabía, los hermanos siempre estaban ocupados, y sobre lo demás, de sus opciones, Fenrir le cobraba y Surt le gritaba demasiado.

Así que después de sentarse con Aioros y revelarle sus razones acordaron que tendría una semana de clases de manejo, al menos para que supiera lo necesario y pudiera mover un auto mínimo tres metros.

El fin de semana pasó por la emocionante expectativa sobre lo que sucedería esa semana. Al principio le había preocupado un poco cómo explicarles a los demás sus planes pero después de pensarlo y prestar atención a su entorno se dio cuenta de que no sería necesario explicar algo; los hermanos estaban ocupados con sus estudios y trabajo y Mime estaba pasando su tiempo en el conservatorio, aprendiendo a tocar el acordeón, mezclando esas clases con las clases normales de violín y bandurria.

Su preocupación más grande era Freya, que seguía visitándolos varios días a la semana, principalmente para pasar tiempo con él y contarle las últimas noticias de la secundaria. A pesar de lo pesado que podía llegar a ser estar al lado de una adolescente todo un día, Utgard no había tenido el corazón para mentirle y terminó por revelarle sus planes; cosa que ella aceptó e incluso apoyó; "voy a buscar la manera de que todos estén ocupados y nadie venga a molestarte" le dijo antes de darle un plato lleno hasta el tope de una sopa viscosa llena de lo que parecían ser verduras y tal vez carne.

Por eso, quitado de todo tipo de posibles problemas o incluso culpas, el lunes se sentó en las escaleras del segundo piso y esperó pacientemente a que Aioros tocara a su puerta, exactamente a las dos de la tarde, hora en la que empezaba el trabajo de Sigmund, Siegfried estaba a mitad de una clase y Mime en su primer descanso en el conservatorio.

— Bien, ¿qué te parece si iniciamos con lo más básico? ¿cómo te subes al auto y qué es lo primero que haces cuando estás en el lugar del conductor?

Ambos estaban parados afuera de un auto frente a su casa, Utgard estaba agradecido de que Aioros llegara temprano y con un auto que el chico sabía que era prestado, puesto que el griego no tenía auto, aunque eso también lo ponía nervioso, la última vez que había estado al volante había chocado contra un árbol, nada serio, pero después de eso Syd se había negado a seguir siendo su maestro.

Dispuesto a no decepcionar a Aioros, Utgard abrió la puerta del auto con maestría y entró en él con elegancia, la única cosa buena que le había enseñado Alberich.

— Primero me abrocho el cinturón… — dijo con nerviosismo cuando Aioros se recargó en la puerta abierta y lo miró con una mano en la barbilla — y luego… ¿Enciendo el auto?

— Correcto, digamos que lo enciendes, ¿qué más sabes que se hace?

— … oh, entonces pongo las manos en el volante y… ¿comienzo a conducir? Tal vez.

El griego sonrió suavemente, con cuidado cerró la puerta del conductor y se apresuró a entrar al auto del lado del pasajero. En cuanto Aioros se puso su propio cinturón de seguridad Utgard sintió los nervios aumentar, era oficial, aprendería a conducir gracias al novio poco querido de una de sus amigas más cercanas,una de las tres únicas amigas si se ponía exacto.

Aioros era un buen maestro, explicaba con claridad y paciencia, dos cosas que no se le daban a cualquiera de sus amigo; por primera vez el pelinegro sintió que aprendía algo además de la manera correcta de entrar al auto y a verse bien cuando estuviera conduciendo, una enseñanza que hasta ese momento no sabía cómo emplear.

Era miércoles cuando las cosas se desestabilizaron; todo comenzó cuando Aioros le explicaba cómo pasar un tope, hablaba con delicadeza sobre el momento exacto en el que debía de presionar suavemente el freno, ambos estaban tan concentrados en lo suyo que Utgard no de dio cuenta de que justo en la acera frente al lado del griego, Sigmund caminaba de vuelta a casa, después de trabajar sólo medio turno ese día.

El castaño se había detenido cuando reconoció a Aioros, dentro de un auto con una persona desconocida; eso era demasiado llamativo. Aún con los audífonos puestos procuró acercarse con cuidado y lentitud, si tenía suerte tal vez estaba por cachar a Aioros con las manos en la masa, ya podía verlo, le diría a Hilda, eso rompería el corazón de su amiga pero para eso entraría en acción Siegfried, quien definitivamente debía de ponerse las pilas.

Con el celular en las manos y la cámara encendida, Sigmund golpeó el vidrio de la ventana, provocando que el griego se interrumpiera y volteara a verlo.

— ¡Te tengo! — gritó mientras tomaba una foto.

Utgard se sintió desfallecer, algo muy parecido a lo que sintió Sigmund cuando reconoció a su amigo tras el volante; Aioros fue el único que sonrió y bajó la ventana.

— ¡Buen día Sigmund! — saludó alegre.

— ¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡¿Y con él?! — cuestionó Sigmund molesto, aún sin saber a quién le preguntaba, pero exigiendo respuestas.

— Tenemos un par de clases de manejo — explicó el griego sin borrar su sonrisa — oye, ¿quieres venir con nosotros? Utgard todavía falla en los topes, pero te aseguro que llegaremos completos a casa.

Esa tarde, después de que todos regresaran a casa y Aioros se hubiera despedido de los dos amigos, Sigmund reunió a todos en la cocina. Utgard se sentó en una de las sillas mirando la mesa, nervioso, se suponía que indirectamente nadie debía de pasar tiempo con el griego, era como una especia de ley de hielo que le aplicaban sin saberlo, por respeto a Siegfried que sufría mal de amores, y él había roto la consigna general aún más de lo que Freya ya lo hubiera hecho.

— Tengo noticias, esta tarde descubrí que… — Sigmund tragó saliva — nuestro pobre Utgard pasa sus tardes con Aioros — terminó antes de lanzar un dramático sollozo.

— ¿Qué? — preguntó Siegfried, sin fijarse había terminado por poner una gran cucharada de café en su taza, Mime por su parte dejó de colocar la tercera cuerda de su guitarra y miró a sus amigos.

— No se apresuren a sacar conclusiones — continuó el mayor acercándose a Utgard para poner la mano sobre su cabeza — sé lo que sucedió, de alguna forma Aioros se enteró de que a Utgard le gusta conducir y lo manipuló para que "lo ayudara a aprender", sólo para quedar bien con Hilda.

Ante las palabras el pelinegro volteó a ver a su amigo, no podía creer que Sigmund pidiera no sacar conclusiones mientras él sacaba sus propias conclusiones apresuradas.

— No puedo creerlo — dijo Siegfried, tapando su boca con su mano en un gesto trágico.

— Eso no es verdad — aclaró Utgard — yo siempre he querido aprender a conducir pero no he tenido la oportunidad y sólo — se interrumpió antes de desviar su mirada a la ventana que estaba frente a él — sólo quería aprender a hacerlo antes de que todo acabara.

Todos en la cocina se quedaron en silencio, entendiendo el trasfondo de sus palabras; Mime dejó su guitarra en la mesa e intercambió una mirada con el pelinegro antes de que este mirara a Sigmun al sentir que este movía su mano.

— Pudiste decirnos.

— Están ocupados, además de que no tenemos auto.

— Aioros tampoco — a pesar de que lo intentó, Siegfried no podía evitar lanzar comentarios maliciosos sobre el griego cada vez que alguien lo mencionaba.

— Es de una amigo suyo — dijo el pelinegro recordado las palabras de Aioros sobre por qué debían de practicar con cuidado.

— Bueno, nosotros también pudimos conseguir uno… — Sigmund suspiró — Utgard, ¿eres feliz haciendo esto? ¿con él?

— Es buen maestro y siempre me está dando consejos, además de que tengo la impresión de que a veces Hilda le prepara comida, ayer traía un recipiente con tallarines que me recordó a la receta de ella — Utgard sonrió, recordando el buen día que había pasado con el griego.

— Esto es genial, ahora tú también estás enamorado de él — bromeó Siegfried, ampliando su sonrisa al ver al pelinegro sonrojarse — aún así me siento mal porque no me he dado el tiempo de enseñarte, y tuviste que esperar a que un desconocido apareciera a escena.

— Tal vez algún día puedas mostrarnos lo que has aprendido — dijo Mime — sería agradable dar una vuelta contigo al volante.

— ¡Buena idea! — Sigmund se sentó en una de las sillas y miró al pelinegro — mañana, esperemos aquí a que Aioros llegue y veremos que tan bueno es enseñándote.

— Y te veremos conducir — agregó Mime — que es lo importante.

— Sí, los veremos a los dos en acción.

Utgard sonrió, no era lo que esperaba pero estaba feliz, nervioso, pero feliz. A pesar de lo que creía al principio, no era tan mal estudiante y estaba dispuesto a mostrarle sus habilidades a sus amigos.

El día siguiente llegó demasiado rápido, el pelinegro estaba levemente sorprendido porque sus amigos habían cancelado todas sus reuniones del próximo día con velocidad, Mime incluso había hablado esa mañana con Sorrento para cancelar sus ensayos conjuntos. Aioros también se sintió sorprendido por la autoinvitación de los demás para verlos en sus clases, no dijo nada pero trató de no mostrarse intimidado; él no era tonto, era distraído y confiado, pero sabía bien que los amigos de su Hilda no estaban muy de acuerdo con su romance, por eso se esforzaba tanto para encajar con todos.

Los cinco hombres se acomodaron en el auto; para molestia de Sigmund, no pudo sentarse en la parte de delante para ver a Utgard en acción, así que tuvo que conformarse con el asiento de enmedio, sentado hasta el frente para ver todos los movimientos de maestro y alumno.

— Demos una vuelta por la manzana — dijo Aioros después de abrochar su cinturón.

— Está bien — Utgard mordió su labio inferior y encendió el auto — mirar los espejos — habló en voz baja, recordando las lecciones pasadas — direccionales encendidas, ¿qué escucharemos hoy?

— Según la lista de reproducción… es una mezcla de música disco.

— ¿Te gusta la música disco Aioros? — preguntó Siegfried, recordando que Hilda la odiaba.

— No tengo un género específico, sólo me gusta que tenga un buen ritmo — mencionó el griego sonriendo — aunque es un poco difícil escuchar esa música acompañado, a Hilda no le gusta.

— Así que lo sabes — susurró Sigmund.

— ¿Ya todos tienen su cinturón de seguridad? — preguntó Utgard, volteando para darle a Sigmund una mirada de advertencia, no quería escuchar comentarios desagradables de alguno de sus amigos hacia su maestro.

— Después de dar esta vuelta, ¿podemos ir al centro? — preguntó Mime detrás de Aioros.

— ¿Para qué quieres ir a allá? — preguntó Sigmund mientras Utgard comenzaba a manejar.

— Me está doliendo mi oreja — dijo el pelirrojo mostrando su oreja derecha con tres aretes — creo que podría estar infectándose.

— Podrías dejar de hacerte agujeros — intervino Siegfried.

— Pero me veo tan bien.

Utgard sonrió, la discusión lo distraía de su misión de mantener los ojos en el camino, pero era entretenido escuchar a su amigos hablar de cosas normales, sentía que estaba en uno de esos momentos donde simplemente se disfrutaba de la vida y las pequeñas cosas que esta tenía. Se distrajo pensando en eso, tanto que el primer tope que pasaron lo saltaron, provocando gran movimiento dentro del auto.

— ¡Lo siento! — dijo deteniéndose, y mirando a sus pasajeros, parecía que todos estaban bien a excepción de Sigmund, que se había golpeado la cabeza.

— Tranquilo, recuerda lo que practicamos y te expliqué, no tomes un tope con velocidad — Aioros puso una mano en el hombro del pelinegro en señal de apoyo.

— No me golpeaba así desde que tenía siete y me tropecé jugando básquetbol — susurró Sigmund, optando por sentarse correctamente.

— Trataré de ir más lento la próxima vez.

Siegfried miró el perfil de Aioros, podría molestarle su actitud positiva y alegre que siempre tenía consigo, pero debía de admitir que a veces eso era necesario y parecía que sí era un buen maestro, además de que parecía que sí le estaba enseñando algo importante a Utgard, y al final del día eso era todo lo que importaba.

Sigmund pensaba algo parecido, al parecer Aioros no era tan mal maestro después de todo y Utgard parecía haber olvidado momentáneamente todos los problemas que le aquejaban; aún se sentía mal por no haber ayudado antes a su amigo, por no esforzarse un poco más para hacerlo sentir bien, ese era un peso que le costaba deshacer.

Sin embargo, su malestar no se comparaba con el que Mime sentía; siempre quiso ayudar a su amigo a cumplir su deseo de conducción, pero él y los autos no se llevaban bien. Estar tras el volante lo ponía nervioso hasta el punto que la única vez que tomó clases de manejo para poder enseñarle a Utgard terminaron con él vomitando después de casi arrollar a una figura de cartón de un perrito. Así que no pudo evitar sonreír cuando Utgard celebró que el segundo tope que pasó fue clasificado como un rotundo éxito, podía sentirse mal pero también se sentía bien al ver al pelinegro sonreír tan feliz.

El sábado se sentía extraño, la semana había pasado a una velocidad demasiado rápida para Utgard. Aún no sabía si era por el maestro o no, pero aprender a conducir no le había resultado tan difícil como creyó al inicio. Se sentía tan satisfecho consigo mismo y feliz que sentía que lo único que podía arruinar su buen humor era el fin de sus clases, cosa que sucedería ese día.

Era difícil aceptar el final cuando sus amigos ya habían aceptado la enseñanza del griego, pero también sabía que debía de aceptarlo y concentrarse en la lección final. Terminaba de ponerse sus pantalones cuando el timbre comenzó a sonar, tan insistentemente que supo de inmediato que ese no podía ser Aioros, él le enviaba sólo un mensaje después de tocar una vez y se sentaba en las escaleras de la entrada. Conforme los segundos pasaban y el timbre seguía sonando Utgard bajó las escaleras con su playera en la mano

— ¿Qué estás haciendo desnudo? — preguntó Sigmund cuando su amigo abrió la puerta.

— ¿Qué estás haciendo afuera? ¿Y dónde están tus llaves? — dijo Utgard poniéndose su playera.

— Te estábamos esperando, ¡Vamos!

Sin decir nada más Utgard fue jalado hasta la parte de enfrente de su casa, donde una camioneta estaba estacionada, con todos sus amigos parados alrededor de ella.

— Bien, Utgard ya está aquí, entremos al auto — dijo Syd caminando hacia el lugar del copiloto.

— Oye, ¿por qué tú vas a ir de copiloto? — preguntó Alberich deteniendo al peliverde.

— Sí, creo que yo podría ir al frente — intervino Fenrir.

— Podrían ser caballerosos al menos una vez y dejarme a mí al frente — dijo Freya abriendo la puerta.

— Eres demasiado joven, creo que yo probaré el frente — Lyfia movió a la adolescente para colocarse cerca de la puerta.

Utgard miró la situación sin entender lo que sucedía más allá de una pelea por el lugar del copiloto; al parecer sus amigos saldrían mientras él tenía su clase, eso lo hizo sentir excluido. Estaba a punto de reclamar pidiendo explicaciones cuando Aioros se acercó a donde estaba parado.

— ¿Listo para tu última lección? — preguntó el griego, vestido inusualmente de manera formal.

— Eso creo, ¿qué haremos hoy?

— Hoy es la lección más importante, es la prueba definitiva de tus habilidades para la conducción independientemente de tiempo que lleves practicando — Aioros extendió la mano para tomar la de Hilda, quien se acercó sin dudar — hoy conducirás con un público más amplio, un grupo de gente que no dejará de medir tu habilidad de concentración.

— ¿Yo? ¿En eso? — preguntó el pelinegro sorprendido, señalando la camioneta.

— La rentamos entre todos por el día de hoy — Hilda sonrió — estamos emocionados por verte en acción.

Dicho eso, ella le dio un beso en la mejilla a Aioros y se acercó a donde estaban todos para acomodarlos.

— No te pongas nervioso, todo estará bien.

— ¿Vendrás con nosotros? — preguntó Utgard sintiendo su interior cosquillear ante la expectativa del plan.

— Tengo que acompañar a mi hermano y creo que esto es algo más para pasarlo con ellos.

Ambos voltearon a ver al grupo de amigos discutir sobre la posición de los asientos, el pelinegro sonrió.

— Gracias Aioros.

Después de intercambiar una mirada Utgard caminó hacia el auto, jalando a Mime en el camino para que se sentara en el lugar del copiloto.

— ¿Estás listo? — preguntó el pelirrojo parándose frente a la puerta, para molestia de todos.

— Lo estoy, estoy nervioso e iremos lento como el jueves, pero sin duda trataré de no estrellarnos.

— Sólo no olvides que si vas a saltarte un tope debes de asegurarte de que alguien esté mal sentado, sólo para molestar.

Mime le guiñó el ojo, provocando una leve risa en Utgard, quien estaba listo y finalmente había tachado algo de su lista.