Simplemente, ya no pudo soportarlo más. Estaba harto, sentía su sangre hervir cada que lo veía cerca, que por supuesto eran celos.
Y sin embargo, su paciencia se había terminado.
Sinceramente al diablo con todo, pensó Uraume al acorralar a Sukuna contra el piso de su apartamento. Regando en el proceso las hojas del proyecto y haciendo un desorden del cual se preocuparía más tarde.
- ¿Qué estás haciendo, Uraume? – interrogó Ryomen, al ver su ceño fruncido y su mirada intensa. Porque sí, Uraume lo había tomado con la guardia baja y aunque debiera estar molesto por lo que acababa de hacer la verdad era que se sentía curioso.
- Ya no quiero ser tu amigo, Sukuna.
Él arqueó una ceja.
- En realidad, desde hace tiempo… He querido arruinar nuestra amistad.
- ¿Ah sí? ¿Y cómo, eh? – volvió a preguntar con una sonrisa de medio lado, interesado en lo que él quería hacer –. Muéstrame.
El albino apretó las manos que tenía a los lados de la cabeza de Sukuna, y dejándose llevar, juntó sus labios en un beso molesto e impaciente; porque estaba celoso, celoso de que Sukuna mostrara interés en ese Megumi pudiéndolo tener a él que lo conocía de hace tiempo y quien le soportaba sus mañas y que podía complacerlo ya sea cocinándole, consiguiéndole lo que quería y si le permitía, en otras cosas.
Pero nunca esperó que Sukuna rodease su cintura con uno de sus brazos y llevase su mano libre a su nuca, profundizando el beso. Donde sus lenguas pronto se mezclaron y las mordidas se hicieron presente.
En resumidas palabras, besos apasionados y fogosos.
Únicamente se detuvieron y separaron para respirar tras aquel intercambio de besos. Sukuna le sonrió, enseñando los dientes.
- Te estabas tardando, Uraume.
Y Uraume sólo apartó la mirada, cubriendo torpemente su rubor.
