Su piel, su cuerpo... Aún lo llamaban, no importaba si su mente sabía lo que realmente era, ya había caído y no podía quitar de su cabeza todos los recuerdos de lo que ya había probado.
De saber que aquella sería la última vez, que ese beso, esas caricias tan impropias para un lugar público, serían las últimas...
Aún recordaba su voz, el tono ronco, grave, como un sutil rugido lleno de significado:
-Aunque sea sólo esto...
Aunque sea solo ese roce, solo esa pasión contenida, aunque sea solo eso... Y fue lo último que pudo disfrutar de él.
Como quiera su mente sabía la verdad, no podía engañarlo más; su cuerpo podía seguir anhelando el roce del contrario pero su cabeza sabía muy bien la verdad; siempre la había sabido, solo se había negado a verla porque realmente parecía que... Ah... Más no, esos ojos esmeralda jamás mostrarían verdad, no ante él.
Claro, una parte de su ser proclamaba que el moreno lo quería, que realmente todo lo que había dicho, lo que habían vivido... El Dragon no quería aceptar que había caído. Que de modo unilateral había caído por un demonio de piel dorada y aroma a chocolate que parecía rodeado por un halo de inocencia y valentía, de mirada penetrante, fija...
Lo había conocido, era divertido, interesante y dulce, había algo en el que lo hacía sentirse seguro para bajar la guardia; quizás se trataba de esas similitudes que existían entre ambos a pesar de ser completamente distintos.
Esas similitudes también lo habían protegido de ser completamente secuestrado por el moreno, de que su mente se enredara y nuevamente le permitiera tomar ventaja de él... Ahora lo veía claramente; podía decir exactamente donde caían las mentiras que esos ojos, esos labios le decían...
Si, le había dado todo: su alma, su deseo, su pasión... Había dejado que ese demonio ojiverde lo infectara y pasaba las noches imaginándolo, rememorando esos labios, esas manos algo toscas y maltratadas recorrer su piel, la violencia y el cariño con las que lo trataba, pero algo había cambiado esta vez: el Dragón ya no creía en él, definitivamente no.
No importaba qué disfraz usara para tratar de engañarlo, de seducirlo nuevamente, el platinado estaba preparado para lo que sea ya que a estas alturas sabía exactamente el juego de su contrario; no podría engatuzarlo para tratar de llegar a un punto medio que ahora estaba seguro no existía.
Ese chico había sido su vicio, una adicción peligrosa que lo había llevado a terrenos nuevos, desconocidos; a explorar partes de sí mismo que le sorprendían y agradaban a partes iguales, un vicio que le había costado mucho, que se aprovechaba de cada pequeña ventana de cariño que el gélido príncipe de las serpientes le mostraba porque se mostraba únicamente ante él, tan sincero y transparente como le permitiera ese momento en su vida. Jamás le había mentido, ni una vez, en su momento todo había sido verdad y ese León cálido y luminoso había jodido cada uno de sus sentidos escondido tras la máscara que todos admiraban.
Las veces que se dejó enredar en aquella espiral las admitía como derrotas, si, pero derrotas estratégicas que le ayudaron a curarse de esa maldición que representaba el quererlo como lo hacía. No había dejado de quererlo por desgracia, pero ahora sus sentimientos no se interpondrian en el camino; había medido su juego y el de su par y ahora se trataba de su tablero, no importaban las piezas que le presentara aquel demonio, el terreno ahora sería conocido... Eso si aquel León que era más cobarde de lo que los demás creían se atrevía a intentar jugar de nuevo; ahora se encontraba bien posicionado en su lugar y su metódica y analítica mente no sería sedada con palabras lindas, besos apasionados o buen sexo: había visto al demonio, se había dado el tiempo de conocerlo y este ya no tenía armas en su contra.
