—Bill, sube al coche, que te llevo a casa.

—Mi coche está aparcado en casa de Eric y…

—Sube al coche he dicho…

Las tercas palabras de Chiara me decían que nada bueno saldría de aquí. Miedo me daba subir a ese coche. Sabía de sobra que en cuanto me bajase, no la volvería a ver.

Y no me equivocaba.

Obedecí sin rechistar. Lo mejor era no tentar a la suerte. La conocía demasiado bien como para saber que no valía la pena perder el tiempo discutiendo con ella. Chiara siempre consigue algún tipo de argumento que te deja sin saber qué decir.

Un don, supongo.

Me sentía triste, porque sabía de mi destino. No quería que hablase, porque todo estaba dicho con solo su actitud. Hacía tan solo un par de semanas, ella me pidió que lo dejara todo, que abandonara mi puesto, que lo nuestro jamás funcionaría si continuaba a las órdenes de Eric. Y ahora, tras la explosión de su casa, estaba más que claro qué es lo que pensaba hacer.

—Te marchas, ¿verdad? —musité con voz ronca.

—¿Te sorprende?

No contesté. No hacía falta. Era evidente.

—No sé qué decir. Tan solo que lo siento. Siempre puedes venir a mi casa, como teníamos planeado hacer.

—En nuestros planes no estaba reventar mi casa en un millón de pedazos, que yo recuerde.

Abrí la boca para responder, pero no era buena idea.

—No, eso no.

—Y menos mal que soy precavida y suelo tener una maleta con cosas imprescindibles en el coche por si ocurriera algo así.

—Siempre fuiste precavida. Y eso es lo que más me gusta de ti.

Chiara bufó. Torció el gesto, sin gustarle mis palabras.

—¿Sabes? —dijo al fin tras varios minutos en silencio—, debo algunos favores en algunos sitios, pero ¿quieres saber a quién no le debo nada?

Asentí, sabía la respuesta más que de sobra.

—Chiara, si llego a saber que esto iba a pasar…

—No, Bill, no intentes justificarlo. Como siempre haces. Cuando nos conocimos no parabas de despotricar sobre él, y ahora pareces su perrito faldero. Has cambiado mucho en estos cuatro meses, William…

Esa era una prueba bastante evidente de que estaba bastante enfadada conmigo.

—No creo conveniente seguir discutiendo por este asunto. Si tienes que decirme algo, dímelo ahora mismo para poder zanjar esto.

Frenó el coche casi de golpe en la cuneta de la carretera. Si no me llego a agarrar con fuerza, hubiese salido disparado por la luna del parabrisas.

—¿Crees que esto es divertido para mí, Bill? ¿Crees que me resulta fácil dejar a alguien a quien considero similar a mí y que podríamos tener un buen futuro juntos?

—Pues tengamos ese futuro juntos, Chiara.

—No pienso seguir con esta relación, Bill. Y sabes el motivo. Jamás vas a separarte de tu trabajo, por más que lo desees.

—Pienso renunciar a él. Ahora mismo. Tan solo dame un par de horas y…

—Esa oferta caducó en el momento en que explotó mi casa, William. Te dije hace mucho, que si querías que esto funcionase, no tendrías nada que ver con Northman, pero a ti te dio igual. Pensaste que no pasaría nada, que mientras él no me metiera por en medio, nada malo podría pasar. Y mira, solo he hecho una cosa, Bill, una maldita cosa, y tengo que empezar de cero. Justo lo que llevo años queriendo evitar, huir. Y ahora tengo que hacerlo porque a tu novio Eric Northman le tuve que hacer el favor de esconder a la idiota descerebrada de su novia. Si es que soy idiota. ¡Idiota!

Golpeó el volante con fuerza. Por un momento, pensé que lo iba a romper.

—Chiara, no tenemos por qué terminar así… Podemos…

—Haberlo pensado antes, Bill. —Sus palabras sonaban tan tristes que me sobrecogieron.

—¿Qué vas a hacer?

—Irme lejos. Como siempre hago cada vez que quiero estar tranquila y no me dejan. —Me miró, sabiendo lo que estaba pensando—. No pienso luchar en más guerras que no son mías.

Asentí lentamente.

—¿Entonces esto es una despedida?

—Sí —contestó más tranquila—. Creo que al menos eso te debía. Una última vez.

Se quedó mirando a lo lejos, a la nada. Al vacío de aquella noche de noviembre.

—¿De verdad que no vamos a volver a vernos más? Hablo completamente en serio lo de dejarlo todo.

—No —sentenció tajante—. Prefiero hacer esto sola. Ya he avisado a Kara sobre mi marcha y ella será la única que sepa dónde estaré. Partiré mañana a un destino que aún es indefinido, pero será lejos de aquí, de Luisiana.

Nos quedamos en silencio durante un largo periodo. Allí, en aquella noche sombría, dentro de aquel coche parado en una cuneta cualquiera.

Sabía que ella no quería hacer esto. Pero debía. Y yo tenía que respetarlo.

Cuando arrancó el coche de nuevo, le pedí que me dejara en casa de Eric. A fin de cuentas, tenía el mío allí e iba a tener que ir a recogerlo, por lo que así me ahorraba el viaje.

Al llegar, me di cuenta de que alguien estaba trasteando mi coche. Fruncí el ceño sin entender nada.

—Hay alguien manipulando mi coche —le espeté a Eric una vez que estuve en su despacho.

—Es Jake. Está comprobando si tienes micrófonos o localizadores. Y es evidente que así es.

Le había pillado de casualidad, puesto que no hacía mucho rato que había regresado. Se le notaba tenso, como si le preocupara algo. Pero no era asunto mío, así que no le quise preguntar.

—Está bien. Es lógico que quieras asegurarte de que todo está en orden.

—Eso es. También quiero comunicarte que el lunes nos vamos a Nevada y…

—No —le interrumpí. Se me quedó mirando, sin entender.

—¿No, qué?

—Que yo no voy.

Hubo un breve silencio en donde era evidente que mi respuesta no era de su agrado.

—Compton, tenemos algo entre manos muy gordo y no estoy ahora para tonterías. No puedes negarte.

—Sí que puedo.

Eric bufó, sin creerse aún mis palabras.

—Eres de mi equipo y, como tal, debes obedecerme.

—Yo no soy de tu equipo, Northman. Tan solo un súbdito más a quien darle órdenes. No voy a ninguna parte porque dimito.

Me quedé mirándole fijamente y observé cómo los ojos de Eric se quedaban clavados en los míos.

—¿Sabes que por desobediencia puedo expulsarte del estado de Luisiana y no poder pisar tus tierras en lo que te quede de tu miserable vida, Compton?

Ahora el que bufó fui yo.

—Siempre tan amable y comprensivo como siempre, Eric. Pero no me importa. Me marcho de Luisiana.

Eric frunció el ceño. No se podía creer lo que le acababa de confesar.

—¿Vas a marcharte así sin más?

Asentí.

—¿Puedo saber al menos el motivo de tu marcha?

—Asuntos personales.

Eric se echó a reír.

—Déjame adivinar: Chiara te ha amenazado con dejarte y te vas con ella, ¿no es así? No parecia muy contenta después de que hicieran añicos su casa…

—No me voy con ella. Se ha marchado sola, sin nadie más. No sé a dónde porque no quiere que lo sepa. Pero yo he decidido hacer lo mismo, porque no quiero estar más tiempo en este cargo…

Se quedó pensativo unos instantes, como cavilando todo lo que me queria decir.

—Al menos despídete de Sookie…

—No creo que me dé tiempo. Me voy esta misma noche, en el primer vuelo que salga. Ella debe estar durmiendo ahora mismo y no creo que sea buena idea despertarla a estas horas. Además, ya he tenido suficientes despedidas dolorosas por esta noche. Le dejaré una carta explicándole los motivos de mi marcha.

—Una carta… —murmuró resoplando—. Y le dirás un montón de ñoñerías de las tuyas para que se le ablande el corazón y no se enfade contigo, ¿no es así?

Me encogí de hombros.

—Lo entenderá. La conozco lo suficiente para saberlo.

—De acuerdo. ¿Y cuál es tu destino, si puede saberse?

—No lo sé. Tenía pensado Europa.

Eric asintió y se quedó pensando. Se levantó de su asiento y se dirigió a la caja fuerte; la abrió y de ella sacó una cajita repleta de llaves, todas muy bien colocadas.

Cogió un juego y me las entregó. Luego escribió algo en un papel.

—Londres. Allí tengo a un buen amigo que te echará un cable en todo lo que necesites. Si buscas trabajo, él es en quien puedes confiar. Aquí tienes el nombre y el número donde lo puedes localizar. Las llaves son de un apartamento que tengo en el centro de Londres. Es amplio, cómodo y puedes alojarte el tiempo que desees. Tienes la dirección en la nota. Llamaré a alguien para que te recoja en cuanto aterrices.

Le miré sin entender nada. Debía haber gato encerrado.

—¿A cambio de qué?

—¿Cómo que a cambio de qué? A cambio de nada.

—Nunca haces nada sin pedir nada a cambio.

Eric se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco.

—Está claro que mi nombre ha estado muy presente en tu discusión con Chiara y soy el responsable de tu repentina marcha, así que lo que menos puedo hacer para solucionarlo es prestarte uno de mis apartamentos y conseguirte un trabajo, allá donde vayas. Pero si no quieres nada de eso, puedes rechazarlo y dejarme las llaves encima de mi mesa. Por mí no hay problema. Solo que… si quieres empezar de cero en otra parte del mundo, es más complicado si estás solo. Sin ningún tipo de contacto, y las cosas como están ahora, me parece que te va a resultar un poco complicado. Pero como quieras. Solo pretendía ayudar.

Se dio media vuelta y cogió uno de los papeles que estaba hojeando cuando llegué. Parecía no darle importancia, pero yo sabía que no era así.

—Está bien. Lo único que quiero dejarte claro es que no voy a estar disponible para nadie. Menos para ti…

—Eso me quedó muy claro en cuanto me dijiste que me dejabas tirado.

—Nadie es prescindible, Northman. Yo menos para ti. Puedes sustituirme fácilmente.

—Por supuesto.

Regresó con fingida indiferencia a lo que estaba haciendo.

Apreté las llaves con todas mis fuerzas y me las metí en el bolsillo del pantalón, junto con la nota.

Miré a Eric una última vez antes de salir de su despacho para no volver en una buena temporada.

A decir verdad, sabía de sobra que no era buena idea tenerle de enemigo.

Y ya comprobaría más adelante si era cierto que no había gato encerrado.