Cortar de raíz

Posible Canon-divergence desde el capítulo 223 del manga

Disclaimer: personajes no son míos


Tres días antes de la muerte de Draken, compartimos una conversación peculiar.

Me descubrió recostado en el sofá más largo de la trastienda, tacones puestos, rasgando las cuerdas de una guitarra. Llevaba un rato en esa posición, tratando de quitarme una canción de la cabeza. Draken se quitó el mono de trabajo, tomando asiento a mis pies. Hace un tiempo la preocupación lo rondaba.

De pronto, como saliendo de sí mismo, me dijo:

—He escuchado esa melodía antes.

—¿Cierto? —respondí, deteniéndome un instante para volver a empezar—, la he tenido pegada toda la semana, pero no puedo recordar de dónde la conozco…

Ambos lo seguimos pensando, mientras yo repetía los mismos tres acordes, uno tras otro, como en piloto automático.

—Lo tengo —volvió a hablar Draken, haciendo chasquear los dedos—, es esta muy famosa… la de la película esta… ya sabes… aquella con Edward Norton…

Fue como si aquel nombre accionara un botón en nuestras mentes que nos diera acceso a nuestras memorias olvidadas. Gritamos al unísono:

—¡El club de la pelea!

Nos largamos a reír. Unos jóvenes que pasaron por la tienda el otro día habían comentado esa película mientras pasaban revista a las motocicletas. Aunque no compraron nada, sus habladurías se quedaron con nosotros.

Draken apoyó los pies desnudos sobre la mesita de centro.

—En su tiempo la habré visto unas cien veces…

—Hombre, y yo. Con Koko amábamos esa película…

No fui capaz de agregar nada más. Dejando la guitarra a un lado, evité mirar a Draken de vuelta. Koko era una persona a quien no mencionaba muy a menudo, pero en quien pensaba cada tanto. En la mayoría de mis recuerdos más entrañables, así como en mis peleas más memorables, se encontraba Koko enredado en ellos.

Deslicé los pies fuera de los tacones. Me había pasado el día arreglando motocicletas sobre esos zancos estrechos, y acabé pagando las consecuencias. Draken arrugó la boca al reparar en mis talones heridos.

—Sabes que me da lo mismo tanto si usas sandalias, pantuflas, o bototos de seguridad, siempre que no te hagas daño. La terquedad no te llevará a ningún lado.

No opiné al respecto. Las personas como yo errábamos de lugar en lugar, buscando un rumbo. Náufragos de nuestras vidas, necesitábamos de las vidas de otras personas, más interesantes y coloridas, para sentirnos completos.

Desde que abrimos la tienda, una parte de mí parecía imitar a Draken, como si en ese acto ingenuo se encontrase alguna respuesta. Dejé a vista mis pies heridos, esperando sus atenciones, avergonzado de mí mismo. Draken rebuscó en el maletín de primeros auxilios hasta dar con una pomada y vendajes. Sus dedos masajearon mis talones, buscando aliviar la fatiga.

—Gracias…

—¿Cuál es la historia de estos tacones en todo caso? Si no te los quitas incluso si te hacen daño, solo me imagino que tienen una historia.

—No hay historia, solo vanidad.

Se largó a reír. Con las manos tras la cabeza, se relajó en el sillón frente al mío:

—Emma también hacía eso. Siempre salía en tacones cuando íbamos de paseo, y luego debía cargarla al regreso. Esas citas eran un desastre…

Y volvió a reír, con menos energía, hasta transformarlo en un suspiro. Su mirada se extravió de nueva cuenta, al interior, como revolviendo dentro suyo.

—¿La extrañas?

No respondió enseguida. Lentamente sus labios dieron paso a una cálida sonrisa.

—Me hiciste recordar la vez que fuimos con Emma y Mikey a Hakone y nos peleamos todo el viaje porque a ella se le ocurrió ir con las peores botas de la vida, a sabiendas de que iríamos a caminar a las montañas. Nos estropeó toda la excursión. Tras una tarde nefasta, acudimos a unos baños públicos. El agua le recuperó sus pies como magia, y con ello su entusiasmo. Nos reunimos alrededor de una fogata, asamos malvaviscos y Emma comenzó a tararear una melodía, ¿sí? Me decía Little Darling, con su pronunciación inglesa, instándonos a Mikey y a mí que debíamos esperar al amanecer, para poder cantar una canción que, decía, solo puede cantarse al amanecer…

—¿Lo hicieron?

Draken asintió, tomándose su tiempo para elaborar la respuesta.

—En realidad Mikey se quedó dormido entre ambos y yo no me sabía la letra. Solo Emma cantó. A veces, ciertas noches, me desvelo esperando el amanecer. Y… dirás qué estoy loco, pero, a veces, estoy casi seguro de que no me encuentro tan solo…

»Cuando llega la hora del crepúsculo, es como si Emma estuviese a mi lado. Al oído me susurra Little Darling, y me dice que no tema. No lo hago. Me pide que cierre los ojos, entonces los cierro. Emma susurra Little Darling y canta aquella canción que solo ha de cantarse cuando el sol se levanta…

»¿Alguna vez has vivido algo así?

—Honestamente, no sé qué se supone que diga.

Se largó a reír recuperado de ganas.

—No lo interpretes de la manera equivocada, pero a ratos me la recuerdas, Inupi.

Sonreí para mis adentros. Yo tenía ese efecto de recordarle a otras personas sus amores pasados.

—¿La conocerás, Inupi? ¿Te sabrás aquella canción? Sabes más de canciones que yo, y también vas mucho mejor de inglés… iba como Little Darling…. Nanana… Nanana… Little Darling…

Cogí la guitarra. No era una canción que un chico le cantaría a otro chico, pensé. Traduje parte de la letra, así:

Little Darling, ha sido un invierno solitario, largo y frío
Little Darling, parece que han pasado años desde que el sol estuvo aquí
Ya viene el sol, ya viene el sol
Y me digo «está todo bien»

—Está todo bien… —Draken acarició su barbilla.

Sus ojos empañados reflejaban profundidad. Era ese tipo de mirada de una persona agotada, que ha vivido demasiadas experiencias en poco tiempo.

—¿Qué te preocupa? —pregunté—. Hace unos días hay algo que te preocupa.

Me miró de reojo. Consideraba que no estaba preocupado. No del todo. Intentó explicármelo.

—Ciertas ideas rondan mi mente… No sé si a ti también te produce esa sensación de que Takemichi «ha regresado».

—Estuvo hace poco aquí en la tienda. —No era la respuesta que esperaba, era consciente; su pregunta extraña me tomó desprevenido. Intenté expandir—: Desde que nos graduamos vemos a poca gente de la ex ToMan. No sé hasta qué punto podemos decir que un viejo amigo «ha regresado».

—Sabía que no lo entenderías.

—Intenta explicármelo.

—A veces Takemichi me produce ese efecto de que «ha regresado». No podría explicarlo. Simplemente, hay momentos en que Takemichi «ha regresado».

—¿Como si existieran dos clases de Takemichi?

—Exacto, sí, y cuando eso sucede, me hace pensar en…

—¿Shinichiro?

Sus ojos se dilataron de la sorpresa.

—No exactamente. Sí, sin dudas cuando Takemichi regresa, se parece más a Shinichiro que su yo normal. Shinichiro tenía esa aura poderosa como si fuese capaz de cambiar el trayecto de las vidas que tocaba. Cuando Takemichi regresa, es como si sintiera que el destino mío y de mis amigos fuese frágil y pronto a reescribirse. Pero, últimamente, me recuerda a lo que ya se escribió. A todo lo de Emma…, y Kisaki.

Me rasqué la cabeza. Así como yo evitaba nombrar a Kokonoi, Draken rara vez hablaba del Kisaki que desnucó a Emma.

Solo se me ocurrió tomarle de manos, estrujarle los dedos. Incluso los hombres más fuertes y estoicos lloran. Draken se pasó una mano por la nariz, sorbiéndose los mocos.

Dijo Draken, como un delirante, que le costó comprenderlo, y no lo supo bien hasta que Takemichi regresó. No son las buenas personas quienes deben ser salvadas, sino las personas que se han perdido en el camino. Al salvar a una persona de ellas mismas, se pueden así salvar muchas otras personas buenas. Eso era el significado de «cortar de raíz».

—En realidad estos tacones sí tienen una historia —sinceré tras aquel arrebato—, pero te la contaré otro día.

Tres noches después, Draken recibió unos tiros de bala que iban dirigidos a Takemichi. Tras años separados, Little Darling se reunió con Emma a contemplar el amanecer. Esperé que transcurrieran los 14 días de luto para honrar mi promesa.


Apenas había gente en el camposanto. El cielo gris auguraba un día triste. El viento cargado de humedad apelmazaba mi cabello pajoso. Me senté descalzo frente a la tumba, presentándole mis conocidos tacones en señal de respeto.

Al carecer de familia, Draken no tenía una tumba familiar donde reposar sus huesos, pero su familia adoptiva, conformada por un gerente y una serie de prostitutas, juntaron dinero para reservarle un lugar entre los muertos.

Su nombre esculpido en la piedra estaba rodeado de flores. Había al menos una docena de inciensos encendidos en su honor. Draken fue una persona muy querida.

—Solo he venido a honrar una promesa, luego me iré —susurré.

Aunque no era una historia muy interesante, me era difícil. Años atrás un incendio consumió la casa donde vivíamos mi familia y yo. Nunca tuvimos mucho dinero, mis padres se pasaban el día trabajando para pagar las deudas. Cuando cumplí los tres años, mis padres encomendaron a mi hermana mi cuidado. Ella era mayor que yo solo por cinco años, pero enfrentó su nueva responsabilidad con total entrega y entereza. Es posible que, en un principio, no fuese consciente de qué significaba que unos padres encomendaran a una cría de 8 años renunciar a su infancia. Puede que lo considerase un mero juego. De todas formas, ella demostró su gran corazón y puso todas sus energías en ello.

Un día las cosas salieron mal y se nos quemó la casa. Kokonoi irrumpió entre las llamas y, suerte o no, me salvó de una muerte segura. A Akane se la comieron las llamas. Aunque los bomberos lograron sacarla con vida, no llegó a despertar del coma.

Días antes que muriera, rescatamos de entre los escombros algunas de nuestras pertenencias, entre ellos, unos tacones de Akane que mis padres le regalaron cuando ingresó a secundaria. Le quedaron grandes. En lugar de devolverlos a la tienda, los guardó en su caja, a la espera de que llegase aquel día en que le calzaran los tacones.

Ese día no llegó. No sé por qué los conservé, Draken. De alguna manera sobrevivieron intactos. No estaban siquiera algo chamuscados, solo olían a humo. Empecé a intercalar las botas con los tacones, hasta que se hizo una costumbre. Shinichiro regentaba una tienda de motos y llevaba tacones. La mirada de Kokonoi se dulcificaba cuando me veía en ellos porque le recordaban a Akane.

No es mentira cuando hablo de vanidad. Me gusta cómo me estilizan la pierna, y en su momento me gustó la mirada de Kokonoi cuando los traía puestos. Su sonrisa cálida aliviaba el peso de culpa que ambos cargábamos.

—Draken, el poco tiempo que llevamos D&D juntos, la pasé muy bien. ¿Te acuerdas esas discusiones eternas sobre motocicletas? No sé si sea capaz de llevar la tienda yo solo. De ahora en adelante, espero hacerlo mejor.

Acaricié la tumba una última vez.

Hacía años que no visitaba la tumba de Akane. No podía recordar donde se encontraba. Di tumbos entre las calles encajonadas, leyendo cada lápida.

Estaba por rendirme. La última vez que estuve en ese lugar fue por iniciativa de Koko. Pensé que mis ojos me jugaban una mala pasada cuando identifiqué la espalda de Koko esquivando lápidas. Reconocí su caminar, su peinado. Lo seguí con cautela. Cada tanto, Koko se detenía para recoger hierbas que crecían a hurtadillas entre las tumbas.

Los caminos se me hicieron familiares, y supe darme cuenta que estábamos cerca de la tumba de Akane. Reconocí los árboles, los nombres esculpidos en las tumbas vecinas, la grava del suelo. Hincado en el suelo, Kokonoi depositó sobre la sepultura el ramito de flores silvestres que había recolectado en el trayecto. Una oración abandonó sus labios.

Le escuché suspirar «Tanto tiempo». Su mirada barrió el camposanto sin darme tiempo a esconderme. Cara a cara, contemplé la delgadez en la que se había sumido desde nuestra separación. Sus pómulos afilados sobresalían enrojecidos por el frío. Sus ojos rasgados observaron cómo los míos se humedecían.

Se puso en pie. Del bolsillo interno de su trenca sacó una pitillera de marfil. Sus dedos frágiles eligieron un cigarrillo largo y delgado de papel verde agua.

—Seishu —El cigarro en sus labios se tambaleó al pronunciar mi nombre.

—Qué haces acá. —una voz con pretensiones de herir se apoderó de mí. No pude controlarme—. No fumes en la tumba de mi hermana.

No buscaba provocarlo o hacerlo sentir mal. Era como si no pudiera conmigo mismo.

—¿Qué hago acá? —repitió. Su mano frágil regresó el cigarrillo a la pitillera—. Después de todos estos años, ¿así me tratas?

Guardó la pitillera en el bolsillo interno. Sus ojos evaluadores me recorrieron de arriba abajo. Una suerte de debilidad hizo temblar su boca al reparar en mi calzado, y más indefenso, dijo que yo no había cambiado nada.

Confesé que a veces pensaba en él, imaginaba en qué se había convertido.

—¿Qué imaginabas? Si vas a dañarme, prefiero no saber.

—Te imaginaba algo dubitativo, elegante y firme.

Meditó mi respuesta.

—Soy elegante y firme, pero si soy firme, no puedo, también, ser dubitativo.

—Así es como te imaginaba.

—¿Te ha ido bien? —preguntó de pronto.

Asentí, a falta de parámetros. Me encogí de hombros. Kokonoi se apartó el cabello del rostro, revelando un lunar de canas que antes no le conocía.

—Creo que he empezado a envejecer —respondió a la pregunta no formulada.

—¿Qué te sucedió?

—Me dijeron que podía ser estrés. En fin, todo puede ser estrés en estos días.

—Te ves delgado.

—Siempre he sido de esta manera.

—No. Estás más delgado.

Se formó un silencio entre nosotros. Supuse que debía irme. Kokonoi me detuvo del brazo.

—La verdad es que tengo que hablar contigo. Imaginé que vendrías hoy por lo de Draken, pero al no encontrarte, vine hasta aquí.

—Así que tu presencia escondía un motivo…

—¿Has tenido contacto con Takemichi estos últimos días? —disparó. Me pilló en frío.

—¿Takemichi? ¿Por qué?

—He oído unos rumores acerca de Takemichi… bueno, uso la palabra «rumor» a falta de un término más apropiado.

—No voy a cooperar contigo si se trata de Takemichi.

Traté de escapar por segunda vez; volvió a jalarme del brazo.

—En realidad todo esto me parece una fantasía —continuó—, pero mi jefe me ha pedido que averigüe al respecto. Te haré la consulta tal cual: ¿Te parece que Takemichi «ha regresado»?

Dejé de forcejear. Le pedí que repitiera.

—¿El Takemichi de ahora te recuerda de alguna manera al Takemichi que peleó en la batalla de la TouMan contra Tenjiku? ¿Al Takemichi que peleó contra el antiguo jefe Chiba de los Black Dragons?

No comprendía de qué hablaba.

—De acuerdo, registraré aquello como un «no» entonces.

Sin ser consciente del peso de mis palabras, le revelé que Draken me había hecho la misma pregunta, poco antes de su muerte. La expresión de Kokonoi cambió.

—Entonces, podrías decir, sin lugar a duda, que Draken creía que Takemichi «ha regresado».

—No lo sé, solo consultó conmigo si a mí me lo parecía.

—¿Por qué te hizo esa pregunta?

—Fue el rumbo que tomó la conversación llegado a cierto punto —añadí—: ¿A qué viene este interrogatorio?

—Como te he dicho, es una cosa del jefe. Dime qué más te dijo Draken.

—Nada. Solo me comentó que Takemichi había regresado.

Kokonoi volvió a sacar la pitillera.

—Te sonsacaré lo que te estás guardando.

—Estoy siendo honesto.

—Nos volveremos a ver, Seishu.

—No te estoy guardando nada.

—Y no seré tan gentil la próxima vez.

—Koko…

—Seishu.

Se alejó sorteando tumbas. A la distancia, con un cigarro entre los dedos, agitó una mano.

No me pasó por alto que ya no me tratase por el apodo.

Era elegante. Era firme. Y también, yo lo sabía, era una persona que dudaba del camino que había elegido. Pero ya no tenía opción. Debía ser firme. Debía mostrarse elegante y ser lo más firme de aquí en adelante.

Draken dijo que había que salvar de sí mismas a las personas que han perdido su camino.

Me preguntaba si habría alguien dispuesto a salvarme.

Si me preguntara, creo que me gustaría salvar a Koko de sí mismo.


Nos volvimos a ver una semana más tarde. En el bar de la zona X, donde tocaba la guitarra junto a otras tres chicas.

Esas noches sobre el escenario solía combinar cerveza con benzodiacepinas, me pintaba la línea del ojo, y vestía faldas largas. Interpretábamos covers de grupos overseas liderados por mujeres, tipo The Cranberrys, Blondie, Heart, The Cardigans, The Muffs, y a veces KT Tunstall.

Quizá fue un efecto de las luces más las drogas. Llegado un momento, la noche se transformó en un ahora y siempre. Como si cada segundo pasado se quedase en el presente, y cada segundo venidero no existiese hasta que el presente se lo comiese, extendiéndose el presente y desbordándose entre el ayer y el mañana. El futuro se había disgregado, el pasado se resistía a disgregarse. Era ahora. Era siempre.

Ahora y siempre.

El tercer tema de la noche, Bad Reputation de Joan Jett. Mi solo de guitarra empieza en 4, 3, 2, 1…

Los dedos corren sobre las cuerdas

Levanto la mirada

Kokonoi, sentado a piernas cruzadas en una mesa circular frente al escenario, sin compañía más que la copa entre sus dedos.

Kokonoi me sigue con la mirada. Sus labios se han convertido en una larga línea.

Me importa una mierda mi reputación.

La muchedumbre corea que la reputación le importa una mierda.

Las luces sobre la cabeza forman racimos de colores.

Todos aplauden a Bad Reputation. No. Me aplauden a mí.

Me reúno con mi grupo, les pido alterar el repertorio. Solo esta vez. Por favor. Por favor. Estamos colocados, cambiemos el repertorio. Por favor. Vale, ya qué, no sigas. La de El club de la pelea. Vale, vale, te seguimos. ¿De verdad? Sí, sí, como sea.

Cambio la guitarra eléctrica por la acústica. Por primera vez en público agarro el micrófono.

Y le digo a Kokonoi:

Where is my mind.

Y él sonríe al reconocer la melodía.

Y él dice, coreando junto a mí:

Where is my mind.

Junto a otras 50 personas metidas allí.

Where is my mind.

Es la primera vez que canto en público.

Kokonoi se deja llevar. Su mechón de canas cubre su rostro.

Es ahora, es siempre.

Y entonces, termina la canción, el presente se reduce a un instante, extendiéndose futuro y pasado a cada extremo. Ese pasado condenatorio. Ese futuro inexorable. Koko ha cumplido su promesa.

¿Qué pretendía al perseguir me hasta aquel tugurio? No lo sé. ¿Herirme?, quizá. Despreciarme por desperdiciar la vida que me hubo regalado al sacarme de las llamas, por tomar un camino distinto, alejado de él. Aquella carga difícilmente podría aligerar el peso sombre nuestros hombros, pero fue él quien prefirió irse de mi lado, no yo, y se llevó una gran tajada.

Tenía esos ojos de tiburón que huelen las oportunidades.

Tocamos otros tres temas más. Al acabar tomé asiento frente a Kokonoi. Su abrigo azul marino de corte militar acentuaba su delgadez, pronunciaba su elegancia. Sus dedos pálidos llenos de nudos titubeaban sobre su copa.

Le pregunté cómo sabía que tocaba allí. Confesó que me había visto con anterioridad. Cuándo. Hace bastante, Seishu. Cuántas veces. No llevo cuenta de trivialidades. Dímelo Koko. Rascó sus sienes.

—No he venido por trabajo, Seishu, solo mira cómo visto. A veces yo también necesito una copa.

—Ya…

—Sé que no tienes razones para creerme. No voy a apelar a nuestra vieja amistad. Solo… por favor mírame.

Le quité la copa de las manos y olí su contenido. No me fiaba. Decidí probarlo.

—No tiene alcohol. Tú has venido por trabajo.

—Bueno, lo admito, no estoy por trabajo exactamente, pero tengo un objetivo.

—¿Takemichi otra vez? —Asintió—. ¿Por qué a todos les interesa tanto Takemichi?

Quise huir, Koko me apresó ambas manos.

—¡Por favor mírame, Inupi!

Solo necesitó pronunciar una palabra —Inupi—, para apelar a mi ego y derribar mis defensas.

No nos habíamos visto en más de dos años. Antes de eso creímos que éramos amigos, luego aceptamos que nos unían un accidente y un error.

Sus ojos rasgados sacaron sangre a mis heridas latentes. La desesperación es algo que no soporto observar. Estaba dispuesto a seguir equivocándome con Koko y por Koko, malinterpretar sus intenciones, y permitirle malinterpretar las mías.

Olía su aliento libre de alcohol. No podía decirse lo mismo de mí. Sus labios delgados agrietados se asomaron como una flor llena de néctar. Estaba tentado a probarlos.

—No. —Koko me corrió el rostro.

(…)

Entramos a un diner 24 horas, frío y desangelado. Sin necesidad de ver la carta, Koko ordenó café para ambos. Llevaba su abrigo sobre mis hombros. Él cargaba mi guitarra acústica cruzada a la espalda. La dejó apoyada en la mesa y arremangó sus mangas hasta los codos. El chaleco entallado, así como la camisa, era todo de sastrería. Su gusto impecable contrastaba triste con el colorido mustio de su piel. Parecía un ejemplo de persona que lo posee todo y a la vez nada.

—En todo caso —decía Koko, como continuando una conversación anterior—, el jefe también se jala con todo lo que pilla, cada vez con más frecuencia. Supongo que alguien debería preocuparse, pero de momento no ha afectado al negocio. Esta farmacéutica a la que nos hemos afiliado crea drogas diseñadas específicamente para que no pasen las pruebas clínicas, y que por protocolo sanitario deben desecharse. Otros productos, especialmente opioides con prescripción médica, por una comisión ellos alteran en papel la fecha de caducidad tal que deban desecharse antes de tiempo. Nosotros nos encargamos del servicio de eliminación de residuos, y revendemos las drogas a estudiantes. No se gana mucho, es solo un enganche para generar dependencia. El verdadero modelo de negocio consiste en crear una necesidad, entonces cuando ya se cansan de fármacos vencidos, le vendemos the real stuff. Esa es la clase de cosas a la que me dedico.

—Lo sé. Yo le compro la metadona a uno de tus lacayos.

—¿Por qué?

—No sé, solo lo hago, igual que tú.

—Te equivocas, mi sangre está limpia. No me permito enturbiar mi cuerpo con esas mierdas.

—Estás muy delgado.

—No tiene nada que ver con drogas.

—No me mientas en mi cara.

Llegaron nuestros cafés. Kokonoi me pareció cansado. Restregó los ojos limpiándose las lagañas. Era pasado medianoche.

Fue un momento de debilidad. Me confesó que ciertas noches se preguntaba de qué le había servido el orgullo. Se desvelaba con frecuencia pensando en aquellas decisiones que cambiaron su suerte. No podía ganar peso. Sentía miedo casi todo el tiempo. Si no se mataba trabajando, el silencio lo arrastraba a sus demonios.

El café aliviaba mi dolor de cabeza. Le pregunté cómo imaginaba su vida de haber salvado a la persona adecuada, y si acaso así sería feliz. No pudo sostenerme la mirada.

—Dímelo, Koko. Dime cómo te imaginas que habría sido tu vida si yo no estuviese aquí.

—¿Qué quieres oírme decir? ¿Que siempre he preferido a tu hermana sobre ti? He analizado esa noche una y otra vez, sin comprender. El calor es sofocante, murallas de fuego se alzan a mi alrededor, y me sofoco. Sé perfectamente que es una terrible idea que me costará la vida. Pero la escucho gritar, a ella, a Akana, está arriba, en el segundo piso, yclama ayuda. Me bombea adrenalina. No, no puedo rendirme. Akane, tengo que salvar a Akane. Logro llegar hasta la escalera que da al segundo piso. A la izquierda está tu habitación. A la derecha la de Akane. Lo sé. Conozco la casa Inui mejor que mi propia casa. Y de pronto, ya no hay llamas. Mis pulmones se llenan de aire. Estoy fuera de casa. Te he rescatado. Me lo dices tú. Me dices que te he salvado y que Akane sigue dentro.

»¿Por qué? ¿Por qué no puedo recordar el momento en que decidí entrar a tu habitación y rescatarte a ti? No había necesidad de elegir, solo debía salvarlos a ambos. ¿Por qué no se me ocurrió salvarlos a ambos?

»Así que, hablemos de Takemichi. Ya no es por el jefe, esto es por mí. Dicen que Takemichi es un viajero en el tiempo. Yo… sé perfectamente cómo de estúpidas se oyen mis palabras, pero he estado investigando al respecto, Seishu.

Pedí tiempo. Una cosa no tenía nada que ver con la otra. Kokonoi se había vuelto loco. Estaba desesperándome, él igual. No, escúchame, esto es importante. Maldición, Seishu necesito que me escuches con atención. Bien, inténtalo sin que suene a una paranoia.

Me dijo que el jefe, cuando se jalaba, hablaba cosas sobre Takemichi y viajeros del tiempo.

Cosas como que Takemichi había viajado doce años en su pasado para evitar la muerte de Tachibana Hinata.

Que la causa de la muerte de Tachibana Hinata fue la perversión de la ToMan.

Que Kisaki intentó tomar el control de la Toman manipulando al jefe y sumiéndolo en la oscuridad. Primero intentó matar a Draken, sin éxito; luego preparó el terreno para coronar al jefe como el cabecilla de Valhalla, también sin éxito; luego manipuló a los hermanos Chiba para que se matarán entre sí, sin éxito; luego manipuló a Izana para que destruyera a ToMan, e Izana acabó muerto; entre medio desnucó a Emma para sumir la voluntad del jefe en las tinieblas. Esto último casi tuvo éxito.

El jefe le dijo a Koko que Takemichi del futuro se encargó de estropear cada uno de los planes de Kisaki, alterando el futuro en todos sus viajes.

Al final, Kisaki acabó muriendo a los trece años a causa de un accidente estúpido e imprevisto. Takemichi le confesó al jefe acerca de sus viajes en el tiempo, y el jefe decidió, por el bien de sus amigos, disolver ToMan.

Y ahora, corría el rumor de que Takemichi «ha regresado», y eso jodía al jefe más que nunca.

—Sé exactamente cómo suena todo esto, lo sé. Es una locura.

—Entonces por qué me lo cuentas.

—Porque tu habitación estaba a la izquierda y la de Akane a la derecha, pero yo no la salvé. Elegí salvarte a ti. Esa decisión no habría podido tomarla a los diez años, Seishu. Pero hoy…

Me dolían sus palabras igual que a él.

—¿Te crees que también puedes viajar en el tiempo?

—No ahora. Pero llegará un momento en que decidiré salvarte la vida.

Miró la hora en su reloj.

—Ya es tarde.

—Tampoco es como si tengas algo que hacer. Koko, acompáñame a ver el amanecer. Dicen que hay una canción que solo puede cantarse al amanecer.

Acabamos nuestros cafés y caminando a pasos lentos, cruzamos Tokio hasta Kasai Rinkai. Me senté en la arena junto a Koko. Ya no podía seguir caminando en estos tacones.

Lo dejé apoyar su cabeza en mi hombro. Lentamente, fui desgranando acordes con la guitarra.

Little Darling —le dije—, tu sonrisa está volviendo a tu rostro.

Little Darling —le dije—, parece que han pasado años desde que el sol estuvo aquí.

Y él dijo

Here comes the sun,

Y él dijo

Here comes the sun,

Y luego yo dije

It's all right.

Los sonidos de la guitarra se extendieron junto al amanecer. Koko conocía las mismas canciones que yo. Fue algo que no pude compartir con Draken. Las melodías compartidas eran comidas por el bramar de un mar que se resistía al calor de un nuevo día. Koko quería viajar en el tiempo y matarme. Si yo hubiese cambiado de lugar con Akane, Kokonoi no se habría visto involucado en pandillas o en mafias. Yo no lo habría arrastrado a los Black Dragons. Él no se habría granjeado aquella reputación de money maker. Si Akane hubiese sido salvada, no yo, Kokonoi habría tenido una mejor vida, junto a mi hermana.

Mi cuerpo habría sido comido por los gusanos, y desde los cielos contemplaría a mi hermana ser feliz junto a quien fue mi mejor amigo.


Estaba esperando el día que Kokonoi me traicionara.

Kokonoi conoció a Hanma Shuji cuando lo obligaron a unirse a Tenjiku. Varios se referían a Hanma como «el perro de Kisaki». Luego Kisaki murió y Hanma se dio a la fuga.

Unos días atrás, Kokonoi logró localizar a Hanma Shuji y quería reunirse con él. De alguna manera, todo esto se relacionaba con Takemichi y los viajeros en el tiempo.

Cierta resistencia nacía en mí. El pasado ya era lo suficientemente sombrío como para seguir removiendo heridas.

—Necesito que vayas conmigo, para que te convenzas.

Pasó a buscarme a la tienda de motocicletas. Su chofer nos llevó hasta los barrios podridos de Tokio. Kokonoi no temía. Todos los que rondaban por allí eran lacayos suyos.

Entramos a un antro de ramen, sucio y mohoso. Al final de la barra se hartaba a sobras un joven hecho trapos. En el puño de la mano que sostenía sus palillos se leía la palabra Castigo.

—Hanma —saludó Koko, entregándome su abrigo y arremangándose la camisa hasta los codos.

Hanma Shuji llevaba la grasa pegada al rostro roído, el cabello apelmazado y los dedos heridos. En sus ojos, en cambio, brillaba un ardor que contrastaba con sus ropas de pordiosero. La mirada de quien busca el peligro para revitalizarse. Hanma Shuji estaba vivo. Algo lo mantenía más vivo que a cualquier de nosotros.

—Ahh, Kokonoi Hajime. Escuché rumores de que me contactarías. —Los ojos ardientes de Hanma se deslizaron desde Koko hacia mí—. No estoy de ánimos para conversaciones entrañables con un ex compañero de Tenjiku, así que abúrreme luego y piérdete.

Koko tomó asiento a su lado en la barra, y no se fue con rodeos. Le preguntó si estaba al tanto de que Takemichi «ha regresado», y rápidamente pasó lista a cómo Takemichi hubo frustrado uno por uno los planes de su antiguo amo. Solo quería saber cómo iba eso de los viajes en el tiempo.

—¿Viajes en el tiempo? HaHa, hace tiempo no oía de eso.

—¿Sabes algo al respecto?

—Sé que si le instalas un condensador de flujo a un DeLorean puedes volver al futuro y hacerte amigo de tus padres.

—¿Cierto que es una muy buena película? —interrumpí. Hanma soltó una gran risotada. Hablamos muy animadamente. Su favorita de la trilogía era la primera, sin duda. Me sentí conectado a Hanma en un nivel muy espiritual. El solo de guitarra de Marty McFly fue la razón de por qué me interesé por la música.

Kokonoi no aceptó su derrota.

—Sé que sabes algo, Hanma, lo sé. Takemichi iba tras tu jefe, y tu jefe lo sabía.

—Es cierto que había una especie de obsesión de Takemicchi por Kisaki, y que, en algún momento, circularon teorías muy locas.

—No son teorías, Hanma, y lo sabes. Estoy seguro que tú sabes bien de todo esto.

—¿Hablas en serio? HaHa, ¿también crees en Papá Noel?

—¿Acaso no te dan ganas de reescribir el pasado y vivir una mejor vida?

—Ya no tenemos quince años, Kokonoi. No puedes ir por la vida cambiando el pasado, porque no funciona así. Si te equivocas, debes enfrentar tus actos.

Ocultó la mitad de su rostro tras Castigo.

—No vas a ayudarme.

—Me pides que invente el big bang. Yo no puedo hacer eso.

Kokonoi le pagó a Hanma un buen caldo de ramen. Tras dejarme de regreso en la tienda, no supe de él en un buen tiempo.

Mi vida no varió mayormente tras ello. Sin Draken que me echase una mano, se me acumulaba el trabajo en D&D. Al final colgué un aviso solicitando mecánico, y repartí volantes por las calles.

Uno de esos días, se apareció Hanma Shuji en la tienda, con uno de los volantes en mano.

—¿Sabes algo de motocicletas? —pregunté alzando una ceja.

—Solo quería echar un vistazo.

Su mano Crimen acarició el salpicadero de una Kawasaki Ninja.

—Por favor no te la robes todavía. Especialmente esta Ninja, que me ha llevado semanas repararla.

Se largó a reír. Su carcajada explosiva logró tranquilizarme.

Era evidente su estado de desnutrición. Incluso si quisiera robarme, dudo mucho que lo consiguiera con éxito teniéndome a mí allí. No parecía el mismo de antes.

Aunque recelaba, me metí unos minutos a la trastienda para buscarle algo de comer. Solo tenía galletas saladas y gaseosa de naranja. Como sospeché, Hanma se encontraba famélicos y recibió las botanas con mucha alegría.

Le ofrecí la ducha de la trastienda. Prefirió declinar.

Entre que paseaba por las motocicletas que estaban en exhibición, de pronto comenzó a hablar como si yo estuviese esperando por ello.

—Quiero decírtelo a ti porque eres escéptico, así que no te tomarás nada de lo que diga muy en serio. Kisaki también era un escéptico y no creía en nada que no pudiese ser comprobado por su intelecto, pero por algún motivo estaba convencido que Takemichi era un viajero del tiempo, y que su cometido era frustrar sus planes. Él lo creía con tanto ardor, que yo también lo creía.

Esperaba una confesión así.

—¿Por qué llegó a esa conclusión? Quiero decir… el que Takemichi haya frustrado un plan tras otro no quiere decir que venga del futuro. La conclusión más obvia es que supo ver a través de él y fue capaz de descubrir sus planes en la marcha.

—Consideremos que Kisaki era un chico brillante que solo sacaba cien en su boleta de calificaciones: tenía el ego por las nubes. No concebía a nadie más inteligente que él, mucho menos Takemichi. Lo investigó a fondo, y resultó que el tipo era un rematado de primera, sus calificaciones estaban por el suelo. No era posible que Takemichi por sí solo se hubiese anticipado a cada uno de sus planes, Kisaki no lo concebía. La única razón posible por la cual lograba frustrar sus planes, solo podía ser que Takemichi los conociera de antemano, y la causa-efecto de no detenerlos.

—¿Pero por qué viajes en el tiempo? Por ejemplo, Kisaki también debió barajar la opción de que Takemichi era capaz de ver el futuro, o que tenía una síquica a quien visitaba semana a semana.

—Sí, pero no se le ocurrió eso.

—¿Por qué?

Hanma se encogió de hombros.

—Tras el fracaso del asesinato del ex Jefe Chiba, lo convencí para colarnos en un cinerama. Pasaban Volver al Futuro, la primera de la trilogía. Kisaki nunca las había visto. Comenzó a pensar en voz alta. Se le ocurrieron ideas loquísimas.

»A algunos se les olvida, pero por entonces Kisaki solo era un chiquillo de trece años. Incluso él tenía fantasías.

—Si pudieras viajar en el tiempo, Hanma… ¿lo salvarías?

—Qué aburrida se está volviendo esta charla…

Volvió en sus pasos. Me regresó el paquete de galletas saladas y la gaseosa de naranja, ambos vacíos.

—Tienes una bonita tienda. Algún día te robaré, no la Ninja, sino esa Star Roadliner que intentas pasar desapercibida.

—¿Por qué actúas así? ¿No que eras famoso por ser un sádico de primera?

—Tengo un plan por ejecutar. Intento pasar desapercibido… hasta que llegue mi momento.

Dibujó un corazón con sus dedos.

Crimen y Castigo, rezaban sus manos.


Fue como revivir aquellos días rodeados de incertidumbre y caos.

Se sucedieron un montón de guerras y un montón de muertes de un día a otro. Lo intuí cuando desapareció la Star Roadliner de vitrina. En su lugar encontré un paquete de galletas y una lata de soda de naranja, más una nota adhesiva que ponía «Gracias» acompañada de un corazón.

Kokonoi irrumpió en la tienda corriendo. La sangre que manaba de un tajo de en su frente bañaba su rostro. Las salpicaduras de sangre de su ropa dudaba mucho que proviniesen de él mismo.

—Solo puede ser hoy, Inupi. Hoy. Porque un día como hoy se incendió tu casa. Es ahora o nunca, Inupi, ahora o nunca.

—¿De qué hablas? ¿Qué te ha sucedido? Déjame curar tus heridas.

Forcejeó conmigo, negándose a moverse.

—Estás llenando de sangre la tienda, por favor, vayamos atrás.

Le indiqué el camino y cerré la tienda.

Koko siguió rumeando que tenía que ser hoy, solo podía ser hoy. Por los pelos había logrado escabullirse de la guerra, no dio más detalles. Por la radio hablaban de un estadillo en Ikebukuro. Una pelea de mafiosos a plena luz del día. Koko decía que lo matarían por traición, por abandonar su puesto en una situación crítica. No importaba. Era hoy o nunca.

Preparé un baño de agua caliente. Al regresar a la trastienda para buscar a Koko, lo encontré con una pistola apuntando sus sienes.

—No lo hagas.

—Es la única manera de deshacer todo esto —lloraba— lo siento.

Le quitó el seguro al arma.

—Koko, por favor, no lo hagas.

—Perdóname por no elegirte.

—Ya basta.

Su dedo jaló el gatillo.

Al mismo tiempo que me lancé a taclearlo.

La bala rozó mi cabeza y salió despedida al aire, incrustándose en la pared.

El cuerpo vacío de Koko cayó inerte sobre el tatami.

La alarma que no sonó cuando se llevaron la Star Roadliner, chilló como loca por todo el local.

Remecí a Koko de hombros. Comprobé que la bala no lo hubiese tocado, pero su cuerpo se había quedado vacío. Respiraba, tenía pulso, sangraba de un tajo de la frente.

Desactivé la alarma, y busqué un paño y una esponja. No podía dominar mi temblor. Por favor Koko ponte bien, lloraba mientras le aplicaba curaciones. Koko, Koko, Koko, qué carajos hiciste ahora. Del botiquín de primeros auxilios extraje yodopovidona y vendas.

Hace diez años exactos, la casa donde vivía ardió en llamas. Fue como a esta hora del día.

Yo me estaba quemando cuando alguien sofocó el fuego en mi cabeza y me arrastró fuera de casa.

Luego descubrí que esa persona que me salvó fue Koko.

Él intentó salvar a Akane, pero acabó salvándome a mí. Aquella decisión acabó por corrompernos.

—Por favor Koko, despierta —lloré hincado junto a su cuerpo vacío. Limpié su rostro de la sangre lo que mejor pude, y lloré a su lado, esperando que regresase a mi lado.

Y de pronto abrió sus ojos tosiendo cenizas. Bañado en lágrimas, me hizo a un lado para vomitar jugos gástricos.

—Inupi —me miró, sin creerlo, largándose a llorar—. Estás vivo, Inupi.

—¡Qué mierda estabas pensando, Koko! ¡Casi te vuelas los sesos! ¡Aquí! ¿Es que tanto te cuesta superar el pasado?

—Fue tan rápido. Pero yo te vi, vi cómo te quemabas ante mis ojos. Quería que te convirtieras en carbón. De verdad que deseaba que te murieras con todas mis fuerzas. Pero eras tan pequeño, Inupi. Sofoqué las llamas de tu cabeza y te cubrí con mi cuerpo. Traté de tomarte en brazos, pero yo también era tan frágil. Yo también tenía ocho años, Inupi. No estaba en mi cuerpo de 18 años, sino tenía unos putos ocho años.

»Y la vi de pronto. A Akane atrapada entre unas vigas que se derrumbaron producto de las llamas. Lo intenté. Quería salvarlos a ambos. La viga era demasiado pesada, Inupi, y tú estabas todo quemado. No pude, joder, no tuve la fuerza. Quería rendirme. Si no es contigo, Akane, mi vida se encuentra vacía. No quiero seguir viviendo si no puedo salvarte.

»¡Te odiaré hasta el final de mis días si tú y mi hermano se mueren! Me gritó con rabia. Akane me gritó con todo el aire que le quedaba para que nos salváramos tú y yo. Volveré con ayuda, aguanta, le prometí. Tú habías perdido la consciencia. No tenía fuerzas, realmente no las tenía. Te arrastré escaleras abajo, y cuando llegamos a la puerta… me tomaste de la mano.

Y con ese gesto, regresó desde el pasado.

—Intentó salvarme a mí —lloró desgarrado—. Se sacrificó para que ambos viviéramos por ella, pero mira en lo que nos hemos convertido.

Besó los tacones de Akane, bañó mis pies de lágrimas.

Nuestro pasado se había sellado hacía mucho tiempo.

Fin


Tenía este fic publicado hace un tiempo en AO3 y se me había olvidado dejarlo aquí también. Nunca antes había escrito de este fandom y pues dudo mucho haberle dado en el clavo a las personalidades de los protagonistas... en fin, es lo que es.