Convicciones

Disclaimer: Todo pertenece a J. K. Rowling.

Esta historia participa en el multifandom del foro Alas negras, palabras negras con las tablas de tiempo y musical. Mis condiciones eran primavera y poema. Hacía mucho que tenía ganas de escribir de la relación entre Minerva y Sybill y esta historia me ha servido de excusa.

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Minerva hizo un nuevo tachón en la redacción que estaba corrigiendo. Nunca había pretendido que los estudiantes le escribieran ensayos propios de expertos o que compusieran poemas sobre la transformación humana, pero aquella tarde se estaba encontrando con un desastre tras otro. Los alumnos cada vez ponían menos atención en su asignatura y sospechaba que en las demás materias pasaba lo mismo. Era curioso porque normalmente sucedía al revés. A principios de curso los alumnos estaban más dispersos, ya que veían los exámenes como algo lejano. Luego llegaba la primavera y, al ver tan cerca la fecha de los finales, los estudiantes comenzaban a tomarse las cosas en serio.

Este año, sin embargo, los alumnos habían empezado el curso centrándose más que nunca en estudiar, quizá buscando la normalidad perdida tras la toma del colegio por esos tres mortífagos que se hacían llamar director y profesores. No obstante, a medida que el curso iba pasando y los horrores se iban sucediendo uno tras otro, los chicos habían dejado de preocuparse por los estudios y Minerva no podía culparlos. Había preocupaciones mucho más urgentes que sacar una buena nota en transformaciones.

Unos golpes en la puerta de su despacho la sacaron de sus cavilaciones. Se le encogió el corazón a la espera de malas noticias, difícilmente llegaban noticias de otra clase en esos tiempos, pero su voz sonó firme al indicar a su visitante que podía pasar.

Minerva no sabía a quién esperaba encontrarse, pero desde luego no era a la profesora Trelawney. Su colega nunca acudía a verla a su despacho. No había que ser adivina para saber que a Minerva no le agradaba su persona y ella prudentemente prefería mantenerse fuera del alcance de sus comentarios mordaces que ponían en duda la autenticidad de sus baticinios.

Aquel día su compañera parecía cansada, como si llevara mucho sin dormir. Según decía a veces en la sala de profesores, se pasaba día y noche escudriñando las nieblas del futuro en busca de algo que pudiera ayudar con la situación que vivían. Minerva opinaba que era un desperdicio de energía y de tiempo, pero una pequeña parte de ella sentía cierta ternura ante la ingenuidad de Trelawney y le agradecía en silencio que al menos estuviera intentando colaborar a su manera. En los últimos tiempos, cuando pensaba mal de alguien se recordaba que al menos esa persona no era un mortífago y precisamente por eso se esforzó en sonreír y tratar a su visitante con cortesía.

–¿Qué te trae por mi despacho, Sybill?

–He visto algo fatal en las cartas, Minerva. La muerte acecha al colegio. Las cartas nunca mienten, pero por si acaso he consultado la bola y me lo ha confirmado.

Minerva pensó que tampoco hacía falta ser vidente para saber eso con la situación que se estaba viviendo en Hogwarts y en el mundo mágico, pero se esforzó por recordar que su interlocutora estaba en su bando y que eso era algo que debía respetar.

–Vivimos tiempos amargos, Sybill.

–Sí, sí, sin duda que lo son. Sin embargo, hay finales que se pueden evitar. No podemos parar la muerte, pero algunas veces la podemos esquivar. La bola me ha mostrado cómo.

Trelawney se sacó de uno de los bolsillos de la túnica un pequeño amuleto. Pese a sus esfuerzos por ser más amable con ella, Minerva no pudo evitar desconectar cuando empezó con su cháchara sobre cómo lo había fabricado y qué propiedades tenía. Todo el mundo sabía que esos amuletos no poseían ningún poder. No obstante, se lo colgó al cuello. La sonrisa de Syvill al ver como lo hacía le hizo sentir un nuevo arrebato de ternura por ella, pero Minerva tenía claro que se lo quitaría nada más despedirse de su compañera.

Cuando Trelawney al fin se marchó, Minerva llevó la mano al amuleto para desabrochar la cadena, pero en el último momento se contuvo. Su parte racional sabía que no había nada mágico en aquel objeto, pero en los tiempos que corrían quizá era mejor no rechazar ninguna ayuda. Se dijo a sí misma que ya tenía que estar desesperada para aferrarse a esas estúpidas supersticiones.

Definitivamente la situación era desesperada y ciertamente la muerte inundó el castillo un mes después. Minerva no había vuelto a pensar en la conversación con Trelawney, pero tampoco se había quitado el collar, más por costumbre que por otra cosa.

No volvió a pensar en ello hasta unas horas después del fin de la que sería conocida como la batalla de Hogwarts cuando, al fin sola en su habitación, encontró al cambiarse de ropa el amuleto partido por la mitad como si lo hubiera atravesado un hechizo punzante, un conjjuro dirijido a ella y que, por la posición del objeto que lo había recibido, podía haberle dado en el corazón.

Se le vinieron a la mente las palabras de Sybill sobre esquivar la muerte, pero en seguida las desechó. Ella era una mujer racional y no creía en esas supercherías. Debía de tratarse de una simple casualidad.

De todos modos cuando volvió a ver a Sybill se acercó para enseñarle los pedazos del amuleto. Casualidad o no, aquel objeto le había salvado la vida y era justo agradecérselo a la que se lo había proporcionado,.

Sybill sonrió y comentó que ella ya sabía lo que iba a pasar. Minerva dudaba pocas veces en su vida, pero aquella vez se permitió a sí misma dudar y pensar que quizá su compañera sí que lo sabía. Quizá era que se estaba haciendo vieja o quizá era que nadie podía pasar por una guerra sin que sus convicciones se tambalearan aunque fuera solo un poco.