Este fic es por el mes Sakuharen bajo la mano de la página Sakuharen supremacy. Estoy muy contenta de participar este año también, aunque ya he comenzado tarde (xD).
En fin, ya sabéis que esto va a ser de Sakura x diferentes personajes.
Yo no voy a escribir de todas las ships, porque muchas no me llaman o no conozco a los personajes, pero sí haré unos cuantos =D. En cada capítulo avisaré la ship correspondiente como hice en el anterior.
ADVERTENCIAS: Ya sabeis que ff no deja poner tantos tags como me gustaría, así que atentos: Lemon, Lime, Smut, OOC, Muerte de personaje, Drama, Fantasía, Romance.
Y más tags pero, FF es tontete con esto.
Advertencias 2: Los capítulos no están necesariamente enlazados entre sí, EXCEPTO, la parte final de cada capítulo. La bruja, el libro, las velas y los niños. (Verán esto resulto al final, aunque seguro que ya se van dando cuenta de qué va). El fic está basado en cuentos de hadas, de esos que nos vendió disney, así que todo va a ser AU.
Rosa devorada
SakuDei
Sus manos eran monstruosas. Cuanto más las miraba, más tétricas las encontraba. Nadie en el mundo era como él. Ningún otro ser humano nacía con bocas en sus extremidades. No le encontraba un uso adecuado. No llegaban nutrientes de ellas a su cuerpo. Más bien, ni siquiera estaba seguro de que dirigiera la comida. Solía escupirla.
El rechazo del pueblo era incesante. Bajar a comprar algo de comida era un suplicio. Recibir visitas: impensable. Era el hombre aislado del mundo en su pequeña casa de campo a las afueras.
Al principio fue solitario. Después de la muerte de su madre, la soledad fue insoportable. El rechazo que recibió del pueblo, fue peor. Lo tacharon de monstruo, de feto imperfecto y mil insultos que prefería no recordar. La soledad le pareció maravillosa.
Descubrió que gracias a sus manos podía moldear arcilla y se dedicó a crear diversas esculturas. Creo una semejante al recuerdo de su madre. Otra, de un padre imaginado. Hermanos y hermanas. Poco a poco, fue creando aquello que le faltaba en la vida.
Las estatuas no le devolvían miradas irritadas, de miedo o de asco. No. Sus bocas no se abrían para insultarle ni despreciarle.
Era, dentro de lo que cabía, su pequeña luz de esperanza en un mundo que se interesaba por él.
O eso pensaba.
La situación en su vida cambió el primer día de primavera en sus treinta y cinco años. Alguien llamó a su puerta repetidas veces.
Recordaba haberse puesto en pie y estar muy tentado a ignorarlo. Había tenido que mejorar las paredes de su hogar para evitar que los niños actuaran en su maldad nacida del odio de sus progenitores.
Pero cuando la voz de una mujer se hizo notar, dudó.
—¿Quién llama, hn? —cuestionó, desconfiado.
—¡Oh, sí que hay alguien! —exclamó ella desde el otro lado—. Soy Sakura. Trabajo para el alcalde. ¿Puedo hablar con usted?
Entrecerró los ojos, dudoso.
—Ya está hablando.
—Pero no puedo mirarle a los ojos.
Eso lo confundió.
—Dirá, mis manos —rectificó.
—No, sus ojos —recalcó ella, concienzuda—. Sus manos no son el espejo del alma.
Estuvo a punto de echarse a reír. Esas mismas palabras se las había dicho su madre desde siempre. Abrió, únicamente con el deseo de soltarle que eso era pura mentiras, pero cuando lo hizo, se quedó helado.
La mujer frente a él era hermosa. De una piel inmaculada, una mirada verde y preciosa y su boca…
El cincel se le cayó en el pie y maldijo entre dientes, atrapando su extremidad para calmar el dolor.
—¡Ay, no! ¿Está bien?
—Sí, sí —descartó intentando pensar en otra cosa—. ¿Qué haces aquí?
Ella se enderezó y aplastó su vestido con una educada y femenina acción.
—Como he dicho antes, trabajo para el alcalde. Mi nombre es Sakura y voy a encargarme de usted.
Parpadeó, palideciendo.
—¿Va a matarme?
Ella abrió la boca tanto que pudo ver que aún conservaba intacta su dentadura. Debía de ser una mujer muy cotizada entre los diferentes caballeros, que consideraban de suma importancia una dentadura perfecta en sus mujeres.
—¡Claro que no! ¿Cómo se le ocurre pensar eso? Vengo a ayudar, no a matarle. Eso no entra dentro de mis funciones para nada. ¿Puedo entrar?
Deidara dudó una vez más. En realidad, no le importaba que lo hiciera, pero de cierta manera, le incomodaba la presencia de otra persona en su hogar. Y no estaba seguro de cómo reaccionaría al final.
Se hizo a un lado, sin embargo. Puede que ella lo tratara mal, pero él estaba pensando seriamente en plasmar esa belleza en una estatua. Cuando soltara sus palabras de odio hacia él y se marchara, podría ponerse con ello.
Sakura Haruno se detuvo en la mitad de su pequeño salón y observó a su alrededor. Con las manos en la cintura y el ceño fruncido.
—¿De dónde saca su comida? —cuestionó repentinamente.
—Al principio bajaba al pueblo a comprarla, pero decidí poner trampas para cazar por mí mismo lo que necesitase. Cultivo mis propias plantas en el huerto de atrás.
—Interesante —halagó sonriente—. Imagino que te encargas entonces tú de todos los quehaceres del hogar.
—Sí —respondió con cierta ironía—. Desde que mi madre murió.
Ella le dedicó una sonrisa amable y se acercó una vez más a él.
—¿Recibes algún tipo de ayuda del ayuntamiento o del resto de aldeanos?
Soltó una sátira sonrisa.
—No. Obviamente.
Levantó sus manos para mostrar el motivo. Ella se quedó observándolas con sumo detenimiento, incluso se acercó, sin cautela, con confianza. Deidara no lograba comprenderla. ¿Por qué no tenía miedo o asco como el resto de los aldeanos?
—Bien. Pues ahora estoy yo aquí —dijo volviendo a mirarle a los ojos—. Así que, desde ahora, nos veremos mucho. Mañana regresaré por la mañana.
—¿Para qué y con quién?
Ella le devolvió una divertida mirada.
—Tranquilo, no voy a traer al pueblo con antorchas y tridentes para que te maten. Traeré comida, medicina y algunas cosas más que veo que necesitas. Espérame.
Y sin más, se marchó.
Ahí fue cuando su mundo cambió.
En su mundo de soledad aparecía un rayo brillante que lo cegaba sin dañarlo y que parecía capaz de envolverlo de alguna forma.
Sakura cumplió su promesa, por supuesto. Regresó al día siguiente. Llenó su lacena de pan, tocino, queso, leche y otras sustancias que hacía años que no probaba. Limpió su hogar de un modo que no sabía que fuera posible y le preparó diversos tarros con medicina. Se interesó por su pequeño huerto y le mostró las hierbas que no debía de arrancar porque eran medicinales, le señaló la época del año adecuadas para otras que él ya daba por perdidas y hasta le trajo libros, algo que, desde que era niño, no había vuelto a tener como novedad.
Le trajo cosas relacionadas con el arte, la construcción de catedrales y las gárgolas. Le interesaba de cierta forma, aunque consideraba su arte muy diferente.
—¿Te has basado en personas para hacer estas estatuas?
—Sí —respondió en una de aquellas tardes—. Y no.
Sakura no solía divagar o indagar de más, simplemente, iba a lo que le importaba. Levantó su mano para señalar a la mujer.
—Mi madre —respondió antes de que hiciera la pregunta—. Al menos, como yo la recuerdo, hn.
Luego, señaló las demás.
—Padre, hermano y hermana —respondió—. Nunca tuve nada de eso, así que no sé si se parecen realmente a alguien o no.
—Pues son preciosas —halagó—. Me gustan.
Envalentonado por la conversación, se encogió de hombros para confesar.
—Pensaba hacer una tuya el día que llegaste. Pensé que no regresarías.
Más bien, le sorprendía que continuara regresando. Y que obtuviera esa clase de confianza que hacía que llegara a tocarle. Su rostro, sus brazos, incluso su espalda.
Jamás sus manos.
Él procuraba tenerlas ocultas de ella. No podía ponerse guantes. Sus bocas solían comérselos y escupirlos poco después, asqueadas. Al menos, los libros no los tocaban.
Enamorarse de ella fue inevitable.
Sakura era la persona más hermosa de corazón que hubiera conocido. Tenía su mal genio, pero no le miraba como un monstruo, sino como un igual. Deidara no estaba seguro de si comprendía la forma en que él la miraba, en cómo la escuchaba hablar, en cómo le dolía las despedidas.
Hasta que un día, ella descubrió que le olía el cabello.
—¿Qué haces? —preguntó sorprendida. No se alejó impresionada ni asqueada, simplemente, le miró.
—Lo siento, hn —se disculpó—. Es sólo que… me gusta. El olor.
—Oh, es que cuando me marcho de aquí suelo ir a una casa donde cuido un niño y siempre me llena el cabello de flores, así que se debe de quedar el olor —explicó jugando con la punta de sus cabellos. Luego le miró, sonriendo—. Mañana te traeré algo. Espéralo. ¿Vale?
Por supuesto, lo haría.
Aunque no esperaba lo que le trajo. Era un pequeño bote de esos que usaban las mujeres para conversar los perfumes. Solían ser muy caros. Recordaba haber intentado conseguir uno para su madre cuando era un niño. Recibió tal paliza que no había vuelto a acercarse a uno de ellos, hasta ahora. Incluso había tirado los de su madre, con manos temblorosas y cicatrices de recuerdo.
Sakura destapó el bote con tranquilidad y se lo acercó. El aroma a flores le inundó la nariz.
—¿Cómo has…?
Ella sonrió entristecida.
—Me gustan esta clase de cosas. Crear medicina, perfumes… me relaja y dan vida a mi cerebro de cierta forma. Pero…
—Eres mujer.
—Sí —asintió encogiéndose de hombros. Luego, dejó más frasquitos en la estantería con nombres de medicina—. Eso no significa que no pueda hacerlo en casa. Y son buenos, muy buenos.
—No dudo de ello —indicó—. Claramente, los humanos tienden a despreciar aquello que sea mejor que ellos y a tacharlo de incorrecto. Si supieran lo que puedo hacer con mis manos… —reflexionó—. Pero el arte y las cualidades no son algo que todos puedan apreciar, hn. Para eso, mejor ni que se acerquen.
Sakura le devolvió una sonrisa amplia, feliz y se movió tan rápido que él no pudo detenerlo. Le rodeó con los brazos, pegando su cuerpo contra el suyo, notando cosas que jamás había sentido en su vida hasta ese momento.
Meses después, hicieron el amor por primera vez.
Fue extraño, teniendo en cuenta que él se esforzaba por mantener sus manos lejos de ella, aunque no parecía preocuparle, Sakura lo montó como si fuera una amazona y lo recibió en su interior como si fuera alguien normal.
—¿Estás embarazada?
—No.
Sakura se detuvo al escuchar esa pregunta y le miró fijamente mientras él se sentaba sin ocultar el alivio que sentía con esa respuesta. Sin embargo, ella se mostró desconcertada.
—¿Qué ocurriría de estarlo?
—Que no podrías tenerlo —dijo rápidamente—. Es obvio. No quiero que tengas un monstruo como yo. No le deseo a otro ser humano esta clase de vida. De miedo. De dolor.
—El amor…
—El amor asfixia —interrumpió. Ella dejó caer la escoba, sorprendida.
—¿Mi amor te asfixia?
Él palideció, dudando.
—No es lo que quiero decir… Es que…
Se pasó los dedos por la frente.
—Mi madre ocultaba la realidad cubriéndola de amor. Mintiéndose de esa forma, justificaba el hecho de tener un hijo deforme como yo. No quiero eso. Ni que nadie tenga que vivir con esa hipocresía.
—Bueno, pues vas a tener que empezar a pensar que sí hay personas capaces de enamorarse de ti —aseveró, apretando las manos en el delantal—. Y yo soy una de ellas.
Soltó una risita entre dientes, mirándola.
—¿Sí?
—Sí —reafirmó.
Él se encogió de hombros y se ella se acercó a él. Temblaba cuando le pasó el brazo por los hombros y le quitó el cinturón. Ni siquiera estaba seguro de que temblara de placer minutos después.
Deidara a veces se sentía como si fuera un espectador. Veía a su cuerpo tomando el de ella, moviéndose en su interior, pero se sentía lejano. Ella le tomaba las mejillas entre sus manos y susurraba su nombre repetidas veces mientras se vaciaba en él.
Después, él se apartaba y ella se bajaba las faldas para marcharse.
No se quedaba nunca.
Uno no se marchaba cuando amaba. ¿Verdad?
—¿Por qué estás tan callado? —preguntó ella días después. Dejaba una hogaza de pan sobre la mesa frente a su cuenco de sopa de castañas. Afuera, nevaba—. ¿El frío te causa dolor?
—No, sabes que no —negó—. ¿Vas a marcharte después?
—Sí, como siempre —afirmó sentándose junto a él y soplando su propia sopa—. ¿Necesitas algo más?
—Quiero hacerlo toda la noche —respondió, tomando la cuchara con cautela para llenarla.
Sakura había fruncido el ceño y observaba su plato como si estudiara si comérselo o no.
—Podemos hacerlo después de comer. Y antes de irme.
—Y por la noche.
—No —negó inquieta.
—¿Por qué no? —indagó, severo.
—Porque no puede ser —respondió mirándole—. Simplemente, no puede ser.
Se levantó, dejando la comida y salió al exterior. Deidara la siguió, sin comprender.
—¿Tan horrible es convivir conmigo? —preguntó—. Pasar la noche en mi casa.
—¡Claro que no! —exclamó ella. Había lágrimas en sus ojos—. No es lo que estás pensado.
—Estoy pensando muchas cosas, hn.
—Y ninguna es correcta. Crees que no quiero quedarme porque no te amo, que me acuesto contigo por hacerlo, que no quiero convivir porque eres un monstruo.
Bien. Las había acertado. Todas. Sus miedos debían de ser bien libres si era capaz de leerle de ese modo.
Sakura se abrazó a sí misma.
—No es eso —aseguró—. Ninguna de esas opciones es verdad.
—Ya —aceptó sarcástico, entrecerrando los ojos en un mohín.
Sakura negó con la cabeza.
—No vas a ceder hasta que te lo demuestre. ¿Verdad?
Deidara chasqueó la lengua.
—Perdona si no confío de la palabra de los humanos.
Ella sonrió con cierta amargura. Aceptaba su actitud defensiva.
Sakura le tomó de la mano y entró. Cerró la puerta tras ella y después, se desnudó. Sin ningún tipo de vergüenza, caminó hasta el dormitorio. Deidara apenas pudo apartar la mirada de sus nalgas, la forma en que se movían en su caminar, el dibujo perfecto entre su espalda y ellas.
Le habrían gustado tanto apretarlas. Oh, y sus senos… ¡Esa maravilla que era deliciosa en su boca!
Hicieron el amor hasta el agotamiento.
—Te amo. Te juro que te amo. Ojalá te amaras como yo lo hago —le dijo ella antes de quedarse completamente dormida a su lado.
Deidara, tan desconfiado pese a todo, luchó por no dormirse. Pero el cansancio del día y del sexo, lo llevó a lo más profundo de sus sueños.
No despertó hasta el mediodía, cuando su cuerpo tiritaba de frío. Lo primero en lo que se fijó fue en la chimenea apagada. Después, en la soledad de su cama.
Se incorporó, frotándose la frente y tiritando.
Entonces, dirigió la mirada hacia su costado.
Sakura no estaba. En su lugar quedaban pétalos de flores rosados desperdigados por las sábanas. Tanteó por encima y algo estremeció su mano derecha. Al levantarla, la boca escupió trozos de tallo y hojas masticadas en forma de pasta.
—No… No… —masculló apretándose la muñeca—. No he… no he…
Removió la cama, salió al exterior, gritó su nombre, pero nada sucedió. La buscó en el pueblo y la única persona que se dignó a hablarle, dijo aquellas extrañas palabras.
—¿Sakura? ¿El alcalde? ¡Ja, ja, ja! ¿Quién enviaría a alguien y menos una mujer, a cuidar de un monstruo como tú?
Se marchó, con insultos, escupitajos y promesas de asesinato de parte de los aldeanos. Alguno de ellos ya sujetaba su azada entre sus manos.
Deidara sentía que el mundo le pesaba de alguna forma.
Sakura le había mentido. ¿Por qué?
Regresó a su hogar apesadumbrado. Preguntándose de dónde habría salido la rosa, sus pétalos y porqué sus manos masticaban y escupían sus trozos.
No encontró la respuesta hasta días después.
Estaba trabajando en su taller. Creando una estatua semejante a ella. Recordaba a la perfección sus formas, su sonrisa, su mirada.
Al levantarse para coger una de sus herramientas descubrió que algo sobresalía de una de las estanterías. Algo que no debía de estar. Lo tomó con cautela de alejarlo de sus bocas y lo abrió. Estaba escrito con una caligrafía extraña y de palabras difíciles.
Si has encontrado esto, probablemente es porque me he marchado. Antes de que creas que estoy asqueada, que te odio, o cualquier otro sentimiento negativo hacia tu persona, permíteme negarlo y confesarte que jamás, ninguno de esos sentimientos, serán capaces de cubrir lo que realmente siento por ti, porque te amo.
Sin embargo, sé que lo nuestro jamás tendrá un final feliz. A estas alturas, ya debes de haberte dado cuenta. Yo habré caído en mis pecados y te habré entregado no solo mi alma, sino mi cuerpo. Con ello, habré roto la promesa que le hice a la bruja que concedió mi deseo.
Si he muerto, es que he pasado la noche en tus brazos. Me habré convertido en una flor y nunca, jamás, regresaré.
No creas que te he abandonado, siempre viviré en tu corazón y te estaré esperando, cuando debas, al otro lado.
Yo simplemente soy una joven flor de primavera a la que distes un agradable cuidado. Me enamoré de ti como una flor no debe de hacerlo jamás de un ser humano. Rogué y ella respondió a mis plegarias.
Fui feliz, porque pude estar con mi ser amado.
Mi nombre real no es Sakura, pero una vez, se lo dijiste a otro árbol y me sentí realmente celosa, así que quise atesorarlo para mí.
Vive, Deidara, porque mereces vivir y ser feliz. Vive por mí.
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, goterones de tristeza, de amargura. Se miró las manos, asqueado.
Ahora entendía la flor, los tallos, los pétalos. Ahora entendía. Sus manos la habían devorado.
Su egoísmo la había puesto al límite y la había matado.
Cayó de rodillas. Destruido.
Había matado al amor de su vida.
La había matado.
"¿Qué fue entonces de aquel ser? Nadie lo sabría, porque nadie jamás contaría su vida. Nadie le recordaría, porque a los monstruos no se les recuerda. Porque las fábulas, fábulas son."
La mujer cerró el libro con una sonrisa desdentada. Miró a los niños que dormitaban en cunas. Se levantó y apagó una de las velas que protegían la cuna. El niño en ella suspiró, feliz, ajeno a que esa fábula, quizás, no fuera tan sólo eso.
La bruja dejó el libro sobre el estante y esperó.
Pues esa, no sería la única historia de sus páginas.
Próximo: SakuHina.
